22 jun. 2013

EL BESO DEL PIANISTA... (pequeño trozo de un relato escrito en 1984 en Granada).

Le espiaba cada tarde, se solía sentar al piano sobre las cuatro. Le veía desde mi balcón, la cortina levemente abierta, lo justo para ser discreta, para no ser vista. La visión hermosa de aquella silueta, paseándose despacio por un salón abierto a la calle, cercano para los ojos ajenos, que desde las ventanas cercanas, podían mirar sin ser vistos. Tocaba para un público invisible pero presente. Y seguía aquel ritual, diariamente. Y yo me quedaba quieta, sin mover ni un músculo, esperando el concierto, ver aquellas manos deslizándose sobre las teclas, acariciándolas, el gesto serio, la mirada perdida al frente. ¿Qué objeto, qué recuerdo, que imagén tendría frente a él para aquella liturgia de gestos amargos?... Cada tarde, a las cuatro, se paraba el mundo. Yo abandonaba mis libros, me asomaba al balcón, veía la fachada del Hospital Real, espléndido frente a los Jardines del Triunfo, y esperaba serena a que la sonata me llegara, cercana y perdida, entre ruidos de coches, muy pocos, los que a aquella hora, cálida y somnolienta del verano granadino, invadían la calle...
Un día le seguí, espié su salida, vuelto el rostro hacia los cristales de una tienda de muebles, viendo su reflejo en el espejo, con su chaqueta gris, con su pelo revuelto, sus gafas y su caminar tranquilo. Le seguí calle Elvira arriba, sin volver la vista en ningún momento. Enmascarada tras unas gafas de sol, con mi mochila y mis pasos acompasados a los suyos. Se detuvo delante de aquella tienda, pequeña, con la cerámica típica en la calle, a la venta, a los ojos de turistas y de viandantes, cuadros en lienzos de autores desconocidos, genialidad anónima, los que nunca estarían en museos, aunque lo merecieran. Arte oculto a las miradas de críticos, aquellos eruditos que van de sobrados, que se dedican a destrozar ilusiones y a matar sueños, a dejar inertes pinceles que podrían ser reconocidos, y que gracias a su crítica, quedarían guardados para siempre... Miró varios cuadros, con detenimiento, un deje de despiste en su mirada, ladeó la cabeza y me vió... Bajé la mía, me ruboricé... Volví a levantarla, y allí estaba, acercándose a mí, sonriéndo, mi corazón saliendo de mi pecho, huyendo calle abajo, buscándo una escapada decente y una excusa perfecta... Y él acercándose, escasos metros, a cámara lenta, mis ojos detenidos en su figura, no podía moverme, mis pies no me obedecían, no había ningún asidero al que cogerme, nada que pudiera usar como ayuda para explicar aquella estatua de sal en la que me había convertido:
   -Tú eres Nadia...
   Y sonreí, me conocía, conocía hasta mi nombre, había sabido de mi persecución, incluso pensaba que la había provocado. Le sonreí y asentí con la cabeza:
   -Te veo cada tarde...
   Y yo seguía callada, sonriéndo. Tenía el atractivo de los locos maravillosos, aquellos que viven su vida sin importarles los jaleosos aplausos de famas efímeras y fugaces. Le recorría centímetro a centímetro, la mandíbula pronunciada, pero suave, unos ojos perdidos tras los cristales claros de sus gafas...unos ojos profundos, negros, azabache engarzado en unas ojeras tranquilas, ojeras de una edad incompleta:
  -Toco para tí...
   Seguía sonriendo, descolocada, desquiciada, mi corazón había dado la vuelta a mitad de su huída, había vuelto a colocarse, despacio, en aquel hueco que pocos minutos antes estaba vacío:
   -Sé que cada día me escuchas tras la cortina...
   Me había apoyado en la pared, la cadencia de su voz, su suavidad, miré sus manos, aquellas que cada día recorrían las teclas y tocaban para mí, y las mías sudaban, enlazadas en la espalda, sin saber qué hacer con ellas, mirándo las suyas, tranquilas y seguras, mis ojos bajos, alzándo de vez en cuando la mirada, su boca fina, la pequeña perilla y un bigote bohemio... ¡y sus ojos!... mis piernas temblaban, no sabía por qué:
   -Tú me escuchas y yo te intuyo, sé que estás, sé que cierras los ojos y sé que me miras...y yo también lo hago...
   ¿Cómo?, me miraba...¿cuándo?, mis ojos interrogándole, clavados en los suyos, su sonrisa, mi desconcierto, mis dudas en el ceño fruncido, su carcajada:
   -Cuando estudias, por la noche, a la luz de la lamparita azul, yo tengo la luz apagada, por eso no me ves... ¡Ven!
   Y me arrastró hasta la tienda pequeña, hasta los lienzos y las cerámicas, había recuperado una de mis manos de su refugio en mi espalda. Tiraba de mí con dulzura, me dejaba llevar, mirando sus rizos y su nuca, oculta por el pelo negro que se movía libre. Frente a mí el lienzo, aquel cuadro, aquel rostro, aquellos ojos...los míos... Miré incrédula, mi retrato, perfecto retrato de una niña bella, una boca joven, unos rasgos suaves, una mirada limpia... Mi gesto de inocencia, aquel que no sabía si poseía:
   -Eres tú...
   No podía dejar de mirar el cuadro, y a él, alternativamente, a los dos...a los tres...a la chica del cuadro también, a la chica que era yo, que había sido pintada por él, o eso suponía. Mi corazón estaba gritándome, acelerado, rápido. Intentaba controlarlo pero iba por libre, a su ritmo y a su marcha. Nos miramos, sin hablar, largo rato, con el solo testigo de la chica del retrato... Y de repente me besó... Igual que tocaba el piano, tranquilo, como si no tocara, como si solo rozara, dándome vida, entreabriendo mis labios con los suyos, sabían dulces... No moví ni un músculo, seguí respondiendo a su beso, mis manos sueltas, deseándo acariciar los rizos negros, bajar hasta su nuca y enredar mis dedos en ellos, pero sin hacerlo... Me dejó abandonada, mirándome tras el beso, sonriendo, los dos, pasó un dedo por mis labios y mi rostro:
   -Y ahora vamos, voy a cerrar la ventana y solo tocaré para tí... tengo pendiente un dibujo mucho más perfecto...

Cada tarde, a las cuatro, él tocaba el piano, yo me sentaba frente a él, y ahora él me miraba a mí, ya no necesitaba el cuadro, aquel retrato adornaba nuestro salón... Era primavera, Granada olía a lilas, seguían sonando las mismas notas que diez años atrás, y sus ojos seguían sonriéndome de la misma manera, solo que, ahora, la mirada era devuelta de forma distinta, porque yo ya había respondido a su beso acariciando sus rizos.-