12 jul. 2014

IN MEMORIAM... (Miguel Angel Blanco, en su recuerdo)

Parece que fue ayer y han pasado diecisiete años, así, uno detrás de otro. Pero no se olvida, siempre habrá alguien, siempre habrá muchos, siempre estará ahí. Todos éramos él, todos aquella tarde sentimos el tiro de gracia, todos fuimos secuestrados y ajusticiados. Nos habíamos acostumbrado a la sangre, casi a diario, estadísticas, números, lugares, imágenes demoledoras de dolor, en cada rincón de España se había instalado la rutina de la violencia para defender unos ideales ¿sí? ¿ideales? ¿derechos pedidos a través de cuerpos mutilados y vidas segadas?... Nos habíamos acostumbrado a casi todo... Hasta aquel día en que se nos comunicó que se nos iba a ajusticiar, que se nos daba un plazo para sucumbir al chantaje más vil de la historia democrática de este país. Nos habíamos acostumbrado a casi todo, menos a aquello... Y entonces nos robaron la sonrisa, nos robaron la esperanza, nos levantaron, a todos, a los corazones nobles, a los justos, a los pacíficos, a los que de verdad luchábamos sin armas, con sólo unas manos blancas, y eso, frente a pistolas y bombas es muy poco, es nada... O no... O tal vez lo es todo. Vivimos aquellas horas angustiados, pendientes de que una fuerza desconocida moviera conciencias teñidas de rabia y de crueldad. De que la razón emergiera en las mentes que nunca la tuvieron. De que nos dejaran con vida. De que no nos asesinaran así, a sangre fría, con tanto por hacer, por decir, por vivir. Vivimos pendientes de que aquello no fuera cierto. Se paró el reloj. O no. Iba demasiado deprisa, corrían los segundos y los minutos, se arrastraban las horas a la velocidad de un tornado, y sabíamos que nos iban a matar, de nuevo, otra vez, una más, pero aquella vez sí lo sabíamos, no existía el factor sorpresa, podríamos haber sudado sangre, podríamos haber reventado por un infarto, podríamos haber vencido... Y nos vencieron... Hicimos lo que mejor sabíamos hacer, mirar al cielo, levantar las manos, las Manos Blancas, proclamar que allí estábamos, con él, con su cadáver, con su deseo de vivir, luchó él y luchamos con él... Hace diecisiete años, ¿tantos?, la vida sigue, sin él, sin nosotros, sin los que fuimos, sin los que éramos. España se arrebujó para luchar contra el frío de Julio, contra el frío de la muerte. Unos contra otros, todos juntos, sólo con nuestras manos, con su recuerdo, con nuestro dolor. Unas ideas, ¿qué ideas?, las ideas no se instalan a la fuerza, ni con la muerte, ni con el chantaje vil a todo un país. ¿Unas ideas?... Se nos fue la vida, pero se nos quedó su vida, y su imagen. La del joven alegre, la del hijo, la del hermano, la del novio, la del amigo, la del vecino, un joven más, uno de muchos, uno de nosotros... Uno más... Hoy hace diecisiete años y parece que fue ayer. Las campanas sonaron en todo un país, en cada rincón de aquellos que habían escuchado estadísticas, y cifras, y muertes anteriores, campanas doblando de agonía, de impotencia, de dolor y de pena. Millones de personas con sus millones de manos al cielo, elevándolo, se había ido, se lo habían llevado, nos lo habían quitado. No importaba su ideología, no eran sus ideas, era él,  el hijo, el hermano, el novio, el amigo, ese que todos tenemos, ese que lucha desde la paz por su ideas, por sus ideales. Ermua se trasladó a todo un país, Ermua éramos todos, todos estábamos en aquel pueblecito, en aquella plaza. Hay momentos que la memoria se niega a olvidar, porque el impacto sufrido es tan grande que se nos quedan ahí, para recordarnos que un día, por la sinrazón, por la crueldad, por la barbarie de unos pocos, fuimos ajusticiados... En recuerdo de Miguel Ángel Blanco, pudieron matarlo a él, pero jamás destruyeron nuestras Manos Blancas...