1 may. 2015

ADIÓS, MARISOL... (A mi compañera, que siempre lo fue)

Le prometí un día que iba a escribir sobre ella, sobre lo luchadora que era, sobre toda la alegría que desprendía, hablé con ella y le di ánimos, y se reía, decía que saldría…y no ha salido, y esta tarde me cuentan que se ha ido, que ya llevaba días yéndose, caminando con su sonrisa puesta y su mirada limpia. Y yo le prometí que un día escribiría sobre ella, y no lo había hecho, y tengo que hacerlo. Marisol me acompañó siempre en las aulas del colegio, primero en Cristo Rey, en el patio rojo y en la capilla, con nuestros uniformes azul marino y nuestras trenzas, comenzamos juntas el camino de la enseñanza y lo terminamos juntas, y coincidimos en el transporte escolar que, cada mañana nos llevaba hasta Huelma. Compartimos profesores, libros, risas, recreos, partidos de baloncesto, exámenes, castigos, rezos, hicimos juntas la Primera Comunión. Dibujaba muy bien, demasiado bien, igual que cantaba, aquellos villancicos en su voz serena y suave pero fuerte, capaz de llenar la iglesia con ella, Marisol era el sol. Era la sonrisa eterna, el optimismo, las ganas de vivir, la alegría. Nunca se enfadaba cuando perdíamos un partido de baloncesto, cosa que sucedía muy a menudo, nunca culpaba, nunca se chivaba de nada, era la perfecta compañera que compartía, porque eso era el compañerismo.
Hace nueve años que la dichosa enfermedad innombrable la visitó y se quedó con ella, y ella le plantó cara con su sonrisa y sus ojos preciosos llenos de vida. Ha luchado, ha luchado mucho, nueve  años peleando es mucho tiempo, con sus recaídas y sus “ahora estoy mejor”. Con aquella primera vez en la que me habló de lo que pasaba, encuentro casual, aquel abrazo cerrado y entrañable, como era ella, sus besos y sus risas, y las mías, y su esperanza y su ilusión de que todo pasaría, terminaría bien, ella vencería, eso tenía que haber sido, esos eran los planes, que ella venciera. Lo ha puesto difícil, ha presentado cara, y batalla y ha jugado…y ha perdido. Y su voz cantarina resuena esta tarde en mi oído. Yo quería hoy recordar su infancia, su primera adolescencia, aquella que compartimos entre paseos al colegio y recreos en los columpios, entre risas con los compañeros y bromas. Entre los asientos de un autobús y mañanas heladas en mi pueblo. Marisol se ha llevado esta tarde parte de mi infancia con ella, parte de la infancia (estoy segura) de todos los que la conocimos, la quisimos y la queremos, y la tendremos en nuestro recuerdo, con sus cuadros y sus canciones. Sus hijos han tenido a la mejor, han tenido la dulzura que transmitía, han tenido la mirada de una persona sin dobleces, serena y calmada. Su marido ha tenido a la niña que fue, a la que hizo su mujer muy pronto, se le quedará para siempre todo el amor que le tenía, todos los pasos dados juntos. Quedará en ellos para siempre, igual que quedará en el resto. Montejícar pierde hoy a una buena mujer, a una mujer de raza, de bandera, a una montejiqueña guapa y alegre, Montejícar, esta tarde en que traslada a su Patrona, viste de luto, estoy segura, porque cuando sus gentes vayan conociendo la fatal noticia no podrán evitar recordar a la niña que caminaba feliz por la Avenida de Guadahortuna, con su saludo cariñoso siempre para todos.

Adiós, Marisol. Prometí escribir sobre ti un día, hubiera deseado escribir tu victoria, necesitaba escribirla como deseo egoísta de que te quedaras. He cumplido mi promesa, pero me duele el alma de pensar que no podrás leerlo, que he llegado tarde, me has enseñado con tu marcha a no posponer jamás lo que se debe de hacer en el momento justo. Nos veremos en algún lugar, en un fugaz instante, me queda el recuerdo de tus ojos, tu uniforme azul marino, tus últimas palabras conmigo, el deseo de seguir luchando. Te has quedado guardada en un pedacito de mi corazón en donde vivirás siempre. Hasta pronto, guapísima amiga.