18 feb. 2016

A ENCARNITA, QUE SE HA IDO... (Adiós a una buena persona)

Hay personas que nacen para ser fuertes, nadie sabe de dónde sacan esa fuerza vital con la que se enfrentan a adversidades que, para otros mortales, son definitivas para hundirlos. Una de esas personas era ella, Encarnita. Encarnita era de esas personas que cuando te hablaba te transmitía fortaleza, que te ponía una sonrisa con su forma de hablar “rajá” como decimos en el que es nuestro pueblo, el de ella y el mío. De esas personas que, cuando yo le decía “ya veremos” ella me daba ánimos y me recordaba que yo podía. De ella guardo algunos recuerdos, de esos que puedes tocar, de los que te hacen pensar que hay manos bendecidas para crear todos de nadas, recuerdos que ya estarán guardados para que, cuando los mire, recuerde que hay ángeles entre nosotros y no nos damos cuenta. Que la alegría de la vida se demuestra cuando esta vida misma, tan puñetera, te pone por delante una montaña y te obliga a subirla para seguir viviendo o a quedarte y morir sin intentarlo. Ha luchado contra el cáncer, esa enfermedad demoníaca y absoluta que nos roba la esperanza, pero ella no la perdió nunca, por eso venció en dos ocasiones, por eso volvió a lucir su estupendo pelo y su sonrisa que no perdió nunca. Esta mañana se ha ido, así, sin más, como se van las grandes… Me ha hecho recorrer los rostros que ya no tengo y darme cuenta del ejemplo de vida que me han enseñado, porque para eso los pone Dios en el mundo, para que enseñen a los demás cómo hay que enfocar la vida cuando te da uno, dos, tres reveses, y tienes que continuar porque sabes que tienes mucho por vivir. Ha sido un gran ejemplo, y todo un pueblo lo sabe. Y toda la gente que la conoció lo sabe. Y esas personas, esas que se van así, sin más, ni se imaginan lo que han dejado en las almas de quienes las trataron. Me quedan sus frases determinantes, sus consejos dichos al vuelo, sin que ni siquiera ella supiera que eran consejos. He descubierto a través de ella que si no luchas estás perdida, que quien está a tu lado te da vida y vive por la tuya, que no se tira la toalla nunca, que estar luchando no conlleva tener que estar triste, que se puede estar agotada y sin embargo desear seguir porque no queda otra. Un día me dijo que estaba cansada, ¡cómo para no estarlo! Pero no borró su sonrisa, siguió con su voz potente y sus manos perfectas, creando siempre, para que su mente no se agotara de pensar en que tal vez no se podía. Porque ella pudo. Por dos veces pudo y venció… Pero a la tercera se suele decir que va la vencida, y ya eran demasiadas veces, demasiados años y demasiada lucha. Descansa en paz, Encarnita, tocaya, que dejas aquí a dos hijas estupendas que han luchado junto a ti sin decaer, que si han llorado lo han hecho en secreto y sin que sus lágrimas se vieran. Que son dignas hijas de una madre fuerte y luchadora. Y a Alberto, ese compañero perfecto que te dio vida y al que diste tú mucha, que estuvo a tu lado siempre, que se queda cojo porque eras su mitad. Has demostrado que hay dos formas de pasar por la vida, de incógnito, con miedos, o con el paso firme y dando la cara. Que has cantado en un coro, porque se dice que quien canta sus penas espanta y las supiste espantar con voz fuerte, para que huyeran rápido. Se te recordará, te has ido pero estarás, te has quedado para siempre entre los que te conocimos. Ya no preguntaré cómo estás porque sé que estarás bien, que no estarás sufriendo. Soy de pocas preguntas cuando la salud es débil, quizás porque pasé por el trago cercano de tener que explicar que la salud se iba y no me gustaba tener que hacerlo. Pero siempre recordaba, te recordaba cuando miraba lo tuyo que tengo en casa o nos encontrábamos por casualidad y te miraba sonreír. Yo te recordaré así, sonriendo siempre, vestida de manera elegante o con tu traje de flamenca. Y tus bromas. Adiós, Encarnita, hasta luego. Hoy amaneció gris el día, ayer estuve a los pies de ese hospital en el que tú decidías qué hacer, y supe que no iba a subir a verte, porque quería el recuerdo que tengo de ti, el que has dejado para siempre. Dónde estés llena el espacio de risas, de cantos, de manualidades y de esperas, porque aquí nos has dejado, un poco o un mucho, vacíos. Has vendido cara tu piel, has peleado como una jabata.