2 ago. 2016

PASADOS... (Reflexión emocionada)

Elena Rubio: "Pues ayer terminé tu libro. Me ha tenido intrigada desde el principio y, a pesar de que no tengo demasiado tiempo para mí, me lo he dedicado a robar ratitos para leerlo... Tenía tantas ganas!!!
Enganchada es poco, me lo he "bebido", literalmente... se lee tan bien...
El título no podía ser otro, rota... como siempre (soy muy sensiblera, y lo sabes) me has vuelto a hacer llorar, de emoción, de dolor, impotencia... realidad, al fin y al cabo. Una historia tan cercana que aún duele. Por mi edad, algo de lo que narras he vivido y he escuchado, secretos que salen a la luz... o no. La realidad de la postguerra es cruel, y volver la mirada hacia atrás es volver a vivir a través de los ojos de otro. Las historias que se entrelazan, esa maraña que te maneja por antojos del destino, para finalmente permitir un poco de respiro, esperanza en que los finales felices existen..
Ya estoy deseando leerte de nuevo, que sepas que el siguiente debe tener varios volúmenes".


Se termina de escribir, se publica, se lanza al mundo, se espera… Y llega Elena Rubio, esa profesora fuerte y luchadora, y de repente te coloca vía whatsapp este comentario (otras palabras un poco más íntimas entre amigas), amiga que lo fue tras leerme, que me animó, que me acompañó en este recorrido. Y una que está tensa por la espera de tres presentaciones consecutivas en cuestión de cuatro días, se emociona y le sale la tensión fuera en forma de lágrimas, de esas de alegría, igual que cuando me llegó el comentario de Paqui Roa, o el de alguna lectora más. Nunca se sabe el resultado a horas de desvelo. Siempre dije que escribo porque me gusta… Dentro de pocos días me espera la “quedada” con los compañeros del Instituto, esos que aparecen en los agradecimientos de mi novela, y entre ellos Manolo Quesada, el compañero que treinta y cinco años después, la primera vez que me vio después de tantos años, todavía recordaba aquel sueño del que yo le hablaba en aquel autobús que nos llevaba a las clases eternas y a los pasillos jaleados por voces juveniles: escribir. Ese era mi sueño, no sé si lo hago bien o mal, no sé si valgo o no, sé que hay gentes que, después de leerme me dicen esto y sé que hay gentes que, después de leerme, piensan que no vale la pena. Sobre gustos no hay nada decidido, cada cual tenemos el nuestro, es así de simple, de libre, de normal. Pero siempre dije que con tan sólo una persona a la que gustara lo que escribí habría valido la pena. Me volveré a encontrar con Manolo, con Paqui, dentro de unos días, volverán a decirme que continúe, que siga, que no me rinda, volverán a soportar mis neuras y a ser cómplices de mis bromas, esas que, estando entre compañeros me dan la vida, de las que no me privo, las que dejo correr porque las necesito. Volveré a cambiar el chip de mujer que escribe después de dos presentaciones seguidas, la mujer seria que habla de pasados duros, de momentos crueles e instantes fatales, la que hablará de situaciones en un país que despertó tarde pero lo hizo bien, y me convertiré en la adolescente risueña, jaleosa, bromista, esa vertiente que conocen los justos; la que escribe en “guapsapeos” tal y como habla, con sus “zetas” y sus extraños palabros… Y recordaré emocionada el comentario de Elena, que espera que siga escribiendo muchos volúmenes, Paqui me pidió que escribiera uno solo de mil páginas… todo se andará (jajaja). Hoy estoy tensa, nerviosa, estoy a tres días de sentarme frente a quienes me merecen todo el respeto del mundo: quien me escucha. No sé si lo hago bien o mal, pero ellas y ellos merecen todo el respeto del mundo, acuden a escucharme, a saber qué escribí, por qué lo hice, cómo lo hice. Y allí estaré yo, volviendo al pasado oído y vivido, como suelen ser los pasados de todos los mortales. Y pensaré en Elena, en Paqui, en Juana, en todas las Elenas, Paquis y Juanas del mundo. Pocas o muchas, las que leen y les gusta… Y esperaré el reencuentro con mis compañeros, a los que, a algunos, no he visto desde hace un año. Volveré a ser Encarnita, o Barrera, la que compartía pupitre, hacía “gansadas” a algún que otro profesor, la que escribía poesía, la que compartía recreos con el noviete y con las compañeras que también tenían sus novietes. Volveré a respirar pasado. Un pasado feliz, pero pasado, porque todos tenemos el nuestro, como La Niña Rota, como Lola, Leonor, Adora, Adela, Martina, como todos los chicos de aquel instituto en donde la calefacción fallaba y se colaba el frío por las rendijas, los que fumaban en el porche y nos esperaban en el Jardín, por los chicos del pasado, los niños rotos, Gonzalo, Fabián, Fernando, José, Alfonso… Pasados que regresan de una u otra forma para componer puzles, para dejarlos nítidos, para recordarme que mi sueño fue escribir, para confirmarme que lo cumplí, para abrazarlos fuerte, por largo rato, para reír con ellos y darles las gracias por un pasado feliz… no todos los pasados lo fueron.