11 nov. 2016

SU NOMBRE... (Gracias por hacerme feliz)

No es de celebrar santos, la verdad es que celebra pocas cosas; suele detenerse en su cumpleaños de forma fugaz. “Pasa” de Santos, pero hoy es el suyo. La importancia de un nombre. Y yo quiero felicitarlo. No por ser su onomástica, aunque es la excusa perfecta, sino porque se merece que lo felicite. Se lo merecería casi todos los días del año, todos no, porque alguna que otra picia también ha tenido, algún que otro quebradero de cabeza sí que ha dado, pero eso ya, a estas alturas, como que me pone una sonrisa. Cuando se han cruzado los veinte se sabe que hay pocas picias si se es responsable, si se mete la pata es con consentimiento, con premeditación, sabiendo que se está haciendo lo incorrecto… Es el santo de mi hijo Martín, ese nombre que fue difícil de escoger entre todos los del santoral, el desacuerdo en busca de un nombre que se ciñera a los deseos: corto, sin posibilidad de diminutivos, sin “eses” ¿por qué sin “eses”? Porque en mi tierra se cecea (jajaja). Tarea difícil encontrar un nombre que luego irá impreso de un carácter, con su impronta y su autenticidad. Fue un niño tranquilo, no dio demasiado ruido, ni siquiera cuando se ponía enfermo. Igual que ahora. Acudía poco al resguardo de su madre, se las valía por sí solo, igual que ahora. Ni siquiera tengo conocimiento del impreso de una matrícula una vez alcanzado el instituto, él nunca necesitó más que de mi firma cuando fue menor de edad, y la mayoría la surcó hace ya tiempo. No suelo agobiarlo. Él a mí tampoco. Solemos acudir uno al otro cuando nos necesitamos. Ni siquiera estamos agregados a estas redes sociales tan “familiares” en las que el “Me Gusta” de un hijo parece ser imprescindible. Yo no lo necesito. Él el mío tampoco. Su privacidad es suya. La mía de mi propiedad. No necesito tenerlo agregado para saber de su vida, esa me la cuenta él con su propia voz. Martín es así. Independiente, responsable, prudente, irónico, bromista, serio, amable, agradable, compañero, amigo, hijo, hermano… buena gente, buen chico, buen estudiante… un poco cabezón, olvidadizo, reservado… y será un buen dentista. Ha sabido costearse sus caprichos, ha sabido del valor de las cosas, no sólo del precio, del valor, por eso las ha cuidado, como cuida a su hermano cuando yo me ausento días, igual que lo vigila, lo reprende, lo mima. Es el santo de mi hijo Martín. Este año, todavía, podré verlo en unos pocos de días más, el año que viene Dios dirá, o dirá él. Habrá decidido qué hacer con su futuro, salir al mundo con su titulación debajo del brazo, sus alas extendidas, preparadas para volar, solo, como lo hizo siempre. Nunca me gustó ser gallina ni tener a mis polluelos bajo mi delantal por demasiado tiempo. La vida es dura, tienen que aprender por ellos, les habrá bastado el ejemplo de casa y los consejos cansinos de los padres, de esa madre que vigilaba su sueño y sus amistades cuando era el tiempo de hacerlo, del padre que compartió con él partidos de baloncesto y que siempre estuvo detrás. He aprendido tanto con él que todavía me sorprendo sonriendo con sus apelativos para mi persona. No le gusta aparecer conmigo en fotos, regaña cuando lo hago. Es mi vida, la suya es suya. Y así debe de ser. No entendería yo que fuera de otra forma porque yo le enseñé a vivir así. Desde jovencito sabiendo del trabajo, ahora de mayor disfrutando con lo que hace. Sus decepciones llevadas en silencio, contadas entre susurros con la orden rotunda: “Mamá, tú sólo escucha, yo decidiré”, y así lo hice. Para eso están las madres cuando son mayores, para escuchar. Para guiarlos cuando son pequeños, cuando un castigo nos duele profundamente, cuando después del castigo viene el beso, cuando negamos lo que desearíamos darles sabiendo que si cedemos les estamos haciendo flaco favor. El sentimiento de culpa que nos invade cuando sabemos que lo hacemos por su bien, la recompensa del “gracias, mamá” cuando nos confirman que no lo hicimos mal del todo… Felicidades para aquel niño al que decidí llamar Martín, que ya en la barriguita de mamá tuvo que soportar pruebas que encogieron mi corazón, y con el mío el suyo. San Martín de Tours, once de noviembre. El día que mi hijo no va a celebrar porque él hace tiempo que sabe cuáles son sus creencias, sus ideas, sus prioridades, sus celebraciones, sus religiones, sus pautas… Y le pido perdón, perdón por las regañinas, por los enfados, por no decirle que estoy muy orgullosa de él cada vez que lo pienso, pero no puedo subirlo a un altar, no sería bueno para él, orgullosa cuando la gente me habla de él, cuando me hacen ver la suerte que tengo, perdón por los malos momentos, que también los hay y los habrá, perdón por mis fallos involuntarios, por mi novato papel de madre, por no saber hacerlo mejor, por si alguna vez olvidé besarlo, por las discusiones que suelen terminar en un abrazo, me abarca con su altura y su corpulencia, y es entonces cuando le huelo, como a aquel niño, sigue oliendo igual, sigue oliendo a vida, sigue oliendo a mí, sigue oliendo al amor maternal recién estrenado… Martín, que ha conseguido su sueño, a unos meses de recoger su graduación como odontólogo, de besarme y levantar el vuelo, de dejarme sus versos en canciones, sus rimas en maquetas. Felicidades, hijo, pero sobre todo, gracias. Me enseñaste que la discreción lleva tu nombre, que la responsabilidad y la prudencia se heredan, que eres digno nieto de un abuelo que te besaba mientras se iba. Gracias porque nos has enseñado a toda tu familia que la limpieza del alma se refleja en la miopía de unos hermosos ojos de largas pestañas. Serás feliz porque has hecho felices a quienes te hemos acompañado… ¡¡ Felicidades, Martín, hijo mío !!