17 feb. 2017

A ESA MUJER TAN BUENA Y VALIENTE.... (Felicidades, mamá)

Mi madre cumple ochenta años. Así, de repente, como suena. Ochenta años de una vida, de varias vidas, de todas las vidas del mundo. Mi madre cumplió sus pequeños sueños, esos que hacen de la vida el recorrido que merece ser vivido, ha visto crecer a sus hijas, ha conocido a sus nietos, ha llorado al despedir a sus seres queridos, ha sabido del miedo a la enfermedad… y ha amado. Supongo que para cada hijo su madre es única y especial. Para mí la mía es la estela, esa que aunque no esté está, que cuando está tal vez se guarde silencio, el silencio que se rompe con olvidos, los enfados de no aceptar que se ha hecho mayor y olvida, el olvido de que un día fue y ya no es, el olvido de todo lo que ella recordó para que nosotras recordáramos, el olvido de los besos que recibimos cuando no nos hace caso o nos cansa… como todas las hijas, como todas las madres... Cumple ochenta años y se quedó sin el amor del hombre al que amó desde los diecisiete años, y enterró a una madre, y no conoció a un padre y cuidó al que la vida le regaló, y acunó a sus hijas, y las hizo meta para llegada, y besó sueños de bebés nietos que el destino le puso delante. Se ha quedado su voz en mi oído y sus ojos en los míos, la veo poco, la tengo siempre, me toca vigilar ahora a mí sueños de pequeños héroes que sueñan con ser futbolistas, me toca viajar cuando ella odia que recorra kilómetros, me toca explicarle que es mi sueño, que todavía tengo sueños cuando ella ya olvidó los suyos, o los cumplió. Se fatiga ya con tareas que hace muy poco tiempo le llenaban tiempo, repite demasiadas veces la misma pregunta, se queja de pequeñas dolencias, se cuestiona poco, su mundo son sencilla rutina que encomienda a Dios, pasos conocidos repetidos tantas veces que los podría dar sin mirar. Mi madre cumple ochenta años y no me ha dado tiempo a pensar en que algún día no estará, no me ha dado tiempo porque dolió un adiós y todavía no estoy preparada para otro, quiero seguir escuchando su voz de vez en cuando y sobre todo quiero saber que está, que sigue caminando fuera, con el frío del invierno de su pueblo y el calor de su verano. Que me visite de vez en cuando y me asevere en mis tareas, que me haga enfadar y deje de hablarme durante minutos que para ella son horas y a mí me ponen la sonrisa que ella tenía cuando la que dejaba de hablar era yo. Mi madre se fue, aquella madre que cantaba ya no está, ni la que reía ocurrencias con algarabía, creo que se fue el día que se fue él. Ahora es otra, es la preocupación constante por los suyos, las lágrimas de la despedida aunque estemos a pocos kilómetros, el orgullo de abuela, la mirada de ojos acuosos que fueron alegres y fueron sostén y ternura, y son ahora dulzura de vida. La vida me ha enseñado que ellos, los padres, aquellos que conocimos en la etapa perdida de nuestro camino ya no están aunque estén, que nosotros tampoco estamos, que somos otros, que ellos son otros, pero algo quedó, siempre estará, ha quedado la voz cantarina, el grito rompiendo las noches de verano cuando me llamaba desde la puerta para que dejara mis juegos y volviera a casa, ha quedado el rezar sentada en mi cama, el tocarme la frente para saber si tenía fiebre, el abrigarme cuando ya el calor anunciaba el verano, ha quedado la vida en mis dedos, queda ella en mí. El recorrido ha sido extenso, sus manos trabajadas lo demuestran, las jornadas de vendimia, los bordados en las sábanas que atesoro porque fueron sus ojos los que se quedaron en pequeñas flores y en finos hilos. La madre. Mi madre. Aquella que me cantaba “que bonita que es mi niña” cuando intentaba dormirme sin mucho éxito, la que me advertía que “ya vendrá tu padre”, la que soportó mi rebeldía y mis berrinches, la que me vio irme una y otra vez, la que sigue viendo como me voy y ahora intento ocultárselo para que no se preocupe porque me voy lejos. Ha cubierto sus pestañas de una tristeza difícil de descifrar, como si le diera miedo pensar demasiado cuando ya pensar para ella es un esfuerzo supremo, cuando hay que recordarle muchas cosas pero recuerda las básicas. La tristeza de los momentos que sabe que no volverán, que es duro saber que el camino se acaba, y le sonrisa de quien sabe que no lo hizo mal del todo, que jamás albergó odios, que fue limpia y fue discreta, aunque con la vejez se olvide un poco la discreción y se tome el derecho a decir lo que se piensa. Mi madre cumple ochenta años y me hace ver que yo he comenzado el camino de regreso, que sigue la niña que fui metida en mí, como sigue en ella la madre joven que siempre esperó mi llegada. Se es llegado el tiempo de esperas, la vida es una espera constante, me descubro a veces pidiendo más tiempo a la vida, más tiempo para todo, más tiempo para ella. Hay años que se celebran en silencio, con la calma que da saberse vivida, la labor cumplida, la tarea terminada, días para sentarse y regresar a pasados vivos todavía, llenos de arrugas, de voces jóvenes y estaciones que pasaron por los dedos y no pudimos retenerlas, porque la vida, sencillamente, es un vaivén del viento que se nos escapará siempre. Felicidades a mi madre, que cumple ochenta años con la lucidez justa para saber que vive y que la queremos.