31 mar. 2017

EL PRINCIPIO DEL FIN... (Reflexión personal)

Ha comenzado, es el principio del fin. Comenzó hace cinco años, o tal vez siete. Hace siete años que mi hijo mayor salió de casa, se perdió entre las luces granadinas y comenzó a labrar, lentamente, su futuro, pasito a paso, seguro siempre… Dos años en busca de un Grado Superior, puro trámite, se trataba de conseguir la nota que no pudo obtener para cursar lo que deseaba, y sin embargo se convirtió en el descubrimiento de su camino… Es el primer paso para rematar una carrera universitaria que ha llevado con trabajo, con esfuerzo y con mucha ilusión. Mañana se va a disfrutar de su Viaje de Fin de Carrera y parece que fue ayer cuando le escuché llorar por primera vez en mis brazos, tan pequeño y tan fuerte, sonriente bebé que dio muy pocas malas noches, muy pocos malos ratos, muy pocos problemas. Siempre digo lo mismo, que se me hizo un hombre y no me di cuenta, pero creo que sí que me di cuenta, por eso nunca invadí su intimidad, por eso le regalé alas, por eso nunca me inmiscuí en su privacidad, por eso ni siquiera le tengo agregado como “Amigo” en Facebook, porque él no es mi amigo, él es mi hijo, y esa cuota privada es tan nuestra que los “Me Gusta” están de más. Se va muy lejos, en mi recuerdo aquel primer viaje, Lisboa, luego vino Roma, Londres, Dublín, Munich, Sofía… Tantas veces lejos, tanto echarle de menos, tanto esperar que esté bien, tanto detenerme antes de enviar un mensaje… Libertad. Quiero que sea libre. La mamá levantó sus plumas y lo dejó que caminara solo. Y lo ha hecho muy bien. Un viaje lejos que no olvidará nunca, porque lo vivirá con sus compañeros, los que han compartido con él cinco años en las Aulas de la Facultad de Odontología. Un viaje que quedará para siempre, único y especial. Y yo esperaré cada día que me diga que es feliz, que lo está pasando bien. Esperándole para abrazarlo, ya casi no lo abarco, me quedé pequeña, o él creció demasiado. Esperarle para que me cuente cómo ha sido la experiencia de comenzar a decir adiós y empezar a ensayar un “Hola, Vida”, estrenar nuevas ilusiones, nuevas dudas, nuevas inquietudes. Se me ha hecho un hombre alto y guapo (amor de madre), el último adjetivo no le gusta demasiado, pero sí, lo es, guapo por dentro. He recorrido con él, en silencio, sus años en los pasillos de la Facultad en la que se formaba para hacer de su vida un camino un poco (o un mucho) más fácil que el que caminaron sus padres. He vivido sus noches vísperas de exámenes y he esperado un mensaje o una llamada que me dijera una nota. Una tras otra. Sus bromas sobre suspensos que nunca llegaron. Ha sido un camino largo que él hizo fácil, con toda la dificultad que supuso para él, con todas las horas robadas al sueño, con encerrarse en su habitación, vigilarle detrás de los cristales de la ventana y verle enfrascado en líneas y fotos que estudiaba meticulosamente. Vivir con él la primera limpieza bucal que me hizo, sabiendo que, quien vestía la chaqueta blanca era aquel niño que vestía la equipación del Real Madrid muchísimos años atrás, cuando soñaba (como su hermano pequeño) ser portero de su equipo favorito. He vivido con él algún partido en el Santiago Bernabéu del que no hay constancia gráfica pública, porque aprendimos que hay momentos que son sólo nuestros, alguna comida solos, conversaciones tranquilas, llantos dolorosos, miradas de amor y de desamor, como toca, porque eso es vivir y él lo aprendió a hacer serenamente. Esta mañana, mientras amanece, mi hijo se marcha para comenzar a regresar. Llegó el principio del fin. Le quedan sus últimos cuatrimestrales. Antes me espera de nuevo, delante de un sillón de dentista para efectuar una extracción a su madre, a su paciente, que se quejará lo justo, a la que tratará con tacto y con suavidad, como lo hace con los pacientes asignados. Y luego a volver a las vigilias porque hay que torear por última vez… Y vendrá la Graduación, y, si la vida lo permite, la celebrará con su familia, con sus padres, con su hermano, con los que estarán siempre, y me permitiré el lujo de decirle lo que pienso, lo que sentí durante su recorrido, me permitiré el lujo de aconsejarle, de darle ese consejo materno de que sea honesto, de que nunca distinga entre pacientes, que nunca olvide de dónde viene, que nunca olvide sus raíces, que recuerde que viene de la sencillez del trabajo y de los callos en las manos, del cansancio de sus padres porque la vida así lo dispuso, que recuerde que sus abuelos y sus padres emigraron, que jamás mire a nadie por encima del hombro, que respete siempre, que comprenda siempre… Es el principio del fin. Aquí seguiré. Esperando su llamada para decirme que lo está pasando bien, que es feliz, y sabré que luchará siempre, que conseguirá ser un buen Odontólogo y un buen Cirujano Bucal, porque eso es lo que desea y lo conseguirá… Y en este amanecer que se lleva lejos a mi primer hijo, al que fue buscado y deseado, este amanecer en el que, su padre, cuando despierte, también pensará que su niño ha volado, en el que su hermano preguntará si Martín ya llegó a ese lugar que él no sabe pronunciar, en este amanecer yo sólo puedo darle las gracias por haberme enseñado tanto y tan bien, por haberme dado tantas alegrías, por hacerme sentir orgullosa, por respetar mis decisiones, por cuidar cuando yo no estaba, por comprenderme y apoyarme siempre. En este amanecer que es el principio del fin me preparo para comenzar a despedir a mi bebé y darle la bienvenida a un hombre que enfrentará la vida con la fuerza que heredó, con las vivencias del trabajo siendo demasiado niño, con los pies cocidos por horas de trabajo, con sueño en el cuerpo porque hubo que enseñarle a trabajar, con el recuerdo de niños que pasaron junto a él días de acampada… Comienzo este fin con el convencimiento de que habrá un principio y él sabrá vivirlo, como ha vivido hasta ahora todos los principios que la Vida le regaló. Hace cinco años comencé a aprender que tenía que volar solo, hoy, mientras amanece y sé que viaja para coger su vuelo, sé que aprendió, el nido se prepara para quedar un poco más vacío.