16 mar. 2017

MEMORIA PROPIA... (Reflexión personal)

No puedo por menos que sorprenderme de la ligereza con la que, últimamente, todo el mundo recuerda pasados íntimos y privados de personas y personajes públicos… o no. No sé el motivo, pero parece un virus de esos inoculados con una lentitud y una precisión milimétrica, tanto que nos ha dado por evocar relaciones amorosas de monarcas eméritos, de personajes del mundo de la farándula, de políticos… ¡un no parar! Incluida alguna que otra persona conocida a la que se le asigna eso de “cría fama…”. No me gusta el regreso al pasado sistemático para hundir a personas, criticarlas o hacer de su vida el eje de conversaciones, ¡cómo si no hubiera nada mejor qué hacer…! Bueno, igual no lo hay y por eso tenemos que recurrir a lo que fulano o mengano hicieron hace tantos años que Noé estaba con la fabricación del Arca. Yo siempre he partido de la base de que todos tenemos pasado, unos mejor, otros peor, y de que todos los pasados no son malos, hubo errores y hubo aciertos, como en botica, tampoco es necesario resaltar lo malo porque nos interesa, o nos crea morbo, o nos hace parecer interesantes a ojos ajenos, y olvidar lo bueno que se hizo. Somos un poco cuadriculados por aquello de que olvidamos muy pronto lo malo de nuestro pasado para evocar el error ajeno. Y en la otra punta de la cuerda está esa manía beata de juzgar la vida privada, es decir, que siempre, no sé por qué arte de birlibirloque, recurrimos a historias ajenas privadas, pero ¡eso sí!, que nadie nos recuerde las nuestras, porque hemos llegado a un término tal de perfección que nosotros, ¡válgame Dios!, nunca cometimos fallos en esos terrenos encenagados del corazón. Lo último ha sido escandalizarnos porque un monarca confesó que estaba enamorado estando casado… ¡qué barbaridad! ¡vaya novedad! ¿Y qué…? ¿Es el único? ¿Nadie en la faz de la tierra ha estado o está o estuvo enamorado estando casado? Parece como si hubiéramos descubierto la cepa de la sarna. A mí, sinceramente, que un señor, monarca o no, confiese semejante “delito” me pone una sonrisa extensa, quizás porque no me dedico al mundo del “revisteo” ni de la política, que tampoco entiendo qué tiene qué ver que el corazón de un hombre esté ocupado por una señora para que realice el trabajo para el que ha sido designado de forma correcta. Olvido que, en este país que grita que es laico, que abolió el delito de adulterio, que se llena la boca hablando de libertad, en donde las separaciones están a la orden del día, sigue subsistiendo bajo manta el olor a antiguo, a cera, a confesionario y a amancebamientos varios… Y no sólo el monarca, también lo extiendo a los españolitos de a pie que tienen que soportar que se recurra a su pasado, aquel que se quedó en las cavernas de la historia personal, para que, de vez en cuando, las vidas que no tienen vida recurran a algún entretenimiento, y nada más recurrente que sacar los trapos sucedidos en años inmemoriales para tener algo con lo que pasar el tiempo… Sinceramente, me aburro. Me aburro soberanamente desde que una señora rubia de largas piernas y sus comparsas comenzaron a hablar de infidelidades, me aburro desde que en una tertulia normal y corriente se recurre a hurgar en pasados sin conocer ni una mínima parte, rescatar fallos olvidando aciertos… Yo siempre suelo decir aquello de “Si te lo hicieran a ti ¿qué pensarías?”, o a tus hijos. Si fuéramos conscientes de nuestro pasado no nos quedaría ninguna gana de resucitar el de los demás, sobre todo cuando ese pasado no ha hecho daño a nadie, no ha involucrado a nadie, en un pasado en el que no se ha matado a nadie, ni se ha robado, ni se ha insultado, un pasado en el que, sencillamente, hemos tenido vida privada e íntima. Nos estamos volviendo más papistas que el Papa, y lo peor es que nos enorgullecemos por ello, ponemos el tablero de ajedrez en el centro de la mesa y ¡hala!, sonó la hora de mover las piezas a nuestro antojo, y ya, si nos envalentonamos, seremos capaces de encadenar el pasado de tres o cuatro personas, de esas de las que conocemos el nombre, pero que fulanito o menganito nos ha contado los milagros realizados hace tantos años que tenemos que entrecerrar los ojos para descubrir si habíamos nacido. Pues sí. Así somos. Una de dos, o todos fuimos santos, o no tenemos memoria propia, o nos mueve la envidia, o nos gusta fastidiar, o, lo que es peor, no sabemos respetar las vidas ajenas, o todo el pax completo, que también sería para analizarnos profundamente… Todos tenemos pasado. El pasado es pasado. La vida privada de las personas es privada, igual que la nuestra, lo que sentimos, lo que sintamos, lo que vivimos, lo que vivamos, corresponde a nuestra privacidad, a nuestra intimidad, seamos quienes seamos, todos tenemos el mismo derecho al respeto. Y es que, últimamente, esa es una de las palabras que menos se escuchan y, desde luego, de las que menos se tienen en cuenta. He llegado a un punto en el que, creo, que para saber qué hicimos, qué fuimos, lo mejor es preguntar a los demás, porque, sinceramente, la memoria sobre nosotros mismos, nos está fallando demasiado. Como reza una frasecita por las redes, si nos creemos sin defectos ahí está el mayor defecto.