19 may. 2017

PRIMERA COMUNIÓN, PRIMER LÍMITE... (Reflexión personal)

Leía un artículo del Juez Emilio Calatayud sobre las Primeras Comuniones. Estamos en plena época de vestido fantasía y trajes de almirantes, de búsqueda de las mamás de vestidos y los padres de trajes… y de restaurantes, que se han reservado uno o dos años antes (me baso en mi entorno, claro), y pensamos en los recuerdos que daremos, y miramos el precio de los cubiertos, y resulta que, si fuéramos lógicos, que no lo somos, no invitaríamos a nadie, porque, desde luego, es un robo a mano armada el coste de un cubierto para celebrar que el niño comulga, es decir, una fiesta privada, a la que, por supuesto, acuden los tíos, los primos, los abuelos, y ellos, si son lógicos, deberían de preguntar qué regalos desean los padres. Pero claro, últimamente la lógica ha huido calle abajo cuando se trata de esto, porque los padres son o somos (me incluiré y que Dios reparta suertes) los principales culpables, el niño quiere un móvil, una tableta, una bici último modelo, y le prometemos, nosotros, los padres, un viaje a París para ver al ratón más famoso del mundo… Es decir, lo llevamos para que vea EuroDisney, porque lo del ratón ya no se lo va a tragar, puesto que su tiempo lo vive entre juegos virtuales y deseando un móvil con toda su alma, alma que vendería al diablo… Olvidamos que los invitados ya hacen un desembolso que desequilibra la economía doméstica durante meses, sobre todo cuando los invitados son varios de la misma familia. Y luego están los inocentes niños, esos que se acercan al Altar a celebrar la Primera Comunión manos unidas, caras candorosas, pero que se pueden convertir en auténticos demonios si no reciben el regalo deseado, porque su amiguito, el domingo anterior lo consiguió, y esto de las Primeras Comuniones se ha convertido en una lucha encarnizada para ver quién tiene poderío y quién no, comenzando por los padres, fotos, banquete, regalos… ¡¡vergüenza!! Eso es lo que nos debería de dar, estamos criando y educando a pequeños dictadores que luego crecerán, que seguirán pidiendo “porque fulanito lo tiene”, y seguiremos cediendo, porque dado el primer paso los siguientes vienen por ellos solos. Y llegarán a adolescentes, y cuando algo no les cuadre nos montarán el pollo, o darán un portazo y durante horas no sabremos por dónde andan, o se irán casa de su abuela, o de su amiga, o de su madre o de su padre, que también eso está en la lista. Y llegarán a adultos. Y seguirán pidiendo. No, no es que todo venga de la Primera Comunión, pero es un punto de partida básico. Basta darse una vuelta por las aulas de los colegios o escuchar a los niños en un parque (como ha sido mi caso) comentando los regalos recibidos con otros compañeros llegar hasta el insulto porque un compañero no recibió un móvil, “pringado”, sí, palabras así de hermosas porque unos padres han decidido que no hay edad todavía. Así nos va. Así estamos… Creamos monstruos prepotentes que miden todo por los bienes materiales, por el dinero, por el poder adquisitivo que, sinceramente, si algún día les falta, puede hacerles enloquecer, sobre todo porque no les hemos educado en ganarse la vida por ellos mismos, porque hemos cedido cuando no correspondía, porque un castigo nunca traumatiza, (a mí ni siquiera me traumatizó un azote o una colleja). Emilio Calatayud dijo en una ocasión que, cuando un hijo delinque, muchas veces, habría que juzgar a los padres que lo educaron, porque, pudiera ser que ellos, que son los responsables de sus hijos, hubieran “pasado tres pueblos” del cometido que llega en cuanto se da a luz… Y así es… Mi hijo hace la Primera Comunión el año próximo. El pequeño digo. El mayor ya la hizo. También entonces había regalos de ordenadores, equipos de música, PlayStations… ¡¡no!! Mi hijo tenía que saber cuánto cuesta conseguir todas esas cosas, no lo que valen sino lo que cuestan. Cuesta trabajo conseguir las cosas, eso ha sido lo que primó en casa. Hay que poner límites, no se puede conseguir todo en la vida, segunda premisa. Somos los padres los que decidimos qué sí y qué no, tercera. Y así casi un Decálogo… ¿Recuerdan? El Juez Calatayud hizo también un Decálogo de cómo convertir a un hijo en un delincuente… Pues eso, coger ese Decálogo y hacerlo al revés. Cuesta, como madre cuesta decir no, cuesta escuchar una rabieta, cuesta poner un castigo… Y a los padres ¿quién nos castiga por nuestro afán de protagonismo? Porque pareciera que fuera nuestra segunda boda, deseamos ser más, estar más, llegar a más… ¿A más qué? No se sabe, a más que fulanito, o menganito, a más que ellos, a más que todos… Lo bonito de las Primeras Comuniones es ver a los niños juntos, a todos, mirar sus caras, ver cómo nos buscan con los nervios, disfrutar de cómo comparten con sus amigos y se miran los trajes sin ningún tipo de competencia, porque ellos no la tienen si no se la inculcamos. Lo bueno de ese día es comentar con otras madres, reírnos, besar a nuestros hijos, olvidarnos de lo material, porque todo lo que reciban será pasajero, lo único que nos quedará será la sonrisa de ellos y sus besos… Son niños, NIÑOS, lo estamos olvidando… Un día serán adultos, deberíamos de intentar que fueran buenos adultos, que supieran el valor de las cosas, lo que cuestan, que supieran defenderse ellos y mantenerse ellos, sin tener que recurrir al dinero de papá o mamá o de los dos… Me queda un año. Sé que su padre será igual de lógico que yo, así se decidió siempre y así se seguirá, es un niño que depende de nuestra responsabilidad, y, sinceramente, no quiero convertir a mi hijo en un delincuente, y mientras antes comience a ponerlo en práctica mejor para todos…