23 jul. 2017

BAÑADORES INDISCRETOS... (Hecho real, con guasa)

Estamos en plena temporada de baños, de rebajas, de bañadores y de bikinis. Aparte de esto y como apunte general, se suele decir que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, la mujer es el único animal que tropieza dos veces con el mismo bañador… por lo menos yo… Recordaba hoy, a colación de mi adquisición en rebajas de mis nuevos trajes de baño (para decirlo con más finura), unas anécdotas con mi amiga Luisi, retrocedí seis años atrás para recordar aquel bañador negro, ribeteado en colores plateados, divino de la muerte, en el que me embutí feliz y con el que introduje mi cuerpo serrano en la piscina de agua caliente de un famoso balneario, piscina exterior, agua templadita, mi bañador nuevo, a ambos lados dos señores, más feliz que una perdiz. No tengo claro si es que la lycra del maravilloso traje de baño nuevo no estaba preparada para soportar el agua caliente (cosa que es ilógica, puesto que entonces qué pasaría en una piscina climatizada), el caso es que, diez minutos después de que el agua cubriera la totalidad de mi cuerpo aquella lycra rebelde comenzó a ceder, el escote, terminado en pico, amenazaba con descender hasta el ombligo y los tirantes cedían centímetros por minuto, por lo que uno de mis acompañantes, viendo que podíamos convertirnos en un espectáculo con tintes pornográficos, decidió anudar los tirantes a mis hombros, tirando un poquito de la lycra hacia arriba… pero es que, al tirar hacia arriba el bañador ascendía por completo, por lo que la parte más íntima amenazaba con dejar al descubierto zonas innombrables para una (por aquel entonces) cuarentona de buen ver (pesaba casi veinte kilos menos que en la actualidad)… Mi amigo tiraba, yo avisaba, se anudó el bañador de forma graciosa (o eso pensaba el pobre de X, que me consolaba diciéndome que no había quedado tan mal), salí de la piscina de aguas templadas rogando a Dios que la dichosa lycra cediera lo justo para no dejar al descubierto vergüenzas, el escote, en aquellos momentos, parecía una gargantilla. Por abajo no lo sabía, pero por arriba yo lucía con una decencia digna de ser admirada… Me había comprado el bañador en las rebajas, muy barato. Al año siguiente, después de jurarme que no volvería a pasar, compré mis bañadores con cierta garantía de que no aumentarían cuatro tallas cuando metiera en el agua mi cuerpo serrano, y los adquirí de marca… Y no volvió a pasar. Han resistido años, y años y años, muchos. Tantos que cada año iba dando largas para comprarme uno nuevo, los míos aguantaban bien, cedían conforme mi anatomía se expandía a su libre albedrío, y eran clásicos, alejados de modas pasajeras… Hasta este año. Supongo que, por unos momentos, olvidé la anécdota sucedida seis años atrás, así que me compré un bañador barato, que me gustó, mono, muy mono, que se ajustaba a mis carnes morenas… Hasta que tuvo que pasar la prueba de fuego: Meterse en el agua ajustado a mi piel a la hora en la que la animación del hotel nos animaba para participar en el aguagym, y una que es activa por naturaleza, que le gusta eso de dar saltitos en el agua, porque allí no corre el riesgo de que tiemble la tierra, me apunté feliz. Con mi nuevo traje de baño, recién estrenado, al ritmo de “Despacito”, que ya es tener ganas de hacer gimnasia con ese fondo… Bailé zumba en el agua, hice estiramientos, me moví al ritmo de “Reggeton lento” y notaba como, de forma sutil, mi bañador iba cediendo, y mis recuerdos se fueron lejos, muy lejos, lejos en lugar y lejos en el tiempo. Miré a mi alrededor, calibré la distancia desde la piscina hasta la hamaca en la que había dejado mi toalla, mi sombrero, mi libro, mi salvación… tiré de los tirantes hacia arriba, porque el escote había comenzado su descenso y había desequilibrado mis senos (por llamarlos de forma discreta), las gomitas de las piernas también habían cedido por lo que notaba una extraña bolsa que colgaba en un lugar íntimo y que estaba llena de agua… Bueno ¡tranquila, Encarni!, tira hacia arriba de las tirantes, ajústate las gomas en su sitio adecuado, tira del escote trasero hacia arriba también… pero, es que si tiro hacia arriba de ambos escotes mis pectorales se salen, y si tiro para abajo el lugar que debe de quedar entre las piernas estará en las rodillas… Mi bañador se había convertido en el traje de baño perfecto para una señora de metro ochenta ¡por lo menos…! Y no podía quedarme allí eternamente, tendría que salir en algún momento. Hice un barrido visual: varios señores cerca, algunos niños jugando, Alberto demasiado lejos para que me escuchara llamarle, mi hamaca lejos, cada vez la veía más lejos, y yo tenía que llegar hasta allí sin dar el espectáculo, o intentarlo al menos. Así que comencé a salir despacio, con los brazos cruzados debajo del pecho sujetando la lycra para que no descendiera, pasitos cortos, si los alargaba la bolsa de agua se descolgaba más, aquello sí que era ejercicio y no lo de bailar “Despacito” dentro del agua… y conseguí llegar, sacar mi pareo, dignamente colocármelo, ir hasta mi habitación, recuperar uno de mis queridos bañadores, jurar que jamás me volvería a pasar, cuando lo puse sobre el tendedero portátil de la terraza aquello no era un traje de baño, era una alfombra de salón…

Y hace unos días adquirí otro traje de baño, de la misma marca que me ha acompañado durante diez años, aquella que se quedaba quietecita en su sitio, que se pegaba como una segunda piel, que no cede, que no se mueve y que no hace bolsas de agua ni escotes infernales. Rebajas, sí, pero no tanto. Recordé aquello de mi abuela “lo barato sale caro”, o lo de mi madre “en depende qué cosas mejor ir sobre seguro y no sobre barato”, y llevaban razón. En poco me tocará probar mis recientes adquisiciones, clásicos, así que tendré para muchos, muchos, muchos años… y algo sí que he aprendido, una lycra que al tirar se estira con facilidad, con la fuerza del agua se estirará mucho más. Eso sí, al menos estas anécdotas han dado para echar un rato de risa con Luisi, o con cualquiera de mis amigas cuando iban visualizándome en la piscina en semejante estado, y, sinceramente, no es para menos. Que vosotras, amigas, lo escojáis y lo bañéis bien, que estamos en plena temporada para ambas cosas.