3 jul. 2017

SECRETOS CAPITALES... (Recordando pasado)

Pasamos por la vida de otros creyendo que conocemos todas las verdades, todos los secretos, todo lo vivido. Somos ingenuos los humanos. Creemos a pies juntillas las historias que nos cuentan, sobre todo cuando no tenemos la capacidad, la oportunidad o las ganas de descubrir entresijos, códigos, vericuetos. Y tanto es así que, en alguna ocasión, nos hemos plantado en la casa del lobo sin saber que, frente a nosotros, teníamos, enmascarados en familia, a quien guarda, quizás, el mayor secreto que se nos fue tapado, vetado y ocultado… Y es que, si damos una vuelta por nuestros extramuros, preferimos quedarnos con lo palpable, lo que podemos imaginar sin problema, lo que podemos suponer con cierta lógica. Olvidamos que la vida fue larga, que cada cual la comienza a una edad determinada, que pudo haber historias que la misma familia se encargó de tapar, de aquellas historias indecentes que revolotearon por cabezas que comenzaban a abrirse a la vida y por cuerpos que empezaban a abrirse al sexo. Pero, casi nunca, esas historias nos son relatadas. Se quedan entre los pliegues de la piel de la persona que luego comparte nuestra cama, de la que creemos saberlo todo, la que, en un momento determinado, sin que nosotros seamos conscientes, nos coloca delante de quien fue importante en su vida, mucho además, y que no somos capaces de descubrir porque ese secreto está guardado debajo de faldas y de cremalleras. Mucho más fácil culpar a quienes tienen pasado conocido, público, más fácil, más arriesgado también… Hay veces en que, quienes saben de historias turbias y truculentas cierran los labios en un rictus de sonrisa de esas que dicen “¡Sí tú supieras lo cerca que estuviste, si tú supieras que besaste sus mejillas familiares, que compartiste momentos y ni sospechaste!”… y el rictus se va volviendo triste, no siempre la información es poder, a veces la información es tristeza, sabes que tienes en tus recuerdos y en tus manos el mazazo que puede romper la idílica idea de que fuimos el mundo, de que fueron tantos años que no caben en el olvido, ignoramos que hubo otros idilios que no fueron olvido, que se vivieron entre pasiones, que nadie participó, que de aquellos idílicos pasados se quedaron rotos también corazones que sí supieron del secreto que se guarda, corazones que quedaron tocados para siempre, sin posibilidad de redimirse ni de olvidarse… Corazones que han sido atacados porque ha sido más fácil que buscar la realidad juvenil entre brazos de mujer madura que estuvo a centímetros cuando la madurez fue la nuestra, que nos miró a los ojos y sonrió a su vez sabedora que el brazo que sostenía la sostuvo antes a ella, la rodeó antes a ella. Es complicado el pasado cuando viaja lejos, cuando se esconde de lo que fue, cuando se cree que se olvidó. No nos damos cuenta de que no todos los corazones olvidaron, sobre todo los que quedaron heridos para siempre y guardan en su piel roja pasión el dolor de saber y el poder de decir si llegara el momento, rompiendo a su vez otro corazón que estuvo confiado en que nunca hubo secretos… ¿Y a qué viene todo esto? Tal vez a que, las tardes de tormenta, cuando el calor sale del asfalto, la mente tiene la mala costumbre de irse casi siglos atrás, de arrastrar el fango hasta la ciénaga del presente, tal vez porque escribir sobre hechos ocurridos, plasmarlos en novela, sacude el peso del dolor, y en ello estoy, preguntándome las reacciones de quien cree saber todo si supiera secretos que se mantienen mudos, personas que han formado parte del entorno cercano, que han recurrido a ajenos para intentar amortizar una mínima prueba que, para hacerla más asequible al dolor, se tergiversó a medida de las necesidades emocionales, para no culpar más que lo justo a quien, en el fondo, guardó siempre la llave de un inconfesable pecado que seguirá por siempre custodiado por lenguas que seguirán refiriéndolo en las noches de verano, bajo noches estrelladas, porque hay lugares en los que los años se abastecen de eso, de pasiones prohibidas, de sexo capital y de lágrimas masculinas juveniles que nunca sospecharon que abastecer la carne pudiera conllevar callar para siempre… Y así estoy, con mi novela, intentando que se cuele por el balcón una brizna de aire que se lleve el dolor, que me deje la serenidad que se perdió entre poros casi adolescentes y verdades que rasgaron a tiras la piel… Hay tardes de tormenta en las que el fuego se eleva desde las entrañas del asfalto y te pone el rictus en la sonrisa de conocer lo que algún alma dañada desearía poseer para lanzar el obús que destrozara, para siempre, el corazón que una vez amó y que creyó que había sido sincero… Hay tardes así, llenas de secretos… de secretos capitales, esos que jamás se confesaron a quien después formó parte de nuestras vidas, secretos llenos de jadeos de mujer adulta y temblor de niño joven que quedarán para siempre relegados en callejuelas de pueblos perdidos, y aún así, creemos saberlo todo, y creemos que ignorantes son los demás, nadie sabe todo de nadie, ignorantes somos todos de todos, hay verdades que están encerradas y secretos capitales que jamás serán confesados, por lo tanto, jamás recibirán la absolución…