16 jul. 2017

TAL DÍA COMO HOY... (Cinco años atrás...)

Hace cinco años, tal día como hoy, yo comenzaba a escribir mi primera novela publicada, "Las Manecillas del Reloj", después de aquello nada volvió a ser lo mismo... Os dejo el capítulo que marca el antes y el después de una novela de amor, sencillamente, no hay más, y espero que os guste tanto como a mí me gustó escribirla... Cinco años y parece que ha pasado media vida. 



“Te espero en los Allozos”.-27 de julio de 2012.-


Marcos conducía despacio, la sinuosa carretera no daba para más, perdidos entre rocas y arboledas, Laura miraba el paisaje, hacía viento aquel día y los árboles se mecían a su son, haciendo brillar sus hojas según el movimiento las pusiera a tiro de los rayos del sol, el médico hablaba, ella le había preguntado por su trabajo, él le narraba guardias, consultas, pendiente un cursillo de oncología en Barcelona, le gustaba estar activo y dedicaba tiempo a darse algún capricho. Hubo un silencio, llegaban a Os de Civis, Laura admiraba cada construcción, elevaba la vista hasta las últimas rocas, comentaba lo que veía. Marcos sonreía debajo de las gafas de sol, un leve bronceado en sus brazos y su rostro. El pelo cano le confería aquel atractivo que Laura siempre admitió:
—¿Y tú?, ¿te gusta tu trabajo?
—Desde luego que sí, es muy gratificante, procurar la felicidad de personas que ni te conocen, que se despiden de ti, que prometen volver y vuelven ¡eh!, tenemos una carpeta de clientes fijos, y eso cuesta mucho conseguirlo —recordaba sus comienzos—, tienes que ir haciéndolo bien cada día, y cada día mucho mejor.
—¿Te haces respetar con mimos o a base de látigo?
Rieron los dos, Laura recorría videos mentales en los que hubo de todo y seguía riendo:
—Bueno, de todo ha habido, depende de cómo sea el enemigo, pero con un poco de mano izquierda todo va bien…hay mucho foráneo trabajando, con mucha preparación, experiencia en hoteles de Dubai, de Los Ángeles, de Suiza… —le gustaba hablar de su trabajo—, nos aportan ideas, luego están las convenciones, las invitaciones de otros hoteles para que los veas.
—Viajas mucho…
—Casi siempre por negocios, por eso cuando cojo vacaciones me gusta la tranquilidad y lo conocido, mi pueblo, Granada, perderme un poquito por la costa andaluza… —le miró y se imaginó a Marcos en el hotel Aquas-Spa, era perfecto para él—, podías venir a visitarnos, te gustaría, tienes gimnasio, tienes un circuito estupendo… se come bien, la playa es de ensueño…
—Me dan ganas…
—Cuando esto acabe vente a relajarte unos días…—había tocado el tema—, esto no va a durar mucho más, Marcos…
—Nada más, Laura…
Laura fijó la vista al frente, sabía lo que había querido decir el médico. Se negó a entristecerse, sabía que Vergara había decidido que aquel día era para ellos y ella se lo iba a poner fácil:
—¿Seguimos sin compromiso serio?
—A mis años la seriedad no existe, eso lo dejo para los más jóvenes —Laura soltó una carcajada—, quizás algún día lo haya, cuando haya recuperado la cordura juvenil…
—Tú no has tenido cordura en tu vida…—y un flash iluminando el recuerdo—, ¿te acuerdas cuando estuvimos en Caldea?, digo la primera vez que fuimos, cuando Miguel aún estaba casado…
Marcos comenzó a reír, no había necesitado decir nada más, y Laura con él:
—¿Cómo se puede salir un tampón, Laura?
—Estaba mal colocado —siguió riendo mirándole conducir, su gesto relajado, divertido, Marcos guapo también, se confesó a sí misma que tenía suerte, todos los hombres que se habían enamorado de ella eran guapos y se rió de ella misma—, y el disimulo cuando nos encontramos con aquel matrimonio que Miguel conocía…
—Pues a mí me encantó presentarte como mi novia…
Habían llegado. La gran explanada frente a la construcción rústica, en piedra, de dos alturas y balcones de madera, ella recorrió aquel paisaje de ensueño despacio, subiéndose las gafas de sol, entornando los ojos, el verde inmenso y el cielo azul, el pueblecito español incrustado en pleno paisaje andorrano, pensó que nadie de los que ella conocía en Mallorca, o en Granada sabía de aquel lugar sacado de un chrisma navideño. Recordó aquel fin de año en que Miguel y ella se quedaron a dormir allí, en aquel hotelito, después de celebrar la entrada de dos mil nueve, de tomar algunas copas de champán de más, de comer una a una las uvas que él iba poniendo en su boca y él las que ella le daba, no iba a estar triste aquel día, Miguel no se lo permitiría y Marcos no se lo merecía. Se volvió hacía él y le sonrió:
—¡Precioso, Marcos!... siempre me intrigó este lugar perdido. Vamos a caminar hasta el borde para ver el pueblo…
Marcos caminó junto a ella, en silencio, se asomaron al  pueblo, perfecto para soñar y detener el tiempo. Charlaron sobre la vida, sobre los momentos vividos allí, Laura bromeó contándole anécdotas del hotel. Vergara disfrutaba viéndola durante el almuerzo, la forma de tratar al personal que les atendía, conocedora del esfuerzo que ponían, palabras agradecidas y distendidas:
—Siempre eres amable, no sé cómo lo haces, siempre me intrigó porque le caías tan bien a la gente, y debe de ser por eso, porque no te cuesta esfuerzo ser amable —echó su cuerpo hacía adelante con gesto de confidencia—, a mí hay días que me cuesta horrores hablar sin enfadarme…
—Porque tú eres muy borde y yo no —el mismo tono confidente—. Cuando trabajas de cara a la gente no puedes permitirte el lujo de volcar en ellos tu malhumor, porque ninguno de los que se acercan a ti tiene la culpa.
—¡Joder! Tú lo dices bien, pero eso yo no sé hacerlo…
—Sí que sabes, además tú eres un buen médico, te he visto charlando con pacientes fuera de consulta, fuera del hospital, eres cercano, eres amable… —entornó los ojos y se acercó a él—, y ahora que te miro eres guapo…
Vergara ladeó la cabeza ruborizado riendo, no sabía el motivo pero Laura le hacía perder la seguridad que siempre tenía con las mujeres, o mejor dicho, sí sabía porque, pero le costaba mucho admitirlo. Él pensó cuando ella se fue que ya había terminado todo, la recordaba demasiado, sobre todo en las visitas a casa de Miguel, en donde todo lo que miraba había sido colocado, ideado, programado por ella. Y verla en fotos, muchas fotos. Ahora teniéndola allí delante, después de tres años, saber su sufrimiento, escuchándola bromear, la imaginaba en su trabajo y comenzó a tejer la idea, cuando ella se fuera, sin avisar, iría a verla, se presentaría en el hotel, preguntaría por la directora, le daría una sorpresa y según su reacción él lucharía o saldría para siempre de su vida:
—Voy a pedir tarta de chocolate —le devolvió al gran comedor, a la mesa frente a la enorme chimenea apagada—, creo que me lo puedo permitir, últimamente mis mollitas me están abandonando…
—Yo pediré lo mismo, hay una tarta de helado de chocolate buenísima, si la tomas con una copa de cava bien fría esta genial, ¿te atreves?
—¡Ajá!, pero si me emborracho no abuses de mí…
—Eso no puedo prometerlo —sonrieron.
—Has sido un gran desconocido, Marcos —tenía que ser honesta con él—, estos días me has demostrado que estaba equivocada… y que tú estabas en lo cierto —le cogió la mano y jugó con sus dedos bajando la vista hasta ellos—, manos de médico, cuidadas, tengo un centro de estética, sé de que hablo —le miró sonriendo—, perdóname, por no saber ver lo que eras, por juzgarte en momentos en que no debí, por no entenderte y por mi prepotencia contigo…
—¡Laura! —la miró negando con la cabeza—, eres una mujer fantástica, lo que pasó está pasado, no hay vuelta atrás, tienes una vida llena por delante, tienes que vivirla, no dejes que el pasado te pueda, ni que se enquiste, vive con él, mimalo, cuídalo, para saber quién eres, pero crece para averiguar quién serás, y sobre todo qué serás.
—¡Eres sabio, Vergara!, no sabes como me ha gustado este almuerzo, tenía que descubrirte, y lo he hecho —seguía con sus dedos acariciando aquellos otros, el borde del solitario y la redondez de una sortija—, a veces, Marcos, ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos.
—A veces, Laura, los buenos siguen siendo tan buenos que hacen buenos a los malos…
Y se clavaron las miradas. El camarero les interrumpió, Laura soltó la mano, le sonrió al chico que les servía aquellos trozos de tarta y volvió a mirar a Vergara que colocaba los cubiertos:
—Ven a verme después de esto, Marcos… un fin de semana, te enseñaré mi hotel, mi tierra adoptiva, mi mundo… y te invitaré a cenar y después iremos a bailar…
—Yo soy muy patoso…
—Yo también, así se notará menos… ¿vendrás?
—Iré… pero no voy a avisarte cuando, quiero cogerte sin peinar, sin maquillar, y a ser posible sin vestir,…
Laura estalló en carcajadas, mil motas de chocolate le salieron de la boca y Marcos divertido las limpió.
Eran las cinco cuando el Ford Mondeo de Vergara arrancaba colina abajo, a través del parabrisas Laura miraba como se acercaban a aquel pueblo revestido de un gris de piedra, como si el tiempo se hubiera detenido, como si no hubiera rozado al conjunto de casas que se aglutinaban en aquel pequeño valle rodeado de vida. Sonó el móvil de Vergara, iba conduciendo, el móvil en el bolsillo, la carretera estrecha y dificultosa:
—Mete la mano en el bolsillo, en el derecho, y mira a ver quién es…
Laura sacó el móvil, con movimientos de mano discretos y pausados: Cati. Miró a Marcos:
—¡Es Cati…!
—¡Responde!

Laura abrió la puerta, intentaba estar serena tal y como le había dicho Marcos, soltó el bolso en la mesa, Marcos se le había adelantado. Silencio, Josep sentado en la cama, mirando al amigo y al colega, negando con la cabeza casi imperceptiblemente, Laura, la mano en la boca, abrazada por Cati, sin un sollozo, nada interrumpía aquel silencio espeso e irrespirable. Se soltó del abrazo de la hija y se sentó en la cama, Josep le cedió su sitio:
—¡Miguel, cariño! —en un susurro, al oído, sabiendo que no iba a llorar.
Abrió los ojos, la boca entreabierta, intentando respirar, haciendo que podía, mirándola fijamente, calmado, sonriéndole, o intentando hacerlo. Abrió un poco más la boca, intentaba decir algo. Laura le cerró los labios con los dedos:
—No digas nada, tranquilo, todo va a estar bien, descansa y en un rato ya hablaremos.
Negó con la cabeza, trabajosamente, y le volvió a sonreír. Volvió la cara hacía Marcos, se colocaba el fonendoscopio, los dos amigos cruzaron la mirada, Miguel volvió a negar con la cabeza. La mano rebuscaba encima de la sábana, hasta encontrar la de Laura. Él quería hablar y ella inclinó su oído hasta aquella boca implorante y moribunda que se afanaba en decirle algo. Una respiración cavernosa llegó hasta ella haciéndola cerrar los ojos con un dolor infinito e inútil:
—Te espero en los Allozos …
—Allí nos encontraremos —Laura besándole, tragándose las lágrimas—, pero falta todavía…
Él apretó su mano con las pocas fuerzas que le quedaban y la miró con fijeza, como si no la viera, aquellos ojos acuosos llenos de lejanía que habían empezado a irse, Laura le sonreía, no reparaba en nadie más, había olvidado a la niña que se abrazaba a Marcos, al amigo que unas horas antes comía con ella, a Josep mirando por el balcón para que nadie le viera llorar por aquel chico de veintitrés años, que una mañana de diciembre llegó a su consulta, sangrando la mano porque se había cortado con un cable:
—¿Eres chispa? —como en Andorra llamaban a los electricistas, joven Josep, recién instalado en aquel hospital.
—¡No! Soy el ingeniero, pero había que echar una mano…
—Y decidiste echarla completamente…
Y los dos jóvenes salieron de la consulta como amigos, veintisiete años, Miguel no asistiría aquel año a los cincuenta de Josep. Ni vería los cuarenta y ocho de Laura, ni la recordaría, ni se emborracharía como había hecho los dos años anteriores. Solo. A la salud de ella, lejos, en su mundo, aquel que le ganó la partida. Josep solo escuchaba el bisbiseo que venía de los labios de dos personas despidiéndose para siempre. Marcos le rodeó los hombros con un brazo fuerte y seguro, se miraron y volvieron a mirar por la ventana. Habían visto morir infinidad de gentes, de personas anónimas, siempre les quedaba el regusto amargo de no poder hacer más. Habían visto, los dos, morir a sus padres, a familiares, a conocidos. Muertes en ancianos, en jóvenes, en accidentes crueles y traumáticos con los que soñaron durante tiempo. Pero ahora se iba Miguel, y los dos sabían que eso les iba a doler durante mucho tiempo. Se volvieron serenos, Josep se sentó en la banqueta tapizada en malva, con la que bromeaba sobre sexo con Miguel, conversaciones que Laura siempre cortaba de raíz, no le gustaban aquellos temas en los que su intimidad más absoluta pudiera quedar a la luz. Atrajo a Cati hacía él y la sentó en sus rodillas, aquella niña a la que vio nacer, con la que jugaba en el parque, la que se quedaba a dormir en casa cuando sus padres salían. La niña que él nunca tuvo, le guiñó sonriendo mientras le recogía el pelo simulando una coleta:
—Tranquila, bebé, le pusimos morfina, todo va a ir bien —miraron a Laura, la espalda encorvada hacía él, la mano entre las suyas—, es fuerte la granadina de los collons ¡eh!
Cati rio bajito:
—Sí, fuerte y mandona…
—Como esta diga que no se va, éste se nos queda aquí…—rieron con tristeza.
Laura supo que Miguel no le veía, movió su mano delante de los ojos, y entonces, solo entonces cerró los suyos. La respiración se había vuelto más débil, desacompasada, dificultosa, acercó su boca al oído de Miguel, acariciando su rostro sudoroso, frío ya:
—Te quiero con toda mi alma, cariño —esfuerzo supremo para mantener aquella voz serena y sin rotura—, estaré junto a ti en un tiempo, prometo cumplir todo lo que pediste, todos estarán bien, y tú con nosotros siempre…
Le besó en los labios, amargos labios resecos en donde la muerte ya había tocado. Volvió la mirada a Vergara que se acercó, las yemas de sus dedos en el cuello, los ojos en los de Laura y una sonrisa triste mientras cerraba los ojos asintiendo. Ella se levantó serena, tranquila, miró a Cati colocando su dedo en sus labios, como hizo aquel otro día, cuando la niña entró temerosa llorando en la habitación. Elena no había llegado, Elena estaba en una estación esperando a coger un autobús, no había podido ir el día anterior, no pudo despedirse del hombre que durante años hizo de padre en la distancia, con el que compartió días de playa inolvidables llenos de sol, risas, arena y regañinas. Laura empujó a Cati hacía afuera, Marcos sacó el móvil, miró a Josep: tenían que empezar ahora ellos a mover el entramado del funeral, Miguel así se lo había pedido a los dos. Y juntos, los dos amigos, comenzaron a tramitar su despedida.

Elena bajó del taxi frente al tanatorio. Marcos en la puerta, abrazándola mientras el taxista dejaba la pequeña maleta en la acera. Elena desgarrada, gimiendo de dolor abrazada al hombre canoso y atractivo que la besaba y la consolaba:
—Ni un grito ahí dentro, Elena, ni un gemido, nada —la separó y la miro con seriedad—, tu madre ha sufrido mucho, serenala, no alientes el dolor, no lo atices, reprime el tuyo para que el suyo sea menor.
Elena se limpiaba la nariz con el dorso de la mano y asentía:
—¡No pude llegar! ¡No había vuelos ayer!
—¡Elena! —Vergara le gritó—, ¡eso ya no importa, él no está, ahí quien está es tu madre y Cati, y ninguna se merece tus reproches hacia tu persona! —más sereno, en voz baja, mientras Josep se acercaba cruzando la calle—, va a ser un momento tremendo, he vivido miles de esos, hazlo fácil por tu parte, porque ella toda su fortaleza la dejó en casa.
Josep la abrazó, hablaba con ella en voz baja, su boca enredada entre el cabello oscuro de Elena, guapa mujer de veinte años, ojos maternos enmarcados en las mismas pestañas, la misma estatura, más delgada, las lágrimas de Elena mojandole la boca mientras le hablaba al oído. Después mirándola. Los recuerdos de dos años atrás. Él acompañó a Elena a Lleida, cuando las vacaciones de Navidad terminaron, cuando ella tenía que retomar los estudios en Granada, aquel primer año de Historia del Arte, el viaje con ella rematando los días en los que llevo a esquiar a las dos niñas a Grandvalira, centro de envidias de los muchachos que se arremolinaban en los remontes, embutidas en sus trajes y subidas a sus esquíes. Josep miraba ahora a la misma niña que le habló durante el trayecto a Lleida de aquellas discusiones, de aquellos momentos en los que Miguel estallaba, en los que era incapaz de escuchar ni de razonar. Preocupado de su trabajo, sin tener en cuenta a su madre, y que le narró con una madurez absoluta, como luego, en cuestión de segundos Miguel cambiaba, serio todavía, lejano, frío, pero besando a Laura, fugazmente, gesto cómplice. Contándole que su madre estaba cansada, que echaba de menos lo dejado, se sentía inútil allí, a pesar de que le gustaba la vida de ama de casa. Elena en aquel viaje que le desveló mil secretos, mil detalles de la vida de Laura, las lágrimas derramadas cuando ella era una niña y no entendía por qué su madre se encerraba en el baño cuando su padre salía por las noches. Detallando al amigo de Miguel todo lo sufrido por Laura, la mañana del mensaje de Miguel, para decirle que Sonia sabía, que había descubierto aquel mensaje, las lágrimas de su madre, todo había terminado, ¡todo! Por un descuido de Miguel que no de ella. Dudando de que, después de aquél mensaje, Miguel quisiera continuar con aquello. Estaba en juego su estabilidad económica, relatando los mensajes de aquella mañana. La de la mañana anterior, cuando Sonia ya había descubierto el sms pero ignoraba a quién pertenecía, escudándose en una amiga para marcar aquel número, preguntando por un nombre de mujer que no era el suyo, pero escuchando la voz de Laura, única e inconfundible, su acento, su ceceo, descubriendo quién era aquella mujer a la que su marido le confesaba que la quería mucho en tres letras en clave de un mensaje de móvil. Días muy duros. Y aquella niña ahora estaba en sus brazos, llorando porque el hombre que había compartido todo aquello con su madre se había ido para siempre. Entró en el tanatorio  abrazada a Josep, Marcos unos pasos más atrás, observando a las dos personas que se perdían bajo la puerta del edificio, miró a través de los cristales como la figura de Laura se fundía con la de su hija. Lo miraba todo desde fuera, un espectador privilegiado de una película muda sobre el dolor, la dignidad, la entrega, la honestidad, la de aquella mujer pequeña que luchó por estar con el hombre que amaba. La misma que había conseguido ascender en un  mundo mayoritariamente masculino a una edad en que había que pasar por la piedra si querías un puesto importante. La que no tenía estudios universitarios, pero hablaba cinco idiomas a la perfección, se defendía con otros dos, y podía hablar en cualquier autonomía española su segunda lengua oficial. Inteligente Laura, que contaba que había sufrido, que había vendimiado, que había robado una lata de paté porque tenía hambre. Usado cofia y abierto camas ajenas, cuidado animales, servido platos cuyo contenido fue a parar alguna vez a la entrepierna de algún cliente. Laura que había llorado de rabia detrás de una puerta porque se la había caído una bandeja, porque era torpe para montar mesas. Había ignorado invitaciones a convenciones para cuidar a la niña a la que se abrazaba ahora como único asidero de su vida. Laura espectacular, embutida en un vaquero negro y una camiseta negra, discreta, con manga corta, el pelo recogido en su sempiterna coleta, los ojos ribeteados de ojeras moradas y lágrimas dulces por que se le había ido su hombre, el niño que apareció un día en la plaza de su pueblo y el mismo que se acostó con su amiga de infancia porque ella no le dio pie a hacerlo.
Vergara, con cincuenta y dos años, mirando tras aquellos cristales, mesándose el pelo cano, un poco largo para lo que podría esperarse a su edad, atractivo Vergara, temblando por dentro de rabia y de pena. Sabiendo que Laura se iría, con aquellas dos niñas que la abrazaban, que en aquellos abrazos le prometían que siempre serían sus hijas, las dos, hijas de dos padres que se quisieron hasta la muerte. Josep abrazando a Elena, ahora sí rota, desmadejada viendo a su madre desolada, sabiendo que volverían a aquella casa fantástica de Puerto de Alcudia, junto a la playa, que la vería sentada en el pequeño jardín desde donde se veía el mar, que lloraría y que escucharía aquel tema que era su himno. Y Vergara la perdería, para siempre, como Miguel lo había hecho. Porque aquella mujer estaba destinada a moverse sobre mármol de hoteles, a reflejar su silueta en cristales de entrada, a sentarse en un caro sillón giratorio y a hablar por teléfono cerrando pax y consultando ofertas. Repasando los servicios que ofrecían otros hoteles para igualarlos o mejorarlos. La misma que ahora se encaminaba a la puerta, mirando fuera, viéndole perdido en la noche, parado en aquel pequeño porche que daba entrada al tanatorio. Abrazando su propio cuerpo cuando le sorprendió la generosa caricia del viento que bajaba del monte, sonriéndole con la pena instalada, sacando un cigarrillo de la cajetilla que guardaba en el bolsillo del pantalón y ofreciéndole otro, sin hablar, callados los dos, apoyada ella en la farola que derramaba una luz amarillenta sobre Marcos, brillando su pelo blanco, haciéndole más joven:
—Sabes la última voluntad de Miguel ¿verdad?
—Si —expulsando el aire—, deja pasar el tiempo Laura, unos meses, cuando tu tengas tiempo, relajada, tranquila, yo iré cuando me digas… pero no lo hagas con precipitación, llévate a Miguel a Mallorca, y cuando pase la temporada de verano y estés más suelta en el trabajo busca un hueco de unos días y avísame.
—¿No nos veremos hasta entonces? —Laura esquivó la mirada de él, buscó refugio en el semáforo a unos metros de ella.
—¿Quieres que te visite de verdad?
—Sí, sin avisarme, ¿recuerdas?, de sorpresa, sin anunciarte… —le volvió a mirar sonriendo—, no quiero perderte ahora, Marcos, de todas formas estás presente en cada decisión de Miguel.
—No es cierto, solo era si tú no venías, tú tienes todo el poder, y es legal que así sea, él no quería dejar a Cati desamparada, sabía que vendrías, pero el camino es largo y pueden suceder cosas…
—Lo sé, Miguel siempre fue prevenido, cuando yo viajé sola siempre tuvo el temor de que me pasara algo y estuviera aquí, y él tuviera que acudir… tenía miedo por él.
—Era normal, estaba casado, Laura, tú no —ella bajó la cabeza, era la primera vez que Marcos la atacaba, ella sabía que aquello era un ataque, y se dispuso a escuchar, porque sabía que lo que Marcos dijera antes lo habría dicho Miguel, por eso ahora Vergara vengaba a su amigo—, él sufría ¿sabes?, cada vez que tú le echabas en cara que no tenía tiempo para ti, que no te llamaba, que no te enviaba un mensaje.
—Era verdad, no lo tenía…
—Él tenía a su lado a otra persona que vigilaba, que controlaba, que desconfiaba…
—Que no hubiera empezado una historia que no podía seguir —de repente comprendiendo que Miguel estaba muerto, avergonzandose—, además esto no tiene sentido, él ya no está, llevamos lo nuestro como pudimos, falló él a veces, a veces yo, hemos vivido lo que nos tocó vivir —miró hacia el interior, a sus dos hijas hablando como dos hermanas y sonrió— me quedan ellas, me queda él —y clavó sus ojos en los suyos—, me quedas tú.
Vergara dio una calada al cigarro y bajó la vista, se ruborizaba cuando Laura hablaba así, sin insinuaciones, con limpieza, sin segundas intenciones. La quería, la quiso desde que la vio en Sant Eloi, y ahora escuchándola, sabiéndose en su vida, pensaba en sus años, en los de ella, en la mejor edad que podía soñar para intentar hacerla feliz. Se jubilaba pronto, podía continuar una vida serena, sin estrecheces, tenía su espalda bien cubierta, y ella podría hacer lo que siempre deseó. Y sintió asco de repente, de pensar todo aquello a unos metros de donde Miguel estaba yacente. Recordó, como si de otro ser se tratara, las palabras de su amigo, aquel diálogo, días antes de que llegara Laura, sentados en el patio, rodeados de plantas que un día Laura colocó y cuidó:
—No dejes nunca a Laura sola, Marcos, de la forma que sea, como ella decida —y bajando la vista hasta el cristal de la mesa, aquel cristal esmerilado y limpio—, yo no estaré, surja lo que surja, yo siempre estaría de acuerdo.
Marcos le había mirado serio, frunciendo los labios y mesándose el pelo, el gesto que repetía cuando algo le dolía demasiado, y Miguel lo sabía:
—Marcos, no tienes que explicarme, ni que preguntarte, ni que dudar, eres un buen tío, has sido el mejor amigo que pude tener jamás, si en alguna ocasión pasa algo, no pienses si me dolería, porque yo no estaré, y nadie mejor que tú para entenderla —hizo una pausa provocada por la tos—, el destino es caprichoso, quizás para que llegaras a ella, para que ella fuera feliz, tenía que suceder antes todo esto.
Y ahora Laura estaba allí, y hablaba de que él estaría en su vida, y a él la vida ya le tenía reservadas pocas sorpresas, había vivido mucho, había viajado mucho, había trabajado mucho, le faltaba amar mucho, y eso sabía con quién quería hacerlo. Aplastó la colilla con el zapato, ignorando la mirada recriminadora de Laura, que usó sonriendo el cenicero junto a la puerta:
—No me di cuenta —se disculpó—, vamos dentro Laura, en un rato nos vamos a dormir, te vienes a casa.

Una hora después el tanatorio se cerró tras su salida, era la costumbre:
—Ni de coña en mi pueblo se deja a un difunto solo —Laura refunfuñaba, no quería irse de allí—, tengo derecho a quedarme, es la última noche que él va a estar.
—El ya no está, Laura, no te necesita, ya no, y tú necesitas dormir una noche tranquila —miró a las niñas—, ¿os venís a casa o qué habéis decidido?
—Iremos al piso de Andorra, llamé a Lola, para que limpie la casa de Sant Juliá mañana por la mañana, cambie sábanas y todo eso —miró Cati a Laura—, no sé si hice bien.
—Claro que sí —le sonrió—, podíais venir a casa de Marcos con nosotros, yo estaría más tranquila…
—¿Por ellas o por ti? —la broma de Marcos le cogió por sorpresa, las niñas rieron y ella, por primera vez en mucho tiempo se quedó sin palabras—, no te preocupes, entiendo que estés espesita, tienes que dormir, mañana hasta las siete puedes dormir ocho horas seguidas, te daré algo para asegurarme de que duermes.
Caminaban hacia los coches despacio, Laura del brazo de Marcos, sosteniéndose en él, del otro brazo Cati, y Elena cogida a su madre, eran una familia, la familia ideal, perfecta, la pareja que en cualquier sitio hubiera pasado desapercibida, padres guapos, guapas hijas:
—No me pienso tomar ni una triste aspirina, Marcos, yo no me fío de ti para nada…
—Bueno, pues no quiero escucharte dar vueltas por la cocina, ni el baño, ni el salón, ni escucharte en toda la noche —miró a Cati con ironía—, y te conozco Laura, en cuanto no puedas dormir, empezarás a escabajarear…
—No se dice así —Laura sonreía—, se dice escarabajear…
Las niñas reían, por lo bajo, sin estruendos, hacía fresco, llegaron al coche, Laura se sentía extraña, hacía unas horas había cerrado los ojos de Miguel, ahora viajaba hasta la casa de su mejor amigo, aquel que Miguel le confesó que estaba enamorado de ella, sus hijas detrás, y no se sentía mal, solo vacía, como si algo dentro de ella se hubiera quedado fuera, para siempre, algo que ya no necesitaba. Miró hacía el monte, lejano, oscuro, y en un corto espacio de tiempo, supo que había querido a Miguel más que querría a nadie, que él había muerto, que tenía que superar su luto sola, dejar pasar el tiempo, vivir, decidirse a vivir sin él, como hasta ahora no había hecho. Siempre con él en la mente. Miguel se había ido con todo dicho, animandola a vivir, a divertirse, confesandole todo lo que tuvo que confesarle, sabiendo por ella todo lo que habían dejado de decir dos años atrás. Las cuentas estaban saldadas, ella tenía que remontar, tenía cuarenta y ocho años, dos hijas jóvenes que tenían que vivir en alegría, y su propia edad para, por primera vez, decidir que quería vivir, que tenía derecho a hacerlo, necesidad de hacerlo y deseos de hacerlo, miró como Vergara arrancaba el coche vigilando por el retrovisor mientras daba marcha atrás, al bajar la vista al volante la miró, se sonrieron:
—Vamos a dejar a las niñas en la casa de ellas, y dame una pastilla para dormir.

Eran las siete cuando sonó el despertador. Buscó a su lado, estaba solo. Se frotó los ojos con fuerza, había dejado la ventana abierta, siempre lo hacía, y la luz clara de finales de julio le resultó desagradable y molesta. Escuchó ruido fuera. Agua correr, Laura, la ducha. Ella ya se había levantado, lo último que recordaba era la figura de Laura tranquila, durmiendo, se asomó al dormitorio a las doce y media y Laura ya dormía, la noche anterior, cuando llegaron había preparado pan tumaca con jamón, unas aceitunas, unas cerveza sin alcohol, se habían sentado en la terraza anexa al salón, había puesto música, música celta, para relajar el alma un poco después de aquel día vertiginoso y rápido. Laura le ayudó en la cocina, entre los dos colocaron todo en la mesita y ella sacó unos cojines para los sillones. Hablaron mucho, durante una hora, de nada en especial, él preguntaba qué planes tenía ahora, sobre todo Cati, qué iba a hacer Cati. Su mundo estaba en Andorra, Laura detalló cada paso, Cati iba a estudiar una carrera, miraría de convalidar los estudios andorranos con la enseñanza en España, y daría los pasos hasta llegar a la universidad. No estaba sola, las tenía a ellas, a Elena sobre todo y a ella también, si quería, ella le buscaría un trabajo, tenía muchas influencias y no le resultaría difícil conseguirle un trabajo por horas en el horario que ella decidiera. Marcos preguntó qué haría con los pisos, si iba a mantenerlos todos. Laura sabía que no, ya lo había hablado con Miguel, no necesitaban dos pisos en Granada, Laura no descartaba volver. Incluso le habló de una oferta que le había llegado aquel verano del Abencerrajes, y se lo iba a pensar:
—Si te decides a volver sí que van a pensar que no tienes estabilidad —había argumentado Marcos.
—Me da igual, yo me fui de Granada porque mi historia con él había terminado, necesitaba un cambio total en mi vida…
—Y ahora que la historia también ha terminado, necesitas otro…
—Pues sí, volver a mi tierra, Marcos, en éstos días he echado mucho de menos mi tierra, la playa también, pero sé que si vuelvo a Granada tendré el mismo trabajo, quizás menos estresante, más relajada… —él sabía que llevaba razón—, Elena mantiene allí también sus amistades, y la universidad de Granada es de las más importantes de España, es una ciudad universitaria, cultural, y es mi casa.
Estaban en la cocina, preparando un té con limón, Laura colocaba las tazas despacio, hablándole ensimismada con la tarea, pero mascando cada palabra que decía:
—Mi madre está delicada, no quiero que mi hermana me llame a media noche, volar para dejarla bajo tierra —se quedaron mirándose—, y si tú me visitas te gustará Granada más que Mallorca…
—¡¿Ah si?! —Vergara le sostuvo divertido la mirada—, pensaba que no sería así.
—Será así, las granadinas somos más guapas —Laura rozó el rostro de aquel hombre con las yemas de sus dedos, suave—, gracias, Marcos, me lo has hecho muy fácil, jamás olvidaré esto.
—Yo sólo quiero que me recuerdes a mí…
Y salió de la cocina tragándose el nudo que se le había instalado en la garganta. Tomaron el té, tranquilos. Él le comentó que quería jubilarse, mantener su consulta privada abierta, necesitaba seguir ligado a su profesión, le gustaba y estaba en plenitud, pero podía dejar su trabajo en el hospital, con el noventa por ciento del sueldo, en tres años, dos y cinco meses para ser exactos, y se lo estaba planteando seriamente. Ella le aconsejaba, daba opiniones. Hablaron de las cantidades que Miguel tenía invertidas, las que ella y Cati cobrarían, Laura iba a tener dinero para no trabajar más. No era su estilo, aquel dinero iría a parar a una cuenta que ella abriría para Cati:
—Y para ti, Laura…
—Yo no lo necesito…
—Él lo quiso así, hazlo así, las dos iguales, ese es tu dinero, no le gustaría que dejaras a tu hija sin nada, no lo vería justo… —le sostuvo la mirada—, Cati y tú, y puedo hacer valer mi poder… —ella sabía que hablaba en serio—, Cati, Elena y tú.
—Yo no lo necesito, Marcos, he sido hormiguita, después de robar paté supe que cada verano tenía que almacenar alimentos en la despensa —los dos sonreían mientras recordaban la anécdota—, tengo un buen trabajo, cobro un buen sueldo, Elena se subvenciona sola, se venderá el piso de Andorra, el de Playa de Haro, uno de los de Granada, por ahora esos —encendió un cigarrillo y le ofreció a él otro—, no quiero que las niñas se enteren de nada de esto, Marcos.
Asintió conforme, sabía la disciplina austera que Laura ejercía, lo había visto con ellas cuando vivía con Miguel, tenían su asignación, ni un euro más, tenían que aprender a administrarlo, no podían despilfarrar. Cuando ellos decidían dar más se consideraba un regalo, pero sólo cuando creían que lo merecían. Quería que ellas siguieran igual, trabajando, ganándose la vida, sin creerse niñas ricas, sin entrar en una élite donde perdieran el control y despilfarraran. Tenían que conocer el esfuerzo, el sacrificio, vivir con holgura pero midiendo. Marcos la escuchaba, perfecta en su educación, en la que había impartido a Elena, en la que Cati adquirió mientras ella estuvo en casa.
Se acostaron a las doce. Ella se duchó mientras él recogía la mesita, y él lo hizo mientras ella fregaba los cacharros. Y a los diez minutos de acostarse Laura, Marcos, cepillados los dientes y apagado las luces, se asomó a aquel dormitorio en donde, con la respiración pausada y tranquila Laura dormía.
Ahora la escuchaba ducharse, Cati le había llevado al tanatorio ropa limpia y el neceser. Vergara se levantó, fue hasta la cocina y puso una cafetera, mientras subía el café se metió en el baño privado. El piso era grande, Marcos había copiado la idea de Miguel y había comprado el piso contiguo, creando un espacio inmenso, minimalista, lleno de detalles, ligero de mobiliario, colores claros, pinturas abstractas, mucho cristal, mucha madera restaurada, Laura se encontraba cómoda allí. Cuando Marcos salió de la ducha ella estaba en la cocina, las tazas de café con leche, puestas, había hecho tostadas. Un pantalón vaquero oscuro, una blusa suelta en tono marrón claro y unas sandalias del mismo tono que la blusa, el pelo en su coleta, un poco pintada, lo justo para no parecer un cadáver, pero aquel poco le daba un aspecto saludable, el dolor todavía en sus ojos, pero el rictus menos tenso, menos amargura en sus labios:
—Buenos días, -el olor de Domínguez llegando hasta su olfato— ¡qué bien hueles al comenzar el día!
—Mejor hueles tú y lo que has preparado…
—Ha llamado Cati, ellas ya se iban para el tanatorio, han dormido poco —él frunció el ceño— ¡no, tranquilo!, se pasaron la noche hablando. Es lo normal en los jóvenes, como no van a tener días…
Se quedó de pie, con la tostada en la mano, rozando con la otra el filo de la mesa, él sabía que iba a decirle algo, pero no quería preguntar, no quería forzar, Laura dudó un poco, se volvió al fregadero y llenó un vaso de agua que no servía para nada, solo buscaba algo para hacer tiempo:
—Marcos, del crematorio os encargáis tú y Josep, ¿puede ser?
—¡Claro que sí! No te preocupes, pensábamos decírtelo, todo lo que quieras evitarte no tienes más que decirlo…
—Me va a resultar muy duro, no sé si podré coger… —no podía terminar, respiró hondo—, bueno mejor os encargáis vosotros, ya iré yo pudiendo, almacenando fuerzas y eso…
Se dio la vuelta y salió de la cocina dejando a la mitad la tostada, Marcos la oyó llorar en el baño.
A media tarde todo había terminado. Aquellas gentes que la habían besado, a las que no conocía, que le hablaban de Miguel con respeto, que valoraban su trabajo y le admiraban, se fueron. Después de asistir a un funeral, de escuchar palabras consoladoras y de pasar por el trago de la incineración, cerrar los ojos y no querer pensar, no recordar, no imaginar. Diez días desde su llegada, Miguel ya no estaba. Todo había terminado. Laura en el balcón, apoyada en la baranda blanca, vestida de oscuro, fumando y llorando, Elena la había visto y le había hecho el gesto a Cati de dejarla sola. Las dos niñas se encerraron en el dormitorio de Cati, amplio, de dos camas, Cati ocupando la suya, Elena tomando propiedad de la que quedaba libre, abriendo la maleta y sacando sólo la ropa que podía arrugarse demasiado doblada y prensada por otras:
—Lo va a pasar muy mal —Cati miraba a la chica que en silencio colocaba alguna camiseta—, jamás pensé que podría ver tanto amor como he visto en los últimos diez días.
—Yo sí —Elena parca en palabras, recordando.
—Lo mío fue distinto, yo no sabía y encima tenía a quién atacaba…
—A mi madre le destrozó la vida —Elena tenía rabia, mucha, había callado muchos años, demasiados—, mi madre era alegre cuando todo empezó, ¿sabes cuándo empezó, Cati? ¿Alguna vez él te dijo cuando empezó?
—No, nunca me dijo fechas, sólo cuando mi madre descubrió el mensaje del móvil, la noche que volvimos de León…
—Pues un poco antes, dos años antes… —Elena se volvió a Cati y la miró dolida—, ¡lo que mi madre sufrió jamás lo olvidaré, Cati!
La quedó mirando, tenía deseos de gritar, de chillar todo lo que no había gritado ni chillado durante aquellos siete años:
—Yo tenía quince años cuando mi madre recibió aquellos mensajes…—se había apoyado en la puerta del armario y estaba dispuesta a contar todo lo que sucedió—, cuando le dijo que era penosa, que era el ser más vacío que había conocido…
Hizo una pausa, Cati la miraba recordando ella la discusión de aquella noche en su casa, las voces de su madre, los gritos, los insultos a su padre y a Laura, su llanto, Sonia escudándose en su hija, hablándole a su hija de trece años, ese es tu padre, esa es la amiga de tu padre, la puta que compartió mesa en la boda con nosotras, la que ha insistido hasta quedarse con él, con su porte de señora, con sus aires de grandeza. Y todo aquello haciendo mella en la mente de Cati, pensando que, efectivamente, sus padres se llevaban mal por culpa de Laura, sin pensar jamás que el problema era que no se querían. Ahora Elena le contaba la otra versión, el sufrimiento que jamás conoció, las palabras que nunca supo que Laura recibió:
—Me encontré a mi madre destrozada en la cocina, incapaz de tragar, de hablar, gimoteando como una niña. Yo sí leí los que tu madre le envió… —se dejó caer en un puff naranja, a juego con las cortinas.
Y de repente Laura en la puerta de la habitación, serena, sonriendo:
—¿Has colocado ya la ropa?—ignorando la conversación de las dos jóvenes—, no deshagas mucho, aunque al menos yo tengo que quedarme unos días, hay temas legales que solucionar —miró a las dos alternativamente—. No quiero que jamás salga ese tema, ¡jamás! —la rabia, el dolor, la pena, la furia—, es un tema privado mío y de Miguel, él ya no está, y si alguien lo cuenta debo de ser yo —se volvió hacia Elena—, ¡¿has entendido Elena?!
—¡Mamá, yo sólo quería…!
—¡¿Entendiste, Elena, sí o no?! —no estaba dispuesta a escuchar alegatos.
—Sí, mamá —miró con dureza a Cati que tenía la cabeza gacha, mirando algún punto del parquet.
—Bien, si algún día queréis saber las dos, juntas, todo lo que pasó, cuando transcurra un tiempo prudencial, os sentáis conmigo, tranquilas, preguntáis y yo, si lo considero oportuno, contaré hasta donde mi sentido de la intimidad me permita —volvió a dirigirse a Elena—, mi dolor hija, fue, es y será mío, el que te ocasioné lo siento. Cati vivió el suyo, ha sido una historia complicada, en la que se vio inmersa mas gente de la que nos hubiera gustado —al llegar a la puerta, se volvió—, nos hubiera gustado poder hacer las cosas de otra manera, pero no supimos, Miguel no os puede pedir perdón, yo lo hago por él y por mí, si en algún momento os dañamos tanto que no podéis perdonadnos, lo siento…—Cati se levantó y la abrazó, Elena lloraba de pie, y con timidez se unió al abrazo de las dos mujeres.
Laura se deshizo de aquellos brazos, salió al patio, regó plantas, limpió de hojas algunas macetas, pasó la bayeta por la mesa y los sillones, volvió a entrar a la cocina y abrió la nevera. Decidió hacer una ensalada de palmitos con salmón, se colocó el delantal cuando escuchó el portero. Sabía que ellos volvían.