9 feb. 2018

CUANDO ESTÉS VIEJA... (A un gran compañero)


“Cuando estés vieja” William Butler Yeats

“Cuando estés vieja y gris y soñolienta
y cabeceando ante la chimenea, toma este libro,
léelo lentamente y sueña con la suave mirada
y las sombras profundas que antes tenían tus ojos.
Cuántos amaron tus momentos de alegre gracia
y con falso amor o de verdad amaron tu belleza,
pero sólo un hombre amó en ti tu alma peregrina
y amó los sufrimientos de tu cambiante cara.
E inclinada ante las relumbrantes brasas
murmulla, un poco triste, cómo escapó el amor
y anduvo en las cimas de las altas montañas
y entre un montón de estrellas ocultó su rostro”.

               Prometí a mi eterno compañero de aquellos años idos de instituto, Manolo, que escribiría sobre estos versos de Yeats porque él así me lo ha pedido. De vez en cuando, en las ocasiones en que la melancolía invade los cuerpos y araña las almas, y transporta al pasado la belleza presente, que será futuro extenuado, en esos momentos en los que en un grupo de whtassapp de esos creados para compartir rutina, y sonrisas, y recuerdos, y momentos buenos y algunos no tan buenos, se nos escapa alguna perla de la que los ojos recorren y la boca sonríe. Prometí a Manolo escribir sobre esto, deambular entre la bruma de la vejez cada vez más cercana, y rememorar aquella juventud cada vez más lejana. Cuando yo sea vieja quiero mirar las brasas aferrada a la mano que estrechó la mía, la del amor que ocultó su rostro, que no quiso gritarlo, que se escapó para no mostrar el corazón en un beso, desearía abrir ese libro, mirar unos ojos y reflejar en ellos la belleza postrera, la que todavía, estoy segura, perdurará entre mis pestañas y se habrá hecho eterna en mi mirada. Quiero envejecer con la nostalgia justa para saber que caminé aquel camino que se me puso delante, no importarme cuántos hombres admiraron mi belleza, no creo que haya tantos como para poder creer, cuando el pelo encanece y las comisuras de los labios se agrietan, que el camino efímero del exterior desestabilice mi figura ante las brasas. Tristes versos los de Yeats, que evocan al hombre que amó tan de verdad que se alejó para que la felicidad pudiera anidar en el seno de la mujer amada, que, una vez lejos, supo esconder bajo la mascarada de la vida lo que sólo él supo que sus entrañas sentían. Cuando esté vieja quiero mirar el chisporroteo de las llamas que iluminarán mi rostro, volver la cabeza y encontrar a quien amó el esplendor en la hierba y, en esos últimos días regalados, con los fríos del invierno fuera, saber que el recuerdo de la belleza persiste, que queda ya sólo un puerto en el que reposar la nave, que quedan sólo los minutos fugaces de la noche para avivar la llama que fue, la misma que quedará… Cuando esté vieja recibir el beso que fue negado, que fue arrancado, que fue rechazado, que fue ocultado, recibir la mirada que se acostumbró a mirar lejos, a retener en las pupilas cansadas el rostro que, antaño, fue terso y en el hoy es el resumen perfecto de un sufrimiento superado… Gracias a Manolo por compartir unos versos en estos años en los que el tiempo pasa tan rápido que lo arrastra el ciclón de la madurez, a punto de despeñarnos por los riscos de una vejez que, espero, esté llena de brasas, de libros, de recuerdos… y que no tenga que rememorar, en soledad, aquel amor que marchó para ocultar sus latidos en las cimas de altas montañas, porque si rememoro será que nunca regresó, y el amor, cuando fue agua de veneros generosos de juventudes apasionadas, casi siempre, vuelve para ser lago sereno en la vejez sosegada… Cuando esté vieja quiero tener la alegre gracia del amor que me hizo temblar y que siga amando los sufrimientos por los que la vida me ha zarandeado… y ese libro que leeré mientras su mano sigue, después de recuperarlo de las altas cimas, aferrada a mi mano… Y algún día, cuando la nostalgia se llene de tiempo presente hablaré de Manolo, porque hay compañeros de Instituto que hicieron del recorrido la amplitud del horizonte. Queda pendiente.