30 sept. 2016

LA NIÑA ROTA... BOOKTRAILER.

Es el enlace del booktrailer de "La Niña Rota"... Una novela de pasados, hablo poco de mi novela, muy poco, y podría desgranar, uno a uno, cada personaje, por qué sí o por qué no hubo o no hubo. Al igual que podría hacerlo con mis novelas anteriores. Podría desmenuzar por qué se escribieron cada una de ellas, por qué se mezcló ficción con realidad en algún momento, por qué se decidió escribir lo que se escribió... "La Niña Rota" es un canto a la esperanza, al perdón. Mi corrector dijo de ella que era inocencia y pasión. Y mi prologuista que era fuego... Sí, fuego, pasión, inocencia, perdón, esperanza. Todo lo que aglutinó un tiempo perdido que no se perdió nunca, que quedó marcando una etapa y unos tiempos tan duros como imposibles de olvidar. Rostros que no sabían de dónde venían, que dudaban de hacia dónde iban. Tiempos en los que luchar, para una mujer, era tan difícil que se dejaban la piel y los llantos en almohadas ajenas, mordiendo el hambre. No siempre hubo abusos, hubo enamoramientos que no pudieron ser, y de esos, por desgracia, quedaron muchos en una distancia de tiempo demasiado próxima... Es el booktrailer de mi novela, de "La Niña Rota", una historia de pasados que se hicieron presentes, de reconocimientos de pasiones que se enmascararon en odios, porque así correspondía, de perdones a tiempo, para morir en paz mirando mares gaditanos plagados de "Aires difíciles" que diría la maestra Grandes, y de gaviotas que buscan el mar para morir... Ahí os lo dejo, unas breves frases que encierran tres historias de mujeres, me gusta escribir sobre mujer, historias superpuestas, reales o no, dependiendo del párrafo, como sucedió en las dos novelas anteriores, el lector tendrá que decidir con qué realidad se queda, con qué ficción se emociona, escribir es eso, emocionar, da igual que se sea mediocre o que, como cierta señora dijo, un libro sirva para envolver un bocadillo, también habrá servido de utilidad, lo importante es que, aunque a la señora del bocadillo no, haya una sola persona a la que emocione, y entonces, todo, absolutamente todo, habrá valido la pena... No hay nada más bonito que escribir amor, sentirlo, vivirlo, exteriorizarlo y emocionar con ello... Ante ustedes, en cuarenta segundos de tiempo que es un soplo, las frases hechas voz de "La Niña Rota"...

Para verlo tienen que ir al enlace que les dejo abajo.





https://vimeo.com/185014736

SARNA CON GUSTO... ¿NO PICA? ... (Reflexión personal)

En mi línea de “mis refranes favoritos” esta mañana recordé aquel que mi abuela (a la que todos ya conocéis por sus refranes) hacía mención siempre que yo me quejaba de algo pero seguía en mis trece de mantenerlo: “Sarna con gusto no pica”… Recuerdo que de niña preguntaba qué quería decir… de mayor lo comprendí. Pero sí que pica la sarna, porque nadie es sarnoso por gusto y porque si la mantenemos adherida a nuestra piel pica siempre. Y es que somos un poco “masocas” en algunas ocasiones. Mantenemos situaciones, seguimos en nuestra línea de no mover ni un ápice de nuestro mundo sabiendo que el que estamos viviendo nos duele. Y el movimiento se demuestra andando, que digo yo. Cuando algo te pica intentas rebajar el escozor y la quemazón. Nos sentimos frustrados, engañamos, decepcionados cuando somos nosotros los que lo permitimos, somos los causantes de estados que nos causan estrés y desazón y lo hacemos voluntariamente, luego está el quejarnos, será por aquello de que todos tenemos derecho al pataleo, pero soy de la opinión de que, cuando el pataleo se puede evitar es mejor hacerlo, patear demasiado es muy cansado. A todos nos han mentido, todos en alguna ocasión nos hemos enterado, todos en alguna ocasión hemos perdonado, hay quien ha sido reincidente, y llegados a este punto, cuando hemos vuelto a perdonar está terminantemente prohibido quejarse. Todos hemos soportado situaciones con las que sabemos que nos están defraudando, en un terreno o en otro, de nosotros depende que lo sigan haciendo, pero no vale la queja, porque si nos quejamos estaremos siendo sarnosos que no ponen freno a las costras. Se suele decir que la primera vez que nos mienten es culpa del otro, exacto, la segunda es culpa nuestra. Hay límites, porque si nos acostumbramos a pasar una tras otra, luego, en las sobremesas de la vida, no tendremos derecho a la queja, “tú lo permites”, que decía mi padre ante mis pataleos puntuales. Si lo permitimos ¿por qué culpamos a la otra parte? Hemos levantado la mano tantas veces que hemos dado el derecho a que sigan picándonos. Hablaba ayer con mi amiga Luisi, repasábamos situaciones reiteradas de reproches confidenciales a oídos amistosos que se cansan de tanta vomitera amargada, aconsejamos salidas, sabemos que no se limpiará la piel ni se retirarán las costras… ¿Por qué te quejas entonces? Parece ser que si reprochamos con público delante el picor es menor, o la “sarna” se dará por aludida. Hubo alguien que, refiriéndose a este país nuestro, dijo aquello de “tenéis lo que os merecéis”, nunca estuve de acuerdo con esto, pero en depende qué situaciones creo que “es el Evangelio” (que también lo decía mi abuela), una verdad como un piano, dicho coloquialmente. Si sabes lo que hay, si sabes lo que te causa el picor, si sabes la causa de tu sarna ¿por qué la mantienes en tu vida? ¿Nos gusta sufrir o es que somos incapaces de vivir sin esa persona o esa situación? Si es lo segundo ¿por qué te quejas? Tú has dado pie a que las ronchas se instalen en tu piel, tú con tus perdones, o tus estudiadas indiferencias, que no son tales, tú con tus quejas a quienes te han aconsejado y no aceptaste consejos. Cuando se ha sacudido la sarna y quien la producía ¿por qué seguimos “erre que erre” (dicho muy español) quejándonos de lo que nos hizo y vigilando lo que hace? ¡Qué masoquistas somos a veces! Otro refrán, “se murió el perro, se acabó la rabia”, y no somos capaces de llevarlo a cabo. Hemos superado la sarna y nos quedamos con la rabia dentro, esa de habernos desprendido de los picores y de quien los causaba. Sarna con gusto no pica… O sí, pero preferimos rascarnos a desprendernos de la enfermedad, y si nos rascamos delante de otros mejor, porque así les demostraremos que el mal es otro y que nosotros somos víctimas o enfermos (más bien lo segundo), enfermos de nosotros mismos y de no saber salir de una situación absurda en la que nos hemos instalado, porque si la sarna se va echaremos de menos los hongos que la producían, y gritaremos a los cuatro vientos, entre despechos irritados, cuán de malo era el hongo, cuánto hemos sufrido, cuánto nos hemos rascado, como si eso le importara a alguien… Pues sí, sarna con gusto no pica, porque si realmente picara tanto, al primer síntoma sarnoso nos habríamos librado de ella, si no lo hemos hecho, si hemos permitido que nos pique una y otra vez, ha sido porque rascarnos no nos importaba tanto. No podemos culpar a nadie de mentirnos una segunda vez, somos culpables nosotros por querer creer que no era sabiendo a ciencia cierta que nos engañábamos descaradamente… Y entonces ¿por qué somos tan absurdos de lanzar luego las dagas culpando a los demás? Las decepciones, muchas veces, las creamos nosotros a nosotros mismos, todos tenemos un mínimo de inteligencia para saber, hay quien tiene un máximo de inteligencia, o eso cree, por lo que luego, cuando la sarna desaparece, puede ser objeto de más sonrisas irónicas, aquello de “tan lista o listo, y mira”… ¿Alguien ha visto sarna en algún cuerpo? Yo sí, en los pliegues del codo de compañeras de colegio, entre los dedos, en las axilas, el picor es insoportable, no me gusta ver rascarse a la gente cuando el picor duele… si pica hasta el dolor y se soporta y no se pone remedio no se tiene derecho a culpar a nadie, ni a agotar a los demás con quejas, los demás te están dando el nombre del medicamento para que dejes de rascarte, si no te lo dosificas y te lo administras el problema es tuyo… no culpes a nadie. Sarna con gusto no pica… Y cuando lo haga aprendamos a extender el ungüento, porque si no lo hacemos infectará todo el cuerpo, terminará picando tanto que nos arrancaremos la piel con las uñas, y eso sí que produce un dolor terrible, porque en esa piel estará el alma.

28 sept. 2016

NO TE GOLPEA, PERO... (Reflexión de una mujer)

He visto este cartel, como tantos otros al cabo de los días, de esos que te ponen una sonrisa, de los que encierran una frase (son famosas las de Coelho, sean suyas o no jajaja), de los que te cuentan un proverbio chino… y vi este. Y torcí el gesto. De esas veces en las que el gesto se tuerce cuando algo te lastima golpeándote el alma, cuando sabes de la certeza de lo que tienes delante, cuando visualizas a mujeres a las que conoces, manejadas, manipuladas, utilizadas, encerradas… Y sí, él no te golpea, pero… Ese pero hecho desgarro, ese pero que exige que se le pida permiso incluso para ir a la ciudad, para salir a tomar un café, para poder llegar un poco tarde; ese pero que exige que esté la comida en la mesa cuando se cruza la puerta, que no pide opinión sobre el programa de televisión que ver, que ordena callar con una mirada; esos peros indecentes y malditos que “aconsejan” bajar un poco más el largo de una falda o corregir el carmín sobre unos labios; esos peros tan criminales que meten la autoestima bajo los pies para que no la veamos nunca, porque cometimos el delito de ser mujeres y, además, con voz dulce, susurramos que “nos trata bien”. Nos han hecho olvidar qué es la manipulación, lo hemos olvidado hasta tal grado que no nos sentimos manipuladas cuando accedemos a unas exigencias envueltas en voz suave o en algún mimo. Hemos olvidado el sentido de la libertad, hemos adquirido la capacidad para “no querer enfadar” y hemos olvidado que no enfadar al otro conlleva restarnos a nosotras mismas. No me golpea, pero… Te mira el móvil, controla el tiempo que estás con él delante, pregunta con quién hablas, hace gestos de descontento si la persona que hay al otro lado no es de su agrado, vigila las cuentas personales en las redes sociales, te recuerda antiguos amigos y novios entre tonos sarcásticos de risas falsas, para no dar importancia cuando sabemos que para él sí la tiene. Con una frase irritada sin ser violenta hace que renuncies a un viaje con amigas, si lo realizas te llama mil veces al día y controla cuando entras “en línea”, pero no te golpea. Y estas situaciones no son de quinceañeras, como algunos medios de comunicación nos quieren hacer creer, que también. Estas situaciones se viven en mujeres que dejaron atrás su vida entregando soplos de libertad sin darse cuenta, y que ya, con la cuarentena cruzada o la cincuentena cumplida, han decidido que son felices, que tienen todo cuanto quieren, pero no pueden salir sin antes decir dónde están, ni con quién, ni cuándo volverán… No te golpea… No hace falta… Ya se quedó con lo que eras, ya te robó lo que por derecho al nacer se te entregó: tu propio ser, tu propia libertad, tu propio ego y tu propio TÚ. Vamos cediendo espacio porque creemos que amamos más, que al controlarnos nos aman más, que si nos besan cuando accedemos es porque nos quieren. Ignoramos que nos besan porque nos poseen, somos posesiones, en el momento y hora en que un hombre nos tutela, en el que sentimos que dependemos de él, nos convertimos en posesiones… Igual sucede con algunos hombres, ellos no tienen el monopolio de la propiedad, las mujeres, aunque más rara vez, también lo hacen, no podemos salvarnos porque no sería justo. Hay hembras que convierten en lacayos al compañero, que también manipulan, que coaccionan, que manejan los hilos amparándose en mil y una circunstancia… Pero no te golpea… Y no vemos que no hace falta que lo hagan, o que tal vez no lo hacen porque no ha hecho falta, porque nos hemos ido convirtiendo en ovejitas que siguen al pastor. Mujeres lucharon para que pudiéramos tener voto, y tenemos voz, y todavía, en pleno siglo XXI sigue la esclavitud… Lo peor de todo esto es que, cuando se debate sobre el tema hay mujeres que lo niegan, que dicen que eso ya no pasa, de las que siguen moviéndose en ámbitos rurales o urbanos, me da igual, de las que volarán hacia su hogar porque hay que tener puesta una mesa a una hora determinada, de las que, como Cenicienta, a las doce tienen que estar esperando a su príncipe. Y no nos golpean… Y una vez al año nos invitan a una cena romántica, o a unos días de vacaciones compartidas, pero que si las planeamos solas, sin ellos, se nos prohíben. Somos mujeres. Nuestro lugar está en casa, a su lado. Pero no nos golpean… Y de repente vemos a una excepción, alguna que se atreve a vivir su libertad, que siempre tuvo su espacio y su lugar, que nunca se vio porque permanecía oculta, hasta que se descubre que es libre, que comparte, convive, se responsabiliza de sus obligaciones pero que es libre, porque libre nació. Y criticamos su actitud sin darnos cuenta de que, sencillamente, está usando lo que todas poseemos: libertad, con la diferencia de que hay mujeres que sí tienen conciencia de que la poseen y la ejercen, porque están en su derecho, porque saben que no son posesiones, que son dueñas de sí mismas, que comparten porque aman y viven en libertad porque se aman, simplemente. Se comienza a envidiar el derecho que todas tenemos, todas, pero que nos han ido restando hasta anularlo, y no nos damos cuenta de que llega un momento en el que sólo tenemos obligaciones. Pero no nos golpean… Vi el cartel, recordé a todas las mujeres que conozco y que no pueden ausentarse de sus casas por una hora, las que no pueden salir a cenar con amigas, las que no pueden viajar, las que no pueden mantener en secreto su clave en las redes, las que hacen enfadar si “guapsapean” con amigos, las que tienen que parecer discretas fuera, y dentro se les pide otra cosa distinta. Pensé en todas y cada una de ellas, mujeres valiosas que han equivocado el concepto de libertad y he recordado a las que piensan que esto ya no pasa… ¡Craso error! Eso pasa cada día, a nuestro alrededor, tal vez seamos una de ellas, pero nos han manipulado de tal manera que ni siquiera lo vemos… No te golpea, pero… ¿a qué renunciaste tú sin darte cuenta?

LA NIÑA ROTA. (¡Vamos a leer!)

Actualización de las librerías en las que podéis encontrar mi novela. Por supuesto que también pidiéndomela a mí por privado, la enviaré por correo encantada, o a través de la Editorial Círculo Rojo. :En unos días vuelvo a actualizar la lista. A quienes la estáis leyendo, daros las gracias por vuestras palabras, a quienes ya la habéis leído (que sois muchas y muchos) mil gracias por todos los mensajes recibidos. <3
- Alcalá la Real - Librería Estrella.

- Alcaudete - Librería Scorpion.

- Alcaudete - Librería Ana María.

- Torredonjimeno - Librería Mayka.

- Guadix - Librería Acci Copias.

- Guadix - Librería Pipper.

- Motril - Librería Evasión.

- Úbeda - Libros Prohibidos.

- Villanueva de la Reina - Estanco de Mari Tere.

- Belmez de la Moraleda - Super Laysi.

- Cabra del Santo Cristo - Regalos Ana Méndez.

- Cambil - Librería Alhabar.

- Montejícar - Tienda Mari Angeles.

- Huelma - Librería Cervantes.

- Huelma - Librería Vuelta de Hoja.

- Jaén - Librería Metrópolis.

- Granada - Librería Lima - Arco.

27 sept. 2016

LA CARTA MÁS LARGA... (Relato intimista)

Desde la ventana veo el edificio de enfrente, unos bajos con locales comerciales, a mi izquierda se cruzan coches en una calle de doble dirección, un hombre desaliñado se refleja en el cristal del local de la esquina, sé que lo veré cuando cruce la calle, mientras tanto espío sus pasos inciertos y confusos, el pico de la camisa fuera del pantalón, la cabellera mugrienta, los ojos en el suelo mientras trastabilla al caminar. Entran unos rayos solitarios de un sol mediocre que juega a ser Astro y se queda en un pequeño candil sin luminosidad. No sé por qué hoy tengo nostalgia, he repasado mentalmente las actividades frenéticas de los que dejé atrás, sus voces y sus rituales llenos de momentos conocidos y presagiados. Ya no quedaba lugar para la sorpresa, todo era lineal como la vida misma. Esa de la que ahora, en estos momentos, me gustaría formar parte y que he abandonado porque mi rebeldía me gritaba demasiado fuerte durante las últimas noches. No sé si he huido. Nunca se huye de lo que no es hostil, sólo se abandona, es como si se tomara una excedencia de la vida normalizada con la esperanza de poder volver a ella si algo sale mal… Sé que no es eso. Hay decisiones que no son excedencias sino excedentes, situaciones que ya sobran en la vida y que se sabe de antemano que no quieres retomar jamás. El agotamiento suele ser demoledor cuando se ha dejado que destruya los cimientos de la pacífica existencia… Hay obras; en algún piso contiguo unos operarios ensordecen el espacio con aparatos que pulen, que pican, que remodelan. Una sobremesa sin café, tengo un gusto amargo en la boca y el deseo de fumar sin descanso. Quiero darme la oportunidad de salir a la calle y pasear si es que mis pies me obedecen, dos veces hice el intento de cambiarme de ropa, recomponer mi rostro y salir a pescar los rayos de sol que me tientan a respirar fuera la vida. He hablado por teléfono con mi pasado, ese que siempre está bien y que sé que estará bien sin mí, ignoro si estará mejor, mi pasado me dijo que nunca estaría mejor sin mí, pero de eso hace ya mucho tiempo. Me han preguntado dónde estoy, en qué lugar he ocultado mi desarraigo y mis desafectos, no voy a confesar las coordenadas de mi zulo. Necesito mimetizar conmigo misma antes de que la onda explosiva arrase todo cuanto hubo y existió, todavía no ha estallado la granada, ignoro las proporciones de la sacudida que, estoy segura, desestabilizará el mundo pequeño en el que, hasta hace apenas una semana, me he movido. He sido consciente desde que puse un pie en el estribo del tren de que dejaba atrás todo, de que era culpable de todo, de que sería condenada a la soledad más nauseabunda, y me sonrío al descubrir que me importa bien poco, quizás porque soy consciente de que lo realmente vomitivo es la permanencia en una situación exenta de vida y de risas y de ilusiones. Nunca fui demasiado positiva, siempre vi el vaso medio vacío, por primera vez en mi vida, o al menos en mucho tiempo, veo el vaso a rebosar, rebosa de inútiles gestos, inútiles personas que creí indispensables y que ahora, lejos, sé que nunca fueron más que acompañantes de procesiones que rezaban la liturgia según el santo que procesionara. He comprendido tarde y bien que soy feliz, ahora, no antes, no nunca, no jamás; lo soy en estos momentos en los que el vagabundo de la camisa desaliñada y el pelo mugriento ha conseguido alcanzar la acera opuesta y ya es una figura real, lejos del reflejo de los cristales de un escaparate del que he memorizado cada artículo de bebé que muestra a futuras mamás y abuelas ansiosas de compras compulsivas para niños que incordiarán cada vez que sus necesidades básicas se lo indiquen o su sentido del autoritarismo les asalte. Soy feliz. Se lo dije mientras comíamos una simple tortilla de patatas con ensalada regada con tinto con Casera, hizo un mohín gracioso, de esos de “no me lo puedo creer” y le correspondí chocando los vasos obtusos sin forma delicada y cristal recio. Me he duchado dejando que el agua elimine los últimos restos de normalidad para volverme rara, una especie rara que rompe el papel que le otorgaron en una obra de teatro que alguien, desconociendo mis posibilidades, escribió para mí, olvidando que los buenos actores improvisan, que crean su propio papel y que lo impregnan de una impronta maravillosa saliéndose de lo normal. Nadie escribió nada de los cobardes, he arrastrado cobardía como quien se ata a un yunque y he sudado sangre hasta poder arrancarlo de mis entrañas… Soy feliz, y él sonrió incrédulo, supongo que con la ingenuidad que da la ignorancia, el no saber qué, el no saber cómo, el no saber hasta cuándo. No me importa ya. Moriré sola, no necesitaré nada para exhalar un suspiro final, me da igual si no me cierran los ojos, abiertos tampoco verán ya. Pero ahora sí, ahora quiero tenerlos abiertos, los ojos, el alma, el espíritu, ser rebelde, ser cuestionada, ser censurada, quien cuestiona a los demás es porque se cree con la verdad contundente de la vida, y eso es tan peligroso que, en cualquier momento, le puede estallar en la cara, quien censura es porque teme que su mundo se desequilibre, y eso es tan deprimente que, en cualquier momento puede descubrir que su papel fue de segunda. He comenzado a escribir una larga carta, haré copias, muchas copias, las mismas frases servirán para el resto del mundo que no entiende, no comprende, se sentirá atacado, engañado, abandonado. Poco importa ya. Lejos. La lejanía de la felicidad y de la incertidumbre, soy dichosa, sé que muy pocas personas rompen el papel otorgado y buscan el propio, sé que hay un espacio de tiempo propicio para el cambio, sé que todos cambiamos o nos modificamos, sé que no quedan más que unos cuantos pasos para irse definitivamente y yo quiero usarlos para bailar mi propia danza… y la suya. Escuchar mi propia música… y la suya. Ser vejez cogida a la mano cierta que fue errónea siglos antes. Voy a escribir la carta de mi vida, esa que todos, en algún momento, si fuéramos honestos, deberíamos de sentarnos a plasmar, y luego reírnos como locos por haber descuadrado las figuras perfectas que nos asignaron. La carta más larga jamás escrita. Esa que debería de comenzar con un “hice felices a quienes estuvieron a mi lado, me tomo el derecho de serlo yo” y terminar con un “intentad ser felices por vosotros mismos”, y así, cuando está cayendo el sol lentamente, después del séptimo día fuera de presidio, duchada, con la brisa fresca moviendo las cortinas, esperando mi beso de llegada, he cogido folio, bolígrafo y he puesto mi alma en pie.

26 sept. 2016

SOY HOY... (Reflexión personal)

Es difícil hablar al pasado, o al olvido, o al ayer… Todos venimos de ayer, todos dejamos batallas que fueron perdidas o ganadas, según la estrategia usada. Todos, en algún momento, buscamos el saliente en la muralla para poder ascender un poco más y no caer al foso, intentar alcanzar la estable solidez de un nuevo suelo que nos permitiera dar pasos, cortos o largos, dependiendo de la extensión conseguida. Todos venimos de ayer, ignoramos el mañana, nos aferramos al hoy porque es lo único que nos puede mantener vivos y hacernos respirar, incluso cuando hay momentos irrespirables, esos en  los que el aire nos falta, o lo aspiramos con tal fuerza que colapsa los pulmones y nos agita en estados de ansiedades de zozobras. Todos tenemos un ayer que molesta cuando vislumbramos un mañana que deseamos. Todos venimos de amores muertos y enterrados, o moribundos abandonados que creímos que expirarían cuando nos alejáramos… y que tal vez por eso nunca supimos que sobrevivieron y se escondieron entre las rendijas del alma y de la vida, acechándonos a cada paso, mutilados quizás de la ilusión primera, aquella que creímos eterna. Nos otorgamos alegremente la facilidad para planear futuros que no existen, olvidamos que el futuro no depende sólo de nosotros, sino de ese destino un poco “hijo de” que nos llega a desestabilizar las emociones y el sereno entrecejo que hemos conseguido. El ayer puñetero y pendenciero que nos planta cara cuando ya creemos que es tarde, nadie conoce su futuro, nadie. Pero todos conocemos el pasado. Siempre. Recorremos los surcos indómitos de días que creímos olvidados cuando a una neurona caprichosa le da por instalarse y martillearnos con imágenes idas que pueden ser recuperadas, y nos grita esa voz implacable del “¿por qué no?”, y nos agota la mente en ocasiones, instalados como estamos en un hoy llevadero que está lleno de aristas que, lentamente, hemos ido puliendo para que no se claven y dañen lo menos posible. Ese ayer lleno de batallas, de guerras solapadas con nosotros mismos. Ese mañana incierto que nos ocupamos de adornar para cuando llegue. Planes sin futuro, ningún plan tiene futuro, dependerá de los vientos que soplen y esos son incógnitas furtivas que se desplazan a cada minuto. Necedad humana planear la vida, la vida nuestra y la de los otros, los que nos acompañan hoy y que nos acompañaron ayer, y que, por ese sencillo gesto suponemos que lo harán mañana… El mañana es nuestro, sí, pero el mañana que la vida decida, podremos escoger entre opciones diferentes, opuestas, contrarias, pero luego, una vez llegado y siendo hoy nos volveremos a preguntar si escogimos la correcta. Somos conformismo laxo, escogemos, vivimos, nos decimos que fue la mejor decisión del momento, nos hace infelices, seguimos instalados en la desidia confesándonos a diario que nada podrá haber mejor, que ya no es tiempo, que todo se decidió. Incapaces de apuñalar el hastío, de dar el puñetazo en la mesa y dejar el juego que no nos es favorable. Como si estuviéramos condenados a librar una batalla eternamente. Somos ayer y somos hoy. Seremos mañana, dependerá de nosotros, dependerá del resto del mundo y del azar, que moverá hilos en la oscuridad de noches que se nos pueden hacer eternas o fugaces, según la pasión con las que sean vividas. La levedad del ser. Levemente subsistimos y sobrevivimos a la cadena que forman las decisiones erróneas y las acertadas, incapaces de hacer recuento de cuántas fueron benévolas y cuántas nos sumergieron en macabros momentos desdichados… Es difícil hablar al pasado y pedirle cuentas, porque de hacerlo tendríamos que pedírnoslas a nosotros mismos, no es grato admitir que nos equivocamos, que fallamos, que engañamos y nos engañaron, que todo fue la farsa representación de decisiones personales tomadas en momentos de desamparo, despecho, conformismo, ingratitudes varias. Y es que, a veces sucede que el impulso primero escoge mal y nos pasa factura en el futuro que un día se hace presente. Se nos habla de la capacidad de olvidar cuando el alma, saturada de agobio y angustia, y dolor y tristeza, decide no hacerlo, decide recordar por qué y preguntarse por qué no. Un fugaz minuto que vacía el recipiente de la rutina absurda y los movimientos del rebaño para dar un giro a la nave y poner rumbo diferente, para mirar hacia el foso mientras asimos la piedra segura que nos ayuda a seguir escalando un poquito más. Fui ayer, soy hoy, no sé qué seré mañana, hago planes a corto plazo, ya no agobio con tiempos remotos que no tienen solución, admito culpas, asumo riesgos, acepto errores. Vislumbro mi mañana pero no lo elevo como estandarte para dar los pasos del hoy, doy pasos cortos, no tengo edad para carreras, acumulé ya cansancios y los que tengan que venir serán vividos con los ojos cargados de novedosas imágenes no vividas con anterioridad. No me gustan los “déjà vu” reincidentes, me gusta disfrutar de momentos irrepetibles e “irrepetidos”, novedosos y únicos. Es el riesgo de cumplir años, que pocas cosas importan ya que no sean las míseras necesidades de seguir respirando y lo que ellas conllevan… Es peligroso hablar al pasado y evocarlo, es igual de peligroso y puede ser decepcionante invocar al mañana desconocido, es grato vivir y sonreír y llorar el hoy. En ello estoy, llena de “hoys” que puedan ser mañanas, con sol, con nubes, con vientos, con lluvias, dará igual, mañanas que sean vivos y vividos, sin expectativas intensas que afecten a otros, serán otros quienes decidan si quieren compartirlos o no, eso ya, como se suele decir, es otra película… Ya no cometo el error de reprochar a nadie no seguirme, ya comprendí que cada cual sigue su camino, que nadie me pertenece, que no soy propiedad de nadie, ya sé que mi ayer en tiempo es distinto a mi mañana en forma y espacio, que soy sólo yo, que no me puedo permitir el lujo de acusar a quien hoy está a mi costado de no estar en lo que yo viviré en el futuro. Ayer, hoy, mañana. Los conceptos del tiempo de los que los humanos hemos hecho propiedad absurda y queremos y creemos manejar a la perfección... como diría el maestro Sabina, "ya no mato por celos ni nadie muere por mí"... Soy hoy, lo que fui ya pasó, lo que seré es una incógnita que no quiero saber hasta la llegada... 

22 sept. 2016

SOMOS LO QUE SOMOS... (Reflexión personal)

¿No os ha pasado? Seguro que sí. Es de esas veces que creemos conocer a una persona al milímetro, de esas veces que se nos escapa la frase de “lo conozco como si lo hubiera parido”, pero no, resulta que luego no es así. Todos, absolutamente todos, escondemos un míster Hyde en nuestro más profundo YO. Ese ser que tapamos y ocultamos, el que sólo sale a pasear en la intimidad más absoluta, cuando hemos conseguido engañar a todo el mundo, cuando hemos contado una versión beatífica sobre nuestra persona en situaciones de las que no podemos o no queremos contar la absoluta verdad porque si así fuera caeríamos del pedestal cual ídolo venido a menos, con el consabido conocimiento de nuestro verdadero yo ante los perplejos amigos, familiares y conocidos varios. Somos hipócritas, o no. Sencillamente actuamos de la forma que nos gustaría hacerlo, y lo hacemos de hecho delante de los demás. Eso sí, ocultamos nuestra peor cara, nos sumergimos en los sótanos de óperas en las que hemos actuado siendo estrella para tapar el rostro desfigurado de fantasmas deformes que no serían nunca amados de descubrirse cómo somos en realidad. Es complicado darnos a conocer totalmente, nadie lo hace, y cuando a veces surge la tentación de hacerlo y mostrarnos desnudos descubrimos que se nos escapan imperfecciones que desconocíamos, que no podemos controlar y que los demás ven. Aquí puede haber una bifurcación, que sean aceptadas, que sean amadas y admitidas o que sean motivo de rechazo y nos encontremos con la soledad de la marginación por ser como somos. Reconozcamos que a todos nos gusta caer bien al resto del mundo, aunque para ello tengamos que mentir sobre nuestros pecados capitales, sobre lo que hicimos o lo que no hicimos, aunque para ello tengamos que asesinar a nuestro fantasma de la ópera, al que nunca nadie amaría. Todos peleamos por ser los más populares, envidiamos a quienes son aceptados, a quienes son admirados, respetados… amados. Envidiamos el afecto, el cariño, y lo solicitamos, y si para conseguirlo tenemos que mentir mentiremos, y si tenemos que insultar lo haremos, y si tenemos que ocultar ocultaremos… no siempre, pero suele suceder. ¿A quién no le llegó un comentario sobre su persona, falso, incierto? ¿Quién no tuvo conocimiento de una versión personal que se tergiversó hasta hacerla completamente distinta a lo real para la otra parte “salvar su culo”? Todos hemos sufrido en alguna ocasión la envidia de quien no pudo alcanzarnos, o no, no a nosotros, rectifico: todos hemos sufrido en alguna ocasión la envidia de quien no pudo conseguir lo que nosotros, en un momento dado, hemos conseguido, aunque se tratara de una bolsa de patatas que colgaba delante de sus narices, en la que no se reparó que estaba delante hasta que llegó alguien, hasta que llegaron otros y la consiguieron. Y sin embargo no confesaremos jamás que envidiamos, deseamos, codiciamos, anhelamos lo que otros consiguieron. Nos bastaría un pequeño examen de conciencia al terminar el día, repasar entre sábanas nuestras miserias, las palabras dichas durante el día, salvar de la quema a quienes sabemos que son imperfectos, ni más ni menos que nosotros, nadie trae en sus genes la perfección de fábrica y nadie la adquiere a lo largo de la vida. Nos resulta fácil comentar las imperfecciones ajenas porque en ellas y con ellas salvamos o lo intentamos las nuestras. Nadie muestra su peor cara porque no es políticamente correcto, nadie muestra su alma al mundo porque es suya, única y personal, sólo pertenece a quien es dueño de ella, mostrarla sería desnudarnos en la totalidad y eso, por suerte o por desgracia, no está bien visto. Correríamos el riesgo de ser envidiados por unos, criticados por otros, la admiración, el respeto, se queda para muy pocos mortales, e incluso cuando la muerte nos acaricia y nos traslada al lugar de los justos, después de que una voz conocedora hable, podríamos ser vilipendiados, una vez muertos, por mucho que se diga que de los muertos todo el mundo habla bien. La falsedad absoluta… A veces es duro descubrir que se idolatró, que se amó, que se admiró a quien en un momento dado se deja llevar por la soberbia de la sinceridad, porque hay ocasiones en las que la sinceridad roza la soberbia, sale a la luz nuestro verdadero yo cuando menos lo esperábamos y a quien está enfrente lo puede llevar a la decepción más absoluta. Se nos dice que nos mostremos tal y como somos, y en ocasiones quienes lo dicen, quienes nos rodean, no tienen ni idea de cuál espeluznante puede ser conocer los entresijos que se admiraron, se amaron, se subieron al pedestal cual Vellocino de Oro, y con un solo gesto y una sola palabra dejan al descubierto que, a resumidas cuentas, la miseria humana habita hasta en los corazones que creímos impolutos. Cosas de la vida. Hay secretos que es mejor mantener ocultos, por ejemplo, la verdad sobre cada uno de nosotros mismos. La vida es larga, todo tiene su fin, tampoco es tan malo hacer que se es bueno, la maldad nos rodea ya demasiado. Fingir no siempre es mentir, a veces, fingir es vivir para intentar ser mejor…

20 sept. 2016

LA AMARGURA... (Reflexión sobre los malos recuerdos)

Me gustan las charlas distendidas que comienzan con bromas y terminan con la seriedad de la experiencia de la vida, esa frase del “yo recuerdo…” que desmenuza un recuerdo vivido que deja de tener gracia en el momento en que el interlocutor cambia el tono y se sabe que el recuerdo que comenzó siendo amable, en un traspiés de la memoria deja al descubierto también la amargura de lo que sucedió y se intentó enmascarar con momentos que quisimos hacer felices. Escucho bien, suelo detenerme en los cambios de voz y en los giros que se da a la conversación, el sufrimiento es así, aunque sea pasado, se aferra al alma y al estómago y te hace vomitar desgarros y amargura. No me gusta cuando se me transmite amargura, me siento impotente ante la hiel de alguien a quien quiero, suelo respirar fuerte y busco un espejo. Es una manía. Me siento más segura cuando controlo mis gestos, aunque quien me cuenta no pueda verme. Suspiro muchas veces mientras se me narra dolor, supongo que, al igual que uno de los personajes de mi última novela, lo hago para impedir que mis ojos lloren. Todos, supongo, rozamos el deseo de llorar cuando nos cuentan los golpes de la vida, esos que no se pudieron capear y los que no se supieron evitar. Ya no. Hoy hablaba yo de la edad en la que mi sufrir se circunscribe ya a muy pocas cosas. El bienestar de los míos. El mediano bienestar. No sufro ya por carencias materiales, a lo largo de mi vida no necesité más allá de lo necesario para vivir, sé que de este mundo sólo me llevaré mi cuerpo inerte y dentro lo que haya vivido. Lo conseguido materialmente se quedará aquí, no me interesa dejar legados materiales, porque he enseñado a los que me rodean a no necesitarlos. Sufro por mi madre y su vejez, por mis hijos y su futuro, por respirar cada día, por no poder ver a las personas a las que quiero cuando lo necesito, por una situación nacional que raya lo absurdo y lo patético, por la falta de esperanza de las generaciones que vienen… Pero ya no sufro por lo pasado. Pasó. Mi abuela Tita decía que “No hay Jesús sin Cruz”, todos tenemos la nuestra, cada cual porta la suya, algunas se vociferan y otras se callan. Algunas buscan manos de Cirineos que  ayuden a cargarlas, otras se arrastran en silencio, con nocturnidad para que nadie las vea. Ya no sufro por despedidas de personas, ni por comentarios que no me rozan. He aprendido a saber quién soy, me basta con eso. Me basta con que me conozcan los que se cuentan con los dedos de las manos, los demás poco me dan, ni me dieron, ni me darán. Ninguno caminará mi camino ni lo ha caminado hasta ahora. No sufro por juicios, ni por insultos, las palabras hieren lo justo para demostrarme que importo. No lleva razón quien más grita. No me mojan ya las lluvias de los desprecios ni de los despechos de quienes ni conozco ni me conocen. No me rindo a mentiras que buscan verdades, no sufro ya por amenazas solapadas. Soy demasiado mayor. Sufro por pasados de personas que me los narran con carencias de besos, personas a las que quiero y que me van dejando una estela de instantes que los hicieron desgraciados, porque sé que todos cobijamos lo que hemos soportado y, en ocasiones, sale a la luz. Me duele el desgarro de las personas a las que quiero, su mirada lejana cuando me cuentan daños. Es lo poco que ya me hace tambalear la sonrisa. He aprendido a sonreír, me ha costado mucho hacerlo. Miro atrás lo justo para saber que soy una superviviente, que tengo lo que yo misma he ido almacenando en la despensa de mi vida. Tengo cincuenta y dos años, acabo de cumplirlos, me ha costado más de medio siglo ocultar mi rebeldía, mi libertad y mis ganas, las tuve enjauladas en los “qué dirán” obsoletos de personas que desean hacer lo mismo y no se atreven. He comprendido que también se critica lo que se desea, aquello que somos incapaces de rozar con las yemas de los dedos porque la comodidad o el miedo es superior a nuestras ansias o a nuestro perfecto status clasista. No me gusta la amargura de quien me duele… Y toda esta reflexión vino a colación después de una charla que comenzó con risas y sonrisas, con alguna carcajada y que, de repente, igual que un mal viento, acercó a la orilla de las arrugas de la madurez los daños que sufrió la nave en la que se ha navegado. Hay personas así, que no comprenden que todos tenemos rasguños de vida, que los hemos restañado lo mejor que supimos, me dan pena quienes antes los desperfectos sacan el rencor oculto y no pueden entender que si enfrentan los demonios de pasados tristes con alegría y sonrisas los exorcizan y los convierten en cenizas que no queman. Ya hace tiempo que no pienso en blanco y negro cuando de recuerdos se trata, lo hago en color, al menos lo intento, en colores que me den luz y me aconsejen seguir sonriendo, aun cuando cueste tanto que duela el alma, siempre habrá un recuerdo que vuelva a erizarme la piel por lo que de ciclón tuvo. Aun así, ahora, a mis años, con la calma de mis recuerdos, seguiré dando gracias a la vida por haberme otorgado la capacidad para recordar lo que un día fue malo sin amargura… me costó mucha vida conseguirlo.

16 sept. 2016

AQUELLAS CARTAS... (Reflexión nostalgica)

                                                                          Huelma a 15 de septiembre de 2016.

Queridos todos:

Tengo nostalgia esta noche de “aquellas cartas” ¿Os acordáis? ¡Sí, de aquellas! El género epistolar que ha desaparecido y que se usa ya en el frío mundo de la banca, cuando se nos quiere informar de nuestra situación económica, de los estamentos públicos, para dar cuenta de impuestos y arbitrios, y… poco más. Nada queda ya de aquellas misivas familiares que comenzaban con un cariñoso “Querido, queridos, querida”, y terminaban con una frase imperiosa fruto de la necesidad de saber, “Hasta la tuya, la vuestra, que sea pronto”… Se ha perdido la capacidad narrativa, descriptiva y emotiva de las cartas. Yo recuerdo que las esperaba como agua de mayo en verano, cuando eran el único nexo entre el mundo dejado atrás después de la terminación del curso y mi persona. Hacía una liturgia de la lectura de mis cartas, las de mis amigas, las de mis compañeros, las del noviete, aquellas que me llegaban casi a diario, que guardaba en el bolsillo trasero del pantalón hasta haber alcanzado mi cama, sentada con la almohada en los riñones, las piernas estiradas, la persiana a medio bajar, el calor del estío colándose por las rendijas que quedaban entre varilla y varilla de una persiana que se subía tirando de una cuerda plastificada… supongo que debo de ser muy mayor, aquellas persianas que siguen existiendo en algunas casas de padres que ya no están y que me llenan de ternura el alma. La luna del espejo frente a mí, la sonrisa en los labios y más de dos folios de escritura personal que descubría, nada más cogerla, quien era la persona que me la enviaba. Contarse la vida en frases llenas de fotogramas literarios, esos irrecuperables. Leía los veraneos de mi gente, de mis afectos, los que siguen siendo. La salida de finde de mi “mejor amiga”, sus besos con el novio de turno, los bailes lentos, los nervios, las riñas de la mamá, la seriedad del papá por la impuntualidad a la hora de retirada. Los “te quiero” con corazoncitos cuando los chicos ocultaban que dibujaban corazones a la chica que les hacía hervir la sangre y las hormonas, las declaraciones trémulas de amor y de deseo primero, las primeras frases prohibidas que ocultaba debajo del colchón a los ojos curiosos de mi madre, la última canción favorita de mi compañero, una borrachera juvenil con Licor 43, la necesidad de tener moto, y libertad, y alas, y vida… ¡Ay, aquellas cartas! Las que se han convertido en emoticonos, las que han sido sustituidas por consonantes mal colocadas, por ausencia de verbos y de adjetivos, aquellos sobres que contenían el mundo y te regalaban la vida… Esta noche encontré una de aquellas cartas, letra pequeña, en su sobre amarillo, un asterisco como remite, un sello de un rey joven y un matasellos ennegrecido con fecha tres de julio de mil novecientos ochenta y dos… Ha llovido. Ha llovido tanto que se han mojado mis ojos y ha corrido el agua hasta la comisura de los labios, y ni siquiera me di cuenta, supe que lloraba cuando una lágrima ha mojado mi mano. Supongo que me hago vieja. Pero cuando yo era joven, más joven, menos mayor, había sobres y letras, historias diarias que teníamos la necesidad de contar, que esperábamos días enteros, que carecían de doble check azul, y por tanto no sabíamos si se recibían hasta que no teníamos en nuestras manos la respuesta. Horas sentada en una mesa, narrando que hacía calor, que no me apetecía repasar Cálculo Mercantil, que sabía que tenía la recuperación en septiembre, que mi padre me regulaba los horarios demasiado, que había engordado, que me compré un pantalón Lee y el casette no me funcionaba bien y me impedía grabar; horas respondiendo “te quiero”, escribiendo la estrofa de la última canción de Los Pecos, prometiendo que no bailaba lento con nadie, que echaba de menos las miradas en un jardín; hablando de unos nuevos amigos veraneantes y del deseo de que empezara ya el curso para retomar el teatro y las pipas en el banco de la entrada al Instituto. Horas de vida para contar cómo era la vida. Y así semana tras semana, día a día. Ha pasado el tiempo y ahora escribo tecleando minúsculos puntos digitales que me juegan malas pasadas, porque hay un corrector un poco loco que va a su aire. Intento decir que estoy feliz, pero nadie se detiene ya a leer, es más fácil mirar un circulito amarillo con ojos y una curva hecha sonrisa. Me sigue gustando frasear y palabrear, pero me lo impide esta absurda tecnología que nos ha hecho adictos a monosílabos fríos. Se ha sustituido un “te quiero mucho” por un Tkm que lo mismo vale para una amiga que para el amor de la vida de una o de uno. Hemos caído en la esclavitud de saber cuándo se leyó, cuánto se tarda en contestar, para recibir un escueto “Ok” cuando el español, o el castellano, igual me da, tiene palabras que quieren decir lo mismo, pero ¡claro! tienen alguna letra más y es muy difícil escribir… Echo de menos las cartas. Doblar el folio, los folios, mis amigas y compañeros y novietes saben que eran varios, varios folios de ellos, varios folios míos, doblar a conciencia el folio, sonreír mientras se pasaban los dedos por los bordes, mojar la goma del sobre con la lengua y quedarte con el gusto en el paladar, pegarlo, secreto de confesión, secreto personal, porque así era la correspondencia. Ahora vigilamos móviles y espiamos mensajes, violamos la intimidad de los cercanos, queremos saber de sus vidas. Cuando yo era más joven nadie espiaba cartas, tal vez porque, en aquellos años, todos teníamos vida, la misma que ahora, poco a poco, perdemos. Se suele decir que cualquier tiempo pasado fue mejor, tampoco es cierto, cualquier tiempo pasado fue distinto, diferente, se vivió de otra forma. Ni mejor ni peor. Pero, esta noche, cuando mis manos encontraron por casualidad una carta de hace treinta y cuatro años, he recordado que a mí me gustaba recibirlas, me gustaba escribirlas, acariciarlas y sentirlas. Por eso, esta noche, yo escribí esta carta, para intentar recuperar la ilusión de las frases que dieron vida. Por eso, sólo me queda decir, hasta la vuestra, que sea pronto.  

                                         Encarni Barrera.