31 ago. 2016

HACE UN AÑO YO RECORDABA... (Recuperando el recuerdo)

Hay días en los que, de repente, comprendo que quiero recordar, que el olvido llega cuando menos se espera, que se instala traidor detrás de los pliegues de la vida, y  que en un recodo del camino me asaltará y me dejará sin pasado. Al menos, sin el pasado enhebrado e hilado que mantiene todo en un orden cronológico perfecto. Hoy, mientras caminaba, pensé en el ayer, en el mío, en todos aquellos recuerdos que los mayores, aquellos que ya se han ido y los que todavía jalonan mi presente, me van descubriendo con una sonrisa nostálgica y una voz llena de matices condescendientes. Hoy recordé. Me contaron que fui un bebé no muy agraciado, que nací deformada por el canal del parto, que sufrí mucho para poder llegar a la vida, que mi madre se creció para compartir esfuerzos, que entre las dos conseguimos el milagro y que aquí estoy. Niña rebelde y nerviosa, muy curiosa, que desmontaba relojes y luego los volvía a fabricar con sus piezas en su sitio, que jugaba a ser enfermera con mis amigas de la niñez en una casa con un pequeño balcón al que me asomaba temerosa porque me daban miedo las alturas; que en mi labor sanitaria se “cargaba” termómetros de los que esparcían mercurio, y que se entretenía juntando las bolitas que este formaba una vez liberado de una minúscula barrita de cristal. Me han contado que me gustaba cantar y bailar, que era asidua en un bar familiar al que acudía de la mano de mi padre, que me encaramaba a la barra con un vestidito blanco y una trenza, primorosamente elaborada por las manos pacientes de mi madre. Me dicen que paseaba con arte y duende de punta a punta esa barra masculina mientras entonaba “Francisco Alegre”, y que narraba como nadie la historia de Moisés y su periplo por tierras egipcias. Egipto y yo, ese misterio que todavía me persigue, creo que no tendré descanso hasta colocarme delante de las pirámides y confesarles que llenaron de magia mis días y de fantasía mis noches, aquellas en las que imaginaba a Cleopatra amando a un romano con su armadura tallada y sus faldones plisados… Me queda el recuerdo de las noches pasadas entre mis abuelos, de los cuentos que mi abuelo me narraba frente a la lumbre en inviernos interminables con nieves cariñosas llenas de olor a comida casera y a Navidades sin demasiados regalos, casi ninguno, pero inolvidables. Ahora que todavía puedo recordar, me gustaría dejarles a mis hijos el legado de mis pasos infantiles, en un corredor de baldosas grises, con una baranda que abría el mundo en un patio rojo, baranda a la que nunca me acercaba porque las alturas me seguían dando miedo. Los días en mi Colegio de Cristo Rey, la aventura de asomarme a un río tosco con maleza trepadora, desde un puente de piedra… Fui niña inquieta, desobediente muchas veces, aceptaba la autoridad a regañadientes, me cuestionaba todo lo que no entendía; no fui una niña besucona, pero me gustaba estar mirando a quienes quería, en silencio, igual que ahora, me embelesaba con los rostros amables que cogían mi mano, me preguntaba de niña cómo sería de mayor. Y ha llegado. Casi sin darme cuenta. El tiempo me ha alejado de las noches de juegos en verano, con vecinos y amigos de los que, vagamente, recuerdo nombres y rostros. Activa. Nunca entendí estar sentada sin hacer nada, me aburría profundamente cuando mis manos no estaban ocupadas, por eso mi abuelo las abastecía con “recortables” que vestía una y otra vez, y con cromos, cajitas de Nivea, azules con sus letras blancas, llenas de primorosos cromos que odiaba perder cuando jugaba. A todos les ponía el nombre detrás, para que, una vez idos, una vez perdidos, nunca olvidaran que fueron míos. Igual que nos pasa a los mayores con los amores y con los hijos. A los primeros dejándoles la huella del paso por el corazón, a los segundos regalándoles genes que nunca podrán perder… Y escribía. Todavía hoy, que puedo recordar, viene a mi memoria la primera frase de una redacción, aquella con la que conseguí mi primera “notaza” cuando mis años eran de una sola cifra: “Amanece lentamente, el sol ha salido tan despacio que me ha dado tiempo a soñar en una noche larga y estrellada…” Sigo soñando en noches largas y estrelladas, sigo volviendo a una niña a caballito en la espalda de su padre, embutida en un camisón rosa y con mi sempiterna trenza. Me cuentan que era llorona, que me emocionaba por gestos y por palabras, lloraba cuando todo me iba mal, pero sobre todo cuando todo me iba bien. Me han comentado que siempre estuve rodeada de niñas, y de niños, de ellos más tarde, cuando comprendí que la amistad no iba asociada a la manera en que hacíamos pipí, que los amigos podían jugar al fútbol o con muñecas. Ahora, todavía que es el tiempo del recuerdo, me pierdo entre carreras y gritos desmesurados que rompían las noches detrás de balones y saltando acompasadamente al ritmo de una cuerda, que si me rozaba las piernas dejaba la señal del dolor del juego… Y leía. Las tardes perdidas en un corral antiguo, cuando todavía no se había cubierto de cemento y la hierba crecía a su aire, dejando el horizonte a lo lejos, mirando la sierra, mirando la carretera poco transitada, mirando la vida y deseando siempre volar con ella… Es tiempo todavía para evocar, los primeros bailes, las primeras lágrimas, las primeras cartas, los rotundos “te quiero” que iban a ser para siempre y que se quedaron colgados en los ojos del “ya no te quiero”. Hoy tocó rememorar una larga vida, apenas quince días y habré superado la mitad de un siglo. Todavía está lúcida mi mente, no sé por cuánto tiempo me respetará, sé que soy una abonada al olvido, muchos los somos, sé que la genética camina inexorablemente hacia parajes en blanco, que ya olvido ciertas cosas… y no quiero olvidar. Fui una niña feliz. Eso sí me lo han contado. Eso sí lo recuerdo. Nunca fui cisne, pero fui feliz siendo patito, me gustaba ser patito, todavía me gusta, porque los patitos, quizás, alegran los lagos, quizás no los embellezcan pero los hacen alegres… Tengo un baulito lleno de recuerdos, guardados, mimados, repasados de vez en cuando para comprobar que siguen ilesos, a salvo de la fugaz huida de la memoria. Ha salido el sol, agosto se va, me traerá septiembre, el mes que me vio nacer, el que me recuerda que llega el otoño, ese que también ha comenzado a instalarse en mi vida. Y soy feliz. Como lo fui de niña. Tengo a aquellos amigos con los que jugaba, a los que se han quedado, a los que veo poco pero siento mucho. Tengo a personas que se fueron y regresaron para quedarse hasta que, como dice alguno, el destino quiera, o sigamos juntos en otra vida, más allá de esta que en ocasiones ha sido cruel con sus designios y sus elecciones. Quiero recordar, pensar en una vida sin recuerdos me hace sentir escalofríos, quizás porque fui demasiado feliz sin tener mucho, no lo necesité, necesité lo que tuve, la mirada de mis padres, el calor de mis abuelos, las risas de mis amigos, mis veranos ligeros y rápidos, mis inviernos y sus abrigos y bufandas, una niña que soportaba anginas permanentemente, que leía en silencio y sonreía cuando lo hacía, que escribía redacciones en las que amanecía después de bonitos sueños… Hoy, que todavía puedo recordar, me doy permiso para regresar a mis calles, Plaza, Hospital, Enmedio, Cerrillo, Leones, Santa Ana, Álamos, Pilarejo, Iglesia... Solar, Andrés Barrera, Joya, Mesones, Amargura, San Marcos, Parras… Las calles de mi vida, las que me miraron y me acogieron… Hoy me he dado permiso para recordar, para abrir mi baulito y mirar a la niña que jugaba, que cantaba, que desobedecía, que lloraba y que reía, que besaba poco pero que siempre quiso más… Hoy, que todavía puedo recordar

29 ago. 2016

HACIA ALGÚN SITIO PEQUEÑO... (Pequeño relato)

Había comenzado a llover, una llovizna suave que estrellaba pequeñas gotas contra el parabrisas del coche. Era el segundo día que estaba allí, parapetado entre el metálico gris del Opel, esperando, frente a unos balcones que no se abrieron durante aquellas horas de vigilia, las que ocupaban sus minutos y sus segundos en la vigilancia de unos cristales, viendo cómo se iban acomodando a la luz diurna o nocturna. Adivinó siluetas a través del tul pálido de las cortinas, sabía que una de aquellas siluetas era la de ella. Quiso imaginarla sonriendo, la boca en el rictus suave y dulce que siempre le regaló cuando algo la hacía entristecer. Quiso imaginarla pensando en él y en todo aquel Calvario que él la había hecho pasar días antes, casi dos semanas desde la última vez que escuchó su voz llorosa y tierna, sin tan siquiera un reproche, recordándole sólo los días felices vividos, pidiéndole que la olvidara. Casi tres semanas desde que él le pidió que no le colgara, que no lo dejara así, tres semanas desde que ella le pidió que la olvidara. Él ya había decidido, ella quería morir en paz. Tuvo su dicha en las palmas de sus manos, las abrió y ella voló. Era así de simple. Ni una sola palabra de exigencia, como era ella, todo cuando él quisiera, todo como él quería, siempre había sido así. Pero ya no pudo más… Hacía cinco días que tomó la decisión. La mascó tanto que no le costó tragarla, fue trenzándose como los cabellos de una suave cabellera. Se iba a por ella. No le había levantado el teléfono ni una sola vez. Setenta llamadas en cuatro días. Otros tantos mensajes. Hasta los últimos días en los que descubrió que ella había bloqueado su número. Lo había sacado de su vida así, pulsando una tecla fría de un teléfono caliente. Y se subió en el coche… Ahora estaba allí, durante dos días había visto salir figuras ajenas y extrañas que habitaban en el mismo cubículo que ella. Ninguna era ella. Salió él, quien compartía con ella la vida lineal y recta, salió su hija con aquel novio tan alto, salió su hijo con casco de ciclista y una bici entre las piernas. Durante dos días todos abandonaron los muros menos ella. Había visto al repartidor del súper, al correo, pensó esperar despistado hasta que alguien abriera la puerta y colarse. Tuvo miedo. El mismo miedo de siempre ¿Y si no abría ella? ¿Y si no estaba sola en casa? ¿Y si le golpeaba el rostro con la puerta y lo odiaba todavía más? Y allí se quedó. Ahora llovía, se volvió a reclinar en el mismo asiento que le sirvió de lecho, en el que se le habían cerrado los ojos cuando la madrugada se estrelló contra las luces de las farolas. Por minutos pensó que alguien podría reparar en aquel coche que, durante dos días, seguía estacionado en la esquina con un hombre dentro. Podía venir la policía. No le importó… Más de tres semanas sin escuchar su voz. Las últimas palabras con aquella voz que lo había amado más que nadie fueron preciosas en su tono y en su forma, “fui tan feliz que me dolió, sigue sin mí, puedes hacerlo”. Ella jamás le pidió, jamás lo acorraló, ni lo agobió, le dejó sus tiempos, sus espacios, él sabía dónde estaba, cuándo estaba, cómo estaba. Ella no sabía dónde estaba él ahora, ni cómo estaba, ni por qué estaba allí… Y llovía. Miró al balcón y un nudo se le atragantó hasta nublarle la vista, no quería llorar. Ya no. Quería gritar, golpear al mundo, golpearse él mismo. Se lo merecía. Había abierto sus manos y ella se cayó, y él, más de tres semanas antes, no hizo nada por sujetar su caída. El balcón se abrió, una mujer menuda salió fuera y encendió un cigarrillo, miró al cielo y sonrió, no reparó en un Opel gris aparcado en la esquina de enfrente. Habló con alguien dentro de la casa, se había vuelto dándole la espalda, salió del coche, la lluvia arreciaba, esperó el giro de la mujer que fumaba sonriendo al vacio… Fueron décimas de segundo pero el tiempo ralentizaba los movimientos, la cortina de agua le impedía mantener los ojos abiertos y al entornarlos adquirió el dolor que se refleja en los labios tensos y las pestañas húmedas. Le miró. Volvió a sonreír y desapareció por el mismo hueco que utilizó para que él comprobara que ella vivía…


Se subió al coche despacio. No se avergonzaba de llorar, nadie podía verlo apoyado sobre el volante, se oyó el estallido de un trueno a lo lejos, supo que tenía que irse de allí. No había más. Todo estaba ya cumplido. Buscaría algún lugar de aquellos que le gustaban a ella, pequeños, alejados, sin ruidos y pocas gentes. Podía permitirse trabajar así, un “freelance” que se decía ahora. Dos golpes le sacudieron de aquella pena tormentosa y atormentada, rebotó el cristal de la ventanilla y alzó el rostro. Rosa le sonrió con el pelo mojado y luz en los ojos. Abrió la puerta asustado, asiéndose a la mirada limpia y mojada de la mujer que chorreaba agua y regalaba calma, “no has podido seguir sin mí, tendremos que construir juntos”… El limpiaparabrisas deslizaba los regueros de agua hacia los bordes del cristal, no habían hablado, la tormenta arreciaba, no sabían bien hacia dónde iban, un bolso en bandolera, un paraguas y una chaqueta marrón era todo el equipaje que ella había portado cuando se sentó en el asiento del copiloto. Y él preguntó adónde quería ir, la única frase después de un beso sin prisas, sin miedos, con tiempo y con agua. “Hacia algún sitio pequeño, donde no haya mucha gente y en donde pueda ver la lluvia contigo desde la cama”… 

28 ago. 2016

LA PALABRA HECHA EMOCIÓN... (Emotividad en estado puro).

Conocí a Juanjo Cuenca por un amigo común que me habló de que él escribía, comenzamos a charlar de vez en cuando por estas redes que unen o desunen, según los casos. En el nuestro unieron, afortunadamente. Personalmente nos conocimos en la presentación de un libro de Andrés Cárdenas a la que él me invitó, allá en Motril, esa Costa Tropical de mi tierra granaina... Y hasta ahora. Juanjo es poeta y escritor, aunque lo primero va enmarcado en lo segundo. Basta darse una vuelta por sus artículos en El Faro de Motril para descubrir una pluma ágil, distendida, amena. Basta darse una vuelta por sus versos para descubrir el corazón poeta de quien siente, y sufre, y ama cuando deja pinceladas hechas vida. Juanjo ha sido generosidad, ha sido amplitud y lealtad, ha sido honestidad. Y hoy, cuando mi día se debatía entre sudor andaluz de trabajo mientras la mayoría se divierte, cuando se me hacía larga la jornada y miraba el reloj porque no llegaba a los horarios previstos, cuando bajaba y subía escaleras cargada, retomando el que fue mi trabajo muchos años atrás, abriendo puertas, preparando habitaciones para que otros las encuentren listas para el descanso. Cuando me sonó el teléfono en una de las alertas de esas de "tienes un whatsapp", cuando miré un poco después al dejarme el reloj unos minutos de respiro, me encontré con un largo mensaje. Sabía que viniendo de él me emocionaría, pero no sabía hasta cuánto. Juanjo tiene la virtud de emocionarme, ya lo ha hecho cada vez que me ha presentado en su tierra, delante de su gente. Envuelve mi alma en unos tonos amigos, de esos que te llenan. Y mientras leía lo visualizaba, calmado, sereno, con su media sonrisa confidente y cómplice... Y esto fue lo que dejó en palabras que se hicieron emoción. Que me hicieron llorar frente al espejo de un baño que yo limpiaba, unas lágrimas en soledad, porque las emociones se viven más intensamente cuando se recorren a solas y te dan la posibilidad de reír entre lágrimas, de mascullar "¡sí, sí, sí!" como si de un acto carnal se tratara... Gracias Juanjo, porque sé que estás. Porque sé que estuviste, y porque sé que estarás. Te he prometido hoy no dejar de escribir, y yo suelo cumplir mis promesas... Publico el whatsapp enviado por Juanjo con su consentimiento, nunca publiqué nada que no fuera mío, y un mensaje, desde el momento en que el receptor lo recibe es propiedad de quien es destinatario... 


"Ay, Encarni, Encarni... Recuerdo como si fuese ayer cuando nos conocimos y albergabas tantas dudas y tantos miedos que, a pesar de haber estado escribiendo toda la vida, te impedían publicar alguna de tus novelas. Si recuerdas las palabras que te dije en aquel entonces, aquello de que te lanzaras, que te pusieras el mundo por montera y que dieras rienda suelta a tu creatividad y a las ganas de contar las cosas de la vida... Poco tiempo después vio la luz tu primera novela publicada "Las manecillas del reloj", una obra con la que disfruté mucho leyendo y defendiéndola en la presentación que me pediste para Motril. En esa novela descubrí tu prosa fluida y tus ideas hermosas y pedí en silencio que, en adelante, por favor, no dejases de escribir nunca, nunca; que no podías privarnos a tus recién adquiridos fans (muchos, muchísimos) huérfanos de tus hermosas palabras e historias. Y como todo en esta vida se desata cuando las ganas de contar y de dar lo mejor de tu pluma se hacen incontenibles, llegó tu segunda novela "El infierno cabe en un suspiro". Una novela preciosa y actual de la que tuve la inmensa alegría y honor (de nuevo) de presentarte en mi ciudad. El huracán Encarni Barrera se había desatado y ya era imposible pararlo. Hace unas semanas me llenaba de emoción, después de haber seguido con detenimiento los avatares y avances de tu tercera obra, el saber que, por fin, había visto la luz tu "Niña rota". En cuanto recibí por correo el ejemplar de "La Niña Rota" que tuviste la generosidad de enviarme, pasé los dedos recorriendo la portada disfrutando e intuyendo que esta vez seguramente te habías superado otra vez y que con esta historia me llegarías al corazón definitivamente ya que conocía lo que significaba para ti contar lo que estabas contando. Te diré, amiga Encarni, que me he leído en tres noches recostado en la almohada y a la luz de la tenue lamparilla de noche, tu preciosa, tu intensa, tu abrumadora novela. Era incapaz de parar !! He reído y, sobretodo, he llorado a moco tendido con Lola, Leonor, Adora y toda esa galería de personajes increíbles que se te iban clavando en la piel como pequeños dardos o aguijonazos de humanidad. Porque lo que tú cuentas, Encarni, es la historia pasada de nuestra propia historia, ni tan lejana ni tan olvidada, de una España negra que fue sufrida por muchísimas personas, pero sobretodo por las mujeres. Mujeres fuertes que son las que viven en tus obras y que nos recuerdan que, a pesar de las adversidades y la negación total de la vida, todo vuelve a su sitio tarde o temprano y que lo venidero sólo podrá depararles el atisbo de esperanza que tanto necesitan para seguir viviendo. "La niña rota" me ha subyugado, me ha atrapado profundamente en la tela de araña de las relaciones humanas en esta brava familia de mujeres. Me encantan las novelas que discurren a través de la saga de una familia en el tiempo, un tiempo dilatado pero necesario para curar heridas y saldar cuentas con los fantasmas del pasado. Tu novela me recuerda profundamente a otras sagas de Buendías o Pájaros Espinos, llevándome de la mano a pasear por un Sacer que no me es del todo ajeno. Te has superado, Encarni. Gracias por hacerme soñar y, sobretodo, recordar... Te espero en Motril. Nunca dejes de escribir, por favor. Un beso de tu admirador número uno".

27 ago. 2016

ESAS RELACIONES RARAS... (Reflexión intimista)

¡Lo que da de sí un “estado” de Facebook! Se me invitó a una de esas cadenas que (¡oh, generosidad!) luchan contra el cáncer con frases un poco fuera de lugar y de sentido. Yo opté por la más bonita: “Creo que estoy enamorada”… Creo del verbo Creer, por lo que, a continuación hubo quién me preguntó si del mismo (jajaja), hubo quien me dijo que si dudaba no sería enamoramiento (jajaja), y hubo quien me dijo (una buena amiga y mejor lectora) que esperara a llegar a los cincuenta y cinco años de casada. Me puso una sonrisa de esas complacientes, de las que yo misma me sorprendo, porque ya, a estas alturas, pocas cosas me hacen entrar en competiciones. Y yo, que con mis amigas y con mis lectoras suelo ser sincera, le conté algunos detalles íntimos, de los que se narran sentadas a la mesa camilla, con un café en la mano y la voz queda de los secretos olvidados ya. Recordé el día de mi boda, como de pasada, una frase que dije y que pocas veces había recordado haber dicho, y hoy fue uno de esos días. Recuerdo a una amiga, a una buena amiga, susurrándome aquello de “ahora a cumplir muchos años”, me volví hacia ella, le sonreí y le dije en el tono de voz audible para todos “yo hoy no comencé ninguna competición”… Y así ha sido. Nunca llevo alianza. Un buen día me la quité, y esa alianza no tiene grabada la fecha de mi boda. Tiene una fecha personal y compartida sólo con una persona. No renové mis votos cuando cumplí mis Bodas de Plata. No sé si es que no lo necesité o que no me apetecía, más bien lo segundo. Recuerdo mi boda como un barullo de preparativos de meses cuyo goce duró menos de veinticuatro horas, desasosiego, nervios, cumplidas palabras, atender a invitados, preocuparme de que todo saliera bien… y si eso fue cansado con veintitrés años, con cuarenta y nueve años ya ni quise averiguarlo… Nunca me puse la meta de llegar a ningunas “Bodas”, no comencé ninguna carrera o maratón el día que firmé un contrato, simplemente oficialicé una situación que, para mí, estaba clara, pero que, por aquel entonces en según qué entornos había que legitimar… Sigo siendo la rebelde sin causa que quiso casarse de corto, sin velo, y que fue aceptando manipulaciones maternas so pena de que la mater en cuestión sufriera un “jamacuco” Soy un “animal raro”, que diría mi buen compañero y mejor amigo, Manolo Bayona, me sucede lo mismo con las celebraciones a lo grande de las cincuentenas, las sesentenas, las cuarentenas. Me gusta ver cómo los demás lo celebran, pero yo prefiero coger a mi compañero, perdernos por algún lugar y pasear con la tranquilidad de los años, lejos de protocolos, de preparativos, de hacerme la sorprendida cuando sé que se ha estado gestando la fiesta. Me gustan mis celebraciones personales, sin nadie más que una persona. Mis hijos lo saben, por eso nunca me organizan nada (sobre todo el mayor), me basta un beso, un abrazo y una frase simple “felicidades, mamá”… pero me gusta verlo en los demás. Tal vez porque a los demás les veo con la seguridad que yo nunca tengo. Tal vez porque yo soy insegura en los pasos emocionales, nunca estoy totalmente segura de nada… o de casi nada. He ido aprendiendo las caducidades de “amores para siempre”, he aprendido eso de “planes de futuro” sin futuro en veinticuatro horas, he aprendido que todo da la un giro de 180º y nos quedamos en el puerto viendo zarpar el que fue nuestro barco. Nunca me gustaron las aglomeraciones, ni las reuniones en las que el vocerío impide escuchar leves instantes de silencio. “Animal raro”. Sí, viendo lo visto, revisando lo que se suele hacer, creo que lo soy. Mi alianza dormita en un cajón, mi albúm de boda está por algún lugar que no sabría ubicar, me remito a una sola foto en toda la casa, mis Bodas de Plata pasaron sin pena ni gloria para el sentir popular, pero para mí fueron las mejores del mundo, me perdí por Cádiz, como aquella primera vez. Recorrí cogida de la misma mano La Caleta y la Plaza de San Antonio. Me senté frente a la Catedral y leí las baldosas con los artículos de “La Pepa”. Volví al lugar del delito. Aquel en el que las noches eran eternas, porque yo las hice así, porque esperé mucho para hacerlas así, “animal raro” que creía en principios y en entregas… Hoy ya aprendí demasiado. No tengo una fecha de firma de contrato grabada en mi alianza, no sueño con llegar a las Bodas de Oro, sueño con ser feliz y hacer feliz a quien está conmigo, y cuando eso no pase, cuando se rompa la vida, los sueños y las ilusiones, no sufriré ningún trauma. En mi madurez aprendí que es mejor disfrutar de una plácida soledad a compartir una mustia compañía. Hoy supe que no pasa nada por desvelar algunos secretos, que es bueno hacerlo. Nadie ama más o menos por depende qué situaciones, nadie disfruta más o menos por depende qué celebraciones, cada cual lo hace a su imagen y semejanza. Se vive una relación, se viven mil relaciones. Distintas. Diferentes. Las que aman siempre, las que ya no aman pero lo callan, las que son conscientes de que no aman y lo disimulan, las que conviven en un estado de amistad sin pasiones ni roces, las que dan libertad y admiten que cada cual necesitamos espacio y tiempo e intimidad, las que celebran las Bodas de Plata y organizan fiestas para celebrar los cincuenta del o la compañero o compañera, porque así intentan demostrar que aman, las relaciones extras, perfectas en su imperfección y su secretismo, las legítimas cansadas, las legítimas verdaderas… las de siempre y las de nunca, las que fueron y las que son, las que fueron y ya no son… Las de alianzas que nunca se quitan, las de cadenas que cuelgan de cuellos como yugos, las de pies descalzos y manos enlazadas sin aderezos, las que miran al futuro, las que viven sólo el presente… Hoy, como en una tertulia de amigas, hablé de esas relaciones raras…

25 ago. 2016

"LA PIEL DE LAS ILUSIONES"... (Párrafo del Capítulo 10 de la Segunda Parte. "La Niña Rota").

No dio opción a réplica. Sentado en la cama, con la cabeza entre las manos, oyendo sus pasos perderse por el pasillo y después escalera abajo. Estalló el huracán hecho rabia, un volcán en erupción, expulsando lava convertida en furia, arrastró con su brazo los utensilios de afeitado del lavabo de madera, gritó  con toda la capacidad de sus pulmones, se encontró frente a la luna del espejo, el pelo revuelto, la cara enrojecida y desencajada, un pico de la camisa asomaba fuera del pantalón, en la mano la jarra de cristal del juego de noche. El estallido de los cristales, la sangre salpicando el espejo roto, manchando la camisa blanca y las manos, los gritos de dolor, los pasos a la carrera de ella subiendo la misma escalera que un minuto antes había bajado, las manos de Adora y su voz calmándolo:
–Sujeta la toalla, voy a buscar a don Miguel.
No esperó respuesta, se lanzó en una carrera demencial, cruzó la puerta, en la calle algunas mujeres que acudían a la iglesia se volvían para mirarla, no saludó a nadie, no veía a nadie, sólo tenía en la retina el rostro ensangrentado de Fabián, sus manos rojas, el espejo roto, la jarra destrozada, cristal contra cristal. Corría calle Pilarejo arriba, jadeaba, escuchaba su propia respiración, temía por la vida de Fabián, no sabía qué era capaz de hacer, se culpaba de aquel arrebato de ira, se culpaba de la sangre sobre su camisa, de los gritos salvajes que había escuchado desde la cocina, no reparaba en la sangre de su vestido ni en la que mojaba sus manos. Lo recordó la tarde anterior, las tardes anteriores, todas y cada una de ellas desde hacía casi un año. Alcanzó la casa del médico, a duras penas le contó lo que pasaba, el tiempo justo para que don Miguel, pese a su abultada barriga y sus piernas cortas, alcanzara la casa de los Castro antes que ella. En el piso de arriba Fabián tirado en el suelo, sin conocimiento, desmayado. Don Miguel pidió tijeras, tiras de tela, agua caliente, Adora rasgando sábanas, haciendo torniquetes en varias zonas de su cuerpo, un brazo, el cuello, había que taponar la herida del cuello, alborotando el maletín del médico en busca de alcohol, de pinzas, de tijeras, todo lo que don Miguel, apresurado, iba pidiendo. Las lágrimas de Adora, la eficiencia del médico, tenía que ser fuerte, había que extraer los trozos de cristal que se habían incrustado en el rostro, el cuello, los brazos… Caía la tarde de aquel veinte de marzo. Adora miraba a Fabián desangrándose, cogió su cabeza entre sus brazos, la colocó en el regazo, besaba el pelo enrojecido, los ojos cerrados, don Miguel iba despojándolo de las lanzas en forma de cristal que habían lacerado su cuerpo; el médico miró a Adora, su mano apartando el pelo del joven, impregnada de la sangre de él, se miraron, don Miguel asintió, le sonrió con tristeza, Adora acunaba a Fabián, besaba sus labios, manchaba los de ella de la sangre del hombre al que amaba. Y ese hombre se moría, se quedaba sin sangre, aquella que ella tocaba mientras lo acariciaba, apretando los apósitos sobre las heridas, y su voz serena, suave, la boca en el oído que tantas veces había rociado de palabras de amor y de ternura “callejuela sin salida, donde yo vivo encerrá, con mi pena, mi alegría, mi mentira y mi verdad…” y los sollozos acompañando cada quiebro de la voz, cada caricia, sus lágrimas se mezclaban con la sangre. Recordó a su madre, enamorada de un hombre que no la quiso, a doña Pastora, negándole lo que pudo haber sido su salvación, quiso imaginar cómo sería el hombre que la engendró… y supo que la vida era eso, caer en los mismos errores del resto del mundo, aprender que, después de todo, cada cual tiene su sitio, que nadie puede saltarse los límites, que nunca querría a nadie como quería a Fabián, pero que él tenía razón, había llegado el momento del adiós. Don Miguel la miró con dulzura:
–¡Vete, Adora…! –Le sonrió y afirmó con la cabeza–, yo inventaré algo, pero nadie debe encontrarte aquí cuando él despierte y te vea, los ojos hablan demasiado…
Besó su frente, miró el reloj, las seis de la tarde, Matías estaría a punto de llegar de su servicio, en su casa habría paz, y ella tenía que hablar con su marido. Don Miguel empapó una de las tiras de la sábana y la pasó por el rostro del muchacho. Había llegado lo peor, había que extraer los cristales de aquel rostro que ya nunca volvería a ser lo que fue. Tenía que cambiarse de ropa, no podía salir así, todo el vestido era una mancha roja irregular, trozos de cristal brillando adheridas a las gotas de sangre de Fabián. Los restos de la luna del espejo le devolvieron unos labios ensangrentados, las manos, el cuello. Cerró los ojos, mojó un trozo de sábana en la zafa que había llenado con agua clara y comenzó a retirar los restos de Fabián de su piel y de su vida.




24 ago. 2016

LA PAJA EN EL OJO AJENO... (Reflexión personal)

Repasaba esta mañana otro refrán, ya que comencé el melón lo mejor es seguir a ver si la cala resulta buena. Mi refrán recordado hoy era ese que reza “Vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el propio”… ¡Este sí que es real como la vida misma! Pensaba en lo complejos que somos los humanos, esos seres bípedos que tenemos un cerebro que piensa pero que, en la mayoría de los casos, nos dejamos llevar por instintos tan bajos que están alojados en los sótanos de nuestros extramuros, que intentamos ocultar de las miradas ajenas, porque si los sacáramos a la luz el resto del mundo mundial sería testigo de nuestras miserias más pestilentes. Los humanos hemos adquirido el poder de olvido con una facilidad tan pasmosa como injusta. Olvidamos hechos que acontecieron en nuestra vida, situaciones y actos que, si los expusiéramos ante el Sanedrín de nuestros allegados, igual eran tan enjuiciables como condenables. Los olvidamos porque necesitamos olvidar para culpar a otros, o criticar a otros, o enjuiciar a nuestra vez a otros. Nos creamos la ilusión de que nacimos ayer, damos carpetazo a pasados que pudieran acarrearnos el asombro negativo de nuestros semejantes. Vemos esa paja minúscula que consideramos indecente, amoral, distinta, rara, esa paja que se sale de la generalidad de la que, a estas alturas de nuestra vida, hacemos gala, olvidamos que, tal vez, en algún momento de nuestra vida nuestro comportamiento fue el mismo que ahora nos permitimos criticar. Olvidamos. Verbo Olvidar. Perder el recuerdo. Lo perdemos en ocasiones a sabiendas de que es necesario que lo hagamos, porque nuestra situación actual ha variado, hemos formado parte de la manada tranquila, esa que es cuasi perfecta, la que no se permite resquicio para actos impuros o impúdicos. Olvidamos porque hemos realizado esos actos y somos conscientes de ello, pero es más fácil fijarnos en las actitudes que ahora, a estas alturas en las que nosotros somos inmaculados, podemos reprochar a otros. Olvidamos que, quizás nuestros abuelos, nuestros padres y (¡quí lo sá!) nuestros hijos, pueden tener tachones, esos que tapamos a ojos y oídos ajenos, esos que ocultamos, los mismos que igual nosotros hemos realizado, tal vez hemos “saqueado” a personas en busca de un interés personal aprovechando su debilidad, puede que hayamos mostrado intimidades en juergas a allegados que ahora pedimos al Cielo con clemencia que no recuerden. Y en ese intento de olvidar todos esos actos olvidamos que el mundo mundial y nuestro entorno tienen memoria, que al igual que nosotros recordamos hechos de otros para lanzarlos a la cara los otros recuerdan los nuestros y podrían lanzárnoslos, olvidamos que, tal vez, hay quien calla porque no es propenso al juicio sumarísimo al que sometemos a terceros, que tal vez nos están perdonando dilapidar esa fama que hemos intentado crearnos de personas “decentes” cuando sabemos que no lo fuimos tanto… La paja en el ojo ajeno. La manía persecutoria al otro. El vilipendio gratuito, ese que nos hace ofender en redes sociales, insultar, menospreciar, humillar. La creencia de que, efectivamente, nosotros estamos libres de “polvo y paja”, paja en el ojo ajeno. Y en este valle de lágrimas libre no hay nadie. Todos tenemos algo de lo que nos avergonzamos, algo que queremos olvidar, santo verbo que nos persigue mientras intentamos desacreditar a otros… Hoy pensaba en ese paseo que deberíamos de darnos por nuestro extramuro, por nuestro sótano, en el que ocultamos actos deplorables, en el que hemos querido ocultar hechos realizados porque nos interesó, porque nos apeteció, porque creímos que nadie lo sabría jamás, y olvidamos (de nuevo olvidar) que hay ojos que ven, aunque haya bocas que callen. Hay quien sabe de nuestras impurezas y escuchan sorprendidos cómo hablamos de las de los demás. La viga en el propio. Esa viga que nos puede dar de lleno en la boca, que nos la puede tapar con tan sólo unas palabras de quien sabe y calla, de quien conoce y mantiene el silencio de la discreción… Somos los humanos tan necios que nos comportamos como si fuéramos santos varones y santas mártires, como si nuestra vida fuera ejemplo, como si pudiéramos levantar la mano y lanzar la primera piedra porque nos creemos libres de pecado. Y aquí, por suerte o por desgracia, libre de pecado ya no queda nadie. El pasado puede explotarnos en nuestra propia cara. Basta que apretemos las tuercas, que nos afanemos en la dilapidación de otros para que haya una mano que blanda el pergamino en el que están escritos nuestros pecados, esos por los que vendimos nuestra alma al diablo para que jamás se conocieran, y olvidamos (de nuevo olvidamos) que el diablo se vende al mejor postor y pudo haber entregado nuestros secretos más indignos a nuestro peor enemigo, ese que espera pacientemente, el que sabe que todo llega, que puede llegarle su tiempo y su hora y subirnos al cadalso para poner nuestra cabeza en la guillotina… Nadie ve la viga en ojo propio, la necedad nos lo impide, vemos la paja en el ojo ajeno porque así es más fácil redimirnos de los pecados cometidos por nosotros mismos, porque culpando a otros intentamos dictarnos la sentencia de la inocencia, y olvidamos (de nuevo) que la vida es larga, que no es cuestión de diez años atrás, que cuando se ha conseguido la cincuentena tenemos muy largo recorrido y que este mundo que creemos enorme, en el fondo, es sólo un pañuelo (que también dice otro refrán)…

23 ago. 2016

NO BASTA UNA FOTO... (Llamada a la solidaridad)

"NO BASTA UNA FOTO"...Buenas tardes... Los últimos días Facebook se ha llenado de fotos en blanco y negro, todas hemos sido muy generosas apoyando la Lucha Contra el Cáncer subiendo fotos en blanco y negro, yo también lo he hecho. Queda muy bien solidarizarse con una causa tan justa como dolorosa, nos hemos ocupado de seguir la cadena y hacernos el favor de aparecer en blanco y negro. Con la frase "Reto Aceptado" hemos tranquilizado nuestras conciencias. Yo me he ganado más de un reto al pulsar Me Gusta en las fotos de amigas, he subido mis fotos en blanco y negro correspondientes, me faltan algunos retos por aceptar, así que... esta foto que aparece en esta entrada es especial, con ella digo RETO ACEPTADO y aúno en ella todos los retos que no cumplí, pero también con ella os pido, como Presidenta de la Junta Local de Huelma de la AECC, la generosa aportación para actuar realmente, para luchar contra el Cáncer, para que no se quede todo en blanco y negro, sino que todas las fotos de las personas que están pasando por una enfermedad tan cruel, tan destructiva, tan aniquiladora tengan color, no sean en blanco y negro. Las mañanas de los días 27 y 28 de Agosto la Junta Local de la AECC en Huelma realizamos nuestra Jornada de Cuestación en el Pabellón de la Expo de Huelma. No pedimos nada para nosotras, no pedimos nada para ninguna Hermandad, ni para ninguna Asociación de Vecinos, pedimos para ellas, para ellos, para nosotras, para vosotras y vosotros, para los y las que la han padecido, por las personas que, por desgracia, la padecerán. Pedimos para la VIDA... No nos deis la espalda, no paséis de largo, no os hagáis los despistados. No basta una foto en blanco y negro, no basta subir y copiar estados en los muros recurridos y recurrentes de una red social, no basta creernos solidarios si, cuando nos ponen una hucha, miramos mal, pasamos de largo, criticamos a quienes portan esas huchas. Nos cuesta ponernos delante vuestro y pediros, pero lo hacemos porque creemos en la generosidad de la gente por una causa que nos afecta a todos y todas. No nos miréis mal, no hagáis comentarios insultantes, no nos humilléis con vuestras miradas, nos cuesta pediros, vencemos el pudor que da la virtud petitoria... No basta una foto... Luchemos en serio, luchemos de verdad. No importa cuánto, 20 céntimos no son nada pero ayudan a otros 20 y juntos forman 40 céntimos, y todo junto hace mucho, un grano no hace granero, pero ayuda al compañero. No os pedimos una cantidad elevada, sabemos de vuestros esfuerzo, tal vez, si ahorramos en una chuche a la salida, podemos ayudar un poquito, porque nadie sabe lo que la ruleta depara a la vuelta de la esquina. La AECC investiga, apoya psicológicamente, económicamente, cede espacios y personal, cuenta con voluntarios que intentan hacer más fácil el recorrido espinoso de la enfermedad... Por favor, respetadnos porque respetándonos estáis respetando a quienes sufren, a ellos y a sus familias, y ayudadnos, porque ayudándonos nos ayudamos todos, os ayudáis y ayudáis a quienes, en esos días de Feria estarán en hospitales, a los que cerrarán los ojos y apretarán los puños para continuar la lucha, a los que se benefician de vuestro donativo, pequeño y grande. Haceros socios, socios reales de una Asociación real, la primera que se preocupó de la detección precoz del cáncer de mama cuando la Sanidad Pública no lo hacía, la que ahora lucha por controlar la detección precoz del cáncer de colon.... Nos os pedimos mucho, pedimos muy poco, y sobre todo pedimos respeto. Tal vez haya quien se extrañe que se pida respeto, pero quienes hemos portado huchas y nos hemos acercado con nuestra sonrisa, en ocasiones, hemos recibido reprimendas, gestos agrios y malas palabras. Nosotras somos ellas y ellos, somos todas y todos los que viven la incertidumbre y recurren a la ayuda solidaria y generosa. Gracias en nombre de mis compañeras, gracias en el nombre de todos, gracias en nombre de la AECC... No basta una foto.