19 ene. 2017

ENVIDIA, IRA Y SOBERBIA... PECADOS CAPITALES (Reflexión personal)

En estos tiempos que corren, tan cibernéticos, tan virtuales, tan anónimos y tan seudónimos, llenos de perfiles falsos y sin fotos, con fotos prestadas, con fotos ajenas, estamos cayendo en el gran error de creer y/o pensar que todo puede pasar inadvertido, tolerado y permitido. Nos hemos acostumbrado, peligrosamente, a culpar, insultar, vilipendiar y acusar a través de muros, perfiles, mensajes y comentarios, hemos olvidado el calibre y el alcance de palabras que, pensamos, quedan impunes porque tapamos el rostro e inventamos un nombre. Creemos que lanzamos la piedra, escondemos la mano y nadie nos ve ni nos sospecha, ignoramos la inteligencia o insultamos las inteligencias ajenas suponiendo que no se sabe. Damos tan poca importancia a las mentes ajenas que nos creemos dioses y/o diosas habitando un Universo desde el que permanecemos inmunes (o eso creemos) a las medidas legales o palabras autorizadas de quienes nos hemos permitido humillar. Olvidamos que, cuando se acusa, cuando se humilla y (lo que es peor) cuando se atenta contra el honor, estamos obligados a demostrarlo, de lo contrario la parte afectada puede sentarnos en un banquillo y exigir que demostremos lo que hemos aireado con demasiada soltura. Nos hallamos en un mundo en el que parece que todo vale, olvidamos que no es así. Y luego está el movimiento de “retranca”, esto es, ese movimiento que hacemos hacia quienes sabemos que hemos zarandeado como si nada hubiera pasado, acercando posturas con el deseo de que la persona ignore lo que hemos hecho, olvide, o nos dé el beneficio de un perdón que no va a llegar cuando la ofensa ha sido de dimensiones tan enormes como el Cosmos para la persona abatida a golpe de infamias. Por mucho que nos jorobe, en este mundo virtual y en el real, no todo vale. No podemos injuriar y dañar al honor y luego irnos de rositas, precisamente, con una persona de las que hemos hecho diana de nuestros despechos, no sólo de rositas, no podemos irnos ni siquiera a comer, no podemos pretender que una persona a la que hemos dañado moralmente se siente frente a nosotros en una mesa, haga como que nada ha pasado sencillamente porque esa persona apeló a su derecho al silencio. Ya, en estas redes de Dios, tontos quedan muy pocos, y lo peor es que lo escrito escrito está, como diría aquel Pilatos cuando crucificó a Cristo. En un momento en el que los juzgados están atiborrados de denuncias por la más leve frase contra el honor, deberíamos de andar con cuidado, cuando se acusa se tienen que tener pruebas, un ordenador puede ser bicheado por las fuerzas del orden, por jueces, por abogados, hasta llegar a quienes infaman, calumnian y denigran, atentan contra el honor sin pruebas, y que, en el caso de tenerlas han cometido otro delito más, el de violación de la intimidad y de la privacidad, y en este último caso hay pena de cárcel. Somos tan prepotentes que nos creemos a salvo detrás de un seudónimo, olvidamos que tenemos una dirección legal informática… Olvidamos que los demás no son culpables de nuestras desgraciadas vidas, de nuestras soberbias ni de nuestros despechos. Hemos hecho de las redes el escaparate para desfogar las iras y nos quedamos con el culo al aire. Y lo peor, como digo, es el intento de anexionar a quien hemos utilizado como diana o a sus allegados. ¡Qué fatuo puede ser el ser humano! Uno de los peores defectos de la persona es no saber canalizar la rabia, creerse por encima del bien y del mal, absolverse de sus propios pecados y de sus propias miserias para culpar a terceros. Es mucho más fácil. Si culpamos a los demás no tendremos que hacer un examen de conciencia, ni tan siquiera una visita al psicólogo, porque, visto lo visto, en estos mundos, la locura y la demencia comienzan a pulular como Pedro por su casa. Luego está el agobio telefónico, sin sopesar ni tan siquiera que se puede acusar de acoso, por lo que una situación que se presenta como algo personal se puede llegar a convertir en una retahíla de delitos, llegado a lo cual, lo único que podemos hacer es rezar para que nuestros objetivos no tomen las medidas legales oportunas… La soberbia es muy mala, tanto como la envidia, y es que ambas entran en los Pecados Capitales, como la ira. Cuando los tres pecados se unen pueden ser una bomba contra nosotros mismos. Intentar culpar a los ajenos de nuestros errores no sólo es deprimente, puede ser irrisorio, nos puede llevar a querer manejar las vidas de los demás con improperios que, sinceramente, a nadie importan más que a quienes los profieren. Estos mundos son irreales, tanto como el humo, y cuando alguien sólo tiene humo y sospechas tiene bien poco. Mucho más patético resulta ya el querer ignorar todo el daño cometido cuando se comprueba que no se pudieron mover hilos y se quiere aquello de “aquí paz y luego gloria”, una persona que ha sido acusada, acosada, culpada e insultada rara vez olvida los daños, cosa distinta es que mantenga la dignidad de “no ofende quien quiere sino quien puede”, y mucho más cuando se ha tomado a una tercera persona como lanzadera para destrozar vidas… Soberbia, envidia e ira, la mezcla perfecta para que nos volvamos crueles y miserables. Hay quien levanta la mano y “perdona”, pero puede que la próxima vez no lo haga y saque sus armas, y nos encontremos que, esos Pecados Capitales nos pasen la factura legal. En internet queda todo, en la vida real también, cuando se escribe una letra escrita queda, cuando acusamos debemos de tener todo un arsenal de pruebas, y lo peor, cuando no tenemos derecho sobre las personas a las que acusamos y sobre su libertad personal nos estamos exponiendo a que, con nosotros, se haga lo mismo… Deberíamos de saber aquella frase cristiana del Yo Pecador, “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, porque, sinceramente, lo que pasa en nuestra vida, la mayoría de las veces es por culpa nuestra, por mucho que nos duela reconocerlo.

14 ene. 2017

CUÁNTO MÁS SABEMOS MÁS GRANDE ES EL DOLOR... (La Niña Rota)

De vez en cuando alguien decide regalar una sonrisa, en esta ocasión me la ha regalado María Loreto Navarro. Que alguien de su envergadura literaria se digne leer mi novela y dedicarle tiempo es un honor que me hace ser feliz... Un empujón en días que, en ocasiones, son un poco duros, os dejo la reseña completa, podéis leerla en el blog http://lamagiadelosbuenoslibros.blogspot.com/2017/01/resena-la-nina-rota-de-encarni-barrera.html o en la página literaria La magia de los buenos libros... Gracias por dedicarme algo que jamás podré devolver: tiempo... Encantada y feliz con estas palabras. 




Sinopsis



Lola, Adora y Adela, tres mujeres de la misma familia, tres generaciones que entrelazan una historia entre la miseria de postguerra y la mentira arrastrada para poder seguir respirando cuando la vida niega el aire. Vidas arrastradas por las coincidencias del destino, ese que hace de las casualidades el medio por el que dejan de tener sentido las decisiones humanas. No importa dónde nos escondamos, lo que tenga que ser será...

Comentario


Desde que vi a Encarni Barrera anunciar la publicación de esta novela, me entraron muchas ganas de leerla porque el tema que trata y sobre todo, la época en que comienza a desarrollarse la historia, me llamó la atención pues, como vengo de una país del otro lado del charco en el que vivimos bajo un régimen militar durante diecisiete años, en donde el nombre del General Franco era muy mencionado por el entonces presidente de la República, Augusto Pinochet, una parte de la historia que viví siendo una niña, imaginaba que la de España, que también se estudia en Chile, no iba a ser muy diferente de la mía y de mi país.

Seguramente para los nacidos en este país, debe resultar repetido, no así cuando al que lee le fascina la historia real y lo bien que un autor utiliza la misma en beneficio de sus propias creaciones.

Dicho esto, no puedo decir otra cosa de esta novela que no sea que me encantó, sí, porque la autora supo desarrollar las vivencias de tres generaciones de mujeres, vinculadas por la sangre: Madre, hija y nieta en un periodo histórico real, en que los que no murieron en el frente, regresaron para reinventarse.

Lola, una de las protagonistas, la que inicia la generación de mujeres, nos situará hacia fines de la guerra civil española. Cuando la gente rica que podía permitirse servidumbre en sus haciendas, comienza a trabajar en la casa de doña Leonor, quien también desgranará parte de su vida y sus propias vicisitudes, entre otras: el haberse casado con un hombre al que no amaba y vivir, en la sombra, la pasión verdadera con aquél que por circunstancias de la vida, no pudo convertirse en su marido.

La guerra, como decía unas líneas más arriba, destruyó a muchas familias: padres, hermanos, maridos, personas que murieron en el frente y que con sus partidas, terminaron de desmadejar la vida de las mismas. Tanto Lola como doña Dolores, sufrieron esa perdida, a una le arrancaron al marido y a la otra, al amante y un hijo.

Las historias la construyen los pueblos, decía el último presidente democrático de Chile pre periodo militar, Salvador Allende, y esto es justamente lo que ocurre en el pueblo donde transcurren los acontecimientos. Un pueblo como cualquier otro en donde todo el mundo conoce a todo el mundo, en donde el cura de la época, participa en cosas que nada tienen que ver con la espiritualidad, donde las monjas fueron atacadas,  la iglesia, casi destruida y, en donde las almas, buscaban un poco de paz en medio de tanto dolor.

Los años pasan y no pasan en vano. Tras algunos ir y venir de la primera protagonista, pasa el testigo a su hija y es ella, quien seguirá contándonos su propia historia, no muy diferente de la de su madre. Tal parece que en algunos casos, ya no tan solo de ficción como lo es en este, sino que en la vida real también, la desdicha y la mala suerte se van transmitiendo de generación en generación. Adora tendrá que revivir algunas vicisitudes que su madre también vivió, además de casarse con quien no ama en realidad. Mientras tanto, la vida política continúa. El primer escenario, en el cual se comenzó a desarrollar esta trama, ya no es el mismo pero, los hijos no reconocidos, las herencias y el parentesco entre algunos, serán solo la punta del iceberg.

Y por último, la nieta Adela, quien aparece en escena varias veces pero retoma siendo ya una mujer a punto de casarse. España recupera poco a poco la normalidad tras la muerte de Franco y, las elecciones democráticas son una realidad y no parte de una quimera perseguida durante tantos años.

Haber leído este libro, ha significado que me involucrara directamente con los sentimientos de sus personajes así como también, el reconocer la abundancia vs. la pobreza existentes en muchos hogares. Me ha impresionado también, la sencillez con que esta autora describe los episodios, tan de cerca, que a veces me daba la sensación de que en cualquier momento, iba a convertirme en uno más para advertirles lo que se les venía encima. 

Una novela que desarrolla sin grandilocuencias, los avatares del destino que les tocó vivir a estas tres generaciones de mujeres en una España muy diferente de la que conocemos hoy en día y en que lo más complicado era, simplemente, sobrevivir.


A veces, las circunstancias y un destino que parece haberse escrito con mala letra mucho antes de nacer, se ponen de acuerdo para hacer las cosas más difíciles a estos personajes que intentan, relatarnos desde el corazón y con la perspectiva de los años, los sucesos acontecidos en ese periodo de la historia. En realidad, solo querían seguir viviendo, haciendo sus vidas, simplemente, ni más ni menos que eso.

Esta novela, tiene muchas no, muchísimas frases que van dejando huella a lo largo de su lectura. He rescatado algunas que dejaré aquí, tengo la suerte de poder dar sentido a cada una de ellas así es que los animo, a que se hagan con el libro y disfruten de su lectura completa.

«La vida no entiende de guerras, ni de muertes, ni de hambre, ni de miserias, la vida solo entiende la Vida.»

«…El luto de las más mayores las hacía viejas irreconocibles y a las más jóvenes se les había robado la belleza para reemplazarla por ojos secos y labios sin color…»

«Quizás solo era necesario dejar que el viento soplara, que arrastrara en un vaivén lo pasado, lo que ocurrió en un tiempo muy breve, muy cercano, muy dolido. Bastaba una ráfaga de viento para dejar ir lo que pesaba y poder caminar de nuevo sin viejas cargas…»

«Nada se olvida mientras haya una sola mano que recuerde un tacto, nada termina hasta que los ojos se cierran y la tierra acoge, y, ni aún entonces, lo que quedó atrás tiene dicha su última palabra.»

«De nada sirve martirizarse, hay coincidencias mortales que, si se analizan, en ocasiones lo mejor es callar y andar… hacer que no se oye, que no se ve, que no se sabe, cuanto más sabemos más grande es el dolor…»




Algunos datos sobre la autora: Encarnación Barrera Fernández, nació en Montejícar (Granada) el 18 de septiembre de 1964. Cursa sus estudios de Técnico de Administración en el Instituto Sierra Mágina de Huelma (Jaén), población en la que reside desde hace veinte años. En el Instituto Encarni participa en el grupo de teatro junto a sus compañeros. 

Escribe desde niña, su afición por la literatura la deja aparcada por su trabajo y para dedicarse al cuidado de su familia. 

Aunque se declara una enamorada de la poesía, y tiene algunos poemarios escritos es con novela con lo que se decide a presentarse ante el público. Tras escribir su primera novela larga, «Sentimientos enviados» que no publica, ve la luz en Diciembre de 2012 «Las manecillas del reloj», novela a la que se le dedican algunos artículos en diarios provinciales y que va por su segunda edición. «El infierno cabe en un suspiro»  y «La niña rota» es la tercera novela publicada y quinta registrada.


Gentileza Libro: Editorial Círculo Rojo



13 ene. 2017

EQUÍVOCOS VARIOS... (Reflexión íntima)

Llevo un día un poco ajetreado por esto de las malas interpretaciones, los despistes, las situaciones sentimentales y su puñetera madre que rondan por la red social por excelencia: Facebook. Esa red en la que me muevo, publico, me río, disfruto, comparto… y en la que, según parece, equivocarse desde las minúsculas teclitas táctiles de un móvil puede liar la de Dios es Cristo. Facebook tiene esas opciones para que se proclame si se está casada, soltera, viuda o monja (como rezaba aquel juego infantil de antaño), o algo así, varias opciones que se pueden compartir, se supone que si estás casada no tienes una relación, si estás soltera tampoco, es decir, estar soltera quiere decir que no sales con nadie, tener una relación quiere decir que compartes cama o casa o las dos cosas y estar casada es morirse del asco, ya que se niega que vives en una relación, porque si se pulsa la opción de “estoy en una relación” no es compatible con estar casada… Sí, es un lío de tres pares de coj… Así mismo… Y por haber intentado anular la opción “casada”, y por un despiste desconocido e involuntario, aparecer “estoy en una relación” llevo al teléfono desde anoche dando explicaciones a mis amigos, que se tiraron al teléfono a pedirme explicaciones… La cosa tiene un poco de guasa, es verdad. A mí la primera llamada me dio por reír, en la segunda reí un poco menos. Pensé eliminar la situación sentimental que me había llevado a ser protagonista como famosa del Hola de los cotilleos de mis amigos, pero me hizo gracia, decidí dejarlo para ver hasta dónde se llegaba… Y se llegó. El whatsap echando chispas, el teléfono, el Messenger, sms varios… Cuando me cansé de explicar (que fue bastante pronto), comencé a pensar en lo ridículos que podemos ser, no tengo que pedir perdón por pensarlo porque así se lo hice saber a quienes me preguntaron. Ridículos con todas las letras. ¿Nos hemos creído que la situación sentimental que publicamos en Facebook es real? ¿Nos hemos creído los títulos universitarios que se exhiben en Facebook? ¿Nos creemos las universidades a las que conocidos nuestros dicen haber asistido? ¿Nos creemos los trabajos que editan o editamos en Facebook? ¿No conocemos a nadie que estando soltero aparece como casado y viceversa? Somos ridículos… ¿Alguien que me conozca cree que yo iba a publicar mi situación sentimental en Facebook si hubiera cambiado? ¿Y si lo hiciera? ¿A quién importa, realmente, si mi situación sentimental ha cambiado? ¿Por eso sería peor amiga, peor madre, peor hija, mala mujer, dejaría de escribir, entraría en estado comatoso una servidora o el resto del mundo? Hay quien sí, hay quien hace de su muro un periódico dedicado a sus conocidos, amigos y familia, por donde, clara o indirectamente va dejando sus noticias. Yo las mías las dejo claras, las que sé que debo, las que sé que no afectan a mi intimidad, las que sé que son gratas, las que sé que son bonitas de compartir… Pero, desde luego, mi situación sentimental no está incluida en ese listado. Me ha resultado chocante el número de “Me gusta”, si se hubiera publicado una boda, seguramente, se hubieran disparado los “parabienes”, pero seguimos estando en una sociedad en la que cambiar de situación sentimental conlleva la extrañeza, la incógnita y el análisis, nos quedamos pensando en posibles razones, y eso nos frena la capacidad de reacción. No nos preguntamos si se será más feliz con la nueva situación, si tuvimos motivos, si hemos sido liberados o liberadas de cargas… Un simple error puede dar lugar a una inquietante retahíla de observaciones curiosas que han conseguido ponerme una sonrisa, reírme con algunas preguntas recibidas tipo “¿Qué ha pasado?” (risas varias). ¿De verdad alguien cree, por muy cercano que sea, que voy a dar explicaciones sobre mi vida privada? ¡Qué mal me conocen! Delimito muy bien lo que es una foto personal, sola o con mis hijos, de lo que son mis sentimientos, mis actos privados y mis sentimientos. Todo esto puede tener diferentes lecturas, cada cual tendrá la suya, yo me quedo con el rato de risas, con un poco de enfado, no me gusta que se me inquiera sobre decisiones que considero personales, sean las que sean, y, por supuesto, ya dicho queda, que no voy a proclamar, ni tan siquiera insinuar mi situación sentimental, dejo a la libre imaginación ajena el trabajo de crearla, pero eso sí, por favor, cuando veamos algo en Facebook o en cualquier otra red social no olvidemos que no deja de ser un mundo virtual, que hay quien lo usa para distraerse, publicitarse, darse a conocer, estar en contacto y cercanía con quienes siguen un trayecto, dejar entrever que todos tenemos una vida real, con hijos reales, amores reales, familia real, sirve para denunciar injusticias, para convocar eventos interesantes, y hay quien la usa como sala de prensa personal, lo último no es mi caso. Por ese motivo tranquilizo a mis amigas y amigos, mi situación sentimental es la que yo he decidido, y aviso de que, en ningún momento voy a publicar cambios en redes sociales, me reservo el derecho a guardar silencio (risas) y, naturalmente, así va a seguir siendo… Recuerdo que tengo teléfono, que puedo informar a quien considere que debo de hacerlo, que puedo narrar de viva voz cualquier situación que suceda en mi ámbito más íntimo, que mis allegados pueden relajarse y mis enemigos decepcionarse, no voy a publicar nada que pueda menoscabar lo que, en el ejercicio del derecho a la libertad que poseo, yo considere situaciones emocionales, sentimentales, familiares y personales, ya que todas ellas pertenecen a mi intimidad y a mi privacidad… Ya que he dejado más tranquilo al personal me retiro, voy a seguir repasando preguntas divertidas de las que fueron formuladas tras saber que “estar casada” no incluye tener una relación, que (con perdón) manda huevos… Hasta donde yo creía, quienes están casados viven en una relación, estar soltero no implica no tener pareja, y eso de “es complicado” todavía estoy intentando descifrar lo que quiere decir. Como advertencia última, tened cuidado lo que pulsáis, si hubiera la opción de “he matado a alguien” podríais terminar en la cárcel… Mejor reír que llorar, esto de la tecnología es un sin vivir…

ESTAMOS DE REBAJAS... (Reflexión con cierta guasa)

Han llegado las rebajas, esa etapa invernal que luego se repite en verano, la que nos pone un poco locas y desquiciadas, aunque últimamente también los muchachos jóvenes del sexo masculino se tiran cual cabra a chaparro en busca de gangas, es decir, nosotras, que, según parece, nos hemos pasado la vida intentando copiarles a ellos, hemos inoculado lentamente en nuestros hijos el virus consumista del chollo, ya era hora de que algo les inculcáramos, aunque sea esta fiebre por el trapo dos veces al año, a pesar de que ahora, con esto de la crisis, los establecimientos marcan sus gangas de vez en cuando. Las rebajas es esa cosa, que no se sabe muy bien a qué resorte responde, huracán gracias al cual nos echamos a la calle mirando escaparates, poseídas totalmente, asaltamos los establecimientos, codeamos a la señora de al lado sin importarnos demasiado si es mayor, porque si es más joven no tenemos inconveniente en soltar eso de “¡Qué se habrá creído esta niñata!” apelando al derecho al respeto por edad que nos merecemos las señoras de mi generación y alguna generación más atrás. Recorremos estantes, nos cogemos zapatos, los probamos, nos van de muerte, bueno, nos van de muerte en el establecimiento, léase grandes almacenes o zapatería de barrio o zona comercial, porque luego, una vez en casa, nos damos cuenta de que los zapatos nos vienen grandes o pequeños, de que no nos gustan, pero los almacenamos por si acaso, el “por siaca” es muy recurrente en época de rebajas. Solemos comprar prendas divinas, que, al igual que los zapatos, luego, una vez miradas y probadas en casa no tienen el mismo efecto. Yo he llegado a pensar que los grandes almacenes, en época de rebajas, exorcizan los vestidores para que los espejos nos devuelvan la imagen de Pilar Rubio, una vez fuera el resultado es otra cosa. Perdemos el sentido de la educación, nos aferramos a la prenda mirando amenazadoramente a diestra y siniestra, es nuestro tesoro, nadie debe osar arrebatárnoslo. Salimos de los grandes almacenes con un gorro que nunca nos pondremos, una falda una talla más pequeña, dos camisetas que no es que nos gusten, pero el precio era escandaloso, un vaquero que se rebajó dos euros menos de su coste inicial, un vestido de la temporada pasada pero que nos han vendido como la última tendencia, llegamos a casa con nuestras bolsas, sonrientes, las dejamos caer en la cama, respiramos, no miramos los tickets, porque a nuestro santo compañero le hablaremos del dineral que nos hemos ahorrado, aunque, eso sí, nunca confesaremos que compramos prendas que no nos hacían falta, que algunas nos quedan como a un santo dos pistolas, que hemos mirado con odio a una señora mayor por culpa de un fular igual al que ya tenemos, que hemos arrancado de las manos de una jovencita un top que no nos cabe, todo eso son daños colaterales que hay que pagar para poder disfrutar de un día guerreando entre trapos y complementos. Las rebajas son la leche, y si no paseemos nuestra vista en fin de semana por firmas de cierto renombre, las de gran renombre todavía nos quedan lejos, encima el tiempo ha acompañado, los fríos polares todavía no han llegado, por lo que encontramos chaquetas y chaquetones, abrigos y jerséis de lana a precios que consideramos asequibles. Luego, cuando se nos pasa esta fiebre momentánea que acompaña a las gripes invernales, nos damos cuenta de que, tal vez, sólo tal vez, nos hemos pasado “un huevo”, que se dice ahora. Pero somos felices. Luego llega el día de después, porque ya se sabe, toda subida tiene su bajada, y la lógica nos llega cuando hacemos cuentas y descubrimos que nos hemos gastado más en prendas que no nos son necesarias de lo que hubiéramos gastado en lo justo y necesario, pero estamos de rebajas. Hay escenas verdaderamente cómicas, basta que observemos a nuestro alrededor, señoras (entre las que, por supuesto, nos incluimos) que van de un stand a otro, de un perchero a otro, con una velocidad increíble, amigas que se gritan unas a otras desde esquinas opuestas cuando se descubre una blusa “divina de la muerte” y un pantalón que nos va a entrar sí o sí, ya tuviéramos que tirarnos en el suelo para abrocharlo, porque, por desgracia, los probadores todavía no tienen camas. Salimos chocando con otras clientas que van cargadas de bolsas, igual que nosotras, que, seguramente, sientan la misma satisfacción personal cuando cruzan la puerta hasta la calle y pasean orgullosas sus adquisiciones. No debemos olvidar comprar algo para el compañero, pareja, marido o santo varón que comparte con nosotras el día a día. Así, mientras él mire el batiburrillo formado encima de la cama con prendas femeninas entre las que se incluyen bragas, medias, sujetadores y bolsos, podremos decirle aquello de “a ti también te compré algo”, y sacaremos felices una corbata que usará no se sabe cuándo, una gorra aunque nunca se la ponga, algún par de calcetines, o una bufanda que hará compañía a la del año anterior, que todavía conserva la etiqueta… Pero somos felices, lo hemos pasado bien, nos sonreímos colocando las nuevas prendas, y, si el fin de semana siguiente alguna amiga sugiere que la acompañemos a la rebajas olvidaremos todo lo que hemos comprado, porque, a buen seguro, volveremos a encontrar “algo” que nos hace falta, nunca sabremos el qué hasta que lo tengamos delante, es lo que tiene no necesitar, pero lo bonito es que hemos salido ilesas de codazos, miradas retadoras, improperios varios, y que además, generosas nosotras, hicimos muy feliz al hombre de nuestra vida… porque lo bueno que tenemos las mujeres, y mucho más las señoras a cierta edad, es que hemos aprendido a ignorar las miradas acusadoras de quien no tiene ni idea de lo divertidas que pueden resultar las compras en época de rebajas.

9 ene. 2017

YO BLOQUEO, YO DESBLOQUEO... (Reflexión virtual-personal)

Estas redes de Dios tan complejas y tan rutinarias guardan verdaderos secretos, de esos que para descifrarlos necesitaríamos un esquema cerebral de algunos usuarios. De todo hay en la viña del Señor, entre los diferentes especímenes que habitamos por estos mundos está el usuario que, de repente, utiliza las redes para proclamar y declamar las situaciones personales encubiertas, enmascaradas en memes, aunque luego recurra a una que reza “Lo que pongo en mi muro no tiene que ver con mi vida”, cuando, a ojos vista, todo el entorno sabe y resabe que así es. Entonces comienza la guerra dardística (de dardo, nuevo palabro de una servidora) en la que se comienza a pensar qué puede ser de interés público y qué de interés privado, se hace recorrido, se eliminan memes que se subieron en un momento de debilidad emocional o por tocar las narices, que de todo hay. Supone el usuario que eliminando el meme en cuestión todo está olvidado, olvida que, gracias a la tecnología punta, hay capturas de pantalla, lo que comúnmente se denomina “pantallazo”, y que cualquier persona puede haber capturado lo que se subió sin pensar, o pensándolo, o sabiendo que iba a fastidiar un poco. Y es que, a veces, nos enteramos por las redes de situaciones personales un poco delicadas, de estados de salud (yo misma he avisado hoy de que tengo las lumbares un poco perjudicadas), nos enteramos de embarazos, de nuevas relaciones, de paternidades, de fiestas familiares, de fallecimientos… en fin, nos enteramos de todo lo que cada usuario quiera comunicar, aunque luego, en un arranque de lógica, retire dicho cartelito, dicha fotito o dicho meme. Están los que piensan que lo mejor es bloquear a fulanito o menganito, “porque no quiero que pueda ver que lo paso bien”, para no dar opción a que fulanito le recuerde que puede hacer lo que le dé la gana cuando sea el susodicho usuario quien lo pase bomba, entonces el bloqueo es lo mejor, luego meditamos, nos damos cuenta de que bloqueando también nos privamos de espiar, así que desbloqueamos en una carrera contrarreloj para que fulanito no se dé cuenta. Olvidamos que en el transcurso de unos minutos fulanito puede haberse percatado del bloqueo y puede haber estallado en una carcajada, porque, cuando se nos conoce bien, se sabe que será un bloqueo momentáneo, dada la naturaleza cotillera de quien bloquea. Primer paso dado, ya hemos bloqueado, hemos desbloqueado, hemos eliminado memes, fotos, cartelitos, hemos personalizado quién queremos que vea y quién no, y luego está el quitarnos de un plumazo a los “aledaños”, esto es, cuando alguien nos incomoda pero no queremos deshacernos de esta persona personalizamos los estados, pero queda “el resto”, amigos, familia, cercanos, todos aquellos que pueden estar viendo lo que subimos a nuestras redes, así que hay que hacer limpieza de tentáculos que puedan dar información que no deseamos. O, en otras ocasiones, aquellos agregados que no nos han dado la razón, que no se han puesto a nuestro lado, que no son adeptos ni adictos a dar “me gusta” en nuestras memes tan estupendas que reflejan claramente situaciones personales, hacemos limpia tan profunda que ni Don Limpio conseguiría tal estado de brillantez. Dejamos como una patena nuestro grupo de amigos, pero olvidamos que, anteriormente, los hemos utilizado para presumir de que somos intocables, de que intentamos anexionarlos a nuestra causa, de que pulsaron el “me gusta” cuando la lógica hubiera sido hacer ojos ciegos… Realmente este mundo virtual es demasiado complejo, crea mentes complejas, prepotentes, pero sobre todo, muchas veces, absurdas. Olvidamos que es bonito subir una foto en la que se nos ve felices sin necesidad de dar detalles personales, es decir, detalles tan pormenorizados que cualquiera pueda saber si estamos bien o mal, olvidamos que saber mentir es una cualidad a la que hay que recurrir, que no siempre nos levantamos de buen humor pero es gratificante dar los buenos días con alegría, olvidamos que una persona puede haberse desligado de su vida anterior y sin embargo puede seguir sugiriendo que es feliz, porque tal vez lo sea, olvidamos que no es necesario decir cuánto se sufre aunque se esté roto por dentro, porque todo eso, aunque no se diga, se deja entrever en tonos, en comentarios tales como “te cuento por privado”, cuando lo normal sería que no vociferáramos que vamos a contar por privado, sencillamente abrir el Messenger de la persona en cuestión y hablar con ella, sabemos que si lo decimos en público es porque queremos que fulanito o menganito sepa que estamos contando por privado situaciones personales que, en ocasiones, van unidas a otras personas. Por eso desbloqueamos. Para que esa persona sepa, porque somos así, porque tal vez no nos estén dando la oportunidad de desahogarnos a grito pelado y creemos que así fastidiamos, y olvidamos, también olvidamos, que fulanito o menganito pueden pasar tres pueblos de lo que estemos colocando. Es decir, actuamos según nos afectaría a nosotros deseando que a los demás les afecte de igual manera, y olvidamos que hay quien recoge un “pantallazo” para, en un momento determinado, poder poner frente a nuestros ojos lo ridículos que hemos sido, pero no porque les afecte. La verdad es que, visto lo visto, después de años en las redes, de publicar, publicitar, escribir, comentar, confesar, compartir, subir, bajar, eliminar, bloquear, desbloquear, he llegado a la conclusión de que la historia personal de cada uno es de cada uno, una foto no es una verdad, un estado no es una confesión, un comentario no tiene por qué ser real. Pero, mientras el usuario de esta historia se da cuenta, la vida, la real, la que podría estar viviendo, se le está yendo en bicheos, en espionajes, en creer que lo que ve en otros muros es real y alusivo a su persona, y olvida vivir. Porque lo que sí he comprobado durante todo este tiempo es que las redes nos están llevando a olvidar la lógica, pero sobre todo a olvidarnos de disfrutar de lo poco o mucho que la vida, en su generosidad infinita, todavía nos esté regalando.

5 ene. 2017

QUERIDOS REYES MAGOS... (Mi día de Reyes)

Imagino que todo el mundo en estas fechas, piensa, recuerda, observa, todos tenemos ese pequeño micro chip que nos hace estar más sensibles, evocar años que se fueron, desear, rogar, pedir que el año que se ha estrenado sea aquel que nos traiga todo lo que, hasta ahora, se nos ha racaneado por no se sabe qué misterioso azar. Hace mucho tiempo que yo no pido regalos de Reyes, nunca fui niña de grandes regalos, y me convertí en una mujer que tampoco los necesité, ni siquiera tengo esa envidia sana cuando veo a personas que los reciben, debo de tener bastante marcado el sentido de lo práctico y de lo necesario, porque de no ser así no lo entiendo. Paseo mi mirada en contadas ocasiones por escaparates. Unas noches atrás, en uno de mis paseos, me comenzaron a desglosar una lista extensísima de regalos que querían hacerme, desde unos pendientes, pasando por ropa, exterior e interior, algún complemento, desde un bolso a un fular, y yo, en ese sentido un poco estúpido, repasaba mentalmente la cantidad de todo que ya poseo, creo que no hay invierno suficiente para las bufandas que aglutino, no pasan de moda, no se estropean, por lo tanto siguen teniendo utilidad, lo mismo con los bolsos, las carteras, los pendientes… en fin, he llegado a la conclusión de que, conmigo, los grandes almacenes y las categorías “ías” (perfumerías, joyerías, floristerías, etc) comerían poco, llevaría a la ruina al comercio del regalo inexorablemente… Pero me gusta regalar, lo que más, eso sí que me gusta. Esta mañana me perdí, desaparecí del radio de acción de quien podría controlar mi salida, compré regalos, de esos por los que luego sé que recibiré una regañina, pero que me pondrá una sonrisa, no son grandes regalos, no suelo regalar viajes, ni coches, ni relojes carísimos, pero me gusta el detalle personal, ese que te lleva a una cartera simple, a un llavero grabado, a una pulsera personalizada, a un libro con dedicatoria. Y me siento feliz. Vuelvo a casa con mis bolsas de la mano y la sonrisa en mi boca. Supongo, porque me lo han dicho, que tampoco los destinatarios de los regalos necesitan nada, pero desoigo muy bien, soy una perfecta “desoyente”, cuando hace unos días me “advertían” de que no querían regalos sonreí irónicamente pensé que haría lo que me diera la gana, y así lo he hecho. Es Noche de Reyes, tengo un niño pequeño en casa, yo no necesito regalos, él tampoco, tenemos todo lo necesario para vivir, pero él tendrá sus regalos, pocos juguetes, he descubierto que mi hijo es de balones y deportes, guantes de portero, zapatillas de fútbol, poco más, objetos que le sean útiles, que también le haga ilusión desenvolver. Creo que hemos creado un mercado emocional en torno a nuestra sociedad consumista, hemos hecho creer a los hijos que les queremos según sean los regalos que reciben, que todo gira en torno a una fecha para regalar, en muchas ocasiones objetos que no serán tocados más que tres o cuatro veces, que tiraremos con el paso del tiempo, hemos desaprendido a mirarles a ellos y descubrir con qué sí serían felices durante mucho tiempo. Yo, libros, siempre aciertan cuando me regalan libros. Y vuelvo a recordar mi paseo de noches atrás, cuando se terminó la interminable retahíla de objetos que, se supone, gustan mucho a las mujeres, y yo, pasados unos minutos sólo dije, “para hacerme feliz, un libro”… Supongo que hay muchas personas así de básicas, de poco complicadas, y de las que, como yo, disfrutan regalando por el simple hecho de sonreír mientras desenvuelven un paquete pequeño que sólo contiene unas zapatillas de casa. Es Noche de Reyes. Y sí, como cualquier mortal yo también he pedido mi regalo: sufrir lo menos posible, no ya ser feliz, eso es algo que todos pedimos, yo quiero sufrir lo menos posible, pero sobre todo, que aquellos a los que quiero sufran lo menos posible, porque su alegría será la mía, porque a veces sufrimos con la desdicha de los que queremos, porque a veces somos felices en la medida en la que lo son ellos. No sé qué me traerán los Magos, por lo pronto, en esta tarde de cielo azul que amenaza con convertirse en fría noche, miraré los ojos de mi hijo, los ojos de las personas a las que quiero, pediré que me quede como estoy, no necesito más, no quiero más, lo tengo todo. Tengo salud, tengo unos hijos que crecen sanos y felices en la medida en la que la vida los deja, tengo una mano que me apoya, que me acompaña, unos ojos que me quieren, una madre que aún está presente, tengo un techo bajo el que guarecerme, comida que llevarme a la boca, ropa con la que abrigarme… y soy consciente de que hay muchas, muchísimas personas que carecen de todo eso. Así pues:
 “Queridos Reyes Magos:

 No sé si me porté bien, si lo merezco, pero sólo pido, en esta Noche Mágica, que me mantengáis de pie, con mis ilusiones intactas y mis pocas necesidades cubiertas… y, sobre todo, que no me arranquéis a quienes quiero, me costó mucho poseer la Vida a mi lado. Gracias por todo lo que este año me habéis traído, no esperaba menos. Encarni”.

29 dic. 2016

UN AÑO MÁS... (Resumen personal)

Se ha cumplido. Un año más que se va, un año más que se escapa entre los dedos, que deja sabor dulce y amargo, según los momentos. Yo estoy agradecida. Llegan las horas en las que repasamos el año, en el que, como diría mi padre, agradezco lo bueno y pido para el siguiente, como mínimo, todo lo bueno vivido, mejor todo lo que Dios quiera… Un año trepidante, en todos los aspectos, que se ha vivido entre nervios, entre risas, entre esfuerzos, entre kilómetros, entre páginas, entre besos, entre proyectos, entre esperas… Es decir, un año como cualquier otro. Un año que vio como “paría” mi tercera novela publicada, un año que me vio decir adiós a personas a las que quise, que me permitió el abrazo del reencuentro con personas a las que quiero, que llenó mis ojos de lágrimas de alegría y de tristeza. Un año en el que me he replanteado situaciones que no se sostenían, en el que he dado pasos que me han costado, en el que he convivido, como cualquier mortal, con la desgana a veces, el miedo muchas, la determinación casi siempre. He sido una pobre mortal más que ha visto cómo sus expectativas de antaño quedaron atrás, cómo las que nunca pensó que sucedieran han ocurrido, cómo la vida es a veces aventurera y decide ponerte los rápidos de las aguas que llevan hasta la catarata y te hacen saltar antes de llegar a ella… Un año en el que me he rodeado de gente maravillosa y otra no tanto, de gente que provocó sonrisas de conformidad y otras de ironía solapada entre los dedos. He sido feliz, he sido infeliz, he tenido dudas, he temblado de frío emocional, me he guarecido bajo el brazo de quien me protege y me acompaña, he besado labios con ansia y con deseo, con ternura y con entrega, he abrazado a personas que me han animado, que me han hecho llorar con sus palabras llenas de cariño. He sufrido la incomprensión, el chisme, la maledicencia, he dejado que resbale sobre mi coraza las palabras que podrían haberme dañado, he hecho examen de conciencia, he descubierto que jugué libre y limpio, he comprobado que supe callar cuando debí, he admitido que la vida me ha regalado vida, y sólo pido eso: Vida. Pido tiempo, pido momentos, pido sonrisas, pido respeto, pido espacio, pido calma… Pido vivir… Vivir porque tengo edad, y ganas, y planes, y lugares que ver, y mares que contemplar, porque deseo respirar el mismo aire que respiré este año, porque me quedan cenas compartidas, cafés charlados, paseos de la mano, miradas pendientes, letras que esperan, libros por leer y por escribir. Ha sido un año tobogán, con subidas llenas de esfuerzo y bajadas trepidantes, un año para coordinar vida, para llegar a acuerdos, para pisar fuerte, apretar los dientes, saber que todo cambia, se modifica, se transforma, para redescubrirme en tiempos pasados, para acoger y para animar, para escuchar y para defender… Se va un año en el que mis pies caminaron, corrieron, mis brazos se abrieron sobre montañas para cerrarse en torno a mi pecho, encerrando en ellos toda la ilusión del mundo. Me quedo con las personas que entraron a formar parte de mi vida, con las flores recibidas, las miradas de mis hijos, la presencia de mi madre, la paciencia de mis amigos. He sido feliz e infeliz, como cualquier mortal. He vivido desvelos, noches en blanco intentando poner orden en el barullo mental que me asaltó, noches en las que el llanto acudía y el corazón se aceleraba, noches inquietas pero sólidas, sin ápice de mover ni uno solo de mis sentimientos. Se acerca un año más, lo comenzaré con calma, en paz conmigo misma, asimilando lo vivido y dispuesta a vivir más, deseando que mi salud y la de los míos sea igual o mejor que la de este año, con mi lista de propósitos, esos de dejar de fumar (que prometo cumplir), bajar peso (que prometo cumplir), hacer de mis días sueños cumplidos, ver crecer a mi hijo pequeño, ver graduarse a mi hijo mayor, ver feliz a la persona a la que amo, ver a mi madre envejecer con los achaques de su edad y su eterna preocupación cada vez que viajo, sentir la voz de mi hermana narrándome vida, comprobar que mi sobrina se va haciendo mujer de pro y de bien. Sólo pido Vida, no pido más, lo demás está de más, necesito mis sentidos intactos y mi corazón latiendo, no necesito más, lo demás importa lo justo para subsistir, deseo seguir conservando mi ilusión por escribir, deseo que no me abandonen las ganas y no me visite el desamor, deseo sorprenderme con los pequeños detalles, seguir riendo a carcajadas, seguir tomando una mano y saber que todo está bien cuando lo hago. Deseo poder seguir besando con pasión y sin reservas. Mis deseos podrían ser que haya paz en el mundo, que todos tengamos trabajo, que no haya ni un niño sin pan, que el maltrato desaparezca, esos pequeños deseos que todos tenemos en mente siempre, y mientras todos esos se cumplen sólo quiero hacer de mi camino un recorrido lleno de serenidad. Le pido a dos mil diecisiete que me mantenga intacta la sonrisa, que sea capaz de avanzar con el miedo justo, que mis decisiones dañen lo menos posible, que mi cabeza esté lúcida y mi alma plena… y mientras deseo todo eso despido dos mil dieciséis con mis ojos llenos de añoranza, como siempre hice.

27 dic. 2016

COSAS QUE DEBÍ DECIRTE... (Con voz masculina)

Te mentiría si te dijera que sé cómo comenzar a hablarte de ella, ni de esto, ni de todo lo que conlleve recordar cada minuto pasado. Supongo que a los amigos basta con mirarlos a los ojos y sonreír para que sepan lo que se está sintiendo. No tengo ni idea de cómo se ha instalado dentro, en un lugar que ignoraba que tenía, poco a poco, a fuerza de conversaciones tibias en tardes perdidas, recordando viejos tiempos en los que yo fui un canalla y ella lloraba a escondidas para luego sonreírme. Supongo que es el peaje que tenemos que pagar los incautos que creemos que nunca nos dará miedo la pérdida. De repente pasa esto. Tener a mi mejor amigo al otro lado de la mesa, frente a un café, y que me pregunte cómo ha sido… No lo sé, ojalá lo supiera, porque sabiendo cómo ha ocurrido tendría el antídoto para vacunarme cuando el desamor aparezca, si es que decide aparecer. No me avergüenza confesarte que estoy enamorado… No, no es cierto… Lo estuve siempre pero no lo sabía, es la misma frase que le he dicho a ella en ocasiones, cuando me mira con un halo de desdén que me congela el alma, no por nada en especial, sencillamente porque pienso que, si alguna vez me mira así porque no me ame, me habrá destrozado el alma y las vísceras… ¿Tú crees en el amor eterno? Sí, ese amor estúpido del que hablan ellas, ese del que dicen que es para toda la vida y que dura desde toda la vida, pues, tío, creo que es eso lo que me ha pasado, que el azar ha decidido jugar en mi contra cuando yo no tenía ni idea de que llevaba un boleto en la cartera. No sé cómo ha pasado, o mejor debería de decir que no sé cómo ha vuelto a pasar. Igual es el karma, esa palabra tan de moda que me ha devuelto el bien por el mal que le hice. No se lo he dicho, soy de esos tipos duros que no responden con ternura, pero, chico, cada vez que la miro recuerdo cada una de los dardos que le fui clavando, ¿y sabes lo peor…? Lo peor es cuando me pregunta por qué… Por qué a ella no la tocaba, por qué a otras sí, por qué la dejé, por qué pasó, por qué, por qué, por qué… y soy incapaz de decirle que me dolía tocarla y hacerle daño, que ella tenía la inocencia que se adora pero no se mancilla, que ella era Ella. No sé cómo ha pasado, su voz calmada, sus risas, sus silencios, sus ojos, todo estaba en mí y yo no lo sabía, o sí lo sabía pero no quería saberlo. Ahora todos saben, creen saber, se preguntan, se responden, enjuician, condenan, comentan. Yo contaba con todo eso, pero ninguno la ha visto llorar en silencio, ni concederme el derecho para dañarla y confiar en que no lo haría, ninguno ha visto sus labios temblar de dolor, ni ha visto mis manos temblar de miedo. ¡Miedo! Un tío no debe de tener miedo, somos nosotros los fuertes, los que somos duros y no sentimos que nos dejen, los que no lloramos, los indiferentes, somos gilipollas, tío. Yo he tenido miedo, muchas veces, cien veces mil, mil veces mil, cada vez que se rompía en lágrimas y me decía que no era mujer para mí, ¿sabes cuántas veces me lo ha repetido…? Mil veces mil, y he suplicado, y he llorado, y he pedido. Y ahora estoy aquí, mi mejor amigo me pregunta por qué, si me lo preguntas es porque no tienes ni idea de cómo te puede acariciar el corazón una mirada, de cuánta calma puede darte una sonrisa, no tienes ni idea de cómo te hace sentir una voz que jamás te acusó, ni te culpó, que levantó la cara y miró al cielo cuando la verdad la partió en dos de dolor, que respiró hondo y dejó pasar horas para pensar, sin un grito, sin un reproche. No me preguntes por qué, no sé porqué, sé que volvió la primavera en aquel banco en el que pasábamos horas muertas, cuando yo soñaba con meter mi mano debajo de su falda y ella paraba el recorrido negando con la cabeza y la sonrisa puesta, la misma de ahora. No sé más que lo necesario para dar un paso más, para recuperar lo que es mío, era mío, fue mío, no sé más que la verdad, que no puedo vivir sin ella, y puedo jurártelo, lo he intentado. Cada vez que una discusión nos hundía me juré que ni una vez más, cada vez que no la he entendido, que ella no me entendía a mí, cada vez que le he gritado y luego he querido morir, cada vez que confirmaba que le estaba destrozando su cómoda vida, entonces dejaba pasar horas, y unos días, y me ahogaba. El tío fuerte, el duro, el que no siente, el frío, el pragmático, el egoísta… el egoísta, sí, lo soy, tanto que quiero que esté a mi lado, que despierte junto a mí, que se duerma enredada en mis brazos, que ronque mientras duerme, es lo que llevo deseando años. Y no te lo dije. Y no te lo conté… estas cosas que tendría que haberte contado, hacer una llamada y decirte, “Tío, me he enamorado” y reírme y dejar que te rieras. Esos fueron sus deberes. Un buen día me dijo que tenía que aprender, que cogiera una foto suya y repitiera mil veces “te amo”, y que luego, cuando terminara, cogiera su cara entre mis manos, la mirara a los ojos y se lo dijera en voz baja… Nunca lo había hecho así, nunca me lo pidieron, nunca lo necesité, como ella me dijo, en una de esas frases que resumían mi asquerosa vida, ¡sí, asquerosa!, “te acostumbraste a mujeres que se te abrían de piernas y creíste que eso era todo”… Lo conseguí, amigo… Hace dos días cogí su cara entre mis manos, le susurré “te amo” mirándola a los ojos y sentí que en toda mi vida había dicho una verdad tan grande… Y ahora que ya lo sabes, sal ahí, a ese mundo que nos juzga, que nos critica, que la señalan a ella, que se atreven a opinar sobre lo que no conocen y diles que viste mis ojos y en mis ojos estaba ella. No sé por qué pasó, sólo sé que en mis ojos, desde aquella vez que la miré por primera vez, se quedó ella…