16 oct. 2017

Marcha Solidaria en Huelma (Manifiesto final)

Buenas tardes, un año más y ya son cuatro. Un auténtico orgullo para esta Junta poder organizar un acto generoso y entrañable en el que, en la mente y en el corazón están ellas, las que están detrás de los lazos rosas y de las pañoletas, esas que, sin avisar, un buen día descubren que algo ha cambiado en su vida y en la de los suyos, y aprietan los dientes, y sonríen, y hacen que todo va a estar bien, y luchan… Y su lucha es nuestra lucha, porque ellas somos todas, una a una, cada una de las que estamos en esta plaza, cada mano que ha portado un globo por ellas y por los suyos. Cuando el cáncer se instala en una madre, en una hermana, en una hija, se instala en todas las mujeres que lo rodean. Maldita palabra que nos hace llorar con y por ellas, pero también sonreír cuando todo termina bien, porque, estoy segura, estamos seguras, todo irá terminando bien. No es más que un camino un poco más difícil, un poco más complicado, un poco más oscuro… pero hay esperanza, de eso nos ocupamos nosotras, ellas, las que están detrás, y nosotras que estamos a su lado. Es un día especial este día, debemos de celebrar la vida, la que ellas se beben a largos tragos porque saben que de un trago corto depende todo. Y sonreír, y agradecerles el ejemplo de fortaleza, y escucharlas, y animarlas, porque su ánimo es el nuestro, y coger sus manos que son manos fuertes y suaves de mujer que hace cara. Celebrar su vida y la nuestra, su lucha y su fuerza, y su amor y su sonrisa. Y no desfallecer jamás, porque si nos rendimos ellas se rinden, no podemos dejarlas solas, ni olvidarlas, ni ignorarlas, ni tener miedo. El cáncer se vence así, de cara, con nuestras manos empujando y nuestra ayuda ayudando. Agradeceros vuestra colaboración siempre, es importante la empatía, empatizar con quienes están al pie del cañón, en una camilla, en un sillón de quimio, en su casa después de una dura sesión, las que nos cruzamos en la calle y nos cuentan. Agradeceros vuestra solidaridad con ellas, porque solidarizándonos con ellas nos ponemos en su piel. No se termina la vida, la vida comienza hoy, comienza cada día para ellas, comienza y se renueva en sus ojos y en sus ganas de vivir. Estamos aquí por todas, por nosotras, las que hemos visto y sufrido su dolor, a veces su partida, otras muchas su salida. Seguiremos estando aquí, pidiendo que el 19 de Octubre no tenga que celebrarse porque se haya vencido. Seguiremos dando los pasitos cortos pero seguros, sabemos que la ruleta nos puede sorprender pero sabemos que tendremos a todas detrás. Al cáncer se le vence así, sin frasecitas en redes sociales, sin compartir emotis de corazones, sin cadenas ficticias de esperanza. El apoyo es este, el que todas las que estáis aquí dais, apoyar para vencer, apoyar para investigar, apoyar para sustentar, apoyar por ellas y por nosotras. Gracias a todas, gracias al Ayuntamiento que comprende de la importancia de una lucha silenciosa y dolorosa, gracias a los comercios que nos abren sus puertas y su ayuda para que hoy no sea una jornada de tristeza, sino de emoción y de sonrisas esperanzadas. Pero sobre todo, gracias a todas y todos los que llenáis esta plaza, quienes habéis recorrido unos pasos que ellas, las que no pueden estar, saben que son sus pasos. Gracias siempre, no las olvidéis, abrazarlas, lo merecen y lo necesitan, sonreírles, no pasa nada, solamente es un mal sueño, y el despertar será valiente, como ellas lo son. Por cada madre, por cada hija, por cada hermana, por cada amiga, porque, como reza este año en el slogan, su lucha es nuestra lucha. Por todas y para todas, esperanza.

6 oct. 2017

ESPAÑA Y SUS VICISITUDES... (Reflexión personal)

No sé qué ha pasado. De repente, un buen día todo se volvió gris. Comenzamos a ver declaraciones, opiniones, sentimientos, igual no los entendíamos. Había un libro de Geografía e Historia, allá en los años en los que yo hacía aquella EGB entrañable cuyo título era “España y sus vicisitudes”, yo era pequeña y no sabía qué era aquello de “vicisitudes”… ahora lo sé. Son esas “cosas” que llevan enredadas todas las tierras de España, todas y cada una de ellas, y por esas vicisitudes nos vemos inmersos en un estado lleno de grises tirando a negros. Esos en los que cuando alguien opina lo contrario, sea del bando que sea (y digo bando y digo bien) saltamos todos (y sálvese el que pueda), porque las vicisitudes tienen eso, que cada cual tiene la suya, y en este siglo en el que hemos avanzado de manera descomunal en algunos temas, en otros, como el respeto, nos hemos quedado en cueros… Aquellas sonrisas que sonreían ya no lo hacen porque se les ofendió con una palabra sin tener en cuenta que, quizás, sólo quizás, esa sonrisa también ofendió con la suya. Aquella frase amable de saludo ha desaparecido porque la persona a la que iba dedicado, por esas vicisitudes españolas, no piensa igual que quien lo emite. Y así, uno tras de otro, un desatino con un error encadenado que han formado una muralla china. Y yo me englobo, por supuesto, en este caos mental, verbal y violento, porque, últimamente he descubierto que, la violencia, como el amor, tiene conceptos subjetivos dependiendo quién los reciba. La palabra más repetida es la de “diálogo”, pero no lo hacemos, no preguntamos por qué a personas a las que antes sonreíamos, damos por seguro desprecios, igual es porque nosotros hemos despreciado, y pensamos aquello de “piensa el ladrón que son todos de su condición”; igual creemos que nos responden con maldad porque es lo que hemos hecho nosotros. No podemos olvidar que los demás son reflejos de lo que nosotros proyectamos… pero eso también se nos ha olvidado. Hemos optado por hacerle el juego sucio a los políticos de turno, por tacharnos de manipulados unos y otros, vemos unos y otros lo que queremos ver… vicisitudes. España y sus vicisitudes… Y a estas alturas hay a quien se le ha olvidado quién comenzó el melón, igual porque no interesa, igual porque ya es tarde, igual porque la metáfora de arrugar el papel y luego intentar devolverlo a su forma ya, por desgracia, se ha cumplido. Se ha tachado de violentas a gentes de paz (y me consta), se han subido y colgado fotos falsas, y esto, sin entre paréntesis, nos consta a todos. Hemos recurrido a las tecnologías, a las redes, para creer que conocemos a quien tenemos detrás sólo porque nos saludan virtualmente, olvidando que, en ocasiones, nadie conoce a nadie. Hemos presenciado escenas dignas de una película de Berlanga, y, además del recuento de votos en una iglesia podría añadir, como mínimo, quince más sin recurrir a escenas violentas. Nos hemos sentido humillados, dolidos, dañados, todos, todos y cada uno de nosotros. Hemos visto desaparecer de nuestras vidas a personas a las que, hasta hace quince días, teníamos cariño y considerábamos “buena gente”, y de repente creemos que no lo son… nosotros sí, estemos en el bando que estemos, los “malos” son los otros… Y todo esto porque unos políticos a los que se les ha “ido la olla” han decidido jugar con las masas, lanzarlas unas contra otras, sangrar una región, porque en el resto, España tiene sus vicisitudes, cada región la suya, y por mucho que esos políticos mediáticos y populares muestren escenas de apoyos, en realidad, cada cual sigue su vida lejos y fuera, y dejan a una región dividiéndose, insultándose, negándose el saludo. ¡Qué jodidamente injusta es la vida!. George de Santayana dijo aquello de “El país que olvida su historia corre el riesgo de repetirla”… necedades. Y la mía también, por si alguien piensa que me salvo de la quema. No. Aquí de la quema no se salva ya ni el Tato, ni los que han desaparecido de los mundos virtuales, ni el vecino que calla porque si habla se le cae el cielo a gritos, ni el niño que acude a un instituto en dónde le piden cuentas que no son de él, ni el señor que no siguió una huelga. Aquí todos nos hemos posicionado, porque en el momento en que hemos comentado a un amigo se nos ha etiquetado, porque en el momento en el que hemos pedido respeto para unos u otros se nos ha etiquetado… Y aquí andamos, etiquetados todos por los “contrarios”, esos contrarios que, hace un mes, eran amigos o, como mínimo, conocidos… Luego viene eso del victimismo, de la manipulación, de las legalidades, de las ilegalidades… Mayores somos todos, inteligentes o medianamente inteligentes también, todos sabemos, pero es que hay un dicho, no hay peor ciego que el que no quiere ver. Hace unos días un amigo me corrigió esta frase: no hay peor ciego que el que se deja guiar por quienes no saben adónde van. Y España y sus vicisitudes seguirá ahí, cada uno con su vida, y una región seguirá ahí, con sus vicisitudes, o mejor dicho, con las vicisitudes que unos y otros le han creado. Y mientras tanto creeremos conocer a las gentes por un comentario, por unas palabras… Hay un dicho: Una imagen vale más que mil palabras. Por mi parte, para aligerar carga, decidí mirar imágenes, las que me podían decir hasta qué extremo esto se convirtió en una locura. No voy a hablar de legalidades, ni de posturas, ni de ideas, tengo muchos años, defendí ideales de mi tierra cuando tenía edad, creo que, la madurez, lo que debería de traer es el deseo de paz, pero como soy humana y vulnerable, y tengo derecho de admisión y derecho de posicionamiento, también me tomé la libertad de sanear mi salud mental, todos deberíamos de hacerlo, quedarme con las sonrisas, con las palabras amables que se han convertido en recuerdo. Me pido cada noche no desear violencia, desear paz, eliminar a quien me robe la calma, dejar que cada español viva sus vicisitudes como desee, porque, en definitiva, nadie va a dar su pellejo por ninguno de nosotros, eso sí, se nos ha partido como si fuéramos taquitos de queso… y ahí estamos, esperando a la próxima cata. En ocasiones, cuando no sé cómo terminar lo que escribo, suelo poner puntos suspensivos, hoy, aunque parezca punto y aparte, lo dejo en un punto y seguido.

3 sept. 2017

DE UNA GORDITA A CARMEN BORREGO... (Desde la simpatía)

Hay noticias de la “beauty people” que me dejan un poco sorprendida, no por nada, sencillamente porque todavía conservo la capacidad para la sorpresa. Tal vez mi sorpresa venga porque no suelo ver los programas de cotilleos y cuando me encuentro con uno que salta mientras hago zapping me deja pegada a la pantalla, con la boca abierta, los ojos como platos, incapaz de asimilar de forma rápida lo que mis asombrados oídos están escuchando. En esta ocasión sucedió con Carmen Borrego, la hija de la señora Teresa Campos, una señora que debe de rondar los cincuenta años, una edad estupenda para pasar de “historias peregrinas” y no dar la importancia vital que está dando a unas fotos… ¿Qué fotos? Pues parece ser que se han publicado unas fotos en las que la pequeña de las Campos luce su hermosura en bañador… y parece ser que se ha enfadado porque las fotos no están divinas de la muerte, y porque cree que se han reído de ella, o que se han reído literalmente en las redes de sus redondeces, de su cara rellenita o de sus poses… Y digo yo… ¿por qué se enfada la gente por eso? Somos mujeres reales, ellas… ella, debería de dar ejemplo, es decir, pasar, reírse, no pasa nada, señora Borrego, usted tiene kilos de más, algunos neuronas de menos, no sé quién debería de ofenderse más, yo luzco también mi cuerpo serrano, no me importa aparecer en fotos en bañador, con mi barriga, mis mollitas tipo muñeco michelín, no pasa nada, señora Borrego, estar gorda es una cualidad o característica del ser humano, ser delgada también, o rubia, o morena, los adjetivos los hemos convertido en insultos nosotros, los humanos, no pasa nada, señora Borrego… Tampoco sé por qué la llamo señora, yo soy mayor que usted, igual en edad soy mayor, pero igual soy igual que usted en kilos, y los arrastro, y los luzco, y me río, y vivo con ellos, con mi capacidad para no sentir remordimientos por comerme un helado, no me enfado porque alguien me haga una foto poco agraciada y la comparta en público en las redes, porque esa, les guste o no a los demás, esa soy yo. Si no me gustan mis lorzas puedo pasarme a dieta el resto de mi vida, o someterme a una cirugía de la que no me garantizarían que quedara hecha una sílfide, así pues, como me gusta disfrutar la vida porque mi salud aún me lo permite, disfruto de un bocata de atún, de un batido de chocolate, de un cocido, y soy gorda. Esto, señora Borrego, es como una terapia de desintoxicación, hay que decir “Hola, soy Encarni Barrera y soy gorda”, y no pasa nada. No se enfade porque crea que su valor profesional cae por unas fotos en bañador, si hay gente que piensa eso es porque esa gente carece de valor, todos sabemos que la tele saca a gente guapa, maquillada, pintadita, con ropas estupendas, y que, cuando estamos en la playa no hay maquillaje, ni ropas que disimulen tripas o papadas, pero le aseguro, señora Borrego, que no pasa nada… Las famosas como usted, precisamente, serían las que deberían de tratar temas como este con la mayor naturalidad del mundo, usted puede decidir si quiere dejar peso, si quiere operarse, si no lo hace es porque (supongo) se encuentra bien así, entonces… ¿Por qué ese enfado por sus mollitas? ¿Tanto le importa que un puñado de gente que no la conoce hable de sus kilos? Usted tiene una edad en la que ya debería de tener constancia de su personalidad, de sus prioridades, de su valía, saber que estar gorda o delgada tienen la importancia que cada cual deba darle. Vivimos en una sociedad estética, hemos creído a pies juntillas que la sensualidad, el sex appeal, el poder de conquista sólo están en manos de mujeres delgadas, esbeltas, jóvenes, sin arrugas, con botox… somos rebaño, y mujeres que tienen en su poder el cambiar concepciones van y se ponen de morros con periodistas que las sacan en bañador, mujeres famosas que han aparecido en otras ocasiones, maquilladas, en fiestas, en realitys… Creo que hay que desdramatizar las fotos de mujeres gorditas, porque somos muchas, porque caminamos por la calle, porque estamos en playas, porque ya no tenemos las prietas carnes de los quince o los veinte, pero las tuvimos, porque tenemos la edad de reírnos de nosotras, y haremos bien a las demás, la vida es una, no vamos a vivir otra vez, sólo esta, cuando muramos moriremos para siempre… señora Borrego, lamentablemente ustedes han vivido la dureza de la enfermedad, y, sinceramente, creo que sus fotos en bañador son estupendas, estupendas comparadas con las de su hermana durante su enfermedad, gordita, sí, pero sana… Hágame caso, si leyera esto, no se preocupe por unas fotos en las que aparece con papada, no es malo, ni lo es su barriguita, ni sus senos. Ríase, diga que es porque es feliz, porque vive, porque, afortunadamente, vive… No responda con que la han sacado fea, la fealdad, como la belleza, no son exclusivas de la juventud, sino de los ojos que a usted la miren, los ojos con los que se mire usted. La belleza está en la actitud… Señora Borrego, estar gorda no es delito, no es sinónimo de fealdad, créame, tampoco deberíamos de sentirnos tan ofendidas por unas fotos, porque esas fotos son de una mujer real, que lejos de sus apariciones en televisión estaba en una playa pública, como si en lugar de fotógrafos profesionales las hubiera hecho su vecino de hamaca, es igual, usted está en un lugar público. No se enfade, no merece la pena, a las gorditas nos viene bien ver a personas conocidas que pasean sus cuerpos, más bellos  (según algunos) o menos bellos (según algunos) sin complejos, asumiendo, aceptando, felices… De gordita a gordita, ¡viva!, señora Borrego, viva feliz, sana, agradecida por haber superado usted misma una enfermedad, acumular kilos, como acumular años, es señal de que, por suerte, todavía estamos aquí…

17 ago. 2017

¿TÚ CONFÍAS EN MÍ...? ... (Relato epistolar intimista)

¿Volvería a confiar en él…? Bueno, supongo que es la pregunta con respuesta que más frecuentemente me hago, sobre todo desde el descubrimiento de alguna que otra mentira, unas más graves que otras, también es verdad. Tal vez, lo que no soporto, sean esas excusas inexpertas a pesar de su experiencia en mentir, que la tiene y mucha, diría que podría ser el mejor profesor del mundo mintiendo, o al menos negando, que para el caso, llegados a este punto, es lo mismo. Me he preguntado mil veces si volvería a confiar en él. A veces la respuesta ha sido que no, así, sin anestesia ni nada, “no, jamás volveré a confiar en ti” y se lo he soltado delante de toda su cara, quizás sea por aquello de que “la confianza da asco” y ya he llegado a ese punto en el que no me importa demasiado lo que piense, me importan sus broncas, eso sí, se desatan los infiernos, aparecen los demonios, intenta que me crea toda la ristra de penurias que ha pasado, me mantengo en un papel expectante, debe de ser porque el papel ya lo he visto representado tantas veces que no me sorprende, a pesar de añadir frases nuevas al libreto… Otras veces sí, otras veces confieso que sí que confiaré en él, igual es porque en ocasiones me sorprendo mirándolo cuando está de espaldas, y soy consciente de su edad, de su camino, de sus llantos (los reales), de su sufrimiento (el real), de sus dudas, de sus ruegos (los reales) y sobre todo de sus miedos… sus miedos, esos que lo hacen acurrucarse como un niño en torno a sus rodillas, él lo hace en torno a su alma, y comienzan a brotar miradas de perrito perdido, y roces de manos que no quiere que descubra que son el salvavidas que lo puede devolver a la orilla… Es extraño, cuando alguien nos miente nos destroza, decimos que se pierde toda la confianza, y muchas veces continuamos con esa persona, incluso desconfiando, incluso cuando los nervios nos hierven debajo de la piel porque no sabemos qué está haciendo cuando les perdemos de vista. La desconfianza es mortal, porque genera celos, porque imaginamos lo que no ocurre pero que podría ocurrir, porque indagamos y rebuscamos y vigilamos, perdemos la noción del tiempo, del hambre, del sueño, del respeto hacia nosotros mismos y perdemos la dignidad, nos convertimos en peleles, en marionetas de la propia desconfianza… Por eso no me pregunto ya tan a menudo, por eso cuando lo hago me digo que sí, que confío, y no vigilo, ya no, y no espío, ya no, e incluso cuando le he visto conectado en las redes le animo para que lo haga, le recuerdo que no es un delito, que puede confesar que “bichea”, que las explicaciones no las necesito, aunque luego apriete los labios y los dientes, y le impida a mi imaginación generosa que cree historias inverosímiles, porque ya no las necesito, porque le vi de espaldas, y fui consciente de que ya vivió, de que ya mintió, de que ya se saltó mil normas, mil juramentos, mis reglas, mil mujeres o casi, mil citas, mil llamadas… y soy el cabo de la cuerda, el último fleco, y él lo sabe, y ha escogido ese pequeño cabito que sostiene con mimo, reculando siempre, guardando aquellos demonios que saca para defenderse atacando… No quiero entrar en el grupo de las desconfiadas… porque sé que me quiere, sé que le quiero, sé que desconfiaron, sé que desconfié, sé que llevé razón, sé que me confesó mentiras que creyó que nunca adivinaría, le planté delante de la cara mi inteligencia, sin decirlo hasta no haber comprobado todo, sé que le hizo mella que no llorara ni una sola lágrima mientras le preguntaba, una a una, todas las dudas, incluida quién pagó el hotel en aquel último encuentro una tarde de mayo, dos años atrás del momento de mi descubrimiento, incluido que sabía que ella le recogió en su coche, incluida que me confesara que es pasiva en la cama, que fue ella la que lo citó, que incluso meses después se empeñó en verlo, incluida la primera vez, cómo, cuándo, dónde… Por eso confío, quizás sea mi mérito, yo, que he desmontado las dos mayores mentiras, las demás no me importan, me importan las mentiras trazadas, trenzadas, tejidas mientras yo he sido presente…

¿Sigues confiando en él…? Sí, igual soy del grupo de las inocentes criaturas que confían en el lobo que guarda su rebaño, pero sí, confío, igual que él lo hace conmigo, a veces le reprocho que él no tiene motivos, ¿quién sabe eso? ¿Siempre he dicho yo la verdad? Pues no, sinceramente no, he ocultado, he mentido, he tapado, he disimulado… por eso confío, por eso creo que la desconfianza mata, que una mentira no daña toda una realidad, la daña en el tamaño que queremos que lo haga, en repetir mil veces las mismas acusaciones viviendo y nutriéndonos de ellas, repasar diariamente, sustentarnos de lo que se sufrió creyendo que ellos sufren, ellos o ellas, quien decepciona, sin darnos cuenta de que sufre más quien remueve porque su alma no tiene paz, ni calma, ni serenidad, y rara vez, si esto no se posee, se puede seguir cogiendo una mano y mirando unos ojos… Le he enseñado a mirarme a los ojos cuando me habla, a no elevar el tono de su voz, a no romper mi silencio cuando sabe que estoy pensando y sufriendo, o sufriendo, da igual la construcción de la frase. Sigo creyendo en él porque se ha dado cuenta de que se perdió un mundo, de que dejó escapar un planeta, de que la Estrella Polar es capaz de descubrir cualquier nebulosa con tan sólo una frase. Creo en él porque sé cuánto le costó pedir perdón, y cuánto sufrió en la espera de mis decisiones. Ya creo en él porque es muy cansado vivir desconfiando, y cuando vuelva a desconfiar no me costará trabajo decir adiós, he adquirido el valor y el poder para hacerlo. Creo, creí siempre, que cuando se desconfía es de memos o de memas intentar continuar con una duda arañándote las tripas diariamente para luego, en la noche, llenar estancias de reproches y de culpas, no estoy ya para eso, nadie está nunca para eso. La desconfianza mata las relaciones, yo ya si confío, igual me devora el lobo cuando me coja desprevenida… y le miro un minuto mientras mira el horizonte, los dos en el balcón, y gira la cabeza, y pregunta eso de “¿pasa algo?” y no he podido evitar el hacer yo la pregunta “¿Tú confías en mí?”… La sonrisa de la confirmación, su brazo rodeándome los hombros, mi cabeza en su pecho y un leve “Si no lo hiciera esto no tendría sentido”, y el lobo da la respuesta acertada, igual mañana me devorará, pero por ahora vigila a la ovejita, después de todo la vida está llena de “por ahoras”, y también, después de todo, cada cual sabe las respuestas a sus “por qués”, o igual no… ¡vete tú a saber!

16 ago. 2017

DUELE... (Poesía)

Duele el corazón cuando descubre el abismo,
y la mirada se viste de agonías,
y duele la mano que siempre fue asidero
de otra mano para evitar caídas,
duele el adiós y duele el firmamento,
y duele la razón y duele hasta la vida,
duelen los ojos que saben de lamentos,
duelen los dedos atravesados por espinas.
Duelen los huesos, duele hasta el pasado,
duele el llanto que se convierte en ira,
duele el brazo que se agita solitario
bostezando una despedida…
Y sin mirar atrás sostengo el hatillo
que contiene mis penas y mis alegrías,
mis recuerdos rescatados del incendio,
mis ilusiones que nunca fueron mías,
mis palabras que quedaron sepultadas,
mis risas que fueron enjauladas,
sostengo el cuerpo viejo que acompaña
a esta mujer que antaño fue una niña,
la mujer solitaria que aprendió
a callar y a sonreír,
a llorar en silencio,
a caminar sola,

y en las tardes silenciosas, a morir.

23 jul. 2017

BAÑADORES INDISCRETOS... (Hecho real, con guasa)

Estamos en plena temporada de baños, de rebajas, de bañadores y de bikinis. Aparte de esto y como apunte general, se suele decir que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, la mujer es el único animal que tropieza dos veces con el mismo bañador… por lo menos yo… Recordaba hoy, a colación de mi adquisición en rebajas de mis nuevos trajes de baño (para decirlo con más finura), unas anécdotas con mi amiga Luisi, retrocedí seis años atrás para recordar aquel bañador negro, ribeteado en colores plateados, divino de la muerte, en el que me embutí feliz y con el que introduje mi cuerpo serrano en la piscina de agua caliente de un famoso balneario, piscina exterior, agua templadita, mi bañador nuevo, a ambos lados dos señores, más feliz que una perdiz. No tengo claro si es que la lycra del maravilloso traje de baño nuevo no estaba preparada para soportar el agua caliente (cosa que es ilógica, puesto que entonces qué pasaría en una piscina climatizada), el caso es que, diez minutos después de que el agua cubriera la totalidad de mi cuerpo aquella lycra rebelde comenzó a ceder, el escote, terminado en pico, amenazaba con descender hasta el ombligo y los tirantes cedían centímetros por minuto, por lo que uno de mis acompañantes, viendo que podíamos convertirnos en un espectáculo con tintes pornográficos, decidió anudar los tirantes a mis hombros, tirando un poquito de la lycra hacia arriba… pero es que, al tirar hacia arriba el bañador ascendía por completo, por lo que la parte más íntima amenazaba con dejar al descubierto zonas innombrables para una (por aquel entonces) cuarentona de buen ver (pesaba casi veinte kilos menos que en la actualidad)… Mi amigo tiraba, yo avisaba, se anudó el bañador de forma graciosa (o eso pensaba el pobre de X, que me consolaba diciéndome que no había quedado tan mal), salí de la piscina de aguas templadas rogando a Dios que la dichosa lycra cediera lo justo para no dejar al descubierto vergüenzas, el escote, en aquellos momentos, parecía una gargantilla. Por abajo no lo sabía, pero por arriba yo lucía con una decencia digna de ser admirada… Me había comprado el bañador en las rebajas, muy barato. Al año siguiente, después de jurarme que no volvería a pasar, compré mis bañadores con cierta garantía de que no aumentarían cuatro tallas cuando metiera en el agua mi cuerpo serrano, y los adquirí de marca… Y no volvió a pasar. Han resistido años, y años y años, muchos. Tantos que cada año iba dando largas para comprarme uno nuevo, los míos aguantaban bien, cedían conforme mi anatomía se expandía a su libre albedrío, y eran clásicos, alejados de modas pasajeras… Hasta este año. Supongo que, por unos momentos, olvidé la anécdota sucedida seis años atrás, así que me compré un bañador barato, que me gustó, mono, muy mono, que se ajustaba a mis carnes morenas… Hasta que tuvo que pasar la prueba de fuego: Meterse en el agua ajustado a mi piel a la hora en la que la animación del hotel nos animaba para participar en el aguagym, y una que es activa por naturaleza, que le gusta eso de dar saltitos en el agua, porque allí no corre el riesgo de que tiemble la tierra, me apunté feliz. Con mi nuevo traje de baño, recién estrenado, al ritmo de “Despacito”, que ya es tener ganas de hacer gimnasia con ese fondo… Bailé zumba en el agua, hice estiramientos, me moví al ritmo de “Reggeton lento” y notaba como, de forma sutil, mi bañador iba cediendo, y mis recuerdos se fueron lejos, muy lejos, lejos en lugar y lejos en el tiempo. Miré a mi alrededor, calibré la distancia desde la piscina hasta la hamaca en la que había dejado mi toalla, mi sombrero, mi libro, mi salvación… tiré de los tirantes hacia arriba, porque el escote había comenzado su descenso y había desequilibrado mis senos (por llamarlos de forma discreta), las gomitas de las piernas también habían cedido por lo que notaba una extraña bolsa que colgaba en un lugar íntimo y que estaba llena de agua… Bueno ¡tranquila, Encarni!, tira hacia arriba de las tirantes, ajústate las gomas en su sitio adecuado, tira del escote trasero hacia arriba también… pero, es que si tiro hacia arriba de ambos escotes mis pectorales se salen, y si tiro para abajo el lugar que debe de quedar entre las piernas estará en las rodillas… Mi bañador se había convertido en el traje de baño perfecto para una señora de metro ochenta ¡por lo menos…! Y no podía quedarme allí eternamente, tendría que salir en algún momento. Hice un barrido visual: varios señores cerca, algunos niños jugando, Alberto demasiado lejos para que me escuchara llamarle, mi hamaca lejos, cada vez la veía más lejos, y yo tenía que llegar hasta allí sin dar el espectáculo, o intentarlo al menos. Así que comencé a salir despacio, con los brazos cruzados debajo del pecho sujetando la lycra para que no descendiera, pasitos cortos, si los alargaba la bolsa de agua se descolgaba más, aquello sí que era ejercicio y no lo de bailar “Despacito” dentro del agua… y conseguí llegar, sacar mi pareo, dignamente colocármelo, ir hasta mi habitación, recuperar uno de mis queridos bañadores, jurar que jamás me volvería a pasar, cuando lo puse sobre el tendedero portátil de la terraza aquello no era un traje de baño, era una alfombra de salón…

Y hace unos días adquirí otro traje de baño, de la misma marca que me ha acompañado durante diez años, aquella que se quedaba quietecita en su sitio, que se pegaba como una segunda piel, que no cede, que no se mueve y que no hace bolsas de agua ni escotes infernales. Rebajas, sí, pero no tanto. Recordé aquello de mi abuela “lo barato sale caro”, o lo de mi madre “en depende qué cosas mejor ir sobre seguro y no sobre barato”, y llevaban razón. En poco me tocará probar mis recientes adquisiciones, clásicos, así que tendré para muchos, muchos, muchos años… y algo sí que he aprendido, una lycra que al tirar se estira con facilidad, con la fuerza del agua se estirará mucho más. Eso sí, al menos estas anécdotas han dado para echar un rato de risa con Luisi, o con cualquiera de mis amigas cuando iban visualizándome en la piscina en semejante estado, y, sinceramente, no es para menos. Que vosotras, amigas, lo escojáis y lo bañéis bien, que estamos en plena temporada para ambas cosas.

16 jul. 2017

CELOS... (Poesía)

Cuando ahoga la duda, cuando estallan las sienes,
cuando se abren las venas y sientes que mueres,
y los celos te arañan y regresa el pasado,
y golpea tu cabeza y se vacía el costado.
El lobo de los celos despedazando los ojos,
y los nudillos blancos apretando los hombros,
intentando olvidar las imágenes rotas
que danzan en la hoguera de días y de horas
que ya fueron vividas, que no fueron enterradas,
que quedaron latentes para hundir la mirada.
Encogerte de miedo, ahogarte con las lágrimas
de saber que robaron tus años y sus ganas…
Y sonreír al verle, intentar que no salte
la espina de la pena, dejar que te desangre
en silencio la mordida que destrozó tu carne…
Y así lo beso siempre, callando los fantasmas,
acariciando trémula su mejilla y su barba,
sabiendo que hay infiernos que arderán de por vida,
sabiendo que hay heridas que siempre siguen vivas…
Y el lobo que regresa saciado a su lobera,
que con su dentellada apagó hoy la hoguera,

la misma hoguera horrible que prenderá mañana…

TAL DÍA COMO HOY... (Cinco años atrás...)

Hace cinco años, tal día como hoy, yo comenzaba a escribir mi primera novela publicada, "Las Manecillas del Reloj", después de aquello nada volvió a ser lo mismo... Os dejo el capítulo que marca el antes y el después de una novela de amor, sencillamente, no hay más, y espero que os guste tanto como a mí me gustó escribirla... Cinco años y parece que ha pasado media vida. 



“Te espero en los Allozos”.-27 de julio de 2012.-


Marcos conducía despacio, la sinuosa carretera no daba para más, perdidos entre rocas y arboledas, Laura miraba el paisaje, hacía viento aquel día y los árboles se mecían a su son, haciendo brillar sus hojas según el movimiento las pusiera a tiro de los rayos del sol, el médico hablaba, ella le había preguntado por su trabajo, él le narraba guardias, consultas, pendiente un cursillo de oncología en Barcelona, le gustaba estar activo y dedicaba tiempo a darse algún capricho. Hubo un silencio, llegaban a Os de Civis, Laura admiraba cada construcción, elevaba la vista hasta las últimas rocas, comentaba lo que veía. Marcos sonreía debajo de las gafas de sol, un leve bronceado en sus brazos y su rostro. El pelo cano le confería aquel atractivo que Laura siempre admitió:
—¿Y tú?, ¿te gusta tu trabajo?
—Desde luego que sí, es muy gratificante, procurar la felicidad de personas que ni te conocen, que se despiden de ti, que prometen volver y vuelven ¡eh!, tenemos una carpeta de clientes fijos, y eso cuesta mucho conseguirlo —recordaba sus comienzos—, tienes que ir haciéndolo bien cada día, y cada día mucho mejor.
—¿Te haces respetar con mimos o a base de látigo?
Rieron los dos, Laura recorría videos mentales en los que hubo de todo y seguía riendo:
—Bueno, de todo ha habido, depende de cómo sea el enemigo, pero con un poco de mano izquierda todo va bien…hay mucho foráneo trabajando, con mucha preparación, experiencia en hoteles de Dubai, de Los Ángeles, de Suiza… —le gustaba hablar de su trabajo—, nos aportan ideas, luego están las convenciones, las invitaciones de otros hoteles para que los veas.
—Viajas mucho…
—Casi siempre por negocios, por eso cuando cojo vacaciones me gusta la tranquilidad y lo conocido, mi pueblo, Granada, perderme un poquito por la costa andaluza… —le miró y se imaginó a Marcos en el hotel Aquas-Spa, era perfecto para él—, podías venir a visitarnos, te gustaría, tienes gimnasio, tienes un circuito estupendo… se come bien, la playa es de ensueño…
—Me dan ganas…
—Cuando esto acabe vente a relajarte unos días…—había tocado el tema—, esto no va a durar mucho más, Marcos…
—Nada más, Laura…
Laura fijó la vista al frente, sabía lo que había querido decir el médico. Se negó a entristecerse, sabía que Vergara había decidido que aquel día era para ellos y ella se lo iba a poner fácil:
—¿Seguimos sin compromiso serio?
—A mis años la seriedad no existe, eso lo dejo para los más jóvenes —Laura soltó una carcajada—, quizás algún día lo haya, cuando haya recuperado la cordura juvenil…
—Tú no has tenido cordura en tu vida…—y un flash iluminando el recuerdo—, ¿te acuerdas cuando estuvimos en Caldea?, digo la primera vez que fuimos, cuando Miguel aún estaba casado…
Marcos comenzó a reír, no había necesitado decir nada más, y Laura con él:
—¿Cómo se puede salir un tampón, Laura?
—Estaba mal colocado —siguió riendo mirándole conducir, su gesto relajado, divertido, Marcos guapo también, se confesó a sí misma que tenía suerte, todos los hombres que se habían enamorado de ella eran guapos y se rió de ella misma—, y el disimulo cuando nos encontramos con aquel matrimonio que Miguel conocía…
—Pues a mí me encantó presentarte como mi novia…
Habían llegado. La gran explanada frente a la construcción rústica, en piedra, de dos alturas y balcones de madera, ella recorrió aquel paisaje de ensueño despacio, subiéndose las gafas de sol, entornando los ojos, el verde inmenso y el cielo azul, el pueblecito español incrustado en pleno paisaje andorrano, pensó que nadie de los que ella conocía en Mallorca, o en Granada sabía de aquel lugar sacado de un chrisma navideño. Recordó aquel fin de año en que Miguel y ella se quedaron a dormir allí, en aquel hotelito, después de celebrar la entrada de dos mil nueve, de tomar algunas copas de champán de más, de comer una a una las uvas que él iba poniendo en su boca y él las que ella le daba, no iba a estar triste aquel día, Miguel no se lo permitiría y Marcos no se lo merecía. Se volvió hacía él y le sonrió:
—¡Precioso, Marcos!... siempre me intrigó este lugar perdido. Vamos a caminar hasta el borde para ver el pueblo…
Marcos caminó junto a ella, en silencio, se asomaron al  pueblo, perfecto para soñar y detener el tiempo. Charlaron sobre la vida, sobre los momentos vividos allí, Laura bromeó contándole anécdotas del hotel. Vergara disfrutaba viéndola durante el almuerzo, la forma de tratar al personal que les atendía, conocedora del esfuerzo que ponían, palabras agradecidas y distendidas:
—Siempre eres amable, no sé cómo lo haces, siempre me intrigó porque le caías tan bien a la gente, y debe de ser por eso, porque no te cuesta esfuerzo ser amable —echó su cuerpo hacía adelante con gesto de confidencia—, a mí hay días que me cuesta horrores hablar sin enfadarme…
—Porque tú eres muy borde y yo no —el mismo tono confidente—. Cuando trabajas de cara a la gente no puedes permitirte el lujo de volcar en ellos tu malhumor, porque ninguno de los que se acercan a ti tiene la culpa.
—¡Joder! Tú lo dices bien, pero eso yo no sé hacerlo…
—Sí que sabes, además tú eres un buen médico, te he visto charlando con pacientes fuera de consulta, fuera del hospital, eres cercano, eres amable… —entornó los ojos y se acercó a él—, y ahora que te miro eres guapo…
Vergara ladeó la cabeza ruborizado riendo, no sabía el motivo pero Laura le hacía perder la seguridad que siempre tenía con las mujeres, o mejor dicho, sí sabía porque, pero le costaba mucho admitirlo. Él pensó cuando ella se fue que ya había terminado todo, la recordaba demasiado, sobre todo en las visitas a casa de Miguel, en donde todo lo que miraba había sido colocado, ideado, programado por ella. Y verla en fotos, muchas fotos. Ahora teniéndola allí delante, después de tres años, saber su sufrimiento, escuchándola bromear, la imaginaba en su trabajo y comenzó a tejer la idea, cuando ella se fuera, sin avisar, iría a verla, se presentaría en el hotel, preguntaría por la directora, le daría una sorpresa y según su reacción él lucharía o saldría para siempre de su vida:
—Voy a pedir tarta de chocolate —le devolvió al gran comedor, a la mesa frente a la enorme chimenea apagada—, creo que me lo puedo permitir, últimamente mis mollitas me están abandonando…
—Yo pediré lo mismo, hay una tarta de helado de chocolate buenísima, si la tomas con una copa de cava bien fría esta genial, ¿te atreves?
—¡Ajá!, pero si me emborracho no abuses de mí…
—Eso no puedo prometerlo —sonrieron.
—Has sido un gran desconocido, Marcos —tenía que ser honesta con él—, estos días me has demostrado que estaba equivocada… y que tú estabas en lo cierto —le cogió la mano y jugó con sus dedos bajando la vista hasta ellos—, manos de médico, cuidadas, tengo un centro de estética, sé de que hablo —le miró sonriendo—, perdóname, por no saber ver lo que eras, por juzgarte en momentos en que no debí, por no entenderte y por mi prepotencia contigo…
—¡Laura! —la miró negando con la cabeza—, eres una mujer fantástica, lo que pasó está pasado, no hay vuelta atrás, tienes una vida llena por delante, tienes que vivirla, no dejes que el pasado te pueda, ni que se enquiste, vive con él, mimalo, cuídalo, para saber quién eres, pero crece para averiguar quién serás, y sobre todo qué serás.
—¡Eres sabio, Vergara!, no sabes como me ha gustado este almuerzo, tenía que descubrirte, y lo he hecho —seguía con sus dedos acariciando aquellos otros, el borde del solitario y la redondez de una sortija—, a veces, Marcos, ni los buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos.
—A veces, Laura, los buenos siguen siendo tan buenos que hacen buenos a los malos…
Y se clavaron las miradas. El camarero les interrumpió, Laura soltó la mano, le sonrió al chico que les servía aquellos trozos de tarta y volvió a mirar a Vergara que colocaba los cubiertos:
—Ven a verme después de esto, Marcos… un fin de semana, te enseñaré mi hotel, mi tierra adoptiva, mi mundo… y te invitaré a cenar y después iremos a bailar…
—Yo soy muy patoso…
—Yo también, así se notará menos… ¿vendrás?
—Iré… pero no voy a avisarte cuando, quiero cogerte sin peinar, sin maquillar, y a ser posible sin vestir,…
Laura estalló en carcajadas, mil motas de chocolate le salieron de la boca y Marcos divertido las limpió.
Eran las cinco cuando el Ford Mondeo de Vergara arrancaba colina abajo, a través del parabrisas Laura miraba como se acercaban a aquel pueblo revestido de un gris de piedra, como si el tiempo se hubiera detenido, como si no hubiera rozado al conjunto de casas que se aglutinaban en aquel pequeño valle rodeado de vida. Sonó el móvil de Vergara, iba conduciendo, el móvil en el bolsillo, la carretera estrecha y dificultosa:
—Mete la mano en el bolsillo, en el derecho, y mira a ver quién es…
Laura sacó el móvil, con movimientos de mano discretos y pausados: Cati. Miró a Marcos:
—¡Es Cati…!
—¡Responde!

Laura abrió la puerta, intentaba estar serena tal y como le había dicho Marcos, soltó el bolso en la mesa, Marcos se le había adelantado. Silencio, Josep sentado en la cama, mirando al amigo y al colega, negando con la cabeza casi imperceptiblemente, Laura, la mano en la boca, abrazada por Cati, sin un sollozo, nada interrumpía aquel silencio espeso e irrespirable. Se soltó del abrazo de la hija y se sentó en la cama, Josep le cedió su sitio:
—¡Miguel, cariño! —en un susurro, al oído, sabiendo que no iba a llorar.
Abrió los ojos, la boca entreabierta, intentando respirar, haciendo que podía, mirándola fijamente, calmado, sonriéndole, o intentando hacerlo. Abrió un poco más la boca, intentaba decir algo. Laura le cerró los labios con los dedos:
—No digas nada, tranquilo, todo va a estar bien, descansa y en un rato ya hablaremos.
Negó con la cabeza, trabajosamente, y le volvió a sonreír. Volvió la cara hacía Marcos, se colocaba el fonendoscopio, los dos amigos cruzaron la mirada, Miguel volvió a negar con la cabeza. La mano rebuscaba encima de la sábana, hasta encontrar la de Laura. Él quería hablar y ella inclinó su oído hasta aquella boca implorante y moribunda que se afanaba en decirle algo. Una respiración cavernosa llegó hasta ella haciéndola cerrar los ojos con un dolor infinito e inútil:
—Te espero en los Allozos …
—Allí nos encontraremos —Laura besándole, tragándose las lágrimas—, pero falta todavía…
Él apretó su mano con las pocas fuerzas que le quedaban y la miró con fijeza, como si no la viera, aquellos ojos acuosos llenos de lejanía que habían empezado a irse, Laura le sonreía, no reparaba en nadie más, había olvidado a la niña que se abrazaba a Marcos, al amigo que unas horas antes comía con ella, a Josep mirando por el balcón para que nadie le viera llorar por aquel chico de veintitrés años, que una mañana de diciembre llegó a su consulta, sangrando la mano porque se había cortado con un cable:
—¿Eres chispa? —como en Andorra llamaban a los electricistas, joven Josep, recién instalado en aquel hospital.
—¡No! Soy el ingeniero, pero había que echar una mano…
—Y decidiste echarla completamente…
Y los dos jóvenes salieron de la consulta como amigos, veintisiete años, Miguel no asistiría aquel año a los cincuenta de Josep. Ni vería los cuarenta y ocho de Laura, ni la recordaría, ni se emborracharía como había hecho los dos años anteriores. Solo. A la salud de ella, lejos, en su mundo, aquel que le ganó la partida. Josep solo escuchaba el bisbiseo que venía de los labios de dos personas despidiéndose para siempre. Marcos le rodeó los hombros con un brazo fuerte y seguro, se miraron y volvieron a mirar por la ventana. Habían visto morir infinidad de gentes, de personas anónimas, siempre les quedaba el regusto amargo de no poder hacer más. Habían visto, los dos, morir a sus padres, a familiares, a conocidos. Muertes en ancianos, en jóvenes, en accidentes crueles y traumáticos con los que soñaron durante tiempo. Pero ahora se iba Miguel, y los dos sabían que eso les iba a doler durante mucho tiempo. Se volvieron serenos, Josep se sentó en la banqueta tapizada en malva, con la que bromeaba sobre sexo con Miguel, conversaciones que Laura siempre cortaba de raíz, no le gustaban aquellos temas en los que su intimidad más absoluta pudiera quedar a la luz. Atrajo a Cati hacía él y la sentó en sus rodillas, aquella niña a la que vio nacer, con la que jugaba en el parque, la que se quedaba a dormir en casa cuando sus padres salían. La niña que él nunca tuvo, le guiñó sonriendo mientras le recogía el pelo simulando una coleta:
—Tranquila, bebé, le pusimos morfina, todo va a ir bien —miraron a Laura, la espalda encorvada hacía él, la mano entre las suyas—, es fuerte la granadina de los collons ¡eh!
Cati rio bajito:
—Sí, fuerte y mandona…
—Como esta diga que no se va, éste se nos queda aquí…—rieron con tristeza.
Laura supo que Miguel no le veía, movió su mano delante de los ojos, y entonces, solo entonces cerró los suyos. La respiración se había vuelto más débil, desacompasada, dificultosa, acercó su boca al oído de Miguel, acariciando su rostro sudoroso, frío ya:
—Te quiero con toda mi alma, cariño —esfuerzo supremo para mantener aquella voz serena y sin rotura—, estaré junto a ti en un tiempo, prometo cumplir todo lo que pediste, todos estarán bien, y tú con nosotros siempre…
Le besó en los labios, amargos labios resecos en donde la muerte ya había tocado. Volvió la mirada a Vergara que se acercó, las yemas de sus dedos en el cuello, los ojos en los de Laura y una sonrisa triste mientras cerraba los ojos asintiendo. Ella se levantó serena, tranquila, miró a Cati colocando su dedo en sus labios, como hizo aquel otro día, cuando la niña entró temerosa llorando en la habitación. Elena no había llegado, Elena estaba en una estación esperando a coger un autobús, no había podido ir el día anterior, no pudo despedirse del hombre que durante años hizo de padre en la distancia, con el que compartió días de playa inolvidables llenos de sol, risas, arena y regañinas. Laura empujó a Cati hacía afuera, Marcos sacó el móvil, miró a Josep: tenían que empezar ahora ellos a mover el entramado del funeral, Miguel así se lo había pedido a los dos. Y juntos, los dos amigos, comenzaron a tramitar su despedida.

Elena bajó del taxi frente al tanatorio. Marcos en la puerta, abrazándola mientras el taxista dejaba la pequeña maleta en la acera. Elena desgarrada, gimiendo de dolor abrazada al hombre canoso y atractivo que la besaba y la consolaba:
—Ni un grito ahí dentro, Elena, ni un gemido, nada —la separó y la miro con seriedad—, tu madre ha sufrido mucho, serenala, no alientes el dolor, no lo atices, reprime el tuyo para que el suyo sea menor.
Elena se limpiaba la nariz con el dorso de la mano y asentía:
—¡No pude llegar! ¡No había vuelos ayer!
—¡Elena! —Vergara le gritó—, ¡eso ya no importa, él no está, ahí quien está es tu madre y Cati, y ninguna se merece tus reproches hacia tu persona! —más sereno, en voz baja, mientras Josep se acercaba cruzando la calle—, va a ser un momento tremendo, he vivido miles de esos, hazlo fácil por tu parte, porque ella toda su fortaleza la dejó en casa.
Josep la abrazó, hablaba con ella en voz baja, su boca enredada entre el cabello oscuro de Elena, guapa mujer de veinte años, ojos maternos enmarcados en las mismas pestañas, la misma estatura, más delgada, las lágrimas de Elena mojandole la boca mientras le hablaba al oído. Después mirándola. Los recuerdos de dos años atrás. Él acompañó a Elena a Lleida, cuando las vacaciones de Navidad terminaron, cuando ella tenía que retomar los estudios en Granada, aquel primer año de Historia del Arte, el viaje con ella rematando los días en los que llevo a esquiar a las dos niñas a Grandvalira, centro de envidias de los muchachos que se arremolinaban en los remontes, embutidas en sus trajes y subidas a sus esquíes. Josep miraba ahora a la misma niña que le habló durante el trayecto a Lleida de aquellas discusiones, de aquellos momentos en los que Miguel estallaba, en los que era incapaz de escuchar ni de razonar. Preocupado de su trabajo, sin tener en cuenta a su madre, y que le narró con una madurez absoluta, como luego, en cuestión de segundos Miguel cambiaba, serio todavía, lejano, frío, pero besando a Laura, fugazmente, gesto cómplice. Contándole que su madre estaba cansada, que echaba de menos lo dejado, se sentía inútil allí, a pesar de que le gustaba la vida de ama de casa. Elena en aquel viaje que le desveló mil secretos, mil detalles de la vida de Laura, las lágrimas derramadas cuando ella era una niña y no entendía por qué su madre se encerraba en el baño cuando su padre salía por las noches. Detallando al amigo de Miguel todo lo sufrido por Laura, la mañana del mensaje de Miguel, para decirle que Sonia sabía, que había descubierto aquel mensaje, las lágrimas de su madre, todo había terminado, ¡todo! Por un descuido de Miguel que no de ella. Dudando de que, después de aquél mensaje, Miguel quisiera continuar con aquello. Estaba en juego su estabilidad económica, relatando los mensajes de aquella mañana. La de la mañana anterior, cuando Sonia ya había descubierto el sms pero ignoraba a quién pertenecía, escudándose en una amiga para marcar aquel número, preguntando por un nombre de mujer que no era el suyo, pero escuchando la voz de Laura, única e inconfundible, su acento, su ceceo, descubriendo quién era aquella mujer a la que su marido le confesaba que la quería mucho en tres letras en clave de un mensaje de móvil. Días muy duros. Y aquella niña ahora estaba en sus brazos, llorando porque el hombre que había compartido todo aquello con su madre se había ido para siempre. Entró en el tanatorio  abrazada a Josep, Marcos unos pasos más atrás, observando a las dos personas que se perdían bajo la puerta del edificio, miró a través de los cristales como la figura de Laura se fundía con la de su hija. Lo miraba todo desde fuera, un espectador privilegiado de una película muda sobre el dolor, la dignidad, la entrega, la honestidad, la de aquella mujer pequeña que luchó por estar con el hombre que amaba. La misma que había conseguido ascender en un  mundo mayoritariamente masculino a una edad en que había que pasar por la piedra si querías un puesto importante. La que no tenía estudios universitarios, pero hablaba cinco idiomas a la perfección, se defendía con otros dos, y podía hablar en cualquier autonomía española su segunda lengua oficial. Inteligente Laura, que contaba que había sufrido, que había vendimiado, que había robado una lata de paté porque tenía hambre. Usado cofia y abierto camas ajenas, cuidado animales, servido platos cuyo contenido fue a parar alguna vez a la entrepierna de algún cliente. Laura que había llorado de rabia detrás de una puerta porque se la había caído una bandeja, porque era torpe para montar mesas. Había ignorado invitaciones a convenciones para cuidar a la niña a la que se abrazaba ahora como único asidero de su vida. Laura espectacular, embutida en un vaquero negro y una camiseta negra, discreta, con manga corta, el pelo recogido en su sempiterna coleta, los ojos ribeteados de ojeras moradas y lágrimas dulces por que se le había ido su hombre, el niño que apareció un día en la plaza de su pueblo y el mismo que se acostó con su amiga de infancia porque ella no le dio pie a hacerlo.
Vergara, con cincuenta y dos años, mirando tras aquellos cristales, mesándose el pelo cano, un poco largo para lo que podría esperarse a su edad, atractivo Vergara, temblando por dentro de rabia y de pena. Sabiendo que Laura se iría, con aquellas dos niñas que la abrazaban, que en aquellos abrazos le prometían que siempre serían sus hijas, las dos, hijas de dos padres que se quisieron hasta la muerte. Josep abrazando a Elena, ahora sí rota, desmadejada viendo a su madre desolada, sabiendo que volverían a aquella casa fantástica de Puerto de Alcudia, junto a la playa, que la vería sentada en el pequeño jardín desde donde se veía el mar, que lloraría y que escucharía aquel tema que era su himno. Y Vergara la perdería, para siempre, como Miguel lo había hecho. Porque aquella mujer estaba destinada a moverse sobre mármol de hoteles, a reflejar su silueta en cristales de entrada, a sentarse en un caro sillón giratorio y a hablar por teléfono cerrando pax y consultando ofertas. Repasando los servicios que ofrecían otros hoteles para igualarlos o mejorarlos. La misma que ahora se encaminaba a la puerta, mirando fuera, viéndole perdido en la noche, parado en aquel pequeño porche que daba entrada al tanatorio. Abrazando su propio cuerpo cuando le sorprendió la generosa caricia del viento que bajaba del monte, sonriéndole con la pena instalada, sacando un cigarrillo de la cajetilla que guardaba en el bolsillo del pantalón y ofreciéndole otro, sin hablar, callados los dos, apoyada ella en la farola que derramaba una luz amarillenta sobre Marcos, brillando su pelo blanco, haciéndole más joven:
—Sabes la última voluntad de Miguel ¿verdad?
—Si —expulsando el aire—, deja pasar el tiempo Laura, unos meses, cuando tu tengas tiempo, relajada, tranquila, yo iré cuando me digas… pero no lo hagas con precipitación, llévate a Miguel a Mallorca, y cuando pase la temporada de verano y estés más suelta en el trabajo busca un hueco de unos días y avísame.
—¿No nos veremos hasta entonces? —Laura esquivó la mirada de él, buscó refugio en el semáforo a unos metros de ella.
—¿Quieres que te visite de verdad?
—Sí, sin avisarme, ¿recuerdas?, de sorpresa, sin anunciarte… —le volvió a mirar sonriendo—, no quiero perderte ahora, Marcos, de todas formas estás presente en cada decisión de Miguel.
—No es cierto, solo era si tú no venías, tú tienes todo el poder, y es legal que así sea, él no quería dejar a Cati desamparada, sabía que vendrías, pero el camino es largo y pueden suceder cosas…
—Lo sé, Miguel siempre fue prevenido, cuando yo viajé sola siempre tuvo el temor de que me pasara algo y estuviera aquí, y él tuviera que acudir… tenía miedo por él.
—Era normal, estaba casado, Laura, tú no —ella bajó la cabeza, era la primera vez que Marcos la atacaba, ella sabía que aquello era un ataque, y se dispuso a escuchar, porque sabía que lo que Marcos dijera antes lo habría dicho Miguel, por eso ahora Vergara vengaba a su amigo—, él sufría ¿sabes?, cada vez que tú le echabas en cara que no tenía tiempo para ti, que no te llamaba, que no te enviaba un mensaje.
—Era verdad, no lo tenía…
—Él tenía a su lado a otra persona que vigilaba, que controlaba, que desconfiaba…
—Que no hubiera empezado una historia que no podía seguir —de repente comprendiendo que Miguel estaba muerto, avergonzandose—, además esto no tiene sentido, él ya no está, llevamos lo nuestro como pudimos, falló él a veces, a veces yo, hemos vivido lo que nos tocó vivir —miró hacia el interior, a sus dos hijas hablando como dos hermanas y sonrió— me quedan ellas, me queda él —y clavó sus ojos en los suyos—, me quedas tú.
Vergara dio una calada al cigarro y bajó la vista, se ruborizaba cuando Laura hablaba así, sin insinuaciones, con limpieza, sin segundas intenciones. La quería, la quiso desde que la vio en Sant Eloi, y ahora escuchándola, sabiéndose en su vida, pensaba en sus años, en los de ella, en la mejor edad que podía soñar para intentar hacerla feliz. Se jubilaba pronto, podía continuar una vida serena, sin estrecheces, tenía su espalda bien cubierta, y ella podría hacer lo que siempre deseó. Y sintió asco de repente, de pensar todo aquello a unos metros de donde Miguel estaba yacente. Recordó, como si de otro ser se tratara, las palabras de su amigo, aquel diálogo, días antes de que llegara Laura, sentados en el patio, rodeados de plantas que un día Laura colocó y cuidó:
—No dejes nunca a Laura sola, Marcos, de la forma que sea, como ella decida —y bajando la vista hasta el cristal de la mesa, aquel cristal esmerilado y limpio—, yo no estaré, surja lo que surja, yo siempre estaría de acuerdo.
Marcos le había mirado serio, frunciendo los labios y mesándose el pelo, el gesto que repetía cuando algo le dolía demasiado, y Miguel lo sabía:
—Marcos, no tienes que explicarme, ni que preguntarte, ni que dudar, eres un buen tío, has sido el mejor amigo que pude tener jamás, si en alguna ocasión pasa algo, no pienses si me dolería, porque yo no estaré, y nadie mejor que tú para entenderla —hizo una pausa provocada por la tos—, el destino es caprichoso, quizás para que llegaras a ella, para que ella fuera feliz, tenía que suceder antes todo esto.
Y ahora Laura estaba allí, y hablaba de que él estaría en su vida, y a él la vida ya le tenía reservadas pocas sorpresas, había vivido mucho, había viajado mucho, había trabajado mucho, le faltaba amar mucho, y eso sabía con quién quería hacerlo. Aplastó la colilla con el zapato, ignorando la mirada recriminadora de Laura, que usó sonriendo el cenicero junto a la puerta:
—No me di cuenta —se disculpó—, vamos dentro Laura, en un rato nos vamos a dormir, te vienes a casa.

Una hora después el tanatorio se cerró tras su salida, era la costumbre:
—Ni de coña en mi pueblo se deja a un difunto solo —Laura refunfuñaba, no quería irse de allí—, tengo derecho a quedarme, es la última noche que él va a estar.
—El ya no está, Laura, no te necesita, ya no, y tú necesitas dormir una noche tranquila —miró a las niñas—, ¿os venís a casa o qué habéis decidido?
—Iremos al piso de Andorra, llamé a Lola, para que limpie la casa de Sant Juliá mañana por la mañana, cambie sábanas y todo eso —miró Cati a Laura—, no sé si hice bien.
—Claro que sí —le sonrió—, podíais venir a casa de Marcos con nosotros, yo estaría más tranquila…
—¿Por ellas o por ti? —la broma de Marcos le cogió por sorpresa, las niñas rieron y ella, por primera vez en mucho tiempo se quedó sin palabras—, no te preocupes, entiendo que estés espesita, tienes que dormir, mañana hasta las siete puedes dormir ocho horas seguidas, te daré algo para asegurarme de que duermes.
Caminaban hacia los coches despacio, Laura del brazo de Marcos, sosteniéndose en él, del otro brazo Cati, y Elena cogida a su madre, eran una familia, la familia ideal, perfecta, la pareja que en cualquier sitio hubiera pasado desapercibida, padres guapos, guapas hijas:
—No me pienso tomar ni una triste aspirina, Marcos, yo no me fío de ti para nada…
—Bueno, pues no quiero escucharte dar vueltas por la cocina, ni el baño, ni el salón, ni escucharte en toda la noche —miró a Cati con ironía—, y te conozco Laura, en cuanto no puedas dormir, empezarás a escabajarear…
—No se dice así —Laura sonreía—, se dice escarabajear…
Las niñas reían, por lo bajo, sin estruendos, hacía fresco, llegaron al coche, Laura se sentía extraña, hacía unas horas había cerrado los ojos de Miguel, ahora viajaba hasta la casa de su mejor amigo, aquel que Miguel le confesó que estaba enamorado de ella, sus hijas detrás, y no se sentía mal, solo vacía, como si algo dentro de ella se hubiera quedado fuera, para siempre, algo que ya no necesitaba. Miró hacía el monte, lejano, oscuro, y en un corto espacio de tiempo, supo que había querido a Miguel más que querría a nadie, que él había muerto, que tenía que superar su luto sola, dejar pasar el tiempo, vivir, decidirse a vivir sin él, como hasta ahora no había hecho. Siempre con él en la mente. Miguel se había ido con todo dicho, animandola a vivir, a divertirse, confesandole todo lo que tuvo que confesarle, sabiendo por ella todo lo que habían dejado de decir dos años atrás. Las cuentas estaban saldadas, ella tenía que remontar, tenía cuarenta y ocho años, dos hijas jóvenes que tenían que vivir en alegría, y su propia edad para, por primera vez, decidir que quería vivir, que tenía derecho a hacerlo, necesidad de hacerlo y deseos de hacerlo, miró como Vergara arrancaba el coche vigilando por el retrovisor mientras daba marcha atrás, al bajar la vista al volante la miró, se sonrieron:
—Vamos a dejar a las niñas en la casa de ellas, y dame una pastilla para dormir.

Eran las siete cuando sonó el despertador. Buscó a su lado, estaba solo. Se frotó los ojos con fuerza, había dejado la ventana abierta, siempre lo hacía, y la luz clara de finales de julio le resultó desagradable y molesta. Escuchó ruido fuera. Agua correr, Laura, la ducha. Ella ya se había levantado, lo último que recordaba era la figura de Laura tranquila, durmiendo, se asomó al dormitorio a las doce y media y Laura ya dormía, la noche anterior, cuando llegaron había preparado pan tumaca con jamón, unas aceitunas, unas cerveza sin alcohol, se habían sentado en la terraza anexa al salón, había puesto música, música celta, para relajar el alma un poco después de aquel día vertiginoso y rápido. Laura le ayudó en la cocina, entre los dos colocaron todo en la mesita y ella sacó unos cojines para los sillones. Hablaron mucho, durante una hora, de nada en especial, él preguntaba qué planes tenía ahora, sobre todo Cati, qué iba a hacer Cati. Su mundo estaba en Andorra, Laura detalló cada paso, Cati iba a estudiar una carrera, miraría de convalidar los estudios andorranos con la enseñanza en España, y daría los pasos hasta llegar a la universidad. No estaba sola, las tenía a ellas, a Elena sobre todo y a ella también, si quería, ella le buscaría un trabajo, tenía muchas influencias y no le resultaría difícil conseguirle un trabajo por horas en el horario que ella decidiera. Marcos preguntó qué haría con los pisos, si iba a mantenerlos todos. Laura sabía que no, ya lo había hablado con Miguel, no necesitaban dos pisos en Granada, Laura no descartaba volver. Incluso le habló de una oferta que le había llegado aquel verano del Abencerrajes, y se lo iba a pensar:
—Si te decides a volver sí que van a pensar que no tienes estabilidad —había argumentado Marcos.
—Me da igual, yo me fui de Granada porque mi historia con él había terminado, necesitaba un cambio total en mi vida…
—Y ahora que la historia también ha terminado, necesitas otro…
—Pues sí, volver a mi tierra, Marcos, en éstos días he echado mucho de menos mi tierra, la playa también, pero sé que si vuelvo a Granada tendré el mismo trabajo, quizás menos estresante, más relajada… —él sabía que llevaba razón—, Elena mantiene allí también sus amistades, y la universidad de Granada es de las más importantes de España, es una ciudad universitaria, cultural, y es mi casa.
Estaban en la cocina, preparando un té con limón, Laura colocaba las tazas despacio, hablándole ensimismada con la tarea, pero mascando cada palabra que decía:
—Mi madre está delicada, no quiero que mi hermana me llame a media noche, volar para dejarla bajo tierra —se quedaron mirándose—, y si tú me visitas te gustará Granada más que Mallorca…
—¡¿Ah si?! —Vergara le sostuvo divertido la mirada—, pensaba que no sería así.
—Será así, las granadinas somos más guapas —Laura rozó el rostro de aquel hombre con las yemas de sus dedos, suave—, gracias, Marcos, me lo has hecho muy fácil, jamás olvidaré esto.
—Yo sólo quiero que me recuerdes a mí…
Y salió de la cocina tragándose el nudo que se le había instalado en la garganta. Tomaron el té, tranquilos. Él le comentó que quería jubilarse, mantener su consulta privada abierta, necesitaba seguir ligado a su profesión, le gustaba y estaba en plenitud, pero podía dejar su trabajo en el hospital, con el noventa por ciento del sueldo, en tres años, dos y cinco meses para ser exactos, y se lo estaba planteando seriamente. Ella le aconsejaba, daba opiniones. Hablaron de las cantidades que Miguel tenía invertidas, las que ella y Cati cobrarían, Laura iba a tener dinero para no trabajar más. No era su estilo, aquel dinero iría a parar a una cuenta que ella abriría para Cati:
—Y para ti, Laura…
—Yo no lo necesito…
—Él lo quiso así, hazlo así, las dos iguales, ese es tu dinero, no le gustaría que dejaras a tu hija sin nada, no lo vería justo… —le sostuvo la mirada—, Cati y tú, y puedo hacer valer mi poder… —ella sabía que hablaba en serio—, Cati, Elena y tú.
—Yo no lo necesito, Marcos, he sido hormiguita, después de robar paté supe que cada verano tenía que almacenar alimentos en la despensa —los dos sonreían mientras recordaban la anécdota—, tengo un buen trabajo, cobro un buen sueldo, Elena se subvenciona sola, se venderá el piso de Andorra, el de Playa de Haro, uno de los de Granada, por ahora esos —encendió un cigarrillo y le ofreció a él otro—, no quiero que las niñas se enteren de nada de esto, Marcos.
Asintió conforme, sabía la disciplina austera que Laura ejercía, lo había visto con ellas cuando vivía con Miguel, tenían su asignación, ni un euro más, tenían que aprender a administrarlo, no podían despilfarrar. Cuando ellos decidían dar más se consideraba un regalo, pero sólo cuando creían que lo merecían. Quería que ellas siguieran igual, trabajando, ganándose la vida, sin creerse niñas ricas, sin entrar en una élite donde perdieran el control y despilfarraran. Tenían que conocer el esfuerzo, el sacrificio, vivir con holgura pero midiendo. Marcos la escuchaba, perfecta en su educación, en la que había impartido a Elena, en la que Cati adquirió mientras ella estuvo en casa.
Se acostaron a las doce. Ella se duchó mientras él recogía la mesita, y él lo hizo mientras ella fregaba los cacharros. Y a los diez minutos de acostarse Laura, Marcos, cepillados los dientes y apagado las luces, se asomó a aquel dormitorio en donde, con la respiración pausada y tranquila Laura dormía.
Ahora la escuchaba ducharse, Cati le había llevado al tanatorio ropa limpia y el neceser. Vergara se levantó, fue hasta la cocina y puso una cafetera, mientras subía el café se metió en el baño privado. El piso era grande, Marcos había copiado la idea de Miguel y había comprado el piso contiguo, creando un espacio inmenso, minimalista, lleno de detalles, ligero de mobiliario, colores claros, pinturas abstractas, mucho cristal, mucha madera restaurada, Laura se encontraba cómoda allí. Cuando Marcos salió de la ducha ella estaba en la cocina, las tazas de café con leche, puestas, había hecho tostadas. Un pantalón vaquero oscuro, una blusa suelta en tono marrón claro y unas sandalias del mismo tono que la blusa, el pelo en su coleta, un poco pintada, lo justo para no parecer un cadáver, pero aquel poco le daba un aspecto saludable, el dolor todavía en sus ojos, pero el rictus menos tenso, menos amargura en sus labios:
—Buenos días, -el olor de Domínguez llegando hasta su olfato— ¡qué bien hueles al comenzar el día!
—Mejor hueles tú y lo que has preparado…
—Ha llamado Cati, ellas ya se iban para el tanatorio, han dormido poco —él frunció el ceño— ¡no, tranquilo!, se pasaron la noche hablando. Es lo normal en los jóvenes, como no van a tener días…
Se quedó de pie, con la tostada en la mano, rozando con la otra el filo de la mesa, él sabía que iba a decirle algo, pero no quería preguntar, no quería forzar, Laura dudó un poco, se volvió al fregadero y llenó un vaso de agua que no servía para nada, solo buscaba algo para hacer tiempo:
—Marcos, del crematorio os encargáis tú y Josep, ¿puede ser?
—¡Claro que sí! No te preocupes, pensábamos decírtelo, todo lo que quieras evitarte no tienes más que decirlo…
—Me va a resultar muy duro, no sé si podré coger… —no podía terminar, respiró hondo—, bueno mejor os encargáis vosotros, ya iré yo pudiendo, almacenando fuerzas y eso…
Se dio la vuelta y salió de la cocina dejando a la mitad la tostada, Marcos la oyó llorar en el baño.
A media tarde todo había terminado. Aquellas gentes que la habían besado, a las que no conocía, que le hablaban de Miguel con respeto, que valoraban su trabajo y le admiraban, se fueron. Después de asistir a un funeral, de escuchar palabras consoladoras y de pasar por el trago de la incineración, cerrar los ojos y no querer pensar, no recordar, no imaginar. Diez días desde su llegada, Miguel ya no estaba. Todo había terminado. Laura en el balcón, apoyada en la baranda blanca, vestida de oscuro, fumando y llorando, Elena la había visto y le había hecho el gesto a Cati de dejarla sola. Las dos niñas se encerraron en el dormitorio de Cati, amplio, de dos camas, Cati ocupando la suya, Elena tomando propiedad de la que quedaba libre, abriendo la maleta y sacando sólo la ropa que podía arrugarse demasiado doblada y prensada por otras:
—Lo va a pasar muy mal —Cati miraba a la chica que en silencio colocaba alguna camiseta—, jamás pensé que podría ver tanto amor como he visto en los últimos diez días.
—Yo sí —Elena parca en palabras, recordando.
—Lo mío fue distinto, yo no sabía y encima tenía a quién atacaba…
—A mi madre le destrozó la vida —Elena tenía rabia, mucha, había callado muchos años, demasiados—, mi madre era alegre cuando todo empezó, ¿sabes cuándo empezó, Cati? ¿Alguna vez él te dijo cuando empezó?
—No, nunca me dijo fechas, sólo cuando mi madre descubrió el mensaje del móvil, la noche que volvimos de León…
—Pues un poco antes, dos años antes… —Elena se volvió a Cati y la miró dolida—, ¡lo que mi madre sufrió jamás lo olvidaré, Cati!
La quedó mirando, tenía deseos de gritar, de chillar todo lo que no había gritado ni chillado durante aquellos siete años:
—Yo tenía quince años cuando mi madre recibió aquellos mensajes…—se había apoyado en la puerta del armario y estaba dispuesta a contar todo lo que sucedió—, cuando le dijo que era penosa, que era el ser más vacío que había conocido…
Hizo una pausa, Cati la miraba recordando ella la discusión de aquella noche en su casa, las voces de su madre, los gritos, los insultos a su padre y a Laura, su llanto, Sonia escudándose en su hija, hablándole a su hija de trece años, ese es tu padre, esa es la amiga de tu padre, la puta que compartió mesa en la boda con nosotras, la que ha insistido hasta quedarse con él, con su porte de señora, con sus aires de grandeza. Y todo aquello haciendo mella en la mente de Cati, pensando que, efectivamente, sus padres se llevaban mal por culpa de Laura, sin pensar jamás que el problema era que no se querían. Ahora Elena le contaba la otra versión, el sufrimiento que jamás conoció, las palabras que nunca supo que Laura recibió:
—Me encontré a mi madre destrozada en la cocina, incapaz de tragar, de hablar, gimoteando como una niña. Yo sí leí los que tu madre le envió… —se dejó caer en un puff naranja, a juego con las cortinas.
Y de repente Laura en la puerta de la habitación, serena, sonriendo:
—¿Has colocado ya la ropa?—ignorando la conversación de las dos jóvenes—, no deshagas mucho, aunque al menos yo tengo que quedarme unos días, hay temas legales que solucionar —miró a las dos alternativamente—. No quiero que jamás salga ese tema, ¡jamás! —la rabia, el dolor, la pena, la furia—, es un tema privado mío y de Miguel, él ya no está, y si alguien lo cuenta debo de ser yo —se volvió hacia Elena—, ¡¿has entendido Elena?!
—¡Mamá, yo sólo quería…!
—¡¿Entendiste, Elena, sí o no?! —no estaba dispuesta a escuchar alegatos.
—Sí, mamá —miró con dureza a Cati que tenía la cabeza gacha, mirando algún punto del parquet.
—Bien, si algún día queréis saber las dos, juntas, todo lo que pasó, cuando transcurra un tiempo prudencial, os sentáis conmigo, tranquilas, preguntáis y yo, si lo considero oportuno, contaré hasta donde mi sentido de la intimidad me permita —volvió a dirigirse a Elena—, mi dolor hija, fue, es y será mío, el que te ocasioné lo siento. Cati vivió el suyo, ha sido una historia complicada, en la que se vio inmersa mas gente de la que nos hubiera gustado —al llegar a la puerta, se volvió—, nos hubiera gustado poder hacer las cosas de otra manera, pero no supimos, Miguel no os puede pedir perdón, yo lo hago por él y por mí, si en algún momento os dañamos tanto que no podéis perdonadnos, lo siento…—Cati se levantó y la abrazó, Elena lloraba de pie, y con timidez se unió al abrazo de las dos mujeres.
Laura se deshizo de aquellos brazos, salió al patio, regó plantas, limpió de hojas algunas macetas, pasó la bayeta por la mesa y los sillones, volvió a entrar a la cocina y abrió la nevera. Decidió hacer una ensalada de palmitos con salmón, se colocó el delantal cuando escuchó el portero. Sabía que ellos volvían.