20 feb. 2017

¿A PARTIR DE LOS CINCUENTA...?... (Reflexión intencionada)

"Las mujeres, a partir de los cuarenta y sobre todo en la cincuentena se sienten atraídas por hombres de treinta años, moldeados en gimnasio, que cuidan su pelo, sus músculos, su tendencia a vestir a la última" (…)"En la mayoría de los casos, las señoras que se sienten atraídas por hombres de esta edad terminan su situación sentimental estable. Sucede por eso que las estadísticas dan un porcentaje tan elevado de separaciones solicitadas por mujeres mayores de cuarenta y cinco años, cuando la causa se desconoce, generalmente, suele ser un enamoramiento de hombres mucho más jóvenes...".

Hace un año estos párrafos me sorprendieron colocándome una amplia sonrisa, me dediqué a rastrear estadísticas sobre separaciones de una pinza de edad determinada, las separaciones en las que las mujeres habían dado el primer paso. Mi sorpresa fue mayúscula cuando esta teoría de la señora psicóloga que escribió este artículo quedó tirada por el suelo. Descubrí que sólo un tres por ciento de señoras mayores de cincuenta años habían roto su relación de años por un muchacho menor de cuarenta, que un setenta y cinco por ciento había rehecho su vida con señores de su edad y que el resto habían preferido permanecer solteras. Descubrí que sólo un veinte por ciento había roto su relación por una tercera persona, el ochenta por ciento restante lo había hecho por cansancio, aburrimiento, agotamiento, monotonía, rutina. Y descubrí que de este ochenta por ciento más de un cuarenta había rehecho su vida después del primer año de separación… Luego pensé en mí, como buena cincuentona que soy, o cincuentañera, esa palabra tan de moda. Un chico joven, cincelado en gimnasio, que vigila su dieta, que usa cremas, que no necesita ibuprofeno, que puede trasnochar sin ojeras al día siguiente, que exigiría que se le alabaran sus músculos y sus coitos, al que habría que poner un radar anti treintañeras y me obligaría a estar en alerta y en salones de belleza varios durante todos los días de mi vida… pues como que no. Yo creo que he entrado en esa edad en la que me fijo en un señor calvito, o canoso, con sus mollitas bien colocadas, sus traseros, que también los tienen aunque se nos olvide a veces, un señor que tenga una personalidad fuerte y definida, que me haga reír, que no me mire mal cuando me coma cinco bombones de una tacada ni que se asuste cuando despierte a mi lado y me vea bostezar con el pelo alborotado y la legaña puesta… La pereza de tener que decirle a un chaval que no se va a romper porque yo decida sorprenderle y subirme encima de sus rodillas, la pereza de tener que sentir celos cuando no los sentí jamás. Dicen que ellos, los señores, presumen cuando llevan a una chica joven a su lado, pues normal, es para presumir, igual que las maduritas que lleven a un joven al suyo, en ambos casos puede existir el amor, de hecho, siendo confiada, supongo que existe, no se trata de divagar ahora sobre enamoramientos, aunque la psicóloga hablara de ellos y eso me descuadrara. Creo que las mujeres, a los cincuenta, a los sesenta, es decir, cuando hemos rebasado la frontera peligrosa de querer que todos nos vean estupendas, nos hemos ganado a pulso el sólo deseo de gustarnos a nosotras mismas, de ir por las bifurcaciones que más nos gusten, de no quedarnos demasiado con las ganas, y de no sorprendernos por demasiadas cosas, aunque la vida sea una constante sorpresa. Pero como siempre hablo en modo subjetivo no puedo visualizar de forma seria las escenas que sucederían con un chico de esa edad a mi lado, con mi físico, con mis ideas libertarias y con mi nivel egoísta de cincuentona que reclama su ración de atención masculina, tampoco creo que ningún muchacho de menos de cuarenta asiduo a gimnasios se detenga demasiado en seiscientos, por muy reliquias que sean, cuando tienen al alcance de su mano deportivos de gama alta con los que poder presumir de músculos, con los que pueden compartir cremas y batidos dietéticos. No creo que ninguna psicóloga (o muy pocas) corrobore los párrafos con los que abría mi parrafada. Una servidora, con sus cincuenta y dos en proceso de crecimiento, con lo que es feliz realmente es con una buena charla erótica, que esa es otra, descubrir el erotismo del diálogo compartido, con un tranquilo paseo caminando a buen paso, compartir un helado sin pensar en calorías, perder el pudor al quedarse desnuda sabiendo que, enfrente, para su goce visual, hay un cuerpo que también pasó las etapas musculadas, descubrir que hay canas que sientan muy bien, que la calvicie (que encima está de moda) puede ser de lo más atractivo, que las barriguitas cerveceras hacen juego con nuestros michelines y que despertar desperezándose sin ningún miramiento tiene un gran encanto, pero sobre todo tiene la complicidad de saberse recorridos, vividos y aceptados… aunque como diría mi amiga Maite, también se puede una pasar a la cerveza con alcohol después de haber tomado siempre “sin” y resultar que nos gusta, igual, todo esto, es porque no hemos intentado ni probarlo. Una sonrisita, que siempre queda bien, y ante todo, saber lo qué queremos, cuándo lo queremos y luchar por querernos siempre.
 

17 feb. 2017

A ESA MUJER TAN BUENA Y VALIENTE.... (Felicidades, mamá)

Mi madre cumple ochenta años. Así, de repente, como suena. Ochenta años de una vida, de varias vidas, de todas las vidas del mundo. Mi madre cumplió sus pequeños sueños, esos que hacen de la vida el recorrido que merece ser vivido, ha visto crecer a sus hijas, ha conocido a sus nietos, ha llorado al despedir a sus seres queridos, ha sabido del miedo a la enfermedad… y ha amado. Supongo que para cada hijo su madre es única y especial. Para mí la mía es la estela, esa que aunque no esté está, que cuando está tal vez se guarde silencio, el silencio que se rompe con olvidos, los enfados de no aceptar que se ha hecho mayor y olvida, el olvido de que un día fue y ya no es, el olvido de todo lo que ella recordó para que nosotras recordáramos, el olvido de los besos que recibimos cuando no nos hace caso o nos cansa… como todas las hijas, como todas las madres... Cumple ochenta años y se quedó sin el amor del hombre al que amó desde los diecisiete años, y enterró a una madre, y no conoció a un padre y cuidó al que la vida le regaló, y acunó a sus hijas, y las hizo meta para llegada, y besó sueños de bebés nietos que el destino le puso delante. Se ha quedado su voz en mi oído y sus ojos en los míos, la veo poco, la tengo siempre, me toca vigilar ahora a mí sueños de pequeños héroes que sueñan con ser futbolistas, me toca viajar cuando ella odia que recorra kilómetros, me toca explicarle que es mi sueño, que todavía tengo sueños cuando ella ya olvidó los suyos, o los cumplió. Se fatiga ya con tareas que hace muy poco tiempo le llenaban tiempo, repite demasiadas veces la misma pregunta, se queja de pequeñas dolencias, se cuestiona poco, su mundo son sencilla rutina que encomienda a Dios, pasos conocidos repetidos tantas veces que los podría dar sin mirar. Mi madre cumple ochenta años y no me ha dado tiempo a pensar en que algún día no estará, no me ha dado tiempo porque dolió un adiós y todavía no estoy preparada para otro, quiero seguir escuchando su voz de vez en cuando y sobre todo quiero saber que está, que sigue caminando fuera, con el frío del invierno de su pueblo y el calor de su verano. Que me visite de vez en cuando y me asevere en mis tareas, que me haga enfadar y deje de hablarme durante minutos que para ella son horas y a mí me ponen la sonrisa que ella tenía cuando la que dejaba de hablar era yo. Mi madre se fue, aquella madre que cantaba ya no está, ni la que reía ocurrencias con algarabía, creo que se fue el día que se fue él. Ahora es otra, es la preocupación constante por los suyos, las lágrimas de la despedida aunque estemos a pocos kilómetros, el orgullo de abuela, la mirada de ojos acuosos que fueron alegres y fueron sostén y ternura, y son ahora dulzura de vida. La vida me ha enseñado que ellos, los padres, aquellos que conocimos en la etapa perdida de nuestro camino ya no están aunque estén, que nosotros tampoco estamos, que somos otros, que ellos son otros, pero algo quedó, siempre estará, ha quedado la voz cantarina, el grito rompiendo las noches de verano cuando me llamaba desde la puerta para que dejara mis juegos y volviera a casa, ha quedado el rezar sentada en mi cama, el tocarme la frente para saber si tenía fiebre, el abrigarme cuando ya el calor anunciaba el verano, ha quedado la vida en mis dedos, queda ella en mí. El recorrido ha sido extenso, sus manos trabajadas lo demuestran, las jornadas de vendimia, los bordados en las sábanas que atesoro porque fueron sus ojos los que se quedaron en pequeñas flores y en finos hilos. La madre. Mi madre. Aquella que me cantaba “que bonita que es mi niña” cuando intentaba dormirme sin mucho éxito, la que me advertía que “ya vendrá tu padre”, la que soportó mi rebeldía y mis berrinches, la que me vio irme una y otra vez, la que sigue viendo como me voy y ahora intento ocultárselo para que no se preocupe porque me voy lejos. Ha cubierto sus pestañas de una tristeza difícil de descifrar, como si le diera miedo pensar demasiado cuando ya pensar para ella es un esfuerzo supremo, cuando hay que recordarle muchas cosas pero recuerda las básicas. La tristeza de los momentos que sabe que no volverán, que es duro saber que el camino se acaba, y le sonrisa de quien sabe que no lo hizo mal del todo, que jamás albergó odios, que fue limpia y fue discreta, aunque con la vejez se olvide un poco la discreción y se tome el derecho a decir lo que se piensa. Mi madre cumple ochenta años y me hace ver que yo he comenzado el camino de regreso, que sigue la niña que fui metida en mí, como sigue en ella la madre joven que siempre esperó mi llegada. Se es llegado el tiempo de esperas, la vida es una espera constante, me descubro a veces pidiendo más tiempo a la vida, más tiempo para todo, más tiempo para ella. Hay años que se celebran en silencio, con la calma que da saberse vivida, la labor cumplida, la tarea terminada, días para sentarse y regresar a pasados vivos todavía, llenos de arrugas, de voces jóvenes y estaciones que pasaron por los dedos y no pudimos retenerlas, porque la vida, sencillamente, es un vaivén del viento que se nos escapará siempre. Felicidades a mi madre, que cumple ochenta años con la lucidez justa para saber que vive y que la queremos.

16 feb. 2017

UNA SENCILLA CARTA DE AMOR...

Hoy tocaba una carta de amor, de sencillo amor de admisiones, de imperfecciones, de esas cartas olvidadas de amor sin motivo, de saberse enfrente aceptando tus retos, las culpas que te anexionas por el simple hecho de que ejerzo el derecho a perdonar y a aceptar a mi vez; me duele que te culpes de un carácter indómito, adoro la salvaje libertad humana, odio tus “lo siento” cuando sé, a ciencia cierta, que ese error que confiesas no fue premeditado, que no fue, ni por asomo, provocado con la intención de dañarme, no me gusta la tristeza que te produce el creerte culpable. Acepto esa sonrisa triste y esa voz altanera que contrasta con tu confesión de que me amas, y me llena de amor cuando me pides que te enseñe, cuando admites que nunca tuviste caricias pausadas sobre una mano mientras dejabas tu alma desangrarse entre unos labios. Te ha vapuleado la vida, hay vidas así, doloridas y sufridas, esas que te dejan amargura en la voz y dureza en la mirada, ojos que se entornan cuando otros que aman se posan fijos sobre ellos y son incapaces de mantenerlos sostenidos por ternura. Hay hombres así, catalogados como fríos, insensibles, cuando la realidad es que nadie supo ver toda la ternura que había dentro. Quizás es demasiado trabajo detenerse a escuchar, a observar, a acariciar, a besar. Tal vez sea más fácil terminar retozando en una cama sin hacerse muchas preguntas del por qué un ser humano es duro, o, mejor dicho, por qué esconde su debilidad en un caparazón impenetrable. Me hablas de que eres un perro callejero, de que nadie nunca te acarició con buenas intenciones, de que fuiste de unas manos a otras para comprobar, una y otra vez, que fuiste utilizado, que al más mínimo fallo se te dio un golpe o te apartaron con el pie cuando sobrabas. Que colocaron una correa y te dejaste llevar hasta que aprendiste a defenderte de la única forma posible, atacando cuando, de nuevo, otra mano te rozaba… ¡Qué complicada es el alma humana! Esa que se esconde para la defensa propia, para guarecerse de la dureza de los aludes de la vida, para aprender que la mejor defensa es un buen ataque, y descubrir un día que, tal vez, llegó la mano que acaricia sin interés, y te ayuda a defenderte sin atacar, aceptando, pidiendo que te enseñen a amar. Me sonrío cuando me hablas de mí, de mi valía, de lo que entrego, de que te hago feliz porque valgo, me sonrío porque todos los mortales somos presuntuosos y nos gustan los halagos, si no fuera porque, en ocasiones, cuando somos sinceros con nosotros mismos, descubrimos que valemos por la persona que tenemos al lado, que reflejamos su valor y su valía, sus emociones y su ternura, quizás soy el espejo perfecto en el que mirarte, tal vez encontraste tu reflejo y al mirarte en mí sacas lo bueno, aunque, como buen humano, salga también lo malo, afortunadamente perfecto no hay nadie. Eres todo, me preguntas a veces qué vi en ti, te han hecho creer que no tienes nada que merezca la pena, te han acusado tantas veces que esperas la próxima acusación, que llegas a creerte que nada posees. Las personas podemos ser crueles cuando nos creemos por encima de los errores humanos, cuando nos creemos a salvo de culpas propias e intentamos culpar al resto, por eso nos exoneramos de culpas y enjuiciamos a los demás. Eres valioso, siempre lo fuiste, el recorrido es largo, el conocimiento también, para saber del alma humana hay que conocer el camino que se anduvo, no fue fácil el tuyo, ha sido agreste y empinado, has sido perro callejero que te revuelves todavía cuando una mano acaricia, pero todo eso te hace valioso, sólo que no lo sabes, no tienes conciencia de ello porque te hicieron creer que nada bueno poseías. No es por mi bondad por lo que estoy a tu lado, es porque tú me haces así, reflejo lo que recibo, nadie puede dar lo que no posee. Los demonios carecen de reflejo en el espejo, los muertos también, si alguien refleja tus virtudes es porque tú las posees. Das calma aun sin pensarlo, dibujas sonrisas con una frase distendida a pesar del cansancio, respetas silencios porque amas el silencio, cierras los ojos y recorres tu vida, e invitas a hacer lo mismo a quien está a tu lado. No eres sombra, das luz, no lo ves porque las almas generosas nunca ven lo bueno que regalan, se limitan a recoger lo que saben bueno de los demás, sobre todo si no se tuvo. Has aprendido, es buena señal, todos deberíamos de aprender pequeños detalles a diario. Has descubierto que el verdadero deseo nace de una mirada, la importancia de recorrer con las yemas de los dedos un rostro sin más expectativa que procurar la sonrisa serena del rostro acariciado, has aprendido de una cabeza sobre tu pecho hablándote hasta que tu respiración se hace pausada y tus ojos se cierran… Nadie nace sabiendo, se aprende viviendo, hay quien descubre antes la luz de su alma, hay quien tarda años y complica el camino, pero consigue llegar cuando descubre que su piel necesita otra piel por tocar, que sus ojos buscan los ojos que nunca los miraron, que su voz necesita un oído para descansar y otra voz que le devuelva el eco. Se necesitan años de aprendizaje para aceptar los defectos y saber de las imperfecciones, pero, sobre todo, se necesita mucho valor, mucha valía, para retener entre tus brazos un espíritu libre, la rebeldía de una sonrisa, y que te confiese que eres el perfecto reflejo del espejo, porque tu valía me hizo valiosa.

14 feb. 2017

ENMASCARADO SAN VALENTÍN... (Pequeño relato)

Nos hemos sentado a la mesa que el atento camarero con pajarita nos ha señalado, he dado un vistazo rápido al salón, flores y corazones, corazones hechos con globos, con papel pinocho, con papel de seda, flores por doquier, en la mesa un centro que tapa el escote de ella, tal vez lo único más relevante de la cena. Cena multitudinaria organizada por un restaurante para que recordemos que es el día del amor, mala cosa si un restaurante y todos los aledaños tienen que recordarte que amas. Y yo ya no la amo. Me he dejado llevar por la multitud olvidadiza, esa que no recuerda ni siquiera la fecha del primer beso o de la primera vez que hizo el amor con ella o con él. Desde la noche anterior me entretuve mentalmente haciendo un recorrido por la vida en común con ella y no recuerdo fechas, ni una, la de la boda porque va grabada en un aro de oro alrededor de mi dedo, a veces creo que es la marca del dueño de la res, como cuando las marcan a fuego. El salón está lleno de parejas y de sonidos suaves que van llenando el espacio de laxitud, parejas que, mientras las observo compruebo que hablan poco y se miran menos, sonrisas pintadas ellas, ellas sonríen más, la mayoría sonríe, ellos están entretenidos, la mayoría, con la carta de vinos y de postres. Me pregunto cuántos estarán pensando lo mismo que yo. He palpado el bolsillo de la americana, la que me ha hecho poner ella porque era una ocasión especial y combina mejor con su vestido que la chaqueta que me gusta, un poco más usada y más cómoda. Dentro del bolsillo la cajita con los pendientes que compré esa misma mañana, cuando ella me sorprendió con un reloj y yo le dije que mi regalo lo reservaba para la cena. He acumulado cuatro relojes los últimos tres años, los Reyes Magos se despistaron y no consultaron con San Valentín. Cosas de la vida… Supongo que ahora tendré que sonreír un poco, devolverle los cumplidos y los te quiero y recordar juntos el largo recorrido que ya, de común, tiene poco. Hace mucho que ya lo común ha pasado, exceptuando comidas, eventos, reuniones de tutorías, charlas sobre los niños y visitas a familiares. No consigo recordar cuándo programamos juntos un viaje, o una salida, de esas cosas se encarga ella. Quiero pensar que lo hace porque es a la que más importa que esto no se vaya al traste cuando esto, lo nuestro, lo que sea, está ya en el traste desde hace mucho tiempo. La vida es así. Nunca me puse expectativas muy altas, quizás por eso ahora duele menos. Viví, como cualquier mortal, los pasos enlazados, uno tras otro, que me fue marcando la sociedad y mi corazón, que por aquel entonces sentía muy diferente a como lo hace ahora. No me arrepiento de nada, no soy como Blas, mi compañero de trabajo, que confiesa en los turnos de café diarios que se arrepiente de todo lo hecho anteriormente, desde que apareció Laura en su vida, una cuarentona estupenda que le ha tatuado una sonrisa permanente cada vez que habla de ella con una naturalidad envidiable. En mi vida no hay cuarentonas estupendas, todavía no, puede que las haya, pero yo no desglosaré rosarios de quejas por lo que hice en etapas pasadas, Blas habrá tenido que comprar doble regalo, sé que el de Laura habrá sido escogido con mucho más esmero, más cuidado, más ilusión y más amor. He vuelto a pasear mi mirada por la sala, me he entretenido en averiguar cuántos señores de los que llenan la sala, con sus americanas impolutas y sus regalos en el bolsillo, habrán tenido que comprar doble regalo, cuántos estarán pensando ahora en salir corriendo, cuántos habrán silenciado el sonido de sus móviles, alojados en otro bolsillo de la americana cara y cuántos estarán deseando visitar el baño para poder responder o enviar un mensaje. Es triste comprobar que la rutina ha hecho acto de presencia de forma tan rotunda que no ha dejado paso ni a la indiferencia. Intento centrarme en la conversación de ella, sus preguntas, las que en su mayoría comienzan con un “¿Te acuerdas…?”, y yo intento acordarme, aunque sea ella la que va desgranando momentos que, en mi más profundo yo, ignoro haber vivido, a veces creo que ese del que habla, el que compartió todos esos momentos, no fui yo, que se equivocó de chaval, que fue otro. No quiero alargar más la agonía, he sacado mi cajita, la he liberado del bolsillo y la he puesto encima de la mesa, he asistido a la algarabía comedida de ella mientras la abría y he dejado hacer al destino. Ha mirado los pendientes y ha abierto el pequeño sobre que se escondía junto a ellos. Se me ha quedado mirando. Supongo que fue cruel mi decisión, que no se hacen cosas así el día de San Valentín, pero cuando lo hice fue lo que deseaba hacer, y nunca me quejo de las decisiones tomadas. Me ha mirado con tristeza, una voz profunda me ha gritado desde mis entrañas que soy un hijo de puta, no me importa, lo he sido todos estos años que he soportado sin rechistar, haciéndole creer que todo estaba bien, que era feliz, que la quería. No hay mayor crueldad que la de mentir en el amor. Se ha levantado con calma, ha recogido el abrigo y el bolso y ha dejado abandonada la cajita y el sobre… No ha hablado, su taconeo ha sido tapado por la música suave, la he visto salir del salón sin remordimientos. El camarero atento de la pajarita se ha acercado, ha preguntado si sucede algo, le he dicho que cenaré solo, tal vez el próximo año compre un regalo para una cuarentona estupenda, o tal vez no, tampoco me importa. He recogido los pendientes y la nota abandonada para devolverla al sobre. El camarero, mientras retira el cubierto sobrante ha visto las escuetas palabras impresas con boli negro sobre una tarjeta de papel pergamino, “Lo siento, pero te digo adiós, María, hasta aquí llegué”…

13 feb. 2017

FELICES 55. GRACIAS.... (A Manuel, felicidades)

Me he propuesto desearte feliz cumpleaños sin demasiados aliños emocionales. Es difícil resumir los años convividos y compartidos, cumples cincuenta y cinco años, una cifra redonda, sin demasiados aspavientos, los celebras en silencio, como siempre, llenos de momentos y de recuerdos, y de caminos en los que hemos acompasado el paso y luchado juntos. Podría decir que has sido el compañero perfecto, sonaría a exageración, pero para nada lo es. Has sido el compañero perfecto, el que ha animado, apoyado, consolado, escuchado, compartido. Has sido el oído y la voz, la suavidad de la vida, el cobijo y el brazo. La mano y el corazón. Cumples cincuenta y cinco años en los que la vida te ha regalado dos hijos, en los que la felicidad te visitó de vez en cuando, como a todos los mortales, en los que has luchado, has soñado, te has decepcionado, has perdonado, has comprendido. Cincuenta y cinco años, de los cuales veintinueve los compartiste conmigo sin demasiado esfuerzo y con mucha generosidad. La misma que has entregado cuando se ha solicitado tu calma y tu paciencia. La que has tenido conmigo durante todos estos años. Han pasado los años sin darnos cuenta, o dándonos pero sin querer reconocerlo, has sabido afrontar lo que la vida te fue poniendo en el camino, sin sobresaltos, admitiendo que los años pasan y que lo importante es vivirlos. Nada más importante que vivir los años con los tuyos, con los nuestros. Un año más para darme la oportunidad para darte las gracias. Para agradecerte por mil motivos, pero sobre todo para decirte que has sido una pieza clave en mi recorrido, darte las gracias por estar, por saber, por comprender, por abrir, por empujar, por soltar, por no amarrar nunca, por el tiempo y el espacio, por las risas y los llantos compartidos, por el brazo abrazando cuando la tempestad asustó, por los labios sonriendo cuando fue tiempo de tristeza y no dejar que ella me rozara. Cumples años, deseo que sean muchos más, que los vivas, que los disfrutes, que los condenses, que los recorras, que hagas camino, que abras puertas, que cuentes conmigo, que agarres mi mano cuando la necesites, que me pidas la voz cuando te falte. Y la de tus hijos, esos que estarán siempre en tu mapamundi, que son Alfa y son Omega, que son los Puntos Cardinales de tu existir, ellos siempre. Los que animarán tus días y velarán tus noches, los que contarán contigo como lo han hecho hasta ahora. Felicidades, Manuel, por cumplir años, por ser como eres, por tu honestidad, por tu limpieza de alma, por no entender de sombras en esquinas, por esquivar los golpes a traición. Felicidades por los amigos que te quieren, hoy en día la amistad es un valor decadente que muy pocos conservan, los mismos que abrieron trincheras contigo cuando la vida nos empujó a plantar batalla. Ha sido un recorrido intenso y extenso. Hay caminos que bifurcan para luego volver a converger. Gracias por no desanimarte nunca, por no dejar que yo lo hiciera, por ser el perfecto compañero y el gran amigo, por haber sido un buen hombre y un buen padre. Por las horas de desánimo y desaliento, por las veces que tuve que levantar tu rostro para que miraras y comprendieras, por las noches de charlas y las salidas dignas, por guardar silencio cuando el dolor nos laceró los costados y nos quedamos sin palabras. Felicidades. Deseo que sigas cumpliendo años, deseo poder seguir felicitándote siempre, soplen como soplen los vientos. Gracias por abrir la puerta a quien entra y cerrarla en las narices a quien intentó colarse. Gracias por todos los amaneceres compartidos y los atardeceres inciertos. Las buenas personas tienen en su haber un listado enorme de agradecimientos, tu listado podría ser interminable, no sólo por los míos, por los de tus hijos, por los de tus amigos. Esos que siguen ahí, silenciosos y acogiendo, como siempre lo hicieron. Te debo el aprendizaje de la vida, te debo el conocimiento de la honradez, te debo que estuvieras cuando todos dieron la espalda, te debo una tarde de agosto. Estaré en deuda siempre. Te agradezco el haberme permitido hacerte feliz por un espacio de tiempo condensado en vivencias. Gracias por enseñarme que los hombres cabales, los que se visten por los pies (o eso nos decían), existen. Y yo tuve uno a mi lado. Gracias por ser como eres, por ser quien eres, por ser el padre de mis hijos y acostumbrarme a diálogos lógicos llenos de razones y sobre todo de respeto. Gracias por tu respeto para mí y para mis decisiones. Eres grande. Lo fuiste siempre, lo serás siempre. Un beso lleno de recuerdos, de sonrisas, de momentos y de calma, la calma que da cumplir años sabiendo que jamás hiciste daño a nadie.

10 feb. 2017

SOY UNA MUJER QUE VIVE... (Reflexión íntima y personal. Me la debía)

¡Qué complejo esto de internet! Se crea una identidad falsa, nos creemos a salvo y nos dedicamos a enjuiciar, acusar, menospreciar a personas que no nos deben explicaciones. Resulta tan fácil que sería hasta irrisorio, si no fuera porque hay situaciones en las que, por mucho que nos escondamos, tenemos que aportar nuestra verdadera identidad, y es entonces cuando dejamos al descubierto los despechos, las iras, las rabias y las soberbias. Malas consejeras siempre. Olvidamos que nadie ajeno a nuestro entorno nos debe ni una sola palabra sobre sus actos, que las personas tienen libertad y derecho a su privacidad y a su libre albedrío, y que, cuando hemos sido incapaces de manejar una situación personal, lo más ruin es querer involucrar a terceros después de habernos creído en vidas con estructuras perfectas, que no lo habrán sido tanto cuando al primer vaivén del viento se nos ha caído en edificio con los andamios incluidos. Como dije en alguna ocasión, la inocencia no hay que demostrarla, hay que demostrar la culpabilidad, pero aún así, hay que demostrar la culpabilidad de personas que nos atañen, no podemos comenzar a culpar a diestro y siniestro de una situación personal, íntima y privada, porque de hacerlo así estamos dando el derecho a la defensa legal de las personas a las que hemos incluido en nuestra vida. Y a veces, la defensa, puede ser un ataque en toda regla. Siempre pensé que una persona inteligente guarda datos legalmente conseguidos, no olvidemos que los ilegales no nos sirven, puesto que se nos pueden volver en contra. Espera su tiempo, guarda silencio, porque los perros, cuando ladran, advierten de su presencia y la presa se pone en aviso. Personalmente no tengo que informar a nadie de adónde voy, con quién, cuándo, ni de lo que hago o dejo de hacer, mi vida es mía, vive y deja vivir, como hoy decía mi compañera María José Moreno, vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la vida en el propio. Si no conoces los entresijos de la vida ajena no la menciones, porque podemos llevarnos sorpresas que nos hagan cerrar los ojos y darnos cuenta de que “la cagamos” (con perdón). Cuando un tema concreto te atañe personalmente se comienza a crear una especie de coraza, pero sobre todo se aprende la paciencia. Siempre he sido impaciente, hasta hace muy poco tiempo, cuando comprendí que todo pasa cuando tiene que pasar, no soy mujer de amenazas, jamás lo fui, no insulto, jamás lo hice, no acuso, jamás lo he hecho. Siempre fui de defenderme desde mi postura, sin atacar al resto. Nunca culpé de situaciones personales a nadie, no lo necesito, sé cuando hago algo mal y apechugo con ello, tampoco me arrepiento de decisiones personales que, en su momento, creí que eran las mejores. Vivo mi vida privada de la forma que considero más justa y más íntima, por muchas fotos que publique sobre mi persona, en ningún momento doy tres cuartos al pregonero para comunicar mis estados personales, los que yo considero privados. No encuentro ni maduro ni razonable escudarse en un seudónimo para poder atacar impunemente por el simple hecho de que en nuestro recorrido no hemos progresado adecuadamente. Hay estados que pueden ser cuidados y mimados, el de salud y el emocional, por ejemplo, pero eso no nos garantiza que uno y otro nos pueda dar un quiebro. Culpar a la tropa enemiga de la derrota no nos exime de la culpa de no haber planteado bien la batalla. Cuando todo esto nos puede, cuando la rabia nos invade, el paso más fácil es culpar al resto del mundo, a todo aquel que no nos baila el agua, a todo aquel que decide dejarnos con los insultos en la boca. En ocasiones nos llenamos de improperios, los lanzamos, olvidamos que al hacerlo estamos cerrando la posibilidad de abrir la puerta de nuevo, nos llenamos de prepotencia y la pregonamos en nuestras redes, y allí nos sentimos tan felices que nos lo creemos, y entonces decidimos que vamos a recuperar datos de años atrás porque nos interesa, en aquel momento, años atrás, dejamos pasar la ocasión, porque nos resultó mucho más cómodo, porque nos permitió seguir teniendo un status que basamos en una estabilidad que sabemos que no existe, en cuanto se tuerce la veleta y sopla el aire en contra recuperamos lo que dejamos aparcado, por el simple hecho de que ahora nos interesa, arremetemos contra los que están fuera y pedimos disculpas porque ellos no hicieron lo que tampoco hicimos nosotros, pedimos disculpas, pedimos explicaciones, nos erigimos dioses dignos de ser alabados y adorados, o adoradas, en este caso. No. El mundo no va así, las situaciones cambian, la vida se transforma, nadie nos debe nada, las personas tienen derecho a su libertad y a su privacidad, esa que hemos violado. Y tienen derecho al honor, y cuando nos atrevamos a acusar en plataformas a otras personas debemos de asegurarnos de que lo hacemos con pruebas. Y sobre todo, con la certeza de que perdimos, de que lo que se fue no va a volver, no por tener una vida compartida, si no porque le hicimos la vida insoportable, porque llenamos minutos de espionajes, acusaciones, victimismo… La vida me ha enseñado dos cosas en los últimos tiempos, que hay que ser prudente, que hay que dejar pasar el tiempo, y que cuando un vaso está hecho trizas raramente se puede volver a llenar de agua. Soy una mujer que vive.
 

4 feb. 2017

¿SABES DE...? (Poesía)

¿Sabes de la lágrima detenida?
¿De la sonrisa trémula y el caminar pausado?
¿De la blancura y del olor a limonero?
¿Sabes de una mano en otra mano?... 
¿Del eco de los pasos compartidos,
de los besos robados,
de las miradas fugitivas,
de las fuentes que lloran,
de los vientos que rozan,
de las piedras que hablan,
del naranjo que enamora a una luna llena
que ilumina un río,
de la cálida brisa de la aurora
mientras desnudas un cuerpo
y besas una espalda,
de la primera luz del alba,
de amarse cuando asoma la aurora?...
¿Sabes de reclinar la cabeza sobre un pecho
y que una mano roce tu cabello?
Y de que nadie hable
y sea el silencio el que grita un "amor mío, te quiero"...
y una guitarra que desgarre el aire...