21 may. 2017

EL NO APRECIO... (Poesía)

Ya no me duelen las espinas de las rosas,
fue ayer, el pasado huyó, y con él el miedo,
ya camino descalza sin temores,
ya avivo sin quemarme el fuego,
ya levanto la mirada hacia los soles.
He perdido mil veces la partida,
rara vez gané en la ruleta de la vida,
aprendí del respeto al enemigo,
conseguí no atragantarme con la ira,
y he invitado al amor a caminar conmigo.
He vuelto la cabeza varias veces
hasta descubrir sombras que me perseguían,
hasta descifrar los pasos fantasmales,
hasta comprender que nada poseían
más que la soberbia que destruye a los mortales.
Y aquí estoy, acariciando mis rosales,
sin miedo a que sangren por espinas
los dedos que plantaron sus raíces,
las manos que regaron en los días
en los que el sol amenazó con derretirles.
Y huelo el aire que me envuelve en los aromas
de blancos cerezos, verdes azahares,
huelo a la vida que vida da a mis huesos,
y acato el dicho que calma los mares,
“el mejor desprecio es no hacer aprecio”.


19 may. 2017

PRIMERA COMUNIÓN, PRIMER LÍMITE... (Reflexión personal)

Leía un artículo del Juez Emilio Calatayud sobre las Primeras Comuniones. Estamos en plena época de vestido fantasía y trajes de almirantes, de búsqueda de las mamás de vestidos y los padres de trajes… y de restaurantes, que se han reservado uno o dos años antes (me baso en mi entorno, claro), y pensamos en los recuerdos que daremos, y miramos el precio de los cubiertos, y resulta que, si fuéramos lógicos, que no lo somos, no invitaríamos a nadie, porque, desde luego, es un robo a mano armada el coste de un cubierto para celebrar que el niño comulga, es decir, una fiesta privada, a la que, por supuesto, acuden los tíos, los primos, los abuelos, y ellos, si son lógicos, deberían de preguntar qué regalos desean los padres. Pero claro, últimamente la lógica ha huido calle abajo cuando se trata de esto, porque los padres son o somos (me incluiré y que Dios reparta suertes) los principales culpables, el niño quiere un móvil, una tableta, una bici último modelo, y le prometemos, nosotros, los padres, un viaje a París para ver al ratón más famoso del mundo… Es decir, lo llevamos para que vea EuroDisney, porque lo del ratón ya no se lo va a tragar, puesto que su tiempo lo vive entre juegos virtuales y deseando un móvil con toda su alma, alma que vendería al diablo… Olvidamos que los invitados ya hacen un desembolso que desequilibra la economía doméstica durante meses, sobre todo cuando los invitados son varios de la misma familia. Y luego están los inocentes niños, esos que se acercan al Altar a celebrar la Primera Comunión manos unidas, caras candorosas, pero que se pueden convertir en auténticos demonios si no reciben el regalo deseado, porque su amiguito, el domingo anterior lo consiguió, y esto de las Primeras Comuniones se ha convertido en una lucha encarnizada para ver quién tiene poderío y quién no, comenzando por los padres, fotos, banquete, regalos… ¡¡vergüenza!! Eso es lo que nos debería de dar, estamos criando y educando a pequeños dictadores que luego crecerán, que seguirán pidiendo “porque fulanito lo tiene”, y seguiremos cediendo, porque dado el primer paso los siguientes vienen por ellos solos. Y llegarán a adolescentes, y cuando algo no les cuadre nos montarán el pollo, o darán un portazo y durante horas no sabremos por dónde andan, o se irán casa de su abuela, o de su amiga, o de su madre o de su padre, que también eso está en la lista. Y llegarán a adultos. Y seguirán pidiendo. No, no es que todo venga de la Primera Comunión, pero es un punto de partida básico. Basta darse una vuelta por las aulas de los colegios o escuchar a los niños en un parque (como ha sido mi caso) comentando los regalos recibidos con otros compañeros llegar hasta el insulto porque un compañero no recibió un móvil, “pringado”, sí, palabras así de hermosas porque unos padres han decidido que no hay edad todavía. Así nos va. Así estamos… Creamos monstruos prepotentes que miden todo por los bienes materiales, por el dinero, por el poder adquisitivo que, sinceramente, si algún día les falta, puede hacerles enloquecer, sobre todo porque no les hemos educado en ganarse la vida por ellos mismos, porque hemos cedido cuando no correspondía, porque un castigo nunca traumatiza, (a mí ni siquiera me traumatizó un azote o una colleja). Emilio Calatayud dijo en una ocasión que, cuando un hijo delinque, muchas veces, habría que juzgar a los padres que lo educaron, porque, pudiera ser que ellos, que son los responsables de sus hijos, hubieran “pasado tres pueblos” del cometido que llega en cuanto se da a luz… Y así es… Mi hijo hace la Primera Comunión el año próximo. El pequeño digo. El mayor ya la hizo. También entonces había regalos de ordenadores, equipos de música, PlayStations… ¡¡no!! Mi hijo tenía que saber cuánto cuesta conseguir todas esas cosas, no lo que valen sino lo que cuestan. Cuesta trabajo conseguir las cosas, eso ha sido lo que primó en casa. Hay que poner límites, no se puede conseguir todo en la vida, segunda premisa. Somos los padres los que decidimos qué sí y qué no, tercera. Y así casi un Decálogo… ¿Recuerdan? El Juez Calatayud hizo también un Decálogo de cómo convertir a un hijo en un delincuente… Pues eso, coger ese Decálogo y hacerlo al revés. Cuesta, como madre cuesta decir no, cuesta escuchar una rabieta, cuesta poner un castigo… Y a los padres ¿quién nos castiga por nuestro afán de protagonismo? Porque pareciera que fuera nuestra segunda boda, deseamos ser más, estar más, llegar a más… ¿A más qué? No se sabe, a más que fulanito, o menganito, a más que ellos, a más que todos… Lo bonito de las Primeras Comuniones es ver a los niños juntos, a todos, mirar sus caras, ver cómo nos buscan con los nervios, disfrutar de cómo comparten con sus amigos y se miran los trajes sin ningún tipo de competencia, porque ellos no la tienen si no se la inculcamos. Lo bueno de ese día es comentar con otras madres, reírnos, besar a nuestros hijos, olvidarnos de lo material, porque todo lo que reciban será pasajero, lo único que nos quedará será la sonrisa de ellos y sus besos… Son niños, NIÑOS, lo estamos olvidando… Un día serán adultos, deberíamos de intentar que fueran buenos adultos, que supieran el valor de las cosas, lo que cuestan, que supieran defenderse ellos y mantenerse ellos, sin tener que recurrir al dinero de papá o mamá o de los dos… Me queda un año. Sé que su padre será igual de lógico que yo, así se decidió siempre y así se seguirá, es un niño que depende de nuestra responsabilidad, y, sinceramente, no quiero convertir a mi hijo en un delincuente, y mientras antes comience a ponerlo en práctica mejor para todos…

16 may. 2017

YO QUIERO SER FOFISANA.... (Dos años después sigo pensando lo mismo)

YO QUIERO SER FOFISANA... (Reivindicación de una gordita)

Fofisano, la moderna palabra, masculina, por supuesto, para definir a esos hombres estupendos que reconocen que tienen debilidad por una cerveza, por unas tapitas, por un buen comer y por importarles un pito su físico. Fofisana no existe, no lo busquen, no lo oirán, por ahora es sólo el deseo de miles de mujeres a tener el mismo derecho, es decir, el derecho a que les o nos importe un pito nuestro físico. Se nos ha educado tan mal que hemos creído que tenemos que renunciar al chocolate, al helado, a un refresco, y eso solamente porque, mire usted por dónde, estamos en época estival y tenemos que meternos en bikinis imposibles para deslumbrar en la playa, para encandilar a los fofisanos, mientras que nosotras aceptamos risueñas sus lorzas y sus mollas trabajadas a golpe de cañita fresca y aceitunas ricas ricas… Yo ya hace tiempo que me negué a seguir dietas, siempre he escrito sobre el tema, ahora, por salud, tiene una que cuidarse un poco porque, a fin de cuentas, yo todavía no quiero morirme, pero eso sí, creo que voy a acuñar el término fofisana para mi uso particular. Yo soy una fofisana, es decir, paseo mis lorzas y mis mollitas trabajadas a golpe de helado de chocolate, de refresco y de alguna patatilla frita, por aquellas playas y otros lugares repletos de fofisanos, que son congéneres míos pero masculinos. Yo reivindico el derecho de, a mis cincuenta años, poder lucir tipazo morcillero, bañador de cuello vuelto o bikini minúsculo, según me plazca, el problema de si soy difícil de mirar es de otros, que no miren, ya tengo años como para saber que mi cuerpo es mío, no tengo veinte años, ya los tuve, me sacrifiqué en un tramo de mi vida en que vendía mi alma al diablo por una talla treinta y ocho y la tuve, ahora tengo la cuarenta y ocho y me sienta estupenda. Me volveré a meter en el agua, desafiando el riesgo de que medio Mediterráneo se vacíe… Pero me da igual. Quiero el mismo derecho que tiene Leonardo di Caprio o George Clooney a pasear sus carnes, básicamente porque somos de la misma quinta, y si ellos pueden yo también. No estamos hablando de ganar un Oscar, eso se lo dejo a ellos, estamos hablando de un derecho a la igualdad. Pero resulta que las señoras somos tan obtusas a veces, que no pensamos en nuestros años, que casi siempre van unidos a nuestros kilos, que nos empeñamos en que tenemos que estar divinas, cuando ya lo estamos por el simple hecho de ser unas maduritas felices, no nos damos cuenta de que a ellos, a los de nuestra quinta, a esa generación recién resurgida de fofisanos, les da igual cómo estemos, porque ellos ya van a otra bola, y si lo que les interesa es un cuerpo diez no lo van a buscar en una mujer que roza o supera los cincuenta, sino en una chica joven…¡ellos se lo pierden! Las fofisanas reclamamos el derecho a poner nuestra barriga a un lado debido a un buen plato de paella, a poder sentarse en un banco con un cucurucho de stracciatella, a reírnos mientras nos tomamos un refresco aderezado con patatillas…reclamamos el derecho a ser dueñas nuestras, a estar sanas, a lucir curvas, y mollas, y lorzas, y pieles flácidas, igualito que ellos, que se cansaron de machacarse en un gimnasio cuando saben que hay músculos que se rebelan contra la maquinaria antinatura. Seamos fofisanas, nos lo hemos ganado. Yo, personalmente, prefiero a los fofisanos, me gustan los hombres que lucen alguna carne a esta edad, que la lucen bien, que se puede usar su barriguita (usaré diminutivo por no ser muy dura) como posavasos, y que ese señor use la mía con el mismo fin. Seamos fofisanas, que es muy sano, paseemos porque así tonificamos el corazón, lo aceleramos, lo hacemos vivir, pero luego, sentadas ante una mesa, no midamos la tapa en calorías, eso desmotiva al resto de comensales, hace sentir culpable al resto, disfrutemos, vamos a vivir sólo una vez, no importa qué bañador usemos, qué talla tengamos, dentro de cincuenta años eso será peccata minuta, porque ya, por desgracia, no habrá tiempo de comerse un bombón y luego otro… ¡Yo quiero ser una fofisana, porque me lo he ganado, porque entro en el perfil y porque me lo merezco!

15 may. 2017

Y SE REPITIÓ LA DEBACLE... (Una opinión personal)

Si soy sincera tengo que decir que me había olvidado de que el Festival de Eurovisión seguía en vigor y se seguía celebrando. Soy poco de ver televisión, ni siquiera sé la forma de elección de las canciones que concurren a dicho evento. Mis recuerdos “eurovisivos” se remontan a casi siglos atrás, yo recuerdo de niña a Karina, a Salomé, más mayorcita a Mocedades, a Sergio y Estíbaliz, a Betty Missiego, y ya, en mi juventud a Sergio Dalma, Azúcar Moreno, para llegar al colofón con Rosa López, no, no me he olvidado de Remedios Amaya, que, mucha risa mucha risa, pero paseó el arte flamenco; que no gustara fue otra cosa, pero arte lo tenía y lo tiene, al menos así lo veo yo, hay que tener arte y valor para presentarse delante de Europa entera, bailar descalza y cantar igual que se canta en las Cuevas del Sacromonte, que, dicho sea de paso y pese a quien pese, son visitadas por miles de turistas que, no nos votarían en el Festival pero se dejan el dinero en ver arte andaluz puro y duro… Llegada aquí mi corta memoria “eurovisiva” y sin olvidar aquello del Chiquiliquatre (que eso sí fue para olvidar), me encuentro las redes saturadas con críticas al chico que nos ha representado en esta ocasión. Se habla de que hizo un “gallo”, de que la canción no valía un duro, y no sé por qué, pero no me sorprendo. Cuando se da a elegir al pueblo a través de las redes nos olvidamos del cachondeo que se genera, dejar en manos de la idiosincrasia virtual la elección me parece, como mínimo, irresponsable. España, (y lo digo bien, España) siempre envió a dicho festival a cantantes consagrados, otra cosa luego fue la suerte, pero decir que la canción de Portugal era buena ya me parece un poco temerario. Se nos olvidan voces como Abba, Celine Dion o Mocedades, o Sergio Dalma, o Raphael, por poner unos ejemplos válidos. Lo cutre de Eurovisión no viene dado por los intérpretes sino por quienes los colocan en un escenario que les viene grande a la inmensa mayoría. Se ha cerrado el kiosco del buen gusto y lo extravagante comienza a hacer estragos para hacernos olvidar que estamos delante de un Festival de Música, música, que se nos ha olvidado incluso lo que es la música. España habla un idioma, el español, el castellano o como se le quiera llamar, pero se instauró la moda de mezclar inglés, no sé por qué se hizo o se permitió, desde aquel “Voulez-vous danser avec moi” de José Vélez en París, no sé el motivo, nos dio por incluir frases en lenguas extranjeras. Tal vez el deseo de empatizar con los lugareños nos llevó a la ridícula manía de dejar a un lado nuestra lengua, segunda lengua más hablada del mundo… Siguió Rosa López con su “Europe`s living a celebration”, y ya nos acostumbramos a decir alguna frase inglesa, aunque no tuviéramos ni idea, como es mi caso… Y llegamos a este muchacho, Manel, al que las redes han crucificado, las mismas redes que, supongo, votarían para que acudiera. Es decir, se confirma el refrán “nadie es profeta en su tierra”, no porque el Festival se haya celebrado aquí, que no ha sido así, sino porque los mismos que votaron ahora lo juzgan, he leído que la letra era malísima, que la voz era malísima, que la puesta en escena malísima… ¿por qué ha ido este muchacho a Eurovisión entonces? Se sabe que Rosa López, con una voz impresionante, con un coro de lujazo (no olvidemos que salían de una escuela de famosos, que no de música) tampoco fue lo que se esperaba. A veces pienso que la osadía se paga… Eurovisión fue Julio Iglesias, Raphael, Paloma San Basilio… ¡ahí es nada! Hemos osado creer que cualquier cosa vale, Portugal fue lo menos malo, sinceramente, no sé si con el corazón en la mano o no, pero España ha tenido muchas canciones, muchos intérpretes que debieron de ganar, que fueron buenos, que han seguido siendo buenos, que son, ahora, intérpretes de renombre. Eurovisión ha acogido a grandes voces, las mencionadas ya, y, de verdad, escuchar ahora, en estos años en los que todo se decide virtualmente, algunas interpretaciones, algunas puestas en escena, algún vestuario, me da mucha pena. Siempre creí que Eurovisión era una Gala, la Gran Gala de la Música en Europa. Esta mañana he escuchado, visualizado, reparado en muchas de las interpretaciones, se me quitaron las ganas de seguir, me daba cierta pena. Como dije al principio, hace años que no veo el Festival, de hecho, es cierto, creí que España ya no participaba en estas líderes, que se había retirado. Me picó la curiosidad cuando vi los muros de mis amigos, cuando supe que había quedado en último lugar. Sé que se habla de que Portugal ganó por sencillez, sin grandes estruendos, tal vez ahí esté el quid de la cuestión, en que menos es más, y se nos está olvidando. No se trata de mucha música, se trata de voz, y, quizás, las redes, están llenas de demasiado ruido y pocas nueces… No sé si España volverá a Eurovisión, pero yo, si tuviera voto decisivo, preferiría amarrar al puerto la nave, dar un descanso y plantear el tema de forma diferente, creo que con algunos ridículos ya es suficiente, y no hablo del ridículo de Manel Navarro, que fue quien dio la cara, sino de quienes votaron sin tener en cuenta que Eurovisión no es un concierto “botellonero” ni un evento para hacer aerobic en la playa. Siento mucho que este chico se tenga que volver con el sentimiento del fracaso, que se le esté desollando virtualmente, siento que haya sido la cabeza de turco para pagar, musicalmente hablando, la falta de responsabilidad a la hora de decidir qué voz va a defender a un país, repito, musicalmente hablando… ¿De verdad toda la culpa es de Manel Navarro? ¡¡ No sé yo, no sé… !!

7 may. 2017

FELICIDADES, MADRES, FELICIDADES, HIJOS... (Feliz Día de la Madre)

Nadie nos enseñó. Cada una se moría de miedo mientras daba a luz con dolores que nos partían en dos, empujando para abrir paso a la vida, siendo ayudadas por ellos, por los de dentro, por nuestros hijos. Los que habían estado junto a nuestro corazón durante nueve meses. Alojados en un vientre que era acariciado, al que sonreíamos mientras se movía. Nueve inquietos meses llenos de dudas y de preparativos. Pero nadie nos enseñó. Cada una lo hemos hecho lo mejor que supimos. Una vez al año escuchamos un “Felicidades, mamá”, recibimos algún regalo (yo los prohibí hace mucho tiempo), los miramos y sabemos que daríamos la vida por ellos aunque en ocasiones hayamos pensado que nos la estaban quitando. Hemos superado noches en vela, dolor de pechos hinchados, pezones agrietados, succiones dolorosas, cólicos vespertinos. De repente nos hicimos pediatras, descubrimos fiebre con sólo mirar unos ojos, aprendimos nombres de medicamentos que a ellos los aliviaban. Nos hicimos profesoras, volvimos a recordar múltiplos, verbos, ortografía. Repasamos lecciones y enmendamos errores. Y un día miramos a nuestra madre, sin que ella se diera cuenta, la observamos. Al menos yo lo hice. La miré y pensé que, todo aquello que yo había aprendido, ella tuvo que aprenderlo antes. Ahora, cuando hay años para repasar el recorrido, cuando ya puedes reconocer en qué fallaste, cuando te das cuenta de que hubo un momento doloroso de un cachete, de un castigo, de un “No, porque lo digo yo”, cuando descubres que repetiste lo mismo que tu madre. Cuando has asumido las renuncias, la falta de libertad, cuando admites que tu prioridad fueron ellos, que nada hubo más importante que repasar unas tareas escolares o fabricar un disfraz, cuando recuerdas los partidos de tenis, las obras de teatro, las clases de inglés. Cuando te visualizas en ese pasado cercano, cogida de una manita que te contaba historias, que te relataba enfados con amigos, entonces, sólo entonces, descubres que el camino fue hermoso. Fueron hermosos los dolores del parto, escuchar el primer llanto, que lo pusieran sobre tu pecho y pudieras ver sus rasgos mientras lloraba buscando el pecho. Fue hermoso el sueño que te hacía dar cabezadas, la primera vez que salió sólo. Fue bello el recorrido. Fui madre. Es el único título que tendré siempre. Los hijos son el resultado de nuestra labor. Se suele decir que los padres no tienen culpa cuando un hijo falla en la vida, no en los estudios, sino en la vida, en el recorrido. Cuando hace daño, cuando no tiene metas, cuando sus ilusiones son inexistentes. Pero siempre quedará el dolor de creer que algo hicimos mal. Nadie nos enseñó. Tuvimos que aprender solas. Pero en ese aprendizaje debimos poner la vida, el alma y la mano dura. Saber parar, saber decir “no”, saber explicar, saber escuchar, saber que crecerían… sobre todo eso, saber que crecerían… Día de la Madre. Mi experiencia personal ha sido tan estupenda que, sinceramente, aun habiendo sido madre madura, hubiera repetido de nuevo, madura otra vez. He pasado por disgustos, pero por más sonrisas que llantos. Se dice que los hijos dan muchas satisfacciones, hay quien se pregunta cuáles. Yo creo que sí. Yo tengo satisfacciones de mis hijos. Sé que hice al mayor independiente, transigente, pacífico y responsable. Sé que ha hecho su camino sin prisa, creciendo conforme a su edad, sin querer beberse la vida demasiado deprisa. Viviendo su tiempo, y en este tiempo que les ha tocado vivir tienen que tener la cabeza amoblada para saber qué sí, y qué no. No sé si lo hice bien. Sé que tengo en casa a un hombre de casi veinticinco años que volará pronto, que le enseñé con el ejemplo a respetar, que no lo inmiscuí jamás en mis problemas, puesto que míos eran, igual que él, cuando tuvo edad, no lo hizo conmigo en los suyos. Puse límites privados, entregué libertad responsable cuando comprendí que podía administrarla solo… Y me queda la satisfacción de que su vuelo será equilibrado, porque así se le enseñó a volar… Tengo un reto por delante. La maternidad madura, esa que la mayoría critica porque llega a destiempo, ¿a destiempo de qué? ¿para qué? ¿fallan las fuerzas? ¿Sí? ¡¡No!! Mi hijo pequeño me abrió la vida, parí sin epidural, con la facilidad que me faltó a los veintisiete, he pasado noches en vela, he descubierto cuánto me puedo reír, cuánta paciencia puedo tener, cuán poco me importan ya algunas cosas, cuán pasajero es el tiempo. Mi hijo pequeño me ha enseñado que la edad mental y la cronológica no siempre van unidas, que la juventud se lleva en el alma. Que una mamá madura puede sonreír de la forma más bella del mundo y encandilar a quien la mira… Me queda él. Estará unos años más junto a mí, pero también volará. Para eso está siendo educado. No me enseñaron, a ninguna nos enseñaron. Educo tal y como soy. Él con sus defectos, yo con los míos, él con sus caprichos, yo con mis negativas. No es pequeño. Tiene ya la edad para dilucidar lo que está bien y lo que no. No debe de tener prisa por crecer, la vida adulta es muy larga, debe de aprovechar su infancia porque se irá muy pronto…

Un buen día nos encontramos en un paritorio. El camino había terminado. Quedaba por delante el aprendizaje de la maternidad. Día de la Madre. Día de la Vida. Día de ellos. De todos y cada uno de los que nos ayudaron en esa “hora cortita” mientras nos desgarrábamos para recibir el mayor regalo. Aprendí a mirar la vida con otros ojos. He aprendido que nada es eterno, que seré dichosa si vienen a verme en vacaciones, señal de que trabajarán. Seré dichosa si no me implican en sus decisiones personales, yo tampoco lo haré, son íntimas y privadas. Seré dichosa si respetan mi vida, yo lo he hecho con las suyas… He sido madre, soy madre y seré madre ya hasta el final, sea cuál sea, pero comprendí que los hijos son un préstamo de la vida para enseñarnos a no ser egoístas, a no reflejar en ellos nuestras carencias, a dejarles volar, volar su vuelo, ahora sólo me queda desear que ese vuelo sea sereno, tal y como lo fue mientras intenté que abrieran bien sus alas… Felicidades a todas las Madres.

6 may. 2017

DE VEZ EN CUANDO... (Poesía)

De vez en cuando el silencio,
de vez en cuando la vida,
de vez en cuando entre llanto,
alguna vez entre risa,
de vez en cuando el lamento,
de vez en cuando el camino,
de vez en cuando una pausa,
y casi siempre el destino.
De vez en cuando una mano
que saluda, que acaricia,
de vez en cuando una rosa
con su perfume y su espina,
de vez en cuando un arroyo,
de vez en cuando la brisa
de las noches de verano,
de los fríos del invierno,
de los montes y las playas,
y de las arenas limpias.
De vez en cuando te olvido,
de vez en cuando te extraño,
de vez en cuando te odio,
de vez en cuando te amo.
De vez en cuando te espero,
de vez en cuando te encuentro,
de vez en cuando mi pena,
de vez en cuando el recuerdo.
Y así voy, de vez en cuando,
galopando entre momentos,
entre relojes parados,
y entre universos deshechos,
entre suspiros cansados,
entre párpados cerrados,
y entre besos y entre lechos.

24 abr. 2017

UNA MUJER DE GRAN CONTORNO... (Experiencia personal)

Para no dar muchos rodeos, basta decir que ha estallado la primavera, y con ella, últimamente, ha estallado la moda de las compras por internet. Nunca sabremos cómo comenzamos, bueno, yo sí, y casi todas, una amiga nos habla de lo bien que le ha ido, nos enseña un modelito divino de la muerte, una pieza de bisutería extraordinaria y la comodidad de no tener que moverte de casa, y el precio. Páginas de ropa súper barata con modelitos dignos de la mejor boutique. Y aquí, una servidora, hace caso a sus amigas, así que ¿por qué no? Vamos a adentrarnos en una página chulísima que tiene mi talla, aunque eso parezca imposible, al menos eso creía, porque la talla venía, es decir que era la misma talla que yo busco y rebusco en cualquier boutique o grandes almacenes. Y allá fui, unas blusas monísimas en las que ya me imaginaba embutida luciendo tipo (es un decir, no es una frase literal, que conste) y además por un precio escandaloso de bajo. Así que llevé a cabo, paso a paso, todos los trámites hasta recibir el correo confirmando el pedido y avisándome de que estaba en camino… Y esperé… Y llegaron. Me puse contentísima mientras firmaba el recibo del paquete, subí rauda hasta mi dormitorio, me planté delante del espejo y desembalé las blusas de sus envoltorios llenos de papel de burbujas… La primera me dejó un poco pensativa, dubitativa, que diría un amigo mío, la miré como cuatro o cinco veces, cogida por los hombros con mis manos, frente a mis ojos… yo allí no entraba ni de coña, fruncí el ceño y miré la talla, era mi talla… Había dos posibilidades, una era que yo, en dos semanas hubiera engordado seis o siete tallas, otra que la página en cuestión no diera tallaje legal, es decir, que jugara con la ilusión de futuras compradoras. Mi hermosa blusa gris (y alguna amiga puede dar fe de que es verdad) había sido confeccionada para la Barbie, y yo soy más Nancy rural… Bueno, había que probar con la segunda, una maravillosa blusa roja, de tul, con topos en el mismo color, que me iba a servir para combinar con un pantalón pitillo blanco (sí, una servidora usa pantalón pitillo aunque parezca pantalón puro habano, sin cachondeos jajaja)… También, a primera vista pensé que no era mi talla, pero había que probar, la veía un poco más grande, cosa que tampoco entendía, si las dos eran de la misma talla, ¿cómo una era la equivalente a una 38 y la otra a una 44 más o menos? Bueno, misterios de la sastrería. Intenté ponérmela, me costó pero entró, bueno, parecía más bien un corsé, el problema, el gran problema fue quitármela, intentar sacarla, cogiéndola por el bajo e intentando ascender hasta arriba… Craso error, al intentar colarla por completo dentro del desparrame de mollitas acumuladas se me quedó atascada entre el pecho y el cuello, y ahora el problema era sacarla, porque intenté desesperadamente mover los brazos que semíembutí en unas mangas estupendas de encaje y tul, llegada hasta aquí yo ya estaba roja como amapola, intentaba  que la blusa saliera sin mucho destrozo. Cuando conseguí deshacerme de la estupendísima blusa notaba que me faltaba el aire, sudaba (perdón, pero es que sudaba) con desesperación y mi respiración se había acompasado a los latidos desbocados de mi corazón… Bueno. Tuve mi experiencia. No fue una experiencia religiosa sino desastrosa. Superada la primera decepción, cuando comprobé que mi volumen no es el que la engañosa talla decía reparé en otro de los productos adquiridos a través de la fantástica boutique cibernética, una camisa genial, sport, de cuadritos, pasó como un rayo la imagen de la modelo que la lucía, le quedaba de muerte, y como un fugaz rayo también me la puse y me la quité. No me derrumbé en la cama porque una tiene dignidad y sabe encarar las derrotas, he aceptado deportivamente que las modelos que lucieron las blusas que me enamoraron tienen treinta años menos que yo y treinta kilos menos, así pues, no debo de culparlas, pobres ellas, que son niñas estupendas que se ganan su sueldo dignamente, me debo de culpar yo que creí que la firma en cuestión sería honesta con las tallas… Quedaba la prueba de fuego, un camisoncito lila, estupendo, sensual (sí, sensual, aunque ustedes no lo crean las cincuentonas también usamos esas ropas interiores tan sexis jajaja), al menos ese suponía que me estaría bien… Y me entró, del todo, me coloqué todo en su sitio, porque hay edades en que determinadas partes femeninas (masculinas también, aunque les pese a los señores) van a su aire, comprobé entusiasmada que me quedaba bien, más que nada porque es suelto y no se ajusta a curvas, o lo que en un tiempo fueron curvas, porque ahora todo es, más bien, un camino zigzagueante. Al menos una de las prendas internautas me quedaba bien, o casi, porque si comienzo a reparar en el conjunto confirmo que no es legal colocarle semejante camisoncito a una niña de veinti pocos años y que una señora de cincuenta y pocos se quede extasiada con la visión… Como toda fábula, toda vivencia, toda derrota, esto tiene también su moraleja, su resumen final, su conclusión rotunda y para siempre: Me niego de ahora en adelante a comprarme ropa por internet. Yo sé que hay señoras a las que les gusta, les queda bien, les va de lujo, pero mi experiencia ha sido nefasta. Regresaré a los percheros de boutique, a los vestidores en los que si alguna prenda no te sale puedes pedir auxilio, desconfiaré de toda talla cibernética que puede ser manipulada y hundirme en la más vil miseria, por aquello de que soy de buen contorno, contorno en general, no voy a especificar porque viéndome se sabe que me refiero al completo. Así pues, y sabiendo que la devolución es imposible, tengo amigas con tres o cuatro tallas menos que yo, les voy a dedicar el regalo, seguro que a ellas les queda de muerte, no tendrán que descoyuntarse cuando se quiten las prendas, ni emitirán quejas mientras se embuten en ellas. De todo se aprende, yo he aprendido lo bonito que es ir de compras a pie, mirando escaparates y luego pasear las bolsas sabiendo que todo lo que ellas contienen queda como anillo al dedo, aunque el dedo tenga dimensiones hermosas también se hacen anillos a medida.