24 abr. 2017

UNA MUJER DE GRAN CONTORNO... (Experiencia personal)

Para no dar muchos rodeos, basta decir que ha estallado la primavera, y con ella, últimamente, ha estallado la moda de las compras por internet. Nunca sabremos cómo comenzamos, bueno, yo sí, y casi todas, una amiga nos habla de lo bien que le ha ido, nos enseña un modelito divino de la muerte, una pieza de bisutería extraordinaria y la comodidad de no tener que moverte de casa, y el precio. Páginas de ropa súper barata con modelitos dignos de la mejor boutique. Y aquí, una servidora, hace caso a sus amigas, así que ¿por qué no? Vamos a adentrarnos en una página chulísima que tiene mi talla, aunque eso parezca imposible, al menos eso creía, porque la talla venía, es decir que era la misma talla que yo busco y rebusco en cualquier boutique o grandes almacenes. Y allá fui, unas blusas monísimas en las que ya me imaginaba embutida luciendo tipo (es un decir, no es una frase literal, que conste) y además por un precio escandaloso de bajo. Así que llevé a cabo, paso a paso, todos los trámites hasta recibir el correo confirmando el pedido y avisándome de que estaba en camino… Y esperé… Y llegaron. Me puse contentísima mientras firmaba el recibo del paquete, subí rauda hasta mi dormitorio, me planté delante del espejo y desembalé las blusas de sus envoltorios llenos de papel de burbujas… La primera me dejó un poco pensativa, dubitativa, que diría un amigo mío, la miré como cuatro o cinco veces, cogida por los hombros con mis manos, frente a mis ojos… yo allí no entraba ni de coña, fruncí el ceño y miré la talla, era mi talla… Había dos posibilidades, una era que yo, en dos semanas hubiera engordado seis o siete tallas, otra que la página en cuestión no diera tallaje legal, es decir, que jugara con la ilusión de futuras compradoras. Mi hermosa blusa gris (y alguna amiga puede dar fe de que es verdad) había sido confeccionada para la Barbie, y yo soy más Nancy rural… Bueno, había que probar con la segunda, una maravillosa blusa roja, de tul, con topos en el mismo color, que me iba a servir para combinar con un pantalón pitillo blanco (sí, una servidora usa pantalón pitillo aunque parezca pantalón puro habano, sin cachondeos jajaja)… También, a primera vista pensé que no era mi talla, pero había que probar, la veía un poco más grande, cosa que tampoco entendía, si las dos eran de la misma talla, ¿cómo una era la equivalente a una 38 y la otra a una 44 más o menos? Bueno, misterios de la sastrería. Intenté ponérmela, me costó pero entró, bueno, parecía más bien un corsé, el problema, el gran problema fue quitármela, intentar sacarla, cogiéndola por el bajo e intentando ascender hasta arriba… Craso error, al intentar colarla por completo dentro del desparrame de mollitas acumuladas se me quedó atascada entre el pecho y el cuello, y ahora el problema era sacarla, porque intenté desesperadamente mover los brazos que semíembutí en unas mangas estupendas de encaje y tul, llegada hasta aquí yo ya estaba roja como amapola, intentaba  que la blusa saliera sin mucho destrozo. Cuando conseguí deshacerme de la estupendísima blusa notaba que me faltaba el aire, sudaba (perdón, pero es que sudaba) con desesperación y mi respiración se había acompasado a los latidos desbocados de mi corazón… Bueno. Tuve mi experiencia. No fue una experiencia religiosa sino desastrosa. Superada la primera decepción, cuando comprobé que mi volumen no es el que la engañosa talla decía reparé en otro de los productos adquiridos a través de la fantástica boutique cibernética, una camisa genial, sport, de cuadritos, pasó como un rayo la imagen de la modelo que la lucía, le quedaba de muerte, y como un fugaz rayo también me la puse y me la quité. No me derrumbé en la cama porque una tiene dignidad y sabe encarar las derrotas, he aceptado deportivamente que las modelos que lucieron las blusas que me enamoraron tienen treinta años menos que yo y treinta kilos menos, así pues, no debo de culparlas, pobres ellas, que son niñas estupendas que se ganan su sueldo dignamente, me debo de culpar yo que creí que la firma en cuestión sería honesta con las tallas… Quedaba la prueba de fuego, un camisoncito lila, estupendo, sensual (sí, sensual, aunque ustedes no lo crean las cincuentonas también usamos esas ropas interiores tan sexis jajaja), al menos ese suponía que me estaría bien… Y me entró, del todo, me coloqué todo en su sitio, porque hay edades en que determinadas partes femeninas (masculinas también, aunque les pese a los señores) van a su aire, comprobé entusiasmada que me quedaba bien, más que nada porque es suelto y no se ajusta a curvas, o lo que en un tiempo fueron curvas, porque ahora todo es, más bien, un camino zigzagueante. Al menos una de las prendas internautas me quedaba bien, o casi, porque si comienzo a reparar en el conjunto confirmo que no es legal colocarle semejante camisoncito a una niña de veinti pocos años y que una señora de cincuenta y pocos se quede extasiada con la visión… Como toda fábula, toda vivencia, toda derrota, esto tiene también su moraleja, su resumen final, su conclusión rotunda y para siempre: Me niego de ahora en adelante a comprarme ropa por internet. Yo sé que hay señoras a las que les gusta, les queda bien, les va de lujo, pero mi experiencia ha sido nefasta. Regresaré a los percheros de boutique, a los vestidores en los que si alguna prenda no te sale puedes pedir auxilio, desconfiaré de toda talla cibernética que puede ser manipulada y hundirme en la más vil miseria, por aquello de que soy de buen contorno, contorno en general, no voy a especificar porque viéndome se sabe que me refiero al completo. Así pues, y sabiendo que la devolución es imposible, tengo amigas con tres o cuatro tallas menos que yo, les voy a dedicar el regalo, seguro que a ellas les queda de muerte, no tendrán que descoyuntarse cuando se quiten las prendas, ni emitirán quejas mientras se embuten en ellas. De todo se aprende, yo he aprendido lo bonito que es ir de compras a pie, mirando escaparates y luego pasear las bolsas sabiendo que todo lo que ellas contienen queda como anillo al dedo, aunque el dedo tenga dimensiones hermosas también se hacen anillos a medida.

 

21 abr. 2017

TODO PASA... (Poesía)

Levantar la mirada e implorar cordura.
Cuando ya la mente se empeña en deambular sin rumbo,
conocer de los humanos la amargura,
subsistir sin pena ni gloria,
restañar la ranura por donde se coló la rabia,
hacerte fuerte y encarar la tormenta,
envolver la tristeza en la negra capa
que nos presta la vida para andar por casa.
Y al final, comprender que todo pasa.
Que la mano que quiso dar la bofetada
se quedó en el aire, intactas sus ganas,
que la boca que ofender dispuso
ni respuesta ni atención obtuvo.
La vida es el erial en el que todos saben,
en el que nadie ha visto, en el que se comenta
sin conocer siquiera la vida de mortales
que sirven de carnaza a las mentes enfermas.
Pasará la tormenta, nos basta guarecernos
bajo el paraguas irónico de la indiferencia,
dar pasos con cuidado de no pisar los charcos
y dejar que las bocas vomiten sus miserias.
Y al fin y al cabo llegará la muerte, la vejez primero,
y podemos perder la memoria enfermiza,
olvidar que dañamos y que nos dañaron,
quedarnos sin recuerdos y quedarnos sin sonrisas.
Todo pasa, todo termina, nada se eterniza.


13 abr. 2017

NI PERMISO NI OPINIÓN... (Confesión personal)

Es verdad que nos lo dijeron. Nos hablaron de la importancia de la edad y de las prohibiciones, y de la salud, y de lo imposible. Nos dijeron que, a cierta edad, cruzados los cincuenta, es la hora del conformismo, de la seriedad, de la entrega a la familia, de la aceptación de los amigos, de los silencios discretos, de las poses maduras… ¡Cuánta mentira! Cumplimos cincuenta años, perdemos la menstruación, encontramos la menopausia, nos asalta, nos zarandea, nos vuelve volubles, irritables, sudorosas, nos hace retener líquidos y perder cintura, nos enclaustra en una vorágine de emociones incontrolables, nos hace visitar a terapeutas porque a alguna amiga le ha ido genial… y no nos damos cuenta de que, tal vez, lo único que necesitamos es SER. Ser nosotras mismas, quejarnos cuando nos apetece, alejarnos de personas que, hasta ahora, habíamos soportado con educación por el “bienqueda”, encontrar el amor, comprarnos ropa atrevida, canturrear con los auriculares mientras caminamos, deshacernos en un gimnasio, tomarnos un refresco solas, sentadas en una terraza mientras escuchamos a una pareja discutir en la mesa de al lado y recordar que una vez fuimos nosotras. Es mentira, nada se nos prohíbe ahora, todo se nos permite. Se nos permite escandalizar con una separación sorprendente sencillamente porque nos estábamos aburriendo, se nos permite volver a reír a carcajadas con camisetas de colores y ponernos sombreros atrevidos. Se nos permite dar una opinión políticamente incorrecta y quedarnos en las mismas glorias… NO somos propiedad de nadie aunque durante años se nos haya dado el título de “MI”, mi mujer, mi madre, mi hija… No, pasamos a ser YO, yo pienso, yo quiero, yo puedo, yo decido, yo me paso por el forro las opiniones de los demás. Adquirimos el derecho a no tener que dar explicaciones, a retirar la palabra a quienes sabemos que nos hirieron y no pudimos hacerlo antes, a no pedir explicaciones que sabemos que serán excusas o mentiras. No somos cincuentonas, nos hemos apropiado del término cincuentañeras y nos hemos quedado en las glorias mientras damos la espalda al coro que sabemos que nos está desollando vivas, coro cincuentón incapaz de dar un paso para abrir alas y sonrisas. Nos engañaron, nos contaron la milonga de que, con nuestro periodo se nos iba la feminidad, el deseo de conquistar, el deseo de ser conquistadas, el deseo en general, las ganas de amar, se nos habló de cambios físicos porque olvidaron hablarnos del poder de nuestra mente y de nuestro corazón. Seguimos amando, deseando, besando, excitando, jugando, lo hacemos cuando descubrimos que somos mujeres, seguimos siendo mujeres y  moriremos siéndolo. Somos dueñas de nuestras vidas. Ya educamos, ya cuidamos, ya criamos, ya fuimos sumisas, ya fuimos esposas, ya fuimos hijas, ya fuimos madres… nos toca el turno, ha llegado nuestro momento. Todo eso lo he aprendido en muy corto espacio de tiempo. He aprendido a decir no y a no tener remordimientos, como reza una frase por estas redes, he aprendido que puedo amar con la misma intensidad o más, puesto que tengo a cuestas la experiencia de media vida, que puedo mantener una conversación intensa sobre sentimientos, otra sobre política, una más sobre religión y alguna subida de tono siguiendo un juego especial que da vida al alma y al cuerpo. He descubierto que no necesito a nadie. ¡A nadie! Que nadie te cede el asiento en el bus, señal de que aún no soy mayor, que nadie se preocupa por mi sueño, ni por mis pasos, pero que serán criticados, seguidos y juzgados, y he aprendido que me da igual. He comprendido cuánto valgo, cuánto quiero, cuánto he luchado y sigo luchando. Soy una cincuentañera sin sofocos, con hormonas rebeldes y retención de líquidos, me he quedado sin cintura pero con toda la frescura del mundo, soy capaz de canturrear mientras camino a paso ligero. Me aburren las conversaciones de comidas, ropas, tareas, prefiero las que me cuentan de lugares increíbles, de proyectos, de ilusiones, de independencias, de libertades… Me voy a vivir mi edad con alegría, me irritaré cuando mis hormonas se rebelen, seré la más cariñosa del mundo cuando estén en calma, seguiré haciendo una dieta inútil y mis tobillos seguirán hinchados, controlaré mi colesterol y mi tensión arterial… y después de todo eso, como buena cincuentañera, me voy a dedicar a vivir, a amar, a disfrutar, a descubrir y a seguir pasándome por el forro los juicios ajenos. Ni siquiera los que están cerca de mí tienen el derecho a la opinión, porque, lo que mejor he aprendido ha sido a no pedir ni opinión ni permiso a nadie, mis cincuenta años me avalan.

8 abr. 2017

GRACIAS Y PERDÓN... (Para quien amo)

Normalmente nunca explicó del por qué de mis entradas, en esta ocasión sí lo haré, hay ocasiones en las que olvidamos dar las gracias a la persona a la que amamos, olvidamos pedir perdón cuando las herimos. Nos acostumbramos, a veces a que son situaciones habituales,  y lo hacemos rutinario… Hoy me paré a pensar, me di cuenta de que de forma habitual no solemos pedir perdón, dejando que los huracanes pasen. No solemos agradecer porque damos por hecho que es obligatorio el detalle… Y decidí escribir una carta para agradecer y para pedir perdón a la persona a la que amo. Y quedó, más o menos, así… “Pido perdón y te doy gracias porque te amo”…

“Me dices que suelo ser mujer de silencios con sonrisas, tal vez me enseñaste a escucharte así, metiéndome por tus ojos y abriendo mis oídos, quizás nadie te escuchó tan en silencio o con tanto interés, quizás me enseñaste tú o tal vez fuimos los dos, te doy las gracias por ello. Te suelo dar las gracias muchas veces, hasta cuando me besas sin que me lo espere, sin que venga a qué, porque, como tú dices, los besos no tienen que tener un motivo, sólo el de querer besar. Tengo que darte las gracias por muchas cosas, creo que siempre hay que darlas, tal vez lo olvidamos porque lo diario nos hace rutinarios de actos y de olvido del lenguaje, como si todo fuera obligación, como si todo mereciéramos, por eso también olvidamos pedir perdón. Te doy las gracias a ti, que me hiciste sonreír con la última frase de una discusión, con los ojos mirándome al despertar y una sonrisa, gracias por no responder mi mal humor con salidas de tono, gracias por hacerme un café sin pedirlo, por taparme en la noche creyendo que tenía frío, por rodear mi cuerpo con tu brazo creyendo que dormía, por besarme mientras he llorado al narrarte lo que me dañó, por cansarme a mensajes cuando me negué a hablarte de viva voz, gracias por quitar importancia a frases ajenas que me hicieron daño, por emprender camino conmigo sabiendo que no iba a ser fácil, por no tener en cuenta mis niñerías, esas que saco a pasear de vez en cuando. Gracias por la rabia con que me dices que me amas en plena discusión, poniendo una sonrisa entre mis lágrimas. Podría hacer una lista infinita de situaciones para agradecerte, soy mujer de dar gracias, hasta cuando nos amamos y te miro despacio, todavía un poco balanceada por tus manos, cuando sabes que me calma y me sosiega el sonido quedo de tu voz. Gracias por animar mis días y respetar mis momentos, por comprender mi libertad aunque te hayan enseñado, equivocadamente, que el amor es control…. Y perdón, por las mil y una vez que consigo ponerte contra las cuerdas, por mis olvidos tontos y mis días grises, por mis respuestas fuera de tono y por mi manía de recordarte situaciones límite que intentas olvidar. Perdón por no pedir perdón cuando sé que fui yo quien espoleó un enfado, por pedir cuentas cuando sé que no me las debes, nadie debe cuentas a nadie, todos somos libres para decidir, gracias por decidir quedarte conmigo cuando, tal vez, lo más fácil hubiera sido volar, perdón por entenderlo tarde. Soy mujer de perdones, analizo profundamente cada mal paso dado, me remonto a lo que hizo estallar una tormenta, siempre un nimio motivo que enciende la tea, perdón por encenderla. Gracias por apagarla. Se decía en aquella película, en aquella “Love Story”, que amar es no tener que decir nunca lo siento… No es verdad, cuando se ama hay que decirlo siempre, para dar al otro la oportunidad de examinarse también, para mirar a los ojos y demostrar que sentimos mucho haber dañado, porque olvidamos que, en ocasiones, cuando se ama, cuando se llega a un momento de lucha de titanes, deseamos hacer daño… hay que decir lo siento, hay que pedir perdón, hay que dar las gracias. Al despertar, en ese primer beso tibio del día que entrega horas para continuar camino, ese día que tendrá momentos duros, que traerá palabras a destiempo, que llenará de silencios algunos minutos. Darte las gracias por estar, por superar, por ayudar, por cambiar rumbos, por renovar, por redimir, por caminar, darte las gracias por combatir, por ocultar, por existir… Y perdón, por ignorar, por insistir, por interrumpir, por no escuchar, por no comprender, por dejarte solo en momentos en los que necesitabas un beso y lo negué. El amor debería de ser así, agradecido, el mío lo es, porque al agradecerte a ti agradezco a la vida que me amen, al darte las gracias a ti se las doy a ella por traerte. Y debería de ser misericordioso, porque al pedirte perdón a ti me lo pido a mí misma, porque perdonándome tú me absuelvo yo, porque si tú me abrazas estás devolviéndome el derecho a besarte sin sombras. Por eso tú intentas perdonarte de los errores que yo creí imperdonables en un tiempo lejano, olvidado, superado, porque en mis brazos yo aligeré tu carga, por eso yo camino más segura, porque tú compartes la mía, porque comprendes mi dolor y con él sufres, porque perdonas a quien hirió pero no olvidas a quien infligió el daño. Gracias y perdón, por no dudar, por las veces que haya dudado, por no cambiar, por las veces que haya cambiado, por sostenerme, por las veces que renuncié a sostenerte… Gracias por lo entregado. Perdón si no entregué… Hay siempre un momento en la madrugada, cuando despierto con el duermevela sumergido en brumas y te miro, respiro profundo, me pido perdón a mí misma por las veces que fui injusta, y me doy las gracias por haber sabido recuperar tiempos que debieron de ser siempre”.

31 mar. 2017

EL PRINCIPIO DEL FIN... (Reflexión personal)

Ha comenzado, es el principio del fin. Comenzó hace cinco años, o tal vez siete. Hace siete años que mi hijo mayor salió de casa, se perdió entre las luces granadinas y comenzó a labrar, lentamente, su futuro, pasito a paso, seguro siempre… Dos años en busca de un Grado Superior, puro trámite, se trataba de conseguir la nota que no pudo obtener para cursar lo que deseaba, y sin embargo se convirtió en el descubrimiento de su camino… Es el primer paso para rematar una carrera universitaria que ha llevado con trabajo, con esfuerzo y con mucha ilusión. Mañana se va a disfrutar de su Viaje de Fin de Carrera y parece que fue ayer cuando le escuché llorar por primera vez en mis brazos, tan pequeño y tan fuerte, sonriente bebé que dio muy pocas malas noches, muy pocos malos ratos, muy pocos problemas. Siempre digo lo mismo, que se me hizo un hombre y no me di cuenta, pero creo que sí que me di cuenta, por eso nunca invadí su intimidad, por eso le regalé alas, por eso nunca me inmiscuí en su privacidad, por eso ni siquiera le tengo agregado como “Amigo” en Facebook, porque él no es mi amigo, él es mi hijo, y esa cuota privada es tan nuestra que los “Me Gusta” están de más. Se va muy lejos, en mi recuerdo aquel primer viaje, Lisboa, luego vino Roma, Londres, Dublín, Munich, Sofía… Tantas veces lejos, tanto echarle de menos, tanto esperar que esté bien, tanto detenerme antes de enviar un mensaje… Libertad. Quiero que sea libre. La mamá levantó sus plumas y lo dejó que caminara solo. Y lo ha hecho muy bien. Un viaje lejos que no olvidará nunca, porque lo vivirá con sus compañeros, los que han compartido con él cinco años en las Aulas de la Facultad de Odontología. Un viaje que quedará para siempre, único y especial. Y yo esperaré cada día que me diga que es feliz, que lo está pasando bien. Esperándole para abrazarlo, ya casi no lo abarco, me quedé pequeña, o él creció demasiado. Esperarle para que me cuente cómo ha sido la experiencia de comenzar a decir adiós y empezar a ensayar un “Hola, Vida”, estrenar nuevas ilusiones, nuevas dudas, nuevas inquietudes. Se me ha hecho un hombre alto y guapo (amor de madre), el último adjetivo no le gusta demasiado, pero sí, lo es, guapo por dentro. He recorrido con él, en silencio, sus años en los pasillos de la Facultad en la que se formaba para hacer de su vida un camino un poco (o un mucho) más fácil que el que caminaron sus padres. He vivido sus noches vísperas de exámenes y he esperado un mensaje o una llamada que me dijera una nota. Una tras otra. Sus bromas sobre suspensos que nunca llegaron. Ha sido un camino largo que él hizo fácil, con toda la dificultad que supuso para él, con todas las horas robadas al sueño, con encerrarse en su habitación, vigilarle detrás de los cristales de la ventana y verle enfrascado en líneas y fotos que estudiaba meticulosamente. Vivir con él la primera limpieza bucal que me hizo, sabiendo que, quien vestía la chaqueta blanca era aquel niño que vestía la equipación del Real Madrid muchísimos años atrás, cuando soñaba (como su hermano pequeño) ser portero de su equipo favorito. He vivido con él algún partido en el Santiago Bernabéu del que no hay constancia gráfica pública, porque aprendimos que hay momentos que son sólo nuestros, alguna comida solos, conversaciones tranquilas, llantos dolorosos, miradas de amor y de desamor, como toca, porque eso es vivir y él lo aprendió a hacer serenamente. Esta mañana, mientras amanece, mi hijo se marcha para comenzar a regresar. Llegó el principio del fin. Le quedan sus últimos cuatrimestrales. Antes me espera de nuevo, delante de un sillón de dentista para efectuar una extracción a su madre, a su paciente, que se quejará lo justo, a la que tratará con tacto y con suavidad, como lo hace con los pacientes asignados. Y luego a volver a las vigilias porque hay que torear por última vez… Y vendrá la Graduación, y, si la vida lo permite, la celebrará con su familia, con sus padres, con su hermano, con los que estarán siempre, y me permitiré el lujo de decirle lo que pienso, lo que sentí durante su recorrido, me permitiré el lujo de aconsejarle, de darle ese consejo materno de que sea honesto, de que nunca distinga entre pacientes, que nunca olvide de dónde viene, que nunca olvide sus raíces, que recuerde que viene de la sencillez del trabajo y de los callos en las manos, del cansancio de sus padres porque la vida así lo dispuso, que recuerde que sus abuelos y sus padres emigraron, que jamás mire a nadie por encima del hombro, que respete siempre, que comprenda siempre… Es el principio del fin. Aquí seguiré. Esperando su llamada para decirme que lo está pasando bien, que es feliz, y sabré que luchará siempre, que conseguirá ser un buen Odontólogo y un buen Cirujano Bucal, porque eso es lo que desea y lo conseguirá… Y en este amanecer que se lleva lejos a mi primer hijo, al que fue buscado y deseado, este amanecer en el que, su padre, cuando despierte, también pensará que su niño ha volado, en el que su hermano preguntará si Martín ya llegó a ese lugar que él no sabe pronunciar, en este amanecer yo sólo puedo darle las gracias por haberme enseñado tanto y tan bien, por haberme dado tantas alegrías, por hacerme sentir orgullosa, por respetar mis decisiones, por cuidar cuando yo no estaba, por comprenderme y apoyarme siempre. En este amanecer que es el principio del fin me preparo para comenzar a despedir a mi bebé y darle la bienvenida a un hombre que enfrentará la vida con la fuerza que heredó, con las vivencias del trabajo siendo demasiado niño, con los pies cocidos por horas de trabajo, con sueño en el cuerpo porque hubo que enseñarle a trabajar, con el recuerdo de niños que pasaron junto a él días de acampada… Comienzo este fin con el convencimiento de que habrá un principio y él sabrá vivirlo, como ha vivido hasta ahora todos los principios que la Vida le regaló. Hace cinco años comencé a aprender que tenía que volar solo, hoy, mientras amanece y sé que viaja para coger su vuelo, sé que aprendió, el nido se prepara para quedar un poco más vacío.

29 mar. 2017

LUGAR PARA LA EMOCIÓN... (Gracias a un Profesor)

Hay ocasiones en las que la palabra "Gracias" no llega a expresar todo lo que el corazón siente... Gracias por dedicarle tiempo a mi novela, gracias por esta reseña, gracias por los ánimos y por la sinceridad, gracias por emocionarme y gracias por estar ahí... Sucede que, cuando es alguien que escribe, que tiene en su haber libros publicados, que encima se documenta y por tanto su obra es el fiel reflejo de la Historia, las palabras que dedica se vuelven un poco el suave viento que amansa el caos después de un huracán. Sucede que, si además se trata de un profesor de Literatura y de Lengua Española, si ha dedicado capítulos e incluso libros a luchas femeninas, si, un dato más, es administrador de un grupo en el que ha aglutinado nombres válidos de mujeres granadinas dignas de mención y ha incluido a una servidora en dicho grupo, el poder de sus palabras se convierte en empujón para continuar viaje sin rendirme… Ha habido muchas y muchos, no voy a mencionar nominativamente a ninguna ni a ninguno, no lo haré por respeto a quienes podría olvidar, pero es verdad que hay críticas, reseñas y opiniones que me hacen cerrar los ojos y sonreír. Al igual que le di paso a Loli Albero Gil, escritora, amiga, a María Loreto Navarro, crítica literaria, a Antonio Lozano, escritor, a José Quesada, escritor y amigo. Lo hago con el profesor D. Juan Rodríguez Titos… Y sigo pensando que la palabra “Gracias” se queda corta cuando se trata de agradecer que una persona dedique su tiempo a leer una novela escrita, sobre todo, con el corazón… Gracias a todas y a todos los que habéis decidido vestiros con la piel de mis personajes. Os dejo las palabras de Juan.




LA NIÑA ROTA
NOVELA DE ENCARNI BARRERA FERNÁNDEZ
OPINIÓN DE JUAN RODÍGUEZ TITOS
Me pasa, quiera o no, que a la hora de enjuiciar un trabajo literario de una persona cercana (una amiga, en este caso), me encuentro en la disyuntiva de ponerme en el papel de profesor de Lengua y Literatura, en el de un simple lector o en el de un lector amigo. Con la novela LA NIÑA ROTA, de Encarni Barrera, me he olvidado (en todo lo posible) de los lazos de amistad mientras leía y lo haré en las palabras que aquí le dedico.
LA NIÑA ROTA es una gran novela. Una buena historia muy bien narrada, envuelta en la mejor literatura que cabría esperar. Una novela profunda. De denuncia social y de análisis humano.
Personalmente, me atrae poderosamente el hecho de que la novela refleje un tiempo que conozco de una tierra que es mi tierra. Y en eso, debo decir que Encarni Barrera lo ha bordado. No se puede ser más fiel al mundo rural de los Montes Orientales en la época de postguerra.
Con todo, lo que me gusta especialmente de este libro es la forma literaria. Harto de ver en la espuma de la consideración social libros que no tienen el más mínimo valor literario, encontrarse con una novela, no sólo primorosamente escrita, sino cuajada de hallazgos literarios, reconforta sobremanera.
Cuando leo, tengo la costumbre de marcar visiblemente aquello que me parece especialmente bueno; una frase, un párrafo, una palabra… Y confieso que, en el caso de La niña rota, es rara la página en la que no tengo alguna marca; varias en la mayoría de las páginas. Porque los hallazgos literarios de Encarni Barrera son abundantes y extraordinarios. Es fácil escoger algunos ejemplos. “Se le llenó la boca de reproches, el alma de negras sombras desconocidas que iban de un lugar a otro de la casa. A su mujer se le había instalado la amargura de la guerra entre el pelo y las uñas de los pies, toda ella”, “Iban creciendo tan despacio como aquel tiempo que nadie sabía vivir”, “En aquel giro resuelto había parado el mundo”, “Estamos viviendo a destiempo, Lola, nada ya se ciñe a calendarios pasados ni futuros, porque no sabemos cómo será el futuro y tenemos que intentar borrar el pasado”, “Hubo un silencio. El eco de las respiraciones chocaba contra las paredes adornadas con algunos cuadros, un Corazón de Jesús, la imagen de la Virgen de la Cabeza, un espejo con algunas manchas amarillas; contra todos ellos aquellas últimas palabras de José”, …”engarzados, uno a uno, en la pulsera de celos que don Felipe estaba montando”, “…mano de campo, mano férrea de quien ha sufrido pérdidas y guardado silencios”, “Él se había quedado sin malos recuerdos y ella sin ausencias”, “Don Cosme era una sotana llena de contradicciones”,
En LA NIÑA ROTA hay descripciones sencillas, magistrales: “Se escuchaban trinos de pájaros, el arrullo de paloma; el cerezo se mecía con suavidad mientras la tarde comenzaba a caer con tibieza”.
Y, para terminar este apunte, quiero decir que los pequeños detalles hacen que una obra sea grande. LA NIÑA ROTA está salpicada de detalles (cada uno en el lugar preciso), de forma que el lector entra con familiaridad en la historia. Un ejemplo: “La mesa estaba coja, se desnivelaba, involuntariamente, hacia la izquierda cuando don Felipe Montalvo apoyaba sus manos cruzadas sobre ella”.

23 mar. 2017

AHORA SÍ, MI DERECHO A RÉPLICA... (Confesión íntima y personal)

Se dice que la paciencia es la mejor virtud del ser humano, hay quien dice también que todo llega, no sé si ambas cosas son verdad o quienes las dicen es porque las comprobaron de forma espontánea y aleatoria. Soy paciente. No hace mucho que lo soy, es decir, no nací siendo paciente, más bien todo lo contrario, he sido una impaciente empedernida que hacía suyo aquel refrán de “Melón tajada en mano”, pero la vida me enseñó a cambiar, a permanecer tranquila mientras todo llegaba, a creer que habría un lapsus, un error, un movimiento en falso que dejara al descubierto a quien fue entre esquinas, zigzagueando, para intentar destrozar vidas cuando pensó que tenía la verdad en la mano, sin ni siquiera confirmar, sin ni siquiera tener la duda razonable que todo juicio requiere para absolver o enviar al patíbulo… Todo esto se va cinco años atrás, cuando a través de una llamada se intentó poner patas arriba mi vida y la de mi entorno, cuando en lugar de culpar a quien había dentro se arremetió contra quien se sospechaba por el simple hecho de un equívoco que no se tomó la molestia de descifrar, cinco años en los que se recurrió a una “amiga” que dejó los números de su teléfono para que fueran guardados como oro en paño año tras año, supongo que la dueña del número supuso que ya había pasado demasiado tiempo como para recordar aquella inocente triquiñuela, ese número de nueve cifras a las que, en más de una ocasión, lo confieso, estuve a punto de enviar el escueto mensaje que dijera “Gracias por ayudar a quien ha intentado destrozar mi vida”,  esa melena rubia y amplia sonrisa que ayer quedó frente a mí y frente a la persona que también fue vigilada, espiada, vapuleada y enjuiciada,
en la foto de perfil de un contacto de whatsapp, porque durante cinco años ese número ha ido conmigo en cada uno de los teléfonos que pasaron por mis manos, porque supe que, en algún momento, la vida me devolvería la justicia del conocimiento, de poner rostro a una voz que me interrogó sobre un nombre de mujer que no era el mío con el único fin de que otra persona escuchara mi voz y pudiera volcar sobre mi persona sus celos enfermizos y su rabia… Errores, errores al enviar, errores al suponer, errores al olvidar. Yo no olvido según qué situaciones, según qué culpas, según qué acusaciones, según qué mensajes, no olvido según qué insultos, según qué palabras. No olvido porque toda esa retahíla atacó a los seres a los que quiero. Durante cinco años necesitaba poner rostro a la maldad humana, a eso de creer que no importa nada, que todo es válido, a esa idea mezquina de creerse a pies juntillas una historia sin más pruebas que unas letras que no se sabe si fueron al destinatario equivocado. La soberbia nos lleva a eso, a fiarnos del primer indicio… ¿Alguien ha visto la película “Doce hombres sin piedad”? Deberían de verla, sentarse y meditar cuántas de pruebas son necesarias para acusar, cuántas de pruebas fehacientes, palpables, rotundas, cuántas de pruebas se necesitan para culpar… Y descubrí ese rostro, una amplia sonrisa con una melena rubia. Una sonrisa amplia que desconoce cuánto dolor provocó porque ella, lo único que hizo, fue hacer de cobaya humana para que otra persona vaciara su despecho y su ruindad sobre de quien sospechó, sin tener la más mínima prueba… ¡qué cruel es la vida…!, ¡o qué justa!... Se ha hecho justicia, porque actuar con maldad a veces conlleva encontrarse con la soledad más absoluta, encontrarse con que se derriban las estructuras perfectas, con que lo idílico no existe, con que todos podemos perderlo todo por no haber sabido cuidarlo, encontrarse con que podemos insultar, podemos gritar, podemos humillar, podemos injuriar, incluso podemos hacerlo ocultando nuestra verdadera identidad tras un seudónimo recurrente, podemos llamar “Fulana” a quien nos aviva el odio, no por nada, sencillamente porque hemos perdido y tenemos que poner una diana para hacerla objetivo de nuestras carencias… Descubrí a Juanita Pérez, tampoco era tan difícil, dejé todo tal y como estaba, no suelo tocar los lugares de delitos, los dejo tal y como el ejecutor los dejó, dejo las huellas intactas, sencillamente me tomo tiempo, no permito que la soberbia me invada, no inoculo odio porque no se me enseñó a odiar, he aprendido que la vida es larga, que hay que mimar con caricias lo que se quiere, ganarse el respeto, dar pasos pequeños sin la prepotencia de creerse con la verdad absoluta, doy un voto de confianza a la duda, nunca creo lo que mis ojos no han visto y mis oídos no han escuchado, creo que todas las personas tienen derecho a la privacidad, no espío móviles ni robo mensajes, ni invado espacios de otras personas para insultarlas… La paciencia… He aprendido la paciencia en cinco años, he batallado con palabras duras, he guardado silencio, he tragado lágrimas y he leído insultos públicos, y podría decirlos, enumerar uno a uno, los insultos hacia mí y los míos, y hacia alguna otra persona que debería de recibir gratitud y respeto… He cerrado el puzle, coloqué la penúltima pieza con Juanita Pérez, ahora he cerrado el puzle; con la libertad que me da tener en mi posesión un número de teléfono que me llegó por una llamada desleal, deshonesta, miserable y vil, podría publicar dicho número y su correspondiente foto, melena rubia, sonrisa abierta, y acento catalán. Podría publicar la captura de pantalla de quien me insultó a través de plataformas, nombre y apellidos, pero no lo haré. Me basta con el desahogo puntual, en público, igual que se hizo conmigo, pero sin acusar, sin exigir, sin transmitir todo el dolor que yo tatué en mi piel… Cinco años. Sigo en mi vida. Tranquila, serena, sonriendo, viviendo, disfrutando, soñando… Cinco años de espera, de paciencia, de preguntarme una y otra vez por qué a mí, por qué yo, por qué un error me dejó delante de la más cruel representación de la envidia. Supongo que, como cualquier mortal, necesitaba la terapia del desahogo, no suelo reflejar situaciones íntimas dolorosas en mis entradas en este Blog que es un espejo, que es la vida según Encarni, pero, de vez en cuando, una vez superados obstáculos, una vez asimilado que todo pasa por algo, que no hay mal que por bien no venga, una vez comprendido que quien calla no siempre otorga, sino que espera el momento para poder hablar mejor, una vez que he caminado entre espinos y cerrado los ojos para aprender eso de a palabras necias oídos sordos, una vez que he sido consciente de que mi grado de maldad es mínimo, o mi grado de respeto hacia mí misma es máximo, decidí recurrir al legal derecho al pataleo, al griterío de las masas, a dejar constancia de que he descubierto a quien estuvo escondida detrás de un número de móvil después de haber cedido a la petición indigna de quien nada tenía contra mí más que el deseo de reflejar su ira… Como moraleja he aprendido que siempre, siempre, tenemos que comprobar, cuando acusamos, que estamos ante la presa exacta, he aprendido a no creerme indicios, a no juzgar sin ver, a respetar sentimientos, a valorar lo que la vida me ha dado. He aprendido que, tal vez, eso del karma no es tan descabellado, que hay personas que reciben el boomerang que lanzan. Y, sobre todo, aprendí a quererme, a valorarme, a dar importancia a personas, a observar y a desechar lo inútil y lo insano, a no dejarme impactar ni influenciar por palabras, porque comprobé que no hiere quien quiere sino quien puede, y, llegada a este punto de mi vida, descubrí que me pueden herir muy pocas personas, tan pocas que se pueden contar con los dedos de una sola mano. La vida me enseñó la paciencia, no tengo prisa, todo llega, todo llegará, todo ha llegado, simplemente se trató de tiempo… En estos cinco años no perdí mi tiempo, esperé, escribí tres novelas, vi crecer a mi pequeño, mi hijo está a punto de terminar su carrera y yo aprendí a volar en libertad.