31 mar. 2013

LOS DIAS DIFICILES...(Relato corto).

Te ha dicho que serán días, apenas unos días, pero los ojos se te han llenado de pena y los labios han curvado en una sonrisa triste y lastimera. Unos días; se mide el tiempo por horas, el tiempo real, el que cuenta, el que nos rige y nos domina. Pero tú sabes que esos días, esos pocos días son tu mundo, todo lo que tienes, unos días, tan cortos, tan rápidos o tan lentos. Te ha vuelto a repetir, por décima vez, que no se acaba el mundo, y tú le has hablado de ausencia, de que abra puertas cuando vuelva, porque tú, por esas decisiones personales y propias, sabes que vas a cerrar la tuya, al menos durante esos pocos días, esas horas enormes y opresoras que te llenaran de dudas y de desiertos polvorientos y ventosos. Los que moverán arenas y te las meterán en los ojos haciéndote llorar en las noches largas o cortas, noches llenas de desvelo y de minutos. Has callado escuchándole, le has preguntado la hora de salida, le has recordado que tenga cuidado y le has sonreído a través del teléfono. Él sabe como es esa sonrisa, todo lo que esconde y todo lo que teme. Has hablado bajito, como a él le gusta, pausada y serena. Y no has podido evitar el temblor de la voz. No te gusta que vea tu debilidad, eres fuerte, siempre lo has sido, siempre lo demuestras, hasta que llegan esos momentos, justo esos, los que te anuncian que estará ausente unos días, pocos días, pocas horas, minutos eternos que vas a llenar en un cine, en un paseo con amigas, hablando de todo y pensando en él; mirando el reloj, olvidando que llevas un teléfono en el bolso, que puedes usarlo pero que no debes. Matarás el tiempo leyendo, escuchando música, centrándote en tu rutina y en tus quehaceres, esos que son nimios comparados con su ausencia... Te tembló la voz, y a él le pudo la pena, te aconsejaba, te advertía, te sonreía también al otro lado, y tú también has sabido del dolor de su sonrisa, la que enmascara en esa broma vuestra, la que intenta disimular con un tono perentorio, preguntándote el color de la ropa interior, ¡sus cosas!, las que os hacen reír cuando la tensión os puede. Has pasado un mechón de cabello por detrás de la oreja, has bajado la vista y la has vuelto a subir, has mirado al cielo le sientes tan lejos ya, tan cerca ahora. Minutos y horas sin saber de él, ni cómo estará, ni cómo se sentirá, y en un arranque de ternura desconocida te ha susurrado eso de "Te voy a extrañar hasta morirme de pena", y ya sí, ya te permites sonreír llorando, y él lo sabe pero esta vez  no te riñe, porque sabe que lo necesitas, has seentido su brazo por tus hombros, su beso en tu cabello y deja que llores, porque, como le dices siempre, es lo único que tienes para desenmascarar el alma de alegrías inútiles, esas lágrimas pueriles y olvidadas en unos ojos rodeados de arrugas ya, las mismas que el tiempo, ese que ahora se balancea sobre tu cabeza, ha ido forjando a través de momentos duros y momentos dulces. La arruga del alma y del sentimiento, la que se ha clavado en un rostro de mujer hermosa con ojos hermosos, con la boca que besa y que desea, la que añora cuando no la tiene, la que recrea para poder seguir. La boca que fue suya y sigue siéndolo, la que no lo es porque tú no diste tregua, ni oportunidad, ni diste esperanza a su boca para hacerla tuya.
Has caminado despacio bajo el paraguas azul, bajo el agua persistente, la que golpea la lona, la que enturbia las copas de los árboles y hace que brillen las losetas del parque. "En unos días todo será igual", su promesa, tu súplica "Ábreme puertas cuando vuelvas".,.. y sabes que las abrirá, que seguirá abriéndolas cada día de tu vida, aunque no pueda ser y cada noche las vuelva a cerrar, y tú la empujes al día siguiente dejando que entre un tibio rayo de sol. Tus pasos en llanto, maldito ese tiempo, maldito el reloj, maldito el destino que no te dejó y que no te enseñó, que te hace vivir el desamor del equívoco, el dolor de la equivocación juvenil a destiempo, el mismo destiempo que ahora lo aleja de ti, por unos días, por unos minutos, por muchos segundos...

Llueve fuera, miras a través de los cristales y sabes que ya, mientras el calendario pasa sus días y las manecillas de tu reloj caminan despacio, no será tuyo, pero suyo tampoco, porque tú estarás presente en cada respiración, en cada parpadeo, en cada sonrisa entregada al prójimo, en el suspiro que se escapará de su boca y el latido involuntario de su corazón. Fuera llueve, sólo llueve, la lejanía es un concepto relativo, los tiempos son impuestos por personas crueles, no existe el tiempo, entre vosotros nunca ha existido ni tiempo ni distancias, habéis alcanzado la madurez exacta para comprenderlo... Fuera llueve, gotas que te ponen una sonrisa, porque, de repente, sin esperarlo, has visto su imagen a través de los cristales,
instalada en las hojas mojadas del árbol que tienes enfrente, y le has visto sonreírte y susurrarte "Yo siempre abriré tu puerta, pero lo que deseo es cerrarla contigo y conmigo dentro, y dejarla cerrada para siempre"... Después de todo, sólo se trata de tiempo....

ORGANIZANDO LUNA DE MIEL...(bodas de plata).

Tenemos la manía, extraña por cierto, de celebrar los aniversarios que terminan en números redondos, como si los veinticinco años fueran más importante que los veinte, digo yo que será por el cuarto de siglo que abarca, cuarto y mitad, porque algunas veces, veinticinco años de casados, más que un aniversario es una condena, digamos lo que digamos, pero, digamos lo que digamos, todos nos ponemos a organizar bodorrio "repe", otra extraña manía, porque, durante esos veinticinco años, en más de una ocasión (y más de dos) hemos dicho aquello de "si lo sé, ¡anda que me iba a haber casado yo!", nos hemos quedado tan anchas al decirlo porque, sinceramente, lo pensamos. Pero, ¡mire usted por dónde! que cuando llegan las Bodas de Plata, que son las primeras y, a veces, las únicas que celebramos, nos entra la vorágine celebratoria, la vena viajera, la añoranza por rememorar aquellos días y un extraño placer por fastidiar, (esto no lo decimos porque no es correcto). Olvidamos, porque somos olvidadizos cuando nos interesa, que ya han pasado veinticinco años, que hemos cambiado, como diría la canción, que ya aquello de ver techos no nos "pone" mucho y, sinceramente, otras cosas tampoco. A mí me ha tocado este año, este mes, después de barajar lugares, de haber tenido reservado hotel dos veces, de preguntar, pacientemente, la preferencia viajera. Cuando falta una semana, mi cónyuge ha decidido cambiar de itinerario, porque, ¡mire usted qué cosas!, quiere llevarme a "un lugar en el recuerdo", el lugar ya me lo sé, pero el recuerdo prefiero ignorarlo, sinceramente. Olvida mi cónyuge aquellas vicisitudes, veinticinco años antes, cuando todo era comenzar, o intentar comenzar, abrir camino, lo de abrir nunca mejor dicho, y ver techos. Y a mi edad, todo sea dicho también, lo que más me "pone" es ver piedras, que dice mi señor esposo, cosa que él no comprende muy bien. Yo me evito explicarle demasiado, porque nada peor en un segundo viaje de Luna de Miel, que un señor esposo desmotivado. Bastante tenemos ya, las señoras esposas, con crearnos unas expectativas ilusorias desmesuradas, como para que, encima, desinflemos la emoción, confesando que, pasear por la Plaza de San Antonio de Cádiz, es mucho más instructivo que pasar un rato de "asueto" en el maravilloso hotel que se nos ha ofrecido. Y es que ya, a una edad en la que te ríes de todo, en la que de todo haces leña del árbol caído (lo de "árbol caído" dicho con todo el cariño) y en la que, eso de batir récord, se queda para las Olimpiadas veraniegas, lo mejor de todo es planear un viaje sin demasiadas pretensiones, las justas para pasear de la mano, sentarse en un banco y decir "Aquí nos dimos un morreillo" y sonreír recordándo el morreo en cuestión, porque ya no se tiene edad para repetir, a no ser que se quiera ser diana de niños precoces y parejas adultas, poco comprensivas con el valor de los recuerdos. Me toca Luna de Miel "repe", mejor dicho, me toca viaje repe, pero sé que voy a disfrutarlo de forma distinta. Ya no se entra en una habitación para comprobar el estado del catre (que diríamos en mi pueblo) sino que entras directa al baño, compruebas si han dejado papel, si hay vasos y el número de toallas. Y es que, aunque las cosas no cambien, sí se modifican, ¡afortunadamente!, que ya una tampoco tiene ganas de jornadas maratonianas, a ver "quién aguanta más". Viajar para celebrar las Bodas de Plata es lo más de lo más, porque siendo sinceros, aprovecharemos los paseos para descubrir rincones espléndidos de una espléndida ciudad, para tomarse un vinito con pescaíto frito sin prisas, para enlazar las manos, pero sabiendo que, ese gesto, ya no implica tener que salir corriendo, sino que conlleva el placer de pasear, de haber paseado un cuarto de siglo, de la misma mano, descubriendo nuevos rincones y nuevos horizontes.
Viajar en las Bodas de Plata indica que se caminó juntos y se caminó bien. Que bromas aparte, se descubrió el sexo juntos y juntos se sigue viviendo, con los cambios, sin las urgencias y con la entrega. Y todo eso, parece que no, pero cuesta mucho aprenderlo. Cuesta veinticinco años de dos vidas. Hay viajes sin precio, porque para todo lo demás, tenemos Master Card, y aparte, tenemos la paciencia, el sentido del humor, la risa y las miradas. Y saber que, ya no nos "pone" mirar techos, ni hacer carreras de fondo, pero nos sigue poniendo descubrir que somos únicas, que seguimos siendo las mismas niñas, únicas, que dejaron que se abriera camino (lo de abrir, de nuevo, nunca mejor dicho).
Mi generación, en aquella sociedad, en aquellas situaciones, vivimos unas bodas llenas de ilusión, demasiado jóvenes, demasiado inexpertas y demasiado ilusionadas. Hemos dado paso a una generación de mujeres adultas, maduras, que saben lo que quieren, lo que tienen y lo que mantienen, que han aprendido a reírse hasta de su sombra, a dar importancia a lo que realmente es importante y que, llegado el momento, planean sus Lunas de Miel "repes" llenas de ilusión, pero con un sentido del ridículo mucho menos arraigado, afortunadamente...
Me toca viajar, de forma distinta, porque, esta vez, volveré al lugar en el que disfruté de mis primeros días de casada, de mis primeros momentos descubriendo un mundo, de mis primeros baños compartidos, de maletas para dos, de ropa mezclada. Vuelvo al mismo sitio que paseé, sentándome en un banco, dándome un "morreillo" con mi estrenado marido, porque era mi luna de miel, cogiéndo una mano y saliendo corriendo. Voy a volver a recordar, que, bromas aparte, me gusta mucho, cuando los recuerdos son compartidos de la misma manera, con las mismas ganas y la misma ilusión.... y todo lo demás me sobra... Noche de risas, noche de planes, que luego no saldrán, pero que, mientras se cuentan te hacen feliz y te ponen un brillo especial en la mirada, la misma mirada de una niña que descubría y confirmaba que estaba recién casada....

30 mar. 2013

VEINTE AÑOS NO ES NADA... (que diría Gardel).

Hice la maleta un día, desarmé mis muebles, apilé cajas, recogí mis objetos y miré paredes desnudas de cuadros. Me asomé al gran ventanal que abarcaba toda la calle Leones, la calle en la que había vivído cinco años de mi vida, cerca de la casa de mis padres, cerca de la casa de mis suegros, cerca de todas las casas conocidas de mi pueblo. Miré a mi niño, apenas tenía un año. Me iba. Nos ibamos. Dejábamos Montejícar y volvía a Huelma. Al mismo lugar en el que, muchos años antes, paseaba y estudiaba. Al mismo lugar en el que compartí momentos entrañables con compañeros, al mismo lugar en el que descubrí los primeros amores. Volvía al mismo lugar que dejé un buen día, porque tenía que seguir la vida, y la vida me devolvía a sus calles y a sus plazas, a sus jardines, a una rutina desconocida. A intentar recomenzar. Me despedí de mis raíces y de mi entorno, el que me arropaba y me daba sombra. Mi pueblo pequeño, lleno de calles conocidas, pateadas y jugadas, lleno de esquinas en las que esconderse jugando al escondite, calles que fueron pintadas para jugar a los  "colaches", esa palabra inmensa, montejiqueña pura, para describir el juego de la rayuela. Dejé el acento ceceante y familiar, los tonos granainos con ecos graninos de sierra de Montes Orientales para aprender el tono de otra sierra, de otro pueblo serrano, de otro lenguaje andaluz y familiar. Me despedí de mi iglesia, me iba cerca, muy cerca, pero me iba. No importa la distancia a la que te vayas, lo que importa es saber que, al atardecer, ya no escucharás las campanas de tu torre, ni los sones de un reloj anciano y cansado. Ni atravesarás con paso ligero la plaza en los días de invierno, cuando el hielo la cubría de un cristal débil y quebradizo. No importa la distancia que pongas, importa que ya no elevarás la vista para mirar la ermita, ni verás ponerse el sol por la sierra. Me iba a ver otras puestas de sol y visitar otra ermita. Hacer que mi hijo creciera en un pueblo propio, porque el mío se quedaba atrás, y era mío. Él iba a ser de otro lugar, de otra provincia, iba a tener otros referentes y otras plazas cubiertas de hielo.
Y Huelma me acogió, nos acogió, nos arropó y nos dió sombra. Me dio trabajo, muchos trabajos. Horarios justos, mi hijo aprendió a esperarme sentado en un escalón del colegio, porque su madre, a veces, llegaba con la hora pasada, corriendo, cansada, pero feliz. Huelma trabajadora, casas ajenas que fueron limpiadas con mis manos, niños ajenos cuidados como si fueran propios, gentes ajenas que me sonreían y me hacían entender que estaba en casa.
Hace unos días hizo veinte años que mi marido decidió regalarme un pueblo, regalarme un nuevo pueblo, una nueva tierra en donde hemos sido felices, en donde ha nacido mi hijo pequeño, en donde mi hijo mayor ha encontrado sus amigos, su primer amor, donde ha estudiado. Hace veinte años que mi marido decidió cambiar los Montes Orientales por Sierra Mágina, pueblos labrados con sudor y trabajo, pueblos distintos y cercanos...

Hice mis maletas, desmonté mis muebles... Las abrí en una nueva casa, los monté en nuevas habitaciones, creé mi hogar en un pueblo jienense, sé que tengo otro hogar en un pueblo granaino... soy afortunada, tengo dos pueblos, tengo gentes distintas, con acentos distintos y tonos distintos. Con plazas heladas en invierno y veranos de noches frescas. Pueblos que saben de la crudeza y rudeza de los trabajos agrícolas... Deshice mis maletas y comencé a vivir en un lugar diferente y familiar, el pueblo que me ha enseñado que una planta germina en cualquier lugar, que solo basta que haya buena tierra... Hace veinte años que comprobé que, la tierra adoptiva te puede dar el mismo calor en invierno y la misma frescura en verano, que la tierra natal...

Presentación de "Las manecillas del reloj" en Linares, extraordinaria intervención de Doña Mercedes Rueda, escritora, video incompleto, pero que refleja el buen hacer de una señora como Mercedes, buenos recuerdos de aquella tarde. Me faltaba tener en mi blog Linares, y aquí está. Espero que os guste.

29 mar. 2013

AQUELLOS PARTIDOS...

Hoy recordaba momentos emotivos y llenos de risas, de esos que se quedan para siempre guardados y, sin pedir permiso, te asaltan cuando estás realizando las tareas más simples. Pensaba en el instante exacto en que, un padre, o muchos padres, se dan cuenta de que los años jóvenes se fueron, de que la juventud se quedó atrás. Suele ser una consciencia colectiva, descubierta cuando se está rodeado de semejantes en la misma situación. Esa mañana en la que, de repente, los niños, esos que ya no lo son tanto, irrumpen en la reunión fiestera de los mayores. Osados ellos, que se atreven a romper la feliz monotonía madura, con un balón en las manos, el reto en la mirada y la frase, explosiva, de "Vamos a hacer unas canastas", y uno de los adultos, esos que, hasta ese momento, se limitaban a levantar la caña y pinchar alguna anchoa, se "tira al ruedo", con la amenaza tremenda que hace temblar a los diecisiete años que sostienen el balón "Vosotros no sabéis lo que encestar en condiciones"...¡Error!, nadie ha advertido a los maduros papis de que, esa frase no se dice, las mamis, que somos mucho más sensatas, deberiamos de aprender que, a una edad determinada, tendriamos que coger al subsodicho padre cuarentón y decirle bajito "No se reta jamás a tu hijo adolescente, repítelo cien veces para que no lo olvides". Pero como tenemos muchas tareas por hacer, confiamos en que los cónyuges hayan aprendido algo a lo largo de su vida paterna, y sepan esa frase sin necesidad de repetirla...¡Error!... Los papis, no sé porqué, tienen la extraña manía de demostrar a los polluelos que ellos lo saben todo, que lo hacen todo mejor, que son jóvenes todavía y que no les pesan los años, ni las cañas, ni los kilos... Y es en este momento, cuando el papi maduro de turno, suelta semejante "parida", cuando la adolescencia atrevida y osada se ríe en sus narices, lo que provoca que, todos los culos masculinos se levanten a la vez, se suban la cintura del pantalón, pongan cara de verdadero enojo y se encaminen, dignos dignísimos, hacia la pista de baloncesto, seguidos por la sorna y la ironía de los polluelos, que són dos o tres, pero se bastan solos porque, para empezar, sacan diez centímetros a los padres, que no tuvieron petit suisse infantiles, y tienen la estatura media de los españolitos de los setenta, que tampoco era para echar cohetes.
A todo esto estamos las mamis, esas sufridoras que, a la voz de "Venid y veréis como les machacamos" tenemos que dejar nuestras conversaciones interesantes sobre menopausia, enfermedades paternas y maternas, confidencias sobre las adolescencias que se acaban de marchar y modas varias. Nos hacen levantarnos y acompañarles, porque si algo tienen los varones jugadores de baloncesto, es que necesitan animadoras, eso si, sin pompones, que nosotras sí sabemos la edad que tenemos y la respetamos. Tengo que reconocer que a mí me gusta, porque veo que los maduros han madurado bien, que son capaces de darles una lección de pundonor, de cómo se bota un balón, de cómo se pasa una pelota, de cómo se dribla y de cómo se desmarca un jugador, y es que, mis amigos papis (entre ellos mi cónyuge) tuvieron, retuvieron y guardaron para la vejez. Y a las mamis se nos va poniendo esa sonrisa de ir sobradas, de saber que, aunque los papis pierdan por falta de altura, están haciendo que los polluelos suden, que corran tras de ellos, que se den cuenta de su ignorancia, de su inexperiencia, de su soberbia y de su osadía...

A mí me gustan los duelos, esos que Pepe, Pepe Luis, Manolo o Manu ganan, de sobrados, de calle, porque han aprendido que, no importa los años que tengan, no importa que los huesos ya les duelan, porque saben que saben más, que incluso les faltan los centímetros que a sus polluelos les sobran, pero no los necesitan. Y después de algunas canastas, de algunas carreras, de comprobar que van ganando, de saber que la humillación ya ha sido ejecutada con elegancia y patenal comprensión, se retiran. Vuelven a sus sillas, sonriendo, sin hacer demasiado leña de los árboles caidos, caídos con sus nidos y sus polluelos. Y se dejan caer, cogen su caña y esperan a que la osadía y el atrevimiento adolescente estén lejos para, ¡por fin!, reconocer delante de las mamis, que están hechos pedazos, que están "reventaos" de correr, que les duele la espalda, que los años han pasado y que les ha costado sudor y lágrimas ganarles. Y las mamis lo sabemos, les besamos, nos reímos...y sabemos que seguimos teniendo unos campeones en casa. Pero les pedimos, por favor, que no entren más al trapo, porque, un día, los polluelos ganarán, y ellos no sabrán aceptar la victoria de forma digna, sino que la restregarán y la gritarán, porque nada mejor para el pajarito que levanta el vuelo, que proclamar que venció al maestro...
E·sta tarde recordé aquellos partidos. Los primeros, cuando en el patio del Colegio de San Andrés, en los veranos, yo acudía a animar a mis amigos, adolescentes entonces, jóvenes altos y deportistas, aquellos guapos y seguros... y recordé estos otros, los que alguna vez, en otros veranos, nos han llevado a animar a los que ya no son adolescentes, pero como tal se portan a veces... Es bonito ir pasando fotos, ver jugadas del pasado y el presente, de los padres y los hijos, jugando un simple partido de baloncesto, un simple partido de vida... Es bonito saber que el tiempo ha pasado y ha dejado el rastro de la sonrisa en mi rostro... Es bonito tener lo que tuve y tener lo que tengo... Un recuerdo para los que fueron animados y lo serán siempre...

A MARIA... (el dolor hecho arte).

¿Adónde vas, silenciosa y triste?, Madre de Luz, Madre de llanto,
envuelta en pena y arrastrando el manto,
¿qué te robaron, Madre de las Penas?
¿qué no encuentras en tu camino de espinas?
¿quién mató al Hijo que engendraste?
¿quién te robó la sonrisa bendecida?
¿quién te dejó sin la carne de tu carne?
Dolorosa caminando solitaria,
arrastrando tu pesar por negras calles,
intentando alcanzar la Cruz divina,
atisbando por esquinas y portales.
Noche negra que te dejó sin la esperanza,
que te dejó huérfana de Hijo,
que se llevó al fruto de tu vientre,
al que fue sin pecado concebido.
Y nos miras, pobres pecadores,
que te pasean y se recrean en tu dolor,
que caminan tras de Ti, sin entenderte,
que te acompañan en tu gran Amor.
Madre del Silencio, del Cachorro, del Gitano,
del Abuelo, del Poder,
Madre de Sentencia, de Buena Muerte,
de Humildad, de las Llagas, de la Sed.
Madre que llora la tristeza inmensa,
Madre de ternura, Madre de la fé,
María que recorre los caminos,
buscando entre los vivos a quién se fué.
Dolorosa Madre al pie de una Cruz infame,
la Cruz que con mis pecados yo clavé,
la que hicimos entre todos, y levantamos,
la que abastecimos de sal y de hiel.
¿A quién buscas Madre de los Cielos?
Tu Hijo ya no está, yo lo maté.-

VAMONOS DE PROCESIONES...(sin tacones, por favor).

Estamos en la Gran Noche, la noche de la Madrugá, de todas las Madrugás andaluzas, calles paseadas con caminar lento, con sacrificio costalero y voces desgarradas de Capataces. Noche de túnicas al viento, de Palios hechos maravilla, bordados imposibles, velas oscilantes, nardos olorosos, espadas atravesando pechos y lágrimas de cristal en rostros dulcísimos de madres que lloran, estamos en Jueves Santo, día del Amor Fraterno, Institución de la Eucaristía, Lavatorio de Pies, traiciones y monedas de plata. Ultima Cena, "tomad y comed"... Estamos en la Gran Noche. Y para pasearla nos colocamos, como si fuera la primera vez que lo hacemos, los tacones, las faldas estrechas, cortitas, esas que, el año anterior juramos que no volveríamos a ponernos porque, una vez los Pasos en la calle, comprobamos un poco sorpresivamente, que no podíamos dar ni un paso. Pero como hay que ir "hechas pinceles" a la Misa de Jueves Santo y luego se nos olvida cambiarnos, nos volvemos a descubrir con las piernas heladas, dando pasos inseguros, colocando los dedos de los pies de mil formas con tal de que no nos duelan. Miramos, con una envidia recién descubierta, a la mujer que, a nuestro lado en la calle va con un vaquero, unas zapatillas y una chaqueta gorda, que no ha necesitado un tacón para escuchar misa, porque, somos tan obtusas, que olvidamos que la Misa es Misa, no es Pasarela Cibeles. Y volvemos a encontrarnos en la puerta de la iglesia de turno, soportando el dolor de pies, soportando el frío de la noche, soportando la piel de gallina y volviendo a jurar que es la última vez que nos ponemos tacones para semejante menester... Lo olvidamos pronto porque, mañana, Viernes Santo, cuando pensemos en que en Los Oficios habrá mantillas, habrá vestidos de raso, habrá tacones, nos entrará la paranoia, volveremos a colocarnos el traje de chaqueta incómodo de la muerte, ese que nos aprieta un poco la cintura, que se nos sube la falda al caminar, que nos hemos puesto porque ya es primavera, aunque el termómetro marque nueve grados como mucho, y aunque el señor del tiempo nos advirtiera de que haría frío. Prometo que jamás entendí algunos rituales femeninos, y eso que soy mujer, pero mi mente, en ocasiones, se cierra ante las ilógicas decisiones de la inteligencia femenina, que es grande. No entiendo ese sinvivir que se nos instala cuando, de repente, descubrimos que se acerca la Semana Santa, que hay que comprarse "algo", porque no se tiene ropa. Olvidamos que, estos días, vamos a caminar kilómetros, a subir cuestas, a bajar pendientes, a pasar fuera horas de la noche. Olvidamos que es Semana Santa, no un catálogo de Cosmopolitan. Olvidamos que, para mirar imágenes, para acompañar a las Madres que lloran lágrimas de cristal, para entrar en una iglesia y presenciar el Lavatorio de Pies, no es necesario ir subida en tacones imposibles, no debería ni siquiera ser correcto hacerlo. Porque estamos en la Noche de la Humildad. Esta noche es la ideal para ver procesionar el arte, para no creer pero respetar, para no entender pero emocionarse, pero desde luego, esta noche es todo menos una noche para usar tacones. Con los años he adquirido la mala costumbre de mirar los pies, sólo miro los pies de las señoras en eventos como esta noche. Soy incapaz de retener un modelo de zapato, pero esta noche sí, esta noche y todas las noches de caminatas sí miro los pies, sonrío cuando veo más de cuatro centímetros de tacón, cuando veo una plataforma, cuando veo un tacón finísimo y elegante, cuando miro el reloj y pienso en las horas que le queda a ese pie estar dentro de su latita. Yo ya no, yo ya subí caminos empedrados sobre tacones imposibles, ya caminé horas enteras y pasé mi suplicio, ya decidí que no quiero presumir, que quiero ir cómoda, que quiero centrarme en los palios que se mecen y en los mantos que me dan la espalda. Ya decidí que no quiero que las piernas se me congelen ni tirar de la tela de una falda, quiero caminar, quiero pasear y quiero ver Procesiones, la noche del Gran Dolor, pero no mi dolor, mi dolor de pies ya no existe, existen los pies ajenos, los pies de costaleros descalzos, de Cofrades que hacen su penitencia clavando sus carnes en asfaltos duros y lacerantes.
Noche de Procesiones, noche de caminatas y carreras, noche de bares, de velar, de esperar en esquinas soportando frío, noche sin tacones, por favor. Probemos las señoras a ser más lógicas, menos ostentosas, más amables con nuestros pies, saldremos ganando, pero sobre todo, podremos mirar a la señora que haya a nuestro lado, sin ese halo de envidia que nos provocan sus zapatillas deportivas y sus vaqueros, por mucho que nos neguemos a admitirlo, y quien diga que es feliz en unos zapatos de tacón después de seis horas sobre ellos, con más de cuarenta años y con dos horas de caminata por delante, miente como una bellaca.... ¡si lo sabré yo!...

28 mar. 2013

TODO ESTA PENSADO... (una historia por vivir).

Hoy fue un día extraño. Durante la mañana, mientras hablaba por teléfono y me caía el agua, llovizna pertinaz y cansina, mientras escuchaba como alguién me contaba unos rasgos generales de una discusión, yo pensaba. Al llegar a casa, mientras duraban las faenas, mientras se preparaba la comida y seguía lloviendo, comencé a tener claro que tengo una historia. Tengo la historia. Tengo todo lo que Adela va a vivir en mi cabeza, todo, absolutamente. Cada paso, cada mirada, cada gesto, lo he vivído todo hoy. He recorrido mentalmente una vida. He visto un físico, varios físicos. He escuchado conversaciones y he estado presente en habitaciones de hotel. He dormido en una cama ajena, en un hotel cercano de un lugar cercano de un pueblo cercano. He subido el cuello de un chaquetón de piel para guarecerme del frío de la sierra jienense, he paseado por los lugares con ella, con Adela. Gritado con ella, reído con ella y soñado con ella... Y he sabido de su sufrimiento, de sus exigencias, de la monotonía de su vida. He escuchado gemidos de placer, de dolor, de rabia, de impotencia. He dicho palabras incoherentes, he pedido imposibles y he esperado conexiones en una madrugada... Todo esto... Porque todo esto es lo que Adela va a vivir, lo que yo quiero que viva y ella me dirá si quiere hacerlo, irá cambiando mi estrategia, esa que hoy diseñé mientras canturreaba por mi casa, mientras miraba a mi madre y me reía con ella.
Nada de lo escrito hasta ahora me es válido... No me importa... Porque hoy, precisamente hoy, ha sido el día en que, después de dar vueltas por vidas extrañas, paralelas, ajenas y ocultas, he descubierto que sí sé lo que quiero narrar, cómo quiero narrarlo, dónde quiero vivirlo y junto a quién quiero hacerlo... No me importa partir de cero ahora, porque ahora sé que Laura y Marcos están viviendo su vida, que ya no me necesitan, y una nueva mujer se ha asomado a mis ojos, me ha guiñado, me ha dicho cómo quiere comenzar su camino, y yo solamente voy a ayudarla a caminar, despacio, lentamente, pero buscándo momentos especiales para que sea feliz, o para que lo intente. Y esta noche, mientras narraba a Emilio cómo se hará, con que escenarios, con qué lógica, me dí cuenta de lo mucho que me fascina crear una historia posible, real, actual y dolorosa.

¿Cuántos de nosotros hemos oído eso de "Para lo que surja"?... ¿Cuántos de nosotros hemos oído de aventuras a través de la red?... ¿Cuántos de nosotros nos hemos preguntado qué pasa después?.... ¿Cuántos de nosotros nos hemos parado a pensar en el sufrimiento generado por unos sentimientos que estallan y no se pueden controlar?... El engaño de las relaciones a través de una pantalla, el engaño de creernos que nada pasará, que solo será un encuentro, que solo será vivir algo novedoso, pero... ¿y si se complica?... Me gusta crear historias, esta vez cercana, sin distancias, sin ausencias, al menos no físicas... ¿Qué pasa por la mente de una mujer cuando decide que quiere vivir algo distinto?... A veces sabemos, oímos, nos cuentan, nos dicen, conocemos, pero pocas veces ahondamos, pocas veces nos metemos en almas dañadas, pocas veces nos damos cuenta de la cantidad de "niñas rotas" que una relación mal entendida, mal vivida, mal gestionada, puede llegar a crear. Mujeres que pasean su vida, monocorde y monótona, que llegan a una edad en la que solo les queda hibernar en pueblos, en zonas rurales, donde la vida solo pasa, sin alicientes, sin ilusiones, salvo la cotidianidad de los gestos sabidos, aprendidos de generaciones anteriores, cargados como losas. Me gusta crear historias... Y tengo la historia, porque hoy, sin proponermelo, sin que Adela se lo propusiera, me ha enseñado su historia, me la ha mostrado, me la ha abierto y he vivido con ella, en unas cuántas horas, unos años de vida ajena que la he hecho propia...

Buenas noches... ¡Ahora sí!... Me desbloqueé... Adela me desbloqueó, me ha susurrado al oído que cuente y yo voy a contar... Comienza mi nueva historia, nada de lo escrito existe, nada se crea, que diría mi amiga Mercedes Rueda, todo se recrea, se recrea para ser contado, una parte para ser un todo y un todo que solo sea una parte... Gracias Emilio, siempre es más fácil saber que lo tienes claro cuando puedes contarlo, cuando mientras cuentas te brota un detalle con el que no habías contado y te lo narra otro... Que descansé
is, luz verde a mi niña, le toca vivir a ella....

26 mar. 2013

ME CREASTE...(poesía tranquila).

Y fui rosa en enero, nieve de verano,
un sueño imposible en tu imaginación,
y fui sendero abierto entre tus manos,
fui noche y fui día, y fui tú y fui yo,
y fuimos juntos, eternos, fugaces,
inmensos, pequeños, mortales y etéreos,
y fui todo y fui nada, me hiciste invisible,
me hiciste corpórea y me hiciste luz.
Me has hecho de barro, moldeaste mi carne,
fui a tu imagén siempre, tu fuiste mi dios,
deseaste que fuera de cera, y de cera soy,
se derrite mi alma en tu alma,
mi boca en tu boca, mi yo con tu yo.
Fui perfecta, imperfecta, sensata, insensata,
perdi la cordura, me hiciste canción,
melodía quebrada con notas infames,
pusiste locura, pusiste pasión,
me has ido creando en tus manos,
respiré tus besos, y sufrí tu amor,
el mismo que modela mi alma, que llena mis ojos,
el mismo que muerde mi boca, que oculta mi espanto,
que mueve mis hilos, que vive mi vida,
el mismo que abarca mi mundo,
que rompe mi luna, que tapa mi sol,
el mismo amor que maldigo a diario,
que lloro con sangre, que intento olvidar.
Me creaste, me rompiste, me hiciste tan frágil
que mis venas todas son solo cristal.

EXTRAÑO SILENCIO...(en soledad)

No puedo creérmelo, pero estoy sola. Se ha quedado la casa vacía de golpe, llegué de un rato de asueto, toses y destornudos a cuestas, intentando que el viento y el frío me enfríen la mente y me sacudieran un poco el malestar general que el ibuprofeno intenta mitigar. La casa hervía, voces infantiles, regañinas paternas, con voz también cascada por otro trancazo digno de la primavera, esa que ha llegado, pero que todavía ni hemos disfrutado ni hemos descubierto, porque andamos como locos con los chubasqueros, con los paraguas y con los resfriados invernales. Alguna queja juvenil y fraterna. Es decir, un caos doméstico, de esos caos benditos que te hacen comprender que, afortunadamente, has llegado a tu "territorio comanche", pero que ese territorio es tuyo, el que gestionas y organizas mejor que nadie. Y después de desprenderme del chubasquero primaveral (por la fecha, no por la temperatura) y dejar el bolso, me coloqué los galones, me situé en el punto exacto en el que toda la tropa me oía y solté, sin ningún esfuerzo, cuatro órdenes bien dadas. Me basta eso, levantar la voz lo justo, pero en el tono perentorio de "o se hace eso o tomo medidas drásticas" para que todos, incluido el paterno, hagan paso de legionario por el pasillo, falta la oveja, que puede ser reemplazada por Alberto en un momento dado. Pues sí, después de mis órdenes, de la fuga laboral del paterno y de que el fraterno mayor decidiera privarme de la "oveja", me acabo de dar cuenta de lo que es el silencio hogareño. Ese que hace días huyó de mi casa, que no sabía ya ni que existía. Me acabo de dar cuenta de que, si hablo, me escucho, además de forma nítida, limpia y transparente, sin una voz pequeñita que acompañe con un "Mami, te voy a decir algo", ni la voz más mayorcita de "No te había oído"... Ese extraño silencio del que disfruto ahora mismo, que me está haciendo leer sonriendo, con una música suave de Enya y la sensación culpable de que quiero que dure. Y sin embargo, mientras soy consciente de la necesidad de silencio que, todos, en algún momento tenemos, me ha pinchado la sensación de ausencia de la "oveja". No sé yo si eso es bueno, porque cuando está por casa, cuando voy pisando juguetes invisibles a mis ojos, cuando las piezas de un puzzle aparecen hasta debajo de la almohada, cuando me encuentro un cuento metido en un cajón de mi mesita, cuando todo eso pasa y cierro los ojos, porque, tras estos hallazgos, aparece mi megáfono particular, repartiendo voces por todas las estancias mientras repito hasta la saciedad lo de "¡Recoge, por favor!", voy pensando lo que daría por unos minutos de silencio y soledad, en casita, sin tele, sin nadie, sin puzzles ni juguetes, sin gritos de peleas fraternales (que haya dieciseis años de diferencia no quiere decir que la rivalidad no exista jajaja), pues bien, cuando he conseguido ese ratito propio, merecido, ocupado en sosegar el alma, ordenar el desorden y colocar objetos varios en sus lugares, de repente voy y me da la nostalgía de echar de menos a mi "ovejita". A mi corderito, ese que va todo el día dando saltos detrás de mí, poniendome la cabeza como un bombo, derramando agua, lavándose los dientes a todas horas y ofreciéndose para ayudar justo en las faenas que él no puede hacer.
Esos extraños silencios hogareños, los que se cuelan, sin avisar, en una casa llena de vida durante todo el día, los que te hacen ver que, después de todo, necesitas esos ruidos para saber que los que los provocan son tu mundo, que tus galones no son importantes sin ellos. Esos ruidos llenos de risas, de juegos, de música, ruidos de hogar, de grifos abiertos, de carreras por el pasillo, de coches pequeños que compiten entre ellos. Ruidos y sonidos vivos. Ahora no, ahora se ha instalado ese extraño silencio, la quietud que precede a la tormenta, o la quietud que va después de ella, que da lo mismo, porque sé que, en un poco de tiempo, en el corto espacio de tiempo que va de un número de la esfera del reloj hasta el número siguiente, la casa volverá a vivir, volveré a ver llegar a mi corderito, volveré a escuchar los sonidos que me alertan y me desesperan... Pero por ahora, solo por ahora, en unos minutos fugaces e incompletos, escucharé a Enya, leeré relajada, echaré de menos las frases que hacen de eco a las mías, y dejaré pasar segundos disfrutando de un merecido silencio.

CONCLUSION

Me da igual no tener demasiados momentos de silencio en casa. Yo ya viví mis silencios. Durante nueve meses, cada día, cuando mi hijo mayor se marchaba a su instituto
, mi casa se quedaba en silencio y yo dentro. Acostumbrada todavía a estar fuera, a trabajar fuera, a escuchar los ruidos de fuera. Viví el silencio propio, esperando en la espera, imaginando cómo sería volver a llenar el espacio de un hogar con ruidos infantiles, a una edad en la que ya, más bien, imaginas cómo llenar los espacios con conversaciones cansadas y repetidas de mayores. Ahora valoro mi ruido, el ruido de hogar, porque es el que me da vida, el que me demuestra que, sin esos sonidos imprescindibles ya para mí, sería un hogar monótono, lleno de planes repetidos, porque, lo queramos o no, los adultos terminamos repitiendo planes, aunque los destinos sean diferentes, porque mi corderito me ha enseñado, a una edad justa y necesaria, que lo que realmente rompe la rutina de una casa y un hogar, no es elegir distinto destino de un mismo plan, sino no saber qué va a pasar en los cinco minutos siguientes al minuto que estás viviendo... porque, los que seáis padres de una personita entre cero y siete años, sabréis perfectamente que, la aventura más especial es, precisamente, vivir los sonidos y los ruidos de un hogar al lado de un niño... Yo voy a disfrutar de mi silencio raro, porque en un interválo muy corto de tiempo, volveré a escuchar los sonidos del no silencio.... Buenas tardes, todo en calma...

DIAS DE ABSTINENCIA...(menú austero, o eso dicen)

La Semana Santa ha llegado y con ella la abstinencia, el ayuno (¿?), los menús austeros y comedidos, prohibiciones culinarias varias, carnales muchas y Pasos en la calle, si el agua no lo impide, que ese es otro cantar. Hemos dejado atrás la glotonería navideña llena de mariscos, piernas de cordero, champán y polvorones; nos decidimos a hacer una dieta, porque en Navidad, según se dice, hay un exceso de manjares que nos llevan a la glotonería y ante los cuales no podemos reprimirnos. Porque, para reprimirse, ya vendrá la Semana Santa. Es decir, ya vendrán estos días en los que, según parece, pasaremos hambre (¿?). El hambre de Semana Santa comienza con la confección de (atención): roscos de sartén, borrachuelos, tortillas de vino, pestiños y torrijas. Albóndigas de bacalao en todas sus variantes, es decir, con salsa, con caldo, fritas o con tomates. Bacalao encebollao, bacalao frito, potaje de Semana Santa, y si estamos en Montejícar, añadiría yo los "papajotes"... Después de este pequeño recorrido, yo pienso, ¿verdaderamente son días de ayuno?, la abstinencia sí, la carne se omite, pero ayunar, lo que se dice ayunar, lo hacemos poco. Más que nada porque, los roscos de sartén y demás variantes reposteras, comienzan a llenar ollas de porcelana, aquellas ollas que, nuestras madres, en los años previos a nuestra boda, compraban para el ajuar, en orzas, revestidas con un plástico para que los roscos se mantengan mejor, y, últimamente, descubrimiento moderno, los congelamos, que hemos descubierto que podemos hacerlo. Y cuando todo esto sucede, nuestros pasos, sistemáticamente, se van desde el salón a la despensa, desde la cocina a la despensa, desde el dormitorio a la despensa, a rescatar un rosco, un borrachuelo, una tortilla o un pestiño cada vez que el hambre nos pica, o cada vez que pensamos en que, los subsodichos roscos están esperándonos rebozados en azúcar. Por no hablar de la cantidad indecente de albóndigas que hemos acumulado para ir dándoles salida, lentamente, durante todos estos días. A todo esto se une que, últimamente, la Semana Santa no son aquellos días de luto riguroso y dolor, y salimos a comer fuera. Por lo que a la dieta post-navideña, siendo honestos, habrá que añadir, man que nos pese, una dieta post-santera. Porque digamos lo que digamos, de ayuno más bien poco, seguimos con la glotonería, lo que ocurre es que cambiamos el menú, y es que España, o Andalucía, en este caso, es muy rica en Pasos, en Procesiones, en Imágenes meciéndose o caminando sobre Tronos impresionantes, pero es rica, riquísima, en menús austeros, rebozados en azúcar o enmascarados en un potaje de Semana Santa, rico rico y con fundamento. Admitamos que, afortunadamente, nos hemos ido tomando bulas propias, nos hemos saltado a la torera lo de los ayunos impuestos, hemos ido recortando (ahora que está tan de moda) los horarios rígidos de antaño, y hemos terminado cebándonos en Semana Santa a base de fritos, de guisos y de viandas deliciosas, aquellas que nuestras abuelas enseñaron, por suerte, a nuestras madres, y que ellas, pacientemente, han ido dejando en nosotras.
Llegó Semana Santa, llegaron sus menús, con los que nos ponemos morados para hacer juego con las túnicas de nazarenos, sus menús estupendos y jugosos, los que nos llevan a visitar el frigorífico para acompañar una cerveza con unas albóndigas y a asaltar la olla de los roscos. Los menús que nos hacen engordar también en Semana Santa, aunque no esté muy bien visto, porque es fecha de ayunos, de aquellos impuestos, de los que las madres vigilaban a rajatabla. A mí, desde que descubrí que los ayunos pueden ser saltados sin peligro de que me caiga un rayo, me sientan mejor las delicatesses andaluzas propias de las fechas. Así que, víspera de martes santo, Semana Santa lluviosa, tardes de "Rey de Reyes" y "¿Quo Vadis?", cafeses varios regados con azúcar de torrijas para rebajar los potajes, todo listo para vivir una Semana de Pasión, aunque la auténtica pasión será la que sintamos cuando nos subamos en la báscula, una vez se hayan agotado las provisiones nazarenas y nos entre el verdadero sentimiento de culpa. Pongámonos a repasar las cinco reglas para hacer una buena confesión, porque, después de los supuestos días de ayuno, después de las supuestas fechas austeras y después de hacer visitas temerarias hasta la orza de los roscos, desde luego que nos hará falta recordar lo del propósito de la enmienda y, sobre todo, cumplir una buena penitencia.

Buenas noches, me voy a dormir, que me comí el rosco reglamentario, he comprobado que todavía no se han puesto duros, será cuestión de seguir comprobando mañana... toca hacer albóndigas, ya se sabe, como decía mi abuela Tita, se fríen siete y se comen dos... espero quedarme en dos, por el bien de mi cintura que se ha fugado y amenaza con no volver... A descansar, que ustedes lo ayunen bien....

24 mar. 2013

MOTRIL... EN LA MESA INMACULADA TORRES, CONCEJALA DE IGUALDAD Y JUANJO CUENCA POETA Y AMIGO... MOMENTOS ENTRAÑABLES, ENCUENTROS CON PAISANOS, CON GENTES QUE ESCUCHAN CON RESPETO, QUE YA SON AMIGOS... MOTRIL QUE ME ABRIO PUERTAS Y ME HIZO COSTERA POR UN DIA, ESPERO SERLO MUCHOS DIAS MAS... LA CASA CONDESA DE TORRE-ISABEL, SU SALON DE LA CHIMENEA, EL MARCO PERFECTO, INTIMISTA, SENCILLO, PARA PASEARSE POR UNA VIDA...
UBEDA... LIBRERIA EL CANDIL, ACOMPAÑADA DE ENCARNI FERNANDEZ, TARDE-NOCHE DISTENDIDA, FELIZ CON LOS LECTORES, CHARLA AMENA, SIN GRANDES MOMENTOS DE PROTOCOLO, COMO EN CASA, PORQUE PARA MI, ESTAR EN UBEDA, ES ESTAR UN POCO EN CASA...

EL CORAJE CONTRA EL MIEDO... (Alex Rovira)

Leía hoy un párrafo lleno de razón, lleno de sentido, lleno de palabras coherentes y ciertas, un texto de Alex Rovira. Pensaba que, aún sin haberlo leído antes, aún sin conocer este texto, aún sin saber ni siquiera que existía, yo le dí a Laura el coraje para vivir, y ella añadió el miedo con que lo hizo. Porque, efectivamente, tener coraje no es estar carente de miedos. Y eso, los que hemos luchado por algo, los que nos hemos arriesgado con algo, lo sabemos. Sabemos del "bocado" en el estómago del miedo, ese que te atenaza en ocasiones, que te hace dudar y te hace pensar, el mismo que te paraliza. Si seguís mi blog, recuerdo, en una de mis entradas, que yo ya hablé de esto. De ese miedo de "no saber si debo pero saber que quiero", que diría Laura. El tema controvertido del coraje, daría para conferencias enteras, porque cada persona lo vivimos de una manera distinta, lo entendemos de forma personal, lo entendemos dentro de una situación limitada. Por muchas clases de psicología que nos den, por mucho que nos motiven, por mucho que nos expliquen con palabras enormes, nadie, absolutamente nadie, podrá hacernos vivir el coraje de manera distinta a como nosotros seamos capaces de vivirlo. Arrastrando nuestros miedos, nuestras cadenas, que son propias, no de nadie, no de otros, sino nuestras. Elogiaremos a otros por tener coraje, porque nosotros estaremos paralizados por nuestros miedos, o al contrario, juzgaremos el miedo ajeno, porque nuestro coraje es capaz de superar a nuestros terrores más absolutos. La psicología no es una ley perfecta, ni es el decálogo en el que nos movemos todos. Cada persona es especial, única, vive sus filias y sus fobias de manera subjetiva, cada persona es un mundo, un puzzle, un conglomerado de sentimientos, de valores, de miedos, de tormentosas sensaciones y emociones desparramadas por todo su aparato circulatorio. Yo estoy muy de acuerdo con los filósofos, nos ofrecen frases enormes, llenas de verdades y de razones que son paradigmas de lo que debería de ser el comportamiento humano. Pero tiene un pero... que cada ser humano tiene sus propios vericuetos, esos insondables, que nos hacen bipolares, contradictorios, intransigentes, insolidarios, ilógicos e irracionales. La filosofía es filosofar, la psicología es meterse en el cerebro humano, ese lleno de chip desconocidos que reaccionan con libertad total, dependiendo del momento, de la situación, de la meteorología, de la carta astral y de la realidad que le ha tocado vivir.
Mi abuela, que aparte de ser una gran refranera (ya se sabe, mujer refranera, mujer puñetera) era una gran filósofa, me solía decir aquello de "¡Que bien habla el sano con el enfermo!", me lo decía cuando yo, que tenía la razón absoluta en aquella edad en que, todavía, las verdades absolutas existen, le decía lo que ELLA tenía que hacer. La hacía ver que "fulanita" con su misma edad, era y actuaba distinto, y yo, que era muy sabia, porque mi edad veinteañera me hacía sabia, olvidaba que, aquella "fulanita" era distinta a mi abuela, porque su vida, sus valores, sus ideas y su situación era distinta. Con los años, yo, que ya no soy tan sabia, que mi edad me ha hecho ignorante, que me ha enseñado que tengo que aprender de todos y cada uno de los días, estoy de acuerdo con mi abuela. Reconozco que tengo coraje, que cuando lo saco para vivir, para cumplir mi sueño, para llevar a cabo lo que deseo, me atenaza el miedo, pero, por eso mismo es coraje, porque lucha para tapar los temores, para ocultar las dudas, para solapar la inseguridad en mí misma. Pero, a lo largo de mi vida si me he demostrado que, a pesar de todo eso, tengo coraje, he decidido vivir lo que me ha ido llegando, he tenido que enfrentarme, a veces, a situaciones duras. Y no me ayudó la filosofía, al menos no la ajena, sí la propia, la psicología íntima, la mía, porque, si decimos que es difícil conocerse uno mismo, cuando se consigue saber tus defectos, saber tus limitaciones, ser consciente de tus errores y admitirlos, y crear una imperfección que no sea censurada sino compartida con las virtudes, puedes ser capaz de volar alto, de hablar como enfermo sin serlo, de hablar siendo sano con alguién que no lo es y comprenderlo. El coraje, para mí, es la capacidad innata, la que todos tenemos, la que sacamos cuando se nos pone un reto y decidimos aceptarlo, recoger el guante que nos lanza el destino y llevar a cabo un duelo con nosotros mismos, sabiendo que, gane quien gane, al menos lo habremos intentado, y habremos disparado contra el miedo que nos crea una rigidez mental y corporal, que nos impide apretar el gatillo contra lo que no nos gusta de nosotros mismos, contra lo que nos impide vivir y lo que nos impide soñar....

CONCLUSION

Mi padre, en una ocasión, me dijo que era valiente... Me lo dijó muchas veces, cuando yo, todavía, no sabía qué quería decir. Con los años, cuando he ido teniendo el concepto claro de lo que, para mí, es la valentía, sé que llevaba razón, soy valiente, valentía escondida en un cuerpo pequeño, en una edad indecente para serlo, pero sé que lo soy, porque decidí que soy mi mejor psicóloga, soy la que mejor me conoce, a mi pesar, porque a veces, no me gusta nada lo que veo, pero lo acepto, me acepto, me distribuyo mis defectos y los hago puzzle con las pocas virtudes, y todo eso me hace valiente... No sé si en algún momento de mi vida me volveré cobarde, fui cobarde mucho tiempo, ya no, ahora me permito autosicoanalizarme, reñirme, ponerme tratamiento, esto es, aceptar, totalmente, la diferencia de las gentes, ahora ya tengo edad para no ser sabia, para pensar que mi abuela llevaba razón y para saber que, como decía Ortega "Yo soy yo y mi circunstancia", y esa circunstancia merecerá, siempre, vivirla con todo el coraje del mundo, vaciando todo el cargador contra los miedos que puedan atenazarme....

23 mar. 2013

"MI SASTRECILLO VALIENTE"... (siesta con Alberto)

Hoy fue uno de esos días especiales. Pasada la tensión de las jornadas anteriores, esas que te hacen explotar por una tontería, que luego, cuando te detienes un momento, ni recuerdas qué te hizo perder los nervios, pasado todo eso, tocaba relajarse con mis hijos. Jornada en casa, llena de rutina estupenda, respirando risas infantiles y juveniles, regaños maternos y alguna amenaza de esas que nadie escucha... Tocó comer fuera, comer bien, atendidos por su padre, partícipe un ratito, aconsejándonos y disfrutándonos. Después del almuerzo, como estos días he dormido más bien poco, decidí que haríamos siesta, todos, descansar, sumar unas horas de sueño a las escasas tres horas dormidas durante cinco o seis días. Y pedí a Alberto que me cuidara, ya que estoy resfriada, estoy malita, tengo que curarme y necesito tenerle cerca, él, que es más bien reacio a siestas, porque tiene una razón de peso ("tengo que ver muchos dibujos"), iba asintiendo, de mala gana, con un "Vale", a cada una de mis frases. Decidió, después de darme largas para venir a la cama conmigo, que, lo mejor, es que me leyera un cuento, "porque eso te pondrá buena enseguida", y fue a buscar uno: "El sastrecillo valiente", que se sabe medianamente bien. Me gusta que coja libros, que los hojee y los ojee, que pase páginas, que los arruge un poco, pero que los viva, que sepa que, en esas letras, entre esas páginas, existe todo un mundo de aventuras. Después de meterse en la cama, taparme a conciencia, esto es, hasta las cejas, literalmente, y comprobar que no tenía fiebre, me relató, paso a paso, las vicisitudes del sastrecillo, que mató siete moscas, y que tenía que matar a un gigante, que se casaría con la hija del rey y ganaría mucho oro. Todo eso con una escenificación oral digna de José María Rodero, tonos de gigante imposibles, voces de rey mesuradas y susurros cuando el peligro acechaba. Mientras narraba yo no podía sujetar algunas carcajadas, por lo que él me advertía que "Por favor, mami, no hagas ruido, que Martín está malito también"... Para Alberto, la siesta solo se hace cuando la salud falla. Cuando el cuento terminó, decidió que tenía que abrazarme, porque podía venir el gigante y comerme.
A veces, hay días en que, de repente, comprendes por qué vives, y hoy ha sido uno de esos días, descubrir la dulzura de Martín, la ternura de Alberto, saber lo que tengo, saber lo que uno ya es, y lo que otro me da. Cogida mi mano a una mano pequeña que acariciaba la mía, besos sinceros, los mejores del mundo, los que brotan, los que no se piden...Mirarnos a los ojos y reirnos, sin motivo, solo porque queríamos reirnos, ir quedándose dormido, advirtiéndome de que, "cuando te duermas, mami, yo me levanto, que tengo que ver muchos dibujos"... Despertar con él, volver a reirnos, y saber que, solo rozar una cara te hará tener el mundo. Y yo tengo el mundo... Lo demás, todo lo demás, es añadido. Mi vida ha sido una escalera de trabajos, de manos encallecidas y sudor, de cansancio en casas ajenas, sonriendo, quiénes me han visto lo saben. Porque, lo mejor del mundo es aceptar lo que te toca vivir. Y una vez aceptado mirar alrededor, saber que, mucha gente, mucha, daría mucho, mucho, por tener lo que tú tienes. Que las quejas son inútiles y vanas, que siempre es mejor disfrutar, con los callos y el sudor, porque luego se llegaba a casa y sabías que tenías el mundo, porque hay gente que, llega a su casa y no tiene nada... Mis hijos hoy, que me han hecho reír, sonreír, pensar, estar orgullosa de los dos, que me han emocionado y agrandado el alma...
Por un día especial, por un día en que, comprobé, que tengo en casa a un "sastrecillo valiente" que me cuidará cuando el gigante venga a comerme... Mi sastrecillo que, cuando dije que me dolía la gargante me dijo "Martín te curará, va a ser médico de la boca". Mi sastrecillo, que entiende que, cuando a veces mamá está tecleando "está trabajando", mis hijos, que me han dado la vida... Nada más grande, nada más importante, nada más especial...

UN MOMENTO PARA EL AGRADECIMIENTO...

En cierta ocasión mi padre me dijo "Agradece lo bueno que recibas, porque nadie está obligado a dártelo". Y así es. La vida me ha demostrado que, como dice el refrán, "ante el defecto de pedir, está la virtud de no dar". Yo hoy tengo que agradecer lo que nadie estuvo obligado a darme, y sin embargo me han dado. Tiempo, ánimos, sonrisas, espacios y momentos. Todas esas cosas que no se pueden comprar y, por tanto, no se pueden pagar, por que son bienes que están muy distantes del lucro. Hoy me toca dar las gracias, me gusta hacerlo, porque así lo aprendí en mi casa y porque mi edad y mis vivencias me mostraron que, quien recibe el agradecimiento también se siente reconocido en su acto generoso. Han sido días para agradecer cada instante. Incluidos los viajes, paisajes de sierra, pie de Alpujarras, vista de La Loma, playa y sierra, costa y monte. Todo eso que abarca la vista, en donde se te pierde la mirada y te late el corazón, la naturaleza es, también, generosa. Días para recordar lugares y nombres, para cerrar los ojos y escuchar unas risas comedidas de quien escucha, acompañando las mías, sentir en la mejilla unos besos cariñosos, mientras me susurran unas palabras al oído, esas que me empañan un poco la mirada, porque yo, que soy de sierra, que viví al lado del mar, que jamás pensé en un periplo viajero por la causa que es. Que viajé emigrando, trabajando, pocas veces por placer, la que miraba fotos de playa y de sierra, soy la misma que se emociona cuando le dicen algo bonito, algo que añado, sin ningún reparo, a mi baúl de los recuerdos, ese que todos tenemos, que abrimos de vez en cuando para pasear tranquilos. Tengo que agradecer mucho hoy, que todo ha vuelto a una calma relativa, hoy que ya puedo permitirme el lujo de toser, sin miedo a perder la voz; anoche me fallaba en Úbeda, intentaba que no se notara, porque las personas que estaban sentadas frente a mí, estaban allí, precisamente, porque yo estaba sentada enfrente. Y eso merece todo el respeto del mundo. Hoy ya no. Hoy ya puedo coger un resfriado, puedo cerrar los ojos, olvidar las tensiones, moverme por mi casa con la mente en otra cosa. Porque hoy solo tengo que dar las gracias.
El agradecimiento a personas desconocidas que te hablan con un cariño inusitado, desconocido a veces en quien tienes cerca, que te miran a los ojos y ven, y no rebuscan más, y no inventan más, y no sospechan más, porque quien es limpio de espíritu comprende que, cuando una persona es fiel a sus afectos, cuando habla de vivencias ocurridas sin tapar, cuando desnuda el alma, cuando descubren que su círculo vital es tan fuerte que lleva casi cincuenta años de pie, es por algo, y te entregan el cariño de quien sí entiende y sí comprende. Y miras su edad, su rostro, y ves personas curtidas, que saben lo que es la vida, que saben que no poseen la verdad absoluta, pero que defienden la suya con la calma de los años, lejos de la osadía de la juventud. Los años, esos que te llevan a entender que, cuando la vida pasa, cuando todo está mediado, cuando personas importantes y vitales se te han ido, la meta, el final de tu carrera, esa diaria, esa que corres sabiendo que terminará un día, no está lejos, y miras atrás, y se ve la fuerza de quien, con menos años, corre desaforadamente, pensando que le van a robar un día de vida, y nadie roba vida porque nadie tiene ese poder. Los años que muestran bifurcaciones respetables, dignas de un reconocimiento justo, porque hay corredores que participan en la carrera con menos posibilidades, zapatillas inadecuadas, exceso de peso, menos entrenamiento. Pero igualmente merecedores del aplauso por el esfuerzo realizado. Los años que te enseñan a dar las gracias, porque desde niña, en casa, así se te dijo, agradecer lo que nadie está obligado a darte.
Esta mañana, preludio de Semana Santa, día soleado, quiero ser bien nacida, y ser agradecida, a todos los que me acompañaron, a personas anónimas que se sentaron frente a mí, a esos nombres impresos en la primera página de una novela que recoge una vida. Solo eso. Gracias a las personas conocidas, y nombrándolas a ellas nombro a quienes han escuchado, han respetado, se han emocionado conmigo, han llenado mis presentaciones de rostros amables, de sonrisas cómplices y miradas dulces. Gracias a Inma, a Juanjo, a Emilio, a Bernardo, a Juan, a Vicente, a Mª Angeles, Manolo, a Felisa, Mercedes, Manolita, Magda, Juan, Estrella, Pepe, José Angel, Javi, a José Carlos, Encarni, Montse, Ana y Lola. Y a través de ellos a todas y cada una de las personas que me han mostrado su respeto. Porque el ser humano, si algo merece, es respeto. Sobre todo cuando, sin estar preparado para una carrera, decide correrla, intentando vencer obstáculos.
Esta mañana, solamente quería decir ¡GRACIAS, MOTRIL, LINARES Y ÚBEDA!.

(Gracias a Bernardo Roa por la foto que encabeza esta entrada).-

20 mar. 2013

¡VAMOS A RECORDAR FECHAS!...(olvidos imperdonables).


Si algo tenemos las mujeres es la capacidad innata de recordar fechas. Y como para eso somos unas agendas perfectas, pretendemos que los señores, los mismos que se saben trescientos nombres de futbolistas, fechas en las que su equipo jugó campeonatos, (aunque ocurrieran treinta años atrás) y diversas firmas y modelos de coches, tengan la misma capacidad. ¡Gran fallo!, lo primero que tenemos que entender, es que para nosotras es importante una fecha "tontería", mientras que para ellos la fecha de la Copa de Europa es una Fecha, lo demás es anecdótico. Y aclarado este punto, que es vital para entender, resumamos momentos varios. La fecha de tu santo, según te llames, porque no es lo mismo llamarse Carmen que es famoso en el mundo entero (como la sidra El Gaitero) a que tu nombre sea Lorena, por poner un ejemplo. Las fechas importantes, o las fechas "tontería", según a quién se pregunte, se van avisando días antes, con indirectas, tipo "Ese bolso me vendría bien para mi cumple", o "¿Dónde vamos a ir por nuestro aniversario?", o "Dentro de tres días es mi santo", (ya más directo imposible), pues aún así, con ese martilleo, se olvidan. Se olvidan porque ellos se ocupan de fechas importantes, entrada de España en la ONU, la fecha de las próximas elecciones, y por supuesto, la fecha de la final de la Copa de Europa. Es una batalla perdida querer ampliar su disco duro, no tiene más cabida, admitámoslo. Así pues, llegado el día en concreto, una se levanta esperando que se la felicite. Más que nada porque la noche anterior, antes de irse a dormir, mientras tu santo miraba la tele y cómo Fernando Alonso se prepara para la temporada de Formula 1, tú desde la puerta, saliendo hacia el dormitorio, como quien no quiere la cosa, giras la cabeza y dejas caer "¡Anda, mañana es mi santo!", sales sonriendo, sabes que te han oído, y esperas que al despertar te suelten un besazo tipo Clark Gable y te digan "¡Felicidades, mi nena!", otro gran error. Porque a la indiferencia ante una fecha "tontería" hay que añadir la memoria de pez. Tu santo se levanta, se va al baño, se toma el café, se despide al irse, te deja con la bata de seda o de guatiné, según el gusto y el status, con la tostada en la mano y mirándole entre, "¡Te la estás jugando!" y "¡Me va a dar una sorpresa luego, seguro!".... Otro gran error... Pero mientras lo compruebas, vas haciendo tus faenas, o te vas al trabajo, sonríes imaginando el bolso, la reserva de un hotel, la cena romántica en un restaurante chic, y eso te pone... Te pone tanto que, cuando llegan las once de la noche, ya te ha puesto del todo... Como venganza dejas pasar un rato más, hasta que la tapadera de la olla salta y, muy dignamente, como quién no quiere la cosa, te vuelves a levantar, como la noche anterior, comunicas que te vas a dormir, y, desde la puerta del salón, te giras y dices "¡Anda!, hoy era mi santo"... Lo que continua que cada uno lo imagine... Yo soy de las dignas, esto es: yo no recuerdo, ni lanzo indirectas, ni advierto, yo no martilleo, ni cuando llega la noche del día en cuestión, me pongo de ninguna manera... Más que nada porque después de tantos años, yo he aprendido que si me gusta un bolso me lo compro, si quiero un viaje hago yo la reserva y si me apetece cenar lo digo... Me evito muchos enfados, me evito discusiones, me autoregalo, que siempre es una salida, porque te evitas devolver lo que te regalan (que eso sería un tema muy aparte, porque hay gustos espeluznantes), quien no se consuela es porque no quiere, y como no estoy de acuerdo con eso de, "mal de muchos consuelo de...", y no me considero lo último, he decidido que, al mal tiempo buena cara, que yo tengo memoria selectiva, que dice mi cónyuge y hemos decidido repartirnos las fechas importantes. Él las oficiales y deportivas,  y yo las privadas y personales. Es un buen remedio, y ya se sabe, a grandes males grandes idem...

CONCLUSIÓN

Lo que más fastidia, eso sí, es que no recuerden una de las fechas "tontería", pero sí recuerden una fecha ajena, de alguien ajeno, porque no sabes muy bien si lo hacen por fastidiar o realmente la recuerdan, cosa que fastidia más. Y como (con perdón) los varones suelen ser simples, encima te lo dicen, y es ahí cuando, sin ningún tipo de disimulo, clavas la mirada de "O te mato o te mato", la que les hace alejarse prudentemente, salir de tu campo de acción, olvidar la fecha ajena, y cambiar de tema, todo a la vez. Para que luego digan que sólo saben hacer una cosa. No hay que perder la calma, ni ser cansinas con las fechas, ni creer que te quieren más porque recuerdan datos. Quien más recuerda datos es un ordenador y no siente. Así que, vamos a fijarnos en los detalles tontos del resto del año, en las miradas bonitas y los besazos tipo Clark Gable que nos dan sin pedirlos. En ese masaje suave cuando estamos cansadas y ellos lo están también y lo olvidan. Vamos a ser un poco maduras, vamos a no estar reprochandoles lo que olvidaron, porque, siendo sinceras, eso nos convierte en una tarjeta de crédito con patas, y yo de plástico tengo poco... Buenas tardes, para las Lolas, Dolores, Lolitas, Marilós, que se acerca su santo, mucha paciencia... Para las Encarnis, Encarnas, Encarnitas, Nanis, Anuncias, Nuncis, Chonis, que se acerca el suyo, también paciencia, a salir de compras, que ha mejorado el tiempo y a hacerse autoregalos, después de todo una fecha es un número en el calendario...

EL ESPEJO DE LA VIDA...(mirarse en el otro).

Fué un invierno largo. Era el primer día de primavera. Después de un invierno lluvioso, un marzo frío y hostil. Pero aquel día no, aquel día comenzaba la primavera, y me regaló un día soleado. Era el veinte de marzo de mil novecientos ochenta y ocho, y a las doce de la mañana yo me casaba. Una niña. Veintitrés añitos. Ilusionada, como todas las niñas, como todas las novias. Un día que pasó rápido, porque, por alguna razón desconocida, los días extraordianarios, los días especiales pasan muy rápido. Lo viví intensamente. Una boda sencilla, de un pueblo sencillo, con mucha gente, con mucho ajetreo, con amigos en casa, rematando el día. Veinticino años. Han pasado veinticinco años. Mañana, a las doce de la mañana, yo recordaré que, veinticinco años atrás estaba decidiendo una vida, escogiendo un camino, comenzando a recorrerlo acompañada, cogida de la misma mano que me guió mientras salía de la iglesia. En mi pueblo, con mi gente, con mi familia, con mis amigos. Del brazo de mi padre, quejándome de los tacones, del peso del vestido, de los movimientos del velo. Mi padre hablándome bajito, "Es lo que tiene vestirse de novia, que es incómodo", me reía mientras bajaba la pendiente hacia la iglesia. Lectura compartida con mi hermana. Lágrimas de mi madre, seriedad de mi padre. Sonrisas de los novios. Y han pasado veinticinco años. Juntos, acumulando experiencia, y risas, y llantos. Ilusiones compartidas, momentos duros, los dos, de la mano. Igual que salimos de la iglesia. Hemos cambiado. Mucho. Los dos. Es ley de vida, pero tal vez, por esa misma ley, siempre supe que escogía bien. Siempre supe que, esa frase tan feminista "detrás de un gran hombre hay una gran mujer" en ocasiones no se cumple. En mi caso siempre fue al contrario. Juntos, siempre juntos. Y las ausencias enormes, llenas de esperas, las pocas ausencias. Libertad, respeto, sabiendo que, lo que haya que vivir se vivirá, se aceptará, se respetará, se compartirá. Que la vida no es una ecuación matemática, que a veces dos y dos no son cuatro, que hay factores que intervienen en la suma, que alteran el producto, pero nunca restan. Han pasado momentos de dolor, las pérdidas, esas que te superan, cuando lo único que te puede consolar es ese abrazo sin palabras, un beso en la frente, un murmullo "todo estará bien", y se consigue estar bien. Han pasado momentos felices, muchos, muchisimos, recuerdos para inundar una vida, dos vidas. Mi espejo es él, mi marido. Mi compañero y mi amigo. El que escucha, comprende, comparte, anima y consuela. Mi marido callado, ese que me hace reír mucho, enfadarme mucho, discutir mucho y ser feliz, mucho. Con el que comencé la rutina de gestos, esa rutina que te lleva a dormirte con un brazo cogido, a escuchar unas buenas noches en el oído, a recibir unos buenos días alegres, aunque los míos son desastrosos. La aceptación de la diferencia, de la imperfección. El saber que, detrás de un "piensatelo" te están diciendo, estaré en lo que decidas. Aprender juntos todo, absolutamente todo, con lo que la palabra TODO implica. Él mío, y yo suya. Desde hace veinticinco años. Niños entonces, jóvenes e inexpertos. Aprendiendo la manera de caminar juntos.
El espejo de la vida, mi imagén reflejada, la que me devuelve mi sonrisa y me enjuga las lágrimas. El optimismo que me falta, la seguridad que necesito. Las palabras que me abren los ojos, la otra mirada, la que necesito cada día para ver el mundo con otros ojos. Los suyos. A pesar de su miopía, esa que hace profunda la mirada. La que mira con el corazón. Hoy, veinticinco años después, sé que no me equivoqué. Que aquella mañana soleada de marzo, la primavera me estaba regalando los rayos que calentarían mis inviernos. Muchos años, más, espero. Juntos. Riñendo, imperfectos, la nobleza del varón, el genio femenino. Pero adaptados totalmente. Hablando las miradas. Hablando las sonrisas, hablando las manos. Trabajo de dos, esfuerzo de dos, respeto de dos. Gritos, a veces, de dos, para romper en risas, porque, si algo hemos aprendido, es que nada, absolutamente nada, merece un enfado, porque nos enfadamos con la indiferencia suya y los rebotes míos. Veinticinco años ya... ¡quién lo diría!... si parece que fue ayer. Pero no, no fue ayer, fue en un día perdido, soleado, que nos trajó dos hijos, uno muy deseado, otro muy inesperado. Vivencias todas, como todas las parejas que consiguen llegar. Nosotros llegamos. Contra todo pronóstico. ¡Tan distintos!. Los polos opuestos se atraen y, en ocasiones, no se sueltan nunca....

Mañana celebraremos nuestras Bodas de Plata. Una mañana de primavera se nos llenó la vida de ilusiones en común, de miradas cómplices y gestos comunes. Un veinte de marzo, hace muchos años, me vestí de novia para ir incómoda, mañana cerraré los ojos en plena madurez, con la convicción total de que no me equivoqué. Y volveremos a reñir, a reirnos después, a charlar sobre nuestros hijos, sobre nuestros amigos, a compartir mis nervios. Mañana es el primer día de nuestra vida en común, porque, para que algo funcione, tienes que revestir cada día de sueños, de palabras bonitas, de rutina compartida y aceptada, sin dejarla ser rutina. Mañana será veinte de marzo y me volvería a casar de nuevo, con el mismo hombre que, día tras día, me ha soportado.... en mi caso "detrás de una gran mujer, siempre habrá un gran hombre", el mío tiene nombre, se llama Manuel, le llamo Manu, mis hijos papi, y para el mundo es mi marido... Buenas noches, ésta noche recordaré veinticinco años llenos de amor, gracias a la vida que me dió el don del recuerdo, porque no quiero olvidar ni uno solo de los momentos compartidos a su lado... Esta noche, ésta entrada, va por él...

19 mar. 2013

"LOS AMIGOS COMPARTEN"...(fillosofía de Alberto).

Estos días en que, por estar malito, Alberto se ha colgado a mí como si fuera un llavero, estoy aprendiendo mucho, pero sobre todo me estoy riendo mucho, poniendome de los nervios también, esto último más a menudo, pero vale la pena. Hoy que ya está mejor, ha decidido voluntariamente que tiene que ayudar, para él ayudar es acercarme las alfombras para sacudirlas, y luego, una vez medio limpias, volver a arrastrarlas por el suelo. Luego ha tocado barrer, esa faena que le fascina, pero ¡claro!, cuando la hace él. Después de dejarle pasar un poquito el cepillo solicité mi turno, a lo que él, muy generosamente, me tendió el utensilio, diciendo eso de que "los amigos comparten", como resulta que a mí me duró poco la "diversión" de tener el cepillo entre mis manos, cuando me lo volvió a reclamar le reñí, se enfadó, se fue y al cabo de unos segundos volvió, me volvió a decir que "los amigos comparten y no se enfadan, y tú te has enfadado, no eres mi amiga". Ante semejante lección de vida, me volví, me reí a sus espaldas y me giré, le relaté en una charla dignísima y totalmente convincente, que yo no era su amiga, porque soy su madre, y las madres tenemos unos pocos más de derechos sobre los cepillos, que los amigos. Se me quedó mirando, seguía colgado a mí como un llavero, terminé de barrer, entre frase filosófica suya, enfado esporádico y algún "maldita sea", que es la frase última que ha aprendido, no sé de dónde, porque, sinceramente, en casa no se dice. Pensé que se le había pasado la neura limpiadora del día. Hasta que, encontrando mi alrededor tranquilo, después de comprender que, esa tranquilidad venía porque él no estaba cerca, decidí asomarme a la cocina. Me lo encontré "compartiendo" el estropajo y el lìquido de la vajilla con una de sus botas. No grité, no reñí, muy despacio me acerqué, le quité los aperos de limpieza y le bajé de la silla. Le dije que las botas no se limpian así, y muy solícito me explicó que "las tuyas ya las he limpiado"... ¿las mías?...¡¿Cuáles?!... Mis botas nuevas, esas de piel fantástica, con las que voy supercómoda, las que anoche enceré primorosamente. Ahí fue cuando, de repente, comprendí que necesitaba una bolsa porque estaba a punto de hiperventilar todo el oxígeno del mundo... Le miré, me sonreía, me dijó lo de "están limpias mami" y volví a mirar las botas, volví a escucharle toser, volví a abrazarle susurrándole que eso no se hacía, a lo que él, muy tranquilo, mientras me besaba me repetía "los amigos comparten y no se enfadan"...

CONCLUSION

Tengo la vida en casa, la VIDA, con mayúsculas, con una sonrisa que me rescata de mis neuras y mis fobias, de mis manías y de mis roles, que me deja claro qué es lo realmente importante, qué cosas son sustituibles, qué momentos valen la pena. Porque después de verle anoche con fiebre, dormido en el sofá, con la respiración trabajosa, he decidido que mis botas, esas tan fashion, las que me encantan, solo son eso: botas. Que lo qué me importa es lo que me enseña mi hijo, que después de todo, la vida gira en torno a lo que nosotros queremos que gire... Que nada importa, salvo que "los amigos compartan sin enfadarse", y esa filosofía me gusta, porque yo se lo repetía a su hermano, y conseguí hacerle generoso... y lo repito a Alberto, para que el egoismo infantil no le acompañe en la madurez, porque en el recorrido de la vida, te vas encontrando personas a las que se les olvidó que "los amigos comparten sin enfadarse".... Buen día a todos, voy a seguir compartiendo mi día con mi hijo, a reirme con él y a vivirle, que se me irá en dos parpadeos....

FELICIDADES PAPÁS... (a la ausencia).

Se fue una fría madrugada del día veintiocho de noviembre, en silencio, como fue su vida, ejemplo de prudencia. Se fue y con él se llevó media sonrisa mía, para siempre, había quien me dijo que, mi padre, al irse, instaló en mi mirada la tristeza. Y puede que sea verdad. Éramos distintos, en todo, él callado, yo parlanchina, él sosegado, yo nerviosa, él lógicO, yo impulsiva. Éramos tan iguales. Somos tan iguales. Mi padre que me dejó el ejemplo de la lucha, tranquilamente, del dolor callado, de la quietud, le recuerdo siempre, sentado en el sofá, le recuerdo siempre, su voz a través del teléfono. Cuando la lejanía hizo de mi vida una constante. Siempre era él el que contestaba al otro lado. Por eso, aquella tarde, cuando fue otra voz supe que algo iba mal. Soporté la noticia de que se me iba sola, en una consulta fría, con un médico frente a mí, intentando maquillar lo esperpéntico, intentando que no me derrumbara, y no lo hice, porque él me esperaba fuera, porque tenía que sonreirle, porque él tenía que tener frente a sus ojos la cara alegre de su niña. Se me fue despacio, con la huella que deja el dolor y las lágrimas ahogadas y ocultas. Se me fue clavando sus ojos en los míos, sin hablarnos, solo nos mirábamos y sonreíamos, y cogía su mano y la besaba. Y él sabía. Y yo sabía. Sabíamos que eran los últimos besos, esos que se dan sin prisa pero con toda la rapidez del  mundo, por si no llegas a tiempo. Y no llegué. Porque él decidió evitarme el dolor de su partida, decidió dejarme dormida mientras él se dormía para siempre.
Mañana es el día del Padre, de mi padre, del que todavía es y será siempre. Con el que a veces hablo, al que le pregunto, y al que sigo escuchando en mi interior. Me enseñó que un padre educa, que aconseja, que sabe cuándo es el momento de dejar volar. Me enseñó que hay que hacer las cosas por uno mismo, que hay que ser justos, que lo que ocurre en casas ajenas es algo privado, que los juicios son, a veces, equivocados, me enseñó a ser agradecida. Mi padre que fue un gran desconocido, que hacía de su seriedad su muro, como la gente de bien, pero que estaba para todo el que lo necesitara. Era una madrugada fría, y no quiso despedirse, me despedí de él la tarde anterior, le prometí que volvería al día siguiente, y él me pidió que volviera. Y volví, pero ya se había ido. Mañana es el día del Padre, de todos los padres, los que disfrutarán de sus hijos, los que todavía escucharán un "felicidades papá" igual que lo escuchará el mío, allá donde esté.
Y mi marido escuchará las mismas palabras, de sus hijos, de los dos, uno que ya sabe lo que significa tener a un padre, otro que recurre a su papi cuando quiere conseguir algo, pero que, un día, conforme pase el tiempo, entenderá que su padre es columna que sujeta, pared maestra, quien le abrió camino y se lo mostró. Mi marido, buen padre, muy bueno. El que se enfada y otorga, el que comprende, el optimista, que a su hijo mayor alienta y disculpa, que al pequeño mima y riñe, sin mucha convicción, eso sí, porque para eso está el "poli malo". Él siempre poli bueno, que aprendió del mío, que lloró con la pérdida del suyo, de sus dos padres, el natural y el que encontró, por esas casualidades de la vida. ¡Que suerte tener un padre!, para reñir con él, discutir, desobedecer órdenes, no entenderle, complicarle la vida, y al final, cuando el camino ya está casi andado, reconocer que llevaba razón, mirarle y contarle que aprendiste, que ya sí sabes de su sufrimiento y sus desvelos, de sus preocupaciones y sus miedos.
Mañana es el día del Padre. Madre no hay más que una... padre también, aunque nos cueste reconocerlo a las madres, un buen padre es la mitad, no una parte, es justo la mitad. Mi mitad, la paterna, fue la mitad perfecta con sus imperfecciones, fue la mirada que acepta y la mano que agarra, la voz que aconseja y el oído que escucha. Las manos que tapaban en las frías noches, los brazos que abrazaban, los cuentos narrados, las rodillas-caballitos que me elevaban hacia el cielo. La mitad de mis hijos igual de perfecta, igual de imperfecta, igual de mitad. Viéndole a él sé que, la vida ha hecho un buen regalo a mis hijos. El mejor regalo del mundo. Su padre. El que vive pensando en ellos, ayudando a la otra mitad, compartiendo juegos, dejándo momentos en el recuerdo de mentes infantiles, una que ya no lo es tanto, y que ahora, con el paso de los años, entiende que tiene un referente al que agarrarse, un asidero eterno, hasta que la vida lo permita.

A todos los padres, a todas las mitades perfectas, llenas de imperfecciones, a todos esos hombres que enseñan, educan, riñen, sonríen, se preocupan, comparten e imparten. A todos los que sufren la ausencia de hijos, voluntaria o involuntariamente, a todos los que se fueron pronto, los que se fueron lejos, los que no quisieron serlo, los que lloraron con el primer llanto de un bebé. A todos los que dieron un dedo para que una mano diminuta lo apresara, y en ese gesto entregaron su vida y sus sueños, para que otra vida y otros sueños ocuparan el lugar de los propios. A todos los padres, felicidades... Y al mío, al que estará presente, el beso que se me quedó en los labios y en alma, una fría madrugada de un veintiocho de noviembre de hace once años... ¡FELICIDADES PAPÁ!.

18 mar. 2013

REGALAME... (poesía para una noche bonita).

Lléname de sonrisas el alma serena, la que vive en mis ojos,
que deambula en mis manos y la vida te entrega,
lléname de risas mis labios amantes,
los que muerden los tuyos y los llenan de estrellas,
los que te regalan momentos fugaces,
robados al tiempo, mirando la luna, que nos desafía,
que nos reta siempre cuando llega el día.
Muérdeme la vida, la que te regalo junto a tu sonrisa,
la que vida da, la que entrega el alma,
esa de las manos, esa de los labios,
la sonrisa eterna, que me pertenece,
porque yo la prendo, porque yo la agoto,
porque yo la beso y yo la conozco.
Regálame dichas sin fin, eternidades dormidas,
regálame naranjas amargas,
el sabor que dices tiene mi saliva,
la que mezclas en besos imposibles, robados siempre,
soñados eternos, infinitamente dejados del tiempo.

Regálame rosas, pero con espinas, que sangre mi mano,
bésame la nuca, despiértame siempre con besos robados,
asomado desnudo al balcón abierto de mi fantasía,
el que se abre inmenso al amanecer,
el que, misterioso, nos entrega el día,
un día más de besos, de risas, de palabras tiernas,
de tiernas caricias,
regálame vida, mi vida, la tuya, la nuestra,
regálame el mapa hasta tu guarida,
la que tú custodias sabiendo que es mía.

HABLANDO DE RESPETO... (charlas con Emilio).

Todos tenemos amigos con los que, sin saber cómo, comienzas hablando de un tema, saltas a otro, desmenuzas una idea, filosofeas un poco, recuerdas momentos duros vividos por ambos, intentas descubrir el por qué del destino, buscar una lógica a lo ilógico, planteas dolor del alma que se queda para siempre, vivencias que te marcan y ya no te abandonan. Emilio es uno de esos amigos, de los pocos que, escuchando, mientras lee o escucha, va uniendo, va evaluando, y yo lo voy haciendo a la vez que él. Hoy, después de una charla animada que tuvimos que abandonar porque otra me requería desde un teléfono distinto, cuando me quedé tranquila, comencé a pensar en nuestros temas. A pensar, sin saber por qué, en el respeto. El que yo le tengo, y el que sé que él me tiene, los amigos, aunque se bromeen, aunque se suelten algunas de esas "paridas" propias de la confianza, siempre saben manifestarse el respeto. Al menos yo lo entiendo así.
El respeto, según el diccionario, es la consideración hacia algo o alguien, por el valor que tiene por él mismo. El respeto es saber que ese a quién nos dirigimos tiene dignidad personal, la que tiene que ser tenida en cuenta, un valor propio y respetable. A veces insultamos las inteligencias ajenas, queremos hacer creer a los demás lo que ni somos ni podremos ser, ahí les estamos perdiendo el respeto, ya que olvidamos considerar su valía y la nuestra propia, por lo que, en este caso, también nosotros nos perdemos el respeto. Nos perdemos el respeto a nosotros mismos cuando, creyéndonos onmipotentes, sapiens perfectos, ninguneamos la inteligencia ajena, intentamos manejar hilos invisibles para hacer del ajeno objeto de burla, para crear un polichinela que nos haga reír cuando caiga en nuestras trampas, soterradas, subterráneas, invisibles para ojos ajenos, pues ahí, en ese intento de menospreciar a otro, nos estamos perdiendo el respeto a nosotros mismos, y en caso de ser descubiertos les habremos dado el derecho a los demás para que también nos lo pierdan. Hablaba con Emilio, mi amigo, del respeto que me merecen las gentes sencillas, él puede dar fe de nuestra conversación, igual que puede darla mi amiga Encarni Fernández, cuando hablamos del respeto que, para mí, tienen todas y cada una de las personas que me escuchan .. el respeto lo tiene el pueblo, que es el que sufre cuando vienen mal dadas y el que levanta un país con su trabajo, el respeto lo merece el agricultor, que se deja la piel, los años y la vida en el campo, mirando al cielo. El respeto de la mina, el respeto de los hombres de mar, el respeto para quien no sabe leer, porque la vida se lo negó, el respeto para la madre que saca a sus hijos adelante, pero sobre todo, a la que es capaz de enseñar la dignidad de los parias de la tierra. El respeto, esa palabra que, en estos tiempos de crisis, se nos tendría que clavar a fuego, porque merece respeto quien tiene que acudir a comedores sociales, merece respeto quien es desalojado de su vivienda, merece respeto quien perdió el trabajo y decidió emigrar... Todas las bases, las que hacen grande a un país. Hablemos con respeto, hablemos de respeto, pero sobre todo, respetemos. Respetemos a quien se abre hueco, respetemos a quien cayó y lucha por levantarse, a quien luchó, a quien te sonríe con sinceridad, a quien te da la mano y sabes que es honesto... Pero medita si se lo estás entregando a quien, a hurtadillas, se sonríe con sorna, intenta que seas el hazmerreír de amigos y conocidos, intenta descargar en tu persona frustraciones propias e inseguridades varias... El respeto es innato, y solo nosotros tenemos el poder de hacerlo grande, de extender el propio y otorgar el que damos a los demás. Y sobre todo, y después de pensar mucho, saber que cuando intentamos faltar el respeto urdiendo estrategias que buscan el desprestigio ajeno, no hacemos más que desprestigiarnos como personas nosotros mismos...

Me gusta hablar con Emilio, y como él, con todos mis amigos, los que saben quien soy, si soy digna del respeto con el que me tratan; me gusta hablar con quien recibe el mío, porque lo merecen, me gustan las personas llanas, me gusta el pueblo, me gustan los míos, porque, a lo largo de mi vida he aprendido que nada más respetable, nada más digno de admiración, que la persona que se dejó la piel luchando, desde la base, para que otros que son base intenten llegar a la cima... Buenas tardes, mi respeto para todos los que lo merezcan, mis sonrisas para quien entreteje respetos disimulados, y mis rechazo para quien no respeta los sentimientos ajenos, para quienes han olvidado la capacidad de reconocimiento de la valía personal del otro...

17 mar. 2013

ESOS MONÓLOGOS SABIOS...(para una gran amiga)

Ha pasado el fin de semana, ese al que tanto temías, que te iba a dejar sola, incomunicada, porque tocaba no tener noticias suyas; los viajes, ya se sabe, muchos compromisos, sin huecos para poder escaparse un rato y decirte unas palabras. Pasaste el finde recolocando la casa, leyendo, mirando el reloj, imaginándole en algún lugar del mapa, acompañado, eso sí, siempre acompañado. Riéndose con otras gentes que no eras tú, porque tú estabas en tu sofá, intentando concentrarte en el libro, ese nuevo libro que empezaste, del que llevas setenta páginas y no te has enterado de nada. El viernes fue llevadero, llegar a casa, trabajar un poco, llegó la noche pronto, tenías sueño y amaneció el sábado. Algo complicado, algo pesado, algo ausente, muy muy ausente, un sábado de los que usas para los monólogos, esos tan particulares, los que escuchan los cacharros de la cocina, los trapos por planchar y los accesorios del baño, sacándoles un brillo inusual, porque es lo que tiene, cuánta más rabia, más ímpetu al restregar. Ibas desgranando, una a una, delante de un público inanimado, pero totalmente de acuerdo contigo, cada una de las razones por las que deberías de dejarle, la principal no la dices a gritos, porque va contra la ley de Dios y esa no se toca, pero las demás te van brotando, poco a poco, las mentiras, la indiferencia, porque se ha creado una rutina estúpida. Y eso es lo que te puede. La rutina está hecha para los matrimonios, las relaciones largas y legítimas, las que cansan el alma, esas de mesa camilla en invierno, de sestear por aburrimiento. La tuya no, no tiene sentido una rutina en una relación que se sale de lo normal, que se escapa a la razón y la lógica, que se vive entre risas, entre robos de minutos largos y esporádicos, de esos que saben a gloria, porque ya, a una edad concreta, todo eso se reserva a los jóvenes, o a los valientes, como tú... y como él... Y sigues tus monólogos, esos de "Mañana no le contesto ni a un mensaje", "Me tiene contenta", "Esto se ha terminado"... y así, sin tregua, terminas el sábado, ¡pobre sábado!, sin culpa ninguna te has cargado todas las sopresas que te traía, porque tú no estabas por la labor, un día desperdiciado en monólogos perfectos, porque, en ese cúmulo de despropósitos varios, has ido declamando todas las frases que vas a soltar cuando él pueda escucharte, esas frases tremendas de una despedida, del fin, del caos. Y amanece el domingo, este domingo, ese en el que tu voz se hace menos imperiosa y más "pasota", esa en la que haces que te da igual, que de todas formas ya está todo pensado... Creyéndotelo tú misma, diciéndote en voz alta, mientras te limpias la cara que, no le echas de menos, que has sobrevivido dos días sin sus bromas, sin sus palabras animadas, sin sus preguntas, esas de "¿Dónde estás?", intentando averiguar en cada momento tu ubicación exacta. Haces del domingo el día perfecto para descubrir que se puede vivir sin él, que puedes vivir sin él, te lo crees de tal manera que, de repente, a media tarde, mientras lees por quinta vez la página setenta y dos del nuevo libro, te sorprendes al escuchar el tono de un mensaje, y te enfadas más, porque intentas no abrirlo, no contestar, poner los morros conocidos de "¡Ni caso!". pero te abalanzas sobre el teléfono y vas sonriendo mientras lees, eso de que te echó de menos es un golpe bajo, lo sabes, sabes que te lo dice para suavizar, pero da igual, porque el sábado ya pasó y tú necesitas urgentemente, concentrarte en el libro, y necesitas seguirle el juego, responderle a eso de "¿Me echaste de menos?"... y comienzas a colocar en la pantallita eso de SI SI SI SI... todo seguido, para que quede confirmado, esperando la respuesta de él, que sabes que serán unas risas escritas, esas tan personales, que nadie las escribe como él... ¡Se terminó el finde!... y con él se llevó tu enfado, tu rutina ilegal e ilegítima, pero tan legítima como la razón propia y humana, la que no entiende mucho de normalidades, de conceptos legales y mucho menos de generalidades... A tí te gusta la rebeldía, seguir los dictados de tu corazón, del suyo, de el de los dos, corazones que viven, sin rutina, porque la rutina es de otros, porque ningún día es igual al anterior, porque, precisamente, de eso se trata lo vuestro, de algo tan diferente como divertido... Y respiras hondo, compruebas con cierto relajo, que olvidaste todos los monólogos, que recuerdas sus mentiras, sus indiferencias, pero son suyas, y tal vez por eso ya son parte, también, de tu vida... le has vuelto a recordar que sois agua y aceite, blanco y negro, como siempre que él te tacha de impaciente y tú a él de canalla, como te digo a veces, querida, es lo que tiene no caer en la rutina, que hasta los insultos suenan divertidos, porque dejan de ser insultos para ser descripciones... Y quedáis, como siempre, en que mañana hablaréis, y ya os veréis cuando tengáis un hueco... Terminó el finde, amiga mía, terminaron tus días de monólogos sabios, porque sabes que lo son, pero que nunca llevarás a cabo, porque, en el fondo, sabes que para él también son largos esos días sin tí...

Hay momentos para ser contados, no he podido resistirme a contar estos, porque, como una es una romántica, cuando sabe algo, cuando intuye algo y le cuentan algo, sonríe, sabe que alguién, después de un largo finde, es feliz, y eso me hace estar más tranquila.... Después de todo, impacientes somos todas, todas odiamos la rutina, todas somos un poco románticas, y todas nos enamoramos, en alguna ocasión de algún canalla, porque las niñas buenas, que diría una profesora mía del insti, siempre se terminan enamorando de quién no deben...
Buenas tardes a toda mi gente, a los que andan por ahí intentando pasar el finde largo, o disfrutándolo, o creándo monólogos infinitos ante el silencio, sabiendo que jamás los dirán, porque su alter ego sabe, perfectamente, como darle la réplica...