30 abr. 2013

¿QUÉ ME DARÍAS SI ME FUERA MAÑANA?...(poesía).

¿Qué me darías si me fuera mañana?
Si tu amanecer amaneciera solo,
si giraras tu cuerpo en nuestra cama
y encontrarás un hueco de abandono,
de pérdida inmensa de memoria,
de soledad, de tristeza, de desdicha.
Sabes que tu rostro esconderías
en la almohada que era mía.
¿Cuánto podrías vivir sin mis caricias?
Tres minutos, tres segundos, tres instantes,
a pesar de las palabras que me hieren,
a pesar de las miradas fulminantes,
del odio que te encargas de tenerme,
del esfuerzo que supone perdonarme,
de la furia de los gritos no gritados,
del deseo de olvidar lo que es amarme.
Me creaste a tu imagén y semejanza,
más las creaciones se rebelan y responden,
y hacen vida propia, lejos de la vida,
y encadenan al creador y le hacen hombre.
Infinito amor creado de la nada,
creado por un beso, por un roce,
creado de celos sin sentido.
Infinito amor.
¿Cuánto me darías si me fuera?
Y te dejara mi perfume, mi sonrisa,
el hueco de mi cuerpo, mis caricias,
mi olor a arcilla, mi voz callada,
mis ojos en los tuyos perpetuados,
mi huida de tu vida, si te dejara
simplemente morirías sin mi presencia.
¿Qué me darías si me fuera mañana?.-


 

27 abr. 2013

POESIA A UNOS OJOS...

Recorrí tus pestañas, las conté una a una,
paseé el borde de tus ojos,
adentré mi mirada en tu desierto,
me escondí en las sombras de tus cejas,
y creé un amor casi perfecto.
Tus ojos que inventaron las palabras
precisas y preciosas, concebidas
para dar al viento alas, al árbol hojas,
tus ojos que son llaves de mi celda,
en donde escondo los besos que son idos,
las manos que me tocan, las cadenas
de días y momentos perseguidos.
Ojos de cristal, de hielo puro,
acostumbrados a matarme lento,
a romper la bolsa de los míos
y hacer de su agonía mi sufrimiento.

Mil rostros jamás tendrán tus ojos,
capaces de romperme en mil pedazos,
dándome la vida que me roban,
quiero tus ojos, deseo sus miradas,
deseo sus dardos.
Morir en el fondo de tus ojos,
los que me dan la vida que yo vivo,
quiero morirme en ellos y ser mirada,
ser tu mirada, ser tu desafío;
el destello que me llena la mañana,
que hace de mi noche un cielo frío,
negrura que me come las entrañas
cuando tus ojos no me besan en los míos.
Nuestros ojos que crean y que se ríen,
que se bastan para amar y odiarse siempre,
sin tocarnos, sin hablarnos, sin sentirnos,
solo mirarnos y el mirar entiende
y comprenden las pupilas que seremos
arena de playa, sol poniente, viento cruel,
velero que zozobra en las aguas de tu mirar eternamente.-

26 abr. 2013

VAMONOS DE TIENDAS...(el placer que no lo es tanto).

Reconozco que, para ser mujer, tengo una tara que suele ser muy poco usual entre mi género: no me gusta ir de compras, no me gusta patear tiendas, ni probarme ropa, ni salir cargada de bolsas. Sé que no es muy normal, soy consciente de mi tara, pero también soy consciente de que, con el cambio de temporada, la necesidad manda. Toca revisar armario, repasar agenda, confirmar eventos elegantes y familiares, de esos en los que, sin que tú te des cuenta (o eso cree el personal asistente) te repasan desde los pendientes hasta el lazo de los zapatos y, por consiguiente, tienes que ir hecha un brazo de mar, hecho que conlleva, la mayoría de las veces, ir incómoda. Confieso que, muy a mi pesar, he sido siempre anti revistas de moda, de modelaje y de tendencias. Confieso que nunca me terminé un artículo de Telva, referido al último grito en lo tocante a tejidos. Y confieso que, para nada, me siento culpable... Hoy repasaba esta fobia mía, intentaba enmarcarla en mis años, ubicar su aparición con mi tonelaje actual, pero, casi por sorpresa, me vi en la misma situación indiferente a los diecinueve, cuando mi cuerpo se embutía perfectamente en una talla treinta y ocho y odiaba acompañar a mis amigas a la Meca de los Pantalones, aquel paraíso de vaqueros varios, que estaba situada, o eso creo, en la calle Mesones, granaina calle de tiendas por doquier. Y tampoco conseguí superar el trauma de tener que probarme ropa cuando, hace tres años, pesaba doce kilos menos. Así que, llegados a este punto, me consolé en mi deambular en busca de tiendas, pensando que es algo innato, que nació conmigo y conmigo morirá...
Hay una razón de peso para comprar en las tiendas de siempre; perdón, hay varias razones de peso, del mío, precisamente, la primera que, cuando entro en mi tienda desde hace más de veinte años, la dueña, la dependienta (que me conoce a mí y a mis toneladas) no me mira de arriba a abajo, y me dice eso de "No sé si tendremos tallas para usted" (y puedo asegurar que esta frase, no solo a mí, se suele decir en algunas tiendas light), mi dependienta sabe que talla uso, la supo siempre, sabe cuales son mis defectos, mis gustos, mi rapidez para escoger (esto último lo hago en cuestión de diez minutos), y sabe que, a lo largo de todos los años, en que los espejos de sus probadores me han devuelto mi figura tipo modelo de Rubens, mis mollitas han ido cambiando de sitio. Me gusta charlar con ella, bromear sobre mi figura, esa rotunda y concreta, la que abarca más de lo debido, la que se ha adueñado de mi cintura y me ha dejado sin sentido de lo erótico. Ir de compras. Ese acto lleno de liturgías, lleno de mitos, de momentos alegres, de diversión delante de un espejo. Yo, con permiso, es que me divierto mucho más con otros actos. No me gusta, encuentro comprarse ropa una obligación y no un placer, y es que no soy yo muy de saber conjuntar.

Y esta tarde tocó ir de compras, reemplazar algun vestido (que me gustan poco o nada), probarse, (lo mínimo posible, por favor), sin cansarme demasiado, con tres tengo bastante, y si el primero me convence, los dos restantes me sobran. Salir de compras, el placer que en ocasiones no es tal. Sé que soy la excepción que confirma la regla. Pero eso tiene una ventaja: puedo salir de compras, tranquilamente, con mi cónyuge, porque él jamás se cansará de patear tiendas, tendremos tiempo de sentarnos a tomarnos una cerveza, de charlar y de pasear, después de todo, un vestido, con un poco de gusto por la discreción, sabiendo que estás mal construida y estructurada, se escoge ràpido, se trata de aceptar que, un color no te va a quitar dos kilos, un diseño no te va a devolver la firmeza de unas nalgas y un largo de falda no tiene el poder de reconstruir tus rodillas, una vez comprendido esto, comprarse un vestido es tan sencillo como mirarse en el espejo, sonreír, repetir eso de "Estoy gorda" para escuchar, como consuelo, que "Estás metida en carnes", frase que ya, hace años, me decía mi abuela. Sonrisa puesta para saber que no estoy metida en carnes, estoy nadando en carnes, que es distinto, pero placentero, a fin de cuentas mis piernas me sostienen, mis pies caminan, mi boca sonríe, mis ojos brillan y mi ilusión por vivir está intacta... La próxima vez, como penitencia por ser tan conformista, prometo rematar un artículo de Telva sobre tendencias y complementos....

DESPUES DE TODO... (relato corto)

Era su último intento, se lo juraba mientras, serena, se pintaba los labios frente al espejo. Había quedado en que nunca más; sería una cita tranquila, el tiempo justo para, con toda la serenidad del mundo decirle adiós, decirle lo que, sin rencor, había ido acumulando año tras año, día tras día. Cuando le llamó estaba nerviosa. Ya no. Los nervios se habían alojado, sin proponérselo, en una esquina perdida de alguna calle de su cerebro. Su mente imaginaba mil charlas, miles de palabras, sencillas, escuetas, sin pretender cambiar una situación penosa y desastrosa, la misma que los había ido hundiendo lentamente. No sabía cuándo, ni dónde, ni en qué momento se había decepcionado, cuál había sido el gesto que la hizo abrir los ojos, cerrar los labios y enclaustrar sus sentimientos en una jaula invisible de un corazón cansado. Nadie sabe cómo ocurre. Solo se sabe que pasa. Que la vida se detiene en un segundo, que los ojos ya no hablan ni los labios incitan. Sólo se sabe que la voz no dice y las manos no tocan. Ya no ríen las caricias, ni se estremece la piel al imaginar un beso. Ya no es... Nada... Después de los silencios compartidos y hablados, los que cuentan sin contar, y aman con tan solo un suspiro, dejan de serlo... Imaginaba un momento preciso, el que rompiera la decepción, lo veía acercarse a ella, susurrarle que la amaba, que no podía vivir sin saber que respiraban el mismo aire, y entonces ella recogería velas, guardaría las perfectas frases ensayadas y le besaría... ¡Imaginaba tanto que le dolían los poros de su piel!... Quiso creer en los milagros, los mismos que existen cuando Dios existe, pero en su mundo Dios se había ido, la había dejado sola frente a él y su soberbia, frente a sus gestos de actor trasnochado y trasnochada obra... Aspavientos llenos de orgullo mal entendido, mal medido... Lo veía pasear la habitación, mirarla riéndose, aquella mueca inhumana y amoral que la perdía en bosques oscuros llenos de fantasmas del pasado, los mismos gestos de siempre, oídos cerrados incapaces de escuchar, labios que no se abrirían para declarar lo que sentía... La inestabilidad emocional, la que nos lleva a creernos que somos poderosos, la inseguridad en nosotros mismos disimulada en barbillas levantadas, desafiantes, sin conocer el poder del retroceso dulce que nos daría la posibilidad de comenzar de nuevo... ¡Todo se pierde!, todo lo estaba perdiendo... Ella sentada, mirándole como al animal acorralado que era, escorpión dispuesto a inocularse su propio veneno... Moriría antes de reconocer que la amaba, que le dolía el alma y le pesaba la vida... ¡Eso nunca! ¡los hombres no suplican!... Y ella desgranaba, una tras otra, como las cuentas de un rosario, cada espina clavada en el transcurso de su Vía Crucis, el que vivió junto a él, rodilla en tierra siempre, intentando levantar una Cruz que ya no quería ser levantada más...
Se levantó tranquila, él le mostraba su espalda, había escuchado, ella sabía que lo había hecho, que cuando saliera por la puerta él cerraría los ojos y lloraría, pero aquel consuelo no la consolaba, porque ella no lo vería. Recogió su bolso, sonreía, aunque él no pudiera verla. Él escuchó el sonido de los tacones, se alejaban. Se iba. Un segundo, una milésima de segundo. El silencio. Seguía mirando hacia afuera, hacia la calle. Sabía que ella se iba, que abriría aquella puerta, la que podría ver con solo girarse, la puerta en la que ella se había detenido, sin abrirla, dejando todo el espacio sumido en un silencio cruel y completo... Y escuchó la frase, la que no quería, la que no debía de ser pronunciada, la que le acompañaría por siempre, la voz suave y queda de quien se va para no volver sabiendo que se va: "Después de todo, sólo vine a decirte que te quiero"...

24 abr. 2013

SE ROMPIÓ EL HILO... (relato corto).

Le había enviado un sms al salir de la reunión, le decía que iba para el hotel y al cerrar el teléfono sonrió, pensó en una ducha juntos, en un recibimiento con champán, en eso había quedado él, ella le había pedido unas gominolas. Él dijo que las llevaría... Cerró los ojos, al abrirlos miró a través de la ventanilla del taxi. Llovía. Tanta lluvia la estaba aturdiendo. Estaba cansada, pero incluso con el cansancio era capaz de imaginar mil escenas. Era su noche. Había disfrutado en aquella cena de negocios, charlado con colegas y brindado con alguna que otra amiga, la mente puesta en el deseo de irse, de desaparecer, disfrutar de aquella cama enorme, la misma que había fotografiado, la que le había enviado a través del móvil, la que él elogió y con la que bromeó sobre lo que podría pasar. Los adoquines de las calles del casco antiguo hacían que el taxi vibrara, y ella seguía sonriendo. Veía pasar fugazmente los semáforos en verde, apenas si había tráfico a aquella hora de la noche. Respiró profundo, silencio en el interior del coche. No quería dar conversación al joven taxista. La sorpresa la invadió cuando, de repente, el taxi frenó. Había llegado. Recogió su maletín beis y su bolso, una bolsa roja con algunos regalos, pagó: cuatro euros rebuscados entre las monedas despistadas en el fondo de la cartera...
La recepción del hotel aparecía solitaria, al fondo una chica embutida en un chaleco rojo con el logo del hotel miraba el ordenador, la música suave se le iba colando por los ojos y los oídos; saludó desde la zona de los ascensores con un "buenas noches" suave y lento. La respuesta una sonrisa digna de un anuncio de dentífrico. El ascensor panorámico le dio la oportunidad de soñar desde la altura, mirar las luces en penumbra de un espacio precioso y preciso. Se miró en el espejo y volvió a sonreír. Lo hizo durante el corto trayecto hasta la habitación. Ilusionada. Colando en la ranura aquella tarjeta, llave artificial, sin forma de llave, sin material de llave, sin funciones de llave... Dentro las luces apagadas, silencio, el televisor con el encendido, como ella lo dejó unas horas antes. Una extraña sensación de abandono la invadió; dejó caer el maletín, la bolsa roja y el bolso en el suelo. Dijo su nombre varias veces "Raúl", pero no había respuesta... Creyó que era broma, el sms de él le advertía de que estaba llegando al hotel, pero allí no había nadie... no estaba él, no estaba el mundo, no estaba su ilusión... no estaba su sonrisa, la misma que la acompañó durante el trayecto... Allí estaba ella, abriendo la puerta del baño, precioso, con su jacuzzi y su espejo estupendo, el que le devolvía una imagen solitaria, un rostro cansado. Al que se acercó despacio, como quien se acerca a un juez. Repasó su rostro, sus manos apoyadas en el lavabo. No quería pensar, no podía pensar... Sabía que continuaba con su amiga, la misma con la que había quedado mientras duraba su reunión... A ella no le había importado, después de todo ella sabía lo que era su relación y él también... Le importaba la indiferencia, el desorden mental del que estaba siendo objeto... Pensó en su edad,  pensó en la de él, el espejo le decía que sí con gestos, con luces que le herían el corazón. Se desnudó con lentitud y rabia y dolor de mujer herida, y desolación y tristeza. Abrió el grifo de la bañera, encendió el televisor para escuchar ruido, voces, palabras, murmullos que la acompañaran... Ese no fue el trato... El trato era que él la esperaría. Ella lo valía, se lo merecía, había sido apoyo y bastón para él, madre y amiga... Había sido sexo virtual y sexo directo. Ella se merecía una espera, con una copa de champán, con unas golosinas, porque él lo había decidido.... Le había sentado bien el baño. La puerta de la habitación se abrió. Escuchó el ruido rodeando su cuerpo con una toalla, recogiéndose el pelo y limpia la cara. Le vio de repente, en el reflejo del espejo, sonriendo, ninguna alusión a la tardanza. Las palabras de ella intentando ser pausadas. No iba a recriminar nada. No tenía edad ni razones para hacerlo. Él era libre...
Hicieron el amor, tranquilos, siempre lo hacían tranquilos. Charlaron de la vida, de sus vaivenes, de sus decepciones, él rodeando sus hombros, ella rozándole con una uña... Como siempre, nada había cambiado... O tal vez sí, el zumbido de aquella voz, la misma que le decía que, aquella noche era la última, que no habría más, que todo había terminado porque, sin él saberlo, aquella amiga que había compartido la espera junto a él, les acababa de robar el tiempo ido y el venidero... Se lo acababa de llevar para siempre. Nunca más ya. Y Maica lo sabía. Lo supo cuando abrió la puerta y se tropezó con su soledad. Cuando el espejo le recordó su edad. Cuando él llegó sin champán y sin gominolas... Pero siguió mirándole, escuchándole, como si todo fuera a ser siempre, como si fuera a ser eterno, sin aceptar que, uno de los cabos del hilo estaba sobre la cama y el otro se había caído al suelo; el hilo que los unía se había roto para siempre... Después de hacer el amor, después de un beso largo, después de una charla intensa y profunda... Después de todo el hilo se había roto...

Buscó su número en los contactos del móvil... Muchos días sin saber de él, pensaba que no debía de hacerlo, no debía de intentar recuperar el tiempo que se fue. Él no quería, se lo estaba dejando claro con su silencio. No quería aceptar que se iba de su vida, que ya se había ido... Decidió saludarle, preguntarle por un sencillo whatssapp cómo estaba, cómo le iba, qué era de su vida... Una conversación de amigos que lo eran, un diálogo de amantes que lo fueron... Esperó unos minutos, leyó aquella respuesta, sin matices, sin sorpresas, sin puertas para abrir, sin escaleras para subir: "Tengo teléfono, luego te digo".... Maica sonrió... miró hacia afuera, la mesa desordenada le recordó que él había escogido, decidido y aparcado. Ahora tenía un trabajo porque, aquella chica, aquella amiga que se lo robó para siempre un mes atrás, le había ofrecido todo, trabajo y sexo, charlas y risas, ilusiones y sueños... Una chica joven para tener metas jóvenes... De repente, las palabras dichas, las frases creadas para ella, dejaron de ser y dejaron de estar... Habían pasado doce días desde aquel saludo. La primavera había estallado fuera. Tomó un sorbo de café, miró la mesa y dos lágrimas le corrieron discretas por la cara... Su vida seguía, la de él también, después de todo ambos sabían que, algún día, la vida les devolvería a la realidad de la rutina, simplemente se trataba de aprender a vivir sin su presencia...

Ha sabido envejecer, ella siempre dice que los años le han regalado el rictus de la sonrisa madura... Hoy abrió el facebook, hacía tiempo que no lo hacía, desde unas semanas atrás, una noche en la que cambió su foto de perfil, se ha encontrado varios mensajes privados. Miró el listado. Lo vio. Dos años después, después de aquella última noche, después de aquel último whatsapp, después de aquella última excusa... Ha sonreído con pena y una espina traidora le ha pinchado en la garganta. Su comentario corto, sus palabras justas, como siempre fueron. Sus recuerdos, los de ella, en un coche camino de un hotel con risas despreocupadas, un desayuno con churros, la visita a un pequeño apartamento en el que hicieron el amor en el sofá... ha sonreído con la pena de lo que no vuelve. "Estás muy guapa en la foto de perfil". Ha bicheado su cuenta, ha bicheado a aquella amiga, la de él, la que ahora se fotografiaba libremente con otro señor, con otro hombre. Ha comprobado que se ha quedado sin trabajo y sin amiga, sin valedora, ha comprobado que ya no siente hormigas recorrer sus  piernas como cuando pensaba en que iba a verlo, ha comprobado que el tiempo, casi siempre, no cubre de olvido, pero sí regala la certeza del valor y del amor propio, del respeto hacia uno mismo. Ha cerrado el ordenador, ha buscado un contacto en el móvil, una voz jovial y varonil le ha preguntado si está bien, ella ha sonreído, "Sí, Julio, sólo llamé para decirte que te quiero", la vida repara heridas, regala días, el tiempo, justiciero a veces, no pasa para todos igual...


Foto de Angel del Moral Gómez.-

21 abr. 2013

TIEMPO DE COMUNIONES... (llegó Mayo).

Mayo está a la vuelta de la esquina, en unos días diremos adiós al mes de las aguas mil, nos meteremos de lleno en el mes de la Madre, de la Fiesta del Trabajo (tal y cómo está el patio, por decir algo), y ¡por supuesto!, habremos llegado, un año más, al mes de las Comuniones, esos eventos catalogados de cristianos, católicos y romanos pero que, en la generalidad, es la fiesta pagana infantil por deseo expreso, aunque desconocido, de los padres. Todos los dedos se nos vuelven huéspedes. Por vivir en un entorno rural, (no sé si será la nota dominante en el resto del territorio patrio) nos da por pintar la casa, (éste hecho no lo entiendo muy bien, pero reconozco que, cuando me tocó, caí de lleno). Luego, sin matizaciones rurales o urbanas, nos llega el caos a nuestra lineal vida. Hay que comprar el traje del infante o infanta, en el primer caso es más bien sencilla la cuestión, en la segunda, el tema es peliagudo, porque, según la nena, según la moda, según la madre y según la fisionomía femenina (aunque sea una niña todavía) tendremos que escoger entre distintos cuellos, distintos colores, distintos adornos florales, distintas aperturas, y largos y anchos y cinturas más o menos bajas, y vuelos de falda y tejidos...¡la locura!... Porque, en ocasiones, se nos olvida que vamos a vestir a una niña para que tome su Primera Comunión, no para la Gala de Miss España... A esto sigue el peinado, el tocado, los lacitos, más flores, más tonalidades, más formas, flequillos, bucles, alisados, recogidos y horquillas, que parece que no, pero son muy importantes... Zapatos, obviaré éste tema, porque las niñas de diez años, hoy día, poseen un número de pie un tanto escandaloso. Es lo que tiene que hayámos alcanzado en estatura a Europa, que en pie también lo hemos hecho o superado... La ropa interior, porque no basta, ese día, con una ropita sencilla, como el resto de los días, ese día, como si de una novia se tratara, la ropa interior también tiene que ir acorde con el modelo externo...

A todo esto, cuando hemos terminado con el look de la criatura, comenzamos con el resto de los moradores del hogar. Las mamás, que para éso somos muy expertas, pero sobre todo somos las mamás, acarreamos a los papás y hermanísimos de la agasajeada, nos perdemos en dudas bastante existenciales: traje de pantalón, vestido de cocktail (no sé muy bien porque se le llama así, porque se va a un almuerzo, se ve que almorzar es menos glamouroso), colores suaves, colores fuertes, tejidos, formas, porque, por mucho que nos duela, el vestido que nos gusta nos cae "como un tiro" que diríamos en mi pueblo. Buscamos traje para el papá de la criatura, que, hasta ese momento, no había sido consciente de lo que se estaba cociendo, porque, afortunadamente, la factura todavía no le había llegado. Le hacemos probarse trajes, él se ve con todos bien, es lo que tiene la autoestima masculina, que esta muy arraigada, le colocamos delante camisas, corbatas varias...él sigue viéndose estupendo de la muerte, le hacemos probarse las que nos gusta, decidimos que puesta no es igual, olvidamos que, el maniquí que tenía la camisa, es una figura modelada, esto es, no le sobran michelines, tiene el color perfecto y es más alto... El resto de los moradores del hogar, lentamente, van pensando, aunque no lo dicen, que a su madre se le ha ido la cabeza, que se está convirtiendo en una mezcla entre la teniente O´Neil y Terminator... No saben no contestan...

Llegados a este punto, las conversaciones con amigas, con vecinas, con allegadas y con familiares es muy variada, muy rica y muy enriquecedora: La Primera Comunión de la niña o niño... Nos queda escoger restaurante, fotógrafo, pedir hora para el albúm o book, que es más fino, decidirnos por los recuerdos de ese día que daremos, pedir hora en la "pelu" para hacernos las mechas, en la esteticien, decidirnos por los complementos y la bisutería fina... Y cuando abril no ha hecho más que empezar, la familia, conocidos, amigos y allegados, están un poco hasta las narices de la Comunión de la niña o el niño, y todavía queda mes y medio. Porque, lo que todos ellos saben es que, con ese evento, su economía se verá afectada durante meses, porque son cuatro invitados, porque nadie les pide que regalen, pero han hecho cálculos, saben lo que se suele pagar por un cubierto y quieren ser generosos, más que nada para, pasada la fiesta, no caer en el "fulanito ni cubrió gastos", que, sabemos, se termina sabiendo... Y llegado el día de la Comunión, todos, absolutamente todos, padecemos una jornada descontrolada de nervios, hasta que, ¡bendito tiempo!, llega la hora de la copa, el almuerzo pasó, y nos permitimos quitarnos un poco los zapatos, que nos costaron un ojo de la cara, pero incómodos son un rato largo. El papá se guarda la corbata en un bolsillo, respirando aliviado, porque, aunque él no había dicho nada (de todas formas su opinión no iba a ser tenida en cuenta) la corbata no le gustaba lo más mínimo... Y se termina el día, y se llega a casa, se descansa, se relaja una porque ya, hasta que le toque al hermano pequeño, podemos pasar unos años de tranquilidad... Nos olvidamos de los invitados, esos que, aparte de la nuestra, tienen que acudir a tres Comuniones más, porque todas son de "obligado cumplimiento", nos olvidamos que, quizá, solo quizás, hemos dado una importancia de Conferencia Internacional sobre la Paz Mundial, a un hecho común y cotidiano, que, en el fondo, si somos católicos, apostólicos y romanos, pero sobre todo creyentes, lo que menos importa es todo ese caos, esa vorágine espeluznante en la
que hemos estado metidas. Olvidamos que, de seguir en esta línea, de seguir con estos despilfarros, estaremos creando lo que tenemos ahora, una sociedad consumista, en donde la mejor Comunión es en la que se derrocha, en la que se gasta más, se regala más y se luce más. Nos olvidamos de que son niñas y niños... Nos olvidamos de su infancia, de valores que deberíamos de recuperar, porque, actualmente, tendremos que aprender a explicar muchas cosas, y lo mejor para hacer comprender es predicar con el ejemplo...

Yo tengo Comuniones, como todos, porque es mayo... Recuerdo la de mi hijo mayor y, sinceramente, creo que la del pequeño no será igual, solo espero poder verlo, solo espero que tenga a sus padres y a su hermano a su lado, solo espero que sea feliz ese día, que disfrutemos viéndole, pero desde luego, a mi edad, he aprendido que no voy a repetir la pintura de la casa, la locura de las ropas y las decisiciones tremendas de combinar los complementos. He recordado que mi Comunión fue la más feliz del mundo, que no tuve restaurante, que no tuve regalos, que no tuve book, mi vestido era un calco de todos los de mis compañeras... Fuimos felices todas y todos... Y, mirando el panoráma, no me atrae mucho la idea de que mis conocidos se vean en aprietos que, todos sabemos, desestructuran la economía de una familia durante meses, por desgracia, hoy por hoy esto es así, nos guste o no, lo digamos o no, a no ser que, los amigos sean potentados...

Vivamos la Primera Comunión de nuestros hijos como lo que es, ni más ni menos, sin hacer espionaje secreto sobre los preparativos de los compañeros, sin querer hacer ver que todo está bien, porque, lamentablemente no lo está, hagamos que sea feliz, si somos creyentes animándo e inculcando en lo que significa ese día, si no lo somos, si solo queremos vivir una fiesta social, hagámosla en consonancia con los tiempos, que pintan bastos, que son difíciles y que son duros... Llega Mayo en unos días, llegan las Primeras Comuniones... con los años aprendí que, en definitiva es un día, y lo que importa es el resto de los días... Buenas tardes, y felices Comuniones...

19 abr. 2013

"LA BOFETADA"... (pequeño relato).

La chiquilla se escondió tras las faldas enlutadas de su abuela, tenía frente a ella la mano tendida de aquella tía cuasi perfecta en sus formas. Pero ella no quería coger aquellos dedos, no quería separarse de la abuela, la que dormía junto a ella, la que le contaba cuentos y le permitía comer galletas en la cama. Las galletas con sabor a canela, llenas de azúcar que, ella, sin miedo, mordisqueaba en aquellas noches que empezaban a ser frías. Se había quedado sola. Quince días antes, sus padres, los dos, se habían ido, habían preparado unas maletas, le habían llevado su ropa a la casa de los abuelos, le habían dado muchos besos y habían prometido volver pronto. Tenían que irse fuera, a trabajar, le había explicado su padre; te traeré una cartera nueva, le prometió. Y ella se había quedado sentada, con las rodillas abrazadas, mirando cómo preparaban la partida.
Y ahora se tenía que ir a aquella otra casa. La casa de su tía, porque su abuela, la misma que la abrazó mientras lloraba porque sus padres se habían ido, se había puesto un poco enferma, porque no podía dormir en medio del abuelo y de ella. Unos días, le había dicho, se había encorvado hacia ella, la había mirado con aquella sonrisa un tanto ajada ya, le había cogido las trenzas con suavidad y le había susurrado que, en dos días, ella volvería a dormir junto a ellos, escuchando los cuentos del abuelo, comiendo las galletas de canela y viendo entrar el sol por la pequeña ventana de aquella cámara-dormitorio llena de cuadros oscuros de santos y de historias increíbles. Y la niña cogió la mano tendida, aquella mano de una mujer cuasi perfecta y cruzó la pequeña puerta de madera, subiendo los dos escalones, que la arrancaban de su paraíso infantil.

Aquella mañana abrió los ojos, supo que se había dormido. No quería dormir. No podía dormir porque, si se dormía, olvidaría que tenía que pedir el pipí, olvidaría que tenía ganas, olvidaría que se le escaparía y volvería a mojar la cama. Pero olvidó todo eso porque, precisamente, se había dormido. Tocó las sábanas, su camisoncito rosa estaba mojado, notaba húmedas sus piernas, húmedas sus nalguitas graciosas, aquellas que sólo tenían cinco años de esplendor, un esplendor infantil y generoso; y su pequeña boca, la que su abuelo querido le decía que era como un piñoncito, se torció en un puchero lastimero, no podía llorar, no quería llorar y no debía llorar. Si lo hacía, aquella mujer cuasi perfecta a la que ella llamaba tita, entraría en la habitación y le reñiría, y descubriría que había mojado la cama, que se había dormido y se había olvidado de sus obligaciones. Se hundió entre las sábanas mojadas buscando un hueco que no estuviera húmedo, intentando pensar que el día pasaría en unos parpadeos de sus grandes ojos oscuros, cerrando sus pestañas y pensando en su madre. El rostro benévolo de aquella madre que, cuando aquello sucedía la acariciaba, le daba un beso en la frente y le recordaba que no pasaba nada, pero que ya tenía edad para ir despertando en la noche. La veía luego cambiarle las sábanas, sacar de debajo el hule, mullir el colchón y colocar unas sábanas limpias que olían a jabón casero... Se estremeció por un escalofrío al escuchar el chirriar de la puerta y apretó más los ojos, pero aquella voz que intentaba, sin conseguirlo, ser bondadosa, se le iba colando por los pequeños poros de su infantil piel.

Y el grito sonó, sin esperarlo, al destaparla, al comprobar, al mirar y tocar, al palpar su camisoncito rosa, el que su madre le había comprado y que le dio la noche de su cumpleaños, unos días antes de irse, de alejarse y llevarse a su padre, los dos, dejándola sola delante de la furia, de la ira, de un pelo cardado y enlacado, de unos ojos furiosos y una mano que tiró de ella y la colocó en el suelo, descalza, mojada, sabiendo que, si continuaba gritando aquella mujer cuasi perfecta, volvería a hacerse pis, la orina resbalaría por sus piernas, formaría un charco en el suelo, y la cabeza que sostenía aquel peinado imposible, le gritaría mucho más... Tenía miedo, escuchaba palabras que no comprendía, tenía cinco miserables años, no comprendía qué era ser una inútil, una desobediente, una niña insulsa, no sabía por qué tendrían que castigarla sin comer, tendrían que darle azotes, tendrían que dejarla sola en una habitación. Escuchaba todo, pero su pequeña mente no alcanzaba a comprender el sentido de lo que oía... Los ojos claros se clavaron en los suyos color chocolate, chocolate caliente, como el que le hacía su madre, derritiendo aquellas onzas gruesas y grasientas; unas garras de uñas afiladas se le hincaron en los hombros y una ira terrible la sacudió, las trenzas, deshechas por el sueño se movían arrítmicamente, tenía ganas de hacer pis, ganas de llorar, ganas de ver a su madre, a su abuela, la que le permitía comer galletas con sabor a canela, la que la levantaba en mitad de la noche y bajaba sus braguitas, y con paciencia esperaba, mientras sus ojos se iban cerrando al vaciar su pequeña vejiga... Y entonces se atrevió a hablar, tartamudeando, la barbilla temblorosa, tembloroso todo el cuerpo... "Me estás haciendo daño, tita"... No dijo nada más, el llanto ya le corría por aquellas mejillas sonrosadas y suaves, le mojaba la boca y caía a sus pies descalzos, sintiendo la frialdad del suelo... "Me haces daño en los hombros"...

La mano le cruzó la cara, demasiada mano para tan poca mejilla, demasiada fuerza para los cinco años descalzos que sostenían un cuerpo pequeño que pertenecía a un rostro de ángel con ojos color chocolate... La niña volteó la cabeza, sus trenzas desordenadas moviéndose en un cruel movimiento, recuperando la posición firme del principio, escuchando las mismas palabras incomprensibles, quedando su mirada turbia frente a los ojos claros poseedores del peinado horrible que se había descolocado por el esfuerzo del golpe... "No vuelvas a hablar nunca hasta que se te pregunte"...
                         
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Clara miró a lo lejos, era primavera, apretó la carta entre sus manos, arrugándola a conciencia, porque apretaba aquel corazón frío que le golpeó la cara cuando sus años sólo se contaban con los dedos de una mano. Respiró hondo, sintió el frío de las baldosas del suelo, como aquella mañana de principios de octubre, pero ya no tenía ganas de llorar, ninguna trenza se había movido, ninguna lágrima se había caído al suelo, estaban todas dentro porque, después de mucho vivido y todo llorado, había decidido que no iba a llorar más por quién un día le ordenó callar... No iba a llorar ni iba a callar, ya no, ya tenía la vida preparada para abrir la cama, retirar las sábanas, comprobar que estaban mojadas, reconocer que, a sus cinco años, se había hecho pipí, y preguntar, tranquilamente "Tita, ¿porqué me pegas?"....

17 abr. 2013

¿DÓNDE ESTÁ EL PUNTO "G"?... JEJEJEJE...

Hay conversaciones, de esas insignificantes que, en un momento cambian totalmente de forma y de fondo, sobre todo cuando, sin proponertelo, a algún varón le da por desmenuzar el "Cosmopolitan" y creerse cada uno de sus artículos, generalizados, sobre la fisionomía femenina, esa que, a Dios gracias, es tan diversa como colores. A una se le pone la sonrisa irónica, pícara, y le deja hablar, tranquilamente, escuchando, intentando no reírme a carcajadas sobre el punto exacto en el que, según la revista famosísima, está el tan ansiado punto, ese que parece ser que existe pero nadie ha visto, como los billetes de quinientos euros. No entienden algunos varones, por más que una intenta explicarles que, a nosotras, lo del punto espectacular nos importa más bien poco. Que la sexualidad femenina es rica en puntos diversos, desperdigados, como la gracia de Dios, por todo nuestro lozano cuerpo, siempre que el buscador incansable del puntito se olvide un poco de hacer de Indiana Jones y se centre en buscar, más y mejor, los cuatro puntos cardinales de su patria. Intentaba yo, ya muerta de la risa totalmente, hacerle ver que puntos hay muchos, que se pueden ir alternando durante la interpretación de la melodía, y que todos los instrumentos (puntos) son importantes, eso sí, cuando la batuta está bien dirigida, porque si no, querido mío, te encuentras que la melodía es un desafine totalmente, y todo porque, en un momento dado, al buen director le dio por ir a buscar un acorde de violín que no sabe ni cómo se señala.
Según parece, toda esta conversación venía porque un señor doctor experto en féminas (o al menos debería de serlo) ha decidido colocar el punto de la discordia en un lugar concreto... y perdone, doctor, que le diga que las mujeres no somos matemática pura, que la libido femenina es extraña y compleja, que el dedo gordo del pie puede ser tan importante como el lóbulo de una oreja, y que algunas montañas están para escalarlas, colocar la bandera cuando se ha llegado a la cima y disfrutar del paisaje olvidando un poco si arriba del todo habrá un tesoro. Hay que contentarse con que la nieve de la montaña vaya cediendo a los pasos y punto pelota. Basta recordar que cada señora es un mundo, un mundo estupendo, preparado para ser explorado, ninguna nos regimos por las mismas leyes, ni tenemos los mismos gustos, no nos gustan los mismos pasteles ni nos maquillamos igual. En el sexo tampoco. Ahí, señores doctores, también somos distintas.
Yo no sé si es un mito lo del punto en cuestión, a mí me da la risa floja cuando algún genio (casi siempre varón para más inri) decide que sabe su ubicación exacta, quizás me dé la risa porque soy mujer, y ya un poco entrada en años, y como tal siento y padezco, y como tal y como buena señora madura ya tengo una edad en que conozco mi cuerpo, y la verdad, a mí que me hablen de que se anda buscando un punto en mi anatomía cuando tengo miles me suena a cachondeo puro y duro. Deberían aprender algunos doctos en la materia que, lo único que consiguen, es despistar a sus congéneres, les despistan, les desinforman y les traumatizan, porque ellos quieren saber si es ese, y cuando les dices que no necesariamente, pero puede ser, que quizás, tal vez, que igual tienen que seguir buscando, se quedan con esa mirada perdida, como cuando no saben qué hacer, y eso, queridos, es muy desalentador... Doña Isabel Allende se atrevió a decir que todo aquel varón que busque el punto G más abajo del oído de una mujer pierde el tiempo, y hagan caso los señores, la señora Allende sabe de lo que habla, porque igual se pierde el Norte buscando crucecitas falsas cuando el verdadero "Ábrete Sésamo" está tan a la vista que pasa desapercibido.
Ustedes, varones mortales, dejense llevar por la señora en cuestión, que si no encuentran "su" tesoro no pasa nada, porque de lo que se trata es de que el juego sea un mano a mano entre dos buenos jugadores, el as de picas puede estar en cualquiera de las cartas que le toquen...o que toquen. No hagamos de algo tan placentero un estudio científico, porque, afortunadamente, cada señora es un mundo por descubrir con mil aventuras durante el trayecto... Seamos un poco sensatos, admitamos que somos especiales, que somos diferentes unas de otras, que cada una, igual que el físico es personal, tiene su personal sexualidad y sensualidad. Dejémonos de perseguir hadas, o puntos, porque, ambos dos igual existen, pero nadie los ha visto. Yo solo sé que soy mujer, que siento y que padezco... y que padezco la desazón masculina, cuando mi varón particular me hace reír, con conversaciones que, a esta edad, ya nos hacen comprender las cosas que importan, que nos hacen felices, que nos hacen mejores y nos hacen buenos amantes... No hay que preguntar dónde está el dichoso punto, si no preguntar si se está haciendo bien el recorrido, lo demás, queridos míos, irá viniendo dado y rodado... y amado y gozado, que, después de todo, es de lo que se trata.


16 abr. 2013

CUANDO EL ORGULLO NOS HUNDE...

El orgullo, según la RAE es el exceso de estimación propia. O arrogancia. O autoestima. Totalmente de acuerdo. Con todo. Pero el orgullo puede ser nuestro peor enemigo, un enemigo mortal de necesidad cuando, ¡pobres mortales!, no sabemos administrarlo y sufrimos ataques agudos de una autoestima soberbia e inmanejable. Hay casos en los que, sin darnos cuenta, o dándonos, intentando dar una vuelta de tuerca más, rompemos la tuerca. Nos hacemos tan de rogar, nos creemos tan superiores, pensamos tanto en que superamos con creces al que tenemos enfrente que, ¡oh, sorpresa!, la tuerca se rompe en nuestras propias narices. Momentos hay en la vida en que, sabiendo que hicimos mal, que nos pudo el orgullo, que se nos desbordó la capacidad de administrarlo, esperamos a que sean otros los que recojan el suyo, los que se lo tragen y nos devuelvan el nuestro revestido de humillación ajena. Permitimos que sean otros los que pidan perdón, los que se arrastren, los que, habiendo nosotros simulado lanzar un puente, sean los demás los que lo crucen, y cortamos las cuerdas cuando están en mitad del precipicio colgando sobre unas débiles maderas que, nuestro mal alimentado ego, ha colocado, para hacer creer que les ayudaríamos a cruzar. El ser humano es el animal más cruel que existe, porque, conociendo los sentimientos, teniendo la palabra, comunicándose y siendo capaz de catalogar sus emociones, de dejarlas salir, de reconocer errores y aceptar la mano que se le tiende, es el único ser vivo capaz de destrozarse la vida, sin saberlo, sin meditarlo y sin pretenderlo. Simplemente por no saber acallar su orgullo, es decir, su exceso de estimación propia. Cuando una persona es capaz de dejar que el orgullo le venza, que el orgullo maneje su vida, cuando es incapaz de ver más allá de sus narices, de valorar el paso ajeno dado, de no tener en cuenta la valentía ajena y de comprender que, para tener esa mano frente a él otra persona ha tenido que anular su autoestima, no merece esa mano, no merece el esfuerzo y no merece a la persona que tiene frente a él.
Me refiero, claro está, al paso dado con sinceridad. Por acercar posturas, por resolver dudas, no a esos pasos que, simulando ser sinceros, solo esconden el deseo de que otro se humille, sabiendo perfectamente el daño realizado, el daño infligido. El estado febril al que nos lleva un sentido exacerbado de la propia autoestima es mucho más agotador para el orgulloso que para el que decide abdicar en su conciencia y dar un paso al frente. Porque ese sentido prepotente y desleal con nosotros mismos nos lleva a quedarnos solos, tendemos a culpar al mundo mundial de todo, no reconocemos los errores, damos explicaciones a los demás intentando encontrar en su beneplácito el que no encontramos cuando la sinceridad nos invade. Intentamos refugiarnos en unas palabras de apoyo, a veces falso, para comprobar que somos omnipotentes, que llevamos la razón absoluta, sin prestar atención a quiénes nos están dando la razón, a  quiénes están alentando aún más nuestro ego supremo y superior. Somos injustos. Con nosotros, con los  demás, con los que culpamos, con los que nos escuchan, con los que nos alientan. Somos injustos porque, la justicia, la realidad, lo que nosotros sabemos, sólo lo sabemos nosotros. Y con nuestra actitud, no hacemos más que intentar perdonarnos a nosotros mismos a través de los demás, y eso, queridos, es imposible.
Todos sabemos lo que somos, lo que hemos creado, lo que hemos llegado a lanzar por nuestras fauces, deseosas de sangre y de afirmaciones compasivas. Nosotros somos nuestros jueces, no podemos hacer participes a nuestros semejantes de nuestras miserias, las mismas que nos negamos a comprender y aceptar. Somos fatuos, somos indignos y somos irrisorios. Damos la oportunidad de juicios ajenos a quienes hacemos participes de nuestro exceso de estimación propia.
Lo peor del orgullo mal entendido es que, por desgracia, hacemos creer culpable a quien se venció a sí mismo, a quien renunció a su propia autoestima, a su propia dignidad tan solo para hacernos ver nuestro error. Lo peor del orgulloso es que, por no entender que un paso al frente sólo lo dan los valientes, se deja morir en una soledad mental tremenda, se hace rodear de personas que, sin serlo, se convierten en sus bufones, esos que alimentan su ego y su orgullo, y al final, cuando el rey se retira moribundo y viejo, se da cuenta de que, aquella mano tendida, aquella sonrisa que rechazó, aquella sonrisa a la que humilló era sincera, era leal, era digna....
El orgullo justo para levantar la cabeza, para cerrar los ojos, para entonar un "mea culpa" de vez en cuando, para reconocer que nos equivocamos, que sentimos y padecemos. El orgullo noble de quien herido, decide no responder a provocaciones y a comentarios que han nacido del propio orgullo y de la necesidad de quedar victorioso, de quien no supo controlar sus tiempos, ni sus sentimientos, ni sus emociones. El orgullo vencido es la mejor terapia que nos podemos regalar, porque cuando reconocemos el fallo no nos hará falta culpar a otros, mezclar a otros en nuestras guerras propias e íntimas, y eso, amigos y amigas, es muy importante. Porque, en definitiva, el orgulloso sólo lucha contra él mismo... y casi nunca vence... buen día  para desechar los fuegos fatuos, las humillaciones pasadas, los elogios falsos y dar lugar a la sonrisa de una autoestima positiva y cordial...

14 abr. 2013

CARTA A UNA HIJA... CUANDO LA VIDA DUELE...(a petición de un amigo).

A tí, que sufres ahora, que sufres por mí, por ella y por tí. Que no entiendes qué ha pasado, que no sabes cómo, la vida encauza el río y lo bifurca en un punto de su recorrido. A tí, querida hija, que eres mi mundo, mi sueño y mi desvelo, la única persona a la que tendré presente mientras viva. Mi ilusión y mi dolor. Tocan días de llanto, de incompresión, de rabia, de tristeza, de ira contenida, de odios múltiples y múltiples preguntas. No te preguntes jamás por qué, no tienes todavía la edad correspondiente, la que puede ayudarte a comprender, esa edad en que sabrás por qué las cosas pasan y la vida duele. Tenía la misma edad que tú tienes ahora, la edad del amor eterno y la eterna sonrisa, del drama por un grito, del llanto por una negación, la edad repleta de sueños compartidos. Y me enamoré de ella. Como tú ahora de ese chico que, a mí, no me gusta para nada, que le creo canalla y arrogante, que le pienso besándote y le maldigo. Tu misma edad, la edad preciosa de un beso robado. Y se lo robé a ella. Y ella fue presente y fué pasado. Porque la vida tiene esas cosas incomprensibles, y nos arrebata el mundo sin avisarnos. Ha vuelto a ser presente, ha vuelto a ser "ahora", ha vuelto a ser la barca en la que quiero navegar por siempre. Cuando mis sienes ya son blancas y mi pelo escasea, y mis manos envejecieron tanto o más que mi corazón. Tú empiezas tu vida llena de momentos que serán inolvidables, que se llenarán de imágenes precisas, las que jamás olvidarás tampoco, como yo tampoco olvidé las mías. Mi niña, mi hija, consuelo, la que mecí en noches largas llenas de llantos extenuantes. La que caminó junto a mí sus primeros pasos. Tu mirada que me taladra me martiriza. Ojalá pudieras entender todo lo que he pasado, todo lo que ha pasado, todo lo que no busqué, todo lo que no buscamos, ni ella ni yo, ninguno lo hizo, se ofreció el mundo y lo cogímos, ella con una mano, yo con otra. Sabiendo que estabas tú, que te rompería el alma, que te dejaría rota de dolor y de zozobra. No me has perdido, nunca me perderás. Simplemente abandono lo que me agota, me cansa, me aprisiona, me desola la vida y me la rompe. Y todo eso no lo haces tú, ni yo, ni nadie. Es el resultado de un error puntual, maravilloso, porque ese error te trajo a mí y en mí te pierdes.
Mi princesa de cuento, mi adolescente rebelde. La que todavía no sabe lo que la palabra Amor encierra, ni sabe del sufrimiento de quién lo padece, ni sabe de las palabras que duelen al decirlas, porque no las escucharán los oídos adecuados, ni sabe de la boca que esperó un beso, que fue entregado a otra boca equivocada, cerrando los ojos para, en la mente, ver otra imagén y sentir otra boca. Te harás mayor, te irás, te derrumbarás porque no te quisieron. Recordarás a tu padre llorando, como ahora, intentando contarte cómo me derrumbé yo y cómo me levanté. Me recordarás triste, sentado en un banco, mirando tus juegos, sonriendo, solo porque a tí te tenía. Triste la vida que me tocó vivir, cariño mío, mi razón y mi fuerza, has hecho del camino una senda llevadera, pero mis pies ya no quieren continuar la senda, necesitan volver sobre mis pasos, recuperar lo que dejé debajo de un árbol perdido en el sendero. Tal vez jamás me entiendas, tal vez me ignores, te cierres en tu juicio, que es tuyo y es legal, pero, cuando eso pase, recuerda los besos que das ahora, los que deseas, y por un momento, piensa en todos los que yo no tuve y deseé, solo para que tú fueras feliz. Me tomo el derecho, el poco que me queda, para ser feliz con ella, para poder sonreír sin remordimientos y besar sin cerrar los ojos, me tomo el derecho de intentar ser feliz, a una edad en que la vida comienza a entregarme el tiempo justo para despedirme. Quiero morir junto a ella. No pido mucho, lo justo, un tiempo para entregarle en paz conmigo mismo, la paz que no he podido entregarle en años, porque tú fuiste siempre más importante, y aún lo eres, y lo serás siempre; pero el egoismo me hace querer reclamar una porción de risas y de calma. Y creo, mi princesa, que debes de ser justa y dejar que lo viva...
Siempre estaré contigo, igual que cuando te contaba cuentos, te llevaba al médico, te secaba el llanto y te hacía cosquillas. Estaré siempre que tu boca diga mi nombre, siempre que tu mente me recuerda y tú desees mi presencia. Estaré yo... y estará ella. Y estarás tú, porque siempre estuviste, y fuiste aceptada, y fuiste preocupación de ella también, y fuiste la razón por la que ella renunció a ser feliz, a dormir a mi lado y a vivir junto a mí... Perdona el dolor que te he infligido, el que no podré expíar nunca... permíteme ser feliz,
por esos años, los que te entregué hasta hacerte mujer y hacerte hermosa... Escoge siempre con libertad, lucha por lo que deseas, enamórate de quien te haga soñar con estrellas, y, si alguna vez lo pierdes, vuelve a desandar el camino hasta encontrar el árbol en el que se quedó esperándote....

13 abr. 2013

PARA UNOS LABIOS...

Dibujame en un beso que me anule,
que me deje sin vida y sin historia,
que me cierre los ojos para siempre,
que me entregue la luz de estrellas rotas,
nublame la mirada con un beso,
y deja que persiga tu memoria.
¡Dejame morir entre tus labios!.
¡Déjame eternamente entre tu cuerpo!.
¡Déjame recorrer tu piel amada!.
¡Déjame tatuarme en tu recuerdo!.
Dibujame un beso, muerde el labio
que te entrega la vida, quedáte dentro
de mi boca, entre mi lengua, cincelando
cada mordisco, cada caricia..
Déjame ser saliva.
Mójame de tus ansias de deseo.
Rómpeme entre tus brazos, hazme trozos.
Mírame mientras me fundes con el cielo...

Dibujame en un beso eterno y largo,
que me haga entender que Dios existe,
dame la plenitud entre tus brazos,
y te daré la  gloria que pediste.-

¿SALIMOS DE CAZA?... (conversaciones en la sobremesa).

Charlaba yo, al mediodía, por ese invento nombrado y renombrado hasta la saciedad, como es el whatsapp, en una de esas charlas que te hacen reír a carcajadas, porque, aunque no sea de viva voz, lo que tienen éstas conversaciones es que te vas pisando, no das tiempo, a no ser que, como me ha pasado a mí, la persona al otro lado tenga también velocidad digital y la conversación fluya ràpida y divertida. Hoy tocó hablar de las riñas de enamorados, esas que, todo bien, todo en orden, de repente, por un "no me has dicho..." se tiñen de nubarrones, hablábamos de las primeras riñas, da igual la edad que se tenga, cuando se comienza una relación, podemos ser treinteañeros, cuarentones o cincuentones, pero actuamos como adolescentes, no se sabe bien el motivo, pero así es. Y sino pensemos en alguien con una edad prudencial que se haya enamorado, intentemos recordar las conversaciones, lo que se nos contaba, lo que se nos decía, y nos daremos cuenta de que, por mucho trigo nunca es mal año, de la misma forma hemos actuado todos cuando hemos tenido quince o veinte años. Las primeras riñas de enamorados, ahora, con la distancia de los años, intentando recopilar las que ha habido, (misión imposible porque son infinitas o siendo finitas son abultadas) pensaba yo que, en realidad, todas y cada una de ellas vienen originadas porque somos distintos, totalmente, porque pedimos lo que no se posee, porque queremos que piensen por nosotras, porque necesitamos lo que a ellos no les hace falta, y por consiguiente no ven necesario darlo. Esto es muy básico, muy fácil de entender, el problema salta cuando no lo entendemos porque nos negamos a aceptar la diferencia. Se nos olvida que, enfrente, tenemos a una persona con sus días malos, sus despistes, sus problemas, e intentamos que se centre, absoluta y totalmente en nosotras, y viceversa, de ahí que, cuando una dice una frase, de esas que nos brotan de vez en cuando, carentes de toda necesidad, de todo sentido y de toda lógica, esperemos que se nos responda tal y como hemos visualizado en nuestra mente que se hará, y si no se hace "la liamos parda", porque entendemos que no se nos tiene en cuenta, que se nos ignora, que se nos trata con indiferencia y, por mucho que el sufridor contrincante nos quiera hacer entender que, no tiene nada que ver el tocino con la velocidad, nosotras, como martillos, seguimos golpeándo, palabras dichas al aire, para ver si las captan, seguimos con un rosario de quejas que, si las miramos desde fuera, verdaderamente nos hacen ser muy ridículas. Digo todo esto en femenino porque, mayoritariamente, somos nosotras quiénes más exigimos, quiénes queremos que se nos quiera como nosotras queremos, quiénes no entendemos que se pueda querer de otra manera. No entendemos la parquedad en palabras, eso de "¿Me quieres?" tiene que tener un aluvión de adjetivos, de lindezas y gentilezas, porque, lamentablemente "Si" es un monosílabo aburrido, pequeño y demasiado fácil de decir, y cuando se ha dicho en seco, sin añadir nada más, comenzamos a pensar que nos faltan aumentativos, que nos faltan detalles y que nos faltan matices. Con los años, en todas las relaciones, sean cómo sean, sean cuáles sean, y sean a la edad que sean, se aprende que, cuando algo está estable, cuando algo ya está consolidado, a la dichosa pregunta, basta con la dichosa respuesta, no hay más. Para el sexo masculino "Sí" es exactamente eso, no necesitan matices, ni hacer acopio de descripciones multiples ni de adjetivos varios. Todo es tan sencillo como eso.
También es verdad que, cuando ellos están en pleno trabajo conquistador, desarrollan, no se sabe bien el motivo, una capacidad increíble para ofrecerte el mundo en una frase, y lo hacen realmente bien, tanto que nos llegamos a creer que siempre será así, que todo será así, y que eso de "Te quiero hasta el infinito y más allá" se va a estar repitiendo eternamente. Pero no. Ellos cazan, recogen la presa y se la comen, no necesitan seguir adobandola, no necesitan condimentarla más, la han estado condimentando mientras la perseguían, por lo que, una vez en las fauces, solo queda comer y tragar, tragan ellos y tragamos nosotras. Ellos siguen con su rutina, hicieron su trabajo y esperan que su presa sea digerida de la mejor manera. No cuentan con la rebelión posterior, no cuentan con que la presa adora la forma en que fue cazada, no cuentan con que, echa

de menos la carrera hasta conseguirla y por supuesto, no cuentan con el rosario de quejas que se desata cuando, la dichosa presa, no obtiene lo que desea.
¡Ay, las difíciles relaciones!, ¡las bonitas relaciones!, esas que, una vez establecidas, cuando menos lo esperas, te sorprenden con una carrera como las del comienzo del ritual de caza, y entonces es cuando comprendes que, el depredador simplemente caza cuando lo necesita, no cuando la presa le mueve las caderas y le provoca. Y sabiendo todo esto, siendo conscientes de ello, es cierto que, la presa es cazada porque se deja, que conocemos perfectamente el poder que tenemos para esquivar, engañar y manipular al cazador. Les hacemos pensar que fueron ellos quienes cazaron, les dejamos que se lo crean, ocultamos que, fuimos nosotras, ¡pobres piezas de caza! las que, con nuestro caminar lento, nuestros gestos y nuestras tácticas, les llevamos al punto exacto en el que queríamos caer en sus fauces...
Tarde de charla con risas, tarde de recordar, por ambas partes, riñas novatas, aquellas que se quedaron atrás, las que ya se recuerdan. Tarde de confirmar que, sea como sea, nosotras somos las que realmente cazamos, las que realmente manejamos los aperos de la guerra, las que realmente dejamos miguitas de pan para que nos encuentren... Las que seguimos con los rosarios de quejas, y conseguimos que, en un momento dado, la lucecita se prenda y ellos también recuerden lo bonito que era, en plena sabána, perseguir a una tierna pieza y devorarla lentamente...

LIBERTAD DE EXPRESIÓN ¿ESO QUÉ ES?...

La libertad de expresión es eso que, sin darnos cuenta, porque hemos crecido con ella, usamos para expresar (como su nombre indica) opiniones, para comentar hasta el estado del tiempo, para acordarnos de algún sinsabor y ponerle adjetivo, y para, llegado el caso, decidir que vamos a contar lo que es nuestro. No somos conscientes muchas veces, de que libertad de expresión tenemos todos. Esto es: cuando alguién se ofende por una crítica nuestra, por un comentario, por un análisis, o por una opinión, decidimos que no queremos que así sea, con lo cual vulneramos la libertad de expresión ajena catalogándola de hipócrita, enmascarada, solapada, reservada y lo último, pero muy recurrido, insultando, y además, culpando a otros, terceros, sin que estén en batalla de que todo lo que decimos es cierto, porque quien ha osado ejercer su derecho de opinar o de actuar lo ha hecho de mala fe. Y nos quedamos tan anchos. Y somos tan poseedores de la razón universal que no pensamos en nada más. Somos incapaces de enjuiciarnos a nosotros mismos, de pensar con un poco de objetividad, que, desde luego, es la mejor forma de pensar. Solemos poner puertas al campo, vallas a los sembrados y cadenas a los caminos. Y todo, porque alguién ha decidido hacer uso de su derecho a expresarse libremente, a decidir libremente, a no insultar, a no injuriar y solamente comentar o realizar un acto en libertad personal.... ¿Os acordáis de aquella entrada mía en la que hablaba de las decisiones personales?... aquella en la que hablaba de que, para bien o para mal, cuando se toma una decisión hay que respetarla, es una decisión personal, y todos, absolutamente todos, tenemos una razón para tomarla, para escoger entre varias y decidirnos por una, la que más se amolde a nuestras ideas, a nuestros sentimientos, a nuestro estado de ánimo, pero sobre todo, la que sea más honesta con lo que pensamos.
Hasta no hace mucho, yo, cuando me ponía a escribir (y esto ya es a título personal) pensaba en lo que debía o podía contar, me basaba en la intimidad, en el buen juicio, en historias pasadas pasadas quedan, en principios claros, nítidos y delineados... ¡Ya no!... Ahora creo que, cogiéndome a la libertad de expresión que me otorga mi país, mi constitución y mis principios, puedo contar una historia siempre que no falte a la verdad, siempre que sea contada con conocimiento de causa, siempre que yo haya sido la protagonista, con lo cuál pasa a ser "mi" historia, y como tal puedo narrarla y exponerla al público si ese es mi deseo, aunque ese deseo choque con otras opiniones, cada cuál defiende la suya, cuenta su historia y es libre de callarla si así lo desea. Afortunadamente vivimos en un país libre (hasta ahora) para poder hacer uso de la palabra, para poder defendernos, para poder exponer ideas, para poder denunciar ilegalidades varias, para poder, en definitiva, expresarnos libremente. Y, por desgracia, en éste país que nos ofrece todo eso, seguimos contando con quienes no aceptan tal derecho, con los que se sienten poseedores de la verdad absoluta, los que no admiten un comentario, los que no aceptan una opinión, y los que no respetan al ajeno, suele pasar que, en estos casos últimos, hay quién recuerda demasiado un pasado en el que "las fuerzas vivas del pueblo" (cura, alcalde, maestro, médico, boticario y la señora viuda de...) organizaban y estructuraban el día a día de los moradores de la villa. Se olvidan de que, por suerte, aquellos tiempos pasaron, de que ahora, es igual de legítima la opinión de un albañil, de una empleada de hogar, de una trabajadora agrícola, como la de un boticario, un maestro, un cura, un alcalde o un médico, porque todos son votos, y a la hora de manifestarse contra las injusticias, el pueblo que sufre lo hace más y mejor, quizás su libertad de expresión esté mermada en palabras, en frases o en oratoria dignas de un público entendido, pero, desde luego, lo que no les pueden negar es que libertad tienen, expresión también y opinión por supuesto.
Un profesor mío (hago algo de broma) decía que, desde que el hijo de un vaquero había llegado a la Moncloa, aquí opinaba ya "tó Dios", pues sí señor profe, porque, hasta dónde yo sé, el señor hijo del vaquero nació igual que el hijo de un senador, su madre sufrió los mismos dolores y fue amamantado de igual manera. Porque iguales somos todos, derechos tenemos todos y opiniones también. Y comentarios, pidiendo algo que es justo, que es de Ley, y que entra dentro de lo razonable, también podemos hacerlos todos, nos llamemos como nos llamemos o estemos rodeados de gente de pueblo o de gente "chic", que no sé bien hasta dónde abarca el término.
Afortunadamente, en ocasiones, en este país, todos podemos dar nuestra versión, exponer nuestras ideas y hacerlo con grandilocuencia o con sencillez... y en ocasiones, todos somos inocentes hasta que no se demuestre lo contrario, y en ocasiones se nos olvida que, el mayor derecho y el mayor deber que tenemos es ser respetados y respetar... y eso, por mucha libertad de expresión que tengamos, sólo se aprende desde dentro, desde las entrañas y desde la convivencia, y además, cuando no queda otra, con el paso de los años, con el llanto vertido, con los golpes recibidos y con las palabras que pretendieron hundirnos... Pero como digo, yo me siento muy dichosa de vivir en un país, donde, gracias a una Constitución, yo tengo el mismo derecho a expresarme que las fuerzas vivas de mi pueblo, se diga lo que se diga y se escriba lo que se escriba....

12 abr. 2013

VA POR ELLOS... (a la buena gente).

Tengo una cuenta pendiente, un agradecimiento a la gente que, estos días nos hemos encontrado. Prometí a José Luis que escribiría sobre él, sobre su gesto generoso, y así lo hago. Cuando llegas a un lugar piensas que todo el mundo, en todos los lugares, es igual. No. Yo he viajado poco, pero he vivido mucho. He viajado al norte, al centro, al este y al oeste. Soy andaluza. Pero desde luego que, como la gente que nos hemos encontrado en Cádiz no me había tropezado nunca. Comenzamos con José Luis, un gaditano de raza que, viéndonos un poco perdidos se subió al coche, nos indicó el lugar exacto al que teniamos que ir. Nos acompañó, nos hizó reír, nos deleitó con su vocablo especial, ese de "cuxha pisha" y me hizo comprender porque Cádiz emana arte por cada poro. Yo que soy de la tierra de la malafollá, que nuestro acento es seco, que tenemos respuestas cortantes y chocantes. Que somos serios, Granada en sí misma. Entiendo porqué la fama gaditana, porque después de José Luis vinieron muchos otros, incluido ese camarero que, chiste espontáneo en ristre, nos narraba las manifestaciones frente al Ayuntamiento, las dos señoras que en el Barrio de la Viña nos preguntaban si estabamos perdidos con ese tono familiar y entrañable, con sus carritos de la compra y sus bromas, ya mayores, pero guapas andaluzas. Al señor que en Jerez, cuando todo se nos antojaba un laberinto, nos dijo "Seguidme" y nos guió hasta el punto exacto de salida. A la camarera del bar cerca de la Plaza de Mina, que nos contaba cómo sufrían los clientes por el Málaga, con la que bromeé, granaina y gaditana, sabiendo de los giros, de los tonos y los "dejes" propios. Aires complementarios, riéndonos ella y yo con las mismas bromas, carácter abierto, andaluzas lozanas en el final de los cuarenta, sabiendo de crisis, contándolas con gracia, aunque sufriendo por el hombre que, tumbado en un banco, tapado como podía, se disponía a pasar una noche húmeda. Cádiz azotada más que ninguna por el paro, astilleros inertes, pescadores mirando al mar, sin un barco en el que embarcar, tabacalera hundida en miseria increíble. Y sus gentes, las que se ponen a cantarte un fandango, las que te preguntan de dónde eres, y te confiesan que no han visto Granada, que Jaén es más pequeña que su Cádiz del alma, las personas que te invitan a visitarlas otra vez.
A la buena gente del sur, del mar, del viento, hijos de Hércules, hijos valerosos que lucharon por un país libre, que acogieron, que bramaron, que derramaron su sangre por su patria, la que ahora les ha dejado solos y parados, alejados de la gloria pasada, de sus barcos colmados de riqueza, de sus cantes. Cádiz que no para de sonreír, entre olor a sal y a pescaíto frito. Bares marginales, gente marginada y marginal, desestructurada pero afable. Gaditanos de bien y de pro, encargados de acoger leyes para hacer a un pueblo justicia, para hacer a los españoles iguales ante la ley.
Mi recuerdo hoy para ellos, para los que me sonrieron mientras me ponían un helado, un café, con los que bromeé sobre mil cosas, con los que compartí solo horas, pero que me enseñaron que, en Andalucía, ni siquiera en la misma región, todos somos iguales... Ellos son distintos, ellos son especiales, únicos y valiosos... Porque el día que Cádiz pierda su sonrisa, su bondad, su gallardía y su valentía, Andalucía habrá muerto....


UNA RESPUESTA INESPERADA...(pequeño relato).

Releyó despacio el correo impreso en la pantalla del ordenador, sus letras azules, sus perfectas frases, su sentido y su contenido. Sonreía sin saberlo. Nadie le había escrito una declaración de amor tan bonita, tan inesperada, tan serena, tan llena de sentimientos y tan a destiempo... Todo ya a destiempo, cuando pasa el viento y arrastra las hojas, y el sol se esconde tras montañas doradas. A destiempo como su edad y su cuerpo, ya solo pensando en cómo no morir, en cómo sobrevivir en un asfalto lleno de miserias humanas, físicas y emocionales. A destiempo porque ahora, lo que le urgía, era vivir y no morir en el intento. Pero releía aquel correo una y otra vez, y al hacerlo se le iba encogiendo, poco a poco, el corazón. Se le quedaba cada palabra grabada a fuego en la mente, en los ojos y en el alma. Se sentí plena, con ganas de llorar y de reír a un mismo tiempo. Pero sabía que ya no era el momento, que su momento había pasado. Se había quedado sumergido en noches en blanco, deseos agotados de desear, miradas perdidas en un punto infinito del horizonte. Y pulsó la opción de responder, suave, como si le tocara a él, como si fuera su mano la que apretara un poco más para llamar su atención sobre lo que quería decirle. Tenía que responderle, decirle que su cuerpo y su mente ya estaban agotadas, que el camino había sido largo, que pensó mil veces en huir pero no supo adónde, que no tenía fuerzas ya para luchar y que las pocas que tenía las necesitaba para respirar. Estaba cansada. Se le cayeron de golpe, encima, los cincuenta años, los días vividos, los tiempos perdidos y los muros escalados. Se le había desmoronado sobre su frágil cuerpo la madurez, la seguridad, la certeza y las verdades absolutas que había almacenado durante años. No podía vivir nada de lo que él, en un texto lleno de esa ternura olvidada, rescatada de un baúl oscuro y abandonado, le ofrecía. No podía ser porque no debía de ser. Enlazó sus dedos, unos con otros, volviendo las manos, como si en el gesto se preparara a morir lentamente entre la indiferencia diaria y los diarios vaivenes del mundo que la atosigaba. Y comenzó aquella respuesta, aquellas palabras que irían cargadas de lógica y razones para dejar de ser, dejar de pensar, dejar de vivir y dejar de amar:
"Yo también te quiero".

No supo decir más. Sus dedos habían decidido por ella, habían pensado por ella, habían hablado lo que el corazón, haciendo un acopio de locura y de demencia, había decidido hacer, sentir y crear. Crear un mundo, deshacer otros, desandar un camino, encontrar la bifurcación exacta para llegar al País de las Maravillas, un conejo que la guiára y la llevara hasta el lugar exacto de su partida...
"Enviar"... "Enviado"... Decidido y aceptado... Cincuenta años, después de todo, es solo una cifra, una edad del cuerpo, la que te recuerda un calendario y un carnet, pero en ninguno de los dos sitios se dice que sea una edad impropia e indebida para dar alas a un corazón deseoso de entregarse....

11 abr. 2013

MENSAJE EN UNA BOTELLA... A PETICIÓN DE ENCARNI FERNANDEZ PARA SU BLOG BRISA DE VENUS.

Paseaba por la playa, despacio, mirando como los azules del mar y el cielo se fundían en una línea indefinida, tranquila, infinita... Llevaba una botella azul, de cristal, había contenido agua y él le preguntó si pensaba llevársela: "Sí, desde luego que sí". Se sentó en el muro, entre la puerta de La Caleta y el Castillo de Santa Catalina... Apenas una niña, hecha ya mujer en unas horas. Se volvía a su mundo, a su rutina, acompañada por el que ya era su marido, para siempre, según la Santa Madre Iglesia, según la ley de Dios. Escudriñó a lo lejos, tenía un pequeño bloc de notas, siempre iba con ella. Arrancó una y le miró a él, lejos, mirando como algunos pescadores colocaban sus cañas... Deseaba volver, allí mismo, a aquella puesta de sol de primavera. Volver un día, lejano, cuando ya no fuera tan niña y fuera más mujer. Cuando los tiempos hubieran marcado sus horas y las arrugas su piel, y sentir lo mismo, la misma extraña sensación de la primera vez, de los besos novatos y las caricias llenas de premura. Y comenzó a emborronar aquella hoja en blanco, aquella vida por escribir, llenándola de deseos, de sentimientos, de lágrimas de felicidad y de anhelos: "...quiero volver...quiero ver el Falla, y pasear por la Victoria...quiero perderme en la Viña, saber que la cúpula de la catedral seguirá brillando al atardecer...quiero sentir que el vello se me eriza cuando me besa...quiero mirarle y saber que la ley de Dios sigue intacta... quiero pasear de su mano y sentirme tan segura como ahora.... ¡quiero ser igual de feliz que lo soy ahora!... quiero recuperar este mensaje dentro de muchos años... quiero ser brisa y ser bruma, y ser gaviota y ser barca... un castillo de arena y el son de una habanera en la Plaza de Mina... quiero ser luz gaditana, viento del Atlántico, música de Falla y el eco del sonido del bombo de Paco Alba... ¡y quiero vivir bravura de un mar valiente y fuerte!"... Una niña que guardó aquel mensaje en aquella botella, con algunas gotas de agua dentro, y la lanzó en la playa de la Caleta, y se volvió para mirarle: seguía observando a los pescadores, pero hubo un segundo, un leve instante, esos pequeños espacios incalificables en que él se volvió, le sonrió y agitó su mano.... Ella le devolvió el saludo sonriendo, aunque él no podía ver su sonrisa; miró al mar y apretó la botella con su mano joven, tersa, limpia y fuerte... Y solo bastó un vaivén, lento, enérgico, la vió voltear en el aire, dar pequeñas vueltas retando a la gravedad para caer, entre espuma, y quedarse flotando, a muchos metros... Le parecía imposible que hubiera cogído aquella distancia. Solo veía su cuello azul, una mota marino entre azules varios e inmensos, brillando cuando el sol, risueño, colocaba uno de sus rayos sobre ella. Allá iba su botella, su mensaje, sus deseos... Allá iba la felicidad de su niñez perdida y su madurez recién adquirida. Se iba mar adentro su virginidad, sus besos, sus ansias, sus reparos y sus miedos... Y algún día, sonrió, algún día el mar se los devolvería, porque las olas, aquellas que le cantaban una canción eterna, se lo estaban prometiendo en una cadena de inconexas palabras marinas...

Dibujó unas letras con el palito del helado, volvió a levantar la vista, un grupo de jóvenes invadía acústicamente el espacio, se dejaba mecer por los sones de tambores, les miró y les sonrió, jóvenes todos, la playa eterna, el agua inmortal bañándole los pies, las sandalias un poco más atrás, debajo de la escalera de hierro, olvidadas, dejando sus pies descalzos a la libertad de la arena. Fría el agua atlántica, cruel el viento que le azotaba el rostro y deshacía el peinado... Él al fondo, hablanco con aquellos hombres curtidos, embravecidos como las aguas que les mecieron en barcos ajenos, ganándose el pan con los callos de sus manos, las fuerzas de sus brazos y su capacidad para luchar. Sonrió. Como veinticinco años antes... Cuando él le propuso volver a Cádiz se enfadó un poco, se desilusionó... Hubiera preferido otro destino, más moderno, más lejano... Ahora se lo podían permitir. Pero él quería volver. Y ella sabía que para él era importante... Se preguntó en dónde estaría su botella. Aquella que había olvidado durante veinticinco años, pero que ahora, frente al mar, en el mismo sitio, justo allí, desde el que fue lanzada, le venía a la memoria... Habían pasado veinticinco años, había vuelto, había cumplido aquellos sueños, o no, quizás no todos, pero sí los básicos... Él seguía en su vida, tranquilo, regalándole amaneceres serenos, sin grandes retos, sin grandes estrepitos, soportando su malhumor, su genio y sus días malos... Su botella azul, con su mensaje dentro. Lejos, perdida en aquella masa de agua sin fin... Cerró los ojos, se dejó invadir por los sones de los tambores, escuchó a las gaviotas y a las olas, todo unido en una sinfonía eterna de Carnaval y duende.... No supo cómo, pero de repente, sintió el tacto frío en sus pies, tacto de cristal. Tuvo miedo. Todos tenemos miedo a lo que no podemos entender, ni controlar, a lo desconocido, al pasado y al futuro... Uno de sus dedos rozó aquel objeto, aún sin mirar, todavía con los ojos cerrados y la mente intentando controlar las emociones... Era su botella... Ahora sí, sonrió, la negrura del espíritu, los ojos cerrados, la mueca de sus labios, tranquila, estaba allí, había vuelto... Habían vuelto las dos... Bajó la vista, le miró a él, lejos, como aquel día... Recogió el pequeño objeto, azul, cristal sucio, mojado, con un papel dentro, sabía lo que estaba escrito... Y sintió las lágrimas corriéndole despacio, saladas como el agua del mar... Había vuelto, porque ella así lo pidió entonces. Estuvo a punto de no hacerlo, olvidó aquellas palabras, pero, como siempre, el destino decide, él pone los tiempos, las normas y las formas. Leyó una a una aquellas letras escritas veinticinco años antes, por aquella niña que, dentro de ella, corría por una playa y gritaba "¡No me cojerás!" al chico que ahora miraba a los pescadores... Se cruzaron aquellas miradas, aquellas sonrisas. Él reparó en la botella, la volvió a mirar, gesto incierto e inseguro... Ella agitó la hoja de papel en el aire, dio unos saltitos sobre la arena... Había retrocedido en el tiempo, viajado al pasado y descubierto que, su destino había estado unido a una cúpula dorada, a una cúpula oval, a un mar embravecido y a unas gaviotas lastimeras... Releyó emocionada. Él comenzó a acercarse cuando, ella, lentamente, comenzó a romper aquel mensaje, aquella hoja que, fiel a su cita, había regresado... Había cumplido, le había recordado que, un tiempo antes, unos años antes, ella deseó volver.... Y había vuelto. Ya no tenía sentido seguir en el mar, ya había terminado su cometido, le tocaba ser aire y ser bruma... Él llegó a su altura, ella le abrió la mano, colocó aquellos trozos sobre su palma y la cerró. Le miró despacio, tranquila, con el rostro lleno de arrugas y de vida, con la misma sonrisa de la niña que se estaba yendo, playa arriba... Le besó suave, ¡tanto recorrido!... "La botella quería que volviera, y he vuelto, ya podemos irnos"...

8 abr. 2013

CUANDO LOS HIJOS SE VAN...(para Martín).

Se queda una como si los oídos no le funcionarán. Ha arrastrado la maletita, ha cerrado la puerta, te ha dado dos besos y se ha despedido hasta la próxima semana, mejor dicho, el fin de semana. Ese es el momento exacto en que tú, con mucho miedo, decides entrar en sus dominios. Miedo al caos, a la sorpresa de no saber bien en dónde estás, aunque sabes que estás en tus feudos, que todo el espacio caminado es tuyo, que él (o ella) está de paso, de prestado, que un día se irá y te dejará, todo ese mundo, que ahora comparte contigo de vez en cuando, para tí sola, o para los dos, también para el señor que comparte tu cama y comparte sus gastos. Y ahí comienza la taquicardía. Has abierto la caja de Pandora, has entrado en el lugar sin nombre, aunque tú lo denominas "su dormitorio", espeluznante lugar. Dijiste que no hiciera la cama, había que cambiar sábanas. Daba igual, porque la cama, la que tiene que ser cambiada, la reconoces por algunos andrajosos trapos que, sospechas, son las subsodichas sábanas a cambiar, mezcladas con una manta estupenda de pelo y un edredón que te costó carísimo. Ni rastro de un orden mínimo, libros encima del catre, unas zapatillas...bueno, una zapatilla, la que completa el par anda desaparecida en combate. Ropas varias en la silla, en el suelo, encima de la mesita...tu moral se hunde por momentos. Arrastras los pies, recuperas una bayeta y el Pronto (¡qué haríamos nosotras sin el Pronto!), y con mucha paciencia, intentando controlar el malhumor mezclado con el cansancio, vuelves a atravesar la frontera de la organización, para invadir la República Independiente del dormitorio filial.... Te evitas ponerte a pensar en qué momento, tu hijo (o hija), decidió que se vive mejor en la anarquía total, entre el desorden más lacerante que pueda existir... Y para pasar el berrinche pones música, a la vez que canturreas, intentando perdonarle la vida, vas quitándo sábanas, recuperándolas entre el amasijo de tejidos varios. Limpias a fondo, quitas colecciones varias, desde botas en miniatura de fútbol, hasta botellas originales y únicas, que al buen chico le ha dado por coleccionar...pero en tu casa, no en la que habita ahora él de forma más permanente. Pasas la bayeta, te preguntas, por quinta vez consecutiva, cómo puede ser tan indiferente a las pelusas. Dejas las estanterias como los chorros del oro, un arca lateral brillante y suave, con olor a limpieza. Has hecho la cama de forma primorosa. Descubriste la zapatilla perdida entre el escritorio y el armario, amén de otro par de zapatillas (o zapatones más bien) que parecían estar escondiéndose de tus malos humos. Te vuelves a preguntar cómo, esa criatura pequeña que salió de tu vientre
pequeño, ha podido llegar a calzar un cuarenta y cinco sin pedirte permiso. Alzas las cejas, resoplas, sigues con el Pronto en la mano. Ordenas milimétricamente unos dvd que andaban despistados por otras estanterias. Recoges la gran alfombra, la sacudes. Has barrido, has pasado la mopa, has limpiado huellas con amoníaco de puertas y de armarios. Colocado la ropa. Alineado libros y apuntes.... Y has llegado a la puerta. Sonríes. Miras al interior de lo que, hace menos de una hora, era el Paraíso de Hades... Y recuerdas... Todas las madres recordamos. Recuerdas el beso que te dió al salir, los muchos que te ha dado a lo largo de su vida. Acaricias una orla. Miras una foto en la que aparece contigo, abrazándote... Te emocionas. Tu hijo (o hija) es el caos personificado. Cuando entra en casa, después de una semana de Facultad y de estudio todo se llena de vida, de vida distinta, conversaciones adultas, algún enfado, risas muchas. Besos cogiéndote por detrás... Y cierras la caja de Pandora... Piensas en que, lo que más deseas es que esté bien. Es un desastre, pero es TU desastre.

Los hijos, esos que se van, que te dejan una habitación vacía y ordenada durante una semana. Los que vuelven contándote lo difícil que es sobrevivir en una jungla de asfalto, partiéndose el pecho para soñar a diario. Los hijos que parimos, los que acunamos, los que ahora besan otros labios y abrazan otro cuerpo. A los que hemos hecho mayores, por los que perdemos el sueño y la vida. Los que nos hacen llorar cuando algo les va mal y cuando algo les va bien. Hombres y mujeres ya. Recordándonos que todo ese tiempo también pasó para nosotros. Que las zapatillas del cuarenta y cinco son la prueba de que lo hicimos bien y están sanos... Y recoges el Pronto,  sonríes por el pasillo, pones la lavadora con las sábanas y ropa del desastre bélico en que, tu hijo, el pequeño que te daba malas noches, convierte cada fin de semana y que lleva a cabo en su habitación. La misma que guarda sus libros de "Manolito gafotas" y sus antiguos video-juegos...

Hoy me tocó limpieza en el dormitorio de mi hijo mayor. Él se ha ido. Ésta noche entré dos veces a mirar su dormitorio, porque, hay momentos en que me gusta saber que todo lo que posee está en ese lugar. Por las fotos, por las colecciones, los libros, los apuntes olvidados, las zapatillas, la ropa sin recoger... Hoy él se fue, por una semana, para aprender a vivir solo, ya sabe, lo sabe bien, y sabe que, los fines de semana, cuando vuelve, tiene una bula especial de su madre, que es tán exigente que tiene que ser ella la que deje todo en orden, porque ella lo hace mejor que nadie... Buenas noches, a todas las madres que, esta noche habrán despedido a sus hijos durante una semana, habrán ordenado una habitación y esperarán al domingo próximo para volver a tener taquicardías, para volver a coger el Pronto y para extrañas al niño (o niña) que les enseñó el poder del Amor Materno....

7 abr. 2013

BORRARTE PARA SIEMPRE...(poesía).

Dejar en blanco los huecos de mi alma,
perder la memoria y volverme aire,
enturbiar mi mirada y ser la sombra
de unos versos dormidos en mi tarde,
tarde gris, tarde incompleta,
llena de sombras, de la nada, de fugaces
pensamientos, que se enclaustran,
que se enjaulan en mis venas y en mi sangre.
Borrar la tibia esperanza que tenía,
la que me hacía fuerte y me hacía grande,
la esperanza perdida, perdido el mundo,
perdí la partida... me dejé vencer por Nadie.
Olvidar la levedad de un sueño roto,
que no pesa, que no fluye, que no cabe
en un alma que llora soledades.

Marché y volví a tus noches de agonía,
recorrí tus palabras pronunciadas,
dardos benditos que me bendecían,
que luego se hicieron fuego fatuo,
fe que se desmorona.
Viví tu quietud y tu melancolía,
acuné tus dudas y tus miedos,
hice grandes tus símbolos amantes,
grabé tu nombre en mi piel a fuego.
Y como el fuego me quemó,
dejó cenizas,
cenizas negras de largas noches muertas.
Y he borrado ya todo lo maldito,
y he buscado un sendero entre mis penas.
Borré tu cruz y tu pecado, y los míos,
locos ajenos que me torturaban.
Renací y me hice eterna para siempre,
ajados mis sentidos que vagaban
por mares de tristeza y de agonía,
la misma que destuyó mi quimera.
Quimérico amor no consumado,
quimérica quietud hecha quimera.
Odié como nunca supe odiar,
maldecí tu amor envenenado,
y busqué el antídoto en mi frente,
y he sobrevivido a mi pecado.
Borré la luz maldita de tu sol,
y conseguí mi luna para siempre.-

6 abr. 2013

RELATO DE UN OLVIDO IMPERDONABLE...

No podía creerse, todavía, que aquello le hubiera pasado a él, tan perfecto, tan precavido, siempre alertando y alerta. Nunca guardando nada, siempre borrando pistas y borrando huellas. Había vuelto cansado de aquel viaje castellano tan aburrido, tan monótono, tan alejado de ella, escondiéndose en el baño para enviar un sms rápido, para dar un toque, para que ella comprobara que todo estaba bien. Había conducido agotado de escuchar una conversación absurda, de gestos absurdos y palabras sin ningún aliciente para sus oídos. Sus sentidos puestos en la carretera, faros de frente, coches cruzándose, haciéndole saber que fuera de aquel coche había vida. Contento cuando recordaba. Todo estaba decidido. En un mes todo solucionado. Se iba. Ella también. Se iban juntos. Habían sido ya demasiados días alejados, habían sido años de disimulos, de risas forzadas, de apretar los puños y los dientes y morirse de celos, sabiendo que no era lo que tenía que ser. Ya no podía más. El mes de marzo, la primavera, les había regalado la capacidad de decir "Ahora o nunca". Y lo habían dicho. En voz baja, uno en el oído del otro. Él preguntó "¿Cómo ves que sea ya?" y ella respiró, la escuchó detrás del pequeño móvil negro. Escuchó su silencio y sus dudas, aunque no las dijera; sintió miedo. Era ella siempre quien retrocedía. Quien se negaba a dar una oportunidad a la locura. Hacía treinta años había pasado igual, "¡Vámonos!", unos niños, y las dudas de ella. No era el momento y ya jamás lo fue. Había conducido soñando con ella, despierto, alerta a la carretera pero con la imagen sonriente de Lola. Era esa sonrisa la que manejaba sus manos sobre el volante. Ella que le tachaba de tío duro, de frialdad, de pragmático. Carente de emociones, de sensaciones, de sentimientos...¡que equivocada estaba!. Él, simplemente, había intentado sobrevivir, y los dos lo habían hecho de forma distinta. Ella con su corazón sensible, pendiente de que nada escapara a su control pero aferrándose a los empujes que él le enviaba. Él sereno, tranquilo, sin demostrar ni con un gesto de mandíbula todo lo que sentía, todo lo que pasaba, todo lo que sufría. Viviendo una vida que jamás debió de ser vivida. Que no era la suya, la suya era Lola, siempre fue Lola, desde los deiciséis, desde unas carreras por una escalera, desde una presentación nefasta por parte de una amiga en común.

Había conducido demasiado. Parado en estaciones de servicio, enviado más sms, ya más relajado, se iba olvidando de aquel fin de semana que dejaba atrás en la carretera que anochecía. En un mes se iba. Solo treinta días, nada más, tanto esperado que ya aquel tiempo no tenía valor, ni fuerza, ni ganas para ganarle la partida. "Enviar y borrar", mil veces recordándole a ella aquel consejo, "Mensaje enviado, mensaje borrado", prevenido contra cualquier palabra indirecta que él pudiera entender como directa. Huyendo de miradas que auscultan hasta la última de las células de un cerebro, intentando leerle el pensamiento, un pensamiento que no era de ella, de la que miraba, la que escudriñaba, la que analizaba hasta su respiración... Había llegado a casa, todo bien, todo tranquilo, remoloneando en el parking, dando tiempo a estar solo, a poder decirle que estaba bien, que estaba en casa y que estaba cansado de conducir, y esperar la respuesta bálsamo de Lola, la que mitigaba su derrotado espíritu. Envió aquel sms, fácil, corto, no había tiempo para más, llegaría el día siguiente, llegaría el mes siguiente, y entonces sí, entonces todo un mundo, el que les correspondía por derecho. Se había terminado ya la generosidad para los ajenos, iban a ser generosos con ellos, se lo debían, demasiado camino recorrido, demasiado tiempo perdido, demasiado tormento soportado... Llegó la paz en ciento sesenta caracteres, aquel sms tecleado con los dedos de Lola, los mismo que acariciaban su espalda y rozaban su cuello: "Estate tranquila, descansa y mañana hablamos. Todo bien, pensando en cómo enfocar, pero todo decidido. Sabes que te quiero"... Y la sonrisa, la paz interior, respirar y subir, lentamente, la escalera hasta aquel mundo prestado, ajeno totalmente a él, que le hurgaba las entrañas y le destrozaba el alma. Y olvidó. Todo.

Sus gestos en casa normales, rutinarios, nada fuera de lo común, nada escapando al control férreo de los ojos que miran, pendientes de un cambio en el carácter. Pocas palabras, las de siempre, las que se enmascaran de calidez inexistente. Dejar todo fuera, ducharse, meterse en el baño y olvidar, y soñar con los días venideros. Supo que había dejado el móvil fuera mientras se secaba, al mirarse en el espejo y recibir el reflejo vacío de la estantería en la que siempre reposaba, intentó visualizar cada gesto, enviando y borrando. Todo bien. ¿Todo? Recorrió mentalmente. Sí, todo. Cuando salió fuera el mundo seguía su curso, inalterado e inalterable. Las mismas conversaciones, las mismas acciones. Nada había cambiado. Posó sus ojos en el pequeño móvil, sobre la mesa, tal y como lo había dejado, junto a las llaves del coche y la cartera, expuesto a miradas ajenas y ajenas curiosidades. Nada que temer, todo bien.... O no...

Había amanecido tranquilo el día. A las doce, como siempre, la llamada a Lola, unas risas, contarse el fin de semana, escucharla desgranar su jornada entre papeles, citas y reuniones. Hablaron de que había visto un apartamento, pequeño, pero les vendría bien, menos espacio más se encontrarían, rieron. Ella estaba nerviosa, no iba a ser fácil, intentaría estar serena, estaba moviendo hilos para cambiar de destino, por ese lado todo controlado. Un poco nerviosa por lo que dejaba atrás... ¡Nada!... No dejaba nada ya, todo estaba consumado. Había hecho mayores a quienes tendrían que entender, el resto no importaba, ya nada era lo mismo, ya nada estaba en el lugar que debería... Resto de la jornada serena... Pero llegó la noche. Y se quebró la luna y cayó en pedazos. Trozos de cristal hechos palabras. Cuando entró en aquel dormitorio extraño que ya no le excitaba, ni le sugería, ni le alentaba. Aquel espacio carcelario lleno de espinas en donde no era feliz. Y se desató la furia contenida... Error tremendo, consejo que olvidó, que quedó en consejo y no recordó llevar a cabo "Mensaje enviado mensaje borrado"... La furia de titanes mezclada con saliva. Gotitas que iban a parar a su rostro demacrado por el factor sorpresa... Su mensaje no fue borrado, él, que todo lo controlaba, olvidó que hasta los dioses se equivocan y comenten errores. El suyo determinante... Negando la evidencia, negando lo que sentía, con cada negación una bofetada interna, propia, que sentía en sus carnes, estaba negando a Lola, como Pedro negó a Jesús, "te seguiré allá a dónde vayas"... ¡Mentira!... Se había quedado inmóvil y quieto en mitad de un dormitorio en dónde el Sanedrín le juzgaba y condenada. Y juzgaba y condenaba a Lola, y la injuriaba y la insultaba... Y él negando, como Pedro... "Yo no conozco a esa persona"... destrozándose la vida para siempre... Hay errores mortales de necesidad. Se caía el apartamento pequeño, aquel en el que iban a hacer el amor hasta morir, en el que cocinarían juntos y juntos discutirían. Se caía Lola, como un puzzle, pequeñas piezas de su rostro hermoso y sus ojos grandes... Se rompía su cuerpo deseado y amado... Palabras hechas puñales que le laceraban los costados, que le apuntaban a un corazón ya demasiado cansado para seguir... No sería más. Ya no sería nunca. Se quedaría allí, en la cárcel que le tocó en la rifa de la vida, en esa rifa en la que jugamos deseando ganar el mejor premio, sin tener en cuenta que, a veces, el premio recibido no es el esperado...

Eran las siete y media de la mañana, Lola miró el móvil alertada por el pitido de un sms y arrugó el entrecejo, raras horas, algo pasaba. Escupió el agua de la boca y se secó los labios sin prisa "Todo terminó, olvidé borrar el sms que te envié y lo sabe todo"... Fácil y sencillo... Así de simple, con una frase larga, sin explicaciones, porque, tal vez, sabía que Lola no las quería, ni las necesitaba... Estatua de sal Lola, llorando por dentro, sin responder, deseando retrasar las manecillas del reloj, pensando en él. Cómo estaría, cómo se sentiría, qué habría tenido que soportar, que escuchar, que decir... Lola peinándose, llorando, ahora sí, hacia fuera, preparándose para encarar su jornada laboral, sin saber siquiera en qué trabajaba. De repente el mundo había dejado de existir y la Tierra de moverse... Digna Lola, recogiendo un bolso y una carpeta, un abrigo y una bufanda, recogiendo sus pedazos e intentando recomponerse...

... La vida sigue, nada se detiene. Los días continúan ásperos y tristes. Daniel mira al cielo, de vez en cuando su boca hace una mueca extraña de amargura. No volvió a enviar ningún sms, Lola tampoco. En unas letras se fundió la nieve de los Polos, se secó el mar y se destruyó el Universo... En un error se perdieron dos vidas, se quemaron dos almas y lloraron dos cuerpos... Nada se detiene... Todo continúa, todo fluye como el agua de un río... Daniel llora, en silencio, es la fecha exacta de su olvido infernal, el que le amarró para siempre porque no supo saltar del edificio mientras las llamas lo devoraban y se quemó con él... Es el día, un año atrás, en que olvidó su hombría y su orgullo, en que olvidó a Lola sin olvidarla... Ha sacado el móvil del bolsillo, lo miró triste y tecleó, porque necesitaba la respiración de Lola en su oído, en su cuello y sus labios en su boca "Tengo que llamarte, porque no puedo vivir sin tí, ¡Vámonos ahora, ya!, sabes que te quiero"... Un año... Con sus día eternos y sus eternas estaciones. Lola charlando y riendo con una compañera, ajena al mundo, ya sí. Esta vez la vida se le fue no por sus dudas, sino por una decisión lejana y ajena a la suya... Mira el móvil, el corazón se le sale del pecho, sonríe y dos lágrimas le resbalan cansadas, y le tiembla la barbilla, y la boca se le curva en una mueca de dolor y de amor infinito... Esconde su emoción en el recinto estrecho y fúnebre de un baño blanco y luminoso, lee serena, relee... La vida continúa, no sabe porqué, solo sabe que un día, un año atrás decidió que esperaría eternamente aquellas palabras... Se pasa la mano por los ojos, respira hondo y mueve los dedos ágiles sobre el teclado....

Daniel conduce cuando escucha el tono de su móvil, tiembla todo su cuerpo, ya le había pasado otras veces, muchos años atrás, cuando decidió confesar lo que sentía, esperando una respuesta que le diera la vida o se la llevara para siempre... como ahora... Ha aparcado al borde del camino, al fondo el mar, bravo y altanero, rompiendo olas contra peñascos negros. Su mirada en el cristal transparente de una pantalla, recomponiendo un mundo, el que tenía que haber sido siempre... "Esperé un año para saber que te dejé la huella de mis labios, los tuyos los llevaré siempre tatuados, sé feliz e intenta olvidar lo que negaste".