31 may. 2013

HE DESEADO...

He deseado perderme en la memoria,
hacer del soplo del viento un sueño,
recordar los años y la historia,
dejarlos aparcados en recuerdos
que fueron y no son, que se alejaron
entre dunas de arena de un desierto.
He deseado perderme entre la calma
de la sonrisa helada de un invierno,
hacerne copo blanco que se esconde
entre miles de copos, ser eterno
frío que enfría las manos y los labios,
que los hace gélidos y blancos hielos.
He deseado perderme entre tus manos,
cincelarme y dibujarme entre tu cuerpo,
ser escudo y lanza, ser batalla,
entre tus labios ser guerrero,
ganar mi guerra y quedar perdida
entre tus ojos, entre tu piel, entre tu sexo.
Ser deseo y desear la muerte,
manar como el agua entre las rocas,
ser musgo, ser roble, ser tan fuerte
que no me importen las derrotas.
He deseado ser riachuelo cristalino,
cauce lento, acariciar la orilla
de tus sueños, los que guardas y entretejes,
los que ocultas a mi boca, los que miras
desde el volcán de mi cuerpo, desde el monte
prohibido que escalas y  ambicionas.

He deseado ser camino, abrir camino,
caminar por tu sendero, por tu rostro,
desear ser la brisa que lo roza,
y de tu aliento eterno ser un soplo.
He deseado quedarme en tu memoria.
Y mi deseo se cumplió, ya solo
eres mío... para mí solo.-

MIGUEL BARRERA GALIANO... (mi primo del alma)

Era un niño tímido y obediente. Muy travieso, eso sí, pero bueno hasta decir basta. Era un niño que nació a mi vera, como esos juncos que, en la orilla de los ríos, nacen enlazados, la vida decide que sigan juntos siempre. Yo era una niña revoltosa, inquieta, contestona y feliz. Él era mi contrapunto, sigue siendo mi contrapunto. Miguel es un hombre bueno. Compartimos colegio, familia, días de enfermedades maternas, él en mi casa, yo en la suya, sus diabluras, mis juegos, los suyos, los deberes. Me copiaba las tareas, yo me enfadaba, él se reía, me pinchaba continuamente, con aquellas bromas infantiles. Era portero del equipo de fútbol, un buen portero, fue portero del equipo de balonmano, un gran portero. Un guapo adolescente, un guapo chico. Un buen chico. Estudió con su esfuerzo, compartiendo estudios y trabajo, lejos de casa, abriendose camino, con su timidez a cuestas y su bondad escrita en unos bellos ojos negros, los que te miran y te calman. Vivió mis dolores y mis amores adolescentes, vigilante de quien se me acercaba, consejos de un hermano que te escucha y que te quiere. Miguel y yo en Francia, acarreando maletas y juventud, por estaciones francesas y españolas, compartiendo días de sol entre parras cuajadas de racimos. Bromas y enfados, todo junto. Mi amor secreto por Santillana, aquel jugador del Real Madrid, del que se reía, mis amores por los Pecos, canciones que canturreaba cambiando la letra para hacerme rabiar. Miguel siempre conmigo, aunque pasen meses sin vernos, pero sé que está, siempre, y él sabe que estoy siempre. Hoy cumple medio siglo, compartida leche materna, compartidos juegos y riñas, castigos y desobediencias, secretos guardados para que los padres no se enteraran, severos padres los dos, hermanos ellos, mi padre complaciente con él, el hijo que no tuvo, su sobrino del alma, que en la recta final le visitaba, y cuando se iba Miguel mi padre me sonreía y me decía "Le quiero como a un hijo, ¡que bueno que es Miguel!".
Y hoy como quien no quiere la cosa, ha cumplido cincuenta años, de esos que pasan rápido, y me emociono mientras recuerdo su dolor con la pérdida de los seres queridos que se nos fueron juntos, el dolor de la muerte que se instala de vez en cuando en el corazón. Buen hijo, buen hermano. Buen primo. Buen amigo. La inocencia y la decencia. El respeto siempre. La bondad. Miguel es bueno. Hay personas que nacen así, sin poder remediar ser buenas, aunque les golpee la vida y les arañe el alma. Y Miguel es bueno. Viajes en tren, salidas juveniles, el mismo grupo, los mismos amigos, compartido hasta eso. Compartidos momentos adultos, preocupación por los hijos, por la familia, risas con bromas y comprendiendome siempre, o intentándolo. Yo sigo siendo contestona, el sigue siendo obediente. Somos hermanos, porque el destino y la sangre así lo quiso, me privó de un hermano carnal para darme uno adoptivo. El que necesitaba para razonar, para compartir, para disfrutar y para saber que, a una llamada de teléfono, a una visita corta, él seguirá manteniendo su mirada limpia en mis ojos mientras lloro, o mientras río, o mientras se ríe de mí y se ríe conmigo.
Mi hijo le llama tito, porque su tío es. Desde aquí, porque hoy cumple medio siglo de una vida difícil que él ha hecho discretamente, que ha recorrido con honestidad, con paciencia, y con decencia y respeto, muchas felicidades. Mi recuerdo hoy para Miguel Barrera, Policia Municipal de Montejícar, se lo merece.-

LOS PASEOS DE UN CARNET INUTIL...(a petición de Vicente).

Pertenezco a esa generación de mujeres que, cuando les llegó la hora, por motivos de independencia, de igualdad, de que éramos y somos más chulas que un ocho, y por aquello de que, (dijeran lo que dijeran) a nuestros padres y esposos les ponía mucho, me saqué el carnet de conducir. Esta noche, de repente, me di cuenta de que hace veintiún años que no cojo un coche, perdón, que no conduzco un coche, que sería lo correcto, que luego se me critíca. Vicente, ese gran amigo que, con su fina ironía me hace encadenar respuestas que no pienso demasiado, me retó a que hiciera una entrada de blog sobre "la inutilidad de mi carnet", y como yo soy de recoger retos, pues acepté el guante. Pensando en un pasado muy muy lejano, recordé cuando recibía clases para conseguir el carnet. Aquel calvario que comenzaba a las siete de la mañana, hora en la que la legaña seguía pegada al ojo, en la que me quedaba dormida en el coche, en la que, cuando me tocaba conducir hasta Granada, comenzaba a temblar dos horas antes. Aquellos días en los que, escuchar a Jesús, me erizaba la piel, me hacía sentir escalofríos, y me preguntaba cómo podía soportar aquella tensión sin gritar. Eso sí, tengo que reconocer que yo, muy ágil no era. Recuerdo haberme metido en dirección contraria, porque se supone, que cuando llevas a un profesor al lado y te dice "gira a la derecha" tú giras, supones que él sabe lo que hace, que tú no tienes que vigilar las señales, porque para eso ya está él. Reconozco que aquello de aparcar era un martirio, porque buscaba huecos ajustados a la medida exacta del coche, sin tener en cuenta que eramos alumnos, necesitabamos cuatro metros de margen por delante, cuatro por detrás, es lo justo. Reconozco mi querencia a "apuntar" a señoras viandantes, que se atrevían a cruzar la calle justo cuando yo conducía, y que se ponían "a tiro" para fastidiarme. Reconozco que era un desastre... Pues con todo eso aprobé, con mucho trabajo, mucha noche en vela, mucho nervio y mucha paciencia de Jesús conmigo (santo varón, como su nombre indica). La frase recurrente de Jesús era "Te falta ponerle puertas al campo", y yo comenzaba a temblar...
Esta noche recordé la primera vez que "manejé" un coche yo sola. En Mallorca, con aquel Ford Orion que parecía un mini-avión privado, azul, en el que yo subía, me ajustaba los espejos, me ajustaba el cinturón, me miraba en el retrovisor y ajustaba mis gafas de sol, glamourosas, y bajaba la ventanilla, y me ponía rumbo a Puerto de Alcudia, esquivando "guiris" varios, sintiéndome independiente y poderosa. Hasta que una tarde, solícita esposa yo, acudí a recoger el coche, se lo había llevado mi santo marido. Aparcado en la puerta del Dunas Park, bonito hotel, bonito lugar, simpático director Bernardo, me saludó, le saludé, me metí en el coche, se acercó a la ventanilla, me dió conversación, puse el contacto, me despedí con una sonrisa preciosa de veinticuatro añitos, hice el propósito de avanzar y el coche se negó. Volví a repetir la misma acción hasta tres veces. El coche se movía un metro, trastabilleaba y se paraba. Bernardo, aquel atractivo director de poco más de treinta años sonrió, primero simpático, luego con sonrisa de superioridad, la última con aires de "no tienes ni idea", se volvió a acercar a la ventanilla, suavemente, acercando un atractivo rostro masculino al mío, señaló con la barbilla el freno de mano y susurró "Yo que tú probaría a quitarlo"... ¡Total, primeriza!...
Dejé de conducir hace veintiún años. Cuando una señora viandante, de esas que se ponían a tiro durante mis clases, decidió que el momento de cruzar la calle Santa Ana de Montejícar, era justo cuando yo avanzaba hacia ella. Frené, me sobresalté, me asusté, ella también...yo más, estaba embarazada, mi barriga vibraba y se movía como loca, mi niño se había pillado tal susto que rebotaba contra las paredes uterinas, esas que, se supone, deben de ser seguras. Fui incapaz de volver a arrancarlo, le pedí a un paisano que lo moviera, salí del coche, comprobé que mi barriga se serenaba, que mi tensión volvía a su estado normal... Y ahí terminó mi aventura independiente de mujer de mi generación. Paso mis controles pertinentes, renuevo mi carnet inútil, hago los test, los supero todos, pero sé que, después de aquello, después de otro pequeño accidente años más tarde, mi miedo es superior a mi deseo, mi mente aún recuerda y se atropella, y sé que no conseguiría, aunque quisiera, volver a colocar una llave de contacto y girarla.

Mi carnet es inútil, es verdad, pero estoy muy guapa en la foto, se ubica perfectamente en mi cartera, le paseo allá donde voy. Me he olvidado de pedales, de palanca de cambios y hasta del freno de mano, pero recuerdo, con todo el cariño del mundo, con una sonrisa y con mucha guasa, cada anécdota vivida mientras duró aquel "suplicio". Y recuerdo mis trayectos cortos, hasta el Continental, despuntando el día. Ahora no conduzco, ahora me vendría de perlas hacerlo. Soy consciente de mis límites, sé que, mentalmente, necesitaría olvidar a la señora que se me cruzó, su cara de espanto, mi barriga moviéndose y el corazón saliéndose del pecho. He decidido que, por desgracia, Fernando Alonso y yo jamás formaremos equipo de rally... Mi carnet, como hoy decía Vicente, es un carnet inútil...¡Quién sabe!... igual me animo y decido tomar clases un día de estos y retomar la lista de anécdotas que quedaron interrumpidas hace veintiún años... Buenas noches, gracias a Vicente, porque al lanzarme el reto, me ha hecho recordar muchas cosas, de un tiempo muy muy lejano.

30 may. 2013

TE ENTREGO LA LLAVE DE MI VIDA...(poesía)

¿Quién te dijo que el cielo no existía?
¿Quién te negó sus caricias celestiales?
¿Quién te quiso mal que te hirió tanto,
y que clavó en tu corazón crueles puñales
que te han hecho pensar que el amor mata,
que te han hecho creer que Dios no existe,
que te han llenado el alma de tristeza,
que han roto tu mirada de ojos grises?
Te quiero tanto que sufro por tu pena,
la que no sacas, la que se te clava
en las manos tensas, tensa espera,
llena de agua de mar, de vientos fuertes
que te llenan de sal el alma, el corazón de arena.

Mentiste hasta destrozar tu propia vida,
sufriste tanto que hiciste una condena
del camino que lento caminabas,
te hiciste silencio, hierro de cadenas.
Asumo y acepto tu tristeza,
asumo y acepto tu agonía,
limpiar el llanto que mana por tus venas,
encadenar tu vida con la mía,
y hacer de las dos senda apacible.
Dejar que nuestras manos edifiquen
el templo para cuerpos silenciosos,
que nuestros ojos solo se dediquen
a besarse en la negrura de la noche,
a mirarse en los ojos milenarios
de amores idos, de amores rotos,
de noches sin treguas ni descansos.

Dejaré de vivir, de respirar siquiera
si me pides que lo haga.
Te entrego la llave de mi lecho,
de mi corazón, de mi cuerpo y de mi alma.
Te entrego la libertad absoluta,
de tesoros ocultos a mortales,
llaves que abren candados y cerrojos,
llaves eternas de eternos mares,
de lugares muertos y que viven,
aún estando muertos, aún sin vida,
en el hueco de mis manos,
en el olor dulce de mi pelo,
en mi sonrisa, en mi piel, hasta en mi frente,
te entrego la llave que abre la vida,
que te lleva hasta Dios eternamente.-

 

29 may. 2013

LA COMUNION...(relato de Jose Quesada)


Os dejo un relato sobre un tema bastante delicado, os vais a reír mucho, es de mi buen amigo Pepe Quesada, un escritor estupendo que narra vivencias normales, lejos de metáforas barrocas y giros incomprensibles, porque a veces, el talento existe, porque la pena es que esté tan escondido, habrá que animar a Pepe para que se haga un blog y siga deleitandonos con sus relatos rutinarios y costumbristas, de esos en los que los mortales normales nos vemos tan reflejados.-




LA COMUNIÓN.

  Mes de Mayo, mes de la madre, mes de las flores y el mes de las comuniones. Y sobre una de esas comuniones, voy a relatar la curiosa y verídica ocurrencia que pasó en la misma hace unos años atrás.
 Después de tres años de catequesis, Luisito iba a recibir su primera comunión. Este sería un día especial para él y para toda su familia, sería un día de esos que, a lo largo de su vida, nunca olvidaría. Tomaría la comunión en la bonita parroquia del barrio, que previamente había sido decorada floralmente para aquel evento, iría vestido de capitán de marinería, celebrarían el banquete en uno de los mejores salones dedicados a estos convites, en donde, aparte de la exuberante comida también había espectáculos de payasos y otras diversiones para los críos, estaría acompañado principalmente de sus familiares más allegados y de algunos amigos íntimos de la familia, quienes le felicitarían por su primera comunión, y le agasajarían con gran cantidad de regalos, por supuesto también sería fotografiado y grabado hasta la saciedad. Aparte de todos estos regalos, sus padres  le llevarían, en el verano, al parque de atracciones más grande y de más renombre. ¡¡Inolvidable!! Así iba a ser la comunión de Luisito.
  Para Fermín y Conchi, los padres de Luisito, la comunión les iba a costar un dineral, dineral que pagarían con gusto, por ver feliz a su retoño en un día tan importante. Como es natural, todo lo habían previsto y contratado con antelación, para no tener ningún  problema a última hora, que afease la comunión. Por ello, y también con anticipación, ambos se compraron la ropa para estar guapos ese día. Fermín, como la mayoría de los hombres, fue rápido en sus decisiones sobre el vestuario a elegir, y en una tarde se compró el traje  para la comunión. Sin embargo, Conchi, por muchas vueltas que daba no  encontraba la ropa que le gustaba y seguía intentándolo de tienda en tienda, pero Fermín se cansó de ir con ella, aconsejándola que mejor fuese acompañada por Andrea, la madre de Conchi, que al ser mujer esta le ayudaría y asesoraría en aquellas compras.
  Madre e hija se dedicaron a visitar tiendas durante varios días, hasta que en una de ellas encontraron lo que buscaban. Después de probarse varios vestidos, Conchi eligió el que más le gustaba y que mejor le quedaba, pensando que estaría guapísima en la comunión, a su lado  su madre le aconsejaba, y también resaltaba la belleza y elegancia del vestido,  comentando cuántos vestidos bonitos había en aquel establecimiento de ropa femenina.
  —Ya que estoy aquí, debería de comprarme también un vestido, me has dado envidia, y al fin y al cabo soy la abuela y madrina de Luisito—, le comentó Andrea a su hija.
  — Mamá, mira lo que te gusta, y ya verás como encuentras alguna preciosidad para lucirla en  la comunión de tu nieto—, le animó Conchi.
  Andrea era una mujer cercana a los sesenta años, de estatura mediana, porte señorial, un poco entradita en carnes, pero para su edad se conservaba bastante bien y joven, apenas tenía arrugas, y en sus labios siempre había una amplia sonrisa que la hacía más guapa. Poco tardó en elegir y probarse  un traje de chaqueta y falda color beige clarito, junto a una blusa floreada, que le quedaban muy , y realzaban su belleza madura. Andrea esperaba la aprobación de su hija y de la dependienta par llevarse aquel conjunto.
  —Mamá, te queda muy bien y el color te favorece mucho, lo único que la falda, en la cintura  y el pompis, te está un poco ajustada y se te marcan bastante las bragas esas de cuello alto que llevas, jejeje.
  — ¿Sí me lo permiten las señoras? Yo diría que una talla más, ya no le sentaría bien a la señora, tendría la falda demasiada holgura, yo le aconsejo que cuando se ponga este conjunto, utilice otro tipo de ropa interior, por ejemplo un tanga—, les aconsejó la dependienta.
  —¡No, de eso nada!, yo nunca me he puesto unas braguillas de esas, que aparte de no cubrirte nada, deben de ser muy incómodas de llevar, además esos tanguitas son para las chicas más jóvenes y más modernas, que yo ya no estoy para esas modas.
    — ¡Vamos mamá!, elige alguno de estos que son muy bonitos, y ya verás cómo no notas que lo llevas puesto, y no te marcará en la falda ni tampoco nadie va a saber el tipo de ropa interior que llevas.
  Entre Conchi y la dependienta convencieron a Andrea para que se llevase la prenda interior. Una vez realizadas las compras y contentas por tener los vestidos para la comunión regresaron hacia sus casas, aunque Andrea seguía sin estar muy conforme con colocarse la diminuta prenda  intima.
  Llegó el día de la comunión, todo eran prisas, carreras y nervios en la casa de Luisito, el tiempo corría y debían de estar en la iglesia una hora antes de la ceremonia. En casa de  Andrea, ella y su marido también se arreglaban con premura para llegar a tiempo a la iglesia y coger sitio en los primeros bancos. Pedro se estaba vistiendo y se quedó boquiabierto cuando vio a su mujer en ropa interior disponiéndose a  vestirse, llamando su atención las minúsculas braguitas que esta llevaba. Rápidamente se acercó a ella y en tono amoroso le dijo:
  — ¡Ven para acá cariño, qué moderna que estas y que bien te queda ese conjuntillo! ¿Nos pegamos un revolcón?
  — ¡Quita, quita, que es muy tarde!, además vamos con retraso y Luisito ya estará en la iglesia—, respondió Andrea a su marido a la vez que se separaba suavemente  de él y de sus manos y continuaba vistiéndose.
  — ¡Vale…! Me has dejado con la miel en los labios, pero esta noche cuando volvamos no te me escapas, porque con esa ropa “me pones”, jejeje.
  Empezó la celebración en la iglesia, todos los niños estaban guapísimos, al igual que todos sus padres y demás asistentes. La iglesia estaba a rebosar, llena de invitados y feligreses, hacía un día muy bonito pero a la vez muy caluroso. Dentro del templo y debido a la aglomeración de tanta gente, la temperatura empezó a subir y el personal empezó a sudar copiosamente, deseando muchos  que el cura aligerase porque si no a alguno de ellos les iba a dar un telele o soponcio, pero a pesar del calor, todos guardaron la compostura y nadie se quitó ninguna prenda.
  Andrea era una de esas personas a las que le iba a dar un vahído; llevaba mucho rato que el calor le agobiaba, el ambiente estaba muy cargado y le costaba un poco respirar, sudaba abundantemente resbalándole y empapándole el sudor todo su cuerpo, intentaba mitigarlo abanicándose fuertemente y si no tenía bastante con el calor reinante, empezaba a sentir molestias y escozor en sus partes íntimas por culpa de las rozaduras que le estaba produciendo el dichoso tanga.
  Todos respiraron con alivio cuando terminó la ceremonia y salieron al exterior de la iglesia, allí también esperaban los fotógrafos y otros familiares que  cámara en mano, le hicieron a Luisito miles de fotos, a Luisito y a todos sus familiares, aquello se hacía pesado, pesado sobre todo para Andrea que en todas aquellas fotos posaba con una gran sonrisa, aunque el hilo del tanga le seguía rozando entre los glúteos y el escozor y el malestar seguían en aumento. Andrea disimulaba resignadamente su dolor,  maldiciendo la hora en que le hizo caso a su hija y se compró aquel pedazo de tela que la estaba martirizando.
  Llegó la hora de ir al salón de banquetes, allí también esperaban más fotógrafos y antes de pasar al banquete, Luisito, sus padres, abuelos y otros familiares, les esperaba otra sesión de fotos. ¡¡Menudos álbumes de fotos iba a tener Luisito de su comunión!!
  Una vez dentro, todos se acomodaron en su sitio correspondiente y empezó el banquete. Fue una gran celebración, con exquisita comida, amenizada por payasos para los críos, con baile y copa para  los sesenta invitados. Luisito disfrutó de aquella fiesta, en la que él era el rey de la misma, también disfrutaron todos los demás, todos menos Andrea que cada vez estaba más dolorida y escocida a causa de las rozaduras de la braguita, pero aún así aguantó toda la fiesta y no le dijo nada a nadie, ni siquiera a su hija, pero estaba deseosa de llegar a su casa para desprenderse del tanga y darse una buena ducha.
  — ¡Vamos Andrea, vamos a danzar un poco! ¿Qué te pasa  hoy mujer que no quieres bailar? Si tú eres muy buena bailarina y además hoy estamos en la comunión de nuestro Luisito. ¡Anímate y nos pegamos unos pasodobles!
  — ¡Estoy reventada Pedro! Ya he bailado un ratito y los zapatos me están haciendo daño, tengo ganas de irme a casa, descalzarme y relajarme, es que hoy he pasado mucho calor. —respondió Andrea a su marido mintiéndole en la causa de su dolor y malestar.
  Se acabó el banquete y la fiesta, despidiéndose la mayoría de los invitados de Luisito, de sus padres y abuelos. Fermín y Conchi cargados con los regalos recibidos por su hijo, se despiden de los gerentes del salón felicitándolos por lo satisfactorio que ha salido el evento y se disponen para regresar a su casa, pero antes de subir a los coches, Pedro, el padre de Conchi insiste en que él va a invitar a todos los que han quedado, los invita a tomar una cerveza o refresco en la terraza de una cafetería que hay al lado de su casa y cerca también de la casa de su hija. Todos están de acuerdo menos Andrea que insiste en pasar primero por casa, pero su marido y sus hijos la convencen diciéndole que sólo van a estar un ratito, que allí sentaditos en la terraza, descansarán un poco y charlarán tranquilamente sobre este día tan ajetreado. Con aquella intención subieron a los coches y se dirigieron hacia la cafetería.
  El camarero de la terraza hubo de juntar varias mesas para que se acomodasen las diecisiete personas que formaban aquella reunión familiar compuesta por doce adultos y cuatro niños aparte de Luisito. Sólo habían quedado los familiares más allegados; los padres, hermanas, cuñados y dos sobrinillos de Fermín y por parte de Conchi estaban sus padres, su hermano, su cuñada, una sobrinilla, su pequeña hija y por supuesto el protagonista del día, su hijo Luis.
  Una vez  preparada la mesa, todos se fueron sentando poco a poco y se dispusieron a pedir las consumiciones. Conchi y su madre no llegaron a sentarse, si no que aprovecharon para ir al lavabo de la cafetería, y fue allí en donde Andrea ya no aguantó más y le confesó a su hija el martirio que llevaba todo el día con la braguita.
  — ¡Pero mamá, a ver me dicho lo que te pasaba! Yo pensaba que te quejabas porque te molestaban los zapatos. ¿Y por qué no te lo quitaste si notabas que te estaba rozando?
  —Conchi no te quise preocupar con esa tontería, porque estabas tan liada con la comunión que me dio un poco de apuro. Y el caso es que pensé en quitármelo pero me dio vergüenza que alguien se diese cuenta de que no llevaba nada.  ¡Ojalá  me lo hubiese quitado allí mismo, en el salón,  porque tengo toda esa zona en carne viva! ¡Te juro que jamás volveré a comprarme y menos ponerme un tanga de esos!
  — ¡Cómo eres mamá! Anda quítatelo y refréscate un poco con agua, verás como así te sientes mejor y no tengas miedo a que los demás piensen en si llevas o no ropa interior.
  Aliviada y con el tanga en el bolso salió Andrea del baño de la cafetería y en compañía de su hija fue a sentarse en la mesa en la que estaban todos sus familiares. Le habían guardado una silla al lado de sus consuegros y de Fermín, justo enfrente de su marido y de su hija  Conchi. A la vez que se sentaba atendía a las palabras del camarero que le preguntaba por lo que iba a tomar; pero cuando dejó caer su cuerpo en la silla de plástico, a esta se le doblaron las patas traseras y Andrea calló de espaldas  encajada en la misma. El golpe fue bastante fuerte y sonoro, resultando la sorpresa mayúscula para todos los presentes al ver en la posición que había quedado Andrea con la espalda en el suelo y las piernas  al aire, ella nerviosa movía las piernas intentando zafarse de la silla para así poder levantarse, pero contra más  lo intentaba, la falda más rápidamente  se deslizaba, dejando al descubierto y a la vista de todos sus partes íntimas Y como los españoles somos así, en vez de ayudarla de inmediato, Pedro, Conchi y algún otro familiar, se tronchaban de risa al verla en aquella grotesca postura y enseñándolo todo, todo, porque momento antes Andrea se había quitado la braguita y ahora mostraba sus vergüenzas en todo su esplendor.
  Fueron su consuegro, su yerno y el camarero quienes acudieron en su ayuda. Fermín rápidamente le cubrió las piernas y sus intimidades con su propia falda, a la par que su padre y el camarero la  ayudaron a  incorporarse liberándola de la silla, mientras todo esto sucedía, su marido y sus hijos seguían riéndose a grandes carcajadas. Aquella situación atrajo las miradas de los demás clientes de la terraza, dibujándose más de una sonrisa en sus rostros.
  Avergonzada, colorada, dolorida y furiosa por el espectáculo que había protagonizado, Andrea se recuperaba del susto. Ahora estaba sentada y atendida por sus familiares, que después de las risas se preocupaban por su estado. Aunque la caída con la silla había sido muy aparatosa, Andrea no había sufrido ningún daño y en poco rato estaba otra vez charlando con todos sobre el incidente, incluso respondía con una sonrisa a las bromas procedentes sobre todo de su marido y de sus hijos, evitando comentar el porqué en ese preciso momento no llevaba ropa interior. Fue su hija Conchi  la que de forma divertida y exagerada explicó la historia del tanga de su madre. Otra vez le iban y venían los colores a pobre Andrea y más cuando pensaba en el grandioso ridículo que había hecho.
  Ya había anochecido cuando dieron por concluida la fiesta en la terraza, y después de despedirse efusivamente con muchos besos y abrazos, cada familia se marchó para su casa. Nada más llegar Andrea a la suya, se fue derechita para el cuarto de  baño y se dispuso a tomar un baño largo y relajante, aquello la reconfortaría después del día tan pesado, luego cogería la cama con ganas y descansaría  toda la noche. Pedro se desvistió y se acomodó en el lecho, encendiendo la televisión para distraerse un poco.
  Cuando Andrea salió del baño desnuda e iba a buscar al armario su camisón de dormir, Pedro se incorporó un poco en la cama y con voz melosa le dijo:
  — ¡Pero qué guapa que estas! ¡Anda vente para aquí, aquí a mi lado! ¿No teníamos pendiente alguna cosilla de esta mañana? ¡Ven, ven… que vamos a seguir en donde lo dejamos!
  — ¡Vamos, ni lo sueñes! ¡Menudo día he pasado hoy con el calor, el tanga y con tu “delicado” comportamiento!  ¿O es que te parece muy bonito lo de esta tarde?, mientras yo me caía de espaldas y enseñaba mis partes a todo el mundo, tú en vez de ayudarme, tú, tú te partías de la risa. ¿No te importa que tu consuegro y tu yerno le hayan visto el trasero a tu mujer? Porque yo, cuando me ocurrió esto, se me caía la cara de vergüenza y deseaba que la tierra me tragase. Así que ahora olvídate por una temporada de “eso que tú ya sabes”.
  —No te enfades mujer, que yo no me reía de ti, sino de la situación en la que te encontrabas y me reí cuando me di cuenta de que no te habías hecho ningún daño. Además, me hechas las culpas a mí y tu hija Conchi también se desternillaba cuando estabas en ese trance. Tampoco le des importancia a que Fermín, su padre y demás gente te hayan visto las piernas y el potorro, se habrán dado cuenta de que tienes una piernas muy bonitas y que te conservas muy bien y muy fresca sobre todo por  esa zona. ¡Anda… déjate de tonterías y vente para la cama!
  — ¡Que no Pedro, que no,  que no me vas a convencer! Y si es a Conchi, cuando la pille mañana le voy a echar una bronca que se va a enterar. Ella fue la que me hizo comprar y ponerme esa braguilla, y luego cuando me caí, fue quien más se reía y no te cuento cuando explicó en voz alta con pelos y señales la historia del tanga. ¡Te juro que también me va a oír la graciosa de nuestra hija!
  —Tu hija quería que estuvieses guapa para la comunión y la verdad es que ibas muy elegante y atractiva. ¡Vamos una abuela moderna diría yo! Y esta mañana cuando estabas en ropa interior, me resultabas tan sexy que me puse a cien. ¡Anda cariño, porqué no te colocas ahora el tanga y lo estrenamos, que tú sabes que vestida así me pones! —se insinuó de forma socarrona Pedro a su mujer.
  Al escuchar la petición de su marido, Andrea desnuda como estaba, buscó rápidamente su bolso y extrajo la braguita, arrojándosela con furia al rostro de Pedro a la vez que le decía:
  — ¡Si tanto disfrutas y tanto “te pone” el tanga, toma y te lo colocas tú! ¿A ver cómo “te pone” los cataplines? ¡Alaaa… a disfrutarlo a la otra habitación! ¡Gracioso, que eres muy gracioso!
  La comunión de Luisito fue un día ¡¡Inolvidable!!, para él, para sus familiares y en especial para su abuela Andrea, quien se sigue sonrojando cuando alguien recuerda aquel día y con mucha guasa, cuenta la historia del tanga.
 


                                                      JOSÉ QUESADA GARCÍA.
 

ESAS OBSESIONES OBSESIVAS QUE NOS OBSESIONAN ENFERMIZAMENTE...

"Obsesión: Idea,deseo,preocupación,que no se puede apartar de la mente"... A veces me pregunto cuando una manía deja de ser manía y se convierte en obsesión, o al contrario. Hay ocasiones en que, sin saberlo, una manía, una fobia, se nos vuelve obsesión, y a veces las obsesiones dan lugar a las adicciones, buenas o malas, que de todo hay. Hay obsesiones que rozan la locura. Esas obsesiones que se nos incrustan en la mente, que nos llevan a dormirnos pensando en ellas y nos despiertan de la misma manera. Cuando una obsesión tiene como objeto a una persona, la cosa se torna peliaguda, porque, irrefrenablemente, sin ningún control, si es para mal, consideramos a esa persona diana de nuestros dardos, orales, mentales, privados y públicos. Olvidamos en nuestra locura que, en el ámbito en que nos movemos, podemos dañar a otros, prójimos y ajenos a nuestra obsesión, pero que se ven involucrados en una deformidad mental tan cruel como grave. En nuestra vida diaria, cotidiana, rutinaria y personal, contamos con mil manías, de esas manídas, de esas que nos empujan a tomarnos el café en una taza concreta, a escribir con un boli concreto, a colocarnos el reloj de una manera concreta, a concretar cada gesto, involuntariamente, sin tener noción de que, efectivamente, son manías. Reconocemos las manías palpables, las que hemos desarrollado con los años, las que son obvias... Con las obsesiones es distinto, una persona no reconoce que está obsesionada con otra, o con algo, pero sobre todo, jamás reconocerá que está obsesionada con alguién, porque se usa el escudo de un hecho pasado, de una acción tan antigua como olvidada. El obsesivo, al igual que el adicto, no reconoce que tiene un problema con una persona concreta, con desear su mal, aunque es consciente de ello, es consciente cada vez que habla, cada vez que pronuncia, cada vez que piensa, cada vez que compara y desea el mal. Él sí es consciente. Pero negará la evidencia, la que todos ven, la que se nota, la que se descubre, porque los humanos, esos seres que somos, insignificantes y pueriles, vamos dejando babitas de caracol en lo que hacemos, y hay señales que nos delatan, muestras que nos desenmascaran, detalles precisos de una obsesión tal, que nos lleva al borde de la ridiculización de nosotros mismos. El obsesivo olvida su vida para vivir la vida del objeto de su obsesión, olvida sus actos, olvida sus sentimientos, porque cada uno de ellos está encadenado al otro, al que está más allá, al que culpa de todo, al que desprecia, sin saber que, despreciándole a él se autoafirma en una obsesión sin canalizar, incomprensible y, más tarde, incomprendida por el resto. Suele pasar que se va quedando solo, necesita que le rodee quien le anima en su obsesión, quien dice comprenderle, quien le dé, tan solo, un soplo de aire para continuar aferrado a un lastre, a un desequilibrio mental capaz de arrastrarle al infierno más absoluto.
Lo mejor para comenzar a superar una adicción (antes de que yo os diga la dirección de la doctora Dolores Sáez, que es prima mía, estupenda, psiquiatra y que me cuenta muchas cosas de estas) es intentar, por uno mismo, separar al objeto de nuestro desorden emocional, de la mente. Aceptar que es un individuo ajeno a uno mismo, con una vida propia, sin necesidad de tus elucubraciones, que ha optado por no estar, por no ser, por no tenerte, por olvidarte, por hacerte invisible y por confirmarse en sí mismo, en su vida, en su mundo y en su persona. Aceptar que no te necesita, que puedes patalear, llorar, atacar, desmerecer, insultar, y que, lo único que se consigue es que el objeto de la obsesión sepa que es importante, que no puedes dejar de pensar en él, que ha quedado en tu vida como un estigma y que no tienes la capacidad propia para levantar tu vuelo, para vivir tu propia vida. Cuando todo esto se acepta, se solventa, se supera, cuando aceptamos lo que somos, quiénes somos, y sobre todo, lo que son y quiénes son los demás, todo es mucho más fácil. La dificultad está en levantarse por la mañana, pensar en la socorrida obsesión, devolverla a su lugar en nuestro olvido, y comenzar a caminar en el día, sin cargas. Y para esto, amigos míos, también necesitamos que, quien esté a nuestro lado ayude, no hurge a cada momento en el dolor, si es que lo hubo, no ponga alas a sentimientos negativos, no nos envalentone con victorias carentes de triunfos personales. Sino que nos llene la vida de afectividad, que nos ayude a olvidar, a superar, a decidir y a vivir de forma más estable, mas coherente, más calmada y más adulta. Que nos esconda en una esquina al niño que fuimos, nos consiga sacar al adulto que somos, porque, en ocasiones, hay obsesiones que sirven de mofa, que se catalogan de niñerías, y eso, pasados los treinta, es muy triste... Me toca lidiar con Alberto y el abecedario, que eso sí es una obsesión para mí, lo demás como decía mi abuela "son peliculas", y como también decía ella, voy a ocuparme de aprender a leer de nuevo, en ocasiones, hay que adjudicarse aquello, que también decía mi querida abuela, "Quien no tiene nada que hacer, busca"... Felices tardes, las mías ultimamente son de lujo... obsesionada con que sigan así.

28 may. 2013

EL VESTIDO DE MARGARITAS...(cuando se pierde la inocencia).

Su madre le había dicho que hiciera los deberes, que ella volvería antes de la noche, tenía que terminar la limpieza en la casa de la abuela, preparar para que su tía, aquella que venía en verano y le traía los vestidos que tanto le gustaban, tuviera la casa limpia y acondicionada. Su padre de viaje, casi como siempre, no sabía dónde estaba esta vez. Dora entornó la puerta, en el pueblo todo era tranquilo, tenía once años, era casi una mujercita, era toda una mujercita metida en aquel cuerpo, demasiado desarrollado para su edad. Junio traía calor, mucho calor. Se había puesto el vestido de margaritas y topos verdes, aquel de frunces y tirantes que le gustaba mucho, el mismo que se le ajustaba a sus pechos recién estrenados, aún sin sujetador, no tardaría mucho en usarlo. Demasiado desarrollada para su edad. Se refugió en la cocina, frente a la puerta del patio, los cristales dejaban pasar la luz del comienzo de la tarde, con el libro en sus rodillas, en el hueco de sus piernas, sobre las margaritas del vestido. Sobre los pequeños lunares verdes. No le escuchó entrar, siempre entraba así, en silencio, diciendo su nombre cuando ya estaba a unos metros. Sabía que estaba sola. Lo sabía porque conocía cada movimiento de aquella casa. Las entradas y salidas de sus padres, sabía que estaría sola, siempre lo sabía. Le miró desde abajo, sonriendo, no le tenía miedo, ni siquiera sentía temor, era cariñoso con ella, era quien la cogía de la mano en algunas ocasiones, era quien le daba dinero de vez en cuando y tocaba su melenita, recogida en la coleta atada con una cinta rosa. Se interesó por lo que estudiaba, miró su cuaderno y se sentó frente a ella, hablándole bajito, llamándola para que se sentara con él... sobre él. No quería, sabía que no quería. Miró hacia el fondo, hacia la puerta, la que ahora, lejos de estar entornada se había cerrado, oscuridad al fondo del pasillo, a pesar de la luz del ventanal del patio. Recelosa, tímida, sentada a horcajadas, como él la había colocado, notando un tacto que, de repente, se le antojó pegajoso e impuro, como los pensamientos de los que le hablaban en clase de religión. su vestido de margaritas desparramado sobre un pantalón áspero y gris, oscuro, como el final del pasillo, la mano que le sostuvo la cara, un rostro que ella intentaba mover a un lado y a otro, sin conseguirlo, una saliva pegada a sus infantiles labios, los que siempre eran rosados y brillantes, naúseas que le subían por la garganta. Y unas manos incoherentes y enormes, bajando sus tirantes, los tirantes hechos lazos de su vestido de margaritas, aplastándo los pechos que todavía no eran pero ya amenazaban con ser. Quería llorar, necesitaba llorar y no podía. Y sus piernas se habían vuelto de hierro y no querían abrirse más, se tensaban sus músculos al contacto con unos dedos que buscaban bajo las margaritas, que abrían un camino prohibido y acotado. Sollozaba, con espasmos nerviosos y rítmicos. Quería correr. Quería llorar. Tenía miedo y terror. Y aquellas manos que rozaban su intimidad, protegida por el tejido liviano de un algodón blanco. Aquella respiración jadeante, y el calor que desprendía aquel pantalón áspero, y los deseos de correr.
Tenía once años. Comenzaba a fijarse en los chicos, los que la hacían sonreír cuando se los cruzaba camino del colegio, con los que jugaba al final de la calle, siempre a distancia prudencial, siempre intentando no mostrar su comienzo de femineidad, ocultando las curvas que nacían, sin que ella pudiera hacer nada por detenerlas. Pero tenía unas  manos de hombre mayor, familiares y amigas, y queridas y confiadas, manos que la habían acariciado de niña, que la habían ayudado a crecer y a jugar, tenía un rostro que siempre fue amable, una boca que le sonrió siempre y que ahora, sin saber por qué, se había vuelto ventosa, dueña de una lengua que pasaba por sus labios y su cuello, le dolían los pechos, le hacía daño, le hacían daño las margaritas de su vestido, como si las arrancara, una a una, debajo de ellas el dolor insoportable de unos dedos que querían abrir y no podían... Perdió la noción del tiempo, tiempo y espacio desaparecieron, tenía que huir, lo sabía, correr no sabía adónde...
No supo cómo, pero se encontró frente al espejo del armario de sus padres, mirándose, temblándo, temiendo que él subiera, porque de allí no podría escapar, había escogido el camino equivocado; la respiración se le aceleraba, miraba la escalera, oscura, como el pasillo, como aquellos pantalones que, sin saber por qué, se habían vuelto ásperos, y duros y que le quemaban las piernas y las manos... Solo once años... Un cuerpo demasiado desarrollado, una mente infantil, unos ojos que comenzaban a mirar a los chicos. Y sabía que aquello que le habían hecho era malo, era pecado, no se hacía, no debería de hacerse... Toda la culpa para ella. Algo había hecho mal. Esperó...
nadie subía, nadie se oía abajo. Esperó más... Nada... Todo en silencio. Se volvió a mirar en el espejo, los lazos de sus tirantes deshechos, un pecho pequeño al aire, las lágrimas que le corrían, la coleta deshecha y perdida la cinta... Nada podía decir, no debía de contar. Sabía que tenía que callar porque nadie la creería. Era una niña demasiado desarrollada para su edad, con un vestido de tirantes lleno de margaritas... Desanduvo el camino, buscó su cinta rosa, se hizo los lazos de las tirantes, como pudo, no muy bien, frente al espejo. El mismo que le devolvía la imagén de una culpa y un pecado. Metió su mano pequeña bajo el vestido y se ajustó la braguita, blanca braguita de algodón, recién estrenada, perdida para siempre su inocencia.
Habían bastado unos minutos para romperle la niñez. Para colocarla sobre la maldad humana. Sobre el asco de una saliva y el descontrol de unas manos. Para hacerla pensar que los chicos, aquellos a los que miraba, que le gustaban, un día serían unas manos y una boca... Callaría porque no podía contar, ni decir, ni gritar... Porque su madre llegaría en un corto espacio de tiempo, el mismo tiempo que le había robado su rostro infantil y su infantil sueño...
Limpió sus lágrimas con el dorso de la mano, se volvió a mirar en el espejo, bajó la escalera y miró el pasillo, oscuro, al fondo un haz de luz se colaba por la puerta entreabierta... Llegó hasta ella temblando, asomó su cabeza fuera y comprobó que, después de todo, nada había cambiado.

LENCERIA FEMENINA PASADOS LOS CUARENTA... ¡¡TODO UN RETO!!

Las señoras de más cincuenta años usamos lencería, naturalmente, usamos lencería atrevida, sensual y, salvo raras excepciones, elegante. La mayoría de esas señoras usamos una talla a partir de la cuarenta y cuatro, algunas usamos unas tallas más. Aclarado esto, sin saber por qué, hay señoritas jóvenes, de esas que no llegan a la treintena que, de repente, no saben qué hacer con una señora metida en unos grandes almacenes que pasea su figura grácil y suelta con algún kilito de más, que se detiene ante conjuntos lenceros un poco atrevidos, y que busca una talla que no pertenezca a la Barbie. Aclarado esto, sin saber por qué de nuevo, se te acercan y muy educadamente te dicen que tal vez quieras mirar otros conjuntos, te preguntan tu talla, la mía es una cuarenta y ocho, cosa bastante obvia porque ojos tenemos todos, así que si digo una cuarenta y dos no se lo cree nadie. Yo opto por sonreír, le digo que he encontrado lo que buscaba, la chica como que no se cree que yo, señora cincuentona, kilitos de más en todos los rincones de mi cuerpo serrano, esté dispuesta a meterme en ese conjunto que sostengo un poco amanazadoramente en la mano, que agito mientras hablo y que más que un conjunto sexy parece una bandera, pues sí, querida dependienta, yo me voy a meter ahí, diga usted lo que diga. Esta noche, como quien no quiere la cosa, hablaba con Emilio, un señor, de lencería, de tallas y medidas, de esas medidas que se toman a ojo. Hay conversaciones que son divertidas y que dan juego entre amigos honestos, pero que están dispuestos a sacarte una carcajada. Es bueno, es instructivo y es divertido hablar de lencería con los varones, más que nada porque son los destinatarios de dichas prendas, y total, a nuestros años, querido Emilio, como que ya, cualquier tema pasa a ser como hablar del tiempo, con la variante de que es mucho más ameno. Se trata de vestir a una señora estupenda, (con kilos de más o sin ellos), por dentro, de que una mujer se sienta ídem, es decir, MUJER, y eso, aunque haya jovencitas que todavía no lo entienden, es la sal de la vida, y si a la vida no se le pone sal se vuelve muy sosa, insípida y monótona, y tal y como está el patio, eso es algo que no se puede una permitir.
Deambulando por los estantes, por los percheros y los pasillos, miraba a diestro y siniestro, seguida a corta distancia por la dependienta convencida de que tenía que ayudarme, extrañada de que me parara delante de conjuntos transparentes, de colores fuertes, de estampados juveniles, pero que, para mi propia satisfacción, los había de mi talla, es decir, que mujeres gorditas hay, estupendas y esplendorosas, que no titubean a la hora de colocarse un conjunto atrevido a pesar de que las mollitas se les derramen por algunas partes de su espléndida anatomía. Parece que, en depende que situaciones, la edad tenga un límite, tenga un freno, tenga un prohibido pasar. Se olvidaba la dependienta joven de que somos las mujeres maduras las que más gastamos en lencería, las que más gastamos en artilugios de sexshop, las que hemos hecho (a veces de forma equivocada) de la liberación sexual un verdadero caballo de batalla, troyano y fuerte. Soy de las mujeres que han ido creciendo conforme ha crecido su tiempo, que sabe de sus limitaciones, las acepta, bromea con ellas, las usa para ser un poco más feliz, y decide que, imperfecta o no, tiene en sus manos un mundo por descubrir en muchos ámbitos, y una jovencita no va a ser quien le ponga puertas al campo, más que nada porque ya, a mi edad, hay muy poco campo que acotar.
La lencería madurita se usa con un gusto exquisito, hablaba hace unas noches con mi amiga Pili igualmente de lencería, de lo que es correcto o lo que no, y llegamos a la conclusión de que, a esta edad lo que debe de prevalecer es la propia satisfacción, basta que una se sienta bien, y que nos quiten lo bailao. Yo prefiero los conjuntos elegantes, algo discretos, colores sobrios, clásicos, pero eso sí, últimamente he descubierto que me gusta otra gama, algo más atrevidos, algo más coloristas, algo menos discretos... pero que sigan siendo elegantes. Como tengo la suerte de hablar mucho, de hacerlo con mis amigos varones como si de amigas se tratara, de no cortarme al hablar de ningún tema porque considero que se puede hablar de todo con educación, respeto y simpatía, también fue la lencería el tema sobre el que hablaba con otro amigo mío, al que le rechacé el gusto cuando me describió, eso que ellos hacen tan bien,  la imaginación lencera. Hay cosas para las que todavía, mis oídos, no están preparados, mucho menos mi buen gusto. Una cosa es que una señora sea atrevida y otra que el señor sea un poco hortera, haya ojeado y hojeado demasiado Penthouse,y se olvide de lo que nos podríamos reír nosotras si les ponemos a ellos depende qué ropa interior. Todo puede estar permitido, pero no todo es permisible, porque, a pesar de haber escalado mentalmente cuotas de autoestima inigualables, la mayoría seguimos teniendo un poco de buen gusto, a pesar de pararnos frente a conjuntos atrevidos sabemos cuáles son y cuáles no, y para eso no necesitamos a una dependienta preguntándonos la talla, porque, en definitiva, no se trata de tallas. Simplemente se trata de querer dar un toque de alegría,  estamos en la edad perfecta para ser alegres, vivir alegres y reírnos un poco del mundo mundial que a veces se empeña en que hay una edad para las transparencias, para el atrevimiento y para el disfrute, y eso, algunas, hemos decidido aparcarlo.
La próxima vez que acuda en busca de un conjunto de lencería, que me pare frente a un muestrario, que toque una prenda para verla mejor, pensaré que, a estas alturas, lo único que busco no es mi talla, sino una forma de reírme, de sentirme bien conmigo misma, de hacer de una compra un momento divertido y de pensar que, dentro de veinte años, alguna dependienta le preguntará a la que me seguía asombrada lo mismo que ella me preguntó a mí, y entonces descubrirá que, en ocasiones, los años, los kilos y las tallas, sólo son números.

(Foto de Tara Lynn. Modelo)

27 may. 2013

FEMINISMO CON UN POCO DE HUMOR... (no es tan grave)

Hartita estoy, ¡de verdad!, de que confundamos términos. Esta mañana me encontré con un artículo de un señor (por darle un tratamiento que es educado) sobre las mujeres, esas que controlamos las copas, la comida, que vigilamos los precios, que somos, en definitiva un "coñazo" a la hora de llevarnos a comer, no somos merecedoras de ir a restaurantes caros, porque, según él, no comemos (éste a mí no me conoce jajaja)... Es un defecto generalizado, confundir feminismo con hembrismo, el feminismo, señores, es la lucha por una igualdad de salario, de condiciones laborales y domésticas, por una existencia libre,  con las mismas opciones que tienen ustedes. El hembrismo es el deseo de anular al hombre, al macho, cosa que yo, desde luego, ni quiero ni pretendo, porque como digo siempre, a mí me gustan mucho los señores, así que ¡para nada! pretendo colocarme en un status superior, prefiero caminar al mismo paso, eso sí, cuando el señor en cuestión camine al mío... Las mujeres, las que sentimos que somos importantes, que somos valiosas, que mecemos cunas, que manajamos braguetas (con perdón) sabemos de nuestro potencial físico, mental, intelectual y sexual, ¡faltaría más!, lo que ocurre es que, de vez en cuando, se nos cuela un machito que viene a darnos lecciones, a denigrar nuestro sexo y nuestro género, a dejarnos a la altura del betún con opiniones tan peregrinas, tan absurdas, tan estúpidas, como el señor éste (que no voy a decir el nombre porque respeto mucho mi blog)... Me parece de una mezquindad suprema que, esos señores que nos invitan a cenar, esperando polvete posterior (con perdón otra vez), esos que nos invitan a una copa con el mismo objetivo, se rían, se cachondeen y se mofen de que una señora. Supongo que este tío (ya sin tapujos) no será de los arriba mencionados, y si lo es, lástima le tengo a la acompañante de mesa, oportuna y esporádica...
Una, que ya tiene años, que ha visto como cobraba menos por el mismo trabajo, como se le insinuaba que no debía de quedarse embarazada, que ha soportado eso de "está mal follada" ante un mal día, achacando un dolor de cabeza, que los señores también tienen, a su actividad hormonal, se rebela, porque una, que encima ha trabajado más horas que algunos hombres, que ha soportado (eso sí, de más jovén) las miradas babosas y babeantes, los comentarios a las espaldas sobre partes de su anatomía, que ha tenido que demostrar que se puede trabajar dentro y fuera de casa, todo a la vez, llevar los estudios de los hijos, solventar un problema de salud, acudir cuando los padres la han necesitado y encima salir a cenar, comer y beber, las copas que le ha dado la gana, ahora, a sus años, tiene que leer pamplinas, parrafadas trasnochadas, obsoletas, caducas y machistas... Porque esto, señores y señoras míos y mías, sí es machismo, lo contrario al hembrismo, que no al feminismo... El machismo es violento en sus formas, en sus gestos, en sus maneras, en sus costumbres... el machismo mata, el feminismo no... mata el hembrismo, y en muy contadas ocasiones, maltrata el hembrismo y se solapa, pero el feminismo ni mata ni maltrata, ni ofende ni insulta, a ver si vamos aprendiendo que, señores como el que se ha atrevido a decir estas tonterías, ensucian al hombre, a ese sexo y ese género noble, que lucha, que se compromete y que escucha y entiende... Me he indignado muchísimo, me he enfadado con la naturaleza, por hacernos tan distintas que tengamos que estar luchando siempre, para demostrar lo que nosotras sabemos y muchos hombres también, que somos únicas, especiales, laboriosas, emprendedoras, luchadoras, dignas, bellas, que sembramos paz y que hacemos de una casa un hogar, que si fallamos dentro de él falla todo, que somos paredes maestras y columnas que soportan y sujetan...
Buenos días, estupenda mañana para no leer tonterías, para dejar a un lado a los "machos" que ejecutan su poder a través del insulto, la violencia verbal y el menosprecio, nosotras a lo nuestro, que es trabajar cada día por ser un poco mejor, porque comprobado está que, siendo nosotras mejores, nuestro entorno también lo es...

 (Foto con Inmaculada Torres Alaminos, Concejala de Igualdad del Ayuntamiento de Motril).

A TI, QUE ME ROBASTE UN SUEÑO...(carta a "la otra")

Querida amiga:

Tú que eres querida y eres amiga, de la persona a la que amo más que a mi vida, a tí, que me robaste un sueño, que me dejaste desnuda de emociones, cuando, de repente, descubrí que escondida estabas en su vida, que eras importante en su mirada, que sus labios, quizás, recordaban tus besos... A tí que estás en la sombra perdida de una duda, creando dudas, haciéndote presente, que sabes que existo y me ignoras, y sigues en tu puesto, esperando su llamada, su visita, su mensaje, sus palabras; las mismas que a mí me dice, las que yo creo y crees tú, porque las tienes. Querida amiga de él, enemiga mía, motivo de mis celos y mis llantos, no te preguntes jamás cuánto sufro, no tiene límite el dolor que he acumulado, a fuerza de perdonarle y recobrarle. Para tí no es nada, pues existes. Si fuera algo te habráis ido, en el momento justo en que aparecí en su vida, hubieras desaparecido. Cuando alguién desea y quiere y ama, se va cuando entiende que es suplente; pero tú no, te has mantenido presente, creyéndote onmipotente, sin entender, ni comprender, querida, que soy yo la que se quedará, que tú pierdes, perderás siempre.
Querida amiga de él, que me robas la sonrisa cuando descubro un desliz robado al tiempo, aun sabiendo que no eres nada, jurado mil veces su desprecio por tí, pero atándote porque tú no le dejas horizonte abierto. Amante trasnochada de apenas unas noches, de apenas unos días, marcados por la ausencia, siempre ausente. Y te quedas en su vida, te niegas a rendirte, te quedas como una hoja perenne, cogida a su memoria, horadándome la ilusión, más la tengo. Pregunto mil veces por tu historia, digo tu nombre sin miedo y sin complejos, desde el día que mi mirada te retuvo, y comprendí que no pierdo, que gano en muchas cosas, digo sin miedo tu nombre, recuerdo los momentos vividos junto a él, tan solo escucho las risas que no cuentan, las palabras de quien, cansado, mantiene una luz porque es costumbre, sin reparar siquiera en si le alumbra, si le calienta, si se apagó. Sufro mucho, sufro por mí misma, que renuncié a la calma, sufro por los demás, porque lo ignoran, sufro por él, porque no te ama, sufro por tí, porque te empeñas en hacerte creer a tí misma que algo es, más nada es cierto...

Querida amiga de él, la que siendo mujer, la que sabiendo, no le importa compartir unas migajas, la que sabe de encuentros y te quieros, pero ahora no contigo, ya tiene a quien le haga más feliz, le haga reír, porque encontró lo que buscaba. Pero sigues en su mundo, y no sé por qué te empeñas en hacerme difícil la mirada, cuando le miro y recuerdo tu nombre, sus mentiras primeras, el secreto de llamadas... Ahora ya no, y lo sabes, pero sigues obstinada en creer que sí, que estás, que eres, que existes, que compartes...¡ilusión vana!... Tan solo pedirte que, por un momento, cierres los ojos, pienses que eres tú a quién se lo haga otra mujer, otro hombre, en otra vida, que sufras, que te desgarren las entrañas. Y entonces sabrás mi sufrimiento, su hartazgo de tí, aunque no habla, no dice, no comenta, pero está cansado, y cuando un hombre se cansa, a veces es mejor la retirada, la indiferencia duele más... la indiferencia mata...

Un saludo,
querida amiga de él, con esto acabo, solo decirte que desahogué el alma. Decirte que es mío, y tú lo sabes, lo sabe él, con eso basta. Sé feliz, inténtalo muy lejos, dejanos vivir tranquilamente, sin la sombra pasada de tu vida, sin tu amargo presente... Dejanos en paz ¡querida amiga de él!, que no te quiere.-

25 may. 2013

PERDONO PUES TE AMO...(poesía en la madrugada).

¿Qué te daba ella que yo te negaba?
¿Qué buscabas escondido en tu secreto?
¿Pensabas que mis oidos no escuchaban?
¿Pensabas que mis ojos eran ciegos?

¿Qué buscaste cuándo yo estaba ausente?
¿Qué te negó mi corazón o te negó mi cuerpo?
¿Sabrás alguna vez del daño que causaste?
¿Me escuchaste llorar a tus espaldas?
¿Me viste triste alguna vez al abrazarte?

¿Qué te entregó ella que yo no te entregaba?
¿Qué palabras eran mías y regalaste?
¿Qué besos me robaste para darlos
a alguién que no amabas pero amaste?
¿Por qué decidiste matarme lentamente?
¿Por qué de ése desprecio hecho carne?

Y ahora buscas mi perdón y te perdono,
y se funde mi sangre con tu sangre,
mi llanto con tu llanto y con tu pena,
mis besos con tus labios y tu carne,
mi soledad perdida entre tu cuello,
mi sonrisa tuya siempre, al escucharte
decirme que me quieres, que te mueres
si te dejo solo, si yo dejo de amarte.

Tranquila entre tus brazos que me imploran
perdón... y te perdono...
te absuelvo y te pongo penitencia:
jamás dejarás de amarme, ¡nunca!,
jamás podrás vivir sin mi presencia;
maldeciré tu vida si lo haces,
maldito tú, maldita ella,
que rompistéis mi alma en mil pedazos,
que hicistéis de este amor una condena.
Y pides perdón amándome despacio,
y perdono porque soy sacerdotisa
de tu templo, tu cuerpo consagrado.
Perdono porque bebes de mi Cáliz
la vida eterna, expiándo tu pecado.

Perdono pues te amo.- 

¿EXISTE LA CELULITIS?...(para las mujeres gorditas pero sensuales)

Mis amigas, las buenas, las que me conocen desde hace años dicen que soy exagerada, muy exagerada, mis amigos también, los varones; con uno de los buenos, de esos especiales, hablando hace un rato, me decía que yo no debo de aburrirme mucho conmigo misma... en eso lleva razón, y me lo decía a colación del verano, salió el tema de los bikinis, esa prenda que yo, por desgracia, veo en los escaparates, veo en otras señoras a las que le queda divinamente, pero que yo, por este tipo "cantarillo mocho" que me decía mi abuela, tengo prohibido por recomendación, ya que la entrada al circo se suele cobrar, no es de ley que le haga la competencia a los que nos hacen reír con su trabajo. Tuve siempre claro hasta donde llega mi sentido de la elegancia (si es que la tengo por algún lado), y, desde luego, puedo asegurar que mi cuerpo metido en un bikini es, totalmente, lo contrario a lo que por elegancia entiende todo el mundo. Le decía yo a mi amigo que la celulitis no perdona, a lo que me preguntó si de verdad existía la celulitis o era solo un invento de las firmas de productos adelgazantes, estupendísimos, llenos de cremas y de geles, de dietas crueles y de sufrimiento. ¡Hombre!, yo creo que existir existe, otra cosa es que algunas divinas mortales no la conozcan, que algunos señores, muy educadamente, la ignoren, y que otras señoras, consolándose como pueden (o podemos) veamos la ajena. ¡Pues sí!, existe. Sin embargo yo, a estas alturas, la celulitis la tengo superada, quizás sea porque, lamentablemente, ha ocupado su sitio preocupante, esas mollitas, chichas, cartucheras, morcillas, que, traicioneramente, se han ido colocando, poco a poco, alrededor de una anatomía que, sinceramente, desconozco a pesar de ser la propia.
Una toma conciencia de su estado general de blandura, hermosura y exuberancia cuando, de golpe, te encuentras ante una camiseta preciosa, buscas la talla, no encuentras la tuya, sigues buscando, sigues sin encontrarla, intentas meterte en la mente de ese diseñador fantástico y decides que, deliberadamente, pensando sólo en fastidiarte el día y por ende la vida entera, ha decidido jugar y anular tu autoestima... La chica encargada se acerca, te pregunta tu talla, la dices en voz baja, como confesándote, y ella te la repite en un tono más elevado, por si alguien no se había percatado de que eres gorda, es decir, que sabes que la celulitis existe y además con cómplices grasitas. Me decía mi amigo, todo él generoso con mi rotunda levedad del ser, que tampoco es tan grave lo de las mollas, que la carne sobre el hueso reluce (eso lo decía mi abuela y me sentaba como un tiro), y yo le recordaba un dicho que yo, para consolarme por mis kilitos de más a los dieciocho, soltaba con toda la bravura de mujer montejiqueña "A ningún seco le ha dicho nadie Dios te bendiga" a lo que un amigo respondía con su risa contagiosa y la frase apostillando "Ni a ningún gordo le ha dicho nadie te llevo a cuestas"... ¡Ay, esos kilos!...
Me fui de compras, le contaba a mi amigo, toda ilusionada, que me había comprado blusas, una talla más, solo una talla, y digo yo ¿cómo una talla, una sola, nos puede hacer sentir tan miserablemente mal?, asumido tengo, desde hace tiempo (mucho tiempo) que mi encanto no es físico, si es que algún encanto tengo, pero desde luego que, como la mayoría de las mujeres, señoras estupendas, que nos ponemos el mundo por montera, que desayunamos unos churros, que nos tomamos un helado y luego pedimos un café con leche desnatada y sacarina, pienso que la vida es injusta en cuanto a repartir kilos. Mi amiga Tere, esa que me habla de que le done ciertas partes sobrantes de mi anatomía, se queja siempre de talla de arriba (escasa), yo me quejo siempre de talla total (sobrante), mis amigas, algunas, de talla de abajo (sobrante o escasa según la amiga)... olvidamos que tenemos casi cincuenta años, que las hormonas nos han desestabilizado, que los gimnasios nos pueden permitir la creencia de la dureza corporal, luego ya comprobamos, en la ducha, que no son milagrosos, que nos basta con caminar una hora, hacer uso de las máquinas de los parques, que nos sienta estupendamente la celulitis, que ellas se pondrán en bikini, porque sus embarazos no les dejaron huella, que yo, madre a los cuarenta y cuatro, me colocaré mi bañador, a ser posible con ballenas (y la que va dentro), todo prensado para que me prense a mí, estupendo tejido, ese que te aprieta por todos sitios, que te saca la celulitis de cartucheras y hasta de la espalda... Pero eso sí, cuando eso suceda será porque el verano llegó de pleno, y después de colocarnos los trajes de baño, sean los que sean, nos iremos al chiringuito, nos tomaremos unas cervezas, nos olvidaremos de la celulitis, porque tapear en verano sienta muy bien, y (yo al menos), olvidaré que hoy tuve que pedir una talla más, porque después de todo, como me decía mi amigo que es un sol, un día de estos el médico se encargará de ponerme la dieta, de prohibirme el placer de un helado, de obligarme a caminar, de hacerme olvidar unas palomitas... y entonces, lo quiera o no, sabré que, la celulitis es lo que menos tiene que importarme... Hasta entonces toca pasar un poquito de hambre, seguir susurrando la talla usada, olvidar los kilos y no usar los años como excusa...
Buenos días, a todas las mujeres estupendas, que guardan todavía la figura de los treinta, que son dichosas, y sobre todo a las gorditas, a las que dejamos una silueta deseable aparcada en algún lugar de un álbum de fotos, que ahora somos conscientes de que la celulitis sí existe, pero se lleva mejor si la rebozas con buen humor, con unas risas y unas tapitas en una terraza...

"LAS MANECILLAS DEL RELOJ"...(cuando la vida cambia los planes).


Marcos aparcó en un pequeño solar desierto. Ninguno hablaba, pensaban en Miguel, los dos, Laura en las palabras que él le dijo, Marcos en las que le dijo a él. Sabían que, solo lo dicho por aquel hombre, que ya no estaba, debería de importarles, nada más, el resto del mundo podía reventar de envidia, de críticas o de chismes, podía enjuiciarlos, condenarlos y quemarlos en la hoguera, pero a ellos, lo único que iba a importarles, sería lo que Miguel les había dicho, así debía de ser y así sería. Marcos quitó el contacto, dejó su mirada al frente. Tenía cincuenta y dos años, una vida bebida a tragos largos, apurando cada soplo de aire, mil aventuras a sus espaldas, mil experiencias duras como médico, había visto, había oído y había vivido, y ahora estaba allí, junto a la mujer de la que se había enamorado nada más verla, la que le conquistó con cada palabra dicha, con cada mirada sostenida, con un gesto de la mano, una risa que le llenó un recuerdo, una bofetada que le hizo temblar. Y no sabía qué decir. Laura se reía, los ojos bajos, intentando adivinar cómo se declara un hombre a esa edad, cómo tiene una mujer que actuar, ante una declaración de amor, a los cuarenta y ocho, viendo a Miguel, escuchándole, algún día la vida te pondrá a alguien delante, tú no buscarás. Ella no había buscado, Miguel sabía que la vida ya le tenía puesto a alguien delante. Y Laura supo que, quizás, si Vergara no hubiera estado enamorado de ella, Miguel no la hubiera llamado, no la hubiera necesitado a su lado. Comprendiendo, que Miguel quería que descubriera a aquel hombre, que juntos vivieran ese momento duro de la despedida, que ella volviera para entender, para comprender que tal vez se había equivocado, que tenía derecho a ser feliz, sin dramatismos, con sencillez, sin la necesidad de aquel tremendismo que ponía ella al amor, sin cuestionarlo todo, sin desmenuzar cada frase intentando descubrir una intención distinta, un matiz diferente. No podía hacer aquello. Porque aquello le había destrozado el alma. Tenía derecho a vivir con alguien que merecía la pena