31 jul. 2013

LA LUCHA CONTRA EL RELOJ...(A María Antonia Seguí)

Me lo dijo por teléfono. La llamé, como siempre, porque se acercaba Navidad y hacía un tiempo que no escuchaba su voz, y escucharla me hacía bien. María llegó a mi vida añadida, esa novia de ese compañero y amigo que, sin pensarlo, sin meditar, se convierte en pilar básico, en la hermana que te ayuda, con la que discutes y con la que ríes, la hermana que, cuando llega un mal momento, cuando un médico te indica reposo porque te desangras, te coge, te lleva a su casa, a la de sus padres, y pide a su madre que cuide de tí. María es la luz, era la luz entonces y es la luz ahora. Fuerte y dicharachera, alejada un poco del carácter serio mallorquín, una mujer de raza y de bandera, de esas que te enseñan que la honestidad existe... Y aquella tarde, charlábamos con risas, como siempre, planeando la Navidad, y de repente me dijo "Tengo cáncer"... Hay momentos en los que no sabes reaccionar, no puedes reaccionar, por mi mente pasaron todos los momentos junto a ella, todas las risas, los llantos, los enfados, las noches de juerga con nuestros novios... Pasaron sus hijas, dos niñas, y pasó su marido, mi buen amigo, aquel que, al presentarse el primer día de trabajo mío, me soltó "Me llamo Sequi, Sequi Bond, hermano de James Bond, pero no se lo digas a nadie", y yo comencé a reír, porque todavía no había aprendido su sentido del humor. María tenía cáncer... como muchas, tenía que luchar, como muchas, y yo no sabía qué decirle... y comencé a llorar... Yo soy llorona, pero entonces tenía un motivo, porque mi amiga, lejos, tenía cáncer, y yo no podía abrazarla, ni llorar o reír con ella... Y entonces ella me riñó, y me dijo que no podía llorar, que no debía de hacerlo, que ella iba a estar bien, que tenía que estarlo, que quería que le contara mis cosas y le hiciera reír con mis caídas... pero yo no podía reír, porque la escuchaba llorar conmigo...
Hay siempre un momento de inflexión, un segundo en el que descubres que llorar no sirve de nada, que puedes llorar, debes de hacerlo, pero luego hay que secar las lágrimas, apretar los dientes y plantar cara al enemigo... María sabía que su lucha era contra el reloj, contra el tiempo, contra todo lo que acortara los días, tenía que hacerlos más largos. Soportó las sesiones de quimio, soportó pinchazos y horas eternas mirando un techo blanco, como ella me contaba, imaginando la vida de los suyos sin ella, y sabía que no podía ser, ella tenía que seguir, ella, por puro egoismo, tenía que estar junto a sus hijas, verlas crecer, enamorarse, aprobar, suspender, llorar por amor, ella tenía que ver envejecer a su marido, envejecer con él y junto a él... Ella decidió que, si la vida le daba un revés,
al menos se lo daría con la lanza asida y el escudo firme...Sufrió los vómitos, escondió la angustia y el cansancio, salía con sus hijas al parque, hacía los deberes con ellas, hablaba conmigo por teléfono, y solo cuando yo le decía "No seas tan fuerte" se permitía narrarme su guerra y llorar en silencios eternos... Hoy María sigue luchando, seguirá luchando siempre, pero ya no tiene miedo, ya lo venció, ya me ayudó a comprobar que, lo que tenga que pasar pasará, pero a la batalla hay que ir fuerte, hay que hacerle cara, hacerle frente, decirle "aquí estoy yo" y sacar las armas... Como ella muchas, como ella luchan, como ella lloran, como ella ríen y sufren, y hacen ver que todo está bien, porque si algo no se pueden permitir, es que los suyos las vean hundidas... Mi recuerdo hoy para María Antonia Seguí, una mallorquina de Inca, fuerte, simpática, resuelta, que luchó y ganó, aunque sabe que su victoria depende de que siga luchando siempre... Y para un marido que estuvo pendiente de sus días y de sus noches, de sus lágrimas, y que ocultaba las suyas porque aprendió que ella tenía derecho a verle siempre reír...

30 jul. 2013

"LAS MANECILLAS DEL RELOJ" QUE MARCAN MI TIEMPO...

Me negué a editar en digital; cuando me lo propuso la editorial en papel dije que no, me gustan los libros en papel, pasar páginas, colocar marcapáginas, quien ha visto libros de mi propiedad saben que algunos están subrayados, con notas en los márgenes, asteriscos, notas a pie de página... Me gusta vivir los libros, me gusta hacerlos y sentirlos míos, apropiarme de ellos, no me gustan los libros en digital, no me gusta la impersonalidad, igual que prefiero un café, una coca.cola con mi gente a charlar de forma virtual, pero, ¡claro!, los tiempos cambian, los tiempos te llevan en su caudal, te van marcando los tiempos, los recodos y el camino que hay que tomar. Disfruté mucho cuando ví mi libro en papel, lo ojeé, lo hojeé, lo manoseé, lo olí, palpé la tapa, doblé alguna hoja... Y pensé que no estaría jamás en formato digital, porque yo, lo único que pretendía, era ver algo escrito por mí impreso, como les ocurre a mucha gente de esa que escribe en su casa, que tiene ilusión, que gusta de sentarse y contar una historia, que goza con las pequeñas pausas... Podría nombrar a muchos, gracias a Dios no estoy sola en este tema, hay mucha gente que vive su mundo así, que hace su obra así, camareros, gente que trabajan en un kiosco, transportistas, médicos, amas de casa, mujeres y hombres ilusionados por la literatura, unidos por ella, que no son grandes porque su nombre no está en un centro  comercial famoso, no olvidemos que, para estar en esos centros, el autor tiene que desembolsar grandes sumas de dinero, millonarias sumas, cosa que yo desconocía hasta que las editoriales te informan, hasta que te dicen nombres y te dicen cifras, así pues, aquí pagamos todos, unos de una forma y otros de otra, y yo decidí que mi libro solo estaría en papel, porque me gustaba el papel... Pero un buen día, pasado el tiempo, en una reunión en Alcaudete con gente que sabe mucho de esto, nombres ya reconocidos, antes de entrar a un salón en donde nos iban a contar todo un mundo de vicisitudes, la forma de hacer las cosas, cómo teníamos que hacerlas, me tropecé con una escritora, buena y grande, y hablamos, la conocí, me saludó, me preguntó, le respondí, y me dijo que publicara en digital, que me animara, que era lo mejor. Después de escucharla explicar la forma, contarnos los pros y los contras, comencé a rumiar que no era descabellado... Además de mi editorial había otra por ahí, de esos ofrecimientos generosos, que también me había animado, así apareció en mi mente "Publicar en Digital", la editorial que se ofreció a llevar "Las manecillas del reloj" a un formato internacional, al laberinto de internet, a sus pros y sus contras, a esperar reseñas buenas, malas y peores, porque de eso María José Moreno también nos habló, también ha sido víctima ella, como lo han sido muchos, de los desaprensivos que comentan por el simple hecho de denigrar... Pero me armé de valor, supe que estaba preparada para aceptar las malas, sobre todo porque ya había leído un comentario cruel y cruento en alguna página local, de esos que humillan, ofenden e insultan, y había sobrevivido, y he seguido sobreviviendo diariamente... Me armé de valor, decidí que cosas buenas, malas y peores hacemos todo el mundo. Pero yo iba a hacer caso a quien me decía que lo hiciera, a quien después de ver los países que seguian mi blog y leer los comentarios, y leer las preguntas sobre cómo conseguir la novela, me animaron a hacerlo...
Hoy "Las manecillas del reloj" están en Amazon, están en digital, gracias sobre todo a Publicar en Digital, que lo ha hecho todo, que lo ha hecho perfecto, que me ha ilusionado, aconsejado y guiado... No siempre los éxitos o los fracasos incumben a una persona, a veces hay quien lo olvida, y en el intento de machacar a un autor olvida que con ese machaque está aludiendo a lo que hay detrás, no solo al editor, también a la gente que escribe, anónima, a la gente que hace muñecos en casa, a la gente que hace música los fines de semana, a todos los que, de una forma u otra, sacan a la luz algo que les gusta... Mi novela, humilde (sí, humilde, aunque algunos se mofen de la palabra) está en Amazon, no pretende competir con ninguna, porque no puede, porque no está escrita para competir, solo para llegar a personas sencillas, esas que se ven insultadas, solapadamente, por aplaudir algo, por animar a alguién, somos tan necios que nos permitimos el lujo de menospreciar a la gente corriente, a la gente que lee en lugares pequeños, gentes que no aspiran a ser más que nadie, pero tampoco menos...
"Las manecillas del reloj" está escrita por una ama de casa ¿pasa algo?...¿se han fundido los polos, se ha secado el océano, se ha repoblado el desierto?... la vida sigue, la mía sigue, la de las gentes que la han leído también. Gentes que me han apoyado, gentes con carreras (que parece que es lo importante) y gentes que, simplemente, disfrutaron leyendo lo que una ama de casa escribió. Sé que no soy escritora, hay adjetivos que se colocan porque no hay otros parecidos en una lista determinada, ¡claro que sé que no lo soy!, porque soy de la opinión de que escritor es Miguel Delibes, Juan Marsé y pocos más, lo son los que han alcanzado una gloria perenne, sin superventas, solo con obras imperecederas y atemporales... Y eso es muy difícil, solo otorgado a unos pocos elegidos... Soy quien soy, lo que soy, nada más... ¡y nada menos!... Estoy a punto de cumplir medio siglo de vida, ¡medio siglo!, he soportado casi de todo en mi vida hasta ahora, seguiré soportándolo, (incluidas amenazas emboscadas en bocas que no existen), no me importa, yo sé como lo llevo todo, como lo he hecho, atando todos y cada uno de los cabos...tengo edad para haber pensado en todo, edad y vida, y sufrimiento y alegría... mucha alegría, la alegría de ver que, una novela humilde (repito porque se ve que hace gracia) ha conseguido darme ilusión, y sí, es un sueño, lo dude quien lo dude, comí cada día hasta ahora, me vestí cada día hasta ahora, crié a un hijo, estoy criando a otro, no aspiro a nada más, porque, afortunadamente, no tengo carencias, ni emocionales ni (a Dios gracias) económicas, y eso, tal y como está la cosa es un lujo...
"Las manecillas del reloj" están en digital, están en papel, no sé si habrá otra, sé que si la hay tendrá lectores, no muchos, tampoco me importa, dicen que más vale poco y bueno que mucho y malo; por ahora he ido, como diría mi amigo Emilio, pasito a pasito, porque como digo yo, ya no tengo edad de correr... ni me dejan, porque tengo una casa que llevar, un hijo al que educar, otro por el que preocuparme, y un marido a quien amar... y lo más importante, una madre a quien querer...
Desde aquí mi agradecimiento a los que lo han hecho posible, desde aquí un beso a Ignacio, que ha demostrado cómo son las personas de bien, un beso a todos y cada uno de los que me han hecho ver que, en definitiva, lo importante es sonreír, compartir lo bueno y callar lo malo, que me han hecho ver que en "boca cerrada no entran moscas", que el refranero es sabio, y que la vida, cuando se ha vivido con dificultad pero con alegría, te deja muchas más cosas buenas que malas
, y a mí, ultimamente, me están llegando las buenas, porque a las malas les puse muro... las malas me las traerá el azar, Dios o el destino, porque es de Ley que así sea, y estaré aquí para vivirlas, porque, por desgracia, de lo malo no se libra nadie, lo único que no quiero es que a mí, la "parca" no me encuentre con el alma cargada de maldad, debe de ser triste saber que hiciste daño a conciencia, debe de ser triste y lamentable... Por ahora, mis besos, mis agradecimientos, a todos los que, desde muchos lugares me leen, me animan, me envían comentarios y me hacen saber que gentes corrientes, normales, hay en todos sitios, y que en ellos está la verdadera grandeza....

Gracias a todos, es un placer compartir con vosotros.-

28 jul. 2013

ROMPER LA NORMA... (conversaciones con Antonio Villegas, se lo debía)

Hace unas noches, noches atrás, la fatídica noche de un accidente que hizo llorar a todo un país, lejos de mi casa, lejos de mi entorno, cuando un dolor de cabeza me podía, me atenazaba las sienes, y me había colocado un malhumor insoportable, cuando casi se rozaba la media noche, sin esperarlo, a través de mi pantallita, mientras escribía, apareció el saludo de Antonio Villegas, al que hoy, desde aquí, deseo lo mejor del mundo, porque no le ví por las redes, supongo que su nueva vida laboral lo absorbió y estoy feliz de que así sea. Antonio es, como he dicho en más de una ocasión, un caballero... Comenzamos hablando del accidente del tren de Santiago, conjeturas y dolor en ambos, comentando e intercambiando opiniones. Sin esperarlo, como nos sucede siempre, comenzamos a hablar de la muerte... y de la vida. De lo que dura la vida. Antonio tiene la capacidad para ir sacándome, lentamente, mis opiniones más íntimas sobre muchos temas. Yo le hablaba de la vida, del suspiro que dura una vida, bueno no, del parpadeo que dura la vida. Cuando quieres volver a parpadear ya ha pasado. Ligera y sutil, sin darnos cuenta, se ha llevado las ilusiones, los sueños, los años... se ha llevado, sin preguntarnos, nuestros deseos de vivir distinto. Yo le hablaba de mí, él preguntaba y opinaba, yo contestaba y explicaba. Le hacía ver lo difícil que es para una mujer, llegada a una edad concreta, poder vivir de acuerdo con lo que cree, con lo que su interior cree sinceramente. Porque es muy distinto lo que nos hacen decir, lo que decimos porque es la norma, lo correcto, lo que se espera de nuestro sexo y de nuestra edad. Porque si una mujer a una edad determinada, en un ambiente rural determinado, se sale de la norma, la rompe, se la mira como a un bicho raro, y desde luego que sé de lo que hablo. No es lícito para la mujer ser libre, aunque ella sepa que su libertad es suya, es propia, que se vive desde el respeto a los otros, desde el respeto a ella misma. No. La libertad de una mujer se debe de quedar en casa, con los suyos, manipulada y organizada por los de dentro, porque así lo impone la sociedad, sus normas, y algunas normas no se rompen... Yo sí, yo decidí romper la norma, la norma general, esa que me impusieron nada más nacer, por ser mujer, por nacer en la franja de tiempo que lo hice, en el lugar que lo hice, por no poder llegar a tener titulaciones que me permitieran huir, o subir, o escalar. Porque las mujeres amas de casa lo somos siempre, porque solo debemos de ser eso, seguir con la norma, la que no está escrita, la que no se mueve, no cambia y no evoluciona. Y ¡¡ oh sorpresa !!, somos esas mujeres las que deseamos para nuestras hijas algo distinto, que ellas aspiren a más, que ellas si rompan la norma y lleguen a lo más alto, pero mientras tanto, nosotras, sus madres, seguimos en nuestras casas, viendo como lo que deseamos, lo que soñamos, lo que queremos, lo viven las valientes que deciden exponerse a críticas, a las críticas de esas mismas mujeres que desean lo mismo que ven para sus hijas... ¡¡¡ Que compleja es la mente, la psiquis humana !!!, que desea lo que otros tienen pero se frenan porque otras gentes así lo deciden... Yo no, yo tuve suerte, porque después de seguir la norma, después de seguir la línea blanca, miré hacia atrás, y no me gustó lo que ví, no me gustó ver la cobardía, la manipulación del "qué dirán", la vergonzosa verborrea de quienes juzgan, y miré hacia adelante, y ví lo que deseaba, lo que pensaba, lo que quería, y miré a mi lado, a quien me acompaña, y me empujó... Y rompí la norma. Ama de casa, sí, pero independiente en ideas, ama de casa, sí, pero con opiniones propias, dispuesta a defender mi derecho a vivir, sobre todo cuando vivir, en un ámbito rural, se limita a salir sola, viajar sola, hablar sola, sin miedos, sin tener que soportar miradas acusadoras de quien dice quererte y hacerte libre. Porque para poder saltarte la norma, para poder respirar necesitas el oxigeno que te proporciona el entorno más cercano... Mirar hacia los lados, ver mujeres que, simplemente, por trabajar fuera de casa, tienen el derecho a opinar, la libertad para hacerlo, pero que a las que hemos sacado hogares, a las que hemos cuidado, mantenido y fortalecido una familia, se nos ha ido negándo. Y yo hablaba con Antonio, tranquila, se me iba yendo mi dolor de cabeza, me reía con él, con un señor, con un hombre, me reía con sus cosas, dichas con toda la caballerosidad del mundo, sin ocultar, sin tapar... Cuando dos personas se relacionan desde el respeto no hay motivos para hacerlo... Le hablaba de una edad difícil, la necesidad de un subidón de autoestima, de que te digan un piropo, esas cosas que, calladamente, todas las mujeres desean, aunque no lo digan, aunque envidien a las que generan los piropos y los elogios, simplemente porque la cobardía les ha impedido a ellas romper la norma...
Y yo le hablaba de cansancio, de crecimiento, de saber lo que mereces, de tener conocimiento de lo que eres capaz, y saber que puedes hacerlo sola, pero que necesitas que dentro te respeten, te dejen horizonte abierto, te den alas, porque te quieren, quieren que vueles, quieren que seas libre... Enseñamos teorías a los hijos, a las hijas, les hablamos de perseguir metas, es momento de enseñarles práctica, de que vean que somos capaces de alcanzar las nuestras, de realizarnos como personas, de obviar, ignorar y desoír críticas nefastas, cuando vienen de cobardías y envidias, hay que enseñar a los hijos que somos luchadoras, que somos amas de casa, sí, pero amas de casa que tienen voz propia, que tenemos objetivos claros, que podemos ser buenas en lo que hacemos, que nos movemos sin hilos manejados por unos dedos que dicen querernos, pero que nos mantienen atadas a las normas...
Yo ya no... yo rompí la norma, a mí me enseñaron a romperla, me ayudaron a romperla... Le hablaba a Antonio de la importancia de rodearse de varones que valoran, que respetan, que comparten y que comprenden, que saben a quién tienen enfrente, que saben de los principios de una mujer, de sus cotos privados... Varones que saben que la alegría de una mujer, la frescura de unos ojos, las sonrisas, son solo gestos propios de la propia mujer, no indican nada más. Nada más bonito, más lleno de vida que una mujer que alegra a quienes tiene a su lado, que olvida que puede dar lugar a malinterpretaciones, que se ríe sanamente, sin mediar otra intención que la de ser feliz...  Que entienden que una mujer puede ser la mejor amiga, la mejor confidente, que escucha, que allana caminos, que puede ser colega, porque lo que sí hemos demostrado las amas de casa, es que hacemos hombres y mujeres... y lo hacemos bien.... Y sobre todo, que la sonrisa de una mujer, sus palabras amables, su alegría, no es, ni mucho menos, una invitación para ir a la cama, por mucho que se lo hayan inculcado en esas normas neardentales, tan viciadas ya y tan inquisidoras... Yo ya rompí la norma, lo que venga detrás, sinceramente, me importa más bien poco... Estoy muy ocupada siendo feliz, viviendo mi vida, mirando las normas con sorna e intentando que haya más mujeres que las rompan... Gracias a Antonio Villegas, que piropea como nadie, que desmenuza rarezas sociales, y que aquella noche, noche nefasta para España en que se nos fueron muchos de los nuestros, me diluyó el dolor de cabeza con una conversación llena de sabias palabras y mejores risas...

25 jul. 2013

UNA BODA DIFERENTE...(por las personas que no necesitan más)

Hay días que amanecen tristes, que hay que continuar, así está organizado, así está mandado, así se exige. La vida continua para pobres mortales que tienen existencias por vivir, aunque llore el alma pensando en los que, por un derrape del destino, han dejado las suyas en vías asesinas de cuerpos y de almas. Hoy era de esos días tristes y pegajosos, esos en los que vas en un coche, mirando hacia afuera, sin conversación dentro, escuchando noticias, comentando circunstancias con mi acompañante, sin ganas de bromear, barajando cifras, barajando vidas. Miradas que se cruzan, labios que se muerden, tristeza en ojos que son alegres, que deberían de vivir unos días alegres. Y no se puede.
Y sin embargo, cuando menos se espera hay uno de esos ofrecimientos para relajar la tensión, para intentar olvidar lo sucedido a muchos kilómetros, para hacer lejano lo cercano; por unas horas, por unos momentos, me ofrecen una visita de esas para admirar, para disfrutar, alejada de ruidos, sólo un horizonte y sólo el deseo de no pensar en lo malo, en lo peor.
Hemos llegado a una pequeña ermita perdida en un monte, alejada de todo y de todos, la ermita de la Virgen de Cánolich, piedra sobre piedra, imágenes adustas, lejos de riquezas, de lujos superfluos, imágenes sobrias en un paisaje inmenso. La entrada abierta, pequeño espacio, nadie. Bueno sí, al fondo, frente al altar, un altar recatado y sencillo, dos personas. Maduras. De mi edad. Un hombre y una mujer. Vestidos con normalidad, con vaqueros, con camisetas. Nadie más; estaban en un lateral, pero frente a las imágenes sagradas de la ermita, de un recinto tan pequeño que, de haber estado lleno, no cabrían más de cincuenta personas. Unas velas al fondo, sobre una mesa simple, sin electricidad, encendidas con unos palitos. Cirios blancos todos, ninguno rojo, esos tan llamativos que son la generalidad de la candelería de iglesias y santurarios en mi Andalucía. No. Estos eran todos blancos. Me quedé atrás. Miraba a las dos personas que había frente a mí, dándome la espalda, ajenos a mi presencia totalmente, mi acompañante me habla al oído, pero no lo escucho, miro las manos enlazadas, ellos mirándose, sonriéndose. Me hubiera gustado hacerles una foto. Simplemente por el placer de compartir lo que una mirada encierra. Apenas les oía. Escuchaba como el hombre, de mi edad, ya digo, pero con un atractivo impresionante, embutido en un vaquero gris y una camiseta blanca, le explicaba a ella los bajos relieves, algunas esculturas, pocas, le hablaba de historia y de arte. De repente le rodeó los hombros con su brazo, había una diferencia de estatura bastante importante, y de manera discreta miré las sandalias de ella. Poco tacón, pensé, puedes permitirte más, aconsejé con mi pensamiento. Reparé entonces en la mujer. Guapa mujer. Llenita, como la mayoría a partir de cierta edad. Un poco más delgada que yo, pero con curvas bien puestas, exuberantes curvas, no sé porqué pero sonreí. Era tierna aquella estampa natural, viva, no podía dejar de mirarles, mis ojos ocultos tras los oscuros cristales de mis gafas de sol aún sabiendo que es de poca educación estar en un lugar sagrado con las gafas puestas, pero me permitían observar todo, pasar discretamente por aquel espacio, moverme un poco y adelantar mis pasos sin hacer sospechar que quería escuchar lo que se decían; él hablaba en voz baja. Y avancé: "¿Te quieres casar conmigo, aquí?"... Él solo le dijo esa frase. Nada más... y nada menos; yo bajé la cabeza un poco ruborizada, un poco cogida en falta, un poco incómoda. Pero quería estar, disimulé, me alejé lo justo para escucharla a ella decir "Sí"... Y ya está, me volví, no se escuchaba nada más, pensaba que había sido una imagen que yo había proyectado con mi imaginación sobre el altar rústico, sencillo, entrañable, con sus imágenes toscas y sin brillos... Pero no... Ellos estaban allí. Se besaban. Sin aspavientos, sin compromisos ajenos, ni adquiridos, ni firmados, ni jaleados. Eran sólo ellos dos. La guapa mujer y el atractivo hombre. Dos personas. Sólo dos. No se necesita nada más. Todo lo demás sobra. Ellos se habían casado, el resto del mundo giraba fuera, nadie les iba a felicitar, no lo necesitaban. Yo sí... Yo me acerqué, les sonreí y les dije que me alegraba de haber compartido algo así, les besé y les dije que les daba mi enhorabuena...
Les vi alejarse. Él permaneció dentro, ella volvió con un cirio blanco. Lo encendieron, los dos, dos manos juntas. Y hasta mis oídos llegaron las palabras suaves de la mujer guapa y bajita, la que podía permitirse un poco de tacón más "Voy a pedir un deseo ¿puedo?"... Él la besó en la frente, "El que quieras", y me emocioné.... "Quiero volver aquí contigo, dentro de un tiempo, dentro de nuestro tiempo"... Y supe que ellos eran de los elegidos para vivir los locos amores ajenos a mundos perfectos, con normas perfectas, compuestos de gentes perfectas que hacen de sus vidas perfectas teatros perfectos para espectadores perfectos... Y supe que ellos eran la vida... La auténtica, la real, la que viven los sentidos, el alma, el deseo y el corazón... Y les vi besarse de nuevo. Guapa pareja.
En el prado de fuera se hicieron fotos, sólo ellos, les hice dos, me ofrecí voluntaria porque deseaba, profundamente ser parte de aquella ceremonia legal, legítima, auténtica, sin nada más que lo importante: Amarse... Lo demás, todo lo demás, es tan perfecto que no merece la pena....
Miré a lo lejos, todo verde, todo natural, todo inmensidad. Miré a mi acompañante que no había interrumpido ni una sola vez aquel recorrido emocional mío a través de otros... Sonreímos, nos sentamos en una escalera, debajo de un enorme abeto. Le cogí la mano y apreté con suavidad:
-Después de todo, la vida continúa...
Y los vimos alejarse cogidos de las manos, hacia no sé qué destino, hacia no sé qué despedida...sencillamente a esperar su tiempo. Lo demás ya lo habían conseguido...

24 jul. 2013

EL ORGULLO DE UNA MONTEJIQUEÑA... (esperando honrar a la tierra que me vió nacer)

Hay noticias de esas que se instalan en la jornada rutinaria y te la cambian, totalmente, de golpe y porrazo, sin avisar. Me lo dijo de repente "Vas a dar el Pregón de las Fiestas". Yo sé que mi pueblo es humilde, que mi pueblo es pequeño, que no es de esos pueblos ricos, ni importantes, ni renombrados... ni me importa. ¡Es mi pueblo!... Es mi tierra, allí está mi pasado reciente, mi pasado lejano, los míos que se fueron, los míos que están. Allí está mi niñez, mi adolescencia, mi juventud. Allí estoy yo, caminando hacia la Iglesia del brazo de mi padre el día de mi boda. Llevándo en brazos a mis hijos el día de su Bautismo. Montejícar es mi esencia. Es mi tierra, es mi raíz, la raíz profunda que llena de sabia mi vida. La raíz que me hizo como soy.
No ha sido fácil, no es fácil releer, despacio, emocionada, un Pregón que escucharán mis paisanos, mi gente, los que están cerca, los que están lejos, los que me quieren, los que me desconocen.
Pues sí: Voy a ser Pregonera de las Fiestas de Montejícar. De mi pueblo. Un pueblo de los Montes Orientales de Granada, un pueblo cercano a la provincia de Jaén, un pueblo que vive, trabaja, respira, que camina a paso lento, que comparte alegrías comunes y duelos comunes. Un pueblo pequeño que conoce los nombres de todos sus hijos, que los extraña cuando se marchan, que los anima cuando están presentes. Que hace de los encuentros vida, de la vida experiencia, de la experiencia alegría. Un pueblo con sus cosas buenas, menos buenas, regulares, malas... Un pueblo como todos los pueblos, porque pueblo es. Y para cualquier persona, ser Pregornera de su Pueblo, con mayúsculas, es el mayor orgullo al que puede aspirar.
No va a resultar fácil detener la emoción, no va a ser fácil porque esa noche me faltarán seres a los que quiero, que estarán ausentes, unos ya para siempre, otros en la distancia. Personas importantes que estarán en espíritu conmigo, que se alegraron conmigo, se han involucrado, han compartido mis penas y mis alegrías, los días malos y los buenos, que han aceptado, comprendido, compartido. Desde aquí, desde este Blog que no tiene nada de especial, que es personal, intimista, hecho para personas normales, corrientes, de esas que caminan despacio, sin prisas, sin metas imposibles.
Invitaros a que visiteis mi pueblo, a que vivais sus Fiestas, que recorrais sus paisajes y os mezcléis con sus gentes. Buenas gentes, buena tierra. Solo espero honrarlo, solo espero estar a la altura, solo espero poder mirar a mi gente y que se sientan orgullosos de mí, seguir paseándo el nombre de mi tierra, de un pueblo pequeño, sencillo, pero un pueblo que acoge, que mima y que defiende lo suyo.
Buenas noches, felices sueños, y para cuando lleguen, ¡¡Felices Fiestas, Montejícar!!....

(Foto del Ayuntamiento de Montejícar, por Cristobal Arco Fernández).

¡¡ LA GRAVEDAD DE UN GATILLAZO!!... (charlas con muchas risas)

La definición de "gatillazo", según el diccionario, es el fracaso del hombre en la realización del coito. Hay dos acepciones más, pero la verdaderamente interesante es esta, al menos es la que viene a colación sobre el temita de esta noche. Me preguntaba hace un rato un amigo sobre qué iba a escribir; hoy tuvimos algunas charlas, hablamos un poco de los gatillazos, esas cosas que les pasa a los señores, que les preocupa mucho, pero que no saben ellos hasta qué punto les preocupa o nos preocupa a las señoras. Recordando yo la conversación de hoy le dije que estaría bien hablar de gatillazos, él me dijo que era buen tema, nos reímos mucho, y pensé que, efectivamente, era un buen tema. Sobre todo por la desazón que se crea en torno a un simple hecho fisiológico y mental, involuntario totalmente que es capaz de crear una comezón tremenda en ambos sexos, y es que, cuando una señora está dispuesta a un momento de placer, a comprobar que saca de sus casillas a un señor, que le hace perder los papeles, no es grato, ni mucho menos, descubrir que hay un apéndice masculino que va por libre y que se dedica a tirar por la borda unos minutos placenteros llenos de sensaciones muy gratificantes. La autoestima puede bajar hasta el sótano, porque las señoras, que solemos medir nuestra capacidad sensual en la respuesta de un simple órgano, nos quedamos "como a quien le cuentan un cuento" que decía mi abuela. Nos hacemos mil preguntas, (naturalmente todas sin respuesta), nos comenzamos a tejer una larga lista de causas, solemos terminar pensando que hemos perdido sexappeal y olvidamos el "calvario" que en esos momentos pasa por la cabeza de la pareja en cuestión. Y es que, para un señor, eso de comenzar a tener lapsus sexuales es muy incómodo, por decirlo finamente, sin intención de dañar el ego varonil. Los gatillazos, a una edad, deberían ya de estar admitidos, porque, por desgracia, se irán repitiendo, eso sí, lamentablemente, muy lamentablemente... Mi amigo, que es un cachondo mental, que de vez en cuando saca punta con una ironía digna del mejor de los humoristas, me decía que no es grave siempre que suceda después de una larga jornada amatoria, que lo grave es que suceda tras una sequía o que, como él decía, pueda suceder tambien por eso mismo... Él (que como digo es un cachondo) me decía que suele pasar por la emoción, y a mí me dio la risa, la risa floja, que solemos decir, esa que se nos pone a las mujeres cuando escuchan la excusa más absurda, pero que luego, cuando la lógica nos vuelve, sabemos que llevan razón. Y es que, nadie mejor que ellos para saber lo que les sucede, porque algo está claro, en otros temas puede que no, pero en temas sexuales ellos son sabios sobre su cuerpo, porque lo tienen ejercitado, mentalizado, revitalizado y muy pero que muy apreciado... Hay conversaciones que terminan colocándote una sonrisa que te acompaña un buen rato, porque son distendidas, porque sabes que son temas que ya, a nuestra edad, más que tabúes deberían de ser obligatorios, tal vez porque, si así fuera, a nosotras, santas hembras, se nos irían los sentimientos de inferioridad, se nos escaparía una sonrisa cuando pasara, se nos terminarían los interrogantes sobre nosotras, porque entenderíamos que, en ocasiones, hasta un simple movimiento da lugar a semejante debacle... Siempre están, como decía él, los que juran sobre una Biblia que a ellos nunca les ha pasado, eso sí, se guardan mucho de decirlo delante de señoras que pueden contar, con más dedos que los de una mano, las veces que ellas los han sufrido, porque en este mundo masculino y masculinizado, lo importante en realidad es que un varón cumpla (entre ellos, leones de la manada); los varones olvidan como por arte de magia la importancia de que las señoras no tengan "gatillazos", porque ellas, que son así de raras, los traen de fábrica, por eso la naturaleza nos enseñó a fingir mejor que nadie, a decir que todo es estupendo, a subirlos a los altares y a hacerles creer (como diría mi amigo) que nos hacen ver el "oremus", que todavía no sé qué es. Pero una cosa si tengo clara: A mi edad, a nuestra edad, a los que nos acercamos ya al medio siglo, un gatillazo más o menos no va a hacernos cambiar de opinión, ni de sentimientos, ni de gusto, olfato, oído, vista y tacto, porque hemos descubierto que los cinco sentidos en ocasiones no están coordinados con la mente, que puede fallar uno y hace que falle todo, pero que, por suerte, son cosas puntuales, que al día siguiente seguimos teniendo el mismo poder. Eso sí, siempre que al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente no se repita la misma situación, porque entonces, como yo le decía, la excusa deja de ser excusa y comienza a convertirse en la certeza de que algo más grave pasa, y todos sabemos que, estas cosas, como él decía, no son físicas, sino que son mentales, y cuando la mente, la imaginación y el deseo no van unidos, los cinco sentidos pueden convertirse en cinco enemigos... Hay que darle a cada cosa la importancia justa, un gatillazo, como los dos comentábamos, no deja de ser algo irrisorio que si dos personas se lo toman a broma puede dar mucho juego de risas, pero cuando se convierte en lo cotidiano, seguramente, dejará de ser una broma, porque, sencillamente, es una voz de alarma de que, lo que hasta entonces iba unido, se está dispersando, por no hablar de la dispersión ególatra que supone... Buenas noches, un temita acorde con la hora, por si alguien tiene algún problema....

22 jul. 2013

MUJERES DE RAZA...(las hermanas Ayas Acebes, y su hermano Diego)

Me decía mi padre un día, que le parecía a mi abuela Tita, que tenía su carácter algunas veces... Para mí es un orgullo que me comparara con ella, mi abuela era de raza, igual que sus hermanas y su hermano. Cuatro mujeres, Ascensión, Cándida, Dolores y Francisca...y Diego, el varón, el niño, el hombre. Cuatro mujeres y un varón, hermanos. Nacidos a finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando nacer era complicado, cuando era duro, cuando era difícil. En una familia modesta, sencilla, familia pobre, como lo eran la mayoría entonces, en Montejícar, cuna de mujeres grandes y fuertes, en donde se hacen silencios las palabras dichas por mujer, pero tenidas en cuenta, sabedores los hombres de la razón que encierran, del coraje y de la fuerza. Hermanas ellas que vieron como perdían maridos en guerra, hijos por enfermedades, que soportaban al varón que les tocó en suerte, que criaron hijos a la regacha de sus faldas, hijos honrados, trabajadores, de valores y de principios, hijos que se ocuparon de sus casas. Mis recuerdos de mis "chachas" y de mi "chache" como decímos en mi pueblo están llenos de ternura, menos de Dolores, esa hermana que murió joven, que dejó hijos y viudo, hijos para que fueran mis tios y viudo para que fuera mi abuelo, mi abuelo Jacinto. La caridad mal entendida, la necesidad de una madre para ellos que hizo que mi abuela, perdido ya a su marido, aceptara como propia la familia que su hermana Dolores dejó, la que quedó desamparada, porque en los pueblos, en los lugares pequeños, cuando muere una madre se cayó el telón, se hunde el hogar, prueba de que las mujeres sustentamos, sujetamos y fortalecemos. Ascensión, mi chacha Chón, mi enfermera, la que curaba mis caídas, cuando su hermana tiraba de mí hasta su casa, vecinas ellas, con mis rodillas sangrando, con mis dientes de leche colgando, con mi niñez hecha llanto, me cogía entre sus piernas, me curaba, desoía mis lamentos extremos y alarmantes, y la herida curaba, el diente salía y ella me decía "Eres de exagerá como tu madre"... así que, supongo, la mezcla no es mala, si la comparación es con mi madre y con mi abuela la mezcla no será nunca mala. Cándida, la que vió como su hijo se le iba, enfermaba, sufría y le perdía. Y la historia se repitió en su nieto. Es lo que tiene la vida, que a veces nos hace vivir lo mismo dos veces, en otras carnes, para recordarnos el dolor, para aumentar la pena... Pero ella ya no sufrió su pérdida, ella ya esperó a su nieto en un lugar mejor, más tranquilo, más seguro, más eterno. Mi chache Diego, prudente, luchando siempre por sacar a sus hijos, a todos sus hijos, muchos, adelante. Hombre sencillo, como ellas lo eran, cuando visitaba a  mi abuela y me veía, siempre le decía "Esta niña es como su madre", y yo miraba a  mi abuela, que le contradecía, porque ¡claro!, lo que tienen los parecidos es que cada cual saca el suyo, mi abuela me decía que yo era Barrera, orgullosa de serlo, pero en el fondo, muy orgullosa de la sangre de los "Yeyes", porque es una sangre fuerte y segura, mujeres hechas roca para luchar y para sobrevivir en un espacio, en un tiempo, en  condiciones adversas. Las Ayas Acebes que quemaron sus pieles segando, recogiendo aceituna, rodillas en el suelo de tierras duras, lavando en ríos, rompiendo el hielo, dejandose la piel en casas ajenas, que fueron dignas y que fueron hembras honradas, honestas... Mi homenaje a mi sangre, a mi sangre materna, a mi sangre femenina, engendrando vida que llevará los genes de mujeres junco, que se mecieron al compás del viento, pero que nunca sucumbieron a sus embistes... Mi homenaje a mujeres de negro, enlutadas de por vida, pregonando su pérdida, pero sabiendo que tenían que seguir, que era la hora de continuar, arañando y mordiendo la vida, haciéndole ver que la vida es dura, pero que ellas eran luchadoras. Un recuerdo para las hermanas Ayas Acebes, para su hermano, para mis chaches y para mi abuela... Mi abuela Tita, que era clara, que decía verdades aunque no gustaran, que tenía coraje, que tenía bravura y que tenía raza....


17 jul. 2013

PARIR CON DOLOR...(el placer y el dolor de ser madre)

Mi amiga Maribel Lirio, me decía esta mañana que su padre, don Antonio, un señor sabio, le decía que los hijos son prestados. Pues sí. Es verdad. No nos lo creemos hasta que comienzan a levantar el vuelo, hasta que aprenden lentamente a volar. Parimos con dolor (bueno, hoy tenemos la epidural, pero como yo no la he usado puedo decir que parimos con dolor), parimos sin saber que ese dolor nos acompañará siempre, los buenos ratos, las ilusiones, las sonrisas, las satisfacciones, los besos de nuestros hijos, sus caricias, sus sueños, sus ojos cerrados, sus baños, sus abrazos, todo eso que jalona su vida a nuestro lado no es más que un reguero de momentos que se nos regalan para que, cuando llega el momento de la marcha, recordemos todo lo que dimos, todo lo que les mostramos, todo lo que les enseñamos. Los hijos son nuestros mientras están en el nido, y durante esa estancia, lentamente, van levantando el vuelo y moviendo sus alas. Comienzan cuando comen solos, duermen solos, se visten solos, van al baño, acuden al cole, salen al parque con amigos, luego salen con amigos y preferimos no preguntar demasiado, luego salen con amigas y nos gustaría preguntar demasiado, pero no nos atrevemos, luego nos quedamos esperándolos la primera noche que salen, miramos el reloj, nos ponemos histéricas a eso de las dos... luego pasamos, a la quinta vez ya nos acostamos, después viene la lejanía física, se van fuera, tienen que estudiar, pero vuelven los fines de semana, esos que les queda tiempo o que los amigos organizan salidas. Y entonces te sientas, les ves salir oliendo a perfume masculino, de esos que se te quedan, te dicen que se van, les dices que tengan cuidado y te sonríes... Paulatinamente, tu hijo, aquel que salió de ti entre grandes dolores, contracciones que creías que te matarían, ha levantado el vuelo, pero sigue teniendo su nido junto a ti, en tu casa, por eso estás tranquila, pero sólo en parte. Un buen día te descubres pensando que tienes miedo, miedo a algunas salidas, miedo a los viajes, miedo a que un ala se le rompa, miedo a que se le rompan las dos... Miedo a quedarte sin él. Quedarte sin él no es ver cómo se va. Quedarte sin él es no volver a verle. A verle sonreír, a verle gritar viendo un partido, a verle enfadado con su chica, a ver como te besa, a escucharle cuando canta, a escuchar sus excusas (esas que hacemos que nos creemos)... El miedo de la maternidad, el miedo a la pérdida, a que tu hijo prestado no vuelva más y tú no puedas prestarlo al mundo, para que sea feliz en el mundo que él se cree.
Mi hijo mayor está aprendiendo a volar solo. Hace ya años que entrena, lo está haciendo bien por ahora, su vuelo va despacio, seguro, subiendo lo justo para, si se cansa, saber que tiene que volver. Pero a mí me sigue dando miedo, miedo a que no vuelva en uno de sus entrenamientos, que algún cazador le dispare, que alguien destroce sus alas, que pierda el rumbo y no sepa volver a casa... Miedo, como todas las madres, como seguramente la mía lo tuvo y lo tiene. Sé que lo tiene, a pesar de que yo ya soy préstamo seguro, y de que estoy prestando al mío. Miedo de madre que ahora comprendo, cuando le digo que tengo que viajar lejos, callándome los desplazamientos demasiado alejados del nido, para que no tenga miedo de que la noche me pueda pillar en pleno vuelo.
¡Cuánta felicidad da un hijo! ¡Cuánto nos enseña!. A nosotros, que debemos de enseñarles a ellos. Y comprobar, cuando han decidido elevarse por ellos mismos, que la teoría, las clases teóricas que les dimos en casa, las han asimilado, que han progresado adecuadamente, que saben llevarlas a práctica. Con sus juergas, con sus hobbies, esos que no entendemos, que nos dejan un poco descolocadas, con sus look, esos que nos tiran para atrás, que nos hacen enfadarnos... pero entonces miramos el camino, nos damos la vuelta, vemos lo recorrido y sabemos que no, no hay peligro, detrás no se ven nubarrones que pudieran haberle destrozado el ala. Siguen adelante, seguros, firmes, remontando el vuelo, volviendo al nido cuando así lo necesitan... El dolor de parir dura por siempre, para siempre, simplemente se suaviza, ya no es dolor físico, no hay sutura, no hay cuidados post-parto, hay dolor emocional, del alma, desazón, intranquilidad, el dolor físico se desplaza al dolor psíquico (que no sé yo cuál es peor).
Hay que dejarles volar, seguir preocupándonos, seguir con el alma en vilo, los sentidos alerta, para que, si en algún momento se cansan en pleno vuelo, salir en su ayuda y devolverlos al nido. Mi hijo vuela solo, mi dolor de parir sigue en mi, ya no en mis riñones ni en mi vientre, pero sí en mi corazón y en mi alma cuando creo, sólo una pequeña duda, de que en algún momento puedo perderle para siempre....

16 jul. 2013

NO DEJES QUE PIENSE QUE TE PIERDO...(poesía)

Cubre de pétalos dorados cada rincón del cuerpo que veneras,
cubre despacio cada centímetro encontrado,
cada pliegue, cada poro y cada huella,
y moja mis labios deseados con la saliva que tu boca segrega,
y ámame tanto que tu alma se canse, se canse tu cuerpo,
se vaya la rutina,
se aleje la nostalgía de no estar entre mis dedos,
la tristeza dulce de la dulce despedida.
Ámame con fuerzas renovadas, con ardiente pasión,
con ganas todas, intactas y rotundas,
con tus oídos escuchando mis palabras,
con tus sombras buscando mis penumbras,
visita mi cuerpo consagrado a tí,
tu altar eterno, tu cáliz escondido,
el manantial de miel que oculto entre mis piernas,
que elabora el néctar para mi Elegido.
Fúndeme entre tu nieve y con tu fuego, moldea mi piel,
haz estallar mis sentidos, que florezcan primaveras,
que los veranos sequen las nieves de los montes,
las aguas de los ríos,
que mi cuerpo sea otoño bajo el tuyo,
hojas volando al viento, golondrinas sin nido,
buscándo soles y calor lejanos, buscando tu cuerpo
tú buscando el mío.
Cúbreme de pétalos de flores, colores mágicos,
tardes de eternos soles, de eternas horas,
de placeres eternos y eternos amores.
Cúbreme de besos, llena mi boca de sabores,
sabores tuyos, los que llevo, los que ansío,
los que recuerdo,
los que busco en el hueco de una almohada,
en la sombra de una duda, en el roce de un deseo.
Cubre mis ojos con tus labios, con tu rostro, con tu cuerpo,
no dejes que los abra nunca,
no dejes que piense que te pierdo.-

VAMOS A ENCONTRAR TESOROS...(limpieza profunda...y sorprendente)

Lo que tiene eso de limpiar a fondo es que, cuando menos esperas, te vas encontrando cosas ajenas, ajenas a tí totalmente, o a tí actualmente, porque claro, si están en tu casa son tuyas. Suele pasar con esas cajas primorosas, que precintas, que colocas en un altillo (lugar en alto, como su nombre indica) o en un trastero. Un buen día decides que es hora de limpiar, de tirar cosas inútiles, y te colocas el disfraz de pirata para descubrir el nuevo mundo... y sus tesoros. Y los míos. Que no tienen desperdicio. Los míos son ya como la canción "¿Dónde están las llaves?", me encuentro de todo... ropa que hace como treinta años que no coloco en mi cuerpo serrano, mayormente porque no quepo, escritos varios (hasta en una tapa de una caja de puros, que ya tenía yo que estar inspirada), unas pulseras rocieras, acompañando a las peinas, claveles y pendientes, todo a juego, azul (mi color favorito) y blanco, con su malla correspondiente, sus mantoncillos y hay algo que todavía no he conseguido saber qué es... Luego salen los recordatorios de Comunión, esos con los que las madres nos devanamos los sesos pensándo cuál será el más bonito, el más útil ¿?, el que más "apaño" haga ¿?... unas preguntas muy lógicas, con unas respuestas bastante absurdas, porque en realidad, ningún regalo de Comunión es útil, ni hace apaño, va a parar a alguna caja en un desván, alguno a la basura, y muchos terminan relegados en no se sabe qué lugares... hasta que se hace limpieza y salen...¡todos!, muñecos, abanicos, alfileres, boligrafos, pisapapeles, abrelatas, llaveros, joyeros, pulseras (sí, pulseras), pendientes (sí, también pendientes)... total, que yo pensaba en que yo escogí como regalo por la Comunión de Martín ceniceros... unos se habrán roto (porque eran de cerámica) y otros, seguramente, están en algún lugar perdido de todas las casas en las que fueron distribuidos, eso sí, con mucho cariño... Después de los regalos de Comunión vienen los recuerdos, yo soy mucho de guardar recuerdos, guardo recuerdos que no recuerdo de dónde son, ni en qué momento los adquirí o conseguí, o quién me los regaló: una flor seca, una caja de cerillas de un hotel, una factura, una entrada de un concierto, una muñeca Caperucita Roja (esto sí, esto es de mis amigos Lolo y Javi por unos Reyes), una sortija (grande), unas braguitas (con perdón, que no sé que hacían ahí, de Bug Bunny), más pendientes, unos paquetitos de jabón de varios hoteles, de varios lugares, una medalla... postales cientos, autógrafos de algún famoso, desde el de Joaquín Sabina en una servilleta de papel, al de Miguel Ríos en una entrada de la Alhambra, pasando por el de Bertín Osborne en una toallita de gafas... Me he encontrado el reloj de mi abuelo, pero ese sí sabía que estaba, igual que sabía que estaba la Cartilla Militar de mi padre, y sus gafas, las últimas... Me he encontrado un mechón de pelo de Martín, el primero que se cortó, y su primer diente, su chupete, su primer babero... Y entonces he sido consciente de que somos recuerdos... Vamos llenando nuestra vida de tesoros que guardamos, para un día, de esos que nos empuja algo hacia la aventura, decidimos conquistar, o reconquistar, o volver a vivir los momentos. Mirar una factura de un hotel, sonreír, cerrar los ojos, revivir lo vivido... o ver ese pañuelo con las iniciales de mi padre, olerlo, volver a su lado, el olor a Brummel... a su piel recién afeitada, cuando yo le decía "Papá, afeitate que pinchas" al besarle... El velo de misa de mi madre, que ella bordó, negro, de tul, con sus florecitas diminutas y sus remates de encaje... Mi vida en una caja... Mil vidas en mil cajas...
Colocadas ordenadamente, para dejarlas, para que alguién, un día, vuelva a abrirlas, y piense, y recuerde y evoque... Encontrar tesoros llenos de magia, llenos de vidas vividas, llenos de momentos que se fueron pero están ahí, entre el cartón de una caja blanca, precintada, ocultos tesoros a ojos ajenos... Mi vida toda, con sus sonrisas y sus lágrimas, sus gritos y sus calmas... Mi vida es un tesoro, guardado, oculto, lleno de pequeños objetos con significado propio, lleno de cosas útiles, necesarias, que por eso están guardadas, para salvarlas de demoliciones de los estados de ánimo... Es muy bonito encontrar tesoros, se trata solo de hacer la prueba, quitar el precinto y recorrer tu vida, lentamente, dándote tiempo y respirando nostalgia...

14 jul. 2013

EL CONCEPTO DE MUJER... POR UN CABALLERO ....

"Sóis lo mejor de la Creación, sin vosotras esto sería un asco". Hay frases, hay conversaciones que, sinceramente, a una le dejan un  buen sabor de boca. Mejor dicho: un muy buen sabor de boca. Esta frase de ahí arriba es de mi amigo y escritor Antonio Villegas González. Un caballero. Un caballero de esos de los que hay pocos, como él decía, "somos una especie en extinción". Con Antonio sucede que todo es fácil, desde que nos conocimos personalmente, allá por febrero, a las puertas del Palacio de los Condes de Gabía. Fue vernos, nos sonreímos y ya sabíamos que nos conocíamos. Esta tarde nos saludamos, cruzándonos en estos senderos virtuales, y como sucede en la vida real (porque real es) comenzamos a contarnos nuestras cosas; le conté algún secretillo todavía, sé que me lo guardará, nos contamos proyectos, en los que estamos trabajando, hablamos del calor y de la gastroenteritis, y de repente, como quien no quiere la cosa (eso es lo bueno de las buenas conversaciones), nos descubrimos hablando sobre relaciones. Sobre algunos miembros de su especie masculina, esos que cuentan aventuras miles (mentiras, según Antonio y yo le creo porque conozco un poco el percal), hablamos de la caballerosidad mal entendida, de los que van de caballeros y luego "rajan" a diestro y siniestro sobre una mujer. Hablábamos de como un hombre, de esos de los que debería de haber muchos pero escasean, cuando tiene una aventura, o mil, o cien, se las lleva a la tumba... Antonio y yo hablábamos del intercambio mutuo, de lo que unos y otras entregamos. Y él dijo esa frase tan bonita con la que he empezado este artículo. Y yo le daba la réplica: Nada sería la mujer sin un hombre... Fuimos devanando la madeja, hablaba yo de que la mujer oculta sus aventuras, y le recordaba al maestro Sabina, "los hombres mienten más, las mujeres mejor". Y hablábamos de ese afán de algunos varones de publicar sus escarceos. Y hablábamos de lo que un señor busca en una relación. Y de lo que una señora busca también en la misma relación. Hablábamos de relaciones sin seriedad, sin compromiso, aceptadas, acatadas, conocidas las reglas, jugando con ellas... Dos adultos totalmente de acuerdo en cómo se debe de jugar, en la forma de hacerlo y en el momento exacto en que la partida se termina... Porque, en ocasiones, como yo le decía, hay quien confunde una relación esporádica, creada solamente como vía de escape, con algo mucho más profundo, con algo llamado Amor. Que, al remate, como Antonio y yo pensamos, es lo que mueve el mundo, el Amor y el Sexo, o al revés, o mezclados, o los dos en uno, o uno sobre el otro, o uno después de lo otro. Y Antonio, que es un golfo estupendo, caballero de esos que van quedando pocos y entre los que cuento con algunos de mis amigos, me hablaba de que algo hay que sentir, de que la autoestima masculina no puede ejercitarse, ni solidificarse, ni sedimentarse en un rato de cama, en que les digan lo bien que lo hacen... Por cierto, buen rato de risa al explicarle yo eso del "¿Cómo he estado?", la pregunta masculina más torpe, más incómoda y más egoísta que pueda haber... La respuesta de Antonio la voy a obviar para no ofender a quien, de su género y sexo, sigue preguntando semejante sandez...
Y al final, cuando todo consiste en un intercambio de sentimientos más o menos básicos, de instintos más o menos básicos, y de fluidos más o menos básicos, he llegado a la conclusión de que hay caballeros que todavía te lanzan ese piropo, "Sois lo mejor de la Creación", porque, con que sólo haya un caballero que lo piense, un hombre que mantenga una relación comenzada por atracción, por sentimientos, por enamoramiento, valdrá la pena el hombre... Le decía yo a mi buen amigo que soy mujer, me gustan los señores, me gustan las relaciones que se argumentan en decisiones adultas, meditadas o no, porque como también decíamos, de vez en cuando hay que dejar a un lado el sentido común, que a veces es soso y nada sugerente. Siempre y cuando haya personas que deciden libremente, que basan sus relaciones en vivir la vida que son dos días, y como yo remarcaba, uno fue ayer, valdrá la pena este equilibrio de sexos, la entrega, el intercambio y la vidilla que aporten. Porque somos pobres mortales de esos que tienen pocos ratos de felicidad, de los que pasan por la vida sólo intentando vivirla lo más placenteramente posible... Eso sí, siempre que un fantasma no se dedique a comerse una y contarse veinte, que es lo más vil, rastrero y denigrante que un hombre puede hacer con una mujer... Y yo, en un momento dado le hice una apreciación a don Antonio: ¿Qué pasaría si las mujeres contáramos la verdad de muchas historias, si fuéramos sinceras, si dijéramos la verdad de lo que dan de sí algunos de esos "donjuanes" trasnochados e impúdicos?. Tal vez, si fuéramos nosotras, si corriéramos el velo y destapáramos las miserias, esas que algunos elevan a la décima potencia, quizás entonces todo fuera mucho más claro, menos condecorado y mucho más irrisorio... Así pues, mejor que nos sigamos quedando calladas, que sigamos sonriendo a la pregunta de "¿Cómo he estado?" y sigamos pensando que lo que vale la pena es la conclusión de don Antonio Villegas, "Sois lo mejor de la Creación, sin vosotras esto sería un asco".

13 jul. 2013

SOY DE MONTEJÍCAR...-CUANDO LA TRADICIÓN SE HACE VIDA. (trabajo realizado para una reunión con las mujeres de Montejícar en abril). Encarnita Barrera


CUANDO LA TRADICIÓN SE HACE VIDA.




Nací en un hueco perdido de una provincia de rancio abolengo, llena de luz, de nieves eternas, de Alhambras mojadas en amaneceres rojos, de playas sumidas en silencios y arenas.

 Nací en un pueblo de tradiciones inamovibles, de tradiciones laicas, religiosas, paganas, familiares, en donde las cosas se hacían “porque sí”, porque la voz de un padre y una madre así lo ordenaban. Montejícar, trazando tradiciones, ha sido y es única. Aquellas mujeres, tradición conocida, recordada todavía, lavando en el Cañuelo del Cantón, en el del Pósito. Mujeres moviendo cuerpos diminutos sobre diminutas tablas de lavar en el río, rompiendo hielos. Tradición sublime que hacía de esos lugares el centro social femenino, el periódico diario, el saber cómo se respiraba, de conocer la historia de los hijos ajenos, ajenos padres, maridos ajenos y tristezas ajenas… Y risas.
Tradiciones creadas en el mes de las Flores, rosarios eternos, rodillas en maderas de bancos toscos y oscuros, frío en la iglesia, mayo inclemente, cuando todavía no había llegado el calor de junio y los muros guardaban la humedad invernal. Rosarios simples, María en el Altar. Tradición llana: a la Virgen la trasladan los hombres, los fuertes, las mujeres detrás, cantando “Salve Madre”, esa alabanza a la Patrona, portada por hombros rudos de hombres de pueblo. Tradición juvenil, el novio en casa, la edad de los novietes, en secreto siempre, hasta que, un buen día, el muchacho se enfrenta al padre, a pedir permiso para “hablar” con su hija…¿hablar?, ya hablaban fuera. La forma oficial de hacer saber al mundo que, la niña, tiene novio.
           
            Tradiciones que nos llevan a los mantecados caseros, aquellos que las abuelas y las madres confeccionaban, presionando el molde de latón sobre la masa, canastas llenas de exquisiteces, camino de hornos rurales, panaderos rurales, que cocían, entre fuego, aquellos manjares de unas abuelas que tenían manos de ángeles. Roscos de sartén en Semana Santa, impregnando el aire de olor a aceite frito, a masa dulce, a deseo de masticar, cerrando los ojos, la masa dorada recién salida de la sartén, olor a limón y a anís, papel rasgado de gaseosas “El tigre”. Tortas de molde, la llegada de El día de la Torta, pandillas, familias, grupos desperdigados por los campos, los cortijos, los paisajes de un pueblo humilde pero rico, vivencias compartidas, botas de vino pasadas de mano en mano… Pero antes, la matanza. La familia en torno a la máquina de picar, a la caldera humeante, olor a comino, olor a laurel y a ajo, olor a morcilla cocida y chorizo frito, porque había que probar la condimentación. Olor a sangre caliente, salar los jamones y colgar los embutidos, lebrillos de loza, fuertes lebrillos decorados primorosamente, pesados lebrillos en caderas femeninas.

            Veranos de sillas en las calles, de tertulias hasta la madrugada, repasando el estío, la siega, la trilla en eras empedradas. ¡Las noches de verano!, llenas de voces hechas susurros y viento refrescando el calor insoportable del día. Sillas de anea decorando las rúas, calles sin asfaltar, llenas de voces de niños que jugaban, que daban vida al verano, aquellos veranos con las campanadas de un reloj antiguo y cansado, que seguía marcando lentas las horas de la vida. Tradiciones confeccionadas para hacer de la vida un río fluyente. Cuerpos menudos de mujeres transportando una Virgen, pequeña, enclaustrada entre cristales y madera, urna especial, recorriendo los hogares, siendo colocada en el lugar más especial, vela delante, iluminando un rostro de porcelana, Virgen casera y viajera, recorriendo, casa a casa, todo un pueblo, familias que esperaban su presencia, para despedirse de Ella al día siguiente, la Señora tenía que seguir su recorrido.  Estamos creados de tradiciones, las que han pasado de padres a hijos, las que se han ido perdiendo porque, los tiempos, aquellos que ya no son, han pasado, porque hemos aprendido que, después de todo, las tradiciones también se transforman, también nacen  y mueren, y desaparecen, y se quedan, para siempre, dentro de un hueco del corazón y la memoria.

            Tradición de lutos, lutos interminables, velatorios familiares en casas desmanteladas, apilados muebles, colocadas sillas, rezos de rosarios, pésames oscuros en oscuras penas. Camino del cementerio solo varones, las mujeres en casa, acompañando a las de su género, colocando, recolocando, haciendo que todo, sin ruido, volviera a la normalidad. Los duros momentos del adiós solo los vivían los hombres, los que eran capaces de resistir el pellizco del adiós definitivo. Tradición rota, terminada, el dolor es femenino y es masculino, la fortaleza también. ¡Qué extraño!, dolor es una palabra de género masculino, fortaleza lo es de género femenino, y aun así, según infinidad de tradiciones, se le robaba a la mujer el derecho de demostrar cuán fuerte podía llegar a ser. Los “rezos”, femeninos, enviando el alma de quien se fue hacia un lugar eterno y seguro, descansando en paz.

            Noche de los Santos, noche de gachas, noche infantil, recorrer a hurtadillas un pueblo en penumbra, conteniendo la risa, intentando no hacer ruido, colocar el emplaste sobre la cerradura, creerse que nadie sabía lo que se hacía; noche para estar atentos, los mayores, al más mínimo ruido exterior, disimular un enfado, sabiendo que, después de todo, ellos también, en su día, vivieron los nervios de las carreras para desaparecer. Misas del gallo entre nieves, familias completas delante de un Nacimiento humilde, pero lo suficientemente importante como para no admirarlo. Tradición de “aguilandos”, no se conocía el término aguinaldo, porque, las palabras, las frases, también son propias y tradicionales, y en Montejícar existía el “aguilando”, visitar a la familia para recoger la recompensa de la visita. Primeras Comuniones recorriendo calles, visitando a conocidos, repartiendo aquellas tarjetas hermosas, pequeñas y blancas, por las que, a cambio, se entregaba la alegría de las monedas.

           
            Siempre pensé que, la riqueza de un pueblo está en lo que es capaz de legar a sus hijos, en lo valioso de los recuerdos, en el escalofrío que recorre el cuerpo al pensar en lo que se vivió. La riqueza de un pueblo está en sus tradiciones, las pasadas y las presentes, las que imprimieron impronta en sus gentes. Mi pueblo es rico en tradiciones, las ha vivido sin darse cuenta, haciendo de ellas una rutina invisible, haciendo cotidiano lo sencillo, general lo que, quizás, comenzó siendo individual. Recogiendo, generación tras generación, pasos involuntarios que seguían, sin darse cuenta, las huellas de los pasos que les precedieron.

            Tradiciones recientes, y no por ello menos importantes, tradiciones que, sin pretenderlo, en tal se han convertido, sin recordar cuando, ni cómo, ni siquiera el por qué: Romería de San Isidro, día tradicional, porque un pueblo decidió que quería hacerlo así, que quería sumarlo a su historia, sin pensar, ni por asomo, que es eso, precisamente eso, la involuntariedad, la espontaneidad, lo que da lugar a una tradición, que basta con que un pueblo acepte lo que surge de un momento, de un hecho sin importancia, de una idea que no pretendía perdurar por siempre, o quizás sí, que solo era un hecho aislado pero que ya, nunca, quedaría aislado, porque, sin violencia, se sumó a las tradiciones antiguas, haciéndose antigua y arraigada ella misma.

            Y, por supuesto, para rematar mi pequeño recorrido, no sería de buena montejiqueña olvidar la tradición que nos define, que nos emociona y nos enorgullece:

            “¡Salve, celestial María…!”… Los Moros y Cristianos. Mitad religiosidad mitad paganismo, mitad amor celestial mitad amor mundanal. Amor a la Reina de los Cielos, amor a una reina de la tierra. Tradición hecha verso, hecha alfanje y hecha espada, hecha cristiandad y sarracena. Cada lugar, en cada sitio, en cada punto, hay una tradición especial, la que viene a la mente cuando de tradiciones se trata, a mí, a mi pensamiento, cuando pienso en mi pueblo y sus tradiciones, sin proponérmelo siquiera, viene el cruce de aceros, un pergamino, unas sedas que brillan cuando, camino de la ermita, subida difícil y hermosa, el sol coloca sus rayos oportunos… A mi mente, sin llamarlas siquiera, vienen unas letras, un título que es frase y es el todo “Triunfo del Ave María”… en ellas se encierra el placer de mil tradiciones, de cientos de años y un pueblo que sigue siendo fiel a lo que, un día, decidió que serían sus normas y sus leyes.
            Soy montejiqueña, y en mi alma está impreso el orgullo de tradiciones hechas recuerdos.-



                Encarnita Barrera


(Foto de Cristobal Arco Fernandez)

12 jul. 2013

RUTH Y JOSÉ...(solo se pide justicia).

El Jurado Popular ha declarado culpable a José Bretón, culpable de la desaparición de dos niños, de sus hijos, los que, según todas las pruebas, fueron quemados... Ya de por sí, el solo imaginar tremendo crimen pone los pelos de punta, pero es que no eran unos niños desconocidos, eran sus hijos, dos angelitos que todavía no sabían lo que era la vida, con lo bueno y lo malo que ella trae, bueno, lo malo sí, lo malo tuvieron tiempo de descubrirlo, aunque fue lo último que hicieron... Aunque jamás sabrán que, padres como el suyo, afortunadamente existen pocos. Mi pregunta es, ¿con qué condena se pagan dos muertes, de dos niños, de dos hijos, quemados?, porque, si se trata de años, sinceramente creo que no hay años para pagar. Ha arrebatado dos vidas, a ellos, también a su madre, y a él mismo, aunque en esos momentos pensara que el único daño lo infligía a una mujer, olvidó lo que no se debe de olvidar, que unos hijos son fruto de dos, y que una parte era él, y que gracias a él esos niños tenían vida, y en un afán grotescro y macabro, maldad pura y dura, el deseo de dañar a una mujer, porque no a una madre, le llevó a quitar la vida a dos seres que tenían en ellos la suya propia... Cuando todo esto pasó, durante algunos días, mientras los medios, una y otra vez, nos martilleaban con posibilidades, con pruebas, con determinantes, con declaraciones, yo pensaba solo en mi hijo, soy egoista, como cualquier madre. Le miraba dormir, me invadía una tristeza infinita, no sabía por qué, o sí lo sabía, porque había dos niños, uno más o menos de la edad del mío, que no estaban junto a su madre, y lo que es peor, que su madre no sabía en dónde estaban... Esa madre que ha tenido que soportar sospechas, porque mantuvo la frialdad, porque no se derrumbaba en llantos histéricos, sospechas de haber ocultado a los niños, sospechas de haberlos secuestrado, mil conjeturas, mil juicios, hasta que se detuvo al culpable, y entonces, otra pregunta ¿qué tendría que pedir ahora esa madre, como madre y como mujer?... Soportar las dudas, las calumnias, los juicios creados porque no se ciñó a lo que se esperaba de ella, juicios temerarios, basados en elucubraciones de ajenos, que tenían que rellenar páginas... ¿Y ahora?... ¡Que pena que seamos así!, que decidamos por nosotros lo que puede haber sido, sin esperar a lo que es, que decidamos que ya sabemos todo, porque somos listos, sin sospechar que podemos equivocarnos... Que pena de sociedad que se permite el lujo de atacar, cuando el dolor impide reacciones que, supuestamente deberían de ser... Dos niños murieron a manos de su padre, dos hijos paridos, abrazados, besados, dormidos en brazos maternos que han sido arrebatados por un monstruo, por el puro placer de dañar a una mujer... Seguramente que, a mí, si me dieran a elegir, preferiría que me dañaran quitándome la vida, seguramente que, todas las madres dirían lo mismo, porque nadie sabe lo que se quiere a un hijo hasta que se tiene... El mayor dolor, el mayor amor, el mayor despego, el mayor de los sentimientos creados por la naturaleza con el que hemos sido bendecidas... Un hijo que te deja sin egoismo, que te deja sin metas, porque haces tuyas las suyas, que te deja sin ilusiones propias, porque ya tienes una ilusión mayor... Y a esa madre se lo han quitado doblemente...
Solo me queda esperar, comprobar cuánto valen las vidas de dos niños, porque yo, que tengo dos hijos, creo que su precio no existe, las vidas de mis hijos valen el mundo... Las vidas de Ruth y José valían dos mundos, no habrá pena que amortice sus vidas... Por mí, desde el dolor, desde la rabia, desde mi rechazo y mi impotencia, puede podrirse en el infierno, y puedo parecer inhumana, injusta, cruel, vengativa... pero es que, yo soy madre....

11 jul. 2013

MIS ENEMIGAS LAS DIETAS...(reflexión personal)

Decididamente, después de escribir sobre lencería femenina, sobre comienzo de dietas, sobre los kilos de más... después de probarme ropa, comprarme ropa con mi talla de siempre (a Dios gracias) y pensar mucho, he decidido que las dietas se han creado para fastidiarme. Me he convencido de que van en mi contra, basta repasar, uno a uno, todos los alimentos que se permiten, o mejor dicho, los que se imponen para dejar kilos, no me extraña que se dejen kilos, porque, sinceramente, cuando lees lo que se te permite comer, a mí, personalmente, me entra una congoja digna del mejor de los duelos. Siempre, cuando alguien te dice que está haciendo dieta te advierte, "hay que tener mucha fuerza de voluntad", bueno, yo tengo, o creía que la tenía, o la tengo para otras cosas, o la he perdido en los últimos años, o los últimos meses, o en la coca-cola fresquita con mis amigas, o en los helados... pero que la he perdido, eso seguro. Igual que he perdido mi cintura, mi fortaleza glútea, mis manos jóvenes y mis rodillas cuasi perfectas. Miro el folio en el que tengo una dieta, lo miro con una convicción tremenda, recuerdo todo lo que hay en el congelador, incluidas dos tarrinas de helado... Bueno, la comenzaré cuando termine el helado, de todas formas dos tarrinas tampoco tienen que engordar tanto (risas). Recuerdo un taper con pisto, esa comida a base de verduras, mezcladas, eso sí, con un buen aceite de oliva, todo frito, pero que está de muerte. Recuerdo que hay también otro taper, congelé algunos chorizos, los terminaré y entonces comenzaré con las ensaladas... O mejor no, o mejor acompaño los chorizos con las ensaladas... Y es llegado a este punto cuando me recuerdo paseando por los grandes almacenes, pidiendo una talla de ropa interior, la mía no está, no existe, no lo entiendo pero es así. Bueno, pues no es mi problema, la prenda en mi talla no existirá, pero yo bien lozana andaluza que luzco, tampoco es para cortarse las venas, porque me pruebo otra, realmente bonita, y me queda perfecta. Recuerdo que sigo colocándome la ropa de hace diez años, recuerdo que nunca fui delgada (bueno sí, en una etapa joven y una etapa no tan lejana en la que los nervios decidieron que no querían que comiera, y recuerdo los kilos perdidos y el malestar creado en mi organismo), y recuerdo que, de todas formas, en algún momento de mi vida, no lejano ya, algún médico de esos que miran analíticas, va a comenzar a prohibirme alimentos de esos que me gustan, como el pisto y los helados.
Y, de repente, recuerdo a mi padre, cuando ya esa enfermedad cruel y sin escrúpulos le impedía comer, cuando yo estaba a dieta, cuando me privaba de lo que me gustaba por unos kilos de más, y le recuerdo con su voz ronca y profunda "Algún día dejarás de comer por obligación, echarás de menos lo que te gustaba, y sabrás que si lo comes tu salud se quebrará. Mira a quien no puede comer y alégrate por poder hacerlo tú"... Y sé que llevaba razón... Mi naturaleza me respeta, me ha respetado, a raya el colesterol, a raya la tensión, a raya la diabetes... Los años que pasan, lo que es normal que llegue, lo que es inevitable... y yo aquí, leyendo que no puedo comer helado, que me tengo que olvidar del pisto congelado, porque, por decisión propia he decidido que estoy gorda, bueno sí, gorda estoy ¿y qué?. Mi descripción personal podría ser: Hola, soy Encarni Barrera, tengo cuarenta y ocho años, y soy gorda... y seguro que el mundo sigue girando, porque lo que no he añadido es que, soy mamá de dos hijos estupendos, tengo en mi vida a un hombre al que adoro, tengo una familia que me quiere, tengo amigos que me hacen indispensable y a los que hago necesarios, soy feliz, tengo días buenos y malos, para poder comparar, valorar y aceptar, y sobre todo, para mi ego personal, sigo usando la misma talla que hace diez, con lo cual mi pregunta es ¿por qué tengo que darles el gusto a mis enemigas las dietas de privarme de comer lo que me gusta?. Estoy sana, puedo masticar, saborear, tragar, ingerir... puedo pelar pipas y comerlas, machacar palomitas, disfrutar de una ensalada de marisco, acompañarla de una dorada a la sal... Puedo comer de todo lo que me apetece... En este mundo nuestro hay personas a las que les está negado el pan, que pasan hambre, que mueren por inanición, personas que por enfermedad tienen que alejarse de manjares, personas que económicamente no tienen acceso a alimentos que les gustan... Y yo estoy sana, mi familia está sana, pero resulta que tengo una lucha contra una talla...¡ya me vale...!
Decididamente, una vez aceptado que soy gordita, supongo que he llegado a la conclusión involuntaria de que voy a disfrutar, de que voy a tomarme un helado porque mi cantidad de glucosa aún me lo permite, de que la vida me está regalando tiempo para poder apreciar el sentido del gusto y el olfato y que los dos me hagan sonreír mientras como. Decididamente una talla más no vale la pena, no vale la pena sabiendo como sé que no voy a engordar más, porque la naturaleza, esa que de vez en cuando es sabia, también me regaló el poder de estabilizar mi peso. Y decididamente, lo que sí tengo claro es que no voy a ser más feliz, más mujer, más madre, más amiga, más compañera, por tener una talla menos, simplemente sería una talla más delgada....


(Foto para romper complejos... de vez en cuando la mejor terapia es mostrar que no todo tiene que ser perfecto)