27 nov. 2013

SÍ, QUIERO... (Relato corto)

Les quedaban dos días, dos pequeños días, cuarenta y ocho escasas horas. El tiempo se había ido tan rápido que les dolía. Hicieron el amor despacio, como cada mañana durante aquella corta semana, la que sin saberlo, el azar, por eso de ser desconcertante, les había regalado. Él sabía que ella estaba triste, lo notó mientras hablaba con Isabel por teléfono, metida en el baño, bajando la voz, para que él, desde la cama, no pudiera oírla. Él también estaba triste. Se iba. Siempre era así. Cada vez que ella le regalaba días robados, en aquellos veranos inquietos en los que había aprendido a desaparecer. Bajaron al comedor tranquilos, riendo por la escalera, a él le gustaba que ella fuese delante, le gustaba palmearle el trasero y la cara de ella al volverse para recriminarle el gesto. Él sabía de sus creencias y aquél día era San Jaime, y él sabía, porque ella le contó, hacía muchísimo tiempo, que ese día era especial.
Cogieron el coche a media mañana, después de que ella hiciera algunas compras, los regalos típicos para su vuelta. Él no le dijo nada, ella no intuyó nada. Paró frente a la Iglesia, aquella iglesia románica pequeña y recogida que ella había visitado siempre, que había sido su refugio en otros veranos y otros días:
- Tú hoy querías venir, ¿verdad?
Y ella asintió sonriendo. No dijo nada. Le besó fugazmente y salió sin hablar. Y él la vio entrar, ligera, con aquel andar lleno de vida, y se dispuso a esperarla. Él hacía mucho tiempo que no entraba a una iglesia, que no creía, que no esperaba. Recordó en su ausencia los días pasados junto a ella. Dormido mientras ella leía, en las largas siestas, aquellas en las que a él le suponían trabajando. No. Él aquellos días no estaba trabajando, estaba viviendo su sueño, su regalo, sus horas escuchándola, sus horas discutiendo, sus horas abrazado a su cuerpo cálido y propio. Y ella dentro, sentada frente al altar, había encendido dos velas, con las gafas de sol puestas, sabiendo que no era correcto, usándolas como telón para que no se vieran sus lágrimas. Dos días y ya no estaría. Y se llevaría el silencio de aquella iglesia, las calles sombrías, los verdes intensos, sus besos y sus palabras, las que la hacían reír por ser demasiado tiernas. "No sé por qué te ríes", bromeaba él en aquellos minutos que seguían a una declaración perfecta de amor "Porque la ternura no te pega para nada"... Eran continentes opuestos, eran polos que chocaban, siempre, a cada segundo...pero se querían. La vio salir sonriendo, resuelta, como ella era. Le sonrió mientras subía en el coche "Ya, podemos irnos"... Y él arrancó sin mirarla:
-Te voy a llevar a un lugar especial...
-¿Me gustará?
-Te encantará...está un poco lejos, quizás pases miedo, está muy alto...
-Pues no vamos, ¿para qué vamos?
-Porque es un lugar especial, y quiero que lo veas...
Y ella le miró. Él cruzó su mirada durante un segundo, sonrió.
El camino era empinado, ella sintió miedo, en silencio, sin decirlo, lo vencía recreándose en un paisaje imposible, una carretera estrecha, perdida, rodeada de naturaleza viva, presente. Él le contaba cosas suyas, a ella le gustaba. Una vez él, mientras le cogía la mano, mientras le contaba, susurró aquello de "Me escuchas como nadie lo hizo nunca", y ella le sonrió y se le llenaron los ojos de pena. Y ahora le escuchaba, con los mismos ojos llenos de pena, la de saber que se volvía a ir, una vez más, era su sino, era el destino, era la vida... Llegaron a un altozano, una explanada perfecta. Sólo había una construcción. Una pequeña ermita, piedra oscura, algunos coches de turistas, algunos turistas de esos con cámaras increibles que deambulaban por aquel espacio perdido. Él la cogió de la mano. Apenas hablaban. Ella, la dicharachera, la que no callaba, la que de todo sacaba tema, había quedado muda, se centraba en la mano fuerte de él, en su espalda mientras tiraba suavemente de ella.
Entraron en un recinto minúsculo, sobrio, en penumbra a pesar del sol de fuera; al fondo un altar austero, una virgen de piedra, unas pinturas deterioradas. Apenas ocho bancos, de esos usados y gastados, una mesa con cirios blancos, unos visitantes silenciosos, como ellos. Ella sorprendida. Estaban en una ermita, y él estaba dentro. Él, que no creía, que no visitaba aquellos lugares, que no entendía... él estaba allí, junto a ella, dejándole paso en un banco, sentándose junto a ella, hablándole en voz baja "¿Tienes frío?"... la temperatura dentro era mucho más baja que en el exterior,  y ella había hecho aquel gesto de tiritar que no le pasó desapercibido "No, es la emoción", y le sonrió. Estuvieron en silencio un rato largo. Él se levantó "Ven"... y ella le siguió hasta el altar, tras sus pasos, miró con detenimiento las pinturas y a la virgen, aquella extraña figura, tan alejada de las virgenes a las que ella veneraba:
-¿Te quieres casar conmigo?
María le miró, sorprendida. Cerró los ojos y apretó la mano de él en la suya. Y él la besó, suave, se le escapó una pequeña carcajada:
-¿Eso es un no?
María no hablaba, sólo le miraba y sonreía. Y vio al niño, y vio al hombre, y vio su vida, la de los dos, y vio la pena y las risas, y los momentos robados, y las palabras no dichas; los paseos por la montaña, los desayunos compartidos aquellos días, y vio sus ojos, los de siempre, los que tenían que haber estado y no estaban. Y sus aventuras. Y sus mentiras. Y sus perdones. Y sus gritos. Y su ira. María le vio a él, tal y como era, tal y como siempre fue y tal y como sería. Y a pesar de todo, de los años, de las riñas, de los enfados, de las huidas, a pesar de todo se acercó un poco más, apretó su mano un poco más y le besó suavemente en los labios:
-Sí, quiero casarme contigo...
-Y yo morir junto a ti...
-Y yo que cierres mis ojos...
Y Jaime, en uno de aquellos momentos que "no le pegaban", abrazó aquella figura que se le iría, que ya no estaría, que se esfumaría. Pero sabría que era su mujer, siempre lo fue, siempre la sintió como tal, "su niña"; recordó las veces que llamó así a otras, recordó los besos dados a otras, su boca en el oído de María, su voz fluyendo, como si ella no lo oyera:
-Fueron muchas, y en el fondo, cuando todo terminaba, yo sabía que eras tú, y que un día, el que fuera, tú estarías... y me costó tanto que me creyeras, que me perdonaras, que estuvieras, que pensé que me faltaría vida para conseguirte...
María cerró los ojos. Todo lo sufrido, todo lo llorado, todo lo pasado. Las dudas, las preguntas, las respuestas, los descubrimientos que dolieron tanto que le rompieron el alma. Las súplicas de él, las peticiones de ella, las aceptaciones de él... la fuerza de los dos... Se besaron, salieron fuera, el sol calentaba demasiado, era mediodía. Iniciaron el descenso, apenas hablaron... Sólo dos días y ella no estaría... Sólo dos días, pero los suficientes para haberse dado cuenta de que todo había valido la pena.

PARIR A LOS 44.... (Recuerdos de una mamá)

Me decían que era complicado. No lo fue. Pasaron los nervios primeros, las pruebas primeras, la preocupación primera. Viví mi embarazo de forma única y especial, porque lo era. No era lo habitual, no era lo cotidiano, era un hecho esporádico, un hecho que se regalaba a unas pocas escogidas, y una de ellas fui yo. Aprendí a renunciar a la comodidad que se había instalado en mi vida, a la tranquilidad de las noches, al orden perfecto de la casa. Volví a recuperar las veladas, los biberones, los discos, los pañales, las ojeras, el sueño perdido... Un buen día, un día como hoy, a las cinco y cuarto de la mañana él decidió salir. Me había dejado nueve meses para que me hiciera a la idea, para que supiera que él llegaría en un plazo determinado. A mis cuarenta y cuatro años, cuando ya la vida te ofrece la calma de los silencios, las veladas tranquilas, el envejecer sin premura, sin aventuras y sin preocupaciones. Un parto que se inició de repente, dándome tiempo, dándome calma, ya sin nervios, porque lo que te enseñan los años es a no correr, a saber que queda tiempo para todo, y que aunque no quede te queda la valentía del género femenino. Ya no había miedos, ya había calma, ya se sabía lo que era, ya el dolor se soportaba, ya se sabía que no se muere de dolor al parir... yo decidí vivir el mío, ser consciente de cada contracción y de cada empuje, parir con dolor, parir sabiendo que estaba dando la vida, en cada segundo que pasaba, en cada palabra de ánimo, en cada mirada del doctor, aquel que me llamaba valiente, que cogía mi mano, que me decía que era afortunada, estaba viviendo el milagro de la vida. Y nació él, Alberto, que se esforzó en hacerme fácil el trabajo, que salió rosadito, que lloró con brío, que me llenó el rostro de lágrimas y la boca de risas. De esas nerviosas que las madres conocemos cuando les vemos la carita, esas caritas nuestras, las que hemos fabricado en un útero seguro y fuerte, en el hogar perfecto, en el que hemos cincelado deditos, orejas, piernas y corazones. Y parí con cuarenta y cuatro años. Cuando muchas mujeres comienzan a vivir su climaterio, cuando algunas se han quedado solas porque los hijos han volado ya, cuando otras ven como se pone el sol recordado cuando parieron, hace ya tanto tiempo... Yo me sentí dichosa, a pesar de las noches en vela, de los cólicos lactantes, de los biberones que no saciaban, de los llantos incontrolados, de la falta de fuerza, de la falta de sueño... Yo me sentí dichosa... Yo soy dichosa... Tengo ahora, en mi vida, implantado desde hace cinco años, el desorden en la casa, los espacios llenos de gritos infantiles, de juegos infantiles, de preocupaciones infantiles... Tengo mi vida ahora, a los cinco años de haber parido, llena de letras, de dibujos, de tareas escolares, de una voz chillona que me llama, de unos labios que me besan sin motivo, de unos brazos que me abrazan y unas palabras que me dicen que me quieren, y sé que es verdad, porque lo que tienen los niños es que dicen verdades, esas que olvidamos cuando crecen, pero yo soy dichosa, porque a mí se me repite diariamente para que no lo olvide...
Alberto cumplió años esta madrugada, a las cinco y cuarto, aquella madrugada fría, preludio de una gran nevada, aquella que pasé sentada en un pasillo, hasta que encontraron una cama libre, porque yo aprendí, con los años, que no había llegado la hora, que podía esperar, que parir es cuestión de tiempo, pero que hay edades que se instalan para hacerte ver que tienes vida y por tanto puedes darla. Habrá quien piense que es una locura... No... Es un milagro... A mí la vida me ha regalado tarde muchas cosas, con él aprendí la paciencia, las esperas, a medir el rumbo del tiempo y el tic-tac del reloj. Alberto me ha traído la fuerza de la maternidad, la fuerza de la sangre y el poder para luchar... Hoy hace cinco años que le tengo, ya no podría estar sin él, sin sus "Mami, te quiero tanto", sin sus caprichos, sin su carácter, ese que es un calco del mío, sin sus risas y sus travesuras... Hoy sé que la vida me regaló VIDA, y además, con ella, me trajo el poder para vivirla...Felicidades, Alberto, gracias por devolverme la ilusión, las ganas, el cansancio, la responsabilidad y la generosidad...


Foto: Alberto a las 7 horas de nacer.




25 nov. 2013

INMA FUE LA SORPRESA... (Felicidades para una AMIGA)

Ella es ternura, y voz baja, y risas, y un rostro agradable y amable, y un alma limpia. Es Inma. Inma que llegó a mi vida de rebote, porque consiguió conquistar el corazón del que era amigo, la que consiguió llevarlo al altar, la que le dió hijos, la que comparte con él desde hace mucho tiempo sus días, sus noches, su vida... Inma se convirtió en amiga desde aquel primer beso de presentación, el día de mi boda. Ràpido beso, el día y el momento no permitía demasiada demora en conocimientos personales. Pero hubo tiempo ¡vaya si lo hubo!, Inma que comparte y que escucha, que trabaja y que construye, que acompañó a los amigos de él para ser amiga de ellos, porque así fue y así debía de ser. Inma presente siempre, aún en la distancia, aún cuando no podamos vernos demasiado y se nos olvide llamar, Inma es sencillamente bella... Ella no lo sabe, o hace que no lo sabe; es del tipo de mujeres que no sabe lo que su mirada encierra, porque camina despacio, sin estridencias, y tal vez, desconoce que, en sus cadencias de voz y en sus risas espontáneas, esconde el poder del cariño ajeno. La quiero, quiero mucho a Inma. Le agradezco que me acogiera hace más de veinticinco años como a una amiga más, que haya estado cuando la he necesitado, que me haya dejado compartir su casa y su vida. Le agradezco a él, al que es suyo y un poco nuestro, que la trajera a mi vida. Hay personas que se pasean por las existencias de puntillas, pero dejan el perfume de su persona, caminan sin hacer ruido, pero calan, y ella es una. Sincera y honesta. Inma es viento. De ese que susurra, que nunca molesta, que acaricia y que deja huella, nunca arrastra, sólo empuja suavemente... Sólo sonríe, y eso ya es mucho.
Recuerdos de momentos compartidos, de risas y de confidencias, de alguna lágrima y esa exclamación suya de "¡Tú eres tonta!", que me hace soltar una carcajada pequeña y olvidar, poco a poco, porqué estaba triste, porque dudaba. La amistad no se hace de llamadas diarias, ni de visitas diarias, sino de estar diario, de saber que se habla con alguien que escucha y que trata de entender, tal vez no lo consiga siempre, tal vez no lo comparta siempre, pero basta la mirada limpia de quien entrega cariño.
Inma fue la sorpresa, la amiga que llegó para ocupar un hueco que ni yo sabía que estaba. Hoy cumple años, le prometí que no diría cuántos, ¡que más da!, ella tiene la edad perfecta para ser sonrisa, para ser empuje y para ser AMIGA, con mayúsculas, le prometí no decir su edad, tampoco importa, porque ella, tenga los años que tenga (que son muy pocos), tendrá el alma llena de cariño y los ojos plagados de momentos entrañables... Ella seguirá siendo, ya por siempre, la pieza del puzzle que encajó en mi corazón, felicidades, con todo mi cariño... quiero que sigas en mi vida con tu eterna sonrisa y tus gestos...

24 nov. 2013

LAS PALABRAS INDECENTES....(Reflexiones de una mujer).

Ayer fue día de conversaciones, de diálogos entretejidos, unos por la red, otros por teléfono, otros por whatsapp, y en todos ellos, sobre todo con tres varones, salió el tema de lo correcto y de lo incorrecto. Yo les contaba un espectáculo que presencié el viernes, un espectáculo que nos regaló el dúo "XL", dos mujeres jóvenes, rompedoras, que fue una reivindicación femenina de lo nuestro, de lo propio, del campo que nos pertenece, una denuncia clara de las modas que nos invaden, que nos hacen esclavas del consumismo y de la estética... y un reclamar la parte sexual que, a las mujeres, les estuvo negada durante mucho tiempo. Me sorprendió mucho el escándalo, ese que se oye entre murmullos y susurros, ese de "¡que barbaridad!", al escuchar una palabra, recogida por supuesto en el diccionario de la RAE, una palabra que todas hemos usado en alguna ocasión, aunque haya sido para describir el gesto de una persona. Me sorprendió porque (¡pura casualidad!), yo soy de la "malafollá" granaina, y que ante la palabra follar las mujeres se solivianten me hace gracia, me deja la duda del avance, me deja un poco sonriente, porque descubro que somos esclavos de la malsonancia, cuando en realidad es una palabra llena de connotaciones, una palabra que usamos en muchas frases, comenzando, como ya dije, por el vocablo con que se nos define a los granainos, y nadie se sorprende por ello. Hablando con Antonio Villegas comentábamos la decencia malentendida, esa que se sustenta en frases perfectas, que suenan bien, en posturas dignas de elogios, en no salirse del tiesto. Emilio me confirmó que en realidad no se ha avanzado tanto, y cuando las mujeres rurales llegamos a una edad, nos seguimos amoldando al patrón materno de antaño, cosa que yo ya estoy comprobando (por desgracia). Yo les hablaba del escándalo que podría suponer leer esa palabra en muchas frases, escrita por una de ellas, por una mujer que se supone decente, ¿y qué?... Nos guste o no, nos escandalice o no, hay palabras que encierran actos que hacemos todas, que disfrutamos, que gozamos, que buscamos, pero que ¡oh, contradicción!, nos escandalizan cuando se mencionan. No debería de ser así, el español es rico en palabras, los españoles somos dados a palabras llanas y simples, exclamaciones sexuales y sexuadas para describir un estado de ánimo, una situación límite, recurrimos a los órganos genitales de ambos sexos para sorprendernos, asustarnos, sonreírnos, alegrarnos, entristecernos, y sobre todo para gozarnos. Entonces ¿por qué en algunos ámbitos, a algunas edades que se supone superado el trauma de escucharlas, nos seguimos escandalizando? ¿Por qué no conseguimos leer entre líneas, escuchar entre sonidos, ver entre gestos? ¿Por qué, las mujeres, no conseguimos superar esa línea invisible de lo permitido? ¿Por qué a un hombre se le permite, y hasta nos hace sonreír, que diga palabras
(en el fondo "nos ponen") incorrectas, prohibidas, censurables y a la mujer se nos tacha de malhablada cuando las decimos o cuando las escribimos?.... El espectáculo del viernes fue valiente, fue innovador, con o sin palabras malsonantes, que para mí no lo eran, porque de lo que se trataba era de reivindicar un placer propio, unas necesidades propias, un deseo propio, y lo queramos o no, el acto que se desea, que se disfruta y que se convierte en goce y disfrute de los sentidos tiene un nombre. Por muy descarado que parezca, decir "las mujeres deseamos que nos hagan el amor" no deja de ser una cursilada, porque, a estas alturas de la vida, a esta edad en que ya todo está visto, vivido y disfrutado (o no) hay expresiones mucho más directas, mucho más reales, mucho más exigentes y mucho más claras, y yo, con permiso, ya estoy en esa edad de reclamar, como las chicas del espectáculo "XL", mi sitio, mi tiempo y mis deseos. Porque creo que, después de toda una vida, después de mucho luchar, de mucho trabajar, de mucho ofrecer, de mucho entregar y de mucho dar, es hora de que sienta por y para mí, de que reclame lo que mi naturaleza desea y de que lo disfrute, y ya, desde luego, que no me asusto de las palabras, ya que con las palabras juego, las comprendo, las coloco en el contexto justo, les doy el valor que tienen y, después de todo, en algún momento, esas personas que se escandalizan por un "follar" rematan una conversación con un "¡que malafollá tienes!" y se quedan tan anchas...
Como les decía ayer a tres varones muy importantes para mí, temblando estoy cuando se lea mi novela, cuando se vea mi rostro escribiendo, o se le ponga mi cara a la señora que habla, que actúa, que pide y que reclama, porque hasta que no comprendamos que el lenguaje es el que es, el que usamos en la intimidad, el que necesitamos en algunos momentos, el que permitimos y compartimos, el que nos brota de los labios porque la mente lo piensa, hasta que desliguemos la decencia de la oratoria y comprendamos que hay palabras que no son insultos, que no son indecentes, ni amorales, ni prohibidas, hasta entonces, nos seguiremos escandalizando de que haya mujeres valientes que dicen "al pan pan y al vino vino" que es un refrán muy claro, con palabras permitidas pero que encierra lo que otras menos permitidas reclaman....
Y reconozcamos que es peor decir "Subnormal" para insultar a una persona, que decir "Follar" para describir un acto físico... ¿O no?...

22 nov. 2013

HERIDAS DE LENGUA... (Dialogos con Antonio Villegas)

Solemos comenzar con un saludo, de esos de tú a tú, ràpidos, riéndonos gráficamente (ya se sabe, jajajaja)... Antonio es uno de los interlocutores más amenos que he conocido, yo soy de poco sintetizar (ya me lo dijo Paco Díaz también), me disperso mucho, pero con Antonio no... Con Antonio solemos ser de preguntas- respuestas, o respuestas-preguntas, y muchas risas. Las conversaciones son divertidas, y en una de ellas, hace unas noches, salió el tema de las heridas,  y sin proponérmelo yo dije eso de "heridas de lengua"... Antonio me sugirió que era un buen título para un libro, y luego nos dedicamos a desmenuzar las heridas de la lengua, esas que los dos sabíamos por qué se habían colado en la conversación, pero que, en un tono de humor del que siempre hacemos gala, conseguimos llevarlas a otro extremo, y es que, cuando la inteligencia se suma a la ironía suelen dar como resultado intercambios de opiniones de lo más variopintas. Las heridas de la lengua, esa que es daga y es puñal, la que apuñala a salivazos fuera de sitio y de lugar, la lengua que no se detiene ante nada, que es cobarde a veces, por eso hiere a la espalda, por eso se esconde en esquinas y se refugia en portales, para que su ataque sea secreto, a oscuras, en silencio, resguardándose en la boca una vez cometido el crimen. Las lenguas irrefrenables, esas que manejamos sin mucha lógica, sin medida, sin orden ni concierto. La lengua hiere, tanto o más que un arma blanca, porque el arma blanca, el puñal, la daga, la espada, hieren el cuerpo y en el cuerpo se ven las cicatrices y se curan. La lengua hiere al honor, al respeto, a la integridad psíquica y emocional, la lengua hiere a la dignidad, hiere los más íntimo que tiene una persona. Y esas heridas no son visibles, pero van lacerando el alma y van destruyendo la mente... Y a esas heridas comenzamos refiriéndonos.
Luego, de forma magistral, (porque ambos lo somos, valga la poca modestia) invertimos el significado, para hacer de un tema doloroso un tema sensual, las heridas de lengua, que yo sugerí que pueden ser otras, tal vez porque cuando charlas con un amigo, cuando la mirada se entristece y tu alter ego te avisa de que puedes cerrar los ojos y sufrir, sueles dar la vuelta a la tortilla, que se dice vulgarmente, y encuentras, en esos rincones divertidos, talentosos y semiprohibidos de la mente, la rendija por donde escapar del hastío que algunas lenguas provocan, y buscas unas mejores heridas de la lengua, las heridas de los besos, las de la caricia labial, bucal y lingual, las del roce sensual, erótico y provocativo que una lengua sugerente puede llevar a cabo en su recorrido cuando su ataque no pretende anular, ni hundir, ni envilecer, sino enloquecer, excitar, desear, amar y poseer. Decididamente me gustan más estas heridas, porque esas heridas, las heridas de la lengua amante son bálsamo para el dolor y acicate para los sentidos, porque en definitiva, las heridas de la lengua, esas que de verdad nos duelen, son palabras lanzadas al viento, frases dichas por lenguas podridas, y a mí, sinceramente, me gustan más que me hieran las lenguas sanas... Fue una conversación de risas, como suelen ser todas cuando al otro lado se tiene una mente rápida, una mente honesta, forjada en mil batallas (nunca mejor dicho) que sabe de la experiencia del dolor; siempre es grato comprobar que, las heridas de lengua, la mayoría de las ocasiones, no pasaron de ser un simple salivazo, un taco de impotencia o un insulto desmerecido para quien no podemos herir de otra forma mucho más digna, más valiente y más honesta... Gracias a Antonio Villegas, escritor, que me hace ver que los caballeros existen, que sigue viva la hidalguía, que hay quien sigue poniendo picas en Flandes y que hay quien sabe, a estas alturas de la vida, usar el noble acero toledano...

19 nov. 2013

GUARDO... (Poesía)

Guardo en mis ojos la luz de tus minutos,
el brillo de tu día y el silencio de tus noches,
el sabor de tu boca, los caminos olvidados,
el sonido del agua, el verde de los bosques;
guardo el tiempo pasado entre tus brazos,
los besos entregados a destiempo,
las risas de las bocas de dos niños
que supieron que jamás tendrían ya miedo.
La mano que enlazó aquella mano
que dejaba su rastro entre los vientos;
guardo el recuerdo de una noche ida,
guardo la luz del rayo, el sonido del trueno.

Te guardo entre los pliegues de mi cuerpo,
encerré tu memoria en mi memoria,
me hice caminante en tu sendero,
bebí el agua que brotaba de tu boca.

Guardé la calidez de tus abrazos
el aroma de tu piel y sus sabores,
y me hice mar y me hice cielo
y me hice barro.

Guardo la mañana eterna, guardo la tarde,
las horas que marcaban tu deseo,
el susurro de palabras en mi oído,
tu lengua paseando por mi cuello.

Guardo la calma y la ira sostenida
en segundos, la tristeza en horas,
la nostalgía en lánguidos minutos,
la esperanza entre mis labios y tu boca.


18 nov. 2013

QUIERO TU SONRISA... (Para una amiga que tiene los ojos tristes)

De esas cosas que no entiendes, que no sabes cuándo sucedieron, ni el por qué, ni el cómo, esas cosas que pasan sin que nadie te advierta, que te cogen por sorpresa y te hacen entristecer la mirada y llamar a las lágrimas. La fuerza que te abandona, los recuerdos que se instalan, crueles, los más dolorosos, y no sabes en qué momento los llamaste... Y recuerdas que tú eras feliz, eras alegre, eras luchadora, eras fuerte... Eras todas esas cosas que sigues siendo pero que has olvidado, porque por algún motivo que no conoces te han hecho estar cansada, tumbada, con los ojos cerrados y la mente perdida... Te hablan de depresión, esa palabra asesina, que mata a la propia vida, a la que ves a tu alrededor y no quieres... Pero tú no eres así, y lo sabes, y sabes que, con un soplo de oxígeno del bueno todo volverá, que no tienen razón de ser las lágrimas, que todos tenemos baches, que todos saltamos obstáculos, que todos somos carne de penas y de llantos... Somos humanos, por lo tanto, ese mecanismo mental y emocional puede fallar, como falla el corazón, como fallan los músculos... pero ¡claro!, los músculos y el corazón se ven, son palpables, y la mente no, el alma no se ve, y cuando está herida nadie lo sabe, nadie lo nota, es invisible, sólo lo notas y lo sabes tú, y eres tú quien tiene que decidirse a trabajarse el regreso, a volver a tu estado natural, ese que ahora no encuentras...¡Volverás!... Las mentes fuertes, los espíritus salvajes, lo que tienen, es que al final encuentran su sendero, igual que las aguas, aunque se seque el manantial, cuando llueve y se recupera tiende a restablecerse en la senda que fue suya. Y la vida es tuya, querida amiga, aunque no lo veas ahora porque los árboles del camino elevaron sus copas y taparon tu sol, sólo tienes que moverte un poco, caminar en busca de un hueco en el bosque desde el que puedas mirar hacia arriba y encontrar los rayos. Y habrá gente que te ayudará, porque ya nos tienes, ya los tienes... La vida, esa amiga cabrona que a veces te traiciona, suele, a la larga, devolverte lo que es tuyo, y tuya es la esperanza, la sonrisa, los enfados con tu carácter, las caricias a los tuyos, el respirar profundo y mirar un paisaje, tuya es la larga caminata, el cansancio que conlleva, las risas que te mantienen viva y los llantos que calman el alma. No te dejes vencer, porque si te dejas vencer la cabrona vida sacará la bandera de la victoria, y tú pensarás que nada valió la pena, y todo vale la pena, incluido el mayor dolor de la mayor perdida, porque eso, todo eso querida amiga, todo es vivir...
He mirado fuera y he pensado en ti, en tus preguntas, ¿cómo ha podido pasar esto? ¿Por qué a mí, que soy alegre, que soy vitalista?... Porque tú tenías tierra para sembrar, las personas que no tienen fondo, que no tienen un alma rica, lejos están de sufrir... Y es básico que tiendas la mano, porque te la cogerán, te mirarán a los ojos, te escucharán y te mostrarán el mapa de regreso a casa... Me pediste que escribiera sobre tu dolor, y te dije que lo haría, y te dije que estaba, y te dije que estoy... y aquí estoy, pensando en tu pena pero esperando tu sonrisa, esa que me debes, que te dije que quería, porque la necesito... y los que te miran y te tienden la mano también... Devuélveme a quien fuiste, porque puedes, porque sabes que hay "sanadores de mentes" que te explicarán el cómo, el cuándo y el por qué, y cuando sepas quién es el enemigo, segura estoy de que le habrás vencido... Por tí, para tí... quiero tu sonrisa...

13 nov. 2013

"POR LA MUJER ENTRÓ EL MAL EN EL MUNDO" (Rm. 5,12).... (Reflexiones de una mujer).

Una servidora creía haberlo leído todo, desde San Pablo de Tarso a Santo Tomás de Aquino, que nos obsequiaron con frases tan "hermosas" como la que da título a esta entrada. Yo los excusaba, eran otros tiempos, las ideas eran así de misóginas, la mujer era un ser inferior, era un apéndice de lo masculino, fue creada de una costilla, por lo tanto era propiedad del varón... era un cero a la izquierda. A lo largo de mis años me congratulaba  comprobar como íbamos avanzando, como la mujer era requerida por esa Iglesia que ella sustentaba, porque no nos equivoquemos, a la Iglesia la sustentan los brazos poderosos de mujeres, de esas que enseñan oraciones en la cama a niños pequeños, de esas que rezan rosarios eternos en Iglesias heladas, de esas que limpian altares y colocan flores, de esas que asisten diariamente a misa, que planean mercadillos, que comparten su tiempo con enfermos, de esas que dan Comunión ayudando al cura de turno porque les está prohibido "cantar" misa... La Iglesia es femenina, se mire por donde se mire, desde que María Madre de Jesús decidió decir que SÍ, que ofrecía su útero, ese que era objeto de desprecio por los varones, para albergar al Hijo de Dios. La Iglesia es femenina desde que María, hija de Joaquín y de Ana, decidió decir que SÍ, que era la Esclava del Señor, y que se hiciera en Ella según su Palabra... Y se hizo... Se la utilizó para dar a luz al mismísimo Hijo de Dios, y luego se la relegó a su papel de esposa de un carpintero, madre de un hombre que estaba llamado a dividir la historia fuera o no fuera cierto que era el Elegido, el Prometido, el Esperado... Pero bueno, aquello eran otros tiempos, y yo seguía congratulándome de que se hubieran superado, de que las mentes masculinas, con la llegada del Papa Francisco, hubieran respirado un poco de aire fresco, como frescos son los rostros de niñas educadas en la férrea religión católica ( y sé de lo que hablo ), fresco aire que debería de barrer las antiguas creencias, que nos daría una posibilidad igualitaria, María Magdalena, Marta y María, la Samaritana... las santas quemadas en las hogueras, las que perdieron ojos, las que fueron inmoladas por creer en ese Dios que hizo esclava de su Palabra a María... ¡¡ Pues no !!... De repente aparece el señor Arzobispo de Granada, y lanza un libro, lo lanza al aire, no lo edita, no lo publica, lo lanza como un ladrillo a la cabeza de las mujeres, esas que llenan iglesias y que cantan en Procesiones, las que han llorado amargamente hasta conseguir cargar con un Paso de Semana Santa, las que han estado marginadas en Hermandades, las que, ocultas tras la celosía del Confesionario desgranaban malos tratos, malos modos, violaciones maritales, infidelidades fuera de la Ley de Dios, y recibían a cambio esas palabras tan consoladoras "Hija mía, es lo que te ha tocado, tienes que volver con tu marido, porque es una unión consagrada ante Dios"... pues contra la cabeza de todas ellas este buen señor (ejem, ejem) ha lanzado su libro "Cásate y sé sumisa", ¡con un par...!, y de repente me encuentro con que nada ha cambiado, con que todo es igual, con la voz de aquel sacerdote que nos decía, en aquellos ejercicios espirituales que yo tanto me cuestionaba, que seguimos pecando cuando lucimos un bikini, porque alentamos la libido masculina, porque despertamos su bestia, porque pecamos contra nosotras mismas, nos robamos el propio respeto... ¿Respeto?. ¿Qué respeto?... ¿El que el buen señor Arzobispo nos ha otorgado en su libro?... Soy creyente, fui educada en la Fe, cumplí con sus normas, cumplí con sus Mandamientos, me gané el respeto que merezco como persona, no tolero que un señor, que un hombre, hable de mi género de la forma denigrante con la que lo hace, no deseo que mis iguales, que mi género vuelva a ser señalado como el mal que azota al mundo, no voy a quedarme callada, por muy creyente que sea, cuando desde la cúpula eclesial en este país se nos degrada y se nos insulta, y se nos manipula y se nos ordena... Somos mujeres, somos personas, somos iguales... Nos lo hemos ganado, nos hemos ganado la libertad de decisión, en todos los campos, incluidos el personal y ¡por supuesto! el sexual, no queremos ser violadas en camas legítimas, no queremos ser sumisas, queremos ser personas con libre albedrío, como lo son ellos... Pero, claro, este señor qué va a saber, si vive metido en un mundo machista, masculino, masculinizado, al margen del sentimiento de una mujer, al margen de sus necesidades y sus deseos... Señores míos, nos hemos cansado, ya se nos insultó bastante, con permiso o sin él, yo, por mi parte, no me casé para ser sumisa, me casé para compartir con mi compañero el amor, la vida, las emociones y la libertad... No se quejen de estar quedándose solos... Y ahora, si siguiera las directrices del señor Obispo, debería entrar en mi caverna, esperar al cazador que salió en busca de mamut, sonreír mientras me arrastra por el pelo y asumir que es el estado perfecto...

Ya deberían de corregir algunas cartas muy mal redactadas, por la mujer no entró el mal en el mundo, señores, las mujeres damos vida, parimos, parimos a hombres y a mujeres, somos generosas, somos empáticas, somos sufridoras, bueno está que carguemos con aquellas frases, no nos hagan cargar también con estas, actuales, cuando demostrado está la valía y el valor femenino... Somos la fuente de la vida, trátennos como iguales, nos lo hemos ganado a pulso, no se nos ocurriría publicar un libro que dijera "Cásate y sé sumiso"... Respétennos, nosotras les damos el aire, la primera comida y el primer beso, sólo por eso merecemos el máximo respeto... Por cierto ¿estos señores han pensado en esto del primer beso y la primera leche venida de mujer cuando admiten esto?--- No sé, no sé...

12 nov. 2013

"MIL TE HICE, TE FALLÉ EN UNA, NO TE HICE NINGUNA".... (La verdad de los refranes).

Decía mi abuela que "mujer refranera, mujer puñetera"... ella era de refranes, así que me voy a evitar el resto del comentario. Yo también soy refranera, y también me voy a evitar el resto... Mi abuela, cuando yo le llegaba con quejas, de esas que las niñas acumulamos de forma gigantesca (no me dejan jugar, yo me porto bien con ellas, le presté mis muñecas, le dejé la pelota, ahora no me la dan, yo estuve cuando estuvo sola, ahora no me busca....) me solía decir que la vida me enseñaría... no me concretaba el qué, pero yo, con mis cortos años, suponía que sería algo, y esperaba aquella enseñanza... Con el tiempo vas descubriendo que, efectivamente, la vida te enseña. Hay personas que son dadas a ayudar, dadas a creer que tienen que hacerlo, personas convencidas de que tienen que hacerlo. Ayudar a los demás ayuda a uno mismo. El que ayuda siempre piensa que, en algún momento, él puede verse en la misma situación. A esto se le llama ponerse en la piel ajena, o más modernamente, tener empatía... Pues sí, somos humanos, pensamos que las ayudas serán recíprocas... hasta que, como decía mi abuela, la vida te enseña. Te va dando golpecitos, de esos en la nuca, cachetitos para que espabiles, para hacerte egoista, (y eso que nunca lo fuiste), te va susurrando que aprendas del interés. Pero no, hay quien sigue siendo desinteresado...
Todo esto viene por un enlace, de esos profundos y lapidarios, que una amiga puso en su muro. De esas veces que, por algún motivo, no pudiste ayudar, no pudiste hacer ningun favor, no pudiste tender una mano. Y de repente, como por arte de magia, te das cuenta de que olvidaron todo lo anterior. Olvidaron las veces que sí estuviste, las manos tendidas, los momentos entregados... fallaste en una, sólo una vez, pero esa vez, esa única vez, borra todo lo que hasta ahora hiciste. Y eso crea ansiedad. La ansiedad que da la tristeza. La tristeza que da el olvido. El olvido que crea (de nuevo) la ansiedad. Y la persona desinteresada comienza a cuestionarse, la persona generosa se muerde los labios, cierra los ojos y recuerda, recuerda todo lo que la otra parte olvidó.... Mil te hice... Pero no importan las mil veces que estuviste, importa la única vez que no has estado... No te hice ninguna... Bastó una situación que no pudiste entregar, la mano que, en esa situación no pudiste tender, nadie preguntará tus motivos, simplemente no hiciste ninguna... Todo lo anterior se borra.... Los humanos somos muy proclives a olvidar lo que no nos interesa recordar, somos egoistas en nuestro fondo, excusamos mal, perdonamos peor, entendemos mal la empatía, somos soberbios, creemos que quien ayudó una vez tiene la obligación de hacerlo siempre, le otorgamos el título de "esclavo a tiempo total", nos convertimos en los poderosos amos de las manos que se nos tienden, y damos por hecho que tienen que estar siempre...
Que sabía era mi abuela, aunque fuera refranera, y por tanto puñe... y sí, tenía razón, la vida, la misma que me dio golpecitos en la nuca, cachetitos con advertencias, un buen día te da la "gran patada" y te despierta de golpe, y te enseña de golpe, porque se dio cuenta, (la vida es también sabia) que no aprendiste nada de los golpecitos y los susurros, y es hora de despertarte con una colleja que te dé dar dos pasos al frente, trastabillando y a punto de caerte... pero eso sí, si no te caes... ¡¡espabila...!!

11 nov. 2013

DIA 11 DE NOVIEMBRE: SAN MARTIN... (Felicidades para mi hijo).

No sé cuándo decidí que se llamaría así. En España se celebraban aquellos Juegos Olímpicos que todos recordamos, tal vez sabiendo que ya no serían más por estos lares. Barcelona ardía de calor, entre aplausos, entre un medallero cuajado de metales y entre el orgullo español, henchido a fuerza de cintas alrededor de cuellos campeones. Y yo esperaba la llegada de mi primer hijo. Paciente, acalorada, muy hermosa, muy voluminosa y repasando libritos, de esos en los que se colocan nombres por orden alfabético con su correspondiente significado. No quería su padre repetir onomástica, demasiados varones en la familia con el mismo nombre. Yo no quería nombre compuesto. Si el del abuelo paterno no era, el del abuelo materno (que a mí me encantaba) tampoco sería... Un nombre fuerte, sonoro, importante, de esos que no dan lugar a diminutivos ridículos ni cursis, un nombre corto, sin "eses" a poder ser (Montejícar es un pueblo ceceante, digamos lo que digamos)... Yo quería un nombre bonito, que definiera un carácter. Mi hijo tendría que vivir toda su vida con ese nombre, que él no iba a elegir, que serían sus padres quienes lo hicieran por él. Teníamos en nuestras manos una gran responsabilidad.
A veces no pensamos en la importancia de un nombre; a pesar de que, de vez en cuando, en las reuniones de los amigos, cuando surge el recuerdo de un compañero o compañera, se dé el caso de la burla que originó su nombre, de las mil rimas que se nos ocurrieron, y es que, los niños, esos que son tan crueles, tienen la capacidad de destrozar la vida de un igual por un simple nombre... Y de repente, en el televisor, en aquellas Olimpiadas comenzó a escucharse a un nadador español, afincado en Estados Unidos, Martín López Zubero. Comenzamos a acostumbrarnos a verle en el Podium, y comenzamos a escuchar un nombre sonoro, rotundo, corto, sin diminutivos... Y pensé que ese sería el nombre que mi hijo llevaría: Martín... Y así fue. Y así le llamé la primera vez que le tuve en mis brazos, cuando desperté de una anestesia que me envió a los confines del sueño, tras unas cortas horas de parto, tras comprobar que el niño era tranquilo, que era grande, que se había cansado de empujar, que estaba más a gusto dentro de su mamá y decidieron que su mamá debía de dormir para que él pudiera ver la luz. Y sí, acerté. Nada más verle la carita supe que mi hijo tenía cara de llamarse Martín.
Mañana es su santo. Él no suele celebrarlo, yo sigo felicitándolo, él hace como que no le importa, yo sigo cantándole "feliz en tu día", él sigue diciéndo que soy una cursi, pero termina preguntándo qué le voy a regalar, yo me rio, le bromeo, le digo que nada...y sigo pensando que escogí para mi hijo el mejor nombre del mundo, quizás porque, en el fondo, es un nombre corto, sin diminutivos, sin "eses", rotundo, sonoro...y sobre todo porque es el nombre de mi hijo, el nombre que digo cuando estoy preocupada por él, el nombre que pienso cuando sale de viaje, o cuando sé que está fuera, lejos de la seguridad de cuatro paredes, es el nombre que soñé cuando aún no había nacido, y el que deseo seguir diciendo por muchos años... Es el nombre que quiero recordar siempre, el que suplico no olvidar aunque el tiempo deteriore mis neuronas y se lleve mis recuerdos. Un nombre lo es todo, el nombre de nuestros hijos es la vida misma; la capacidad que encierra una festividad de llenarnos de vida... Y la mía, en una parte inmensa, tiene un nombre precioso de varón amado: MARTÍN... Felicidades, hijo mío, a pesar de que me acusarás de ser una cursi, te querré mientras me quedé vida...

7 nov. 2013

LA HUELLA DE TUS PASOS... (Poesía a mi abuelo Jacinto. 1983)

Acompañabas la huella de mis pasos con los tuyos,
mi mano entre las tuyas, mi risa en tus palabras,
la ilusión de mis ojos, tu paciencia infinita,
mis preguntas de niña, tus respuestas con alma.
Hacías de mi mundo un espacio perfecto,
rodeabas mis días de cuentos inventados;
recorrido de vida, la que hiciste inmensa,
la que fuiste llenando de besos y cuidados.

Los caminos andados, aferrada a tu mano,
mi manita infantil tan pequeña en las tuyas,
las manos trabajadas, con arrugas y callos,
las manos tan hermosas que tocaban mi cara
y cuidaban mis años.

Te has ido de mi vida, te despediste triste,
me miraste un momento y supe que marchabas,
y mi niñez lloraba, mi juventud gritaba,
de ira, de impotencia, de tristeza y de rabia. 
Me dejaste sola y te necesitaba,
para escuchar tu voz, y decirme tranquilo
que todo estaba bien, que no pasaba nada,
meciéndome en tus brazos, besándome el oído.

Los abuelos benditos que nos llenan de vida,
que nos regalan mundos imaginarios siempre,
que nos llenan de recuerdos, que se alejan cansados,
que las penas les hunden cuando saben que parten
y que dejan al nieto a merced de su suerte.

Mi abuelo, tan querido, que se me fue en la noche,
en la fría madrugada y en el cantar de un río,
en la vereda verde, en el camino angosto,
entre las rocas frías de este otoño perdido.
Y me ha dejado muda. Ya no tengo mi cuento,
ya no tengo la voz que me cantaba bajo,
que me decía que era la princesa dormida,
la muñeca de rojo, la que perdió el zapato.
Ya no me peinará aquella larga trenza,
ni sus dedos tocarán mis ojos cuando llore,
ni me dirá "¡que tierna que es mi niña!",
ni jugará a mis cromos, ni voceará mi nombre.

 

6 nov. 2013

CON PALABRAS SERENAS.... (Poesía)

Déjame hablarte de tardes serenas,
de la soledad del alma cuando tu te callas,
de la tristeza que dejas entre mis rincones,
de la melancolía que dejaron tus palabras.
Déjame hablarte con silencios de mi boca,
con miradas de mis ojos y caricias escondidas,
déjame que grite lo que callo desde entonces,
lo que no se puede pregonar por las esquinas.
Déjame que viva el viento, que su vaivén me llene,
que ocupe la oquedad de mis entrañas,
que doble mi dolor y me haga daño,
para saber del rencor cuando te marchas.

Quiero proclamar la ley de la miseria,
la ley del abandono con que pagas,
el estado de sitio, el estado de guerra,
la muerte silenciosa que me acosa y me llama
cuando tú me abandonas,
cuando tú me desprecias,
cuando ignoras mis llantos,
cuando ríes mis lamentos,
la ira contenida entre juncos de río,
entre lunas de sangre,
entre mares dormidos.
Quiero hablarte con palabras serenas,
con el corazón roto por golpes de tu lanza,
hablarte entre susurros de ausencias contenidas,
de risas de bufones, de bailes y de máscaras;
de noches entregada a cuerpos muy lejanos,
pensando que es el tuyo el que yace en la cama,
el que roza mis piernas, el que besa mis hombros,
el que muerde mi nuca y acaricia mi espalda.

Déjame hablarte de mi dolor a solas,
de mi placer a solas,
de mi oculto deseo,
de mis ansias prohibidas,
de mis noches en vela,
de mis barcas varadas,
de mis olas calmadas.
Déjame hablarte con palabras serenas
de mis días sin rumbo y de muertes pedidas.

2 nov. 2013

Y EL INFIERNO LLEGÓ AL FINAL... (Cuando todo se termina)

Decidí que en un suspiro se encierra el mundo, en el instante fugaz y rápido que va desde la exhalación de una bocanada de aire. Un suspiro lo encierra todo, encierra impotencia, amor, despecho, odio, esperanza, alegría... La capacidad que tiene un suspiro para crear un mundo es tan desconocida que, cuando expulsamos ese aire, cuando lo dejamos escapar, no somos conscientes de lo que con él se nos va...o se nos queda. Terminé "El infierno cabe en un suspiro"... Seguramente que sí, seguramente que, sin saberlo, muchos suspiros han dejado escapar infiernos, han recorrido avernos llenos de fantasmas, de pesadillas, con el suspiro entregamos, en ese mismo aire que dejamos suelto, la capacidad a otros para romper la dignidad, para robarnos el respeto propio que todos nos debemos, para aprovecharse de nuestros más íntimos deseos y zarandearnos inmisericordemente, como muñecos de trapo manejados por bajos instintos, sin saber ni tan siquiera que no queríamos eso, que estamos dentro de una espiral indeseada pero que ahora, después de suspirar, nos hace mantenernos vivos, cuando en realidad nos morimos lentamente... Las ocasiones en que abrimos un mundo desconocido, el que creemos que podemos manejar, que nos llena de prisas extrañas y misteriosas, que nos deja exhaustos y cansados, que nos hace olvidar el mundo que tenemos, que nos hace vivir un mundo ajeno, que nos descubre que no somos nosotros, que somos otros, que son otros los que lo viven... Hay infiernos cuajados de llantos, otros de hogueras en los que nos quemamos irremisiblemente, otros infiernos que nos hielan la sangre, que nos transforman, que nos hacen llevar una doble vida, una vida plagada de momentos crueles, de besos no saciados, porque el infierno no sacia, sólo destruye... Ha llegado el final, terminé el recorrido por una vida que, hasta ese suspiro lanzado, era una vida monótona, rutinaria, aburrida, una vida normal y corriente, de una mujer normal y corriente, como somos todas, como son las mujeres con las que nos cruzamos al hacer la compra, al recoger a nuestros hijos en el colegio, al subir en el autobus, en la consulta de un médico... Mujeres que tienen una vida ideal e ideada para los demás, pero que saben de la falta de riesgo, que desean comprobar cómo se vive entre sombras, entre secretos que se planean estupendos, dignos de ser callados, dignos de ser vividos... Hasta que el suspiro escapa y te lanza contra la pared, y descubres que no puedes vivir sin vértigo, sin miedo, sin lo novedoso, sin lo indigno, y que todo eso tienes que vivirlo sola, ocultándo bajo la sonrisa perenne el fuego que te consume y que te destruye... Y, de repente, cuando todo se acaba, descubres que tras los confines de una pantalla, sin saberlo, una sola pregunta, una sola frase, se te queda intacta, aunque olvides por un tiempo a quién la dijo... Hay historias que sucedieron, que pudieron ser eternas de haber capturado en el suspiro lanzado la eternidad del tiempo, pero que, una vez pasado, el tiempo no las devuelve, las enquista, las hace recuerdo, las hace papel y las hace letra, pero jamás las devuelve intactas... Hay historias idas tras rejas que se quedaron por siempre allí, entre las rejas de un pasado que ya no será nunca, por mucho que nos empeñemos, y hay que volver a caminar, a salir a la calle, a conocer lo que otros suspiros de otras gentes encierran... Y hay gentes que suspiran y entregan minutos de calma, que esperan su tiempo, que reclaman un espacio sereno, horadando en el corazón sin prisas, porque, al fin y al cabo, los suspiros, no son más que una respiración profunda, más larga que la respiración de la rutina, y por eso mismo, por ser más larga y más profunda, nos puede otorgar la capacidad del consentimiento, de la aceptación, del reconocimiento de errores y de la esperanza que la vida nos ofrece.
Cuando todo termina, cuando todo acaba, cuando revives, cuando piensas, puede llegarte a la memoria una generación de mujeres, de esas mujeres encerradas en ámbitos sociales pequeños, enclaustradas entre sombras ajenas que ejercen de jueces, mujeres que hicieron lo que se esperó de ellas, que vivieron recluidas en jaulas de oro, que pasaron sus ojos por ilusiones sin rozarlas siquiera... Mujeres que quisieron darse una oportunidad y descubrieron que no habían aprendido a vivir de otra manera, y erraron y cargaron con su error, y soportaron lo que el error conllevaba. Estrictos ámbitos rurales, estrictas educaciones que sólo formaban para que vivieran lo ajeno, que no les hicieron crecer sus alas, porque si lo hacían, si sus alas crecían, destruían la línea recta en la que habían sido educadas y rompían la armonía de la Comunidad... Todo terminó, acabó el recorrido, emocional, sentimental, nada de historias de parientes, ni de aventuras, ni de viajes, historia propia, vivida sencillamente desde el corazón, hay veces que para narrar sólo hace falta sentir... "El infierno cabe en un suspiro" es, tan sólo, el deseo de haber sido, el recorrido por el querer ser y el remate de saber qué se es...

1 nov. 2013

DÍA DE DIFUNTOS, LOS ABRIGOS NUEVOS... (Recuerdos de una adolescente)

Amanecía el día con el olor a leña quemada, repique de campanas, brumas entre los olivos y en la Sierra. Me asomaba a la ventana de mi dormitorio, todavía el pijama puesto, abría los postigos y subía la persiana, aquella persiana de cuerda que se hacía lazo en las rejas; y sonreía. Sabía que era el día en que estrenaba mi nuevo abrigo, que vendrían los chicos que estudiaban en Granada, que nos encontraríamos con ellos en el puente, que nos acercaríamos tímidas; todavía estaban prohíbídos los castos besos en la mejilla, nos bastaba un apretón de manos para que la electricidad nos recorriera enteras en aquella edad de aquel tiempo en que la inocencia todavía no se había perdido y el más leve roce te encendía el rostro y te lo llenaba de un calor sospechoso lleno de cosquilleos en el estómago; años después supimos que eran mariposas, esas que revoloteaban porque una mano había rozado otra mano, y con aquello las hacía felices. Mi madre preparaba el desayuno con tortitas de limón y canela, y buñuelos, que en mi pueblo se llaman papajotes y con un tazón de café con leche...y yo comía rápido, porque tenía que arreglarme y estrenar mi abrigo nuevo... La misa de doce estaba plagada de cardados, de rezos contenidos, de canciones tristes...y de abrigos nuevos. Y la iglesia despedía el frío cruel que iba ascendiendo, poco a poco, desde los talones hasta las ingles. Pero se detenía allí, desde ese punto para arriba todo era más caluroso, más insospechado, más íntimo, más secreto...y yo me arrebujaba en mi abrigo nuevo, igual que aquellos que invadían el  espacio sagrado y congelado.
El camino hacia el cementerio lo hacíamos con las risas suaves y tímidas de los años, los trece años son demasiado descarados y nos habían enseñado que debían de ser recatados y discretos; ellos, los chicos, caminaban unos pasos más atrás, nos hablaban a las espaldas y sonreíamos, nos tapábamos la boca con la palma de las manos, ocultos los labios alegres a las miradas recriminadoras de las mujeres mayores que volvían, que se cruzaban con nosotras y nos reprendían con sus gestos por aquella alegría infantil, alegría prohíbida en un día que se teñía de negro, pero al que ponía color nuestros nuevos abrigos.
Y el cementerio se abría a nuestros ojos, subida la cuesta, el antiguo camino, entrando por lo que fue la puerta de madera, aquella con la aldaba enorme, la que era objeto de la historia de muerte, una muerte lejana llena de  misterio, aquella aldaba cruel que sujetó la capa del individuo que intentó correr, que se cobró su vida al imaginar que una mano inerte que había brotado de las tumbas la sujetaba. Siempre, los chicos, al llegar allí, nos contaban la misma historia... Y yo miraba la aldaba negra en la enorme puerta de madera corroída, escuchaba los gritos de terror del hombre, sus intentos por huir sin volver la cabeza, sin comprobar que su capa, sencillamente, se había quedado enganchada en la negrura de un hierro...¡Pobres mentes humanas que hacen de la sugestión su muerte!...
Todo el espacio se había llenado de crisantemos, de flores monocolor, macetas y coronas, cintas malvas, cintas negras; todavía no se permitían los colores rojos de los claveles, ni los ramos envueltos en papeles crujientes, ni el colorido amarillo y rosa... Se respetaba el duelo, no había lugar para la explosión de otras flores que no fueran crisantemos, colocados ordenadamente; la tierra fría, los rezos callados, las lágrimas perdidas...y los cipreses... Y yo recordaba aquel título del libro que había leído hacía tan poco tiempo, y pensaba si, realmente, los cipreses creían en Dios o simplemente se habían ganado la mala fama de árboles de muertos... Me gustaba mirar sus copas, me sigue gustando elevar la vista, misterioso árbol que cobija suspiros y palabras no dichas. Los cipreses admirando nuestros abrigos nuevos, y el frío de la muerte que, mezclado con el de la iglesia, volvía a subir hasta las ingles. Y los chicos, aquellos que habían estrenado cazadora nueva, seguían hablándonos a la espalda, con voces hechas susurros, silencios repentinos cuando alguna mujer nos aseveraba, recordándonos que estábamos en un lugar sagrado... Menos aquel rincón olvidado, donde descansaban los que decidieron no seguir con la vida regalo de Dios, los que habían cortado de cuajo la maravilla de vivir, los olvidados, los que no tenían crisantemos ni rezos, los marginados...a mí me daba pena, en mi mente infantil me preguntaba el por qué de aquel desprecio ante quien no superó el hecho de haber nacido, o de haber fracasado, o de haber comprobado que nada importaba... Y me arrebujaba en mi abrigo nuevo intentando calmar el escalofrío...
Ha pasado el cruel tiempo que te da respuestas..ha llegado el tiempo que ha llenado los cementerios de colores miles y de olor a primavera, de conversaciones en voz alta, de risas, de caras maquilladas, de abrigos que se estrenan y de ausencias de rezos... El tiempo ha convertido los cementerios en lugares de culto y de relaciones sociales; los cementerios rurales son las pasarelas para nuevos abrigos, lugares de encuentro para las gentes que vuelven, por un día, a colocar flores, a recordar, a conversar sobre la fugaz vida y la eterna muerte...son escaparates que compiten por la mejor decoración, el acierto del buen gusto... Nada que ver con el recogimiento de antaño, la meteorología ha decidido destruir el frío otoñal del Dia de Todos los Santos y regalar, año tras año, días veraniegas, los abrigos se han quedado en boutiques y en almacenes, esperando que, para Navidad haga más frío. Habrá que retrasar la fecha para estrenarlos... Y habrá que asumir que el cementerio es un lugar tan de ocio como otro, tan de lucha en rivalizar por la mejor decoración como lo es una boda, habrá que admitir los comentarios sobre un centro depositado en una lápida, y que los visitantes son jueces que luego, sin premio metálico y material, sí darán su veredicto sobre la làpida más bonita, el nicho mejor decorado y la corona más horrorosa...y es que, la sociedad de consumo también llegó, lentamente, hasta los campos santos.
Ya no se manda callar a los adolescentes, ya los grupos de chicos y chicas caminan juntos, ya no hay frío en las ingles ni preguntas de desconocidos a los que nadie les pone flores... Y yo, como buena señal de que envejezco, echo de menos estrenar el abrigo nuevo...