17 feb. 2013

A MI MADRE....

Es su cumpleaños. Cumple setenta y seis años. Toda una vida. Toda su vida pendiente de los demás. Aún cuando no sabía que estaba pendiente. Mi madre. Esa mujer que, en silencio, caminando con paso ligero, sin quejarse jamás del cansancio, me acunaba de pequeña cantándome aquello de "que bonita que es mi niña". Mi madre. La que me ponía el escudo en el uniforme y me hacía rezar las tres avemarías por la noche, antes de dormirme, y me arropaba y se perdía escalera abajo, porque, todavía, no había terminado su jornada. Mi madre. Pequeña, metida en su mundo. Sin maldad, jamás. Dolorida niña que conoció muy poco la niñez porque le tocó vivir malos tiempos. Mujer sufrida y trabajada. Sencilla y sensible. A la que era y es fácil hacer llorar, y era y es fácil hacer reír. La que no podía dormir si yo estaba de viaje, o si, lejos, sufría unas anginas. La que me critica un peinado y me lo repite hasta aburrirme. La que me mira y me dice "que estoy mu apañá" y me hace sonreír, porque me lo está diciendo mi madre, y a ella la creo siempre.
Recuerdo mi niñez con olores a paja quemada, a roscos de sartén y a cocidos. A mi madre faenando por la casa después de un día duro de aceituna. Mi niñez de ropas blancas al sol, regadas para blanquearlas. De lumbres en chimeneas y de pilas de lavar restregadas con manos curtidas por trabajos duros.
Me enseñó todo, me enseñó a llorar y a reír. Me sigue haciendo llorar y haciendome reír. Me saca de mis casillas y consigue que me enfade. Los "no se te puede decir nada" tan habituales en ella, que, cuando los medito me hacen reírme, porque es verdad, porque si lo dice mi madre, yo a mi madre siempre la creo. Me enseñó a mirar la vida con el corazón, a valorar lo que tenía, a no pedir más porque no se podía. Me cuidó en mi niñez, a pesar de sus regañinas y sus amenazas, aquellas de "cuando venga tu padre te enterarás", soportó mis manipulaciones de enana consentida por mis abuelos, mi madre que es humilde, discreta, generosa, servicial, que entregó siempre bondad, y lo sabe quien la conoce. Mi madre que cuidó de sus padres, de su marido y de sus hijas. De sus nietos. Esos nietos que saben "como es", tan pegajosa, tan pesada, siempre preocupada porque ellos estén bien, atenta a un cambio en el tono de voz, por si están resfriados, en un silencio, por si están enfadados. Mi madre. Lo mejor del mundo.
La misma que me ponía gorro y bufanda en cuanto octubre asomaba hasta que mayo se iba, porque "mi Encarnita siempre tiene anginas", la que me prohibía comer helados en verano, que luego me daba fiebre, y eso la aterrorizaba. La que sufrió aquel genio mío del demonio, en la adolescencia, cuando la contradicción es la ley y la forma de vivirla. Que lloró en un aeropuerto porque su niña, la misma que era bonita cuando dormía, se iba lejos, muy lejos, y ella ya no podría taparla por las noches.
Mañana cumple setenta y seis años. La misma que se quedó sin el amor de su vida, porque la vida así se lo hizo vivir. La que cada día, durante esa larga enfermedad, tan injusta y cruel, me decía "pues yo le veo mejor", negándose a creer que él se le iba, que se nos iba y la iba a dejar sola, para siempre. La que no quería decir que le dolía el pecho, en la cama de un hospital, para no preocuparme, porque igual no era nada. Es mi madre. La que me hacía una trenza mientras me cantaba.
Era guapa mi madre de joven. Es guapa mi madre. Por dentro y por fuera. Es la belleza de la bondad. El ejemplo perfecto de lo que se debe hacer con los ajenos. Mi madre es la sencillez de la vida. Sin nada más, sin nada menos. Cuando ya la mente no es lúcida. Mente ocupada siempre en preocupaciones de los que estaban a su lado. Trabajando, callando, sufriendo, esperando.
En esta noche ya, en que mi madre cumple años, solo puedo darle las gracias por su "que bonita que es mi niña", por su "no se te puede decir nada", por su "estás mu apañá", por sus gorros en mayo y mis no helados en verano. Por su enseñanza y su ejemplo, por su amor a mi padre y a nosotras. Por su vida junto a mí. Por todo ello. Felicidades mamá. Te quiero.

MIS SUEÑOS JUVENILES...

Tenía yo, hace ya muchisimos años, un "pretendiente" (palabra que los jóvenes no han oído en su vida) que tocaba en la Tuna de Derecho. Digo pretendiente, porque, el pobre chico, al que perdí la pista, no desfallecía, a pesar de que yo, una niña un poco acomplejadilla pero muy tiquismiquis, me negaba a salir con él, lunes sí y lunes también, es decir, cada lunes en que volvía de mi pueblo a Granada, en donde me preparaba mis oposiciones. Pero sí que había una cosa que a mí me volvía loca de Dani, que así se llamaba, (espero y deseo que se siga llamándo, incluso si se llama Daniel también se lo perdono jajaja) y eso era su capa. Digo su capa de tuno. Algunos viernes aquel chico "salía de ronda", otra cosa que los jóvenes desconocen totalmente, pero que a mí me volvía loca. Y lo que más loca me volvía era su capa. La de tuno vuelvo a decir. Y recuerdo una noche de viernes en que yo, por los Jardines del Triunfo, volvía a mi piso, tranquila, y me ví rodeada, en pleno mes de abril, por un grupo de tunos, que me "rondaban" y puedo decir dos cosas, ahora, que los años han pasado y que te queda la sonrisa de la nostalgía: Fui la niña rondada más feliz del mundo. Y me probé una capa de tuno, y me gustó muchísimo. Y pensé que eso era lo más de lo más. Al lunes siguiente regalé una cinta de color celeste, mi color favorito.
Anoché me rondaron unos tunos guapisimos, de la Facultad de Arquitectura de Granada, pero guapos, guapos, y volví a mis diecinueve años, esos que ya se fueron hace mucho, con mi cinta celeste, mi ronda en el Triunfo y sus primaveras. Anoché cumplí tres sueños: Presenté mi novela en la ciudad más mágica del mundo, Granada, la ciudad del duende y el encanto. La ciudad que tiene la puesta de sol más bonita del mundo. Me rondaron unos tunos, me dedicaron sus canciones, entre ellas "El reloj", ese bolero, en honor a mis manecillas... y lo último, y que me emocionó, volver a colocarme una capa de tuno. La capa, tengo que decirlo, correspondía a Vicente García Moraleda, guapo tuno. Y fui feliz. Porque los recuerdos, cuando te los despiertan unas notas de laúd, el sonido de una pandereta, las piruetas de los tunos, sus sonrisas y sus canciones, son recuerdos que se vuelven a vivir, te acarician el alma... y te emocionan... mucho, además.
Recordé a Dani, y sus canciones, sus insistencias, sus risas y sus "¡cómo eres!", frase que, el pobre, soltaba ante mis negativas. Pues por él, por las cervezas en el bar "Fernández", en Ancha de Capuchinos, las de "La Cepa Roja" también en Ancha, los paseos por la Avenida de Madrid, intentando coger mi paso. Por todos los tunos que salen de ronda, que siguen acumulando cintas para una capa multicolor. Por los tunos que cumplen los sueños de maduritas interesantes, en esos días en los que, de repente, se les cumplen todas sus ilusiones. Por los tunos, las tunas de Granada, ciudad estudiantil, ciudad "tunera", ciudad para ser recorrida con trajes negros de raso y capas al viento. Por ellos y para ellos, mi recuerdo, mi sonrisa, mi reflexión y mi emoción.

CONCLUSION

Jamás olvidaré a los tunos que, de repente, inundaron con sus notas, la sala en la que yo, una madurita llena de recuerdos, acababa de ser feliz, de recibir unos aplausos llenos de corazón y cariño. Jamás olvidaré las palmas, jaleando sus voces y sus canciones... Y jamás olvidaré la capa de Vicente, digno hijo de dignos padres, rodeando mis hombros y a él colocándomela, cuando una, ya mira a ese tuno como una madre mira a su hijo... Por los que fueron, los que son y los que seran, porque Granada merece seguir siendo rondada por sus tunas... y paseada por sus capas...