21 feb. 2013

LOS DIAS INFINITOS...

Esos días que tienen de todo, que parece que los has vivido sin tiempo, sin orden ni concierto. Que te hacen desayunar en una ciudad, tomar café en otra, almorzar en casa, cenar en casa, y entre ese espacio de tiempo, has hecho kilómetros, te has reído, te has emocionado, te has cansado. Llegar a casa y sentarte, resoplar, "¡Ya está!"... y aún no está, aún te queda tiempo para repasar, revisar, recordar que olvidaste cosas, que mañana tienes que volver a hacer llamadas, a mirar agenda, a cuadrar fechas. Un poco de locura, un poco de acelero. Por hoy ya está, toca un poco de calma, la mínima... Y de repente, gracias a que la tecnología, a veces es perfecta. Gracias a que recordaste que tenías que recuperar un disco duro, te descubres mirando fotos de hace tres años, de hace diez años o de hace mil años... Fotos llenas de nostalgía, recuperadas en una petaca, conteniendo en su interior un disco duro de un viejo ordenador. Descubres conversaciones pasadas y perdidas, y sonríes, ¡¿cómo pudiste decir aquella tontería?!... ¿adónde se habrán ido todos aquellos momentos?... Y piensas que, gracias a la tecnología, vuelves a vivir. Recuperas fotos de un viaje, hace ya casi dos años, fotos de una estancia, hace muchos más años. Fotos de una vida. Recuperas un borrador, aquel que te llevó horas y días... Y vuelves a instalar la nostalgía en la mirada, evocas instantes ya idos, palabras ya dichas, oyes ecos en tu mente. Recuperas videos que te hacen sonreír. Habías olvidado miradas a una cámara, guiños y risas. Besos tirados mientras grababas, besos devueltos mientras grababas. ¡Que bueno recuperar la vida!, la que sabes que viviste pero que habías olvidado, devuelta en brumas de añoranzas y melancolías varías. Envías un sms "Recuperé unas fotos, luego te las mando", y recibes la respuesta, simple, escueta, amigable y cariñosa "Me encantará tenerlas, envialas"... Esas fotos idas y retenidas. Los videos llenos de voces y de risas, y de bromas. Los borradores que ya no serán, porque otro ocupó su lugar...
Y fue día para ver que, cuando hay alguién a quien quieres en una cama, sabiendo que siente dolor, tienes que hablar de todo, menos del dolor, y cuentas una historia que será, y se cambian impresiones, y te aconsejan "No tomes partido, sé neutral", y sabes que quien te lo dice, aunque tenga dolor y lo disimule, aunque unas horas antes haya estado inconsciente, ahora es lúcido y leal. Un día para patear una ciudad, para sonreír, para convencer de que, tal vez, no es malo tu trabajo, para escuchar halagos de quien no tiene porque dartelos, haciéndote entender que, lo que has conseguido pocas veces se logra desde tu humilde peldaño, y te sonrien y te asesoran. Te abren puertas, te tienden manos... ¡te dan la vida!... Y en esta noche, cansada, en que ha habido cosas que he olvidado hacer, llamadas que tuve que realizar, que se quedan pendientes para mañana, en esta noche en casa, lluviosa fuera, todo perfecto dentro, he vuelto a los catorce, a los veinte, a los treinta, he vuelto a recrear mi vida, a reflejarme en mi espejo de la vida, ese desde el que miro como va pasando y me va dejando huellas visibles, me deja kilos y arrugas, dolores y temores, pero ha sido una vida digna de ser vivida...

CONCLUSION

Valió la pena en cansancio, después de todo, días vendrán para descansar. Valió la pena la prisa, las carreras, el no llegar. Valió la pena el dolor por todo un día de caminata, excepto esos minutos, tranquila, sentada en una habitación, con dos personas y mi marido, hablando, comentando, riendo... ver llover desde el coche, ver el sol de las primeras horas, efímero y engañoso, que no tardó en desaparecer para dejarnos un día gris, pero un día completo... un día único, como lo será mañana... Buenas noches, se acerca el final de febrero, hagamos que haya valido la pena... que descanseis, yo lo voy a hacer con una amplia sonrisa...

TODO LO QUE SE APRENDE EN UN DÍA...

He llegado a la conclusión de que Alberto me enseña mucho... Cada día, durante su vuelta del cole me da alguna explicación lógica, una lógica digna de los cuatro años, esa que te deja una sonrisa, que tú asimilas lentamente, y alientas y animas para que te siga explicando. Hoy no fué distinto. Recorriamos el corto espacio que hay del colegio a casa, el tema de hoy eran sus botas nuevas. Nuevas porque se compraron ayer, porque, la realidad es que, si alguién las miraba hoy hubiera dicho que las botas en cuestión, ya tenían más de un repaso. Yo le comentaba que, se había comprado las nuevas botas porque las anteriores las había roto. Me comentaba él, con un lenguaje un poco raro (personal y propio), que no las había roto él, sino el hielo. Sí, como lo digo, el hielo, ese que se forma cuando hace mucho frío. No lo entendí muy bien, decidí seguir camino con su manita cogida a la mía y escuchándole atentamente. Y de repente me lo soltó: la culpable de que las botas se rompieran la tenía yo. Comencé a preguntarle el porqué decía eso, la respuesta fue clara y concreta: Las botas anteriores, las que el hielo había roto, eran para niños grandes, él todavía es pequeño, yo le compré unas botas que no le iban bien, porque sus pies son pequeños. Intenté defenderme, decir que eran unas buenas botas, que eran de su número. Pero él ya había decidido que, la culpable, alegara lo que alegara, era yo. Así que me mandó callar, con esa frase suya de "no me digas nada" y se dispuso a terminar su recorrido solo. Mientras le miraba caminar delante de mí pensaba en sus botas. En sus zapatos. En sus pies. Esos que ya son capaces de caminar solos, de pararse en la esquina, porque saben que cruzar es peligros. Los que ya golpean un balón y corren. En los pies de nuestros hijos. Los que les permitirán irse lejos, andar por sí mismos, deambular por la vida, encontrar su camino y continuarlo. Y nos dejarán atrás, pero vigilantes, observando desde lejos, para ver si, al llegar a la bifurcación del sendero escogen la dirección correcta. Y pensaba en sus pies.
Esta tarde me tocó mi hijo mayor, ese que ya camina solo, que tiene pies grandes y escoge sus botas, el que decide un look con el que no estoy de acuerdo, pero es el suyo, porque él ya decide, y, después de escucharle al teléfono, después de escuchar un perdón humilde por su parte, reconociendo un error, después de comentarme su última nota y hacerme sonreír, pensaba que el tiempo pasa demasiado deprisa, recordaba cuando colocaba en orden las botas de Martín, cuando le escuchaba a él. Cuando era él quien cogía mi mano, de la que se fue soltando poco a poco. Dar alas, enseñar a usarlas, mirar como levantan el vuelo, como caen, como se equivocan, como ayer se equivocó Martín, como aprenden a reconocer sus errores, a pedir perdón. Y yo, después de colgar el teléfono. Después de dos reuniones. Después de charlar con mi pequeño por la mañana y con su hermano unos minutos antes, ya noche cerrada, supe que he aprendido. Que todavía soy capaz de aprender. Aprender de ellos. Del pequeño que, importa mucho el número de calzado, porque, a cada edad, hay que colocarle el calzado exacto, el número que debe de entrar sin apretar y sin dañar. Del mayor que, no importa que pase todo un día, o toda una semana, cuando se sabe que se falló lo legal, lo noble, es pedir perdón y decir "mamá, lo siento". Y supe que sonreía, sin darme cuenta de ello, porque mis hijos me hacen feliz. Me enseñan. Me quitan el sueño y me hacen soñar. Porque la vida me ha bendecido. Después de todo, como diría Victor Manuel " los hijos, hijos son, igual llegan que se van".... Y así debe de ser, porque, para eso les compramos botas, para que aprendan a caminar con ellas y soltar nuestra mano cuando llegue el momento...

Buenas noches, hoy he aprendido que, en un día, si se sabe analizar todo, se pueden aprender muchas cosas...A descansar, me espera un largo día mañana...