25 feb. 2013

UN BUEN RECUERDO... (mi abuelo Jacinto)

Escuchaba ahora a una niña casi, hablar de su abuelo, un abuelo que la crió y le dio todo el cariño del mundo, y me emocioné, porque a veces, la vida, te pone delante a seres inmensos, esos que, sin saberlo te los encuentras al nacer y te acompañan siempre. Recordaba a mi abuelo. Yo he sido afortunada, a mí mis abuelos me duraron mucho, los cuatro, porque el quinto, el que era de sangre, la cruel guerra se lo llevó. Pero, desde algún lugar el ausente decidió regalarme a un auténtico abuelo. Mi abuelo Jacinto. Mi niñez sin él no hubiera sido la misma. Toda mi memoria infantil se va hasta él siempre. No hay ni un recuerdo de niña en el que no esté él, de una forma o de otra. Mi abuelo era bueno. Con todo lo que esa palabra conlleva. Fue buen padre para mi madre y mejor abuelo para mí. Me consolaba, me mimaba, me cuidaba, me perdonaba, me tapaba mis niñerías, me defendía cuando mis padres se enfadaban conmigo. Mi abuelo que estaba ligado a un yesquero, a una petaca con tabaco y a unos "recortables". Aquellos que él, siempre que iba al estanco, me traía, con los cromos, que los dos guardábamos en una caja de lata que antes había contenido carne de membrillo. Mi abuelo que me cogía de la mano y me daba una pequeña damajuana que él había enredado con esparto, para que le acompañara hasta el Pocico de San Marcos a coger agua. Y durante el camino me contaba cuentos, uno detrás de otro. Que no quería que me alejara mucho mientras él llenaba el agua. Mi abuelo que me metía en la cama, entre él y mi abuela, y seguía contandome cuentos, aquellas noches en las que mis padres, lejos, en Francia, pensarían en cómo estaba su niña, y su niña estaba feliz, porque estaba con sus abuelos. Mi abuelo que se quitaba la gorra cuando, en la tele, los domingos, ponían la misa, y que se quejaba de los largos rosarios de mi abuela en casa de Agustina, la vecina, con la frase bien aprendida de "es que ellas los rosarios los adornan y les rezan a todos los santos". Paciencia infinita, soportando el carácter de mi abuela (un poco parecido al mío, la verdad), el hombre que entendió que padre es el que cría, y abuelo el que malcría, a aquella niña solitaria que durante su infancia no se despagaba de él. El mismo que me guardaba arroz con conejo, hecho por mi abuela, excelente cocinera, cuando las cocineras tenían muy poco para echar en la cazuela, pero sabían como echarlo y como guisarlo, y él guardaba mi platito en la alacena, y me hacía un gesto con la cabeza.
Mi abuelo haciendo palomitas en la lumbre... palomitas no, "flores", porque en Montejícar las palomitas no existen, existen las "flores", y a mí me daba miedo aquel repiqueteo, y me escondía detrás de él mientras movía la sartén. El que hacía las migas de harina mejor que nadie...
Y un día se me fue, yo tenía dieciocho años. Él había peinado mi trenza, calzado mis pies, vestido mi cuerpecito. Me había consolado cuando lloraba y había jugado conmigo a los cromos. Había vestido a mis muñecas recortables, y me había enseñado que la vida cabe en un cuento.
Y me quedé sin él... Él y mi padre... Los dos me enseñaron que los hombres no son tan malos, ni las mujeres, a veces, tan buenas. Él me enseñó que, en ocasiones, los silencios dicen mucho, y las miradas más. Prudente y callado, sufrido siempre, trabajdor, honesto y honrado. Mi abuelo Jacinto, humilde y sencillo, con su gorra, su yesquero, que me dejó cuando volví de la vendimia, aquel año que, cuando me vió llegar comenzó a llorar, y me susurró al oído "menos mal que has venido, porque estoy malo"... y se fue en una semana. Y me dejó... Y esta noche entiendo a esa niña que habla de su abuelo, porque yo al mío le adoraba y le adoro... Y su recuerdo estará en mí, con sus "aguilandos", aquellos "Celos de San José" que me repetía sin cansarse...
Ojalá mis hijos hubieran tenido a sus abuelos... pero la vida decidió que no podía ser. Y se los llevó...
Esta noche el homenaje a los abuelos... A esos abuelos que nos han criado a la mayoría, que nos han hecho disfrutar y sonreír, y llorar cuando se marcharon. Lo mejor que un niño puede tener es la sonrisa bondadosa de su abuelo... Mi hijo menor no lo sabrá, pero mi hijo mayor aún recuerda la de mi padre, sus gestos, sus paseos... Y eso lo llevará siempre. Me da mucha pena cuando, por muchas situaciones, por muchas circunstancias, los abuelos no pueden disfrutar de sus nietos... porque no sabemos el tesoro que les negamos... Espero que, con esto, todos recordéis a aquellos que un día, de la mano, guiaron vuestros pasos y vuestra vida... Buenas noches... A mi abuelo Jacinto, allá donde esté, siempre estará paseando conmigo...

ROGANDO A UN DIOS DE CARNE Y HUESO.

Rota y destrozada mi mirada, y en silencio sigo
igual que un muerto, igual que un muñeco abandonado,
como se olvida de Dios un corazón blasfemo,
rota de dolor, de desengaño,
rota de rabia. Tanto sufrimiento
 vagando solo entre mis tristes manos,
escapando entre mis dedos, entres mis pestañas,
haciéndose caminos en mi cuerpo,
destrozando mis venas, las que laten,
mis pulsos que se paran y encomiendo
mi alma a tu bondad, a tu recuerdo,
encomiendo mi vida a tu misericordia,
a tus palabras que me saquen de mi infierno.
El infierno que creas, en el que ardo,
en el que me consumo sin remedio,
intentando comprender, sin conseguirlo,
el desdén que me lanzas desde el cielo.
Desde el cielo que presides y que riges,
desde el que dominas mi universo,
haciéndome títere en tus manos,
moviendo a tu antojo mis anhelos.
Derrite la nieve de tu alma,
convierte en tierra fértil este empeño
de quererte, sin querer, sin desearlo,
de morirme de amor, estos lamentos
que agotan mi cuerpo y mis entrañas,
que me atacan y me hunden en míseros silencios.
¡Cruel Dios!, que lastimas, que golpeas,
que olvidas, que ignoras, que desprecias,
que no entiendes de paz ni de perdones.,
que no buscas dar cura a mi locura
sino mover a tu antojo mis pasiones.
Devuélveme mi vida sin memoria,
mis ojos sin sombras ni despecho,
devuelve mi alma sin rencor,
y devuélveme mi boca sin tus besos.

¿QUE ES LA TENACIDAD?

Firmeza, obstinación y constancia para cumplir un objetivo. Eso es, según el diccionario, la tenacidad. Es bueno ser tenaces... o no. Depende del objetivo, depende de la estrategia, depende de si vale la pena la tenacidad... Las leonas cazan, buscan a su presa, la vigilan, son tenaces en su carrera, observan, intentan pasar desapercibidas hasta estar seguras de conseguirla. Y con todo eso, hay veces que, la presa se les escapa viva. Hablaba yo con una amiga de esto, bueno no, de leonas no, de tenacidad... pero también de leonas. Hay quien se pone tenaz (por no decir pesada), intentando que la presa caiga, y olvida borrar pistas sobre donde está refugiada, guarecida y mimetizada con el paisaje, así pues la presa la ve, o no la ve la presa, pero la ve el cazador que ha ido de safari buscando a la puñetera leona que se come a las pobres cebras. Así que, de una manera o de otra, la leona falla. También hay quien es tenaz en otros aspectos. Tenaz en intentar que todo siga bien, que todo esté perfecto, que el mundo sea como ella quiere que sea. Hay personas que necesitan creerse que nada se mueve, que ni la Tierra gira, y que las estaciones y el día y la noche son efectos ópticos, pero que todo es intocable. ¡Gran error!... La Tierra gira alrededor del sol (jejeje), y el sol, en verano, calienta la tierra, y en invierno el agua la riega preparándola para la cosecha, para la siembra. Las estaciones pasan. Pasan las dificultades, pasan los momentos tensos, pasa la vida. Y la vida está llena de tenacidades varias, esas que, a algunas personas las hacen estar vigilantes, escondidas, esperando que la presa caiga, y a otras las hace imaginar que nada se mueve.
Y luego está Ulises, viaje Homérico a través de la vida, años enteros intentando regresar a casa en donde, su Penélope le espera, tenaz también, fuerte y segura en Ítaca, porque sabe que, los cantos de sirena son solo cantos, y los mensajes, querida amiga, son solo mensajes, y las aventuras vividas, en busca de su Penélope son solo aventuras. Es bueno ser tenaz, siempre, aunque en ocasiones se nos llene la boca del regusto amargo de la derrota. Porque, si somos listos, nos daremos cuenta de que perder es también de humanos. Es bueno ser tenaz creyendo que todo se tiene, porque así somos felices, aunque sea una seguridad fatua, como el fuego. No importa cuánto luchemos, cuán tenaces seamos, en el fondo, lo que tenga que ser será. Llegará un momento en que nos daremos cuenta de que no era lo que quisimos que fuera, no era lo que creíamos que era, no era lo que era. Era otra cosa. Penélope no nos esperaba pacientemente. No había Penélope, no había ni siquiera cantos de sirena... Era la vida.
No siempre se gana, casi nunca se gana. En ocasiones sabemos que hemos ganado. Aunque el resto del mundo crea que la leona atrapará a su presa, aunque el resto del mundo crea que la Tierra no gira. Nosotros sabemos la verdad. Pero, como yo le dije a esta gran amiga, a veces no estamos preparados para escucharla ni para descubrirla, y seguimos con nuestra tenacidad baldía.
Yo ya no soy tenaz en temas varios, he decidido que creo, a pies juntillas que la Tierra gira alrededor de un sol espléndido y cálido, que hace mis días templados. El sol lejano que tiene el poder de calentar con sus rayos, desde casi ciento cincuenta millones de kilómetros, ¡que se dice pronto!, y sin embargo nos calienta, nos alienta, nos regala el verano, y la tibieza de la primavera.

CONCLUSION

Hay que ser tenaz, lo justo para intentar atrapar a la presa. Pero cuando esa presa huye, o cuando el cazador dispara y solo nos hirió, mejor buscar el refugio, mejor curar la herida y esperar tiempos mejores para la caza. Hay que ser tenaz, creer que nada es inamovible. Pero cuando descubres que, con una leve vibración de fuera el agua de un vaso crea sus ondas, hay que aceptar que no todo es tan perfecto como se creía. Y a todo eso nos enseña esta vida, que, llena de momentos, nos hace entender, comprender y aceptar que la vida sigue, la vida se vive y la vida da vida... Buenos y tenaces días... me toca zafarrancho, ya comenzado, a terminarlo que para luego es tarde...