11 mar. 2013

IN MEMORIAM... (Atocha siempre estará en el corazón)

Once de marzo del año dos mil cuatro, cuando el amanecer se convirtió en fuego, cuando el llanto nos inundó los ojos y nos tembló el cuerpo y se nos escapó el alma por la ventana de aquella mañana cruel y llena de lamentos. Cuando el miedo nos atenazó la garganta y se nos estremeció la seguridad y la solidez de lo que teníamos. Mañana gris, sin hueco para la sonrisa, los dientes apretados por la rabia, las manos crispadas, buscando en una agenda un número de teléfono, porque alguien, a aquella hora, viajaba cada día en un vagón familiar y seguro, y no respondía a una llamada, y se nos llenaban de imágenes cruentas las retinas sin poder tragar el café que estaba preparado, enfriándose en una cocina, en miles de cocinas, millones de ojos que miraban, mentes que no comprendían por qué se nos golpeaba, somos hospitalarios, confiados, abrimos brazos y fronteras, acogemos, ayudamos, consolamos. ¿Por qué se nos hirió? ¿Por qué se nos mutiló? ¿Por qué se nos dejó sin su compañía?... ¿Qué habían hecho aquellos que viajaban en vagones familiares y seguros?... Las preguntas sin respuesta, la sinrazón de la violencia alojada en los hogares españoles, los hogares de familias destrozadas, sin llanto ya, porque el llanto huyó, porque les quedó el gesto endurecido, la rabia dentro, el dolor metido en cada hueco de cuerpos que, después, cuando el día terminara, cuando todo pasara, tendrían que volver a caminar sin ellos. A mirar Atocha, a esperar, esperar la respuesta a aquella mañana en que, sin razón, sin motivo, con furia insospechada, se nos golpeó privándoles de la vida. Se nos hizo entender que, a veces, mal se paga la generosidad entregada, que en décimas de minuto, alguien, sin saber por qué, decide terminar con vidas ajenas, humanas, trabajadoras y soñadoras, y decide pagar la hospitalidad de las gentes buenas, de las buenas gentes, con sangre de sus hijos, con lágrimas y rabia.
Hoy, después de once años duelen las ausencias, duele la estación y se recuerda todavía, se recordará siempre, por el hijo que no está, la hija que salió y no volverá a ocupar su cama, el marido que no celebrará el día del Padre, la madre que dejó a sus hijos esperando sin una oportunidad para un beso largo de despedida. El novio que ya no llevará a la chica que amaba al altar porque alguien decidió por él, y le cortó la vida. Duele el recuerdo, nos tiene que doler siempre, nos tiene que tocar el alma cada día, porque ellos ya no tuvieron días ni minutos, ni siquiera una palabra, ni siquiera pudieron decir "Adiós" mientras se iban. Dolerá siempre, porque nos dejaron marcados a fuego y a sangre, con la tristeza que dejan las partidas, esas que no te esperas, que te sorprenden. Nos toca recordar, porque si olvidamos, tan solo por un segundo, el daño infligido, las penas que llevan ya por siempre sus familias, estaremos entregando, a quienes nos mutilaron, el poder de destrucción, y ellos habrán ganado su partida, a la que jugaron con nosotros, en la que cobraron sus piezas en forma de vidas que amanecían aquel once de marzo, cuando el día comenzaba a despuntar y una mano asesina decidió que ya jamás volverían a respirar el aire de marzo, ni a besar, ni a cantar, ni a entristecerse. Ni a saber por qué les quitaron la vida.
Lleno todo de niebla, de humo extraño, de incógnitas, de amargura, de negrura y de ausencias, en esta noche en que mañana, al despuntar el día, ciento noventa y una personas, no podrán despertar, y con ellos sus familias, que se quedaron, para siempre, esperando recibir la respuesta a una llamada mientras sus seres queridos se iban en vagones familiares, seguros y se despedían de la vida.