12 mar. 2013

EL SENTIDO DEL RIDICULO... (el séptimo)

Según nos enseñan en el cole, los humanos tenemos cinco sentidos, que todos sabemos cuales son, unos los tenemos más desarrollados que otros y cada cual desarrolla los suyos de manera distinta. Luego, la vida nos enseña que, según parece, las mujeres tenemos un sexto sentido, ese que nos hace saber cosas, solo con mirar, escuchar, ver una sonrisa o incluso, mirar la forma en que se mueve un pie, y además presentimos, y ese es nuestro sexto sentido, que según parece potenciamos y desarrollamos las féminas. Yo tengo otro más, yo tengo siete sentidos, y como yo mucha gente, muchísima gente: el sentido del ridículo. Este es el sentido inhóspito y estúpido que nos hace no disfrutar de las cosas por lo que los demás digan, el mismo que nos impide ponernos una mini porque no tenemos edad, el que nos hace girar la cabeza cuando caemos, solo para comprobar que nadie nos vió, el que nos aprieta la garganta en un karaoke y nos tapona la voz, porque nadie puede oirnos, si nos oyen, si nos ven, si nos miran, se reiran, y eso, queridas, es algo que no podemos permitirnos, porque, en nuestra creída perfección, damos por hecho que para hacer el ridículo siempre hay otras, que nosotras mejor quietas, calladas, caminando despacio para no caer, porque, si caemos, se reiran... ¡Que error!... el sentido del ridículo es un sentido inútil, de esos que se te instalan en creencias antiguas, en ideas prefabricadas hace muchos años por otras mentes, porque a ver en dónde está escrito que se haga el ridículo por cantar, entre amigos, desafinando al máximo, riéndote, bailar en una pista de forma exagerada porque te apetece. A ver en dónde está escrito que haya una edad para hacer todo eso. Yo, todavía, no lo he leído en ningún sitio. Ahora bien, hay personas muy formadas que te dan los cánones del comportamiento adulto, que te dicen lo que, (se supone, o suponen ellos) que está bien o está mal... Yo no me lo creo.
Yo fuí educada en un sentido del ridículo tan exacerbado que, aún hoy, lo arrastro conmigo, tras de mi, como una losa, pero que poco a poco voy soltando amarras. Estoy aprendiendo a hablar publicamente, a hacerlo mal, a reirme de mis fallos, de mis nervios, de mis palabras balbuceantes y tartamudeos varios, a no bloquearme cuando no encuentro la palabra correcta, sino a reír un poco y buscar otra. Estoy aprendiendo a soltarme más y bailar en un grupo, y divertirme, sin importarme demasiado lo que se piense, total, yo no puedo controlar las ideas ajenas, asi que "dale a tu cuerpo alegría Encarni", que la vida son dos días, y como dice un sobrino-primo mío, el segundo es de resaca. Mi sentido del ridículo ha sido atroz, atrofiante en los ánimos y en las ganas, ha sido mutilador de deseos, ha sido cruel y ha sido juez implacable de decisiones no tomadas pero anheladas. He mirado a ver si me han visto caer, cuando he caído, y me he callado en un karaoke porque no tengo edad... O tal vez sí, tengo la edad perfecta para hacer el ridículo, MI ridículo, el más espantoso, el más enorme y el más divertido. Llegué incluso a sentirme ridícula embarazada, a una edad en que, los cánones marcados no lo habían previsto. Ahora me río con mi "ridículo" de cuatro años, ahora me río de mí misma, de mis mollas cuando me sobresalen de la cintura de un pantalón, de los michelines que antes tapaba, o lo intentaba, porque esa ropa era ridícula.
Después de todo, he llegado a pensar que, ridículos, lo que se dice ridículos, son aquellos que no viven porque otros pueden juzgarlos, los que no se ríen, los que no bailan de forma exagerada, los que no quieren hablar "porque no saben", porque otros les han hecho creer que no saben, y todo eso sabemos hacerlo todos, porque, a Dios gracias, todos nacemos con cinco sentidos, solo cinco, el séptimo en discordia, el sentido del ridículo, nos lo adjudicamos nosotros mismos sin pedirnos permiso, y eso, queridos, es una decisión muy torpe, porque nos perdemos muchos ratos divertidos, muchas alegría para el cuerpo, muchos momentos especiales y únicos. Y el sexto (que no lo había olvidado ni me lo había saltado), todas sabemos que, de vez en cuándo nos falla, y yo no quiero que un sentido que ni siquiera se sabe si existe, sea capaz de hacer que me equivoque en según que cosas.

CONCLUSION

Hagámos de nuestros sentidos herramientas para vivir, de los cinco que tenemos. Olvidemos que existe el sentido del ridículo. Porque, después de todo, lo bonito es saber uno mismo que es feliz, que esa canción del karaoke es perfecta para descubrir que desafinas, que ese baile de "La bomba" es la mejor clase de aerobic público, y que una caida no necesariamente tiene que ser ridícula, solo indica que dimos un mal paso, y en la vida, dar un mal paso nos ha pasado a todos, porque, afortunadamente la perfección no existe... y ridículo es solo aquel que cree en ella y en su persona.... Buenas tardes, buen almuerzo, voy a buscar a mi "seta", que hoy también llueve, y esta tarde me esperan en Cabra del Santo Cristo, en donde, para nada, me sentiré ridícula cuando olvide una palabra o me bloquee en una frase...sonreiré, sabré que ando mal de memoria, y seguiré viendo sonreír a quien tenga enfrente....

PERIPECIAS CON UN PARAGUAS...(con Alberto)

Hay misterios sin resolver, de esos que te crean dudas razonables, de los que indagas para conocer la solución o el por qué suceden; uno de esos misterios es el por qué las mujeres vamos al baño de dos en dos y otro es por qué, cuando suena la campana de salida del cole, si es invierno, comienza a llover. Ultimamente no sabemos bien si estamos en marzo o en diciembre, acarreamos paraguas a diario desde hace ya días, más días, muchos más días, semanas enteras pisando charcos y mirando al cielo. Todo bien, mañanas tranquilas, un poco de lluvía, un poco de viento...hasta que llegan las dos. Por alguna extraña razón, a esa hora comienza a arreciar el agua, suena la campana de salida y los niños buscan a sus mamis que, irremediablemente, ejecutamos la misma operación: ajustamos cremalleras, subimos gorros, abrimos paraguas, ambos dos, el de la mami y el del niño, y nos disponemos a ir vigilando, porque el niño de turno, charco que ve, charco que pisa, salpica, chapotea y rechapotea, a todo esto hay que estar pendiente del pequeño paraguas, entre un mar de otros similares, Bob esponja, Mickey Mouse, color rojo, color amarillo, color azul... pequeñas "setas" andantes que, de repente, han brotado mientras el agua cae, pequeñas setas con setas enormes al lado, intentando que la suya no se despiste, porque entre charco y charco, entre seta y seta, vamos diciendo adiós a otros papis, concentrados, igualmente, en no perder la suya, la que tiene color amarillo de Bob esponja. Alberto es de Mickey, azul y roja. Se coloca el paraguas justo donde acaba el gorro, por lo que su visibilidad, entre el gorro y la visera formada por su seta no es mucha, se deduce que, si no se aparta el obstáculo que encuentre se lo lleva por delante. Camina solo, se niega a coger la mano, me salpica en los charcos, choca con mamis y sus setas correspondientes. A la vez va charlando, por lo que mueve la cabeza, tropieza con farolas, ve a amigos a los que con mucha emoción tiene que saludar, asi que sale corriendo, para éste menester baja el paraguas, por lo tanto se moja, porque el gorro le molesta y se lo echa hacia atrás, su seta mami corre tras él persiguiéndole, entre charcos varios, porque se pierde entre tanto colorido invernal paraguero.
Cuando hemos conseguido dejar atrás la cosecha "setil" de colores varios hay que cruzar calles, coches, muchos, que van y vienen, recogiendo a las subsodichas setas coloridas, coches que aparcan, que salen de aparcamientos, y las inevitables "cacas" (con perdón) de perritos, de esas que conocemos en los pueblos, que hay que ir sorteando porque todavía no nos hemos enterado que somos responsables de los animales y sus defecaciones. Cuando he conseguido llegar con mi seta azul y roja y mi Mickey Mouse a la tercera esquina me doy por satisfecha, ya sólo queda una. Pero, ¡oh, ilusión!, se me olvidaba el llanto cansado del día, ese que va detrás del "¿Qué comemos hoy?", y da igual lo que se coma, porque para Alberto, todo lo que no sea sopa y patatas no entra en sus planes. Así pues respiro hondo, cojo a mi seta de la mano, intento cruzar la calle, la seta llora, baja el paraguas, pisa el charco, chapotea, pasa un coche, chapotea más, el paraguas va arrastrando, el gorro se lo ha echado hacia atrás, diluvia, mi paraguas y yo intentamos permanecer impasibles, capear el temporal, nunca mejor dicho... y a todo esto yo, mami de seta, con mi seta azul amarrada fuertemente, miro al cielo, suplico que deje de llover, que los perritos no se hagan caquitas múltiples en la calle, que los charcos se sequen, y prometo por mi conciencia y honor que, todos los días del año cocinaré sopa con patatas. Cuando he conseguido llegar a casa, cerrar los dos paraguas, meter a Alberto dentro sumido en unas lágrimas terribles ocasionadas por el menú del día, me desplomo mentalmente. Y pienso, con total convicción que alguién, desde algún lugar, se ha confabulado en contra de las mamis para, llegadas las dos de la tarde, abrir los mil grifos del cielo, poniendo a prueba nuestra capacidad de supervivencia.

CONCLUSIÓN

Mañana lloverá de nuevo, a las dos, como es costumbre, volveré a recoger a mi seta, y volveré a hacer el mismo camino. Mentiré como una bellaca sobre lo que vamos a comer, soportaré la salpicadura de los charcos, intentaré mantener el paraguas de Alberto justo donde debe de estar. Me desplomaré al entrar en casa... Sí... Pero volveré a reirme mucho mientras vuelvo, escuchando historias, esas de "mis amigos han dicho tonto, que es una palabrota, y yo también lo he dicho", y volveré a pensar que soy afortunada, porque mi seta crece, está sana, es rebelde, es un incordio, pero cuando me mojo mientras voy a buscarla, mientras le riño y me enfado, me doy cuenta de que estoy viva... y, seguramente, ese sea otro de los misterios sin resolver, el por qué las mamis se sienten vivas y felices por muy trastos que sean sus setas... Buenas noches, a dormir, mi setita está descansando después del mal rato pasado porque perdió al parchís, y eso, amigos, sí que es una tragedia....