17 mar. 2013

ESOS MONÓLOGOS SABIOS...(para una gran amiga)

Ha pasado el fin de semana, ese al que tanto temías, que te iba a dejar sola, incomunicada, porque tocaba no tener noticias suyas; los viajes, ya se sabe, muchos compromisos, sin huecos para poder escaparse un rato y decirte unas palabras. Pasaste el finde recolocando la casa, leyendo, mirando el reloj, imaginándole en algún lugar del mapa, acompañado, eso sí, siempre acompañado. Riéndose con otras gentes que no eras tú, porque tú estabas en tu sofá, intentando concentrarte en el libro, ese nuevo libro que empezaste, del que llevas setenta páginas y no te has enterado de nada. El viernes fue llevadero, llegar a casa, trabajar un poco, llegó la noche pronto, tenías sueño y amaneció el sábado. Algo complicado, algo pesado, algo ausente, muy muy ausente, un sábado de los que usas para los monólogos, esos tan particulares, los que escuchan los cacharros de la cocina, los trapos por planchar y los accesorios del baño, sacándoles un brillo inusual, porque es lo que tiene, cuánta más rabia, más ímpetu al restregar. Ibas desgranando, una a una, delante de un público inanimado, pero totalmente de acuerdo contigo, cada una de las razones por las que deberías de dejarle, la principal no la dices a gritos, porque va contra la ley de Dios y esa no se toca, pero las demás te van brotando, poco a poco, las mentiras, la indiferencia, porque se ha creado una rutina estúpida. Y eso es lo que te puede. La rutina está hecha para los matrimonios, las relaciones largas y legítimas, las que cansan el alma, esas de mesa camilla en invierno, de sestear por aburrimiento. La tuya no, no tiene sentido una rutina en una relación que se sale de lo normal, que se escapa a la razón y la lógica, que se vive entre risas, entre robos de minutos largos y esporádicos, de esos que saben a gloria, porque ya, a una edad concreta, todo eso se reserva a los jóvenes, o a los valientes, como tú... y como él... Y sigues tus monólogos, esos de "Mañana no le contesto ni a un mensaje", "Me tiene contenta", "Esto se ha terminado"... y así, sin tregua, terminas el sábado, ¡pobre sábado!, sin culpa ninguna te has cargado todas las sopresas que te traía, porque tú no estabas por la labor, un día desperdiciado en monólogos perfectos, porque, en ese cúmulo de despropósitos varios, has ido declamando todas las frases que vas a soltar cuando él pueda escucharte, esas frases tremendas de una despedida, del fin, del caos. Y amanece el domingo, este domingo, ese en el que tu voz se hace menos imperiosa y más "pasota", esa en la que haces que te da igual, que de todas formas ya está todo pensado... Creyéndotelo tú misma, diciéndote en voz alta, mientras te limpias la cara que, no le echas de menos, que has sobrevivido dos días sin sus bromas, sin sus palabras animadas, sin sus preguntas, esas de "¿Dónde estás?", intentando averiguar en cada momento tu ubicación exacta. Haces del domingo el día perfecto para descubrir que se puede vivir sin él, que puedes vivir sin él, te lo crees de tal manera que, de repente, a media tarde, mientras lees por quinta vez la página setenta y dos del nuevo libro, te sorprendes al escuchar el tono de un mensaje, y te enfadas más, porque intentas no abrirlo, no contestar, poner los morros conocidos de "¡Ni caso!". pero te abalanzas sobre el teléfono y vas sonriendo mientras lees, eso de que te echó de menos es un golpe bajo, lo sabes, sabes que te lo dice para suavizar, pero da igual, porque el sábado ya pasó y tú necesitas urgentemente, concentrarte en el libro, y necesitas seguirle el juego, responderle a eso de "¿Me echaste de menos?"... y comienzas a colocar en la pantallita eso de SI SI SI SI... todo seguido, para que quede confirmado, esperando la respuesta de él, que sabes que serán unas risas escritas, esas tan personales, que nadie las escribe como él... ¡Se terminó el finde!... y con él se llevó tu enfado, tu rutina ilegal e ilegítima, pero tan legítima como la razón propia y humana, la que no entiende mucho de normalidades, de conceptos legales y mucho menos de generalidades... A tí te gusta la rebeldía, seguir los dictados de tu corazón, del suyo, de el de los dos, corazones que viven, sin rutina, porque la rutina es de otros, porque ningún día es igual al anterior, porque, precisamente, de eso se trata lo vuestro, de algo tan diferente como divertido... Y respiras hondo, compruebas con cierto relajo, que olvidaste todos los monólogos, que recuerdas sus mentiras, sus indiferencias, pero son suyas, y tal vez por eso ya son parte, también, de tu vida... le has vuelto a recordar que sois agua y aceite, blanco y negro, como siempre que él te tacha de impaciente y tú a él de canalla, como te digo a veces, querida, es lo que tiene no caer en la rutina, que hasta los insultos suenan divertidos, porque dejan de ser insultos para ser descripciones... Y quedáis, como siempre, en que mañana hablaréis, y ya os veréis cuando tengáis un hueco... Terminó el finde, amiga mía, terminaron tus días de monólogos sabios, porque sabes que lo son, pero que nunca llevarás a cabo, porque, en el fondo, sabes que para él también son largos esos días sin tí...

Hay momentos para ser contados, no he podido resistirme a contar estos, porque, como una es una romántica, cuando sabe algo, cuando intuye algo y le cuentan algo, sonríe, sabe que alguién, después de un largo finde, es feliz, y eso me hace estar más tranquila.... Después de todo, impacientes somos todas, todas odiamos la rutina, todas somos un poco románticas, y todas nos enamoramos, en alguna ocasión de algún canalla, porque las niñas buenas, que diría una profesora mía del insti, siempre se terminan enamorando de quién no deben...
Buenas tardes a toda mi gente, a los que andan por ahí intentando pasar el finde largo, o disfrutándolo, o creándo monólogos infinitos ante el silencio, sabiendo que jamás los dirán, porque su alter ego sabe, perfectamente, como darle la réplica...