19 mar. 2013

"LOS AMIGOS COMPARTEN"...(fillosofía de Alberto).

Estos días en que, por estar malito, Alberto se ha colgado a mí como si fuera un llavero, estoy aprendiendo mucho, pero sobre todo me estoy riendo mucho, poniendome de los nervios también, esto último más a menudo, pero vale la pena. Hoy que ya está mejor, ha decidido voluntariamente que tiene que ayudar, para él ayudar es acercarme las alfombras para sacudirlas, y luego, una vez medio limpias, volver a arrastrarlas por el suelo. Luego ha tocado barrer, esa faena que le fascina, pero ¡claro!, cuando la hace él. Después de dejarle pasar un poquito el cepillo solicité mi turno, a lo que él, muy generosamente, me tendió el utensilio, diciendo eso de que "los amigos comparten", como resulta que a mí me duró poco la "diversión" de tener el cepillo entre mis manos, cuando me lo volvió a reclamar le reñí, se enfadó, se fue y al cabo de unos segundos volvió, me volvió a decir que "los amigos comparten y no se enfadan, y tú te has enfadado, no eres mi amiga". Ante semejante lección de vida, me volví, me reí a sus espaldas y me giré, le relaté en una charla dignísima y totalmente convincente, que yo no era su amiga, porque soy su madre, y las madres tenemos unos pocos más de derechos sobre los cepillos, que los amigos. Se me quedó mirando, seguía colgado a mí como un llavero, terminé de barrer, entre frase filosófica suya, enfado esporádico y algún "maldita sea", que es la frase última que ha aprendido, no sé de dónde, porque, sinceramente, en casa no se dice. Pensé que se le había pasado la neura limpiadora del día. Hasta que, encontrando mi alrededor tranquilo, después de comprender que, esa tranquilidad venía porque él no estaba cerca, decidí asomarme a la cocina. Me lo encontré "compartiendo" el estropajo y el lìquido de la vajilla con una de sus botas. No grité, no reñí, muy despacio me acerqué, le quité los aperos de limpieza y le bajé de la silla. Le dije que las botas no se limpian así, y muy solícito me explicó que "las tuyas ya las he limpiado"... ¿las mías?...¡¿Cuáles?!... Mis botas nuevas, esas de piel fantástica, con las que voy supercómoda, las que anoche enceré primorosamente. Ahí fue cuando, de repente, comprendí que necesitaba una bolsa porque estaba a punto de hiperventilar todo el oxígeno del mundo... Le miré, me sonreía, me dijó lo de "están limpias mami" y volví a mirar las botas, volví a escucharle toser, volví a abrazarle susurrándole que eso no se hacía, a lo que él, muy tranquilo, mientras me besaba me repetía "los amigos comparten y no se enfadan"...

CONCLUSION

Tengo la vida en casa, la VIDA, con mayúsculas, con una sonrisa que me rescata de mis neuras y mis fobias, de mis manías y de mis roles, que me deja claro qué es lo realmente importante, qué cosas son sustituibles, qué momentos valen la pena. Porque después de verle anoche con fiebre, dormido en el sofá, con la respiración trabajosa, he decidido que mis botas, esas tan fashion, las que me encantan, solo son eso: botas. Que lo qué me importa es lo que me enseña mi hijo, que después de todo, la vida gira en torno a lo que nosotros queremos que gire... Que nada importa, salvo que "los amigos compartan sin enfadarse", y esa filosofía me gusta, porque yo se lo repetía a su hermano, y conseguí hacerle generoso... y lo repito a Alberto, para que el egoismo infantil no le acompañe en la madurez, porque en el recorrido de la vida, te vas encontrando personas a las que se les olvidó que "los amigos comparten sin enfadarse".... Buen día a todos, voy a seguir compartiendo mi día con mi hijo, a reirme con él y a vivirle, que se me irá en dos parpadeos....

FELICIDADES PAPÁS... (a la ausencia).

Se fue una fría madrugada del día veintiocho de noviembre, en silencio, como fue su vida, ejemplo de prudencia. Se fue y con él se llevó media sonrisa mía, para siempre, había quien me dijo que, mi padre, al irse, instaló en mi mirada la tristeza. Y puede que sea verdad. Éramos distintos, en todo, él callado, yo parlanchina, él sosegado, yo nerviosa, él lógicO, yo impulsiva. Éramos tan iguales. Somos tan iguales. Mi padre que me dejó el ejemplo de la lucha, tranquilamente, del dolor callado, de la quietud, le recuerdo siempre, sentado en el sofá, le recuerdo siempre, su voz a través del teléfono. Cuando la lejanía hizo de mi vida una constante. Siempre era él el que contestaba al otro lado. Por eso, aquella tarde, cuando fue otra voz supe que algo iba mal. Soporté la noticia de que se me iba sola, en una consulta fría, con un médico frente a mí, intentando maquillar lo esperpéntico, intentando que no me derrumbara, y no lo hice, porque él me esperaba fuera, porque tenía que sonreirle, porque él tenía que tener frente a sus ojos la cara alegre de su niña. Se me fue despacio, con la huella que deja el dolor y las lágrimas ahogadas y ocultas. Se me fue clavando sus ojos en los míos, sin hablarnos, solo nos mirábamos y sonreíamos, y cogía su mano y la besaba. Y él sabía. Y yo sabía. Sabíamos que eran los últimos besos, esos que se dan sin prisa pero con toda la rapidez del  mundo, por si no llegas a tiempo. Y no llegué. Porque él decidió evitarme el dolor de su partida, decidió dejarme dormida mientras él se dormía para siempre.
Mañana es el día del Padre, de mi padre, del que todavía es y será siempre. Con el que a veces hablo, al que le pregunto, y al que sigo escuchando en mi interior. Me enseñó que un padre educa, que aconseja, que sabe cuándo es el momento de dejar volar. Me enseñó que hay que hacer las cosas por uno mismo, que hay que ser justos, que lo que ocurre en casas ajenas es algo privado, que los juicios son, a veces, equivocados, me enseñó a ser agradecida. Mi padre que fue un gran desconocido, que hacía de su seriedad su muro, como la gente de bien, pero que estaba para todo el que lo necesitara. Era una madrugada fría, y no quiso despedirse, me despedí de él la tarde anterior, le prometí que volvería al día siguiente, y él me pidió que volviera. Y volví, pero ya se había ido. Mañana es el día del Padre, de todos los padres, los que disfrutarán de sus hijos, los que todavía escucharán un "felicidades papá" igual que lo escuchará el mío, allá donde esté.
Y mi marido escuchará las mismas palabras, de sus hijos, de los dos, uno que ya sabe lo que significa tener a un padre, otro que recurre a su papi cuando quiere conseguir algo, pero que, un día, conforme pase el tiempo, entenderá que su padre es columna que sujeta, pared maestra, quien le abrió camino y se lo mostró. Mi marido, buen padre, muy bueno. El que se enfada y otorga, el que comprende, el optimista, que a su hijo mayor alienta y disculpa, que al pequeño mima y riñe, sin mucha convicción, eso sí, porque para eso está el "poli malo". Él siempre poli bueno, que aprendió del mío, que lloró con la pérdida del suyo, de sus dos padres, el natural y el que encontró, por esas casualidades de la vida. ¡Que suerte tener un padre!, para reñir con él, discutir, desobedecer órdenes, no entenderle, complicarle la vida, y al final, cuando el camino ya está casi andado, reconocer que llevaba razón, mirarle y contarle que aprendiste, que ya sí sabes de su sufrimiento y sus desvelos, de sus preocupaciones y sus miedos.
Mañana es el día del Padre. Madre no hay más que una... padre también, aunque nos cueste reconocerlo a las madres, un buen padre es la mitad, no una parte, es justo la mitad. Mi mitad, la paterna, fue la mitad perfecta con sus imperfecciones, fue la mirada que acepta y la mano que agarra, la voz que aconseja y el oído que escucha. Las manos que tapaban en las frías noches, los brazos que abrazaban, los cuentos narrados, las rodillas-caballitos que me elevaban hacia el cielo. La mitad de mis hijos igual de perfecta, igual de imperfecta, igual de mitad. Viéndole a él sé que, la vida ha hecho un buen regalo a mis hijos. El mejor regalo del mundo. Su padre. El que vive pensando en ellos, ayudando a la otra mitad, compartiendo juegos, dejándo momentos en el recuerdo de mentes infantiles, una que ya no lo es tanto, y que ahora, con el paso de los años, entiende que tiene un referente al que agarrarse, un asidero eterno, hasta que la vida lo permita.

A todos los padres, a todas las mitades perfectas, llenas de imperfecciones, a todos esos hombres que enseñan, educan, riñen, sonríen, se preocupan, comparten e imparten. A todos los que sufren la ausencia de hijos, voluntaria o involuntariamente, a todos los que se fueron pronto, los que se fueron lejos, los que no quisieron serlo, los que lloraron con el primer llanto de un bebé. A todos los que dieron un dedo para que una mano diminuta lo apresara, y en ese gesto entregaron su vida y sus sueños, para que otra vida y otros sueños ocuparan el lugar de los propios. A todos los padres, felicidades... Y al mío, al que estará presente, el beso que se me quedó en los labios y en alma, una fría madrugada de un veintiocho de noviembre de hace once años... ¡FELICIDADES PAPÁ!.