23 mar. 2013

"MI SASTRECILLO VALIENTE"... (siesta con Alberto)

Hoy fue uno de esos días especiales. Pasada la tensión de las jornadas anteriores, esas que te hacen explotar por una tontería, que luego, cuando te detienes un momento, ni recuerdas qué te hizo perder los nervios, pasado todo eso, tocaba relajarse con mis hijos. Jornada en casa, llena de rutina estupenda, respirando risas infantiles y juveniles, regaños maternos y alguna amenaza de esas que nadie escucha... Tocó comer fuera, comer bien, atendidos por su padre, partícipe un ratito, aconsejándonos y disfrutándonos. Después del almuerzo, como estos días he dormido más bien poco, decidí que haríamos siesta, todos, descansar, sumar unas horas de sueño a las escasas tres horas dormidas durante cinco o seis días. Y pedí a Alberto que me cuidara, ya que estoy resfriada, estoy malita, tengo que curarme y necesito tenerle cerca, él, que es más bien reacio a siestas, porque tiene una razón de peso ("tengo que ver muchos dibujos"), iba asintiendo, de mala gana, con un "Vale", a cada una de mis frases. Decidió, después de darme largas para venir a la cama conmigo, que, lo mejor, es que me leyera un cuento, "porque eso te pondrá buena enseguida", y fue a buscar uno: "El sastrecillo valiente", que se sabe medianamente bien. Me gusta que coja libros, que los hojee y los ojee, que pase páginas, que los arruge un poco, pero que los viva, que sepa que, en esas letras, entre esas páginas, existe todo un mundo de aventuras. Después de meterse en la cama, taparme a conciencia, esto es, hasta las cejas, literalmente, y comprobar que no tenía fiebre, me relató, paso a paso, las vicisitudes del sastrecillo, que mató siete moscas, y que tenía que matar a un gigante, que se casaría con la hija del rey y ganaría mucho oro. Todo eso con una escenificación oral digna de José María Rodero, tonos de gigante imposibles, voces de rey mesuradas y susurros cuando el peligro acechaba. Mientras narraba yo no podía sujetar algunas carcajadas, por lo que él me advertía que "Por favor, mami, no hagas ruido, que Martín está malito también"... Para Alberto, la siesta solo se hace cuando la salud falla. Cuando el cuento terminó, decidió que tenía que abrazarme, porque podía venir el gigante y comerme.
A veces, hay días en que, de repente, comprendes por qué vives, y hoy ha sido uno de esos días, descubrir la dulzura de Martín, la ternura de Alberto, saber lo que tengo, saber lo que uno ya es, y lo que otro me da. Cogida mi mano a una mano pequeña que acariciaba la mía, besos sinceros, los mejores del mundo, los que brotan, los que no se piden...Mirarnos a los ojos y reirnos, sin motivo, solo porque queríamos reirnos, ir quedándose dormido, advirtiéndome de que, "cuando te duermas, mami, yo me levanto, que tengo que ver muchos dibujos"... Despertar con él, volver a reirnos, y saber que, solo rozar una cara te hará tener el mundo. Y yo tengo el mundo... Lo demás, todo lo demás, es añadido. Mi vida ha sido una escalera de trabajos, de manos encallecidas y sudor, de cansancio en casas ajenas, sonriendo, quiénes me han visto lo saben. Porque, lo mejor del mundo es aceptar lo que te toca vivir. Y una vez aceptado mirar alrededor, saber que, mucha gente, mucha, daría mucho, mucho, por tener lo que tú tienes. Que las quejas son inútiles y vanas, que siempre es mejor disfrutar, con los callos y el sudor, porque luego se llegaba a casa y sabías que tenías el mundo, porque hay gente que, llega a su casa y no tiene nada... Mis hijos hoy, que me han hecho reír, sonreír, pensar, estar orgullosa de los dos, que me han emocionado y agrandado el alma...
Por un día especial, por un día en que, comprobé, que tengo en casa a un "sastrecillo valiente" que me cuidará cuando el gigante venga a comerme... Mi sastrecillo que, cuando dije que me dolía la gargante me dijo "Martín te curará, va a ser médico de la boca". Mi sastrecillo, que entiende que, cuando a veces mamá está tecleando "está trabajando", mis hijos, que me han dado la vida... Nada más grande, nada más importante, nada más especial...

UN MOMENTO PARA EL AGRADECIMIENTO...

En cierta ocasión mi padre me dijo "Agradece lo bueno que recibas, porque nadie está obligado a dártelo". Y así es. La vida me ha demostrado que, como dice el refrán, "ante el defecto de pedir, está la virtud de no dar". Yo hoy tengo que agradecer lo que nadie estuvo obligado a darme, y sin embargo me han dado. Tiempo, ánimos, sonrisas, espacios y momentos. Todas esas cosas que no se pueden comprar y, por tanto, no se pueden pagar, por que son bienes que están muy distantes del lucro. Hoy me toca dar las gracias, me gusta hacerlo, porque así lo aprendí en mi casa y porque mi edad y mis vivencias me mostraron que, quien recibe el agradecimiento también se siente reconocido en su acto generoso. Han sido días para agradecer cada instante. Incluidos los viajes, paisajes de sierra, pie de Alpujarras, vista de La Loma, playa y sierra, costa y monte. Todo eso que abarca la vista, en donde se te pierde la mirada y te late el corazón, la naturaleza es, también, generosa. Días para recordar lugares y nombres, para cerrar los ojos y escuchar unas risas comedidas de quien escucha, acompañando las mías, sentir en la mejilla unos besos cariñosos, mientras me susurran unas palabras al oído, esas que me empañan un poco la mirada, porque yo, que soy de sierra, que viví al lado del mar, que jamás pensé en un periplo viajero por la causa que es. Que viajé emigrando, trabajando, pocas veces por placer, la que miraba fotos de playa y de sierra, soy la misma que se emociona cuando le dicen algo bonito, algo que añado, sin ningún reparo, a mi baúl de los recuerdos, ese que todos tenemos, que abrimos de vez en cuando para pasear tranquilos. Tengo que agradecer mucho hoy, que todo ha vuelto a una calma relativa, hoy que ya puedo permitirme el lujo de toser, sin miedo a perder la voz; anoche me fallaba en Úbeda, intentaba que no se notara, porque las personas que estaban sentadas frente a mí, estaban allí, precisamente, porque yo estaba sentada enfrente. Y eso merece todo el respeto del mundo. Hoy ya no. Hoy ya puedo coger un resfriado, puedo cerrar los ojos, olvidar las tensiones, moverme por mi casa con la mente en otra cosa. Porque hoy solo tengo que dar las gracias.
El agradecimiento a personas desconocidas que te hablan con un cariño inusitado, desconocido a veces en quien tienes cerca, que te miran a los ojos y ven, y no rebuscan más, y no inventan más, y no sospechan más, porque quien es limpio de espíritu comprende que, cuando una persona es fiel a sus afectos, cuando habla de vivencias ocurridas sin tapar, cuando desnuda el alma, cuando descubren que su círculo vital es tan fuerte que lleva casi cincuenta años de pie, es por algo, y te entregan el cariño de quien sí entiende y sí comprende. Y miras su edad, su rostro, y ves personas curtidas, que saben lo que es la vida, que saben que no poseen la verdad absoluta, pero que defienden la suya con la calma de los años, lejos de la osadía de la juventud. Los años, esos que te llevan a entender que, cuando la vida pasa, cuando todo está mediado, cuando personas importantes y vitales se te han ido, la meta, el final de tu carrera, esa diaria, esa que corres sabiendo que terminará un día, no está lejos, y miras atrás, y se ve la fuerza de quien, con menos años, corre desaforadamente, pensando que le van a robar un día de vida, y nadie roba vida porque nadie tiene ese poder. Los años que muestran bifurcaciones respetables, dignas de un reconocimiento justo, porque hay corredores que participan en la carrera con menos posibilidades, zapatillas inadecuadas, exceso de peso, menos entrenamiento. Pero igualmente merecedores del aplauso por el esfuerzo realizado. Los años que te enseñan a dar las gracias, porque desde niña, en casa, así se te dijo, agradecer lo que nadie está obligado a darte.
Esta mañana, preludio de Semana Santa, día soleado, quiero ser bien nacida, y ser agradecida, a todos los que me acompañaron, a personas anónimas que se sentaron frente a mí, a esos nombres impresos en la primera página de una novela que recoge una vida. Solo eso. Gracias a las personas conocidas, y nombrándolas a ellas nombro a quienes han escuchado, han respetado, se han emocionado conmigo, han llenado mis presentaciones de rostros amables, de sonrisas cómplices y miradas dulces. Gracias a Inma, a Juanjo, a Emilio, a Bernardo, a Juan, a Vicente, a Mª Angeles, Manolo, a Felisa, Mercedes, Manolita, Magda, Juan, Estrella, Pepe, José Angel, Javi, a José Carlos, Encarni, Montse, Ana y Lola. Y a través de ellos a todas y cada una de las personas que me han mostrado su respeto. Porque el ser humano, si algo merece, es respeto. Sobre todo cuando, sin estar preparado para una carrera, decide correrla, intentando vencer obstáculos.
Esta mañana, solamente quería decir ¡GRACIAS, MOTRIL, LINARES Y ÚBEDA!.

(Gracias a Bernardo Roa por la foto que encabeza esta entrada).-