26 mar. 2013

ME CREASTE...(poesía tranquila).

Y fui rosa en enero, nieve de verano,
un sueño imposible en tu imaginación,
y fui sendero abierto entre tus manos,
fui noche y fui día, y fui tú y fui yo,
y fuimos juntos, eternos, fugaces,
inmensos, pequeños, mortales y etéreos,
y fui todo y fui nada, me hiciste invisible,
me hiciste corpórea y me hiciste luz.
Me has hecho de barro, moldeaste mi carne,
fui a tu imagén siempre, tu fuiste mi dios,
deseaste que fuera de cera, y de cera soy,
se derrite mi alma en tu alma,
mi boca en tu boca, mi yo con tu yo.
Fui perfecta, imperfecta, sensata, insensata,
perdi la cordura, me hiciste canción,
melodía quebrada con notas infames,
pusiste locura, pusiste pasión,
me has ido creando en tus manos,
respiré tus besos, y sufrí tu amor,
el mismo que modela mi alma, que llena mis ojos,
el mismo que muerde mi boca, que oculta mi espanto,
que mueve mis hilos, que vive mi vida,
el mismo que abarca mi mundo,
que rompe mi luna, que tapa mi sol,
el mismo amor que maldigo a diario,
que lloro con sangre, que intento olvidar.
Me creaste, me rompiste, me hiciste tan frágil
que mis venas todas son solo cristal.

EXTRAÑO SILENCIO...(en soledad)

No puedo creérmelo, pero estoy sola. Se ha quedado la casa vacía de golpe, llegué de un rato de asueto, toses y destornudos a cuestas, intentando que el viento y el frío me enfríen la mente y me sacudieran un poco el malestar general que el ibuprofeno intenta mitigar. La casa hervía, voces infantiles, regañinas paternas, con voz también cascada por otro trancazo digno de la primavera, esa que ha llegado, pero que todavía ni hemos disfrutado ni hemos descubierto, porque andamos como locos con los chubasqueros, con los paraguas y con los resfriados invernales. Alguna queja juvenil y fraterna. Es decir, un caos doméstico, de esos caos benditos que te hacen comprender que, afortunadamente, has llegado a tu "territorio comanche", pero que ese territorio es tuyo, el que gestionas y organizas mejor que nadie. Y después de desprenderme del chubasquero primaveral (por la fecha, no por la temperatura) y dejar el bolso, me coloqué los galones, me situé en el punto exacto en el que toda la tropa me oía y solté, sin ningún esfuerzo, cuatro órdenes bien dadas. Me basta eso, levantar la voz lo justo, pero en el tono perentorio de "o se hace eso o tomo medidas drásticas" para que todos, incluido el paterno, hagan paso de legionario por el pasillo, falta la oveja, que puede ser reemplazada por Alberto en un momento dado. Pues sí, después de mis órdenes, de la fuga laboral del paterno y de que el fraterno mayor decidiera privarme de la "oveja", me acabo de dar cuenta de lo que es el silencio hogareño. Ese que hace días huyó de mi casa, que no sabía ya ni que existía. Me acabo de dar cuenta de que, si hablo, me escucho, además de forma nítida, limpia y transparente, sin una voz pequeñita que acompañe con un "Mami, te voy a decir algo", ni la voz más mayorcita de "No te había oído"... Ese extraño silencio del que disfruto ahora mismo, que me está haciendo leer sonriendo, con una música suave de Enya y la sensación culpable de que quiero que dure. Y sin embargo, mientras soy consciente de la necesidad de silencio que, todos, en algún momento tenemos, me ha pinchado la sensación de ausencia de la "oveja". No sé yo si eso es bueno, porque cuando está por casa, cuando voy pisando juguetes invisibles a mis ojos, cuando las piezas de un puzzle aparecen hasta debajo de la almohada, cuando me encuentro un cuento metido en un cajón de mi mesita, cuando todo eso pasa y cierro los ojos, porque, tras estos hallazgos, aparece mi megáfono particular, repartiendo voces por todas las estancias mientras repito hasta la saciedad lo de "¡Recoge, por favor!", voy pensando lo que daría por unos minutos de silencio y soledad, en casita, sin tele, sin nadie, sin puzzles ni juguetes, sin gritos de peleas fraternales (que haya dieciseis años de diferencia no quiere decir que la rivalidad no exista jajaja), pues bien, cuando he conseguido ese ratito propio, merecido, ocupado en sosegar el alma, ordenar el desorden y colocar objetos varios en sus lugares, de repente voy y me da la nostalgía de echar de menos a mi "ovejita". A mi corderito, ese que va todo el día dando saltos detrás de mí, poniendome la cabeza como un bombo, derramando agua, lavándose los dientes a todas horas y ofreciéndose para ayudar justo en las faenas que él no puede hacer.
Esos extraños silencios hogareños, los que se cuelan, sin avisar, en una casa llena de vida durante todo el día, los que te hacen ver que, después de todo, necesitas esos ruidos para saber que los que los provocan son tu mundo, que tus galones no son importantes sin ellos. Esos ruidos llenos de risas, de juegos, de música, ruidos de hogar, de grifos abiertos, de carreras por el pasillo, de coches pequeños que compiten entre ellos. Ruidos y sonidos vivos. Ahora no, ahora se ha instalado ese extraño silencio, la quietud que precede a la tormenta, o la quietud que va después de ella, que da lo mismo, porque sé que, en un poco de tiempo, en el corto espacio de tiempo que va de un número de la esfera del reloj hasta el número siguiente, la casa volverá a vivir, volveré a ver llegar a mi corderito, volveré a escuchar los sonidos que me alertan y me desesperan... Pero por ahora, solo por ahora, en unos minutos fugaces e incompletos, escucharé a Enya, leeré relajada, echaré de menos las frases que hacen de eco a las mías, y dejaré pasar segundos disfrutando de un merecido silencio.

CONCLUSION

Me da igual no tener demasiados momentos de silencio en casa. Yo ya viví mis silencios. Durante nueve meses, cada día, cuando mi hijo mayor se marchaba a su instituto
, mi casa se quedaba en silencio y yo dentro. Acostumbrada todavía a estar fuera, a trabajar fuera, a escuchar los ruidos de fuera. Viví el silencio propio, esperando en la espera, imaginando cómo sería volver a llenar el espacio de un hogar con ruidos infantiles, a una edad en la que ya, más bien, imaginas cómo llenar los espacios con conversaciones cansadas y repetidas de mayores. Ahora valoro mi ruido, el ruido de hogar, porque es el que me da vida, el que me demuestra que, sin esos sonidos imprescindibles ya para mí, sería un hogar monótono, lleno de planes repetidos, porque, lo queramos o no, los adultos terminamos repitiendo planes, aunque los destinos sean diferentes, porque mi corderito me ha enseñado, a una edad justa y necesaria, que lo que realmente rompe la rutina de una casa y un hogar, no es elegir distinto destino de un mismo plan, sino no saber qué va a pasar en los cinco minutos siguientes al minuto que estás viviendo... porque, los que seáis padres de una personita entre cero y siete años, sabréis perfectamente que, la aventura más especial es, precisamente, vivir los sonidos y los ruidos de un hogar al lado de un niño... Yo voy a disfrutar de mi silencio raro, porque en un interválo muy corto de tiempo, volveré a escuchar los sonidos del no silencio.... Buenas tardes, todo en calma...

DIAS DE ABSTINENCIA...(menú austero, o eso dicen)

La Semana Santa ha llegado y con ella la abstinencia, el ayuno (¿?), los menús austeros y comedidos, prohibiciones culinarias varias, carnales muchas y Pasos en la calle, si el agua no lo impide, que ese es otro cantar. Hemos dejado atrás la glotonería navideña llena de mariscos, piernas de cordero, champán y polvorones; nos decidimos a hacer una dieta, porque en Navidad, según se dice, hay un exceso de manjares que nos llevan a la glotonería y ante los cuales no podemos reprimirnos. Porque, para reprimirse, ya vendrá la Semana Santa. Es decir, ya vendrán estos días en los que, según parece, pasaremos hambre (¿?). El hambre de Semana Santa comienza con la confección de (atención): roscos de sartén, borrachuelos, tortillas de vino, pestiños y torrijas. Albóndigas de bacalao en todas sus variantes, es decir, con salsa, con caldo, fritas o con tomates. Bacalao encebollao, bacalao frito, potaje de Semana Santa, y si estamos en Montejícar, añadiría yo los "papajotes"... Después de este pequeño recorrido, yo pienso, ¿verdaderamente son días de ayuno?, la abstinencia sí, la carne se omite, pero ayunar, lo que se dice ayunar, lo hacemos poco. Más que nada porque, los roscos de sartén y demás variantes reposteras, comienzan a llenar ollas de porcelana, aquellas ollas que, nuestras madres, en los años previos a nuestra boda, compraban para el ajuar, en orzas, revestidas con un plástico para que los roscos se mantengan mejor, y, últimamente, descubrimiento moderno, los congelamos, que hemos descubierto que podemos hacerlo. Y cuando todo esto sucede, nuestros pasos, sistemáticamente, se van desde el salón a la despensa, desde la cocina a la despensa, desde el dormitorio a la despensa, a rescatar un rosco, un borrachuelo, una tortilla o un pestiño cada vez que el hambre nos pica, o cada vez que pensamos en que, los subsodichos roscos están esperándonos rebozados en azúcar. Por no hablar de la cantidad indecente de albóndigas que hemos acumulado para ir dándoles salida, lentamente, durante todos estos días. A todo esto se une que, últimamente, la Semana Santa no son aquellos días de luto riguroso y dolor, y salimos a comer fuera. Por lo que a la dieta post-navideña, siendo honestos, habrá que añadir, man que nos pese, una dieta post-santera. Porque digamos lo que digamos, de ayuno más bien poco, seguimos con la glotonería, lo que ocurre es que cambiamos el menú, y es que España, o Andalucía, en este caso, es muy rica en Pasos, en Procesiones, en Imágenes meciéndose o caminando sobre Tronos impresionantes, pero es rica, riquísima, en menús austeros, rebozados en azúcar o enmascarados en un potaje de Semana Santa, rico rico y con fundamento. Admitamos que, afortunadamente, nos hemos ido tomando bulas propias, nos hemos saltado a la torera lo de los ayunos impuestos, hemos ido recortando (ahora que está tan de moda) los horarios rígidos de antaño, y hemos terminado cebándonos en Semana Santa a base de fritos, de guisos y de viandas deliciosas, aquellas que nuestras abuelas enseñaron, por suerte, a nuestras madres, y que ellas, pacientemente, han ido dejando en nosotras.
Llegó Semana Santa, llegaron sus menús, con los que nos ponemos morados para hacer juego con las túnicas de nazarenos, sus menús estupendos y jugosos, los que nos llevan a visitar el frigorífico para acompañar una cerveza con unas albóndigas y a asaltar la olla de los roscos. Los menús que nos hacen engordar también en Semana Santa, aunque no esté muy bien visto, porque es fecha de ayunos, de aquellos impuestos, de los que las madres vigilaban a rajatabla. A mí, desde que descubrí que los ayunos pueden ser saltados sin peligro de que me caiga un rayo, me sientan mejor las delicatesses andaluzas propias de las fechas. Así que, víspera de martes santo, Semana Santa lluviosa, tardes de "Rey de Reyes" y "¿Quo Vadis?", cafeses varios regados con azúcar de torrijas para rebajar los potajes, todo listo para vivir una Semana de Pasión, aunque la auténtica pasión será la que sintamos cuando nos subamos en la báscula, una vez se hayan agotado las provisiones nazarenas y nos entre el verdadero sentimiento de culpa. Pongámonos a repasar las cinco reglas para hacer una buena confesión, porque, después de los supuestos días de ayuno, después de las supuestas fechas austeras y después de hacer visitas temerarias hasta la orza de los roscos, desde luego que nos hará falta recordar lo del propósito de la enmienda y, sobre todo, cumplir una buena penitencia.

Buenas noches, me voy a dormir, que me comí el rosco reglamentario, he comprobado que todavía no se han puesto duros, será cuestión de seguir comprobando mañana... toca hacer albóndigas, ya se sabe, como decía mi abuela Tita, se fríen siete y se comen dos... espero quedarme en dos, por el bien de mi cintura que se ha fugado y amenaza con no volver... A descansar, que ustedes lo ayunen bien....