29 mar. 2013

AQUELLOS PARTIDOS...

Hoy recordaba momentos emotivos y llenos de risas, de esos que se quedan para siempre guardados y, sin pedir permiso, te asaltan cuando estás realizando las tareas más simples. Pensaba en el instante exacto en que, un padre, o muchos padres, se dan cuenta de que los años jóvenes se fueron, de que la juventud se quedó atrás. Suele ser una consciencia colectiva, descubierta cuando se está rodeado de semejantes en la misma situación. Esa mañana en la que, de repente, los niños, esos que ya no lo son tanto, irrumpen en la reunión fiestera de los mayores. Osados ellos, que se atreven a romper la feliz monotonía madura, con un balón en las manos, el reto en la mirada y la frase, explosiva, de "Vamos a hacer unas canastas", y uno de los adultos, esos que, hasta ese momento, se limitaban a levantar la caña y pinchar alguna anchoa, se "tira al ruedo", con la amenaza tremenda que hace temblar a los diecisiete años que sostienen el balón "Vosotros no sabéis lo que encestar en condiciones"...¡Error!, nadie ha advertido a los maduros papis de que, esa frase no se dice, las mamis, que somos mucho más sensatas, deberiamos de aprender que, a una edad determinada, tendriamos que coger al subsodicho padre cuarentón y decirle bajito "No se reta jamás a tu hijo adolescente, repítelo cien veces para que no lo olvides". Pero como tenemos muchas tareas por hacer, confiamos en que los cónyuges hayan aprendido algo a lo largo de su vida paterna, y sepan esa frase sin necesidad de repetirla...¡Error!... Los papis, no sé porqué, tienen la extraña manía de demostrar a los polluelos que ellos lo saben todo, que lo hacen todo mejor, que son jóvenes todavía y que no les pesan los años, ni las cañas, ni los kilos... Y es en este momento, cuando el papi maduro de turno, suelta semejante "parida", cuando la adolescencia atrevida y osada se ríe en sus narices, lo que provoca que, todos los culos masculinos se levanten a la vez, se suban la cintura del pantalón, pongan cara de verdadero enojo y se encaminen, dignos dignísimos, hacia la pista de baloncesto, seguidos por la sorna y la ironía de los polluelos, que són dos o tres, pero se bastan solos porque, para empezar, sacan diez centímetros a los padres, que no tuvieron petit suisse infantiles, y tienen la estatura media de los españolitos de los setenta, que tampoco era para echar cohetes.
A todo esto estamos las mamis, esas sufridoras que, a la voz de "Venid y veréis como les machacamos" tenemos que dejar nuestras conversaciones interesantes sobre menopausia, enfermedades paternas y maternas, confidencias sobre las adolescencias que se acaban de marchar y modas varias. Nos hacen levantarnos y acompañarles, porque si algo tienen los varones jugadores de baloncesto, es que necesitan animadoras, eso si, sin pompones, que nosotras sí sabemos la edad que tenemos y la respetamos. Tengo que reconocer que a mí me gusta, porque veo que los maduros han madurado bien, que son capaces de darles una lección de pundonor, de cómo se bota un balón, de cómo se pasa una pelota, de cómo se dribla y de cómo se desmarca un jugador, y es que, mis amigos papis (entre ellos mi cónyuge) tuvieron, retuvieron y guardaron para la vejez. Y a las mamis se nos va poniendo esa sonrisa de ir sobradas, de saber que, aunque los papis pierdan por falta de altura, están haciendo que los polluelos suden, que corran tras de ellos, que se den cuenta de su ignorancia, de su inexperiencia, de su soberbia y de su osadía...

A mí me gustan los duelos, esos que Pepe, Pepe Luis, Manolo o Manu ganan, de sobrados, de calle, porque han aprendido que, no importa los años que tengan, no importa que los huesos ya les duelan, porque saben que saben más, que incluso les faltan los centímetros que a sus polluelos les sobran, pero no los necesitan. Y después de algunas canastas, de algunas carreras, de comprobar que van ganando, de saber que la humillación ya ha sido ejecutada con elegancia y patenal comprensión, se retiran. Vuelven a sus sillas, sonriendo, sin hacer demasiado leña de los árboles caidos, caídos con sus nidos y sus polluelos. Y se dejan caer, cogen su caña y esperan a que la osadía y el atrevimiento adolescente estén lejos para, ¡por fin!, reconocer delante de las mamis, que están hechos pedazos, que están "reventaos" de correr, que les duele la espalda, que los años han pasado y que les ha costado sudor y lágrimas ganarles. Y las mamis lo sabemos, les besamos, nos reímos...y sabemos que seguimos teniendo unos campeones en casa. Pero les pedimos, por favor, que no entren más al trapo, porque, un día, los polluelos ganarán, y ellos no sabrán aceptar la victoria de forma digna, sino que la restregarán y la gritarán, porque nada mejor para el pajarito que levanta el vuelo, que proclamar que venció al maestro...
E·sta tarde recordé aquellos partidos. Los primeros, cuando en el patio del Colegio de San Andrés, en los veranos, yo acudía a animar a mis amigos, adolescentes entonces, jóvenes altos y deportistas, aquellos guapos y seguros... y recordé estos otros, los que alguna vez, en otros veranos, nos han llevado a animar a los que ya no son adolescentes, pero como tal se portan a veces... Es bonito ir pasando fotos, ver jugadas del pasado y el presente, de los padres y los hijos, jugando un simple partido de baloncesto, un simple partido de vida... Es bonito saber que el tiempo ha pasado y ha dejado el rastro de la sonrisa en mi rostro... Es bonito tener lo que tuve y tener lo que tengo... Un recuerdo para los que fueron animados y lo serán siempre...

A MARIA... (el dolor hecho arte).

¿Adónde vas, silenciosa y triste?, Madre de Luz, Madre de llanto,
envuelta en pena y arrastrando el manto,
¿qué te robaron, Madre de las Penas?
¿qué no encuentras en tu camino de espinas?
¿quién mató al Hijo que engendraste?
¿quién te robó la sonrisa bendecida?
¿quién te dejó sin la carne de tu carne?
Dolorosa caminando solitaria,
arrastrando tu pesar por negras calles,
intentando alcanzar la Cruz divina,
atisbando por esquinas y portales.
Noche negra que te dejó sin la esperanza,
que te dejó huérfana de Hijo,
que se llevó al fruto de tu vientre,
al que fue sin pecado concebido.
Y nos miras, pobres pecadores,
que te pasean y se recrean en tu dolor,
que caminan tras de Ti, sin entenderte,
que te acompañan en tu gran Amor.
Madre del Silencio, del Cachorro, del Gitano,
del Abuelo, del Poder,
Madre de Sentencia, de Buena Muerte,
de Humildad, de las Llagas, de la Sed.
Madre que llora la tristeza inmensa,
Madre de ternura, Madre de la fé,
María que recorre los caminos,
buscando entre los vivos a quién se fué.
Dolorosa Madre al pie de una Cruz infame,
la Cruz que con mis pecados yo clavé,
la que hicimos entre todos, y levantamos,
la que abastecimos de sal y de hiel.
¿A quién buscas Madre de los Cielos?
Tu Hijo ya no está, yo lo maté.-

VAMONOS DE PROCESIONES...(sin tacones, por favor).

Estamos en la Gran Noche, la noche de la Madrugá, de todas las Madrugás andaluzas, calles paseadas con caminar lento, con sacrificio costalero y voces desgarradas de Capataces. Noche de túnicas al viento, de Palios hechos maravilla, bordados imposibles, velas oscilantes, nardos olorosos, espadas atravesando pechos y lágrimas de cristal en rostros dulcísimos de madres que lloran, estamos en Jueves Santo, día del Amor Fraterno, Institución de la Eucaristía, Lavatorio de Pies, traiciones y monedas de plata. Ultima Cena, "tomad y comed"... Estamos en la Gran Noche. Y para pasearla nos colocamos, como si fuera la primera vez que lo hacemos, los tacones, las faldas estrechas, cortitas, esas que, el año anterior juramos que no volveríamos a ponernos porque, una vez los Pasos en la calle, comprobamos un poco sorpresivamente, que no podíamos dar ni un paso. Pero como hay que ir "hechas pinceles" a la Misa de Jueves Santo y luego se nos olvida cambiarnos, nos volvemos a descubrir con las piernas heladas, dando pasos inseguros, colocando los dedos de los pies de mil formas con tal de que no nos duelan. Miramos, con una envidia recién descubierta, a la mujer que, a nuestro lado en la calle va con un vaquero, unas zapatillas y una chaqueta gorda, que no ha necesitado un tacón para escuchar misa, porque, somos tan obtusas, que olvidamos que la Misa es Misa, no es Pasarela Cibeles. Y volvemos a encontrarnos en la puerta de la iglesia de turno, soportando el dolor de pies, soportando el frío de la noche, soportando la piel de gallina y volviendo a jurar que es la última vez que nos ponemos tacones para semejante menester... Lo olvidamos pronto porque, mañana, Viernes Santo, cuando pensemos en que en Los Oficios habrá mantillas, habrá vestidos de raso, habrá tacones, nos entrará la paranoia, volveremos a colocarnos el traje de chaqueta incómodo de la muerte, ese que nos aprieta un poco la cintura, que se nos sube la falda al caminar, que nos hemos puesto porque ya es primavera, aunque el termómetro marque nueve grados como mucho, y aunque el señor del tiempo nos advirtiera de que haría frío. Prometo que jamás entendí algunos rituales femeninos, y eso que soy mujer, pero mi mente, en ocasiones, se cierra ante las ilógicas decisiones de la inteligencia femenina, que es grande. No entiendo ese sinvivir que se nos instala cuando, de repente, descubrimos que se acerca la Semana Santa, que hay que comprarse "algo", porque no se tiene ropa. Olvidamos que, estos días, vamos a caminar kilómetros, a subir cuestas, a bajar pendientes, a pasar fuera horas de la noche. Olvidamos que es Semana Santa, no un catálogo de Cosmopolitan. Olvidamos que, para mirar imágenes, para acompañar a las Madres que lloran lágrimas de cristal, para entrar en una iglesia y presenciar el Lavatorio de Pies, no es necesario ir subida en tacones imposibles, no debería ni siquiera ser correcto hacerlo. Porque estamos en la Noche de la Humildad. Esta noche es la ideal para ver procesionar el arte, para no creer pero respetar, para no entender pero emocionarse, pero desde luego, esta noche es todo menos una noche para usar tacones. Con los años he adquirido la mala costumbre de mirar los pies, sólo miro los pies de las señoras en eventos como esta noche. Soy incapaz de retener un modelo de zapato, pero esta noche sí, esta noche y todas las noches de caminatas sí miro los pies, sonrío cuando veo más de cuatro centímetros de tacón, cuando veo una plataforma, cuando veo un tacón finísimo y elegante, cuando miro el reloj y pienso en las horas que le queda a ese pie estar dentro de su latita. Yo ya no, yo ya subí caminos empedrados sobre tacones imposibles, ya caminé horas enteras y pasé mi suplicio, ya decidí que no quiero presumir, que quiero ir cómoda, que quiero centrarme en los palios que se mecen y en los mantos que me dan la espalda. Ya decidí que no quiero que las piernas se me congelen ni tirar de la tela de una falda, quiero caminar, quiero pasear y quiero ver Procesiones, la noche del Gran Dolor, pero no mi dolor, mi dolor de pies ya no existe, existen los pies ajenos, los pies de costaleros descalzos, de Cofrades que hacen su penitencia clavando sus carnes en asfaltos duros y lacerantes.
Noche de Procesiones, noche de caminatas y carreras, noche de bares, de velar, de esperar en esquinas soportando frío, noche sin tacones, por favor. Probemos las señoras a ser más lógicas, menos ostentosas, más amables con nuestros pies, saldremos ganando, pero sobre todo, podremos mirar a la señora que haya a nuestro lado, sin ese halo de envidia que nos provocan sus zapatillas deportivas y sus vaqueros, por mucho que nos neguemos a admitirlo, y quien diga que es feliz en unos zapatos de tacón después de seis horas sobre ellos, con más de cuarenta años y con dos horas de caminata por delante, miente como una bellaca.... ¡si lo sabré yo!...