2 abr. 2013

VA POR ELLAS...(las mujeres de raza).

Entre montañas perdidas, rodeadas de campos inhóspitos y crueles, los mismos que las han hecho fuertes y valientes. Los vientos arrastrados desde la Sierra Alta Coloma, cruzándose con los que bajan, Pilarico abajo, desde el Cerro de los Allozos. Mujeres criadas a pecho de hembra indómita y de carácter, pechos firmes y serenos, balanceados despacio al caminar cadente y femenino, el mismo que hace mover unas caderas que imponen y que mandan. Mujeres curtidas, recogido el pelo bajo un pañuelo, época de aceitunas, bajo olivos de verde indefinido, terroso suelo que se clava en rodillas poderosas, acostumbradas a soportar pesos y a encaminar pasos sugerentes y decididos. Mujeres de Montejícar, las que organizan casas, las que administran poco pero con una perfección digna del mejor economista. Las que ríen a carcajadas mientras, sentadas en una terraza, labios de carmín carnosos curvados en sonrisa eterna, describen situaciones jocosas, algunas difíciles de vivir pero siempre vividas. Mujeres de bandera, madres coraje que, delantal recogido sobre la cintura, se afanaban en inclinar su cuerpo sobre la piedra dura y helada de "cañuelos" varios, helada agua, helado clima, ellas a la intemperie, rompiendo hielos en el río de San Marcos, coladas extenuantes, trapos tendidos al sol, jornada de campo terminada, esperaba la de casa. Esperaba el marido y esperaban los hijos, como polluelos, en torno a la madre, a la que sabe callar y hacer callar con una mirada. Mujeres aguerridas, ¿quién dijo que no las había?... Mujeres del sur, de un sur tremendo y cercano, pariendo con dolor, con dolor viviendo, sabiendo de la emigración del cuerpo y la quietud del alma, la que dejan cuando se van. Los amores callados, los que han sido siempre y serán. Mujeres en Francia, atendiendo a sus hombres, porque suyos son, porque, como montejiqueña, puedo dar fe de que así los hacemos, los hacemos nuestros, los hacemos propios. Hombres a la "regacha" de una mujer, de una de esas mujeres únicas, únicas por ser de una tierra única, que las parió dolientes y amables, guapas mozas, cuerpos de curvas infinitas, de promesas escondidas en ojos que embrujan y que llenan. Mujeres de Montejícar. Las que soportaron hambre, miseria, las que sacaron casas para adelante, mirando de frente, sin miedos, sabiendo lo que había que hacer y haciéndolo. Detrás siempre de su hombre, pero justo al lado, para hacerle fuerte. Acunando hijos a los que crian en tradiciones eternas, a los que enseñan a amar su tierra. Tradiciones conservadas por ellas, rezos de rosario, ajuares infinitos y finitos, bordados en corrales y patios, costureras, reposteras, lavanderas, cocineras, emigrantes y emigradas, pueblo de raíces, con raíces fuera, con raíces internas, haciéndo de la tierra negra, la tierra roja de Tara, la tierra negra que les da la fuerza, el agua fría de la Fuente Cabra que les da la plenitud de una belleza que no se agota ni en la vejez. Arrugas llenas de vida, de cariño inmenso, de fortaleza anta la adversidad.
Mis mujeres montejiqueñas, mis abuelas, mi madre, mis amigas, las que fueron, las que son y las que serán. Las que llenan de risas y alegría un pueblo pequeño, las que te enseñan el valor de un abrazo y las palabras extrañas que te dicen todo... Esta tarde, mi homenaje a esas mujeres que crearon, en una franja de la historia de España cruel y dura, una asociación para ellas, porque sabían de lo que eran capaces, sabían que podían y pudieron... y pudimos... Por ellas, que se lo merecen porque siguen luchando y siguen sonriendo siempre....


Foto de Andrés Vico Linde, recogida en Amigos de Montejícar.-

MI UNIVERSO... (para Alberto que me dió la vida).

Veía yo el enlace de una amiga en el que, una mamá jovén, hacía referencia a su juventud luciendo una preñez espléndida y maravillosa. Hablaba de que alguién le decía que era demasiado pronto, y yo, comentaba con la dueña del muro que, a mí, me habían dicho lo contrario, que era demasiado tarde. Recordé mi embarazo de Alberto, ese que llegó sin avisar, sin esperar, sin suponer siquiera que pudiera ser, pero que fué. A una edad prohibida y censurable, una edad en la que todo el mundo miraba un vientre extraño y mayor. Eran muchos años para ser madre, o eso piensa alguna gente, o eso me hicieron pensar a mí. A veces, terminamos pensando lo que los demás quieren a fuerza de reiterarnos en lo dicho. Y allí estaba yo, bueno no, allí estábamos mi barriga y yo... y mi miedo, los tres, juntos, aliados forzosos de una situación inesperada. Surgen mil preguntas, mil dudas, mil temores, surge la desconfianza hacia una misma, el terror nocturno de sueños que te atacan y te desvelan... Surge la sonrisa con sorna de ajenos y la preocupación de propios. Cuando tienes cuarenta y tres años, cuando tienes tu vida hecha y organizada, lo último que esperas es que, la vida, te desorganice totalmente lo que tú has estructurado a la perfección. Yo había visualizado ya mi vida futura, toda, incluida la vida de mi hijo mayor, pero, ¡lo que son las cosas! que un buen día el destino te saca la lengua, te enseña que tiene poder sobre tí, te rompe los esquemas y las creencias, y te hace ser madre cuando ya, piensas, no tienes edad para serlo. Me envolvió la tristeza de lo que podría ser, de lo que podría pasar, de lo que tendría que decidir, de cómo decidiría llegado el caso. Me envolvió la congoja de lo que, sin mediar palabra, la vida me pondría enfrente. Todo se pasa, las dudas, la incertidumbre, las sonrisas con sorna, las miradas indiscretas, las preguntas fuera de lugar... todo se pasa menos el miedo. El miedo dura, dura mucho, dura siempre. Dura tanto que, hasta el último momento te atenaza y te paraliza.
Y sin embargo, una mañana, cuando recibes una llamada y te dicen "Todo perfecto", todas tus entrañas se movilizan y te hacen respirar para otro, caminar para otro, sentir por otro, porque tienes que vivir, tienes que ser fuerte, vas a ilusionarte por otro. Una personita que se ha apoderado, sin pedirte permiso, de toda tu vida ya, de todo tu ser y de toda tú. Y supe que, jamás, nadie me haría creer que era tarde para nada, porque la vida me acababa de demostrar que, cuando decide por tí, en ocasiones, puede darte sorpresas llenas de sonrisas, de palabras torpes, de pasos vacilantes. Puede llenar tus noches de un llanto lastimero, de una piel pegada a la tuya y de unos ojos que te agradecen los tuyos. Y eso es el mundo. Todo un mundo. Mi mundo de maternidad tardía, de maternidad a destiempo, o al destiempo que los pobres mortales pensamos. Recordar a mi abuela, a mi tía, a mi suegra, a mis primas, a las madres de amigos que lo fueron pasada la barrera de los cuarenta y pocos o cuarenta y muchos. Resistir los envites del tiempo, el órdago a la chica que lanza la vida, cuando sabe que tú llevas cartas mejores, que vas a jugar tu partida porque, la pareja que te ha enviado te hará jugar bien y ganar. Dejarte la vida y el sueño en cunas y carritos, en papillas y biberones, en baños y brazos cansados ya de una vida anterior. Pero regalándote otra. La premura de la espera, la impaciencia por sostener un pequeño cuerpo y olerlo, por notar, en un empujón sin fin, como la vida brota, como sale de tí y como a tí vuelve ensangrentada y llorona. Vida. La que me regaló Dios, o el destino, o el azar, porque sabía que la necesitaba, que me era imprescindible para entender los ritmos y las formas del mundo. Alberto, que nació cuando nadie lo esperaba, pero que ha creado su mundo en torno al mío. Que me abraza si me ve llorar, y me da golpecitos en la espalda "Mami, tú no llores, que estoy aquí", y sé que está, porque jamás un hijo dio tanto apoyo, porque lo normal es que sea yo quien apoye, pero ahora, a mis años, se "han vuelto un poco las tornas" que diríamos en mi pueblo, y es el hijo el que apoya y el que anima. El mismo que, cuando no puedo comer por algún motivo, me acerca un bocadito y me dice "Mami, come, por favor"... Es mi vida, es la vida. Con la que me río y lloro. Porque, en ocasiones, cuando un vaivén del viento te hace girar la cara, necesitas algo a lo que aferrarte, y yo ya había enseñado a Martín a volar. Y no quería que él tuviera que sostener mi tristeza ni mi melancolía, porque él tenía tiempo de vivir su vida, le había llegado la hora... Pero el azar que es sabio, decidió que no caminaría sola, y me regaló el mundo en un cuerpecito nervioso y suave. Y me lo regala cada día, mientras le riño, mientras me riñe, mientras nos enfadamos juntos y se rebela. Mi mundo pequeño, mi pequeño hijo, mi gran consuelo, mi corazón entero, mirándole dormir esta noche he comprobado que, si respiro, si lucho, si sonrío cuando no tengo ganas, es por esos ojos cerrados por el sueño, que mañana me mirarán y me dirán "Mami, te quiero" y con eso me sobrará absolutamente todo... Esta noche, mis palabras, mi sonrisa y mi desvelo son por mi hijo pequeño... pero pequeño solo de estatura y edad... porque para mí es el Universo....