3 abr. 2013

HACIENDO LA COMPRA...(esas esperas)

Hacer la compra, esa aventura que iniciamos en casa cuando, muy organizadamente hacemos lista, cogemos cartera, cogemos bolsa y salimos, disparadas, porque el tiempo es oro y tenemos faenas pendientes, entre ellas hacer la comida. Porque, si no hubiera sido por el pequeño detalle de que, ibamos a guisar un estofado y no teníamos patatas, no hubieramos salido, pero ya que estamos, hacemos lista, porque nos faltan algunas cosas más. Y entramos en el supermecado en cuestión, y no tenemos moneda para el carrito y cogemos una cesta, de estas supermodernas con ruedas, a mí me recuerdan las mochilas escolares, tiramos de ellas, vacías y se nos vuelcan, carecen de peso y nuestra velocidad es mayor que su estabilidad. Miramos la lista, buscamos estantes, nos equivocamos, volvemos atrás, encontramos un atún, pero no el que queríamos, ¡da igual!, en la ensalada tampoco se va a notar. Nos volvemos a perder intentando descubrir dónde está la laca, y cuando nuestra lógica nos lleva a los estantes del champú, descubrimos que tampoco es esa la laca que buscamos. Sigue dándonos igual, seguimos recorriendo, arrastrando la cestita inestable, por pasillos, mirando a diestro y siniestro, mirando la lista. No hemos reparado en un pequeño detalle, ibamos por patatas, pero no las hemos apuntado, y nos ceñimos, meticulosamente, a la lista de vituallas que hemos confeccionado. A todo esto hemos cargado la cestita, nos hemos puesto en cola, miramos como van pasando delante de la caja registradora los artículos ajenos, me pregunto cómo se las han ingeniado en mi pueblo, en todos los pueblos, durante años, sin el "clic" de la maquinita dichosa. Recordaba hoy mis tiendas de pueblo "La Juana", "La María", "La Niña Triana", "La Utrilla", y la gente de Montejícar sabe a quién estoy nombrando con todo el recuerdo y el cariño del mundo. Aquellas cuentas, en papel de estraza, aquellos números y aquellos cálculos, de mujeres empresarias, detrás de un mostrador en los años sesenta y setenta, haciendo una contabilidad fiable y exacta, sin códigos raros, sin colas que apremiaran, sin impaciencias todas. Parroquianas hablándo, mientras esperaban, de la salud, de los hijos, del menú diario, de la ropa que estaban confeccionando. Mi cara curiosa por los estantes familiares con cajas de galletas María, con Danones en tarros de cristal y leche Puleva embotellada con aquella estrella azul, los sacos con garbanzos y lentejas, las patatas de temporada, el bacalao sobre el mostrador. Chocolate de "El Toro", que con una "onza" merendabas y te sobraba. Hoy pensaba en aquellos años que se me perdieron entre tarros de cristal con caramelos de eucalipto, de nata pegajosa que te unía los dientes. Tiendas que forman parte de mi historia y de la historia de un pueblo, de muchos pueblos. Tenderas con delantal de cuadros, eficientes y conocidas, que te sonreían y te preguntaban si querías una galleta; mis tenderas, las que, cuando todavía los helados eran un misterio, hacían polos de leche, con palillos de dientes para sujetarlos, y los confeccionaban en su congelador, los pocos que había en el pueblo, porque se conservaban las comidas en las alacenas y las fresqueras.
Y cuando nos llega el turno vaciamos nuestra cesta, seguimos escuchando el "clic" de la máquina registradora, se calla por un momento, no capta el código, hay que volver a pasar, una y otra vez, la bolsa de ensaladilla, la tecnología tiene que ser exacta, como exactas eran aquellas matemáticas. Y de repente has llegado a casa, corriendo, porque hay que hacer el estofado. Vas colocando todo, deprisa, organizándote a la perfección, porque la rutina de los gestos es lo que tiene, que crea una perfección cuadriculada y sin el más mínimo error. Hasta que, de repente, cuando has pelado ajos, picaste cebolla y cortaste zanahoría, te hundes...¿las patatas?... ¡no puede ser!. Maldices en arameo y en huelmense, o en la lengua mater más conocida, respiras hondo, miras en la cartera, la lista, ¡la lista!, no está el dichoso tubérculo anotado... ¡Vamos a hacer la compra, que es muy divertido!... Y como no queda otra, te vuelves a colocar las botas, el chubasquero, coges la cartera, coges la bolsa y vuelves a salir... Y compras las patatas, ya sin demasiado humor para recordar aquellas tiendas felices, guardas turno en una cola que no avanza, con tan solo una malla de patatas, detrás de carros repletos... Y cuando te toca, cuando pagas, cuando sales, cuando has escuchado otro "clic" de la dichosa máquina, impertinente y burlón, cuando has llegado a la puerta de casa, descubres, de repente.... ¡que te has olvidado las llaves dentro!... Lo que ocurre después de esto es otra historia... Buenas tardes, para las pobres mortales que sufrimos, de vez en cuando, de una memoria de pez, pero que tenemos un gran sentido del humor, y tras los tacos en lengua materna, sonreímos, afrontamos el problema y lo solucionamos... eso sí, el estofado salió tarde y accidentado....