4 abr. 2013

UBEDA EN MI RECUERDO...(cuando una llamada te lleva al pasado).

Mi madre me compró una maleta granate, me confeccionaron unas faldas azul marino de pliegues con tabla delantera, me compró camisas beis y unas chaquetas marino de hilo, calcetines blancos y unos horribles zapatos Gorila que desentonaban, totalmente, con la idea de presumir que se tiene a los catorce años. Me iba fuera, a Úbeda, era la primera vez que saldría de casa, y no volvería en tres meses. Me iba a un colegio estupendo, interna, pero saldría cada día para acudir al instituto San Juan de la Cruz. Me iba a descubrir el mundo. A sonreír entre historia viva, Palacio de los Cobos, Hospital de Santiago, Santa María de los Reales Alcázares, Capilla del Salvador, iglesias de San Pablo y San Lorenzo, Úbeda viva, para vivirse. Me asignaron habitación, aquella directora vestida de negro, hábito que se movía en pasillos modernos, alternando con un palacio imponente lleno de secretos guardados en su torre. Palacio del Marqués de Mancera, ventanas mirando al puro Renacimiento. Risas juveniles, teatros inventados para hacer más llevadera la ausencia materna y maternal. Llantos en las noches ubetenses, frías y secas, recordando una cama de niquel y un olor a paja de lumbre quemada, de fuego familiar, compartido con mi padre y sus largas charlas, él callando y yo contándo. Úbeda preciosa y lejana, entre horizontes con niebla y paso de un Guadalquivir inquieto y manso. Aquella capa azul y el crucifijo de madera, boina ladeada para hacerla coqueta, sobre una cabeza adolescente, cabello recogido en una coleta por una cinta celeste. Carreras calle Real abajo, volviéndo la cabeza, escuchando en la tarde convertida en noche serena, el retumbar de los pasos y el sonido de la respiración acelerada por el esfuerzo. Úbeda negra, faroles de la calle Minas, Plaza de Andalucía ahora, antes del General Saro, soportales lúgubres y acogedores, contradicciones todas en la mente calenturienta de una niña que escribía poesía, escondiéndose entre sábanas blancas y heladas. Tardes de meriendas de carne de membrillo. Almuerzos en el pasillo, esa manía de hablar en la mesa, cogida siempre por sorpresa, castigada siempre por la conversación prohibida mientras se mastica. Recuerdos de una vida, recuerdos de escapadas a la alta torre, burlando la vigilancia permanente de ojos que no veía. Clausura violada para descubrir el mundo, el cruel mundo escrito en paredes ajadas, cárceles de una guerra que quedó atrás en el tiempo pero no en la memoria. Inscripciones de llantos ajenos, moribundos, aquella torre cruel de aquel Palacio, que albergó a prisioneros por ideas y creencias distintas y personales. Úbeda de mi vida, en mi recuerdo siempre. Unida a mí por una noche eterna de amor maduro, de amor sereno y sensato, robado al tiempo, inacabable noche, agua que golpea un balcón y cuerpos enlazados en mil besos, cuando la infancia ha huido y se ha llevado todo, y solo ha dejado las torres infinitas y el infinito recuerdo. Los paseos con manos enlazadas, confesiones tranquilas de quién se sabe libre. Úbeda en mi memoria, en mi sonrisa, en mi mirada de niña inquieta, de niña rebelde.
Hay noches llenas de recuerdos que se evocan, cuando el alma habla y la mente escucha, cuando los ojos miran paisajes permanentes, eternos para siempre en imágenes grabadas a fuego. Hay noches imposibles, de sueños imposibles, lugares imposibles que visten de color, de oscuridad y silencio calles inmensas con inmensa historia, de suspiros varios, de andar sereno. Para siempre Úbeda y aquellas monjas, aquellas compañeras que fueron mi familia, las que lloraban la ausencia igual que yo lloré la mía, las que hicieron piña junto a mí en un patio. Se fue el tiempo, los años y los días, pero siempre tendré un uniforme, con zapatos Gorila, recordando a una niña que corría calle Real abajo...