6 abr. 2013

RELATO DE UN OLVIDO IMPERDONABLE...

No podía creerse, todavía, que aquello le hubiera pasado a él, tan perfecto, tan precavido, siempre alertando y alerta. Nunca guardando nada, siempre borrando pistas y borrando huellas. Había vuelto cansado de aquel viaje castellano tan aburrido, tan monótono, tan alejado de ella, escondiéndose en el baño para enviar un sms rápido, para dar un toque, para que ella comprobara que todo estaba bien. Había conducido agotado de escuchar una conversación absurda, de gestos absurdos y palabras sin ningún aliciente para sus oídos. Sus sentidos puestos en la carretera, faros de frente, coches cruzándose, haciéndole saber que fuera de aquel coche había vida. Contento cuando recordaba. Todo estaba decidido. En un mes todo solucionado. Se iba. Ella también. Se iban juntos. Habían sido ya demasiados días alejados, habían sido años de disimulos, de risas forzadas, de apretar los puños y los dientes y morirse de celos, sabiendo que no era lo que tenía que ser. Ya no podía más. El mes de marzo, la primavera, les había regalado la capacidad de decir "Ahora o nunca". Y lo habían dicho. En voz baja, uno en el oído del otro. Él preguntó "¿Cómo ves que sea ya?" y ella respiró, la escuchó detrás del pequeño móvil negro. Escuchó su silencio y sus dudas, aunque no las dijera; sintió miedo. Era ella siempre quien retrocedía. Quien se negaba a dar una oportunidad a la locura. Hacía treinta años había pasado igual, "¡Vámonos!", unos niños, y las dudas de ella. No era el momento y ya jamás lo fue. Había conducido soñando con ella, despierto, alerta a la carretera pero con la imagen sonriente de Lola. Era esa sonrisa la que manejaba sus manos sobre el volante. Ella que le tachaba de tío duro, de frialdad, de pragmático. Carente de emociones, de sensaciones, de sentimientos...¡que equivocada estaba!. Él, simplemente, había intentado sobrevivir, y los dos lo habían hecho de forma distinta. Ella con su corazón sensible, pendiente de que nada escapara a su control pero aferrándose a los empujes que él le enviaba. Él sereno, tranquilo, sin demostrar ni con un gesto de mandíbula todo lo que sentía, todo lo que pasaba, todo lo que sufría. Viviendo una vida que jamás debió de ser vivida. Que no era la suya, la suya era Lola, siempre fue Lola, desde los deiciséis, desde unas carreras por una escalera, desde una presentación nefasta por parte de una amiga en común.

Había conducido demasiado. Parado en estaciones de servicio, enviado más sms, ya más relajado, se iba olvidando de aquel fin de semana que dejaba atrás en la carretera que anochecía. En un mes se iba. Solo treinta días, nada más, tanto esperado que ya aquel tiempo no tenía valor, ni fuerza, ni ganas para ganarle la partida. "Enviar y borrar", mil veces recordándole a ella aquel consejo, "Mensaje enviado, mensaje borrado", prevenido contra cualquier palabra indirecta que él pudiera entender como directa. Huyendo de miradas que auscultan hasta la última de las células de un cerebro, intentando leerle el pensamiento, un pensamiento que no era de ella, de la que miraba, la que escudriñaba, la que analizaba hasta su respiración... Había llegado a casa, todo bien, todo tranquilo, remoloneando en el parking, dando tiempo a estar solo, a poder decirle que estaba bien, que estaba en casa y que estaba cansado de conducir, y esperar la respuesta bálsamo de Lola, la que mitigaba su derrotado espíritu. Envió aquel sms, fácil, corto, no había tiempo para más, llegaría el día siguiente, llegaría el mes siguiente, y entonces sí, entonces todo un mundo, el que les correspondía por derecho. Se había terminado ya la generosidad para los ajenos, iban a ser generosos con ellos, se lo debían, demasiado camino recorrido, demasiado tiempo perdido, demasiado tormento soportado... Llegó la paz en ciento sesenta caracteres, aquel sms tecleado con los dedos de Lola, los mismo que acariciaban su espalda y rozaban su cuello: "Estate tranquila, descansa y mañana hablamos. Todo bien, pensando en cómo enfocar, pero todo decidido. Sabes que te quiero"... Y la sonrisa, la paz interior, respirar y subir, lentamente, la escalera hasta aquel mundo prestado, ajeno totalmente a él, que le hurgaba las entrañas y le destrozaba el alma. Y olvidó. Todo.

Sus gestos en casa normales, rutinarios, nada fuera de lo común, nada escapando al control férreo de los ojos que miran, pendientes de un cambio en el carácter. Pocas palabras, las de siempre, las que se enmascaran de calidez inexistente. Dejar todo fuera, ducharse, meterse en el baño y olvidar, y soñar con los días venideros. Supo que había dejado el móvil fuera mientras se secaba, al mirarse en el espejo y recibir el reflejo vacío de la estantería en la que siempre reposaba, intentó visualizar cada gesto, enviando y borrando. Todo bien. ¿Todo? Recorrió mentalmente. Sí, todo. Cuando salió fuera el mundo seguía su curso, inalterado e inalterable. Las mismas conversaciones, las mismas acciones. Nada había cambiado. Posó sus ojos en el pequeño móvil, sobre la mesa, tal y como lo había dejado, junto a las llaves del coche y la cartera, expuesto a miradas ajenas y ajenas curiosidades. Nada que temer, todo bien.... O no...

Había amanecido tranquilo el día. A las doce, como siempre, la llamada a Lola, unas risas, contarse el fin de semana, escucharla desgranar su jornada entre papeles, citas y reuniones. Hablaron de que había visto un apartamento, pequeño, pero les vendría bien, menos espacio más se encontrarían, rieron. Ella estaba nerviosa, no iba a ser fácil, intentaría estar serena, estaba moviendo hilos para cambiar de destino, por ese lado todo controlado. Un poco nerviosa por lo que dejaba atrás... ¡Nada!... No dejaba nada ya, todo estaba consumado. Había hecho mayores a quienes tendrían que entender, el resto no importaba, ya nada era lo mismo, ya nada estaba en el lugar que debería... Resto de la jornada serena... Pero llegó la noche. Y se quebró la luna y cayó en pedazos. Trozos de cristal hechos palabras. Cuando entró en aquel dormitorio extraño que ya no le excitaba, ni le sugería, ni le alentaba. Aquel espacio carcelario lleno de espinas en donde no era feliz. Y se desató la furia contenida... Error tremendo, consejo que olvidó, que quedó en consejo y no recordó llevar a cabo "Mensaje enviado mensaje borrado"... La furia de titanes mezclada con saliva. Gotitas que iban a parar a su rostro demacrado por el factor sorpresa... Su mensaje no fue borrado, él, que todo lo controlaba, olvidó que hasta los dioses se equivocan y comenten errores. El suyo determinante... Negando la evidencia, negando lo que sentía, con cada negación una bofetada interna, propia, que sentía en sus carnes, estaba negando a Lola, como Pedro negó a Jesús, "te seguiré allá a dónde vayas"... ¡Mentira!... Se había quedado inmóvil y quieto en mitad de un dormitorio en dónde el Sanedrín le juzgaba y condenada. Y juzgaba y condenaba a Lola, y la injuriaba y la insultaba... Y él negando, como Pedro... "Yo no conozco a esa persona"... destrozándose la vida para siempre... Hay errores mortales de necesidad. Se caía el apartamento pequeño, aquel en el que iban a hacer el amor hasta morir, en el que cocinarían juntos y juntos discutirían. Se caía Lola, como un puzzle, pequeñas piezas de su rostro hermoso y sus ojos grandes... Se rompía su cuerpo deseado y amado... Palabras hechas puñales que le laceraban los costados, que le apuntaban a un corazón ya demasiado cansado para seguir... No sería más. Ya no sería nunca. Se quedaría allí, en la cárcel que le tocó en la rifa de la vida, en esa rifa en la que jugamos deseando ganar el mejor premio, sin tener en cuenta que, a veces, el premio recibido no es el esperado...

Eran las siete y media de la mañana, Lola miró el móvil alertada por el pitido de un sms y arrugó el entrecejo, raras horas, algo pasaba. Escupió el agua de la boca y se secó los labios sin prisa "Todo terminó, olvidé borrar el sms que te envié y lo sabe todo"... Fácil y sencillo... Así de simple, con una frase larga, sin explicaciones, porque, tal vez, sabía que Lola no las quería, ni las necesitaba... Estatua de sal Lola, llorando por dentro, sin responder, deseando retrasar las manecillas del reloj, pensando en él. Cómo estaría, cómo se sentiría, qué habría tenido que soportar, que escuchar, que decir... Lola peinándose, llorando, ahora sí, hacia fuera, preparándose para encarar su jornada laboral, sin saber siquiera en qué trabajaba. De repente el mundo había dejado de existir y la Tierra de moverse... Digna Lola, recogiendo un bolso y una carpeta, un abrigo y una bufanda, recogiendo sus pedazos e intentando recomponerse...

... La vida sigue, nada se detiene. Los días continúan ásperos y tristes. Daniel mira al cielo, de vez en cuando su boca hace una mueca extraña de amargura. No volvió a enviar ningún sms, Lola tampoco. En unas letras se fundió la nieve de los Polos, se secó el mar y se destruyó el Universo... En un error se perdieron dos vidas, se quemaron dos almas y lloraron dos cuerpos... Nada se detiene... Todo continúa, todo fluye como el agua de un río... Daniel llora, en silencio, es la fecha exacta de su olvido infernal, el que le amarró para siempre porque no supo saltar del edificio mientras las llamas lo devoraban y se quemó con él... Es el día, un año atrás, en que olvidó su hombría y su orgullo, en que olvidó a Lola sin olvidarla... Ha sacado el móvil del bolsillo, lo miró triste y tecleó, porque necesitaba la respiración de Lola en su oído, en su cuello y sus labios en su boca "Tengo que llamarte, porque no puedo vivir sin tí, ¡Vámonos ahora, ya!, sabes que te quiero"... Un año... Con sus día eternos y sus eternas estaciones. Lola charlando y riendo con una compañera, ajena al mundo, ya sí. Esta vez la vida se le fue no por sus dudas, sino por una decisión lejana y ajena a la suya... Mira el móvil, el corazón se le sale del pecho, sonríe y dos lágrimas le resbalan cansadas, y le tiembla la barbilla, y la boca se le curva en una mueca de dolor y de amor infinito... Esconde su emoción en el recinto estrecho y fúnebre de un baño blanco y luminoso, lee serena, relee... La vida continúa, no sabe porqué, solo sabe que un día, un año atrás decidió que esperaría eternamente aquellas palabras... Se pasa la mano por los ojos, respira hondo y mueve los dedos ágiles sobre el teclado....

Daniel conduce cuando escucha el tono de su móvil, tiembla todo su cuerpo, ya le había pasado otras veces, muchos años atrás, cuando decidió confesar lo que sentía, esperando una respuesta que le diera la vida o se la llevara para siempre... como ahora... Ha aparcado al borde del camino, al fondo el mar, bravo y altanero, rompiendo olas contra peñascos negros. Su mirada en el cristal transparente de una pantalla, recomponiendo un mundo, el que tenía que haber sido siempre... "Esperé un año para saber que te dejé la huella de mis labios, los tuyos los llevaré siempre tatuados, sé feliz e intenta olvidar lo que negaste".

¿LA ARRUGA ES BELLA?...(el poder de la mente).

No sé qué diseñador, de esos fashion, super guays y excéntricos, fue el que dijo aquello de que "la arruga es bella", el hombre lo atribuía a la ropa, cuando decidimos que estábamos hartas de plancha, de hacer línea hasta a los vaqueros, y de dejar las camisa salvajes lisas como piedras de mar. Pero nosotras, que para algunas cosas somos avispadas, cogímos la frase y la llevamos a nuestro terreno. Esto es, a ir concienciándonos de que, un día u otro, más pronto que tarde, ibamos a tener arrugas, así que, mejor si empezábamos a buscar algunos consuelos generales, para mitigar la impotencia, la pena y la mala leche, y no por éste ordén. Es algo que no nos creemos, me refiero a eso de que la arruga sea bella, porque si nos lo creyéramos, las firmas de cosmética, esas tan chulis y tan molonas que nos venden hasta baba de caracol, no se comerían un colín con nuestros euros, pero somos pertinaces, somos constantes y somos crédulas. y nos metemos en unos grandes almacenes o en una perfumería, cuánto más renombre tengan las cremas mejor, cuánto más caras más efectivas, cuánto más bonito sea el envase más glamour, y sobre todo, cuánto más nos lo creamos mejor. Y cada noche, como si de un sortilegio se tratara, nos encerramos en el baño, nos limpiamos la cara con leche limpiadora, o en su defecto, como es el caso propio, la lavamos con agua y jabón, eso sí ¡por favor!, jabón suave, que deje una piel tersa, tan tersa que, cuando te secas la cara te estira la boca si sonríes. Luego empapamos el disco correspondiente, en su defecto un algodoncito, con tónico, para tonificar, como su nombre indica, no sé bien el qué, pero algo será si todas las mujeres del urbi et orbi (de ciudades y mundos) lo hacen, alguna razón tendrán.
El momento sublime de la lucha a muerte contra la arruga es cuando, amenazantes, mirando esos surcos que nadie más que nosotras ve, abrimos la cajita de tapa plateada, redonda, de cristal ahumado, y levantamos la tapaderita interior, huele bien, es suave, es grasienta, es blanquísima y es nuestra mejor arma: la crema antiedad, antiojeras, antiflacidez, nutritiva, regenerante, regeneradora, lifting, reafirmante...y hasta ahí recordamos; las virtudes de nuestra crema de noche continuan hasta el infinito y más allá. Nosotras, pertinaces como digo, ponemos la crema como si de un rosario se tratara, nos falta la fé
de una letanía para que sea todo un ritual sagrado. Y salimos del baño, después de soltar la pinza del pelo, de habernos nutrido también las manos, lavado los dientes, sonreído al espejo, nos adentramos en el dormitorio, donde nuestro cónyuge nos mira, como si no nos viera, porque, o bien está que se cae de sueño, o está escuchando el programa de la radio sobre deportes, o leyendo algo, no sabemos bien el qué, pero tiene pinta de la revista Motor... Y nosotras, coquetonas, soltamos eso de "Pues me funciona bien la crema que me compré", y es ahí donde nuestro santo recuerda, de pasada, que la crema te costó casi cien euros, por lo que, en uno de esos arranques de sinceridad masculina, tan crueles como innecesarios, suele decir "Pues con lo que costó, ya puede funcionar, porque yo te veo igual"... Jamás, jamás se le debe de hundir, a una mujer que ha cumplido los cuarenta y se acerca peligrosamente a los cincuenta, la autoestima con esas palabras. Los señores no lo saben, pero esas palabras tienen el poder de hacer que, nuestra crema perfecta, la que nos hemos puesto con un cuidado exquisito, la que huele tan bien, la de la tapita plateada y que es anti todo, de repente, ha perdido todas sus propiedades, y solo porque, para lo único que no es efectiva la crema, ni esa ni ninguna, es para que, los ajenos, confirmen que, efectivamente, todas tenemos tez de cuarentonas, arrugas de madurez y rasgos que delatan que, por desgracia, las pociones mágicas no existen... Y además, nos confirman que, lo mejor para luchar en contra de la arruga es aceptarla, y hacemos válido el dicho de "Si no puedes con el enemigo únete a él"....
Luchar contra la edad, aparte de imposible, es de inocencia trasnochada. Todas sabemos que, la arruga seguirá ahí, y es cuestión de una sonrisa aceptarla, hacerla propia, decidir que no te sienta tan mal, que la crema carísima huele muy bien, que vas a seguir poniéndotela, pero que sabes que, los milagros no existen, y aun así tienes una edad perfecta para tener una arruga bella y que encima te siente bien. Porque, acercándonos al medio siglo, yo, la verdad, me da igual tener una arruga más que menos, yo lo que quiero es ser feliz, que me duelan poco los huesos, no tener jaqueca, reírme a carcajadas de mis kilos de más, ser un poco hortera o atrevida, según cuando, en mi forma de vestir, que me importe nada y menos la apariencia física, que acabará siendo lo que es, y sobre todo, lo que más me importa, es que la gente que quiero siga viendo mis arrugas, siga a mi lado, que mi santo me diga que de nada me valen las cremas, pero que me lo diga con todo el amor del mundo... y descubrir, al día siguiente, cuando vaya a recomenzar el ritual sagrado de limpiarme la cara, una nueva arruga, arrogante, desafiante y hermosa... Buenas noches, me voy a lavarme la cara, con ese jabón estupendo, y a seguir los pasos programados para prestarle cara al tiempo, nunca mejor dicho....