8 abr. 2013

CUANDO LOS HIJOS SE VAN...(para Martín).

Se queda una como si los oídos no le funcionarán. Ha arrastrado la maletita, ha cerrado la puerta, te ha dado dos besos y se ha despedido hasta la próxima semana, mejor dicho, el fin de semana. Ese es el momento exacto en que tú, con mucho miedo, decides entrar en sus dominios. Miedo al caos, a la sorpresa de no saber bien en dónde estás, aunque sabes que estás en tus feudos, que todo el espacio caminado es tuyo, que él (o ella) está de paso, de prestado, que un día se irá y te dejará, todo ese mundo, que ahora comparte contigo de vez en cuando, para tí sola, o para los dos, también para el señor que comparte tu cama y comparte sus gastos. Y ahí comienza la taquicardía. Has abierto la caja de Pandora, has entrado en el lugar sin nombre, aunque tú lo denominas "su dormitorio", espeluznante lugar. Dijiste que no hiciera la cama, había que cambiar sábanas. Daba igual, porque la cama, la que tiene que ser cambiada, la reconoces por algunos andrajosos trapos que, sospechas, son las subsodichas sábanas a cambiar, mezcladas con una manta estupenda de pelo y un edredón que te costó carísimo. Ni rastro de un orden mínimo, libros encima del catre, unas zapatillas...bueno, una zapatilla, la que completa el par anda desaparecida en combate. Ropas varias en la silla, en el suelo, encima de la mesita...tu moral se hunde por momentos. Arrastras los pies, recuperas una bayeta y el Pronto (¡qué haríamos nosotras sin el Pronto!), y con mucha paciencia, intentando controlar el malhumor mezclado con el cansancio, vuelves a atravesar la frontera de la organización, para invadir la República Independiente del dormitorio filial.... Te evitas ponerte a pensar en qué momento, tu hijo (o hija), decidió que se vive mejor en la anarquía total, entre el desorden más lacerante que pueda existir... Y para pasar el berrinche pones música, a la vez que canturreas, intentando perdonarle la vida, vas quitándo sábanas, recuperándolas entre el amasijo de tejidos varios. Limpias a fondo, quitas colecciones varias, desde botas en miniatura de fútbol, hasta botellas originales y únicas, que al buen chico le ha dado por coleccionar...pero en tu casa, no en la que habita ahora él de forma más permanente. Pasas la bayeta, te preguntas, por quinta vez consecutiva, cómo puede ser tan indiferente a las pelusas. Dejas las estanterias como los chorros del oro, un arca lateral brillante y suave, con olor a limpieza. Has hecho la cama de forma primorosa. Descubriste la zapatilla perdida entre el escritorio y el armario, amén de otro par de zapatillas (o zapatones más bien) que parecían estar escondiéndose de tus malos humos. Te vuelves a preguntar cómo, esa criatura pequeña que salió de tu vientre
pequeño, ha podido llegar a calzar un cuarenta y cinco sin pedirte permiso. Alzas las cejas, resoplas, sigues con el Pronto en la mano. Ordenas milimétricamente unos dvd que andaban despistados por otras estanterias. Recoges la gran alfombra, la sacudes. Has barrido, has pasado la mopa, has limpiado huellas con amoníaco de puertas y de armarios. Colocado la ropa. Alineado libros y apuntes.... Y has llegado a la puerta. Sonríes. Miras al interior de lo que, hace menos de una hora, era el Paraíso de Hades... Y recuerdas... Todas las madres recordamos. Recuerdas el beso que te dió al salir, los muchos que te ha dado a lo largo de su vida. Acaricias una orla. Miras una foto en la que aparece contigo, abrazándote... Te emocionas. Tu hijo (o hija) es el caos personificado. Cuando entra en casa, después de una semana de Facultad y de estudio todo se llena de vida, de vida distinta, conversaciones adultas, algún enfado, risas muchas. Besos cogiéndote por detrás... Y cierras la caja de Pandora... Piensas en que, lo que más deseas es que esté bien. Es un desastre, pero es TU desastre.

Los hijos, esos que se van, que te dejan una habitación vacía y ordenada durante una semana. Los que vuelven contándote lo difícil que es sobrevivir en una jungla de asfalto, partiéndose el pecho para soñar a diario. Los hijos que parimos, los que acunamos, los que ahora besan otros labios y abrazan otro cuerpo. A los que hemos hecho mayores, por los que perdemos el sueño y la vida. Los que nos hacen llorar cuando algo les va mal y cuando algo les va bien. Hombres y mujeres ya. Recordándonos que todo ese tiempo también pasó para nosotros. Que las zapatillas del cuarenta y cinco son la prueba de que lo hicimos bien y están sanos... Y recoges el Pronto,  sonríes por el pasillo, pones la lavadora con las sábanas y ropa del desastre bélico en que, tu hijo, el pequeño que te daba malas noches, convierte cada fin de semana y que lleva a cabo en su habitación. La misma que guarda sus libros de "Manolito gafotas" y sus antiguos video-juegos...

Hoy me tocó limpieza en el dormitorio de mi hijo mayor. Él se ha ido. Ésta noche entré dos veces a mirar su dormitorio, porque, hay momentos en que me gusta saber que todo lo que posee está en ese lugar. Por las fotos, por las colecciones, los libros, los apuntes olvidados, las zapatillas, la ropa sin recoger... Hoy él se fue, por una semana, para aprender a vivir solo, ya sabe, lo sabe bien, y sabe que, los fines de semana, cuando vuelve, tiene una bula especial de su madre, que es tán exigente que tiene que ser ella la que deje todo en orden, porque ella lo hace mejor que nadie... Buenas noches, a todas las madres que, esta noche habrán despedido a sus hijos durante una semana, habrán ordenado una habitación y esperarán al domingo próximo para volver a tener taquicardías, para volver a coger el Pronto y para extrañas al niño (o niña) que les enseñó el poder del Amor Materno....