11 abr. 2013

MENSAJE EN UNA BOTELLA... A PETICIÓN DE ENCARNI FERNANDEZ PARA SU BLOG BRISA DE VENUS.

Paseaba por la playa, despacio, mirando como los azules del mar y el cielo se fundían en una línea indefinida, tranquila, infinita... Llevaba una botella azul, de cristal, había contenido agua y él le preguntó si pensaba llevársela: "Sí, desde luego que sí". Se sentó en el muro, entre la puerta de La Caleta y el Castillo de Santa Catalina... Apenas una niña, hecha ya mujer en unas horas. Se volvía a su mundo, a su rutina, acompañada por el que ya era su marido, para siempre, según la Santa Madre Iglesia, según la ley de Dios. Escudriñó a lo lejos, tenía un pequeño bloc de notas, siempre iba con ella. Arrancó una y le miró a él, lejos, mirando como algunos pescadores colocaban sus cañas... Deseaba volver, allí mismo, a aquella puesta de sol de primavera. Volver un día, lejano, cuando ya no fuera tan niña y fuera más mujer. Cuando los tiempos hubieran marcado sus horas y las arrugas su piel, y sentir lo mismo, la misma extraña sensación de la primera vez, de los besos novatos y las caricias llenas de premura. Y comenzó a emborronar aquella hoja en blanco, aquella vida por escribir, llenándola de deseos, de sentimientos, de lágrimas de felicidad y de anhelos: "...quiero volver...quiero ver el Falla, y pasear por la Victoria...quiero perderme en la Viña, saber que la cúpula de la catedral seguirá brillando al atardecer...quiero sentir que el vello se me eriza cuando me besa...quiero mirarle y saber que la ley de Dios sigue intacta... quiero pasear de su mano y sentirme tan segura como ahora.... ¡quiero ser igual de feliz que lo soy ahora!... quiero recuperar este mensaje dentro de muchos años... quiero ser brisa y ser bruma, y ser gaviota y ser barca... un castillo de arena y el son de una habanera en la Plaza de Mina... quiero ser luz gaditana, viento del Atlántico, música de Falla y el eco del sonido del bombo de Paco Alba... ¡y quiero vivir bravura de un mar valiente y fuerte!"... Una niña que guardó aquel mensaje en aquella botella, con algunas gotas de agua dentro, y la lanzó en la playa de la Caleta, y se volvió para mirarle: seguía observando a los pescadores, pero hubo un segundo, un leve instante, esos pequeños espacios incalificables en que él se volvió, le sonrió y agitó su mano.... Ella le devolvió el saludo sonriendo, aunque él no podía ver su sonrisa; miró al mar y apretó la botella con su mano joven, tersa, limpia y fuerte... Y solo bastó un vaivén, lento, enérgico, la vió voltear en el aire, dar pequeñas vueltas retando a la gravedad para caer, entre espuma, y quedarse flotando, a muchos metros... Le parecía imposible que hubiera cogído aquella distancia. Solo veía su cuello azul, una mota marino entre azules varios e inmensos, brillando cuando el sol, risueño, colocaba uno de sus rayos sobre ella. Allá iba su botella, su mensaje, sus deseos... Allá iba la felicidad de su niñez perdida y su madurez recién adquirida. Se iba mar adentro su virginidad, sus besos, sus ansias, sus reparos y sus miedos... Y algún día, sonrió, algún día el mar se los devolvería, porque las olas, aquellas que le cantaban una canción eterna, se lo estaban prometiendo en una cadena de inconexas palabras marinas...

Dibujó unas letras con el palito del helado, volvió a levantar la vista, un grupo de jóvenes invadía acústicamente el espacio, se dejaba mecer por los sones de tambores, les miró y les sonrió, jóvenes todos, la playa eterna, el agua inmortal bañándole los pies, las sandalias un poco más atrás, debajo de la escalera de hierro, olvidadas, dejando sus pies descalzos a la libertad de la arena. Fría el agua atlántica, cruel el viento que le azotaba el rostro y deshacía el peinado... Él al fondo, hablanco con aquellos hombres curtidos, embravecidos como las aguas que les mecieron en barcos ajenos, ganándose el pan con los callos de sus manos, las fuerzas de sus brazos y su capacidad para luchar. Sonrió. Como veinticinco años antes... Cuando él le propuso volver a Cádiz se enfadó un poco, se desilusionó... Hubiera preferido otro destino, más moderno, más lejano... Ahora se lo podían permitir. Pero él quería volver. Y ella sabía que para él era importante... Se preguntó en dónde estaría su botella. Aquella que había olvidado durante veinticinco años, pero que ahora, frente al mar, en el mismo sitio, justo allí, desde el que fue lanzada, le venía a la memoria... Habían pasado veinticinco años, había vuelto, había cumplido aquellos sueños, o no, quizás no todos, pero sí los básicos... Él seguía en su vida, tranquilo, regalándole amaneceres serenos, sin grandes retos, sin grandes estrepitos, soportando su malhumor, su genio y sus días malos... Su botella azul, con su mensaje dentro. Lejos, perdida en aquella masa de agua sin fin... Cerró los ojos, se dejó invadir por los sones de los tambores, escuchó a las gaviotas y a las olas, todo unido en una sinfonía eterna de Carnaval y duende.... No supo cómo, pero de repente, sintió el tacto frío en sus pies, tacto de cristal. Tuvo miedo. Todos tenemos miedo a lo que no podemos entender, ni controlar, a lo desconocido, al pasado y al futuro... Uno de sus dedos rozó aquel objeto, aún sin mirar, todavía con los ojos cerrados y la mente intentando controlar las emociones... Era su botella... Ahora sí, sonrió, la negrura del espíritu, los ojos cerrados, la mueca de sus labios, tranquila, estaba allí, había vuelto... Habían vuelto las dos... Bajó la vista, le miró a él, lejos, como aquel día... Recogió el pequeño objeto, azul, cristal sucio, mojado, con un papel dentro, sabía lo que estaba escrito... Y sintió las lágrimas corriéndole despacio, saladas como el agua del mar... Había vuelto, porque ella así lo pidió entonces. Estuvo a punto de no hacerlo, olvidó aquellas palabras, pero, como siempre, el destino decide, él pone los tiempos, las normas y las formas. Leyó una a una aquellas letras escritas veinticinco años antes, por aquella niña que, dentro de ella, corría por una playa y gritaba "¡No me cojerás!" al chico que ahora miraba a los pescadores... Se cruzaron aquellas miradas, aquellas sonrisas. Él reparó en la botella, la volvió a mirar, gesto incierto e inseguro... Ella agitó la hoja de papel en el aire, dio unos saltitos sobre la arena... Había retrocedido en el tiempo, viajado al pasado y descubierto que, su destino había estado unido a una cúpula dorada, a una cúpula oval, a un mar embravecido y a unas gaviotas lastimeras... Releyó emocionada. Él comenzó a acercarse cuando, ella, lentamente, comenzó a romper aquel mensaje, aquella hoja que, fiel a su cita, había regresado... Había cumplido, le había recordado que, un tiempo antes, unos años antes, ella deseó volver.... Y había vuelto. Ya no tenía sentido seguir en el mar, ya había terminado su cometido, le tocaba ser aire y ser bruma... Él llegó a su altura, ella le abrió la mano, colocó aquellos trozos sobre su palma y la cerró. Le miró despacio, tranquila, con el rostro lleno de arrugas y de vida, con la misma sonrisa de la niña que se estaba yendo, playa arriba... Le besó suave, ¡tanto recorrido!... "La botella quería que volviera, y he vuelto, ya podemos irnos"...