12 abr. 2013

VA POR ELLOS... (a la buena gente).

Tengo una cuenta pendiente, un agradecimiento a la gente que, estos días nos hemos encontrado. Prometí a José Luis que escribiría sobre él, sobre su gesto generoso, y así lo hago. Cuando llegas a un lugar piensas que todo el mundo, en todos los lugares, es igual. No. Yo he viajado poco, pero he vivido mucho. He viajado al norte, al centro, al este y al oeste. Soy andaluza. Pero desde luego que, como la gente que nos hemos encontrado en Cádiz no me había tropezado nunca. Comenzamos con José Luis, un gaditano de raza que, viéndonos un poco perdidos se subió al coche, nos indicó el lugar exacto al que teniamos que ir. Nos acompañó, nos hizó reír, nos deleitó con su vocablo especial, ese de "cuxha pisha" y me hizo comprender porque Cádiz emana arte por cada poro. Yo que soy de la tierra de la malafollá, que nuestro acento es seco, que tenemos respuestas cortantes y chocantes. Que somos serios, Granada en sí misma. Entiendo porqué la fama gaditana, porque después de José Luis vinieron muchos otros, incluido ese camarero que, chiste espontáneo en ristre, nos narraba las manifestaciones frente al Ayuntamiento, las dos señoras que en el Barrio de la Viña nos preguntaban si estabamos perdidos con ese tono familiar y entrañable, con sus carritos de la compra y sus bromas, ya mayores, pero guapas andaluzas. Al señor que en Jerez, cuando todo se nos antojaba un laberinto, nos dijo "Seguidme" y nos guió hasta el punto exacto de salida. A la camarera del bar cerca de la Plaza de Mina, que nos contaba cómo sufrían los clientes por el Málaga, con la que bromeé, granaina y gaditana, sabiendo de los giros, de los tonos y los "dejes" propios. Aires complementarios, riéndonos ella y yo con las mismas bromas, carácter abierto, andaluzas lozanas en el final de los cuarenta, sabiendo de crisis, contándolas con gracia, aunque sufriendo por el hombre que, tumbado en un banco, tapado como podía, se disponía a pasar una noche húmeda. Cádiz azotada más que ninguna por el paro, astilleros inertes, pescadores mirando al mar, sin un barco en el que embarcar, tabacalera hundida en miseria increíble. Y sus gentes, las que se ponen a cantarte un fandango, las que te preguntan de dónde eres, y te confiesan que no han visto Granada, que Jaén es más pequeña que su Cádiz del alma, las personas que te invitan a visitarlas otra vez.
A la buena gente del sur, del mar, del viento, hijos de Hércules, hijos valerosos que lucharon por un país libre, que acogieron, que bramaron, que derramaron su sangre por su patria, la que ahora les ha dejado solos y parados, alejados de la gloria pasada, de sus barcos colmados de riqueza, de sus cantes. Cádiz que no para de sonreír, entre olor a sal y a pescaíto frito. Bares marginales, gente marginada y marginal, desestructurada pero afable. Gaditanos de bien y de pro, encargados de acoger leyes para hacer a un pueblo justicia, para hacer a los españoles iguales ante la ley.
Mi recuerdo hoy para ellos, para los que me sonrieron mientras me ponían un helado, un café, con los que bromeé sobre mil cosas, con los que compartí solo horas, pero que me enseñaron que, en Andalucía, ni siquiera en la misma región, todos somos iguales... Ellos son distintos, ellos son especiales, únicos y valiosos... Porque el día que Cádiz pierda su sonrisa, su bondad, su gallardía y su valentía, Andalucía habrá muerto....


UNA RESPUESTA INESPERADA...(pequeño relato).

Releyó despacio el correo impreso en la pantalla del ordenador, sus letras azules, sus perfectas frases, su sentido y su contenido. Sonreía sin saberlo. Nadie le había escrito una declaración de amor tan bonita, tan inesperada, tan serena, tan llena de sentimientos y tan a destiempo... Todo ya a destiempo, cuando pasa el viento y arrastra las hojas, y el sol se esconde tras montañas doradas. A destiempo como su edad y su cuerpo, ya solo pensando en cómo no morir, en cómo sobrevivir en un asfalto lleno de miserias humanas, físicas y emocionales. A destiempo porque ahora, lo que le urgía, era vivir y no morir en el intento. Pero releía aquel correo una y otra vez, y al hacerlo se le iba encogiendo, poco a poco, el corazón. Se le quedaba cada palabra grabada a fuego en la mente, en los ojos y en el alma. Se sentí plena, con ganas de llorar y de reír a un mismo tiempo. Pero sabía que ya no era el momento, que su momento había pasado. Se había quedado sumergido en noches en blanco, deseos agotados de desear, miradas perdidas en un punto infinito del horizonte. Y pulsó la opción de responder, suave, como si le tocara a él, como si fuera su mano la que apretara un poco más para llamar su atención sobre lo que quería decirle. Tenía que responderle, decirle que su cuerpo y su mente ya estaban agotadas, que el camino había sido largo, que pensó mil veces en huir pero no supo adónde, que no tenía fuerzas ya para luchar y que las pocas que tenía las necesitaba para respirar. Estaba cansada. Se le cayeron de golpe, encima, los cincuenta años, los días vividos, los tiempos perdidos y los muros escalados. Se le había desmoronado sobre su frágil cuerpo la madurez, la seguridad, la certeza y las verdades absolutas que había almacenado durante años. No podía vivir nada de lo que él, en un texto lleno de esa ternura olvidada, rescatada de un baúl oscuro y abandonado, le ofrecía. No podía ser porque no debía de ser. Enlazó sus dedos, unos con otros, volviendo las manos, como si en el gesto se preparara a morir lentamente entre la indiferencia diaria y los diarios vaivenes del mundo que la atosigaba. Y comenzó aquella respuesta, aquellas palabras que irían cargadas de lógica y razones para dejar de ser, dejar de pensar, dejar de vivir y dejar de amar:
"Yo también te quiero".

No supo decir más. Sus dedos habían decidido por ella, habían pensado por ella, habían hablado lo que el corazón, haciendo un acopio de locura y de demencia, había decidido hacer, sentir y crear. Crear un mundo, deshacer otros, desandar un camino, encontrar la bifurcación exacta para llegar al País de las Maravillas, un conejo que la guiára y la llevara hasta el lugar exacto de su partida...
"Enviar"... "Enviado"... Decidido y aceptado... Cincuenta años, después de todo, es solo una cifra, una edad del cuerpo, la que te recuerda un calendario y un carnet, pero en ninguno de los dos sitios se dice que sea una edad impropia e indebida para dar alas a un corazón deseoso de entregarse....