16 abr. 2013

CUANDO EL ORGULLO NOS HUNDE...

El orgullo, según la RAE es el exceso de estimación propia. O arrogancia. O autoestima. Totalmente de acuerdo. Con todo. Pero el orgullo puede ser nuestro peor enemigo, un enemigo mortal de necesidad cuando, ¡pobres mortales!, no sabemos administrarlo y sufrimos ataques agudos de una autoestima soberbia e inmanejable. Hay casos en los que, sin darnos cuenta, o dándonos, intentando dar una vuelta de tuerca más, rompemos la tuerca. Nos hacemos tan de rogar, nos creemos tan superiores, pensamos tanto en que superamos con creces al que tenemos enfrente que, ¡oh, sorpresa!, la tuerca se rompe en nuestras propias narices. Momentos hay en la vida en que, sabiendo que hicimos mal, que nos pudo el orgullo, que se nos desbordó la capacidad de administrarlo, esperamos a que sean otros los que recojan el suyo, los que se lo tragen y nos devuelvan el nuestro revestido de humillación ajena. Permitimos que sean otros los que pidan perdón, los que se arrastren, los que, habiendo nosotros simulado lanzar un puente, sean los demás los que lo crucen, y cortamos las cuerdas cuando están en mitad del precipicio colgando sobre unas débiles maderas que, nuestro mal alimentado ego, ha colocado, para hacer creer que les ayudaríamos a cruzar. El ser humano es el animal más cruel que existe, porque, conociendo los sentimientos, teniendo la palabra, comunicándose y siendo capaz de catalogar sus emociones, de dejarlas salir, de reconocer errores y aceptar la mano que se le tiende, es el único ser vivo capaz de destrozarse la vida, sin saberlo, sin meditarlo y sin pretenderlo. Simplemente por no saber acallar su orgullo, es decir, su exceso de estimación propia. Cuando una persona es capaz de dejar que el orgullo le venza, que el orgullo maneje su vida, cuando es incapaz de ver más allá de sus narices, de valorar el paso ajeno dado, de no tener en cuenta la valentía ajena y de comprender que, para tener esa mano frente a él otra persona ha tenido que anular su autoestima, no merece esa mano, no merece el esfuerzo y no merece a la persona que tiene frente a él.
Me refiero, claro está, al paso dado con sinceridad. Por acercar posturas, por resolver dudas, no a esos pasos que, simulando ser sinceros, solo esconden el deseo de que otro se humille, sabiendo perfectamente el daño realizado, el daño infligido. El estado febril al que nos lleva un sentido exacerbado de la propia autoestima es mucho más agotador para el orgulloso que para el que decide abdicar en su conciencia y dar un paso al frente. Porque ese sentido prepotente y desleal con nosotros mismos nos lleva a quedarnos solos, tendemos a culpar al mundo mundial de todo, no reconocemos los errores, damos explicaciones a los demás intentando encontrar en su beneplácito el que no encontramos cuando la sinceridad nos invade. Intentamos refugiarnos en unas palabras de apoyo, a veces falso, para comprobar que somos omnipotentes, que llevamos la razón absoluta, sin prestar atención a quiénes nos están dando la razón, a  quiénes están alentando aún más nuestro ego supremo y superior. Somos injustos. Con nosotros, con los  demás, con los que culpamos, con los que nos escuchan, con los que nos alientan. Somos injustos porque, la justicia, la realidad, lo que nosotros sabemos, sólo lo sabemos nosotros. Y con nuestra actitud, no hacemos más que intentar perdonarnos a nosotros mismos a través de los demás, y eso, queridos, es imposible.
Todos sabemos lo que somos, lo que hemos creado, lo que hemos llegado a lanzar por nuestras fauces, deseosas de sangre y de afirmaciones compasivas. Nosotros somos nuestros jueces, no podemos hacer participes a nuestros semejantes de nuestras miserias, las mismas que nos negamos a comprender y aceptar. Somos fatuos, somos indignos y somos irrisorios. Damos la oportunidad de juicios ajenos a quienes hacemos participes de nuestro exceso de estimación propia.
Lo peor del orgullo mal entendido es que, por desgracia, hacemos creer culpable a quien se venció a sí mismo, a quien renunció a su propia autoestima, a su propia dignidad tan solo para hacernos ver nuestro error. Lo peor del orgulloso es que, por no entender que un paso al frente sólo lo dan los valientes, se deja morir en una soledad mental tremenda, se hace rodear de personas que, sin serlo, se convierten en sus bufones, esos que alimentan su ego y su orgullo, y al final, cuando el rey se retira moribundo y viejo, se da cuenta de que, aquella mano tendida, aquella sonrisa que rechazó, aquella sonrisa a la que humilló era sincera, era leal, era digna....
El orgullo justo para levantar la cabeza, para cerrar los ojos, para entonar un "mea culpa" de vez en cuando, para reconocer que nos equivocamos, que sentimos y padecemos. El orgullo noble de quien herido, decide no responder a provocaciones y a comentarios que han nacido del propio orgullo y de la necesidad de quedar victorioso, de quien no supo controlar sus tiempos, ni sus sentimientos, ni sus emociones. El orgullo vencido es la mejor terapia que nos podemos regalar, porque cuando reconocemos el fallo no nos hará falta culpar a otros, mezclar a otros en nuestras guerras propias e íntimas, y eso, amigos y amigas, es muy importante. Porque, en definitiva, el orgulloso sólo lucha contra él mismo... y casi nunca vence... buen día  para desechar los fuegos fatuos, las humillaciones pasadas, los elogios falsos y dar lugar a la sonrisa de una autoestima positiva y cordial...