19 abr. 2013

"LA BOFETADA"... (pequeño relato).

La chiquilla se escondió tras las faldas enlutadas de su abuela, tenía frente a ella la mano tendida de aquella tía cuasi perfecta en sus formas. Pero ella no quería coger aquellos dedos, no quería separarse de la abuela, la que dormía junto a ella, la que le contaba cuentos y le permitía comer galletas en la cama. Las galletas con sabor a canela, llenas de azúcar que, ella, sin miedo, mordisqueaba en aquellas noches que empezaban a ser frías. Se había quedado sola. Quince días antes, sus padres, los dos, se habían ido, habían preparado unas maletas, le habían llevado su ropa a la casa de los abuelos, le habían dado muchos besos y habían prometido volver pronto. Tenían que irse fuera, a trabajar, le había explicado su padre; te traeré una cartera nueva, le prometió. Y ella se había quedado sentada, con las rodillas abrazadas, mirando cómo preparaban la partida.
Y ahora se tenía que ir a aquella otra casa. La casa de su tía, porque su abuela, la misma que la abrazó mientras lloraba porque sus padres se habían ido, se había puesto un poco enferma, porque no podía dormir en medio del abuelo y de ella. Unos días, le había dicho, se había encorvado hacia ella, la había mirado con aquella sonrisa un tanto ajada ya, le había cogido las trenzas con suavidad y le había susurrado que, en dos días, ella volvería a dormir junto a ellos, escuchando los cuentos del abuelo, comiendo las galletas de canela y viendo entrar el sol por la pequeña ventana de aquella cámara-dormitorio llena de cuadros oscuros de santos y de historias increíbles. Y la niña cogió la mano tendida, aquella mano de una mujer cuasi perfecta y cruzó la pequeña puerta de madera, subiendo los dos escalones, que la arrancaban de su paraíso infantil.

Aquella mañana abrió los ojos, supo que se había dormido. No quería dormir. No podía dormir porque, si se dormía, olvidaría que tenía que pedir el pipí, olvidaría que tenía ganas, olvidaría que se le escaparía y volvería a mojar la cama. Pero olvidó todo eso porque, precisamente, se había dormido. Tocó las sábanas, su camisoncito rosa estaba mojado, notaba húmedas sus piernas, húmedas sus nalguitas graciosas, aquellas que sólo tenían cinco años de esplendor, un esplendor infantil y generoso; y su pequeña boca, la que su abuelo querido le decía que era como un piñoncito, se torció en un puchero lastimero, no podía llorar, no quería llorar y no debía llorar. Si lo hacía, aquella mujer cuasi perfecta a la que ella llamaba tita, entraría en la habitación y le reñiría, y descubriría que había mojado la cama, que se había dormido y se había olvidado de sus obligaciones. Se hundió entre las sábanas mojadas buscando un hueco que no estuviera húmedo, intentando pensar que el día pasaría en unos parpadeos de sus grandes ojos oscuros, cerrando sus pestañas y pensando en su madre. El rostro benévolo de aquella madre que, cuando aquello sucedía la acariciaba, le daba un beso en la frente y le recordaba que no pasaba nada, pero que ya tenía edad para ir despertando en la noche. La veía luego cambiarle las sábanas, sacar de debajo el hule, mullir el colchón y colocar unas sábanas limpias que olían a jabón casero... Se estremeció por un escalofrío al escuchar el chirriar de la puerta y apretó más los ojos, pero aquella voz que intentaba, sin conseguirlo, ser bondadosa, se le iba colando por los pequeños poros de su infantil piel.

Y el grito sonó, sin esperarlo, al destaparla, al comprobar, al mirar y tocar, al palpar su camisoncito rosa, el que su madre le había comprado y que le dio la noche de su cumpleaños, unos días antes de irse, de alejarse y llevarse a su padre, los dos, dejándola sola delante de la furia, de la ira, de un pelo cardado y enlacado, de unos ojos furiosos y una mano que tiró de ella y la colocó en el suelo, descalza, mojada, sabiendo que, si continuaba gritando aquella mujer cuasi perfecta, volvería a hacerse pis, la orina resbalaría por sus piernas, formaría un charco en el suelo, y la cabeza que sostenía aquel peinado imposible, le gritaría mucho más... Tenía miedo, escuchaba palabras que no comprendía, tenía cinco miserables años, no comprendía qué era ser una inútil, una desobediente, una niña insulsa, no sabía por qué tendrían que castigarla sin comer, tendrían que darle azotes, tendrían que dejarla sola en una habitación. Escuchaba todo, pero su pequeña mente no alcanzaba a comprender el sentido de lo que oía... Los ojos claros se clavaron en los suyos color chocolate, chocolate caliente, como el que le hacía su madre, derritiendo aquellas onzas gruesas y grasientas; unas garras de uñas afiladas se le hincaron en los hombros y una ira terrible la sacudió, las trenzas, deshechas por el sueño se movían arrítmicamente, tenía ganas de hacer pis, ganas de llorar, ganas de ver a su madre, a su abuela, la que le permitía comer galletas con sabor a canela, la que la levantaba en mitad de la noche y bajaba sus braguitas, y con paciencia esperaba, mientras sus ojos se iban cerrando al vaciar su pequeña vejiga... Y entonces se atrevió a hablar, tartamudeando, la barbilla temblorosa, tembloroso todo el cuerpo... "Me estás haciendo daño, tita"... No dijo nada más, el llanto ya le corría por aquellas mejillas sonrosadas y suaves, le mojaba la boca y caía a sus pies descalzos, sintiendo la frialdad del suelo... "Me haces daño en los hombros"...

La mano le cruzó la cara, demasiada mano para tan poca mejilla, demasiada fuerza para los cinco años descalzos que sostenían un cuerpo pequeño que pertenecía a un rostro de ángel con ojos color chocolate... La niña volteó la cabeza, sus trenzas desordenadas moviéndose en un cruel movimiento, recuperando la posición firme del principio, escuchando las mismas palabras incomprensibles, quedando su mirada turbia frente a los ojos claros poseedores del peinado horrible que se había descolocado por el esfuerzo del golpe... "No vuelvas a hablar nunca hasta que se te pregunte"...
                         
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Clara miró a lo lejos, era primavera, apretó la carta entre sus manos, arrugándola a conciencia, porque apretaba aquel corazón frío que le golpeó la cara cuando sus años sólo se contaban con los dedos de una mano. Respiró hondo, sintió el frío de las baldosas del suelo, como aquella mañana de principios de octubre, pero ya no tenía ganas de llorar, ninguna trenza se había movido, ninguna lágrima se había caído al suelo, estaban todas dentro porque, después de mucho vivido y todo llorado, había decidido que no iba a llorar más por quién un día le ordenó callar... No iba a llorar ni iba a callar, ya no, ya tenía la vida preparada para abrir la cama, retirar las sábanas, comprobar que estaban mojadas, reconocer que, a sus cinco años, se había hecho pipí, y preguntar, tranquilamente "Tita, ¿porqué me pegas?"....