24 abr. 2013

SE ROMPIÓ EL HILO... (relato corto).

Le había enviado un sms al salir de la reunión, le decía que iba para el hotel y al cerrar el teléfono sonrió, pensó en una ducha juntos, en un recibimiento con champán, en eso había quedado él, ella le había pedido unas gominolas. Él dijo que las llevaría... Cerró los ojos, al abrirlos miró a través de la ventanilla del taxi. Llovía. Tanta lluvia la estaba aturdiendo. Estaba cansada, pero incluso con el cansancio era capaz de imaginar mil escenas. Era su noche. Había disfrutado en aquella cena de negocios, charlado con colegas y brindado con alguna que otra amiga, la mente puesta en el deseo de irse, de desaparecer, disfrutar de aquella cama enorme, la misma que había fotografiado, la que le había enviado a través del móvil, la que él elogió y con la que bromeó sobre lo que podría pasar. Los adoquines de las calles del casco antiguo hacían que el taxi vibrara, y ella seguía sonriendo. Veía pasar fugazmente los semáforos en verde, apenas si había tráfico a aquella hora de la noche. Respiró profundo, silencio en el interior del coche. No quería dar conversación al joven taxista. La sorpresa la invadió cuando, de repente, el taxi frenó. Había llegado. Recogió su maletín beis y su bolso, una bolsa roja con algunos regalos, pagó: cuatro euros rebuscados entre las monedas despistadas en el fondo de la cartera...
La recepción del hotel aparecía solitaria, al fondo una chica embutida en un chaleco rojo con el logo del hotel miraba el ordenador, la música suave se le iba colando por los ojos y los oídos; saludó desde la zona de los ascensores con un "buenas noches" suave y lento. La respuesta una sonrisa digna de un anuncio de dentífrico. El ascensor panorámico le dio la oportunidad de soñar desde la altura, mirar las luces en penumbra de un espacio precioso y preciso. Se miró en el espejo y volvió a sonreír. Lo hizo durante el corto trayecto hasta la habitación. Ilusionada. Colando en la ranura aquella tarjeta, llave artificial, sin forma de llave, sin material de llave, sin funciones de llave... Dentro las luces apagadas, silencio, el televisor con el encendido, como ella lo dejó unas horas antes. Una extraña sensación de abandono la invadió; dejó caer el maletín, la bolsa roja y el bolso en el suelo. Dijo su nombre varias veces "Raúl", pero no había respuesta... Creyó que era broma, el sms de él le advertía de que estaba llegando al hotel, pero allí no había nadie... no estaba él, no estaba el mundo, no estaba su ilusión... no estaba su sonrisa, la misma que la acompañó durante el trayecto... Allí estaba ella, abriendo la puerta del baño, precioso, con su jacuzzi y su espejo estupendo, el que le devolvía una imagen solitaria, un rostro cansado. Al que se acercó despacio, como quien se acerca a un juez. Repasó su rostro, sus manos apoyadas en el lavabo. No quería pensar, no podía pensar... Sabía que continuaba con su amiga, la misma con la que había quedado mientras duraba su reunión... A ella no le había importado, después de todo ella sabía lo que era su relación y él también... Le importaba la indiferencia, el desorden mental del que estaba siendo objeto... Pensó en su edad,  pensó en la de él, el espejo le decía que sí con gestos, con luces que le herían el corazón. Se desnudó con lentitud y rabia y dolor de mujer herida, y desolación y tristeza. Abrió el grifo de la bañera, encendió el televisor para escuchar ruido, voces, palabras, murmullos que la acompañaran... Ese no fue el trato... El trato era que él la esperaría. Ella lo valía, se lo merecía, había sido apoyo y bastón para él, madre y amiga... Había sido sexo virtual y sexo directo. Ella se merecía una espera, con una copa de champán, con unas golosinas, porque él lo había decidido.... Le había sentado bien el baño. La puerta de la habitación se abrió. Escuchó el ruido rodeando su cuerpo con una toalla, recogiéndose el pelo y limpia la cara. Le vio de repente, en el reflejo del espejo, sonriendo, ninguna alusión a la tardanza. Las palabras de ella intentando ser pausadas. No iba a recriminar nada. No tenía edad ni razones para hacerlo. Él era libre...
Hicieron el amor, tranquilos, siempre lo hacían tranquilos. Charlaron de la vida, de sus vaivenes, de sus decepciones, él rodeando sus hombros, ella rozándole con una uña... Como siempre, nada había cambiado... O tal vez sí, el zumbido de aquella voz, la misma que le decía que, aquella noche era la última, que no habría más, que todo había terminado porque, sin él saberlo, aquella amiga que había compartido la espera junto a él, les acababa de robar el tiempo ido y el venidero... Se lo acababa de llevar para siempre. Nunca más ya. Y Maica lo sabía. Lo supo cuando abrió la puerta y se tropezó con su soledad. Cuando el espejo le recordó su edad. Cuando él llegó sin champán y sin gominolas... Pero siguió mirándole, escuchándole, como si todo fuera a ser siempre, como si fuera a ser eterno, sin aceptar que, uno de los cabos del hilo estaba sobre la cama y el otro se había caído al suelo; el hilo que los unía se había roto para siempre... Después de hacer el amor, después de un beso largo, después de una charla intensa y profunda... Después de todo el hilo se había roto...

Buscó su número en los contactos del móvil... Muchos días sin saber de él, pensaba que no debía de hacerlo, no debía de intentar recuperar el tiempo que se fue. Él no quería, se lo estaba dejando claro con su silencio. No quería aceptar que se iba de su vida, que ya se había ido... Decidió saludarle, preguntarle por un sencillo whatssapp cómo estaba, cómo le iba, qué era de su vida... Una conversación de amigos que lo eran, un diálogo de amantes que lo fueron... Esperó unos minutos, leyó aquella respuesta, sin matices, sin sorpresas, sin puertas para abrir, sin escaleras para subir: "Tengo teléfono, luego te digo".... Maica sonrió... miró hacia afuera, la mesa desordenada le recordó que él había escogido, decidido y aparcado. Ahora tenía un trabajo porque, aquella chica, aquella amiga que se lo robó para siempre un mes atrás, le había ofrecido todo, trabajo y sexo, charlas y risas, ilusiones y sueños... Una chica joven para tener metas jóvenes... De repente, las palabras dichas, las frases creadas para ella, dejaron de ser y dejaron de estar... Habían pasado doce días desde aquel saludo. La primavera había estallado fuera. Tomó un sorbo de café, miró la mesa y dos lágrimas le corrieron discretas por la cara... Su vida seguía, la de él también, después de todo ambos sabían que, algún día, la vida les devolvería a la realidad de la rutina, simplemente se trataba de aprender a vivir sin su presencia...

Ha sabido envejecer, ella siempre dice que los años le han regalado el rictus de la sonrisa madura... Hoy abrió el facebook, hacía tiempo que no lo hacía, desde unas semanas atrás, una noche en la que cambió su foto de perfil, se ha encontrado varios mensajes privados. Miró el listado. Lo vio. Dos años después, después de aquella última noche, después de aquel último whatsapp, después de aquella última excusa... Ha sonreído con pena y una espina traidora le ha pinchado en la garganta. Su comentario corto, sus palabras justas, como siempre fueron. Sus recuerdos, los de ella, en un coche camino de un hotel con risas despreocupadas, un desayuno con churros, la visita a un pequeño apartamento en el que hicieron el amor en el sofá... ha sonreído con la pena de lo que no vuelve. "Estás muy guapa en la foto de perfil". Ha bicheado su cuenta, ha bicheado a aquella amiga, la de él, la que ahora se fotografiaba libremente con otro señor, con otro hombre. Ha comprobado que se ha quedado sin trabajo y sin amiga, sin valedora, ha comprobado que ya no siente hormigas recorrer sus  piernas como cuando pensaba en que iba a verlo, ha comprobado que el tiempo, casi siempre, no cubre de olvido, pero sí regala la certeza del valor y del amor propio, del respeto hacia uno mismo. Ha cerrado el ordenador, ha buscado un contacto en el móvil, una voz jovial y varonil le ha preguntado si está bien, ella ha sonreído, "Sí, Julio, sólo llamé para decirte que te quiero", la vida repara heridas, regala días, el tiempo, justiciero a veces, no pasa para todos igual...


Foto de Angel del Moral Gómez.-