26 abr. 2013

VAMONOS DE TIENDAS...(el placer que no lo es tanto).

Reconozco que, para ser mujer, tengo una tara que suele ser muy poco usual entre mi género: no me gusta ir de compras, no me gusta patear tiendas, ni probarme ropa, ni salir cargada de bolsas. Sé que no es muy normal, soy consciente de mi tara, pero también soy consciente de que, con el cambio de temporada, la necesidad manda. Toca revisar armario, repasar agenda, confirmar eventos elegantes y familiares, de esos en los que, sin que tú te des cuenta (o eso cree el personal asistente) te repasan desde los pendientes hasta el lazo de los zapatos y, por consiguiente, tienes que ir hecha un brazo de mar, hecho que conlleva, la mayoría de las veces, ir incómoda. Confieso que, muy a mi pesar, he sido siempre anti revistas de moda, de modelaje y de tendencias. Confieso que nunca me terminé un artículo de Telva, referido al último grito en lo tocante a tejidos. Y confieso que, para nada, me siento culpable... Hoy repasaba esta fobia mía, intentaba enmarcarla en mis años, ubicar su aparición con mi tonelaje actual, pero, casi por sorpresa, me vi en la misma situación indiferente a los diecinueve, cuando mi cuerpo se embutía perfectamente en una talla treinta y ocho y odiaba acompañar a mis amigas a la Meca de los Pantalones, aquel paraíso de vaqueros varios, que estaba situada, o eso creo, en la calle Mesones, granaina calle de tiendas por doquier. Y tampoco conseguí superar el trauma de tener que probarme ropa cuando, hace tres años, pesaba doce kilos menos. Así que, llegados a este punto, me consolé en mi deambular en busca de tiendas, pensando que es algo innato, que nació conmigo y conmigo morirá...
Hay una razón de peso para comprar en las tiendas de siempre; perdón, hay varias razones de peso, del mío, precisamente, la primera que, cuando entro en mi tienda desde hace más de veinte años, la dueña, la dependienta (que me conoce a mí y a mis toneladas) no me mira de arriba a abajo, y me dice eso de "No sé si tendremos tallas para usted" (y puedo asegurar que esta frase, no solo a mí, se suele decir en algunas tiendas light), mi dependienta sabe que talla uso, la supo siempre, sabe cuales son mis defectos, mis gustos, mi rapidez para escoger (esto último lo hago en cuestión de diez minutos), y sabe que, a lo largo de todos los años, en que los espejos de sus probadores me han devuelto mi figura tipo modelo de Rubens, mis mollitas han ido cambiando de sitio. Me gusta charlar con ella, bromear sobre mi figura, esa rotunda y concreta, la que abarca más de lo debido, la que se ha adueñado de mi cintura y me ha dejado sin sentido de lo erótico. Ir de compras. Ese acto lleno de liturgías, lleno de mitos, de momentos alegres, de diversión delante de un espejo. Yo, con permiso, es que me divierto mucho más con otros actos. No me gusta, encuentro comprarse ropa una obligación y no un placer, y es que no soy yo muy de saber conjuntar.

Y esta tarde tocó ir de compras, reemplazar algun vestido (que me gustan poco o nada), probarse, (lo mínimo posible, por favor), sin cansarme demasiado, con tres tengo bastante, y si el primero me convence, los dos restantes me sobran. Salir de compras, el placer que en ocasiones no es tal. Sé que soy la excepción que confirma la regla. Pero eso tiene una ventaja: puedo salir de compras, tranquilamente, con mi cónyuge, porque él jamás se cansará de patear tiendas, tendremos tiempo de sentarnos a tomarnos una cerveza, de charlar y de pasear, después de todo, un vestido, con un poco de gusto por la discreción, sabiendo que estás mal construida y estructurada, se escoge ràpido, se trata de aceptar que, un color no te va a quitar dos kilos, un diseño no te va a devolver la firmeza de unas nalgas y un largo de falda no tiene el poder de reconstruir tus rodillas, una vez comprendido esto, comprarse un vestido es tan sencillo como mirarse en el espejo, sonreír, repetir eso de "Estoy gorda" para escuchar, como consuelo, que "Estás metida en carnes", frase que ya, hace años, me decía mi abuela. Sonrisa puesta para saber que no estoy metida en carnes, estoy nadando en carnes, que es distinto, pero placentero, a fin de cuentas mis piernas me sostienen, mis pies caminan, mi boca sonríe, mis ojos brillan y mi ilusión por vivir está intacta... La próxima vez, como penitencia por ser tan conformista, prometo rematar un artículo de Telva sobre tendencias y complementos....

DESPUES DE TODO... (relato corto)

Era su último intento, se lo juraba mientras, serena, se pintaba los labios frente al espejo. Había quedado en que nunca más; sería una cita tranquila, el tiempo justo para, con toda la serenidad del mundo decirle adiós, decirle lo que, sin rencor, había ido acumulando año tras año, día tras día. Cuando le llamó estaba nerviosa. Ya no. Los nervios se habían alojado, sin proponérselo, en una esquina perdida de alguna calle de su cerebro. Su mente imaginaba mil charlas, miles de palabras, sencillas, escuetas, sin pretender cambiar una situación penosa y desastrosa, la misma que los había ido hundiendo lentamente. No sabía cuándo, ni dónde, ni en qué momento se había decepcionado, cuál había sido el gesto que la hizo abrir los ojos, cerrar los labios y enclaustrar sus sentimientos en una jaula invisible de un corazón cansado. Nadie sabe cómo ocurre. Solo se sabe que pasa. Que la vida se detiene en un segundo, que los ojos ya no hablan ni los labios incitan. Sólo se sabe que la voz no dice y las manos no tocan. Ya no ríen las caricias, ni se estremece la piel al imaginar un beso. Ya no es... Nada... Después de los silencios compartidos y hablados, los que cuentan sin contar, y aman con tan solo un suspiro, dejan de serlo... Imaginaba un momento preciso, el que rompiera la decepción, lo veía acercarse a ella, susurrarle que la amaba, que no podía vivir sin saber que respiraban el mismo aire, y entonces ella recogería velas, guardaría las perfectas frases ensayadas y le besaría... ¡Imaginaba tanto que le dolían los poros de su piel!... Quiso creer en los milagros, los mismos que existen cuando Dios existe, pero en su mundo Dios se había ido, la había dejado sola frente a él y su soberbia, frente a sus gestos de actor trasnochado y trasnochada obra... Aspavientos llenos de orgullo mal entendido, mal medido... Lo veía pasear la habitación, mirarla riéndose, aquella mueca inhumana y amoral que la perdía en bosques oscuros llenos de fantasmas del pasado, los mismos gestos de siempre, oídos cerrados incapaces de escuchar, labios que no se abrirían para declarar lo que sentía... La inestabilidad emocional, la que nos lleva a creernos que somos poderosos, la inseguridad en nosotros mismos disimulada en barbillas levantadas, desafiantes, sin conocer el poder del retroceso dulce que nos daría la posibilidad de comenzar de nuevo... ¡Todo se pierde!, todo lo estaba perdiendo... Ella sentada, mirándole como al animal acorralado que era, escorpión dispuesto a inocularse su propio veneno... Moriría antes de reconocer que la amaba, que le dolía el alma y le pesaba la vida... ¡Eso nunca! ¡los hombres no suplican!... Y ella desgranaba, una tras otra, como las cuentas de un rosario, cada espina clavada en el transcurso de su Vía Crucis, el que vivió junto a él, rodilla en tierra siempre, intentando levantar una Cruz que ya no quería ser levantada más...
Se levantó tranquila, él le mostraba su espalda, había escuchado, ella sabía que lo había hecho, que cuando saliera por la puerta él cerraría los ojos y lloraría, pero aquel consuelo no la consolaba, porque ella no lo vería. Recogió su bolso, sonreía, aunque él no pudiera verla. Él escuchó el sonido de los tacones, se alejaban. Se iba. Un segundo, una milésima de segundo. El silencio. Seguía mirando hacia afuera, hacia la calle. Sabía que ella se iba, que abriría aquella puerta, la que podría ver con solo girarse, la puerta en la que ella se había detenido, sin abrirla, dejando todo el espacio sumido en un silencio cruel y completo... Y escuchó la frase, la que no quería, la que no debía de ser pronunciada, la que le acompañaría por siempre, la voz suave y queda de quien se va para no volver sabiendo que se va: "Después de todo, sólo vine a decirte que te quiero"...