2 may. 2013

AGUSTIN FERNANDEZ LOPEZ... (mi desconocido abuelo)

Se llamaba Agustín, todos le conocían como Antonio, esa costumbre rural de asociar al hijo con el padre, no comprender que, el hijo se podía llamar de otra forma. Agustín era mi abuelo, el real, el de sangre, al que no conocí, al que mi madre tampoco conoció. El abuelo que me fue robado por una lucha incomprensible y absurda que se llevó, en su absurda tozudez, las vidas de muchos abuelos, de muchos padres y de muchos hijos.
Le conocí a través de las palabras de mi abuela, le conocí porque, como curiosa niña que era, yo quería saber. Quería saber porqué yo llamaba a mi abuelo putativo "abuelo", pero mi madre no le decía "papá". Quería saber por qué mi madre tenía hermanos y primos, y todos vivían juntos, pero yo tenía solo primos, iguales todos. Y mi abuela, con paciencia, con aquel abuelo putativo sonriendo mientras hablaba, me contaba historias sobre mis genes, sobre la herencia que corría por mis venas, pero que nunca compartió mis juegos, ni mis noches, ni mis ilusiones. Mi abuelo Antonio (Agustín) que no sabía de guerras, ni de ideas, ni de enfrentamientos; que se ganaba la vida con humildad y honradez, en el campo. Que vivió en la casa que es ahora de mis padres, en la casa mía, en donde yo, niña imaginativa, le veía deambular antes de derribarla, antes de recrearla de nuevo. Jamás pretendí entender el odio, ni los deseos de venganza, ni supe de juicios hacia gentes desconocidas, no me enseñaron a odiar. Mi abuela, cuando me veía enfadada, cuando le decía que yo quería ver a mi abuelo, me decía, como todas las abuelas, que estaba en el cielo.
Hoy sé que mi abuelo está en una fosa de Pozoblanco, una fosa con otros caídos, durante un bombardeo, en agosto de mil novecientos treinta y ocho. Mi madre tenía catorce meses. Mi tío cuatro años. La historia de mi abuela es una historia repetida en miles de rincones. Soy nieta de caído en guerra. No importa por cuál de los dos bandos. A mí, a estas alturas, lo único que me importa es que, mi madre, un bebé de catorce meses, se quedó sin padre, fue castigada a vivir años de miseria, solo porque, cuando hay que dialogar, cuando hay que cambiar, cuando hay que decidir sobre un futuro, se tomó el camino de las armas, se enfrentó a un país contra ese mismo país. Solo sé que yo no puedo pedir que exhumen el cadáver de mi abuelo, porque no está bien visto que se reclamen cuerpos, que cayeron en el bando que no corresponde a memoria histórica. Solo sé que mi abuelo estaba en el bando equivocado, porque él no ganó la guerra, él perdió la vida, y con él la perdió mi abuela, y con él se perdió la infancia de mi madre y la de mi tío. Y con él se llevó mis genes, los que llevo en mi sangre, los que son mi herencia.
Yo solo sé que, cuando miro una foto de mi abuelo Antonio (Agustín) aquel que debió de serlo, veo un hombre de menos de treinta años. ¡Treinta años!... ¿Cuánta vida te queda a partir de los treinta años?... Miles de rincones, miles de familias, miles de recuerdos... Toca ya no recordarles, porque, por desgracia, algunos cayeron en un bando equivocado, sin saber siquiera porqué luchaban, ni contra quién luchaban. Sabiendo solo que, allá, en su pueblo, habían dejado una familia, una mula, una casa humilde, lo necesario para, cada día, ver salir el sol, ir a trabajar, cobrar un pequeño salario y poder comer.
Jamás hice referencia a mi abuelo muerto. Pero creo que, es hora, casi con cincuenta años, que hable de su persona, de su ausencia, de lo que puede marcar, a una niña, saber que su abuelo murió porque, una bomba, estalló donde no debía. Mi abuelo nació tal día como mañana. Por esas coincidencias de la vida, mi sobrina, su biznieta, cumplirá mañana años. Hay veces en las que la vida te hace recordar, sin querer, que lo aleatorio puede convertirse en señal para no olvidar.
De mi abuelo me queda, guardado, un escapulario de la Virgen del Carmen, una foto en la que sonreía con apenas treinta años, y un parte de baja. Lo que mi abuela relegó en el fondo de un arca, metido todo entre las hojas de un Misal. Pero sé que, de mi abuelo, en mis venas, hay sangre, en mis genes está lo que me transmitió a través de mi madre, y sé que de mi abuelo, mientras viva, sin conocerle, estará siempre la memoria.
En homenaje a TODOS los que cayeron, porque españoles eran todos, porque cada cual tomó su suerte, unos escogiéndola, otros impuesta, y es hora ya de que, la memoria, sea igual para todos, sobre todo para los humildes que, sin saber adónde iban, jamás volvieron.