4 may. 2013

TODO ERAN ELLOS... (relato corto).



La miró dormida, la respiración serena, tranquila, alejada ya de la agitación de unos momentos antes, cuando se deshacía entre sus brazos y sus besos. Apartó las sábanas con sigilo y fue hasta la ventana. La penumbra recortaba su cuerpo desnudo, hermoso cuerpo de un hombre maduro, con la fuerza de los años y las vidas vividas, todas las vidas. Fuera llovía, una lluvia serena que le amargaba la saliva y le escocía en los ojos. Se iba en unas horas. Cerró los ojos y respiró profundamente. La amaba. Él lo sabía, sabía que iba a dejar atrás el mundo que deseó, nunca fue consciente de eso, la rapidez de los días, el vértigo por recorrer los tiempos y los espacios no le habían dejado opción para pensar. Ahora no quería pensar. Dos personas alejadas por el destino, o por ellos mismos, por voluntades ajenas. Escuchó su nombre, en voz baja, un susurro en una voz adormilada y suave. Se volvió sonriéndole, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no abrazarla y llorar escondido en su cuello, el mismo besado y recorrido durante toda la noche, aquella noche que se habían regalado. El tío duro que no lo era tanto. El que enmascaraba sus sentimientos en un malhumor cortante y molesto para otros, poniendo una muralla entre lo que sentía y lo que hacía.
Se acercó hasta la cama y besó su mano, la misma que le acariciaba y le consolaba. La mano que extrañaba cuando no la tenía. Mano ya que comenzaba a presentar la huella del tiempo, la madurez espléndida de ella. La belleza de los años recorridos, de los daños pasados y los tiempos lejanos. Todo en ella. La besó con rabia. Sabía que se iba. Tuvo deseos de morir entonces, de morirse entre sus brazos, entre aquellas sábanas llenas de ellos, en aquella habitación de hotel cara y recogida, confortable. Recordando la sonrisa de ella cuando abrió la puerta, cuando miró alrededor y le besó feliz. Sin pensar ninguno. No era el momento de pensar, era solo el momento de sentir, de aplacar el alma y hacer gemir al espíritu. Devorarse, porque tendrían que vivir mucho tiempo con aquel único alimento común y compartido. Las conversaciones tranquilas, ella apoyada la cabeza sobre la mano de él, escuchándole, riendo. Le gustaba como se reía, le contagiaba, echándo la cabeza hacia atrás, aquella risa feliz y juvenil, el sentido del humor de los dos, siempre acompasado.
Y el agua caía fuera. No le gustaba volar con lluvía, le ponía nervioso, le inquietaba. O tal vez, lo único que le inquietaba era pensar, pensar que, cuando anocheciera otra vez ella estaría en otra cama, con otro cuerpo a su lado, el que no era el suyo. Él estaría en una cama alejado de ella, girandose para recrear, en la pared de enfrente, el rostro que ahora le sonreía y la boca que ahora le besaba. Intentar parar el tiempo, parar el mundo, corregir errores, desafiar a gentes, renunciar a obligaciones y pasearse, tranquilamente, por aquel cuerpo que envejecía al mismo ritmo que lo hacía el suyo. Silencio. Los dos. Un silencio roto solo por el repiqueteo del agua fuera y las dos sonrisas, entregándoselas, diciendose todo con la mirada. Sin palabras. Desnudándo él su alma frente a ella "Tengo miedo, no quiero irme", las mismas palabras que le dijo aquella primera vez, en aquel sillón, sentada sobre sus rodillas, cuando miró el reloj y las agujas le indicaron que era el momento de la partida "No quiero irme", y las lágrimas serenas de ella, muriendo en la comisura de sus labios, labios tersos, todavía ahí no había llegado la edad. Boca joven y afresonada que él besaba y mordía con el dolor que da saber que no era suya, o sí, sí lo era, ella se lo repetía siempre y él la creía. Y el tiempo pasó, de nuevo, otra vez, entre sus cuerpos y sus venas, en los latidos de sus corazones y en el pulso de sus sienes, una vez más hasta agotarse, hasta sentir que se quedaban mezclados en la piel del otro, entre poros propios y respiraciones mezcladas, una sola respiración, un solo deseo, el mismo los dos. La vida intransigente que no te concede el derecho para rectificar, que te obliga y te empuja a que sigas a la manada, que sigas el cauce. Alea jacta est. Todo estaba hecho, todo estaba consumado, aceptado, comprendido y realizado. Todo estaba ya en sus ojos, sus cuerpos, sus manos y su mente. Todo eran ellos. Ellos eran el mundo y con eso les bastaba.


El avión permanecía inmóvil, esperándole, miró el reloj, miró el teléfono, recordó rápido las últimas palabras de ella, las que le dolían en el pecho y se hacían eco en la mente: "Alguna vez me gustaría saber lo que sientes por tus palabras, que hicieras frases lo que dicen tus ojos". Abrió el móvil, suspiró. El ruido del aeropuerto le molestaba, las gentes corrían de un lado a otro, quería decir aquello en silencio, el mismo silencio que, unas horas antes, había sido testigo de todo lo dicho, de todo lo amado y todo lo entregado. Comenzó a teclear, no necesitaba pensar, solo decir, solo soltar, en una frase, lo que sentía y le costaba tanto decir: "Te quiero más que a mi vida, me das la vida, me llevo la tuya, porque si te la dejo yo no podría vivir la mía". Y apretando los ojos se puso a llorar...