6 may. 2013

¡AY, ESOS TACONES!...(experiencias desde las alturas)

Me pregunto que sentirán los pies, esos que nos hacen caminar, que soportan nuestro peso y son arrastrados durante todo el tiempo que permanecemos en pie, cuando, encima, los martirizamos con los tacones. Mi experiencia hoy ha sido nefasta. Para olvidar. De esas veces en las que, sonriendo, saqué mis zapatos rojos, de raso, con un lazo divino, con un taconazo de vértigo, dignos zapatos fetichistas y especiales, sobre los que, ¡oh, Encarnita!, ibas a estar estupenda, porque mi metro y medio iba a alcanzar diez o quince centímetros más. Hasta ahí todo estupendo. Los zapatos, que ya habían sido estrenados y colocados hace un año, en dos ocasiones, fueron alojados en su caja, limpiados, guardados y relegados porque, sinceramente, un zapato así no se lo coloca nadie para ir a buscar el pan. Esperaban alguna ocasión especial, un evento familiar glamouroso, de esos que te pones maquillaje hasta en las axilas, porque toca deslumbrar al personal. Hasta ahí todo estupendo. Yo recuperé mis taconazos guapos, geniales, me coloqué mi vestido negro (por eso del contraste), mis medias (en estas fechas no estan las pieles como para lucir piernas) y, ¡por supuesto! mis zapatos rojos. Hasta ahí todo estupendo... Pero comenzaron los problemas... A los cinco minutos escasos de, como Cenicienta, haber introducido mi delicado pie (delicado no por las medidas y finura, sino porque, efectivamente, ya no goza de buena salud) estos, los dos, los dos pies quiero decir, comenzaron a quejarse. Todas las señoras sabemos como se quejan nuestros pies, comienzan con un pequeño dolor en un juanete, siguen con un pequeño dolor en ese dedo curvo que, de repente, es más curvo de lo que creías, repiten la queja con el dolor en una dureza nueva y así sucesivamente. Yo, que soy "cañera", decidí que no iban a poder los zapatos más que yo, recordé que el año pasado no me molestaron, pero claro, olvidé que, el año pasado, accedí a todos los eventos subida en coche, por lo que mis pasos sobre los andamios que son mis tacones, no fueron más de veinte, y eso contando mal... El suplicio comenzó cuando salí a la calle, caminé los primeros treinta metros, descubrí que, para llegar hasta la Iglesia me quedaban muchos más metros, calles con mal asfalto, y alguna un poco empinada, me quedaban escaleras que bajar, y mentalmente, como quien no quiere la cosa, lloraba profundamente, que eso es llorar mucho, aunque sea internamente... ¡Sin problemas!, como soy "cañera" silencié el llanto interno con una sonrisa externa, de esas mías, que dicen "Estoy contenta y feliz como una perdiz", besé a conocidos, saludé a mi familia, porque, no sé cómo, pero conseguí llegar hasta la puerta de la Iglesia sana y salva, eso sí, maldiciendo en montejiqueño, que es algo así como poco fino y glamouroso, pero desestresa mucho... Charlé de mil cosas, caminé acompañada por mi prima el trayecto hasta el restaurante, sin mencionar, para nada (como cien veces hice alusión al tema) que me molestaban los zapatos... En mi lógica rural y escasa (no van unidas, por si alguién quiere hacer un chiste) decidí que, mis pies, todavía, están en horario de invierno, esto es, todavía no se hinchan los tobillos, todavía el calor no ha hecho su trabajo, por eso andan más encogidos que en verano, y por eso, los malditos zapatos preciosos, se me salían a cada paso. Y mi pregunta era: "Si se salen, si están grandes, ¿porqué diantres me molestan y me hacen sentir que camino sobre alfileres?", esa es la pregunta del millón... Yo creo que los zapatos hoy confabularon contra mí, se pusieron de acuerdo para destrozarme el día y los pies... Cuando conseguí encontrar mi mesa adjudicada, descubrir que del grupo que éramos estaba sola, con la confianza de que frente a mí y a mi alrededor tenía aliados, esto es, toda mi familia, pero haciendo ostentación de buena educación, escondí mis pies bajo la mesa, descalcé mis pies, y rogué a todo el santoral que no viniera nadie a saludarme en los siguientes diez minutos. Fue un alivio, porque durante alguna hora permanecí sentada, libre de mis verdugos, que andaban escondidos debajo de la mesa, ocultos por el largo mantel... hasta que necesité salir... Las señoras saben que, cuando se quita un zapato que molesta, lo peor que te puede pasar es tener que volver a ponértelo... ¡Quién me mandaría a mí quitarme los zapatos!...Eso sí, ha sido un consuelo comprobar que, como mortales que somos, y como justa que es la vida, más de una hemos tenido el mismo problema, nos reíamos de la situación porque, una de dos, o te ríes por eso de "Mal de muchos... (muchas, en este caso)" o te pones a llorar cuando te colocas otra vez las pértigas...

Como resumen a este día familiar, de risas y encuentros, de vestidos y peinados ideales, de zapatos enemigos que nos fustigan y nos humillan, tengo que decir que, nada mejor que llegar a casa, quitarte los zapatos, mirarlos, reconocer que son preciosos, y recordar a mi abuela, que cuando esto pasaba y se lo contaba, y me veía entrar en casa con los tacones en la mano, me decía: "Niña, ya lo dice el refrán "te quiero más que a unos zapatos viejos"... Pues sí, tengo unos zapatos que son una monería, que hacen juego con una cartera roja de raso, divertida y original donde las haya, pero, decididamente, voy a asumir que soy muy bajita, que estoy encantada con mi estatura y apostaré en futuros actos, por un zapato que me sonría desde abajo y me prometa proteger la salud de mis lastimados pies...