8 may. 2013

EL RUIDO DE LAS OLAS...(relato corto).

No escuchaba nada. Ni siquiera el crujir de las rocas contra el acantilado, ni tan siquiera el chillido de las gaviotas que rompían el aire e invadían su espacio. Solo le miraba, lejano ya, gritos cerrados y absurdos, inútiles palabras, voz baja, inaudible, inaudita, inesperada, involuntaria, palabras sin sentido, miradas con los ojos perdidos, sin ver, sin descubrir los diferentes grises que el mar le ofrecía. No sabía por qué se lo había dicho aquel día. Todo estaba siendo perfecto... O eso creía. Creyó que su vida estaba integrada en ese TODO completo, lleno de seguridad y de afirmaciones hechas, selladas con besos y roces de manos. Le miraba como quien mira a un extraño, porque un extraño era; escuchaba ecos lejanos de pescadores, risas ahogadas de seres que pasean su presencia por arenas movedizas, como eran ahora las suyas, engulléndola despacio. La obligaba a mirarle, solo mirarle, porque ella no le escuchaba. Sabía que el agua del mar era salada porque sus lágrimas, una tras otra, le corrían por el rostro manchado y triste. No sabía que estaba triste. Solo sabía que acababa de morir. Con el último empuje de la ola contra la piedra, con la última palabra de una boca que hablaba sin ser escuchada, con el último chillido de una gaviota que, ¡dichosa ella!, podía adentrarse en el mar para morir... ¿Cuándo se acaban los sueños? ¿Quién los rompe y los roba y los destruye y nos los lanza a un rostro lloroso y moribundo?... ¿Quién visita cruelmente nuestra alma y la pisotea y la masacra y la asesina?... No la culpaba a ella, a la otra, a ella no. Ella no era culpable, ella era una más, una de tantas, una de muchas. No la culpaba a ella... Culparla a ella era el socorrido gesto de salvarle a él. Culpaba al destino que la ponía de cara contra la pared, que la azotaba y le rasgaba la piel, y se la dejaba hecha jirones...
Levantó la vista, clavó sus ojos en los de él, seguía sin escucharle, había dejado de oirle cuando, sin esperarlo, como un azote del viento, violento y áspero, le dijo que se iba. Las únicas palabras que fue capaz de escuchar y admitir, porque después sus oídos ensordecieron y su mirada recorría una boca que se movía. La boca que besó mil veces, la que le susurraba te quieros en las noches lluviosas de inviernos interminables. La boca que le sonreía cuando ella cantaba. Se iba sin ella, con otra, a un lugar en donde no quedaba un hueco para su pequeño cuerpo. Se llevaba con él su niñez entregada, la madurez comprendida, las vivencias compartidas, y el mar seguía bramando. Intentaba recorrer su vida y recorrerse ella, los tibios días de primaveras lejanas, aquel caluroso día en que se conocieron, ¡tantos años ya!. Recorrió los rostros de sus hijos, los de sus padres, el día de su boda, los sí, quiero delante de un altar. Recorrió un vestido blanco en el suelo y una negra noche en los ojos. Y él seguía hablando. Ella no pedía nada. Solo lo que, hasta aquel momento tuvo. O creyó que tuvo. Porque ahora, mientras la espuma se expandía entre granos de arena diminutos y pemeables, descubría que, hacía mucho tiempo que ya no tenía nada. Hacía años que lo que creyó no existía, era un simple teatro de risas y apariencias.
Sintió deseos de morir. Él le había dado la espalda, la misma que se giraba en la cama y ella abrazaba, la que besaba mientras dormía. Él lo había dicho todo. Ella no había dicho nada. No tenía nada que decir. No se puede retener a nadie contra su voluntad, y la de él ya no le pertenecía. Tenía que aprender a vivir. El viento volvió a azotarle la cara. Pensó hablarle, decirle que le amaba, una vez más, mil veces más, que se quedara para siempre, que su aire dependía de la presencia de él en su vida... no tenía sentido hacerlo, ¿para qué?. Él amaba a otra. Debería de haberse dado cuenta. Demasiados silencios, demasiadas miradas al vacío, demasiada tristeza en sus ojos. Demasiado desdén. A veces, haciendo un esfuerzo, respondiendo en una cama que, ahora, sabía que era solo de ella.
Giró sobre sí misma, recogió el foulard que había dejado caer sobre las rocas del pequeño acantilado, intentó no llorar. No se despidió, comenzó su regreso al mundo de los vivos, en donde todos vagaban por sus vidas seguras y firmes. La de ella ya no lo era, pero lo sería, porque, mientras doblaba su cuerpo, mientras recogía la prenda caída, había descubierto que podía volver a poner derecha la espalda y sus piernas tenían, todavía, la capacidad para moverse...
Y cuando él se volvió encontró la nada, el vacío...a lo lejos la figura de una mujer se alejaba. Altiva, despacio, la melena cobriza agitada por el viento, el mismo cuerpo pequeño y resuelto que, veinte años atrás le apresó entre su piel y sus ganas. Y, por primera vez, en tres años, no se sintió culpable.