9 may. 2013

¿CUÁNTO DUELE LA DISTANCIA?...(a mis raíces).


Decididamente estoy lejos, lejos en kilómetros, los pocos kilómetros que me separan de mi tierra, de un puñadito de casas apiñadas en una especie de hueco entre montes. Estoy lejos. Duele la distancia. La que conlleva no pisar el suelo por el que corría de niña, ni doblar las esquinas en las que, sudorosa, me escondía cuando jugábamos en los largos veranos. Duele la distancia, esa que te lleva a mirar el horizonte y echar de menos ventanas vecinas, las que me servían para atar una goma y jugar sola, saltando, cruzando una pierna con otra, filigranas cruzadas y elásticas. Me fui hace tanto que mis recuerdos han quedado jóvenes por siempre. Ha pasado tanto tiempo que volver, siempre, es novedoso, desconozco incluso calles nuevas, creadas en lugares en los que, antes, cuando no había llegado esta distancia dolorosa, yo iba a coger agua, porque, lo único que había era una fuente. Duele la distancia. La que te separa de brazos tiernos y miradas amigas, la distancia que te hace, de repente, saber que estás sola. Pero la distancia que no pudo con mi acento, ni con mi sonrisa granaina de montes azules, la distancia que nunca podrá con la ilusión ni con las ganas. Y sin embargo, ¡cuánto duele la distancia!... tan poca distancia que, si alargo la mano, podré tocar una veleta sobre una torre milenaria y erguida, podré tocar las piedras que sirvieron de atalaya a ejércitos vencedores y vencidos, podría tocar, con solo alargar la mano, la espadaña de una ermita blanca y silenciosa. Y estoy lejos. Y mi mano no se alarga. Mi distancia de lo mío, de los que abrigan y aman, de los que hablan a gritos, y se ríen si me río. Las calles nevadas, el olor a torta por abril y a romería por mayo, eras repletas de gentes, de cantes, de botas de vino, de bailes... Con solo alargar la mano tocar la gloria de mi sierra y de mi mundo. El mío y el de los míos.

La soledad del forastero, ese que llega y que se queda, y hace suya una tierra que no es, y hace paisanos a quienes no conoce. La soledad del llegado. El que tiene que demostrar lo que es, simplemente por no ser. La soledad en que te mueves porque la distancia duele. Y hay noches perennes de recuerdos infantiles, con otras gentes, otras calles, otros acentos. Los que sabes que nunca volverán. Los que has dejado y añoras a cada momento. Cuando cruzas la mirada con una madre que visita a su hija, con una amiga de la infancia junto a otra, con un abuelo que pasea a su nieto. La distancia cruel que separa sentimientos, que te hace estrenar otros, que no entiende de lágrimas solitarias estrenando un año que viene para hacer distancia. Más distancia. Eterna distancia ya, que no recortarás, porque tus brotes requieren un clima distinto al que tú tuviste. Escuelas cerca de un río, frente a eras desiertas hechas para desollarse las rodillas, camino arbolado hasta una cascada oculta en la piedra, poniéndose el sol. La choza recorrida, la construida por un bisabuelo, que la armó de cimientos perfectos para soportar más de cien años en pie. Para que un abuelo viera a sus nietos jugar en torno a ella. Mis recuerdos, mis raíces. Mi pueblo. Mi gente. La que no tengo y a la que añoro.

Momentos en que el corazón cansado desea volver. Sin saber si podré volver un día. Tan corta la distancia y tan difícil de recorrer a la vuelta. Fiestas siempre acompañada, sin esperar sola nunca, porque estaba con mi gente, que no saluda, que te abraza y te acompaña. La soledad de la distancia. Saber de repente, en un minuto, que perteneces a otra tierra. Que tú lugar no es el que pisas, ni el aire es tuyo. Mal síntoma cuando duele la distancia. Señal de que se envejece. De que buscas tu hueco para morir, entre los tuyos, cerca de los que ya se fueron y esperan. Descansar,
para siempre, en la colina, porque desde esa colina, lugar inmenso e inevitable, tendré para siempre, delante de mis ojos, la espadaña, la atalaya, la sierra y el hueco de casitas en donde, mis ojos, por primera vez, supieron que la luz tiene nombre de pueblo granaino en donde, a pesar de la soledad distante, aprendí a sonreír siempre, a llorar con el alma y a no rendirme nunca....

(A todos los que, por una razón u otra, tuvieron que dejar un día el pueblo que les vió nacer).