11 may. 2013

LA CARTA...(hecho real).

Releyó varias veces aquellas palabras que, intentando aparecer como mal escritas, escondían, una detrás de otra, un odio oculto, un resentimiento tal que, sin saberlo o sabiéndolo, estaban colocadas para llenarle el pensamiento de recuerdos dolorosos y los ojos de lágrimas. Rebuscó en su memoria, escarbándo con las uñas del silencio, el momento exacto en el que, ella, sin darse cuenta, había dado origén a que una persona, o varias, se confabularan para escribir aquella sarta de insultos. Miraba al frente, los ojos perdidos en su infancia, en su feliz infancia, con aquellos paréntesis de desgarros que le ocasionaban las visitas que no deseaba hacer, los besos que nunca le daban calor, las miradas que, sin pretenderlo quizás, esquivaban sus ojos de niña inocente. No entendía aquello. Se preguntaba cómo, en pleno siglo XXI, en una sociedad libre para opinar y comentar, para difundir ideas y credos, había gentes que se permitían el juicio sumarísimo, a una persona inocente, refugiándose en un grupo que, se suponía, tenía como lema la caridad cristiana. ¿Hasta qué punto hacemos de las personas ejemplos de vida?... Olvidaba que ella conocía, que ella sabía, que ella había vivido desprecios, que había pedido perdones, sin saber el motivo por el que tenía que ser perdonada, que había olvidado, ya de mayor, el orgullo propio de la misma autoestima y había acercado posturas, buscando siempre el equilibrio personal y familiar. Releyó de nuevo, recordó el día en que la recibió, cuando todavía nada de aquello había estallado... Recordó su pena y su infinita tristeza... Escuchaba la voz de su amigo, aquel que le pedía que, una vez más, pidiera perdón, se excusara por expresar una opinión, por hacer uso de su derecho a manifestar una idea; no, esta vez no, porque esta vez, ella sabía que nada había hecho, que no había dañado, ni injuriado, ni calumniado, como nunca lo hizo, pero ahora ya, tenía la fuerza necesaria para mantener su dignidad intacta, la misma que tuvo siempre, pero que olvidó en pos de una estabilidad que no dañara al resto de la manada. Ya no, ya se había cansado de cerrar los ojos, tragar saliva y sonreír a quien no lo merecía. Se negaba a doblar la testuz ante quien se había negado a sentarse con ella, se negaba a ser, una vez más, la adoradora atea que rinde pleitesía a dioses de barro. El mundo entero, su mundo entero, desconocían la maldad, oculta debajo de manos limpias y gestos sin sentido. La dificultad para entender que, solo Dios, tiene derecho para repartir justicia divina, se negaba a aceptar que el Reino de los Cielos eran cuatro personas, catalogadas, a sí mismas, como perfectas. La Ley de Dios y de los hombres van por separado. Y ella rendiría solo cuentas ante Dios, ya nunca más ante las personas que, hicieron de su vida, un rosario de perdones, de penitencias, de ridículas ideas y ridículas palabras. De conservadurismo mezquino e inquisitorio, del largo de sus faldas, de sus escotes, de sus curvas, de su vida, todo llevado ante el Tribunal inclemente de bocas que, ahora sabía, no eran las más indicadas para dictar veredicto...
Miró la carta, sonrió, le dolía, seguía doliendole. Pero ahora ya dolía menos, ya todos sabían, ya conocían su dolor, solo el presente, porque ella, jamás, iba a hablar de su dolor pasado. De lo sufrido y lo humillado. No iba a mover un dedo para salvar de la hoguera popular, de la hoguera del pueblo, a nadie, como nadie movió un dedo para salvarla a ella. Ahora conocían la causa. Ahora esa carta era pública. Era el momento de que otros, justos, si los había, decidieran si se sentían culpables por acusar, señalar, vilipendiar y ajusticiar, a una persona que, solamente, había opinado... ¡Si ellos supieran!, pensó, ¡si todos supieran!... Pero nadie iba a saber, nadie sabría... Todo se quedaría en aquella carta, oculta en su sobre antiguo, la misma que, escaneada por la moderna tecnología, había ido a parar a la pantalla de un ordenador, de miles de ordenadores, para que el mundo supiera que, en ocasiones, ni los malos son tan malos, ni los buenos son tan buenos...

Se terminó... Todo había terminado. Su lucha, su sufrimiento... Ya no dolía, no iba a permitir ya que doliera. Callar los comentarios, las burlas. Hacer ver, a un pueblo entero que, en ocasiones, una manzana que no se retira, pudre a toda la cesta. Hacer ver que, oculto tras una sonrisa, tras la pose de una foto, tras una familia modélica, puede haber una crueldad sobrellevada durante años... Hacer ver que, ella era fuerte, la habían hecho fuerte a golpe de lágrima infantil y desprecio juvenil... Pero ya no, ahora podía pasear su sonrisa madura, pensar con calma, saber qué merecía y quedarse en su refugio, sin símbolos de poder mediocre, sin necesidad de miradas expectantes, podía recrear sus minutos lejanos... Todo estaba bien... Miró la carta, aquel papel que, sin saberlo, la había hecho libre... Aunque nadie, en las cuevas del enclaustramiento mental, lo supiera, lo entendiera y lo concibiera... Miró al horizonte, dobló la carta, la guardó, despacio, en  el sobre antiguo... abrió un libro y la ocultó entre las páginas
cien y ciento uno... Acababa de saber que ya, quienes le hicieron daño, quienes la hundieron, se habían quedado, para siempre, aplastadas entre palabras, las mismas que, alguien, anónimo, había intentado que la aplastaran a ella, olvidando, junto con su nombre e identidad, que ella aprendió desde niña a empujar y seguir respirando....