23 may. 2013

¡¡CÓMO HEMOS CAMBIADO LAS MUJERES!!...

Esta mañana, mi amiga Maribel y yo nos reíamos un poco (de buena fe) de nuestras queridas y entrañables madres, porque hay una edad, en la que ya, nuestras madres, dejan de ser un poco cansinas y se vuelven entrañables (cansinas lo serán siempre, igual que nosotras con nuestros hijos, eso es ley de vida)... Nos reíamos porque hay comentarios jocosos, divertidos, un poco camuflados en palabras "normales" que esconden alguna sonrisa pícara, esa que, a las cuarentonas (alguna, como yo, casi cincuentona) nos siguen sentando bien... porque la mirada pícara se pule con los años, se ensaya durante toda una vida, y hay una edad perfecta para sonreír con los ojos y que los demás se den cuenta. Incluso nuestras madres. Esas señoras estupendas que, ¡pobres!, siguen pensando que su hija es la niña a la que hacían una trenza o ataban un zapato. Nuestras madres nos han dejado en la edad perfecta para que sigamos siendo "sus niñas", olvidan, o quieren olvidar, que crecimos, que somos mujeres, que somos madres, que tenemos sexualidad, y que la ejercemos con todo el derecho a roce del mundo. Se escandalizan, ¡pobres!, porque su niña, la de la trenza y el zapato desatado, hace un comentario con picardía, porque su niña escribe, de repente, la palabra "polvo" en una novela, y no entienden, aunque se les explique, que esa palabra se usa en la intimidad de una pareja... porque nuestras madres, ¡queridas madres!, aún dan al rubor un valor trasnochado, precioso y divino que, nosotras, a dios gracias, hemos dejado olvidado, junto a la trenza y el zapato desatado. Las madres nuestras, esas que han cruzado los setenta y pico, que siguen siendo señoras estupendas, que enamoraron a un señor con su timidez, su educación, su pasividad y su entrega, no entienden, o al menos no desean que los demás sepan, que su niña es adulta, que ya se hace la trenza sola, que no suele pedir a nadie que le ate un zapato, y que, en la intimidad dice vulgaridades, porque, entre otras cosas, nos apetece, nos hemos hecho a la idea de que el sexo es oral (en palabras, ¡mal pensados!) que una frase subida de tono es el mejor de los afrodisíacos, y que después de decirla el mundo sigue estando en el mismo sitio, nada se derrumba y nada se destruye. No entienden que su niña ha aprendido que las mujeres tienen vertientes ocultas, roles distintos según el lugar y el momento, que una señora de bandera, con toda la educación y el poderío del mundo, puede ser la leona escondida que salta sobre su presa. La mujer es mujer, simplemente, igual al varón. Lo permitido a ellos hace años hemos comprendido que puede ser igual de permisible en nosotras, es más, que a ellos les gusta que así sea, porque cuando se cruza una puerta, cuando dos adultos están solos, cuando se sabe de qué va el tema y a qué se juega, afortunadamente, hemos dejado de ser como nuestras madres. Y hemos dejado de ser como ellas incluso de cara a la galería, ya no nos ponemos rojas al hablar de sexo, porque ya no nos peinan las trenzas ni nos atan los zapatos... Hemos aprendido a bromear, a sonreír ante un comentario masculino, a no escandalizarnos, a no ruborizarnos, es más, hemos aprendido a escandalizarlos a ellos, a ruborizarlos a ellos, ¡que ya tocaba!...
Mi madre, ¡pobre!, me decía que algunas palabras de mi novela "no debería de decirlas" y yo me río, con la frescura de los cincuenta, porque, man que pese, a esta edad hay una frescura extra, porque ya no intentas convencer a nadie de que eres una princesita inerte esperando un beso, porque ahora, a los cincuenta, o los cuarenta, o casi los sesenta, somos nosotras las que decidimos quién nos da el beso, cómo nos lo da y cuándo se nos da... Hemos aprendido a vivir tranquilas y en paz con nuestro deseo, con nuestro sexo, con esas palabras que no deberíamos de decir, pero que, aprendimos, deben de ser dichas, deben de ser oídas, compartidas, vividas e intercambiadas... Hemos crecido. Hemos crecido mucho y bien. Somos estupendas mujeres que pasean años, sonrisas, vivencias y experiencias, que sabemos cuando una palabra, una frase, es vital y es esperada... Hemos aprendido a leer los ojos de los varones, porque miramos a los ojos, ya no bajamos la vista al suelo coquetonas y discretas. Somos indiscretas sexualmente hablando, nos podemos permitir el lujo de intercambiar comentarios divertidos, hablar en clave, con un humor fino... Porque hemos crecido... Y afortunadamente, todavía tenemos a nuestras madres para que nos lo recuerden, para que nos hagan ver que, nosotras, en tema de sexo, hemos cambiado... Por nuestras madres, que lo vivieron recatadas, por nosotras, que lo vivimos explosivas, por las que vienen detrás, que lo viven de forma equivocada, porque no está reñido el recato y el respeto con la libertad, y eso, a las niñas que comienzan, hay que ir enseñándoselo... para que, en el futuro, puedan apreciar lo conseguido, valorar lo que viven y lo disfruten con madurez....