25 may. 2013

PERDONO PUES TE AMO...(poesía en la madrugada).

¿Qué te daba ella que yo te negaba?
¿Qué buscabas escondido en tu secreto?
¿Pensabas que mis oidos no escuchaban?
¿Pensabas que mis ojos eran ciegos?

¿Qué buscaste cuándo yo estaba ausente?
¿Qué te negó mi corazón o te negó mi cuerpo?
¿Sabrás alguna vez del daño que causaste?
¿Me escuchaste llorar a tus espaldas?
¿Me viste triste alguna vez al abrazarte?

¿Qué te entregó ella que yo no te entregaba?
¿Qué palabras eran mías y regalaste?
¿Qué besos me robaste para darlos
a alguién que no amabas pero amaste?
¿Por qué decidiste matarme lentamente?
¿Por qué de ése desprecio hecho carne?

Y ahora buscas mi perdón y te perdono,
y se funde mi sangre con tu sangre,
mi llanto con tu llanto y con tu pena,
mis besos con tus labios y tu carne,
mi soledad perdida entre tu cuello,
mi sonrisa tuya siempre, al escucharte
decirme que me quieres, que te mueres
si te dejo solo, si yo dejo de amarte.

Tranquila entre tus brazos que me imploran
perdón... y te perdono...
te absuelvo y te pongo penitencia:
jamás dejarás de amarme, ¡nunca!,
jamás podrás vivir sin mi presencia;
maldeciré tu vida si lo haces,
maldito tú, maldita ella,
que rompistéis mi alma en mil pedazos,
que hicistéis de este amor una condena.
Y pides perdón amándome despacio,
y perdono porque soy sacerdotisa
de tu templo, tu cuerpo consagrado.
Perdono porque bebes de mi Cáliz
la vida eterna, expiándo tu pecado.

Perdono pues te amo.- 

¿EXISTE LA CELULITIS?...(para las mujeres gorditas pero sensuales)

Mis amigas, las buenas, las que me conocen desde hace años dicen que soy exagerada, muy exagerada, mis amigos también, los varones; con uno de los buenos, de esos especiales, hablando hace un rato, me decía que yo no debo de aburrirme mucho conmigo misma... en eso lleva razón, y me lo decía a colación del verano, salió el tema de los bikinis, esa prenda que yo, por desgracia, veo en los escaparates, veo en otras señoras a las que le queda divinamente, pero que yo, por este tipo "cantarillo mocho" que me decía mi abuela, tengo prohibido por recomendación, ya que la entrada al circo se suele cobrar, no es de ley que le haga la competencia a los que nos hacen reír con su trabajo. Tuve siempre claro hasta donde llega mi sentido de la elegancia (si es que la tengo por algún lado), y, desde luego, puedo asegurar que mi cuerpo metido en un bikini es, totalmente, lo contrario a lo que por elegancia entiende todo el mundo. Le decía yo a mi amigo que la celulitis no perdona, a lo que me preguntó si de verdad existía la celulitis o era solo un invento de las firmas de productos adelgazantes, estupendísimos, llenos de cremas y de geles, de dietas crueles y de sufrimiento. ¡Hombre!, yo creo que existir existe, otra cosa es que algunas divinas mortales no la conozcan, que algunos señores, muy educadamente, la ignoren, y que otras señoras, consolándose como pueden (o podemos) veamos la ajena. ¡Pues sí!, existe. Sin embargo yo, a estas alturas, la celulitis la tengo superada, quizás sea porque, lamentablemente, ha ocupado su sitio preocupante, esas mollitas, chichas, cartucheras, morcillas, que, traicioneramente, se han ido colocando, poco a poco, alrededor de una anatomía que, sinceramente, desconozco a pesar de ser la propia.
Una toma conciencia de su estado general de blandura, hermosura y exuberancia cuando, de golpe, te encuentras ante una camiseta preciosa, buscas la talla, no encuentras la tuya, sigues buscando, sigues sin encontrarla, intentas meterte en la mente de ese diseñador fantástico y decides que, deliberadamente, pensando sólo en fastidiarte el día y por ende la vida entera, ha decidido jugar y anular tu autoestima... La chica encargada se acerca, te pregunta tu talla, la dices en voz baja, como confesándote, y ella te la repite en un tono más elevado, por si alguien no se había percatado de que eres gorda, es decir, que sabes que la celulitis existe y además con cómplices grasitas. Me decía mi amigo, todo él generoso con mi rotunda levedad del ser, que tampoco es tan grave lo de las mollas, que la carne sobre el hueso reluce (eso lo decía mi abuela y me sentaba como un tiro), y yo le recordaba un dicho que yo, para consolarme por mis kilitos de más a los dieciocho, soltaba con toda la bravura de mujer montejiqueña "A ningún seco le ha dicho nadie Dios te bendiga" a lo que un amigo respondía con su risa contagiosa y la frase apostillando "Ni a ningún gordo le ha dicho nadie te llevo a cuestas"... ¡Ay, esos kilos!...
Me fui de compras, le contaba a mi amigo, toda ilusionada, que me había comprado blusas, una talla más, solo una talla, y digo yo ¿cómo una talla, una sola, nos puede hacer sentir tan miserablemente mal?, asumido tengo, desde hace tiempo (mucho tiempo) que mi encanto no es físico, si es que algún encanto tengo, pero desde luego que, como la mayoría de las mujeres, señoras estupendas, que nos ponemos el mundo por montera, que desayunamos unos churros, que nos tomamos un helado y luego pedimos un café con leche desnatada y sacarina, pienso que la vida es injusta en cuanto a repartir kilos. Mi amiga Tere, esa que me habla de que le done ciertas partes sobrantes de mi anatomía, se queja siempre de talla de arriba (escasa), yo me quejo siempre de talla total (sobrante), mis amigas, algunas, de talla de abajo (sobrante o escasa según la amiga)... olvidamos que tenemos casi cincuenta años, que las hormonas nos han desestabilizado, que los gimnasios nos pueden permitir la creencia de la dureza corporal, luego ya comprobamos, en la ducha, que no son milagrosos, que nos basta con caminar una hora, hacer uso de las máquinas de los parques, que nos sienta estupendamente la celulitis, que ellas se pondrán en bikini, porque sus embarazos no les dejaron huella, que yo, madre a los cuarenta y cuatro, me colocaré mi bañador, a ser posible con ballenas (y la que va dentro), todo prensado para que me prense a mí, estupendo tejido, ese que te aprieta por todos sitios, que te saca la celulitis de cartucheras y hasta de la espalda... Pero eso sí, cuando eso suceda será porque el verano llegó de pleno, y después de colocarnos los trajes de baño, sean los que sean, nos iremos al chiringuito, nos tomaremos unas cervezas, nos olvidaremos de la celulitis, porque tapear en verano sienta muy bien, y (yo al menos), olvidaré que hoy tuve que pedir una talla más, porque después de todo, como me decía mi amigo que es un sol, un día de estos el médico se encargará de ponerme la dieta, de prohibirme el placer de un helado, de obligarme a caminar, de hacerme olvidar unas palomitas... y entonces, lo quiera o no, sabré que, la celulitis es lo que menos tiene que importarme... Hasta entonces toca pasar un poquito de hambre, seguir susurrando la talla usada, olvidar los kilos y no usar los años como excusa...
Buenos días, a todas las mujeres estupendas, que guardan todavía la figura de los treinta, que son dichosas, y sobre todo a las gorditas, a las que dejamos una silueta deseable aparcada en algún lugar de un álbum de fotos, que ahora somos conscientes de que la celulitis sí existe, pero se lleva mejor si la rebozas con buen humor, con unas risas y unas tapitas en una terraza...

"LAS MANECILLAS DEL RELOJ"...(cuando la vida cambia los planes).


Marcos aparcó en un pequeño solar desierto. Ninguno hablaba, pensaban en Miguel, los dos, Laura en las palabras que él le dijo, Marcos en las que le dijo a él. Sabían que, solo lo dicho por aquel hombre, que ya no estaba, debería de importarles, nada más, el resto del mundo podía reventar de envidia, de críticas o de chismes, podía enjuiciarlos, condenarlos y quemarlos en la hoguera, pero a ellos, lo único que iba a importarles, sería lo que Miguel les había dicho, así debía de ser y así sería. Marcos quitó el contacto, dejó su mirada al frente. Tenía cincuenta y dos años, una vida bebida a tragos largos, apurando cada soplo de aire, mil aventuras a sus espaldas, mil experiencias duras como médico, había visto, había oído y había vivido, y ahora estaba allí, junto a la mujer de la que se había enamorado nada más verla, la que le conquistó con cada palabra dicha, con cada mirada sostenida, con un gesto de la mano, una risa que le llenó un recuerdo, una bofetada que le hizo temblar. Y no sabía qué decir. Laura se reía, los ojos bajos, intentando adivinar cómo se declara un hombre a esa edad, cómo tiene una mujer que actuar, ante una declaración de amor, a los cuarenta y ocho, viendo a Miguel, escuchándole, algún día la vida te pondrá a alguien delante, tú no buscarás. Ella no había buscado, Miguel sabía que la vida ya le tenía puesto a alguien delante. Y Laura supo que, quizás, si Vergara no hubiera estado enamorado de ella, Miguel no la hubiera llamado, no la hubiera necesitado a su lado. Comprendiendo, que Miguel quería que descubriera a aquel hombre, que juntos vivieran ese momento duro de la despedida, que ella volviera para entender, para comprender que tal vez se había equivocado, que tenía derecho a ser feliz, sin dramatismos, con sencillez, sin la necesidad de aquel tremendismo que ponía ella al amor, sin cuestionarlo todo, sin desmenuzar cada frase intentando descubrir una intención distinta, un matiz diferente. No podía hacer aquello. Porque aquello le había destrozado el alma. Tenía derecho a vivir con alguien que merecía la pena