28 may. 2013

EL VESTIDO DE MARGARITAS...(cuando se pierde la inocencia).

Su madre le había dicho que hiciera los deberes, que ella volvería antes de la noche, tenía que terminar la limpieza en la casa de la abuela, preparar para que su tía, aquella que venía en verano y le traía los vestidos que tanto le gustaban, tuviera la casa limpia y acondicionada. Su padre de viaje, casi como siempre, no sabía dónde estaba esta vez. Dora entornó la puerta, en el pueblo todo era tranquilo, tenía once años, era casi una mujercita, era toda una mujercita metida en aquel cuerpo, demasiado desarrollado para su edad. Junio traía calor, mucho calor. Se había puesto el vestido de margaritas y topos verdes, aquel de frunces y tirantes que le gustaba mucho, el mismo que se le ajustaba a sus pechos recién estrenados, aún sin sujetador, no tardaría mucho en usarlo. Demasiado desarrollada para su edad. Se refugió en la cocina, frente a la puerta del patio, los cristales dejaban pasar la luz del comienzo de la tarde, con el libro en sus rodillas, en el hueco de sus piernas, sobre las margaritas del vestido. Sobre los pequeños lunares verdes. No le escuchó entrar, siempre entraba así, en silencio, diciendo su nombre cuando ya estaba a unos metros. Sabía que estaba sola. Lo sabía porque conocía cada movimiento de aquella casa. Las entradas y salidas de sus padres, sabía que estaría sola, siempre lo sabía. Le miró desde abajo, sonriendo, no le tenía miedo, ni siquiera sentía temor, era cariñoso con ella, era quien la cogía de la mano en algunas ocasiones, era quien le daba dinero de vez en cuando y tocaba su melenita, recogida en la coleta atada con una cinta rosa. Se interesó por lo que estudiaba, miró su cuaderno y se sentó frente a ella, hablándole bajito, llamándola para que se sentara con él... sobre él. No quería, sabía que no quería. Miró hacia el fondo, hacia la puerta, la que ahora, lejos de estar entornada se había cerrado, oscuridad al fondo del pasillo, a pesar de la luz del ventanal del patio. Recelosa, tímida, sentada a horcajadas, como él la había colocado, notando un tacto que, de repente, se le antojó pegajoso e impuro, como los pensamientos de los que le hablaban en clase de religión. su vestido de margaritas desparramado sobre un pantalón áspero y gris, oscuro, como el final del pasillo, la mano que le sostuvo la cara, un rostro que ella intentaba mover a un lado y a otro, sin conseguirlo, una saliva pegada a sus infantiles labios, los que siempre eran rosados y brillantes, naúseas que le subían por la garganta. Y unas manos incoherentes y enormes, bajando sus tirantes, los tirantes hechos lazos de su vestido de margaritas, aplastándo los pechos que todavía no eran pero ya amenazaban con ser. Quería llorar, necesitaba llorar y no podía. Y sus piernas se habían vuelto de hierro y no querían abrirse más, se tensaban sus músculos al contacto con unos dedos que buscaban bajo las margaritas, que abrían un camino prohibido y acotado. Sollozaba, con espasmos nerviosos y rítmicos. Quería correr. Quería llorar. Tenía miedo y terror. Y aquellas manos que rozaban su intimidad, protegida por el tejido liviano de un algodón blanco. Aquella respiración jadeante, y el calor que desprendía aquel pantalón áspero, y los deseos de correr.
Tenía once años. Comenzaba a fijarse en los chicos, los que la hacían sonreír cuando se los cruzaba camino del colegio, con los que jugaba al final de la calle, siempre a distancia prudencial, siempre intentando no mostrar su comienzo de femineidad, ocultando las curvas que nacían, sin que ella pudiera hacer nada por detenerlas. Pero tenía unas  manos de hombre mayor, familiares y amigas, y queridas y confiadas, manos que la habían acariciado de niña, que la habían ayudado a crecer y a jugar, tenía un rostro que siempre fue amable, una boca que le sonrió siempre y que ahora, sin saber por qué, se había vuelto ventosa, dueña de una lengua que pasaba por sus labios y su cuello, le dolían los pechos, le hacía daño, le hacían daño las margaritas de su vestido, como si las arrancara, una a una, debajo de ellas el dolor insoportable de unos dedos que querían abrir y no podían... Perdió la noción del tiempo, tiempo y espacio desaparecieron, tenía que huir, lo sabía, correr no sabía adónde...
No supo cómo, pero se encontró frente al espejo del armario de sus padres, mirándose, temblándo, temiendo que él subiera, porque de allí no podría escapar, había escogido el camino equivocado; la respiración se le aceleraba, miraba la escalera, oscura, como el pasillo, como aquellos pantalones que, sin saber por qué, se habían vuelto ásperos, y duros y que le quemaban las piernas y las manos... Solo once años... Un cuerpo demasiado desarrollado, una mente infantil, unos ojos que comenzaban a mirar a los chicos. Y sabía que aquello que le habían hecho era malo, era pecado, no se hacía, no debería de hacerse... Toda la culpa para ella. Algo había hecho mal. Esperó...
nadie subía, nadie se oía abajo. Esperó más... Nada... Todo en silencio. Se volvió a mirar en el espejo, los lazos de sus tirantes deshechos, un pecho pequeño al aire, las lágrimas que le corrían, la coleta deshecha y perdida la cinta... Nada podía decir, no debía de contar. Sabía que tenía que callar porque nadie la creería. Era una niña demasiado desarrollada para su edad, con un vestido de tirantes lleno de margaritas... Desanduvo el camino, buscó su cinta rosa, se hizo los lazos de las tirantes, como pudo, no muy bien, frente al espejo. El mismo que le devolvía la imagén de una culpa y un pecado. Metió su mano pequeña bajo el vestido y se ajustó la braguita, blanca braguita de algodón, recién estrenada, perdida para siempre su inocencia.
Habían bastado unos minutos para romperle la niñez. Para colocarla sobre la maldad humana. Sobre el asco de una saliva y el descontrol de unas manos. Para hacerla pensar que los chicos, aquellos a los que miraba, que le gustaban, un día serían unas manos y una boca... Callaría porque no podía contar, ni decir, ni gritar... Porque su madre llegaría en un corto espacio de tiempo, el mismo tiempo que le había robado su rostro infantil y su infantil sueño...
Limpió sus lágrimas con el dorso de la mano, se volvió a mirar en el espejo, bajó la escalera y miró el pasillo, oscuro, al fondo un haz de luz se colaba por la puerta entreabierta... Llegó hasta ella temblando, asomó su cabeza fuera y comprobó que, después de todo, nada había cambiado.

LENCERIA FEMENINA PASADOS LOS CUARENTA... ¡¡TODO UN RETO!!

Las señoras de más cincuenta años usamos lencería, naturalmente, usamos lencería atrevida, sensual y, salvo raras excepciones, elegante. La mayoría de esas señoras usamos una talla a partir de la cuarenta y cuatro, algunas usamos unas tallas más. Aclarado esto, sin saber por qué, hay señoritas jóvenes, de esas que no llegan a la treintena que, de repente, no saben qué hacer con una señora metida en unos grandes almacenes que pasea su figura grácil y suelta con algún kilito de más, que se detiene ante conjuntos lenceros un poco atrevidos, y que busca una talla que no pertenezca a la Barbie. Aclarado esto, sin saber por qué de nuevo, se te acercan y muy educadamente te dicen que tal vez quieras mirar otros conjuntos, te preguntan tu talla, la mía es una cuarenta y ocho, cosa bastante obvia porque ojos tenemos todos, así que si digo una cuarenta y dos no se lo cree nadie. Yo opto por sonreír, le digo que he encontrado lo que buscaba, la chica como que no se cree que yo, señora cincuentona, kilitos de más en todos los rincones de mi cuerpo serrano, esté dispuesta a meterme en ese conjunto que sostengo un poco amanazadoramente en la mano, que agito mientras hablo y que más que un conjunto sexy parece una bandera, pues sí, querida dependienta, yo me voy a meter ahí, diga usted lo que diga. Esta noche, como quien no quiere la cosa, hablaba con Emilio, un señor, de lencería, de tallas y medidas, de esas medidas que se toman a ojo. Hay conversaciones que son divertidas y que dan juego entre amigos honestos, pero que están dispuestos a sacarte una carcajada. Es bueno, es instructivo y es divertido hablar de lencería con los varones, más que nada porque son los destinatarios de dichas prendas, y total, a nuestros años, querido Emilio, como que ya, cualquier tema pasa a ser como hablar del tiempo, con la variante de que es mucho más ameno. Se trata de vestir a una señora estupenda, (con kilos de más o sin ellos), por dentro, de que una mujer se sienta ídem, es decir, MUJER, y eso, aunque haya jovencitas que todavía no lo entienden, es la sal de la vida, y si a la vida no se le pone sal se vuelve muy sosa, insípida y monótona, y tal y como está el patio, eso es algo que no se puede una permitir.
Deambulando por los estantes, por los percheros y los pasillos, miraba a diestro y siniestro, seguida a corta distancia por la dependienta convencida de que tenía que ayudarme, extrañada de que me parara delante de conjuntos transparentes, de colores fuertes, de estampados juveniles, pero que, para mi propia satisfacción, los había de mi talla, es decir, que mujeres gorditas hay, estupendas y esplendorosas, que no titubean a la hora de colocarse un conjunto atrevido a pesar de que las mollitas se les derramen por algunas partes de su espléndida anatomía. Parece que, en depende que situaciones, la edad tenga un límite, tenga un freno, tenga un prohibido pasar. Se olvidaba la dependienta joven de que somos las mujeres maduras las que más gastamos en lencería, las que más gastamos en artilugios de sexshop, las que hemos hecho (a veces de forma equivocada) de la liberación sexual un verdadero caballo de batalla, troyano y fuerte. Soy de las mujeres que han ido creciendo conforme ha crecido su tiempo, que sabe de sus limitaciones, las acepta, bromea con ellas, las usa para ser un poco más feliz, y decide que, imperfecta o no, tiene en sus manos un mundo por descubrir en muchos ámbitos, y una jovencita no va a ser quien le ponga puertas al campo, más que nada porque ya, a mi edad, hay muy poco campo que acotar.
La lencería madurita se usa con un gusto exquisito, hablaba hace unas noches con mi amiga Pili igualmente de lencería, de lo que es correcto o lo que no, y llegamos a la conclusión de que, a esta edad lo que debe de prevalecer es la propia satisfacción, basta que una se sienta bien, y que nos quiten lo bailao. Yo prefiero los conjuntos elegantes, algo discretos, colores sobrios, clásicos, pero eso sí, últimamente he descubierto que me gusta otra gama, algo más atrevidos, algo más coloristas, algo menos discretos... pero que sigan siendo elegantes. Como tengo la suerte de hablar mucho, de hacerlo con mis amigos varones como si de amigas se tratara, de no cortarme al hablar de ningún tema porque considero que se puede hablar de todo con educación, respeto y simpatía, también fue la lencería el tema sobre el que hablaba con otro amigo mío, al que le rechacé el gusto cuando me describió, eso que ellos hacen tan bien,  la imaginación lencera. Hay cosas para las que todavía, mis oídos, no están preparados, mucho menos mi buen gusto. Una cosa es que una señora sea atrevida y otra que el señor sea un poco hortera, haya ojeado y hojeado demasiado Penthouse,y se olvide de lo que nos podríamos reír nosotras si les ponemos a ellos depende qué ropa interior. Todo puede estar permitido, pero no todo es permisible, porque, a pesar de haber escalado mentalmente cuotas de autoestima inigualables, la mayoría seguimos teniendo un poco de buen gusto, a pesar de pararnos frente a conjuntos atrevidos sabemos cuáles son y cuáles no, y para eso no necesitamos a una dependienta preguntándonos la talla, porque, en definitiva, no se trata de tallas. Simplemente se trata de querer dar un toque de alegría,  estamos en la edad perfecta para ser alegres, vivir alegres y reírnos un poco del mundo mundial que a veces se empeña en que hay una edad para las transparencias, para el atrevimiento y para el disfrute, y eso, algunas, hemos decidido aparcarlo.
La próxima vez que acuda en busca de un conjunto de lencería, que me pare frente a un muestrario, que toque una prenda para verla mejor, pensaré que, a estas alturas, lo único que busco no es mi talla, sino una forma de reírme, de sentirme bien conmigo misma, de hacer de una compra un momento divertido y de pensar que, dentro de veinte años, alguna dependienta le preguntará a la que me seguía asombrada lo mismo que ella me preguntó a mí, y entonces descubrirá que, en ocasiones, los años, los kilos y las tallas, sólo son números.

(Foto de Tara Lynn. Modelo)